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Ambato, 26/11/09. Casa de la Cultura
Rodrigo Villacís Molina
Presentación del libro
Pedro
Fermín Cevallos,
de Hernán Rodríguez Castelo
Si
hay un autor prolífico en el Ecuador, ese es Hernán Rodríguez Castelo.
Pero no es solamente la cantidad la que hay que admirar en su producción
literaria, sino la calidad de cada una de sus sobras. Los títulos que
salen con asombrosa frecuencia de su escritorio constituyen sin
excepción, valiosísimos aportes a la bibliografía nacional. Y además, se
inscriben en diferentes géneros: el ensayo, la didáctica, la
lingüística, el relato, el periodismo, la crítica, la biografía… Yo
mismo registraba hace un par de semanas, en mi columna del diario HOY,
tres de sus libros, que acaban de salir de la imprenta: Olmedo, el
hombre y el escritor, Lírica de la revolución quiteña de 1809-1812,
y Pedro Fermín Cevallos, Breve catálogo de errores en orden a la
lengua i al lenguaje castellanos. Una producción así no se explica
sino como el resultado de una dedicación absoluta al oficio de escribir,
a partir de un enorme talento y de una asombrosa erudición, que le han
abierto las puertas de la Academia de la Lengua y de la Academia de
Historia.
Ahora
mismo este núcleo de la Casa de la Cultura Ecuatoriana nos ha convocado
para la presentación del libro de Rodríguez Castelo sobre nuestro Pedro
Fermín Cevallos. Porque, de hecho, no se trata de su “Breve catálogo de
errores…” con prólogo de Hernán, sino de un prólogo de Hernán con un
texto de Cevallos. Porque el texto tiene 170 páginas y el prólogo, 213.
Entonces, ese prólogo no se concreta sino en parte a las elucidaciones
lingüísticas del ambateño ilustre, como autor, que fue, del primer
registro del habla ecuatoriana de su tiempo; porque lo demás constituye
un estupendo estudio de la vida y la obra de Cevallos, del escritor y
del historiador, del fundador y primer Director de la Academia
Ecuatoriana de la Lengua: “Después de largos años de juventud libre,
alegre y divertida -escribe Rodríguez Castelo- , fue la política de una
hora revolucionaria la que requirió los primeros escritos y empresas
periodísticas de Cevallos, desde 1851 hasta enero de 1853. Desencantado
de la política, ensaya otras maneras de escritura. Insiste en sus
celebrados artículos de costumbres, tienta la biografía, los estudios
lingüísticos, organiza esquemas de historia patria, y pasa luego a la
gran obra histórica en cinco tomos -que en la segunda edición serán
seis- y cierra la serie de producciones con un Tratado de Derecho.
Cumple una de las más serias obras de nuestro siglo XX”.
A partir de este supuesto, Rodríguez Castelo nos va
mostrando las diferentes facetas de Cevallos, ya maduro, cuando ha
dejado atrás las veleidades juveniles y “sin mayores antecedentes
políticos llega al Congreso de 1847 como diputado por Pichincha”, hasta
que “el fervor político enciende sus comienzos de escritor”, en los
tiempos del también ambateño, general Urbina, a quien acompaña en el
gobierno, como Ministro de Estado. Después pasa como Secretario a la
Asamblea Constituyente reunida en Guayaquil y hace periodismo de alta
calidad. De ahí no hay sino un paso al ejercicio de la literatura que.
como dice Hernán, fue su auténtica conversión, porque a los 40 años se
dedicó al estudio, a la reflexión y a escribir, hasta convertirse en el
“historiador mayor de su tiempo”. Y esto es tanto más importante, cuanto
que su trayectoria vital estuvo muy cerca de los dramáticos
acontecimientos del 10 de agosto de 1809 y del 2 de agosto de 1810, pues
nació en julio de 1812, de modo que alcanzó a escuchar los testimonios
de esos acontecimientos de boca de algunos testigos presenciales que
vivían aún: “Insertamos algunos trazos de los apuntes de nuestros
cronistas, testigos presenciales de los sucesos de Agosto -escribe
Cevallos-. Acaso sean exagerados, a la sombra de las vivas
impresiones del momento; pero hay tanta conformidad entre sí y tanto
ajuste con lo que sostiene la tradición, que no hay como desconfiar de
la verdad de cuanto refieren”. Esto, amén de sus investigaciones
realizadas con la mayor seriedad. Pero Cevallos no solo registra los
hechos que hacen historia, sino que los analiza y critica, como subraya
Hernán.
Así, pues, las páginas del Resumen de la historia del
Ecuador desde sus orígenes hasta 1845, de Pedro Fermín Cevallos, les
han servido de fuente de información a los historiadores que han venido
después. Y son páginas que no solo se hallan bien fundamentadas, sino
que están escritas con propiedad y galanura.
Otra faceta de Cevallos, que estudia Rodríguez Castelo en
este libro, es la de biógrafo: Juan de Velasco, Juan Bautista Aguirre,
Antonio Alcedo, Pedro Vicente Maldonado, Bolívar, Rocafuerte, Juan León
Mera y él mismo, en su autobiografía, son algunos de los personajes a
los que dedica su atención en este género, que así mismo cultiva con
éxito.
Por supuesto, Hernán Rodríguez no pierde de vista su rol de
crítico literario, y a lo largo de este libro ejerce sabiamente esa
función, cuando analiza el lenguaje, las palabras, frases, locuciones,
modos idiomáticos de Cevallos, para concluir que “las mayores calidades
de la Historia de Cevallos como literatura, son las del narrador:
“Cevallos es narrador sabroso -dice-, que trabaja sobre matrices de
narración convencional”, y añade: “Cevallos, clásico en sus gustos y
escritura, rehúye cualquier exceso de dramatismo. Ello no obstante, arma
ciertos episodios y los narra de modo que resultan tensos y hasta
conmovedores”.
Se refiere también Rodríguez Castelo a lo visual en la
narrativa de Cevallos, para decir que no es especialmente plástico; a la
retórica, subrayando su parvedad de adornos literarios; a la prosa de
ideas, afirmando que es una de sus cualidades la del intelectual, y al
crítico, explicando que “si bien no multiplica juicios críticos, en los
casos más graves, y en especial en los que estaban exigiendo fallos
últimos, es crítico, y severo, que sentencia con estilo duro,
lapidario”.
Y al fin, Hernán aborda la faceta de lingüista, de Pedro
Fermín Cevallos, manifestando que “se había destacado siempre la
corrección y limpieza y sabor del lenguaje de Cevallos”. “Pero eso no le
bastaba -dice-, porque era la hora en que se debía afirmar la
imagen-concepto de nación y se buscaba exorcizar los factores
perturbadores de la unidad que a la nación cohesionaban, a la vez que
afirmar los cimientos de ese ser nacional”. “Pero el proyecto requería,
además, afirmar los factores de unidad, y uno de esos factores era la
lengua. Había que preservar su unidad y alertar sobre usos disolventes o
francamente alienantes”.
Tales son las ideas que dan origen al Breve catálogo de
errores en orden a la lengua i al lenguaje castellanos, que en su
tercera edición trae un Diccionario de Galicismos, y que en esta
obra de Hernán Rodríguez Castelo ha sido el pretexto para un prólogo tan
extenso como interesante e ilustrativo. Este Catálogo registra
por supuesto lo que anuncia su título: los errores en que incurrían aquí
y en ese entonces, al escribir y al hablar, los usuarios de nuestro
idioma, con las correspondientes correcciones del autor. Todo lo cual ha
sido analizado con gran perspicacia por este legítimo heredero de
Cevallos que es Hernán Rodríguez Castelo, a quien los ambateños debemos
agradecer cumplidamente por haber puesto su talento al servicio de esta
obra que viene en cierto modo a iluminar, con una nueva luz, la figura
de ese enorme ambateño que fue el doctor Pedro Fermín Cevallos. Gracias
Hernán.
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