Hernán Rodríguez Castelo

Escritor, historiador de la literatura y crítico de arte

 


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¡Ahora digitales!

El gran libro del desnudo ecuatoriano

 

TONTOBURRO


Quito y Cádiz,    Mejía y las dos constituciones

Charla en el Congreso por el Bicentenario

de la Constitución de Quito, 14 de febrero 2012

 


A propósito del libro Manuela

Manuela en la Casa

Colección Bicentenario

 

De venta en la librería de la CCE y con el autor

 

Video y Galería de fotos

 

Comentarios:


Sobre literatura infantil y juvenil

Análisis de las obras clásicas de la literatura infantil y juvenil

Edición: Universidad Técnica Particular de Loja. www.utpl.edu.ec

Libro manual que da herramientas al maestro y maestra o promotor de lecturas que le permitan llegar al conocimiento y valoración e inteligencia de los textos destinados  a los niños, para generar las destrezas de análisis y crítica de esos textos.

Los cuentos más bellos del mundo

Edición: Universidad Técnica Particular de Loja. www.utpl.edu.ec

Libro en el que se hace el análisis de cinco cuentos para niños que pertenecen al patrimonio de la humanidad: Cenicienta o el zapatito de cristal, de Charles Perrault (1628-1703); Hansel y Gretel, de Jacob y Wilhelm Grimm (1785-1863/1786-1859); Bella y bestia, de Jeanne Marie Leprince de Beaumont (1711-1780); La Sirenita, de Hans Christian Andersen (1805-1875); y, El Príncipe Feliz, de Oscar Wilde (1854-1900).

 

  El Mariscal Antonio José de Sucre

por Hernán Rodríguez Castelo

 

Conferencia  dada en la Sociedad Bolivariana del Ecuador el 3 de febrero de 2015.

  

Agradezco a la ilustre Sociedad Bolivariana del Ecuador, en persona de su Presidente, el admirado y querido general José Gallardo, el honor que me ha concedido de que evoque la alta y noble figura de Sucre al cumplirse un año más de su nacimiento, este 3 de febrero.

            A pocas cuadras de donde estamos, en la esquina, salvada breve distancia de una cuadra, diagonal de ese fabuloso monumento del barroco quiteño que es la iglesia de la Compañía de Jesús, está la casa que Sucre amó. Con amor la fue haciendo desde las distancias que su existencia nómada de soldado de la independencia le imponía. La fue construyendo carta a carta. Fue volcando en esos corredores y salones y noble fachada de ancho portón y balcones de labrados barandales su amor a Quito.

            Porque Sucre amó a Quito. No exageraría si dijese que Quito fue el gran amor de su vida. Esa Ítaca a la que el héroe de esta Ilíada americana ansiaba volver. ¡Cuánto le costó el tener que ir a esa ciudad que hoy lleva su nombre para fundar la República que honraría el del Libertador, como Bolivia!

            ¡Y con qué prisas cabalgaba el viaje que pensaba definitivo para convertirse ya en quiteño!

            Pero los Hados, envidiosos de la felicidad que en esta ciudad mágica y extraña le aguardaba, segaron esa existencia en los matorrales de Berruecos. Quito debería consolarse con tener sus sacros restos mortales.

 

NACIÓ EN PLENO CLIMA DE AVENTURA

Quien iba a vivir vida de vagabundeo heroico y de épicas hazañas nació en pleno clima de aventura viajera. Porque doña María Manuela Alcalá sintió esa mañana de martes 3 de febrero de 1795, en las playa de Mariquita, que era ya inminente la llegada de su séptimo hijo. La familia estaba en su hacienda de Cachaumare, adonde había ido refugiarse abandonando la solariega mansión de Cumaná, después de movimiento trepidatorio del 10 de septiembre de 1794, que había reducido a escombros las cuatro quintas partes de la ciudad.

            Así que de la casa de hacienda sacaron a doña María para ir a la playa donde la embarcarían hacia Cumaná. Pero a punto de embarcarse la parturienta sintió que el alumbramiento no iba a esperar mucho y decidieron, con buen acuerdo, que no era cosa de que el parto sucediese en la pequeña embarcación sacudida por fuerte oleaje. Así que a bajar a tierra el toldo y allí, a la vera del mar y en plena naturaleza, nació el niño a quien se bautizaría, ya en Cumaná, el 20 de febrero, como Antonio Josef Francisco, y a quien llamarían familiarmente, hasta en los campamentos de la libertad, "Toñito".

            Solo tras varios días de reposo de doña María en la hacienda la familia había llegado a la rica mansión cumanesa de don Vicente, Sucre con escudo de armas que apenas había cambiado desde el siglo catorce, cuando el Vizconde de Toulouse, Godofredo de Sucre, se desempeñara como Consejero y Chambelán de Felipe, el primer soberano de Francia por la casa de Valois. El bautizo  del vástago de los Sucre a los diecisiete días de nacido parece garantizar la larga tradición oral de su verdadero lugar de nacimiento. ¿Si hubiera nacido en Cumaná, por qué la demora?

 

HACIA LA ADOLESCENCIA

Toñito deja atrás el mundo de su infancia en la hacienda Cachaumare y otras de las tierras rojizas de la nueva Andalucía, ricas posesiones de don Vicente. Solo Cachaumare tenía cerca de trescientos esclavos y enormes cañaverales con sus trapiches.

            Su madre ha muerto el 11 de julio de 1802. De esas calenturas que por ausencia de médico -ninguno duraba en Cumaná- nunca se supo la causa. La hermana mayor María Josef -a sus 16- y María Aguasanta -de 14- habían sido las que habían dedicado algún tiempo, el que les dejaban los críos menores, al niño, que, flaco, gustaba de estar solitario.

            En Cumaná la escuela, en la casa destinada a eso, por doña María de Alcalá Rendón, la tía abuela de Antonio José, con bien ganada fama por sus libres amoríos con el Gobernador don Pedro de Urrutia.

            Leer y escribir con buena letra, la aritmética hasta las cinco reglas elementales, incluida la de tres. La escuela liberó al chico del encierro en la casa de Altagracia.

            Hasta que convencieron a  don Vicente, que era teniente de las Milicias Regladas de Infantería, de que matriculase a su hijo en el curso de ingeniería militar que había abierto el español Juan Pires en su Academia de Matemáticas.

            Y cuando el padrino de Antonio José, el padre Patricio de Alcalá, fue trasladado a Caracas, viose en ello la oportunidad de enviar al muchachito, que se iba mostrando brillante, a la capital para seguir con la ingeniería militar, pero ahora en serio, en la escuela de José Tomás Mires. Participaba don Vicente de la ilusión de las grandes familias de la Capitanía de que su hijo tuviese un futuro en el ejército de Su Majestad.

            Y al joven su  ingeniería militar le daría prestigio en la huestes libertadoras, y le serviría lo mismo para planificar  fortificaciones y largas marchas antes de las grandes batallas que para disponer arreglos en su casona de Quito.

            A sus catorce años, en los carnavales de 1809, el joven Sucre asistió a su primer baile invitado por su condiscípulo Carlos Soublette.

 

EL INGENIERO QUE SE CURTIÓ CON LOS DESASTRES

El primer Congreso Constituyente declara el 5 de julio de 1811 la independencia de la República de Venezuela. Y llega el general Miranda, con merecida fama y justa aureola de republicano y militar en la Francia de la Revolución, y se pone al frente de un ejército que iba sumando derrotas: Los Teques, Valencia...

            En ese ejército hallamos al joven Antonio José de Sucre de oficial de las Misiones Regladas de Cumaná. Toda su familia es republicana, y su padre manda el cuerpo de Nobles Húsares.

            Y, cuando Miranda marcha sobre Valencia, se acudió a su temprana fama de planificador. A sus dieciséis años! Pero esos milicianos no cumplieron todo lo que el teniente de ingenieros aconsejara. Se tomó Valencia, pero al precio de más de ochocientas bajas. Simón Bolívar estaba a cargo de la infantería.

            El capitán de fragata Domingo de Monteverde desembarca en Coro, y con la complicidad de la miopía de los legisladores caraqueños, avanza hasta dominar el occidente engrosando las filas de su  ejército con todas las gentes que se le plegaban. Miranda tiene que improvisar un ejército que mereciera el nombre de tal y el joven Sucre fue llamado a integrarse al Estado Mayor. Bolívar es enviado a defender la plaza de Puerto Cabello.

            Miranda, el vencedor de Pensacola y Valmy, el Mariscal del ejército de la Francia revolucionaria, capituló el 25 de julio, desengañado. Bolívar, Miguel Peña y otros oficiales lo acusaron de traición y lo apresaron. Siguió una serie de infamantes prisiones hasta que murió en una mazmorra de Cádiz.

            Los  republicanos volvían a atacar. Antonio y sus hermanos bajaron de las tierras altas de Cachaumare y se pusieron a las órdenes de Mariño en el cuartel de Capuchinos. El general recibió con especial complacencia al joven ingeniero militar, que, a sus dieciocho años, tenía ya experiencia de Estado Mayor. No se equivocaba: el éxito de su primera misión logística hizo posible la victoria de Cumaná, el 3 de agosto de 1813.

            Les llegaban noticias de una campaña arrolladora de Simón Bolívar, que había salido a principios de año de Cartagena de Indias, con apenas un puñado de hombres, y, tras admirable campaña, había entrado triunfante en Cúcuta. El 6 de agosto estaba ya en Caracas. Pero tuvo que salir a Puerto Cabello. Cuando Mariño accedió a enviarle un contingente, Sucre estuvo entre los  oficiales que los entrenaron. Un glorioso desfile llevó el corazón del prócer Atanasio Girardot, héroe de Bárbula, al templo de San Francisco, y allí, en esa hora de alto fervor, se proclamó a Bolívar capitán general de los ejércitos de Venezuela, con el título de Libertador.

            Pero desembarcaban en Coro, una tras otra, las divisiones españolas que habían combatido con los ejércitos de Napoleón. Los desastres republicanos iban a sucederse uno a otro. Tras el de la garganta de la Puerta, que abría la ruta a Caracas, Mariño y Sucre huyeron a la Guaira y se embarcaron hacia Barcelona.

            En septiembre, hallamos al gigantesco Bermúdez y al flaco, pero ya musculoso Sucre fortificando Maturín y resistiendo con mil trescientos patriotas el cerco puesto por cuatro mil realistas de Morales. Los vencieron. Más de 2000 hombres perdió el hispano. Y se ultimaba sin piedad a los que huían y hasta a los que se rendían. Era la guerra a muerte. Pero Boves derrotó a Bermúdez, y entre los perseguidos iba Sucre. Y en Cumaná las hordas de Boves se ensañaron con la ciudad: en menos de cuarenta y ocho horas atravesaron con sus lanzas o degollaron a más de mil; destrozaron la casa de los Sucre, donde murió un hermano y una hermanita

            Nueva fuga: con Bermúdez y solo doscientos soldados a Güiría. En el Maturín que dejaban cientos de patriotas habían sido fusilados o pasados a cuchillo. El ingeniero militar se iba curtiendo en la adversidad. Con lo que nunca transigió, eso sí, fue con el salvajismo, de lado y lado, de la guerra a muerte.

            En la sitiada, hambrienta ciudad de Güiría, fue uno de los que organizaron los parapetos de defensa contra los sitiadores hispanos. Pero era todo inútil. Y en el éxodo tuvo suerte: junto a Soublette, Bermúdez, López Tagle y una docena más escaparon del cerco en la goleta "Constitución". Atrás quedaban siete mil muertos, muchos de hambre.

            Sucre fue a dar en la isla de Trinidad, a los brazos de la bella y rica viuda Marie Louise, donde, fue  iniciado en los refinamientos del amor. De tan dulce paréntesis lo sacó la guerra, que había vuelto  encenderse.

            Estaba con un puñado de patriotas en Margarita cuando llegó Morillo, el gran general de las guerras napoleónicas, con su poderosa flota -solo el "San Pedro de Alcántara" tenía setenta y cuatro cañones-, seis batallones de infantería, dos regimientos de caballería y dos compañías de artilleros.

            A duras penas Sucre y una veintena de oficiales, burlando esa flota, se escaparon en la pequeña "La Golondrina". A la isla británica de Granada. Solo en agosto de 1815 llegarían a Cartagena de Indias.

            Otro cerco con su cortejo de horrores. Y nueva fuga. Toñito organizó un pequeño grupo de voluntarios y alquiló un vetusto barco. Zozobró, y fue dar, moribundo, a las playas de Güiría, donde se encontró con Mariño. Y allí a hacer soldados de un centenar de jóvenes. Y apenas los tuvo listos, el 20 de septiembre, comenzaron el sitio de Cumaná.

            Más tarde, bajo el mando de Bermúdez y Cedeño, y con Sucre en el Estado Mayor, los republicanos cercaron y tomaron Angostura y proclamaron a Bolívar, el 25 julio, Jefe Supremo. Se había soldado el cisma que tenía divididas las fuerza de la libertad.

            Mes y medio más tarde Bolívar nombró a Sucre gobernador de la plaza de Guayana, y comandante del bajo Orinoco. Era 1816. En octubre le ordenó que partiera a Cumaná como jefe del Estado Mayor de las tropas de Bermúdez.

            El 30 de enero de 1818, Páez el jefe de los indómitos llaneros, reconoció la autoridad del caraqueño y juntos llegaron a derrotar a Morillo en Calabozo.

 

LAS DELICADAS MISIONES 

Y entonces el joven oficial de Estado Mayor cumplió su primera difícil misión, con un tino que Bolívar apreció en lo que valía: tranquilizó a Mariño, a quien había indignado el fusilamiento de Piar: una y otra vez el general mulato, un resentido social, había tratado de dividir las fuerzas libertadoras y de oponerse a Bolívar.  Y lo tranquilizó acerca de la designación de Bermúdez para el mando de Cumaná. Aunque la relación del oriental con el Libertador solo se anudaría por completo en noviembre de ese año 18, estaba ya en camino.

            Se anunciaban elecciones para el Congreso que debía reunirse a comienzos del año próximo en Angostura. Sucre fue elegido, aunque no tenía edad. ¿Qué contaban años más años menos para quien había vivido su adolescencia y temprana madurez de modo tan heroico y dramático, luchando por la causa de la libertad!

            Y siguió larga serie de misiones. Encargos que revelaban la confianza que en él depositaba ya Bolívar. "Ud. irá con los sesenta mil pesos de oro que le entregará el teniente coronel Gómez a Angostura. Le han llegado tres o cuatro mil fusiles; si los entrega, Ud. le entregará el dinero; si no, seguirá a las Antillas para emplearlos en fusiles sables, pólvora y plomo".

            En Saint Thomas compró cuatro mil doscientos fusiles y los quince mil pesos sobrantes los entregó a Zea que seguía para París y  Londres a procurar un empréstito". Como tontería tuvieron los duros soldados de la independencia ese escrúpulo de honradez del joven oficial.  Para él no era sino cumplir con una rectitud sin recoveco alguno.

            Y en medio del desorden que amenazaba siempre a las a menudo improvisadas huestes patriotas, Sucre mantenía inconmovible serenidad y exactitud en todo. Bolívar le nombra Ministro de Guerra y hasta le permitía firmar a su nombre las proclamas.

            Solo al joven general podía confiar la misión más delicada: negociar con Morillo una tregua; esa tregua que Bolívar necesitaba vitalmente.

            Sucre fue como plenipotenciario de Bolívar -con Morales y Pérez como adjuntos- al encuentro formal con los delegados de Morillo, en Trujillo, situada en medio de tierras disputadas por unos y otros.

            Al amanecer del 25 Sucre, tras once horas de negociaciones, le dio las buenas nuevas a Bolívar. Había armisticio. Y en el armisticio se reconocía, por primera vez, a Bolívar Presidente de Colombia, República soberana. Y algo más: arregló que los jefes de los dos ejércitos se reunieran. El histórico encuentro fue en Trujillo, a medio camino entre uno y otro mando beligerante. Allí en esa página que ni la más poética leyenda ha escrito mejor que la crónica los dos  generales, tras haberse dado el saludo de hermanos masónicos, se estrecharon en sincero abrazo y esa noche compartieron habitación. Sucre estaba cambiando la faz de la guerra: de brutal y ensañada a humana y noble.

            Los grandes hombres no necesitan de monumentos: día a día lo van construyendo, con materiales aere perennius más perennes que el bronce, que dijera Horacio. Sucre en esta decisiva hora sentó poderosa piedra sillar de su monumento. En la noche trujillana redactó, de puño y letra, los artículos del Tratado de Regulación de la Guerra, que ponía fin a siete años de salvaje guerra a muerte y establecía que la guerra entre Colombia y España "se  hará como la hacen los pueblos civilizados" -así el texto del cumanés. Y basta de masacrar a pueblos enteros, como se había hecho con su Cumaná: "Los habitantes de los pueblos que alternativamente se ocuparen por las armas de ambos gobiernos serán altamente respetados y gozarán de absoluta libertad y seguridad". Bolívar llamó a ese texto memorable "el más bello monumentos de la piedad aplicado a la guerra".

            A principios del año 21 Bolívar y Sucre marcharon a Bogotá. Las cosas en el Cauca estaban difíciles por las guerrillas realistas al mando de José María Obando. El Libertador pensó en situar allí a Sucre, pero cambió de opinión: a Guayaquil, la ciudad que había declarado su independencia el 9 de octubre del año anterior. Corría el riesgo de que las tropas realistas bajasen de Quito a aplastar ese pronunciamiento fundamental para la causa americana de la independencia. Y estaba al acecho San Martín que había desembarcado en Pisco, a pocos días de Lima. Sucre debía ir al frente de mil hombres. Pero, ¿dónde estaban? Sucre tuvo que reclutarlos entre caleños y caucanos, más venezolanos traídos de Bogotá. Y, además, formarlos. Llegó a Guayaquil el 6 de mayo, mientras Bolívar daba en la llanura de Carabobo la batalla decisiva para empezar a libertar a Venezuela.

            Sucre llegó al Puerto de la Audiencia de Quito con solo seiscientos de los que había reclutado. Enfermedades habían diezmado su fuerza.

            Y el habilísimo diplomático consiguió firmar con Olmedo, Jimena y Roca, el triunvirato gobernante en el Puerto, el tratado que declaraba a Guayaquil bajo protección de la República de Colombia.

            Vienen cosas más cercanas a nosotros: la brillante victoria de Yaguachi y la desastrosa derrota de Huachi -debida al entusiasmo de Mires que dio la orden al Guayaquil y al Albión de perseguir a españoles, y dejó al descubierto las tropas de Sucre, inferiores en recursos a las de Aymerich-.

            En larga carta a Bolívar Sucre pedía ser sometido a Consejo de Guerra. Mientras Olmedo le escribía al general golpeado por la adversidad cartas que trazuman nobleza y la juventud guayaquileña se aprestaba a cubrir las  enormes bajas. Y como las desgracias nunca viene solas, los peruanos perdían Lima, ante Canterac.

            Pero Sucre se sobrepone a todas las dificultades y emprende la épica subida hacia Quito por descomunales escenarios naturales, para estar el 23 de mayo a las puertas de la ciudad. Cuando los biógrafos de Sucre refieren una de sus dos grandes batallas hacen laboriosos empeños para pintar los escenarios de la hazaña. Nosotros no los necesitamos: nos basta levantar la vista hacia la Cima de la Libertad y rehacer allí la subida del ejército de la Libertad esa madrugada y mañana por lodosos chaquiñanes desde Chillogallo. Después, hasta para los más prolijos historiadores, todo se vuelve  tan confuso como las mismas fluctuantes acciones. Hasta que se desencadena, vertiginosa, la acción final y la gloriosa victoria. Tras la rendición de Aymerich, en las capitulaciones, nueva muestra de la nobleza del vencedor, quien garantizó la partida en paz de los españoles que sobrevivieron a la derrota.

            Tras Pichincha, Sucre se encarga de la intendencia. Y él, que había dejado atrás, en Guayaquil, sus devaneos con Pepita Gainza y sudorosas noches con Tomasa Bravo, fruto del cual nacería un niño, visitaba la casa del Marqués de Solanda. En abril del 23 se formalizaría el compromiso con su hija, Mariana. Y lidiaba con sus pulmones lesionados por las heladas noches de páramo y al pie del inmenso  Chimborazo, en su camino al Pichincha. ¡Y en Quito, cuánto había por hacer! Las arcas vacías, la tropa sin oficio y en plena juerga, ni escuelas ni calles.....

            Y entonces el alzamiento de Boves, Benito, sobrino del sanguinario, en Pasto, lo volvió a la guerra. A desplegar brillante estrategia para tomar la cuchilla de Taindala, al parecer inexpugnable. Breve campaña que terminaría en la cruel masacre de los pastusos, que en número de 400 se habían atrincherado frente al templo.

            Parte al Perú. Bolívar le había confiado, una vez más, la misión de adelantado para los negocios más arduos. La presentación que el Libertador hacía de su enviado, en comunicación a José Mariano de la Riva Agüero, era alto elogió del general cumanés: "Venezuela no ha dado un oficial de más bellas disposiciones y de un mérito más completo".

            Sucre, siempre franco y honesto, se vio sumido en la turbulenta lucha de facciones en Lima."Si usted no viene, general -le escribe a Bolívar-, esto no lo compone nadie".   Lo mismo llegaría a pensar el Congreso peruano, cuando Riva Agüero trató de disolverlo, y envió dos diputados a pedirle al Libertador que fuese a liberar el Perú. Uno de los dos enviados era Olmedo. Dos discursos memorables y las relaciones entre Bolívar y el gran guayaquileño, que se habían roto tras la anexión de Guayaquil a Colombia, se anudaron ya para siempre. Bolívar aceptó ir al Perú, pero el Congreso de Colombia debía aprobar el viaje y daba largas.

            Entretanto Sucre ha aceptado en Lima el mando militar. Pero no puede salvar Lima.  "Hemos perdido Lima, pero hemos salvado el ejército" -le informó a Bolívar desde el Callao. Mientras Santa Cruz perdía casi todo su ejército de 5.000 hombres en una desastrosa campaña del sur.     

            Llega finalmente Bolívar. Y la lucha de los partidos se agrava hasta el extremo de que Riva Agüero  entra en tratos con el Virrey La Serna. El Libertador pide a Sucre que lo someta, y  Sucre se niega frontalmente: no había ido al Perú a inmiscuirse en luchas domésticas. Bolívar debió rendirse a esa clara y alta visión política.

            Y vino Pativilca, a comienzos del 24, que se anunciaba fatídico. Bolívar abandonado y postrado. Manuela Sáenz acudió a velar por  quien parecía un cadáver. Joaquín Mosquera, al verlo así, le preguntó: "Y ahora, General, qué piensa hacer". Y Bolívar solo le respondió: "Triunfar". No era un nuevo ataque de demencia: contaba con Sucre. El general cumanés  había llevado la división colombiana de Huaraz y Huanuco, al norte, y planeaba atacar a Canterac, que se movía por el centro. Bolívar se lo prohibió: le faltaba caballería. No era cosa de exponer el ejército. Y Sucre se dio a equipar y tener a punto la tropa

            De Lima llegaban malas nuevas: militares argentinos se habían pasado al lado del Rey;  y Torre Tagle estaba en tratos con Canterac. Y el Congreso iba por su lado. Bolívar envió su renuncia al Congreso peruano: "No se puede dirigir una nave así dividida". Era indispensable un dictador con plenos poderes. Y el Congreso se los otorgó.

            Los refuerzos para Sucre no llegaban de Colombia. Comandaba algo menos de 5.000 hombres y los realista tenían más de doce mil. El incansable general se dedicó a reclutar y formar. Organizó una caballería de algo más del millar. Cuando se reunió con Bolívar en el cerro de Pasco tenía ya 8.800 hombres, mil cincuenta de ellos a caballo. La suya había sido una gesta que Bolívar exaltó.

            Gracias a los espías que Sucre había situado estratégicamente el Libertador se enteró de que Canterac se hallaba solo, con menos de siete mil hombres, en el valle de Jauja, al sur de la laguna Chinchaycoya. Y el seis de agosto llegaron allá las fuerzas de Canterac; pero apenas cuatro mil, mil trescientos de ellos a caballo. Y entonces fue Junín, sangriento choque de armas blancas y las tremendas lanzas. No se disparó un tiro.

            El ejército libertador se halló en posesión del rico valle de Jauja; pero se había regado en una larga extensión y quedaba expuesto a acometidas guerrilleras. Era urgente reorganizarlo. Para ello Bolívar volvió los ojos a Sucre, y le encomendó  la obscura pero fundamental tarea.

            Pero al vencedor de Pichincha le dolió: haber sido enviado a la retaguardia y para cumplir una misión que en cualquier ejército se encarga a un ayudante. ¡Qué carta más dolorosa, más tremenda, la larguísima que le escribe a Bolívar!

            El tiempo nos acosa, y debemos quemar jornadas y llegar a Ayacucho.

            Bolívar recomendaba esperar. Unidas las tropas de Canterac y Valdés completaban más de diez mil efectivos, con brillante caballería y artillería  muy superior a la americana.

            Sucre estudiaba el terreno. Había pedido a Bolívar el mapa de la zona, pero no  acababa de enviárselo. Él se puso a hacerlo.

            Y en esa hora decisiva le llega a Bolívar oficio de Bogotá. El Congreso retiraba al Libertador las facultades extraordinarias y derogaba la autorización para que el Presidente de la República mandase el ejército en guerra. Sucre se indigna pero, después de mucho reclamar por la inconsulta  disposición, que juzga fruto de celos y envidias contra Bolívar, asume de lleno el mando militar del ejército libertador. 

            Estamos en la estrecha pampa de Quinua, que los nativos nombraban Ayacucho. Nueve mil hombres del Ejército Real del Perú ocupaban las faldas del Cundurcunca, nido de cóndores, lo cual unido a sus cañones -quince frente al único del otro bando- parecía que le daban insalvable ventaja. Pero para Sucre era el lugar propicio para la batalla final. La estrechez del escenario no les daba a los españoles la posibilidad de aprovechar su ventaja numérica, y había ciertos accidentes del terreno con los que no había contado Canterac

            Loas dos ejércitos enfrentados y a punto de abrir fuego e iniciar las tremendas cargas a la bayoneta, cuando Córdova, el compañero de Sucre en la hazaña de Pichincha, llegó al jefe con el más extraño pedido: que parientes y conocidos de uno y otro lado se reuniesen en una faja de tregua. ¡Qué pedido tan grato a Sucre! Para él la guerra era inevitable y era sangrienta y mortífera, pero podía ser humana. Medio centenar de uniformados de uno y otro ejército se reunieron en la franja de tregua a saludarse y, acaso, despedirse.

            Son casi las once de la mañana, y Sucre dirige su arenga final a los combatientes: "De vuestros esfuerzos de hoy depende la suerte de América. Otro día de gloria va a coronar vuestra admirable constancia".

            El genio estratégico de Sucre hizo que Canterac perdiera buena parte de su ventaja numérica y  sus posiciones de privilegio en lo alto de la pampa, y la carga final de Córdova "¡armas al hombro, de frente, a paso de vencedores!" arrasó a más de cuatro mil hombres de Monet y Villalobos, y ocupó las posiciones realistas en las faldas del Cundurcunca en persecución de los fugitivos.

            Tras la épica victoria Sucre invitó a Canterac a almorzar y se firmaron las capitulaciones, tan generosas como enérgicas. Como le podía dar cuenta a Bolívar, se entregaría al vencedor todo el ejército español y el territorio del virreinato del Perú, incluido El Callao, así como parques, armas y todos los elementos militares. Se concedía a generales, oficiales y tropa del ejército vencido su pase a España o a donde lo decidieran, con sus equipajes y propiedades, pagado su transporte por el Perú, salvo los que quisieran continuar su carrera de las armas al servicio del Estado victorioso.

            Cuando el Libertador recibió el correo de Sucre con noticias de la Sierra peruana, lo abrió inquieto. Pero apenas leído el parte de la victoria se puso a  bailar gritando: "¡Victoria! ¡Victoria". Y a sus asombrados compañeros les leyó del envío de Sucre: "Seis mil bravos del Ejército libertador han destruido en Ayacucho los diez mil soldados realistas que oprimían esta República: los últimos restos del poder español en América han expirado el 9 de diciembre en este campo afortunado". Y el Congreso de Colombia, apenas recibió la enorme noticia, ascendió al vencedor  a General en Jefe del Ejército y ratificó el decreto de Bolívar que confería a Sucre el título de Gran Mariscal de Ayacucho. Y Bolívar redactó, de puño y letra, una pequeña vida del Mariscal para que se imprimiese lo mismo en tierras peruanas que colombianas, y llegase a las escuelas de esta América libre que había nacido en Ayacucho.

            Y el triunfador de día recibía los delirantes homenajes de los pueblos por los que pasaba entre arcos florales, pero de noche a los documentos y escritos. Administrar y cuidar de todo era -decía- el pesado peso de la paz.

            Bolívar escribe carta a don Vicente exaltando a su hijo, pero no llegó a leerla. Había muerto seis meses antes, y José Antonio solo se había enterado meses más tarde. Los gajes de esas largas y casi interminables marchas por la puna.

            Nuestro recorrido acompañando a Sucre en ese caminar  heroico y trágico a la vez, que hizo del joven aristócrata y cumplido ingeniero militar, el curtido soldado que vencería en Ayacucho, también empieza a ser largo. Pero no podemos abandonar al héroe  que cruza el desaguadero y sube  al Altiplano hacia su última gran jornada.

 

LA JORNADA BOLIVIANA: DE LA APOTEOSIS AL RECHAZO 

Sucre sube al Alto Perú sin saber lo que le esperaba y sin recibir órdenes del Libertador. A fines de febrero estaba ya en La Paz. Quedaba por reducir Olañeta, que se proclamaba fuera de las capitulaciones de Ayacucho.  Se iba retirando, víctima de deserciones, pero sin aceptar la oferta hecha por Sucre de una desmovilización honrosa. Y maquinaba. Un capitán suizo que llegó al campamento libertador como desertor de Olañeta confesó que traía el polvo de arsénico y opio que debía poner en el chocolate del Mariscal. Fue juzgado y condenado a muerte; pero Sucre  perdonó a Ecles y hasta le hizo dar dos sueldos para que abandonase el país. Olañeta nunca recibió la carta en que Sucre le recriminaba  su vileza: una rebelión interna había acabado con su vida.

            Sucre recorre el país. Recepta necesidades, aspiraciones e inquietudes. Recuerda una conversación tenida con Bolívar antes de Junín. Le había hablado de una asamblea que decidiese si esas provincias se unían al Perú o a Buenos Aires o  si decidían crear una nueva República. Y apenas llegado a La Paz convocó a esa Asamblea de delegados de las provincias para decir el estado futuro de esas tierras altas.

            Bolívar se lo recriminó, exaltado. Se había precipitado. Ni Ud., ni yo, ni el Congreso de Colombia ni el del Perú pueden violar el derecho público reconocido en América. Llamando a esas provincias a ejercer su soberanía las separaba de hecho del Río de Plata, que sin duda protestaría.

            Pero Argentina falló a favor de Sucre. En Potosí recibió al delegado rioplatense, el general Juan Antonio Álvarez, que traía credenciales que lo autorizaban a llegar a un acuerdo. Las cuatro provincias, hasta el desaguadero, quedaban en libertad para que acordasen lo más conveniente a su gobierno. Y Arenales agregaría que cualquier demora en instalar la Asamblea sería inconveniente. Sucre envió a Bolívar copia del documento. Y Argentina insistió: reconocía el derecho de las provincias del Alto Perú a decidir su suerte, siempre que no optasen por unirse al Perú.

            En Chuquisaca, la bella ciudad hispánica, se instaló la Asamblea de las provincias, el 10 de julio de ese año 1825. Conoció una memoria de Sucre en que resumía su actuación de cinco meses y su propuesta de legislación para afirmar el futuro de educación, agricultura, minería.

            Y partió para ir al encuentro del Libertador, que, venciendo sus males, se acercaba. Se abrazaron en Zepita, a orillas del Titicaca, y el 16 estaban en La Paz. La nueva República se había proclamado. Se llamaría Bolivia, en honor a Bolívar.

            Los delegados argentinos hicieron a Bolívar propuestas de unión para la guerra con el imperio del Brasil. Sucre las vio con recelo, y, tras subir con el Libertador al cerro rico de la plata de Potosí, se volvió a Chuquisaca. Antes de partir, el Libertador le dejó al Mariscal una ayuda preciosa para la tarea de renovar la educación: su maestro, don Simón Rodríguez, que abrió escuela en Chuquisaca. Pero las ideas del antiguo tutor de joven Bolívar fueron demasiado avanzadas y un tanto utópicas y desordenadas y motivaron tales resistencias que Sucre se vio obligado a destituirle.

            Y entretanto seguía lidiando con asuntos tributarios: las autoridades locales se negaban a cobrar esos impuestos sin los cuales era imposible continuar las obras y aun pagar a tropa y funcionarios.

            En la Constituyente, que arrancó en mayo, su presidente, Casimiro Olañeta -sobrino del recalcitrante general- hizo el más alto elogio de Sucre: la República organizada por él, probaba que podía constituirse una sociedad sin torrentes de sangre. Se nombró al joven Mariscal Presidente de la República. El se negó: era un soldado, adujo, e incapaz de dirigir la nación. Por presión de Bolívar e  inconmovible exigencia de los diputados accedió a aceptar el alto y grave encargo. Ratificada su elección por el voto popular, puso como condición para aceptar esa presidencia que fuera por dos años, a pesarde que la Constitución la establecía vitalicia.

            Entretanto Bolívar, empecinado en su sueño de una gran federación de naciones americanas, reunía congreso en Panamá, entre junio y julio del año 26. Lo encogido, aprobado por las pocas delegaciones que asistieron, no fue ratificado por los Congresos nacionales.

            El turbio oleaje que empezaba a agitarse en contra del Libertador en Bogotá, le alcanzaba también a Sucre. Morales Matos fue a las habitaciones del Presidente, puñal en mano. Fue apresado y condenado a fusilamiento. Pero el magnánimo Sucre conmutó la pena por destierro.

            En Bogotá, hasta Santander se unía a las protestas contra Bolívar. En el sur de Bolivia Gamarra amenazaba desde el Puno. Y Santa Cruz, Presidente del Consejo de Gobierno del Perú, parecía desconocer la nueva República.

            Sucre, acosado por olas de panfletos que llegaban de Lima, arreglaba a la distancia  su matrimonio con doña Mariana , y soñaba con una vida tranquila en Quito. Pero consolaba la espera  con la tarijeña Manuela Rojas, a la cual, para colmo de males, Olañeta presentaba como su prometida. Y, rencoroso, se entendía con Gamarra para preparar un levantamiento contra Sucre.

            Avisado Sucre, con pocos acompañantes llegó al Cuartel de la Guardia Nacional, institución creada por él. Lanzó el caballo contra la entrada, y una primera bala dirigida a él reventó el hombro de Escalona. Pero Cainzo ordenó una descarga contra Sucre y su guardia. Un disparo solo le rozó la cabeza, protegida por el gorro tricolor de la Guardia Nacional, pero otra le destrozó el antebrazo derecho, que estaba levantado. Apenas pudo llegar a palacio, donde  le prestó primeros auxilios el doctor Luna. Allí le visito Olañeta mientras los revoltosos, a  los que se había repartido fusiles, rodeaban el palacio. De esa conferencia Olañeta fue al Congreso a arengarlo en contra del extranjerismo y el gobierno hereje de Colombia. El coronel López pudo someter a los revoltosos hartos de botín del palacio y de trago, y decenas fueron ejecutados a lanza en la plaza. Pero Gamarra, complotado, afirmó con cinismo que penetraba en el Alto Perú para proteger la vida del Mariscal y asegurar el orden.

            Después de enviar un mensaje al Congreso, Sucre salió de Chuquisaca y abandonó Bolivia para siempre.

 

FINAL NOSTÁLGICO Y DOLOROSO

Sucre vuelve a ver Quito el 30 de septiembre de1828. Y se instala en la vieja mansión de los Carcelén para la que con tanto celo él, como ingeniero, había dispuesto remodelación y cambios, y con largueza había enviado dineros para ello y para muebles. Y, desde ella salía, con la esposa a Chisinche, la enorme hacienda familiar heredada por Mariana en Machachi.

            Pero Bolívar llega a Quito en octubre, de camino a una convulsionada Bogotá, y le pide a Sucre que le ayude a salvar su obra "de la guerra y anarquía", que decía Soublette en una carta. Que se haga cargo del mando militar del norte. Mariana se negaba a perder otra vez al esposo. No irá como jefe militar, pero sí deberá ir como diputado por Cumaná al Congreso, que se inauguró en enero de 1830.

            Y el tráfago de la tumultuosa historia de esos pueblos en crisis de alumbramiento lo arrastra una vez más. Perú agredía en el sur a Bolivia y en su frontera norte al Departamento del Sur. Bolivia rechazaría a Gamarra y las fuerzas de Colombia, guiadas por el Mariscal de Ayacucho destrozarían en Tarqui a las peruanas, y darían a Sucre la oportunidad de lucir una vez más su nobleza y generosidad con los vencidos.

            El Congreso se instala en Bogotá el 20. Bolívar no asiste pero señalaba a Sucre, sin nombrarlo su sucesor: "lo sostendré con mi espada y con todas mis fuerzas". Sucre es elegido presidente del Congreso. Pero eso a las facciones parecía peligroso: se lo envía a una misión imposible en una Venezuela ya en clima de guerra sostenida por Páez y Mariño. Y el Congreso le cerraba los caminos al gobierno: ninguno de los generales de las campañas del 20 y el 30 podía ser presidente ni vicepresidente, y la para la presidencia se fijaba la edad mínima de 40 años. Sucre tenía 35.

            Bolívar nombra un presidente y resigna el mando. Se despidió de Manuela Sáenz y tomó la ruta de Cartagena. Sucre se atrasó un poco a la despedida. "Mi General, he ido a la casa de Ud. para acompañarlo, pero ya se había marchado. Adiós, mi General, reciba por gaje de mi amistad las lágrimas que en este momento me hace verter la ausencia de Ud."

            ¿Había llegado, finalmente la hora del reposo?

            Sucre sale de Bogotá, clausurando el Congreso que Bolívar había llamado admirable, el 13 de marzo de 1830. Veía un hermoso futuro  de tres grandes Estados confederados, y, como escribía desde Popayán a su suegro el General Aguirre: "Yo llegaré pronto allá y les diré todo lo que he visto y todo lo que sé, para que ustedes vean lo mejor; y también todo lo que el Libertador me dijo a su despedida, para que de cualquier modo se conserve esta Colombia, y sus glorias, su brillo y su nombre".

            Y emprendió viaje preñado de acechanzas hasta la final en los matorrales de Berruecos. Acaso algún día me sobreponga a su horror y miserias y lo siga, como he seguido esta noche al Mariscal en sus largos y heroicos caminos.

            Cerremos el largo, aunque sumarísimo, recuento de esta noche con el dolorido final: Sucre nunca llegó a Quito. A esa Quito de la que había confesado tras Pichicha: "el pueblo más querido de mi corazón".

Alangasí,  2 de febrero de 2015

 


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