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RELACION DE UN PASAJERO

QUE VIO EN QUITO EL 2 DE AGOSTO DE 1810.

 

¿Con cuántos versos y poemas se lamentó Quito por un suceso tan conmovedor y tan indignante como los asesinatos del 2 de agosto? Mera recogió otro, largo, con algunos versos forzados, duros o prosaicos a menudo, pero de viva expresión de sentimientos quiteños de la hora y rico de datos históricos, de cosas por el poeta vistas o sabidas muy de primera mano.

Su título es incitante. Porque es “Relación de un pasajero que vio en Quito el 2 de agosto”, y hubo un pasajero ilustre que asistió a esa enorme y criminal tragedia y lo laceró hondamente: Camilo Henríquez, fraile de la Buena Muerte. Pero también se impone recordar que el Provisor Caicedo hizo pasar su Viaje imaginario por obra de autor español que se halló de paso por Quito, tras haber subido desde Guayaquil, “pasando de lugar en lugar”. Y es que graves penas, incluida la capital, amenazaban a quienes escribiesen estas cosas “seductivas”.

Ya Mera lo notó: “Parece indudable que el autor fue quiteño, puesto que llama paisanos a los patriotas, a quienes se había procesado; y quizá se dio el nombre de pasajero para desorientar a las autoridades, caso de que los versos cayeran en sus manos. En esos tiempos no había precaución demás para salvar el pellejo o, cuando menos, evitar el destierro y la confiscación de bienes”.[1]

El autor sin duda es culto. Lo delatan ya en la primera estrofa dos cultismos:

 

  Diosa de las tragedias,

Aumenta mis quebrantos,

Inflúyeme episodios

Que expresen mi pesar, dolor y llanto

 

Cultismos: esa invocación a la musa -en este caso una musa trágica- y el “inflúyeme”.

Y el autor era artista. No deja lugar a dudar de ello el segundo cuarteto:

 

  ¡Oh Cuartel! de patricios

En la sangre anegado,

Cuéntame a donde llega

La iniquidad del corazón humano.

 

(Ese endecasílabo con acentos rítmicos en cuarta y octava, que contribuyen a darle su tono de gravedad, que se contrapone a la vehemencia -rítmica- del heptasílabo anterior iniciado con el dáctilo cuéntame).

Y luce fuerza. Entre los hombres de Agosto uno de los que más fuertes -y hasta duros- se mostraron fue Caicedo. Bien pudieran ser suyos cuartetos como los siguientes:

 

  Calles desamparadas,

Plazas, casas y cuartos,

¿Qué monstruos abrigáis

Que vuestro lucimiento ha apagado?

 

  ¿Qué cadáveres yertos,

Insepultos, rasgados,

Desnudos presentáis

A que pase su sable el vil soldado?

 

  Quebrantadas las puertas,

Los derechos violados,

¿Es este país salvaje?

¿Que escena es ésta, o que infame masacro?

 

“Masacre” aún no se tenía por español -solo muy tardíamente le abriría sus puertas el Diccionario de la Real Academia Española: se lo hizo en las “adiciones” al Diccionario de la Real Academia Española aprobadas en el período diciembre 1979 a febrero de 1980, y publicadas en la edición XX del Diccionario, en 1984-. Era francés “massacre”. Nuestro autor lo sabía y por ello usó la palabra en cursiva. La pronunciación francesa es casi “masacre”, y el quiteño le dio la terminación -o (Necesaria para la rima asonantada en a o de los endecasílabos). En cuanto al sentido, resultaba palabra exactísima. Como “matanza de personas, por lo general indefensas, producida por ataque armado o cosa parecida” entraría en el léxico oficial del español. No había palabra castellana que dijese de modo tan completo y exacto lo que pasó el 2 de agosto de 1810 en Quito. Nuestro autor, que, se ve, manejaba el francés, la usó en toda su fuerza.

Los tres siguientes cuartetos nos introducen en palacio para, en breves cuadros poemáticos, hacer crónica sombría de la reacción de Ruiz de Castilla y camarilla:

 

  Presidente vestido

Me parece ese anciano,

Que con otros, alegres

Cantan triunfos en aquel palacio.

 

  En él reparé el busto

Del cautivo Fernando,

Y sin duda eran esos

Ministros de su código sagrado.

 

  Sobresalía entre todos

Un rostro, que al mirarlo

Vi la impiedad, la saña,

Y todos los delitos retratados.

 

Fue Caicedo quien en su Viaje imaginario dio noticia, como testigo, de aquella nefasta celebración: “En casa del regente se hicieron las demostraciones de alegría que se han referido y no había uno de los enemigos de Quito que no rebozara de gozo”. ¿No nos hace pensar esto en una mima autoría del Viaje imaginario y este poema? La mención del busto de Fernando, el rey cautivo, es toque propio del artista. El presidía, en espíritu, esa criminosa celebración. En cuanto al sombrío personaje de la tercera estrofa, parece ser Aréchaga: en una estrofa posterior denunciará: “Infelice Castilla / de Aréchaga guiado”.

Antes de dejar los salones de palacio, el autor llama a esos celebrantes “turba festiva”, y se vuelve a una ciudad en la que, “al fin de unas cuatro horas / de palidez y asaltos, / balas por todas partes, / y metralla y sangre sin reparo”, los asesinos se han convertido en vulgares saqueadores:

 

  Después que militares,

Infantes y caballos

Los vi que se trocaban

En peones de cargas y de sacos;

 

  Que unos eran etíopes

Y otros de mucho rango,

Oficiales sin armas

Que autorizaban tan negros agravios.

 

  Un capitán entre ellos,

Que aturdido del caso,

Traidor por una parte,

Por otra iba a lograr botín de Estado.

 

De los paneles generales ha descendido al caso personal que importaba acusación y denuncia, para los contemporáneos muy reconocible.

El siguiente cuarteto es plástica pintura, en versos de ritmo grave, de otro hecho relatado por cronistas e historiadores:

 

  Diviso santas tropas

Con Cristos en las manos,

Turbadas, macilentas,

Presididas del Príncipe sagrado.

 

Tal procesión, encabezada por el Obispo y su Provisor -muy probablemente, el autor del poema-, hizo cesar el tiroteo, “pero menos los robos / que se multiplicaban con descaro”. Y, como acaso hubiese quienes reprochasen a esos eclesiásticos haber aquietado al indignado pueblo quiteño, el autor justificó tal tarea:

 

  Contuvo mucho pueblo

De insultos ya cansado,

Que a la pública fuerza

Iba inerme a ser sacrificado.

 

Pero se siente obligado a contraponer a este haber evitado una mortandad aún mayor de pueblo inerme el reproche al hispano:

 

  Pero ¿quién contenía

Al feroz Magistrado,

Al codicioso ibero

Y dominante por trescientos años.

 

Al católico pueblo podían contener los sacerdotes y religiosos, pero a Ruiz de Castilla y a los codiciosos españoles, ¿quién? Y

 

  De aquí sigue el saqueo,

Los homicidios varios;

Las horcas se preparan,

Y desearan no ver un indio hablando.

 

Extraño -y poco feliz en sus calidades- ese último verso. Por primera vez aparece en estos poemas un indio. Pero ¿tratábase en realidad de un indígena, o era una manera despectiva de aludir los chapetones a los levantiscos mestizos quiteños, a quienes los realistas habrían deseado silenciar definitivamente?

Nuevos testimonios que siguen afirmando la hipótesis de ser Caicedo el autor del poema: él fue el sacerdote que pidió sepultar a las víctimas:

 

  Entonces yo me acojo

De un sacerdote al lado,

Que se va al atrio real

A pedir por los cuerpos y enterrarlos.

 

  De una corta distancia

Oí que los negaron;

Pero luego el más viejo

Dijo: “Llévelos, padre, al Altozano”.

 

  Mortajas no se dieron,

Y en esteras cargados,

Eran de la insolencia

Objetos y despojos del soldado.

 

  Yo los quise cubrir

De sábanas o trapos;

Mas temía no sé qué,

Y me dolía tan temerario trato.

 

Fueron después a la celda -“llegamos”: es decir el sacerdote aquel y su o real o ficticio acompañante-, y “el padre no durmió /en lágrimas amargas anegado”. Y un nuevo dato en breve cuadro:

 

  Este era el dos de Agosto,

El tres al templo vamos,

Se cantan las exequias

Sin asistencia de un ciudadano.

 

Mira después el autor, desde la torre, la ciudad asolada, y escucha una protesta:

 

  Oigo allí exclamar a uno:

“¡Oh Dios inmenso y santo!

¿Dónde están vuestras Leyes?

¿Dónde las que dictó el Rey Fernando?

 

Y ese reclamo lo hace volverse hacia el culpable de tanta muerte y destrucción. Y son estrofas que solo pueden atribuirse a un quiteño –no a un pasajero-, y a un quiteño muy al tanto de los hechos que habían terminado en el abismo:

 

  ¡Qué efectos tan horribles

Trae no cumplir los pactos!

Que se trueque ya el mundo

De venganza y tragedia en un teatro.

 

  Infelice Castilla

De Aréchaga guiado,

Qué delito es rendirse

A tus libres despóticos tratados?

 

  ¿Por qué de alta traición

Procesas a mis paisanos,

Traidor a tu palabra

Y traidor a las Leyes que has jurado?

 

  Por ventura ¿no es cierto

Que tu imperio ha cesado,

Y que así te lo vuelven

De tu voz a la fuerza ya ncorvados?

 

Para los quiteños de pensamiento crítico y conocedores de la historia de los últimos meses –como Miguel Antonio Rodríguez o Manuel José Caicedo, los dos condiscípulos en la Universidad quiteña y después rector y vicerrector de ese alto centro de estudios- el culpable de los crímenes del 2 de agosto era Ruiz de Castilla, a quien el autor increpa como “traidor a tu palabra”, trata de “infeliz” y le recrimina haberse dejado guiar por un hombre como Aréchaga. Y para el intelectual autor de estas estrofas era ironía sangrienta que ese “traidor a las leyes que has jurado” procesase a sus paisanos “de alta traición”. Y para él su imperio ha cesado, y, si se lo han devuelto, es sin derecho, por la pura fuerza y maltrecho. Es lo que cabe leerse en esa última estrofa de la requisitoria, de endecasílabo violento y casi críptico: “de tu voz a la fuerza ya encorbados”.

No se extiende nuestro autor en elogio fúnebre de los caídos. Apenas si menciona a tres -los mismos tres a quienes más exaltó el anterior poema-:

 

  ¡!Ah! sencillo Morales,

Que el alma has exhalado,

Con Quiroga y Salinas

Y otros muchos patricios literatos!

 

A todo ese ilustre grupo de próceres sacrificados augura gloria americana:

 

  Vosotros viviréis

En eterno descanso,

Y hará vuestra memoria

Época en el suelo americano.

 

Y en hermoso cuarteto en que contrastan rítmicamente la serena gravedad de los versos primero y cuarto con la fuerza del segundo y el tercer heptasílabos dactílicos, encomienda a la patria a quienes quedaban en orfandad o viudez y esos nobles despojos:

 

  Recoge, Patria amada,

Huérfanos desolados,

Viudas desamparadas,

Y postreros despojos del tirano.

 

Pero no puede quedarse en dolor así represado y la indignación lo arrastra a execrar a los delincuentes -“execrar” es “condenar y maldecir con autoridad sacerdotal”:

 

  Que las sombras persigan

A ese cruel Castellano,

A todos sus satélites

Y al Limeño ejecutor malvado;

 

  Que no encuentren abrigo

Esas tropas de vándalos,

Y esa oficialidad

Aborto de los vicios más insanos.

 

  Que aun Lima los deteste,

Negándoles sus brazos,

Si algún día recuerda

Que ha enviado tropas a españolas manos.

 

“Que las sombras persigan”: es maldición con sabor a tragedia griega o shakespiriana, y el rechazo al crimen infame llega a dictarle el endecasílabo tremendo: “aborto de los vicios más insanos”.

Y el poeta no puede más. Cae en un desmayo. El campanero -ha de recordarse que había subido a la torre- lo lleva a la celda. Allá va ese supuesto amigo y el sacerdote quiteño le refiere, triste, “el origen de casos tan extraños”. Y con ello se introduce una nueva parte del poema, como relato a un interlocutor. El poeta sabía moverse por las técnicas de la narración.

Comienza por evocar el 10 de Agosto:

 

  El diez de Agosto, dice,

Del año que ha pasado

Los derechos del hombre

Salieron del encierro de palacio.

 

Queda claro que el nervio, la enjundia de lo en tal día acontecido fueron “los derechos del hombre”. No resulta claro, en cambio, ese salir “del encierro de palacio”. ¿Fue una simple manera, un tanto culterana, de decir que fueron proclamados desde el palacio del gobierno, ya un gobierno fundado sobre esos derechos?

Ese haberse hecho públicos, como derechos acatados, esos derechos del hombre, que solo eran conocidos por círculos ilustrados -los que hicieron la revolución-, se dice con metáfora de luz, que se extiende hasta la alegoría:

 

  La luz les dió a los unos,

Y otros se deslumbraron,

Ciegos en sus cadenas

Y que nacieron para ser esclavos.

 

Esos derechos del hombre fueron luz para parte de los quiteños, pero la otra, la de los ciegos, “que nacieron para ser esclavos”, se encandiló con esa luz. Esa parte del pueblo quiteño no estaba preparada para tales raudales de luz.

En cuanto al gobierno mismo, esto fue lo que se hizo:

 

  Religión, Rey y Patria

Entonces proclamaron,

Y quitar sólo quieren

Traidores que se han vuelto Dioclecianos.

 

De lo que se trató, según el poeta, solo fue de reemplazar por un gobierno sabio y justo a quienes llama traidores -traicionaron las leyes de España- y Dioclecianos -como una manera antonomástica de decir tiranos-. Todo eso se hizo -lo sabemos por todas las fuentes- proclamando religión, rey y patria.

Salta hechos el narrador y dedica el siguiente cuarteto al final de la primera Junta:

 

  Se convierten en odio

Los lugares cercanos;

Quito repone luego

Todas las potestades a su mando.

 

Y viene al pacto sellado entre los insurgentes y el Presidente, y en la misma estrofa se refiere su violación:

 

  Entre grandes promesas

Solemnizan tratados,

Que después los quebrantan,

Fieros, crueles, Nerones refinados.

 

Los siguientes tres cuartetos pintan lo que vivió Quito entre esa violación del pacto y el 2 de agosto:

 

  Se siguen calabozos,

El aire y luz negaron,

Se fabrican cadenas,

Infamantes preparan los cadalsos.

 

  Presos por todas partes,

Procesos abultados,

El orden se trastorna

Y no se ven sino hombres acusados.

 

  Caribe es cada juez,

Monstruo desapiadado,

Que no distingue clases,

Y sólo busca el exterminio raro.

 

Y el narrador ha llegado a los sucesos que motivaron su poema de testimonio y denuncia, el que llama “el negro dos de agosto”. Pero aun él que tanto sabía de todos esos sucesos -si se trataba de Caicedo, tenía el mirador privilegiado de quien como autoridad eclesiástica e íntimo del Obispo tenía entrada a casi todos los lugares y podía hablar con víctimas y testigos- confiesa la dificultad de penetrar en la realidad de esos turbios hechos:

 

  Hasta que... El cielo sabe

Lo que voy a contaros

Del negro dos de Agosto,

Porque es imposible averiguarlo.

 

Y, habiendo echado por delante que resultaba imposible llegar a la verdad de lo que en esa trágica jornada sucedió, nos entrega la imagen que él había llegado a hacerse de los hechos salientes y su sucesión en el breve tiempo que la tragedia duró dentro del Real de Lima -ya antes había pintado los cuadros de fuera del cuartel-:

 

  Ocho hombres solo fueron

Que, con puñal en mano

Cinco entran al cuartel

Y tres abrieron el Presidio urbano.

 

  Todos estos facciosos

Son del tirano amados;

Vergara zafa a un reo,

Y todos los demás despedazados.

 

  Aquellos también mueren,

Y el oficial Doblado

Que servía en la guardia

Desde antes insta por el mismo asalto.

 

  Este capitán Celi,

Que a todos era grato,

Ejecuta la orden

Más trágica que nunca se haya dado.

 

Estos cuadros tan ricos de datos que no se hallan en ningún otro cronista se convierten en nuevo argumento en favor de la atribución del poema a Caicedo. Aunque cabe también preguntarse, ¿por qué algunas de estas cosas fundamentales no las contó en el Viaje imaginario?

Que cinco hombres fueron, puñal en mano, al cuartel y tres al presidio urbano es cosa que Caicedo dice en el Viaje imaginario. En el poema se afirma algo que en el Viaje solo se había insinuado: que fueron europeos realistas los que pagaron a mozos de los barrios para que asaltasen el cuartel dando así pretexto para la matanza que se maquinaba. En el poema la afirmación es terminante y tremenda: “Todos estos facciosos / son del tirano amados”. Y se nombra a uno de esos europeos maquinadores: Vergara (en el Viaje está su nombre completo: José Vergara Gaviria). Se lo presenta nada menos que entrando al cuartel y “zafando” a un reo.

Los que entraron a liberar a los presos “también mueren”. Si eran parte de una maquinación no habría convenido que quedasen para denunciarlo.

Y aparece otro nombre: el de quien “ejecuta la orden / más trágica que nunca se haya dado”. Es el capitán Celi. Se nos narró en el Viaje imaginario que fue el capitán Galup quien dio la orden ante de que muriese por la bayoneta de un conjurado. Lo que se dice de Celi es que ejecutó la orden.

La siguiente estrofa resume el sentimiento del poeta ante esos hechos. Lo pone en cabeza de ese interlocutor ficticio -¿real acaso?-, con lo cual induce a cualquier oyente -o lector- a hacer suya esa impresión. Y el juicio es tremendo: ni la más leve pincelada clara en el cuadro que se resume en la sombría pluralidad del endecasílabo final:

 

  Absorto me quedé

Tanta intriga escuchando,

Y lo que causar pueden

Tanta perfidia, iniquidad y engaño.

 

Quien ha escuchado historia tan trágica, tan sombría, con tal desate de crueldad se asombra de que el mundo pueda albergar autoridades y jueces capaces de tamaña iniquidad:

 

  ¿La tierra abrigar debe

Tan crueles sanguinarios,

Que se llaman mandones,

De vida y muerte jueces arbitrarios?

 

Y el autor, según tantos indicios Caicedo, pero si no él, un americano comprometido con la causa de la libertad y los derechos de hombre, se indigna de que haya quienes aún sujeten su razón a esos bárbaros y su yugo:

 

  ¿Y los hombres sujetan

Su razón a estos bárbaros,

Que su capricho es ley

Y sus pasiones yugo soberano?

 

Para este intelectual, que seguramente ha reflexionado largamente sobre la sociedad, hombres que no entienden la naturaleza de la vida social han descendido a condición de brutos. Y es lo que juzga, al cerrar su poema, de los quiteños si no se rebelan contra quienes así han pisoteado sus derechos, aun los más elementales:

 

  Ya los hombres son brutos

Sin sociedad mezclados.

 

Completan esa cuarteto final un par de versos que recuerdan al lector que se trataba de la “Relación de un pasajero”, y que acabarían de despistar a quienes tratasen de dar con el autor de poema tan implacable en su denuncia y de tan altivo reclamo de respuesta a los atropellos pintados con tanta fuerza, con tanto conocimiento hasta de los últimos detalles de la ignominia:

 

Me voy a Santa Fe,

Donde dicen que hay hombres más sensatos.

 

[1] Cantares, 411.

 


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