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Un discurso de montaña

a los 50 años de un rescate

 

            Hace cincuenta años un montañista japonés y dos ecuatorianos quedaron atrapados al borde de un impresionante abismo hacia un lado de la cumbre máxima del Chimborazo. Cercados por la nieve y envueltos en espesísima niebla les fue imposible salir. Y entonces comenzó uno de los más difíciles rescates de la historia del montañismo americano, que duró días y se cumplió con acciones ejemplares por su entrega de muchos andinistas, la mayor parte de Nuevos Horizontes.

            Gentes jóvenes de Nuevos Horizontes, que de aquella historia solo tienen noticias, han recogido escritos que hicieron la crónica de esa estupenda empresa, para alguna publicación que la recuerde.

            Pocos sobrevivimos de aquellos días. Uno de los rescatados, Marcelo Cazar, ha narrado -en "La Familia" de "El Comercio"- lo que vivió en esas trágicas interminables horas. A mí me han visitadolos dos entusiastas promotores de la recordación, y me han pedido autorización para reproducir cuanto de ese rescate, del que fui con dos de los rescatados actor (en parte del rescate de Cazar y desde el lugar mismo de la tragedia con el cadáver de Enrique García), escribí en esos días. Y se lo he concedido gustoso.

            Pero, además, alguien ha recordado que puse el elogio de ese rescate en el corazón de un discurso que dije cuando el Ascensionismo del Colegio San Gabriel cumplía cincuenta años, en mayo de 1994. Quería ese discurso, que, me dijo, recordaba vivamente. Yo, en cambio, no lo recordaba.¡He debido decir tantos discursos en ocasiones como aquella! Lo he buscado y al leerlo me ha vuelto a altas emociones de mi vida de montaña. Agradezco a quien me hizo revivirlo. Y para él -y para todos mis amigos, montañistas o no- va por esta vía, abierta a los más insospechados horizontes.

 

El montañismo como ejercicio de humanismo

 

(Discurso de orden pronunciado en la

sesión solemne con que el "Ascensionismo"

del colegio San Gabriel celebró su

cincuentenario, 20 de mayo de 1994)

 

            El año de 1543 -hace 450, año más, año menos- veían la luz en Europa tres libros fundamentales: Fabrica humani corporis de Veselio, Neues Käuterbuch (es decir, "Nuevo libro de plantas") de Fuchs y De revolutione orbium coelestium(Del movimiento de las esferas celestesde Copérnico); un año más tarde aparecía la Cosmographie de Münster.

            Hechos así nunca son casuales: son síntomas de importantes cambios de la humanidad.

            Y este síntoma era notable y claro: anunciaba una nueva postura del hombre ante la naturaleza, Fabrica humani corporis respondía a nueva curiosidad por esa estupenda fábrica o construcción que es el cuerpo humano, el Neues Käuterbuch resumía y alentaba meticuloso inventario de plantas y hierbas; el famoso libro de Copérnico, que iba a revolucionar el modelo de cosmos, abría el espacio sideral a toda suerte de sondeos y cálculos, puesta ya la tierra en el sitio que le correspondía, y  la Cosmografía aquella sentaba bases y trazaba direcciones para el estudio científico de nuestro mundo.

            Los cuatro empeños, cada uno en su frente, nos dicen que el hombre de esos mediados del siglo XVI quería conocer la naturaleza y conquistarla.

            Se había extendido a la naturaleza ese talante espiritual y voluntad de conocimiento que hemos dado en llamar "humanismo" y que fue lo más alto del Renacimiento.

            Pues bien, este es el clima espiritual y el escalón dela cultura en que nace el montañismo. Desde Petrarca, el alto poeta, sabemos de humanistas que  subían a los montes, y antes del final de siglo XVI había noticia cierta de cuarenta y siete cumbres conquistadas. De entre ellas, acaso la más célebre haya sido la de Leonardo de Vinci, el artista científico, para quien la pintura tenía la misión de representar la totalidad de la naturaleza. De Vinci escaló el "Mombroso" -Monte Rosa- y, meticuloso como era, describió la montaña, la dibujó admirablemente y observó los efectos de la luz sobre la cumbre.

 

            Nace el montañismo con los humanistas y en el Humanismo hemos de hallar las primeras claves de sentido de actividad que de modo tan intenso iba a comprometer al hombre moderno -heredero directo, en rasgos definitivos de su fisonomía espiritual, del Renacimiento.

            La mayoría de los humanistas buscaban sus sabidurías en la literatura antigua. Para ellos había más enseñanzas en la Ilíada y la Eneida que en fuente alguna a su alcance. Pero otros muy pronto comenzaron a leer el gran libro de la naturaleza y se rindieron a la fascinación de cuanto la naturaleza lucía de extraño, de insólito, de asombroso, de monstruoso o magno. Al calor de esa curiosidad y seducción por lo bizarro nacen los jardines zoológicos, mientras Lorenzo el Magnífico recibe en Florencia una jirafa y el rey de Portugal envía al papa León X un rinoceronte, como el que Durero dibuja con lujode corazas y paramentos naturales.

            Ricos y solemnes burgueses de abultados ropones de seda y raso, ricas cadenas al cuello y tocados con birretines de seda o pieles deambulaban por los zoológicos admirando los que se les antojaban aberraciones o alardes de la naturaleza; filósofos y sabios de gruesas pellizas y severos casquetes de fieltro, pluma en mano, anotaban cuanto hallaban de revelador en los fenómenos; comerciantes y aventureros se hacían al mar, hacia oriente y occidente,ennaves abarrotadas de mercaderías y erizadas de cañones... y unos personajes en los que a la curiosidad por la naturaleza y el espíritu de aventura se unía el gusto por la belleza y el amor a la contemplación del mundo, trasunto de otras contemplaciones neoplatónicas, se ponían en camino hacia una cumbre que desde el confìn del horizonte parecía desafiarlos.

 

            Hace cincuenta años en un colegio quiteño de jesuitas nació una agrupación de montañistas. De montañistas alumnos: jóvenes, algunos casi niños.

            Decir que en ese colegio comenzó a practicarse un nuevo deporte sería decir bien poco.Las viejas y nobles imágenes de historia renacentista aquí evocadas bastan para convencernos de que la naciente actividad tenía una trastienda que la situaba por encima de cualquier deporte.

            El colegio debía entender, aunque solo fuese obscuramente, lo que de esas prácticas, a primera vista tan lúdicas e informales, podía esperarse de humanismo. Y, de haber alguna expectativa de humanismo en ello, la cosa cobraba importancia. Porque los colegios de la Compañìa de Jesús se han nutrido siempre de raíces de humanismo; en ellos el humanismo ha sido siempre savia formativa. Loyola fue, aunque con su peculiar impronta de vasco, militar,católico obediente y místico iluminado, un humanista. Y, dentro de esa tradición que arrancaba del mismo fundador y de compañeros suyos como Lainez y Canisio, la formación de los jesuitas ecuatorianos comenzaba en aquellos años por sentar sólidas bases de humanismo, con latín y griego, Sófocles, Horacio, Cicerón y Virgilio, todo orquestado por el mayor de los humanistas ecuatorianos de este siglo, el P. Aurelio Espinosa Pólit.

            De haberse tratado de un simple deporte, esos comienzos del que se llamó "Ascensionismo del Colegio San Gabriel" habrían sido un perfecto desastre. Por evocar alguna historia de losaños primeros, tan pintorescos como heroicos, veamos a ese grupo de andinistas novatos que ascendía las blancas laderas del Iliniza Sur... pésimamente encordados, solo alguno de la larga hilera con crampones, la mayor parte calzados con botas ordinarias y casi todos sin gafasde nieve. ¡Qué de resbalones, buscando frenarlos hundiendo en la nieve alguna estaca! Por supuesto solo se subió hasta que la pendiente hizo imposible un avance con  equipo y técnica tan rudimentaria. Y a la noche comenzaron los ardores de ojos... las linternas se encendían para buscar las pajas que se habían metido en los ojos de los dolientes quejosos -se dormía en el pajarde una hacienda-. Y no era cosa de quítame allá esas pajas: eran severas conjuntivitis por el brillo de la nieve. A la mañana siguiente aquello parecía el campamento de un ejército en derrota: los audaces luchadores con la montaña tirados por tierra, con pañuelos sobre los ojos. Como deporte, la viva imagen de un fracaso.Pero no había allí fracaso alguno. Heridos y todo, aquellos gallardos montañeros estaban felices.Llenos de cosas que contar. Rebosantes de cierta plenitud interior, que les ponía por encima de los condiscípulos que habían consumido esos días en la vida cómoda, prosaica y chata de la ciudad.

            Iría aprendiendo el Ascensionismo del San Gabriel su oficio, y a los pocos años ya los mismos fundadores y primeros miembros hicimos ascensiones con algún equipo y comienzos de técnica montañera. Comenzó el Ascensionismo a conquistar cumbres. Y, cumplido este medio siglo, el registro de sus hazañas deportivas de montaña y notables montañeros formados en su escuela se ofrece nutrido y glorioso. Es decir que esta historia cuenta también en los fastosdel deporte nacional de estas décadas.

            Pero para muchos, para los más, el Ascensionismo nunca fue nudo deporte y peor competitivo -por más que algunos de nosotros hubiésemos dado en la chifladura de subir al Ruco Pichincha en menos de hora y media y de contar nuestros Rucos, que pasaron largamente del centenar-.Nuestro ascender y ser ascensionistas era un poco cosa de toda la vida, una manera de entender nuestra condición de itinerantes -eso que el filósofo Marcel llamaba el "homo viator"-, una escuela derecias vittudes humanas. Al tratarde entender la substancia de ejercicio que así nos iluminó y nos marcó a cuantos nos dimos a él he pensado que fue ejercicio de humanismo. Y es lo que he querido compartir con vosotros esta noche de celebración jubilar.

            Humanismo viene dehombre. Hasta antes del Humanismo el hombre había estado fuera del centro. Desde el Renacimiento el centro sería ya, inamovible, el hombre. Y dentro del cristianismo,solo quieneslo entendieron así se situaron en la dirección de la corriente de la historia, en eso que Theilard llamaba el "filum", la línea válida.

            Con el Humanismo se pasó de la visión medieval del hombre  indigno y miserable a una alta confianza en el hombre, que será lo que él quiera ser, bestia o ángel, como lo proclamó Pico della Mirandola, uno de los más fervientes humanistass, en su "Oratio de hominis dignitate". Y para Vives, el humanista español, el universo es el dominio del hombre.

            Dentro de esta  nueva cosmovisión, se entendió que el papel del hombre en el mundo es motivo de justa ufanía. El De dignitate et excellentia hominis de Giannuzzo Manetti proclamaba como título de gloria de la especie la civilización técnica y la cultura intelectual.

            Este sentido de la grandeza del hombre ha llegado, se ve, hasta nuestros días, saltando sobre el bache existencialista, y solo una confundida "postmodernidad" parece negarlo. Lo que no ha llegado con igual fuerza es ese otro rasgo caracterizador de humanismo: la visión de la belleza como principio de síntesis de todo en el cosmos.

            El humanismo cristiano dio a este sentir sobre el hombre nueva carga de valores y el concepto de la existencia, hondo e iluminado, que está en los evangelios y las cartas de quienes trasmitieron el mensaje de Jesús.

            Hacaíamos antesala en el palacio presidencial un grupo de montañistas -esto era en 1961-. Habíamos realizado un triple rescate heroico, tras días y días  de asedio a la másalta de nuestras cumbres,el Chimborazo, y el presidente Velasco Ibarra iba a  a condecorar elpabellón de la Agrupación de montañeross que había aglutinado aquel vasto empeño solidario. Velaasco Ibarra no era hombre como para desaprovechar la ocasión con tres o cuatrolugares comunes.Pronunció breve pero certero y hondo discurso. Con su gesto prócer -brazo en alto y en lo más alto el dedo enhiesto- y su voz grave y algo cascada, pero enérgica, comenzó así: "Dijo Nietzsche que el hombre está entre la bestia y el superhombre. Vosotros habéis probado que el hombre, venciendo a la bestia,puede ser ángel". Era, exactamente, la proclama optimista y llena de fe en el hombre de los humanistas renacentistas. Y se decía a un grupo de montañeros que habían llevado sus actividad de andinistas a una auténtica cumbre de humanismo: todo lo habían arriesgado para salvar unas vidas cercadas a muy  poco de la cumbre del coloso, y después habían vuelto a ponerlo todo en juego para rescatar un cadáver.

            Pero interrumpen este discurso  un tanto grave voces alegres y burlonas para las que no parece haber nada serio o solemne. El humor chispeante, crítico, a veces urticante, de los gabrielinos se ha volcado de un rústico caminón, que con su estrafalaria carga parecía carromato circense, y alborota el páramo. Allí donde el camino pierde su nombre se amontonan mochilas, ollas, reverberos, maletas, rollos de cable, piquetas. Y, entre broma y broma, se distribuye la carga, se reparten raciones y se organiza la marcha.

            El sol de la mediamañana comienza a incendiar el paisaje. Y, al cargarse su mochila, con su "yapa" de cables y tal cual cacerola, el joven aprendiz de montañero -acaso novato en su primera aventura- empieza a ver la cumbre, que se alza aguda,espléndida, contra un cielo que parece traspasado de luz, más distante que nunca.

            Los más fuertes ayudan a alguien en quien cuesta mucho ver, detrás de tan estrafalaria indumentaria, al bueno y campechano del capellán. Porque la gente menuda, precavida, ha ido desapareciendo, pajonal arriba, haciendo como que no veían aquella pesada maleta. ¿Y qué hay en ella? Porque no son víveres, ni ollas, ni cables o crampones... Es el altar. Mejor, ara y cálices y ornamentos, porque altar va a ser toda la montaña.

            La cuesta es empinada y la subida ardua. Ya noquedan ánimos ni para hacer un chiste. En cada descansolas mochilas caen pesadamente a tierra y tras ellas, sus dueños, algunos maldiciendo a la mamacita que les metió a última hora una cobija más -para que no se enfríen- y una caja de dulces. Aunque los dulces tienen un fácil y sabroso remedio: la caja se abre y se vacía en un abrir y cerrar de ojos. Los jefes urgen a los flojos, a los nuevos, a los desalentados. "Vamos... allá, en la última acequia, comemos, y de allí al campamento ya es poco". "Vamos, ¡arriba! Te ayudo un poco... Trae esa cuerda". "¿Quieres un poco de agua?".

            Almuerzo de montaña. ¡Cómo sabe a gloria el agua de vertiente, que de tan clara y fresca parece cristallíquido! Y el pan... ¿quién pensó nunca que un pan podía ser tan sabroso y que aquella modestísima salchicha, a la que en la mesa familiar se le hacía fieros, fuese tan suculenta? Las cosas del hombre, las que lo sostienen, han cobrado en este aire enrarecido, tras esas horas de lucha con la fatiga y la debilidad, su auténtica dimensión. Y el comerlas tiene algo de comunión, porque ellas han conbrado valor de don bueno, de "eucaristía".

            Por la noche, el campamento. Esta noche no lloverá.No serácomo la de la última vez, cuando las avenidas de las aguas lluvias se llevaron las carpas sin sangraderas, y muchos inexpertos o perezosos acabaron pidiendo posada en otras carpas, donde durmieron unos sobre otros. Esta noche parece que no hay donde poner una estrella más en un cielo profundo, y alto y lejano el nevado luce su pálida blancura. Hacemucho frío como para un fuego de campamento. Y,por otra parte, hay que dormir pronto para tener más energías para eldía de mañana, que es el día tan largamente planeado y preparado. En  algunas carpas se cocina. A través de la lona se ve la azulosa llama de cocinetas y reverberos. Otros han instalado el fogón a la puerta de la tienda y, calados gorras y enrrolladas al cuello grueas bufandas, saborean su caldo de cubitos. De carpa a carpa se hacen corteses visitas y se prueba lo que la otra escuadra ha preparado. Han vuelto las bromas y los chistes. Un despechado ha dicho que para la próxima se trae a la cocinera... El chiste no le hace gracia al capellán, y alguien lo tacha de mal pensado: "Solo es para que le cocine".

            Hasta que comienza a hacerse el silencio.Unas últimas oraciones, unas últimas charlas a media voz,unos últimos chistes con sordina, el laborioso meterse en las bolsas de dormir o hacerse unas bolsas con cobijas. Y el sueño honjdo en la noche de montaña silenciosa de ruidos y transida de hermosos, de mágicos sonidos: el rumor del agua del arroyo cercano, el sumirse del viento en la cañada, el vuelo pesado de un ave en la noche y el canto de pájaros desvelados... La noche de montaña siempre corta.

            Hay que salir aún obscuro.Vuelve la vida al campamento. Como que se contagia decarpa a carpa. Se han prendido linternas o espermas. Se buscan gorros,  suéteres, medias de lana, guantes... porque afuera hace un frío que muerde.¿Qué horas son? Las cuatro. A las cinco salimos.¿Y cómo estáel monte? Despejado. Hay que aprovechar. Buen desayuno de chocolate  hirviendo con pan y queso. Borbotea ya la olla grande. Para los diligentes el desayuno está listo. Traigan jarros. Al remolón de la tienda de los más pequeños le remece un guasón: "Ya levante, niño Manuelito... ¿Quiere que le traiga el desayuno a la cama?"

            Como potros jóvenes los impacientes, equipados ya y listos para la gran conquista, patean la tierra endurecida por la escarcha. Así se entra en calor y los músculos se aprestan para empezar a caminar. Las cinco. El grupo se estira en fila aindia y pone proa hacia los arenaless, las rocas, la nieve. La impedimenta pesada ha quedado en el campamento, donde tres expedicionarios a los que el soroche ha torturado toda la noche han preferido quedarse de guardia y para esperar con una buena comida el regreso de los héroes. Todos son parte de la misma empresa, y la gloria de la conquista, si se logra, será de todos.

            El sol coge a la avanzada muy alto. Se recuestan contra unas rocas y miran sobrecogidos el espectáculo soberbio: a sus pies unmarde nubes apelotonadas se extiende interminablemente. De él sobresalen, islotes blancos sobre el mar  lechoso, solo las más altas cumbres. Se las va reconociendo una en una. Buen momento para unos sorbos de café caliente o para un mordisco al chocolate o a la raspadura.

            La cumbre está ya encima de los osados  que van a luchar con ella hasta dominarla. ¿Quiénes serán los que  intenten la alta empresa? Experiencia y fortaleza son los títulos. Pero también coraje, pasión por la gloria. Junto a los viejos ascensionistas se admite para una de las cordadas a un aspirante muy joven. Casi un niño, pero que ha dado pruebas de ser recio y valiente.

            Los vemos partir. Los vemos convertirse en diminutos puntos unidos por las cuerdas e internarse por las blancas llanuras. Serán horas de subir  paso a paso, resolviendo cada dificultad, asegurando el paso de las grietas, turnándose en la punta de la cordada porque abrir ruta en la nieve es cosa dura...

            No sabemos si se coronó la cumbre o no. ¡Cuántas veces una grieta no prevista nos detuvo por horas, con la cumbre al frente, ya casi dominada...! Acaso el arreciar de una tormenta recomendó a los mayores, a los responsables, renunciar  al último asalto. Si se regresó con la cumbre conquistada, un aire de victoria transfiguraría a toda la expedición.

            Para la tarde se ha dejado la misa. Para vivirla con calma; para dar gracias con ella de cuanto hay que agradecer de esos dos días de tanta plenitud. De los grandes bosillos del rompevientos, de entre los restos de caramelos y migas, han salido gastados ejemplares de esa "Misa de cumbres" que escribiera, allá por el 61,  uno de los directores del grupo o la versión remozada litúrgicamente que hizo el P. Ribas en el 65. Y se dice el introito, que en la montaña cobra nueva plenitud de símbolo... 

Queremos, Señor, ofrecerte el sacrificio en la montaña.

A Ti, que eres nuestra fortaleza. A Ti, que eres la alegría de nuestra juventud.

Condúcenos y guíanos, Señor, a tu santo monte, a tu campamento de altura. 

            No sabemos si se coronóla cumbre o no; ni si se abrió una nueva ruta o se fue por la tenida ya por segura.No sabemos, ni importa en absoluto saberlo, si se pusieron marcas de tiempo o se resolvieron especiales dificultades de escalada. Nos basta con todolo que en estos estupendos días hubo de existencia humana vivida a todo pulmón, engrandecida por la belleza de los luminosos horizontes, acrisolada por el esfuerzo y el sacrificio. Aunque nada se haya registrado de excepcional, tenemos mucho que poner en la columna del "haber":ejercicio de voluntad, de reciedumbre, de dominio de sí; conocimiento cordial y de vital inmediatez del mundo -sus rocas, sus meteoros, sus plantas, sus rumores, su música, su aire, su luz-; práctica juvenil, sin dobleces ni reticencias, de solidaridad, de compañerismo, de amistad, de mutua ayuda, de entrega al otro de lo que uno tiene y al otro le falta; reconocimiento de la bondad de la vida y sus dones, hasta al parecer más humildes, como un sorbo de agua de vertiente o un pedazo de pan de hace tres días. Y, en muchos  espíritus abiertos a ello, sentimientos de elevación, captación de la belleza del cosmos y contemplación de tanta cosa buena y bella como don de un creador, de quien, como dijo Ignacio de Loyola en la más luminosa de sus páginas, descienden todos los bienes y dones, "así como del sol descienden los rayos, de la fuente las aguas". 

            He aquí, señoras y señores, ascensionistas de ayer, de hoy y de un mañana que auguro sea de otro medio siglo y de muchos más, lo admirable del ascensionismo, ejercicio ejemplar de humanismo; es decir, alta escuela de todas esas sabidurías y modos de afrontar la vida que pueden resumirse, como lo hiciera Dante, con la estupenda fórmula "ser hombre". Acaso deberíamos completarla así: "ser hombre de montaña". Ser hombres hechos para lo alto, para lo arduo, para lo limpio,para lo noble. Fuertes para soportar la fatiga, el frío y el hambre; serenos ante el riesgo; humildes frente a la inmensidad del universo, pero conscientes de su grandeza de hombres. Hombres que respetan y amanlo grande y lo pequeño y que asumen con igual espíritu la aventura gloriosa y los modestos quehaceres del campamento. Hombres de montaña. Ascensionistas de esta gran ascensión que es la vida. 

Alangasí, 20 de mayo de 1994


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