Hernán Rodríguez Castelo

Escritor, historiador de la literatura y crítico de arte

 


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¡Ahora digitales!

El gran libro del desnudo ecuatoriano

 

TONTOBURRO


Quito y Cádiz,    Mejía y las dos constituciones

Charla en el Congreso por el Bicentenario

de la Constitución de Quito, 14 de febrero 2012

 


A propósito del libro Manuela

Manuela en la Casa

Colección Bicentenario

 

De venta en la librería de la CCE y con el autor

 

Video y Galería de fotos

 

Comentarios:


Sobre literatura infantil y juvenil

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Quito y Cádiz,

Mejía y las dos constituciones.

 

por Hernán Rodríguez Castelo

 

Charla en el Congreso por el Bicentenario

de la Constitución de Quito, 14 de febrero 2012

 José Mejía Lequerica fechó en Quito, su ciudad natal, el año de 1800, un libro de versos. Lo tituló Travesuras Poéticas: Primer Ensayo de José Mexia del Valle y Lequerica. Ese manuscrito, rescatado en versión facsimilar de la Biblioteca Nacional de Madrid, primero por el historiador Jorge Núñez, y más tarde, otra vez, por el historiador Enrique Muñoz, tras haber, dormido, en cajas y estanterías, por el increíble tiempo de dos siglos, nos abrió una ventana a la juventud del personaje y a su entorno. Figura y paisaje humano fascinantes, al que en esta oportunidad debemos verlo casi como tentación que nos distraería del objeto que se nos ha propuesto. Dos veces he atendido ya al fascinante libro; la primera en la edición que el FONSAL hizo del texto; la segunda en el libro sobre Mejía que, en el marco de este mismo Congreso, se presentará esta tarde y noche aquí mismo.

            En ese libro juvenil, que traspira, sin perder su juventud, una admirable madurez -Mejía jamás perdió el raro poder de fundir esas dos tónicas vitales-, incluyó un poema de exaltación de los mayores valores de Quito, los de un pasado cercano y los que daban vibración a un magnífico presente. Y dedicó una de esas cuartetas endecasílabas de la Oda II a Miguel Antonio Rodríguez:

Ved a Rodríguez con Moysés y Tulio?

Con Justiniano y el inglés famoso?

Verlo has en breve otra copia vuelto

(palabra ilegible) de un Verulamio.

 

            Y esto ¿qué tiene que ver con la Constitución de Quito y, peor , con la de Cádiz?

            Con la de Quito la relación es patente y fácil de ver, porque Miguel Antonio Rodríguez fue el autor de proyecto que se discutió y aprobó. O sea que es, en último término, el autor de esa Constitución que es modelo de rigor y de sabiduría en su aparente sencillez.

            Doce años antes de que el Quito autónomo se diera Constitución, Mejía llamaba la atención de los quiteños hacia ese autor, tan joven como él -Mejía había nacido en 1777; Rodríguez, según Pablo Herrera, el mismo año; pero Keeding dedujo que  fue en 1773, porque su hermanita mayor había sido bautizada en 1774-.

            En Rodríguez destaca como cualidades logradas las que lo aproximan a Tulio, que dice. Trátase, sin duda, de Marco Tulio Cicerón, el gran orador latino. Y sabemos la justa y alta fama que como el mayor orador de Quito -que era desde la colonia ciudad con nombradía de ilustres predicadores- se granjeó Rodríguez y que alcanzó una cumbre en la poderosa oración fúnebre que pronunció  por los asesinados del 2 de agosto de 1810, al año de su inmolación[1].

            Pero otras dos alusiones no pertenecen a lo literario. La primera es nada menos que a Moisés. Y la segunda a Justiniano. ¿Qué enlaza a estos dos personajes, en casi todo tan distantes el uno del otro? La elaboración de la ley. Moisés los diez mandamientos judaicos, adoptados por el cristianismo. En cuanto a Justiniano, la alusión nos vuelve a los tiempos de Flavius Petrus Sabbatius Justinianus, más nombrado Justiniano, emperador bizantino del siglo VI, que encargó la compilación del Derecho Romano denominada Corpus Iuris Civilis. Es decir, que el  poema de Mejía nos presenta a su admirado amigo, ya en ese temprano 1800, como legislador.

            Otras dos referencias, la del "inglés famoso", talvez Newton -tan conocido en los medios universitarios avanzados del Quito del tiempo- y la de "Verulamio", que es Francis Bacon, Barón de Verulamio. Las dos ilustres menciones nos hacen pensar en el espíritu innovador de la filosofía, que caracterizó el pensamiento y la docencia de los maestros quiteños más abiertos a los grandes enriquecimientos del pensamiento europeo. Bacon pesó decisivamente en la concepción misma del pensamiento científico y en las vías de acceso al conocimiento con su Novum Organum (1620), innovador de las rutinas filosóficas escolásticas.

            Esta lectura de la estrofa de Mejía nos pone en contacto con dos corrientes que nutrían ya, tan tempranamente, el pensamiento que florecería en la Constitución quiteña de 1812.

            Ese pensamiento innovador maduró en la cátedra. El 24 de octubre de 1794, Rodríguez había entrado en posesión de la cátedra de Filosofía de la Real Universidad, y en el acta de 5 de marzo de 1800 -el mismo año del poema de Mejía- en que se le reconocía el doctorado en ambos Derechos -el Civil y el Canónico- y en Teología, se hacía constar que se lo hacía "atentas sus calidades y circunstancias, su notoria literatura, sus conocimientos en todos los ramos de la Teología, conducta y demás prendas, de que ha dado en este claustro pruebas nada equívocas, tanto en sus estudios particulares, como en la enseñanza de la juventud en la Cáthedra de Filosofía que en dos ocasiones ha desempeñado con tanto acierto y general aplauso"[2] Firmaba esa acta, como secretario, el Dr. Manuel Rodríguez de Quiroga, uno de los ideólogos del movimiento de Agosto. ¡Cómo se cruzan y entrecruzan las trayectorias de nuestros próceres de la Revolución quiteña, siempre en torno al vivir universitario del tiempo!

            Para ese 1800 Mejía, que ha sido discípulo del brillante profesor Rodríguez, le ha sucedido en la cátedra de Filosofía. Le ha tomado la posta. Lamentablemente solo hasta finales de 1802, cuando, faltándole un año para completar el trienio que duraba el curso de Filosofía, fue separado de la cátedra. Fue uno de los sacrificados a los manejos de los dominicos para hacerse con la "descarriada" universidad y volverle a los tradicionales cauces tomistas. A los meses de haber sido separado de la cátedra, escribía al sabio naturalista Mutis: "Adivinaba yo que en el inmenso campo de las ciencias humanas hay un hermoso sistema de conocimientos tan útiles como agradables"[3] Era una manera de expresar la dirección que a la filosofía tradicional había impuesto Bacon, y que hemos visto cuanto admiraba en su maestro, el filósofo Rodríguez.

            Y en la dura y razonada protesta de los profesores de la Universidad, incluidos Rodríguez y Mejía, al tiempo que denunciaban los manejos dominicanos como "la ansia y furor que tienen estos Padres de destruir esta Universidad, o cargar con ella o encerrarla en su Religión, o al menos dominarla enteramente", proclamaban lo que la Universidad quiteña había ganado con el pensamiento ilustrado, en especial en la enseñanza de esa rama de la Filosofía que es la Cosmología: "¿Quién puede pues dudar lo que ha ganado esta Facultad desde Santo Tomás al siglo presente? ¿Por qué pues se escandalizan los padres que en estas materias se niegue la autoridad del Angélico Doctor, que ni creía que hubiese antípodas en el mundo, y aun se tomen para la enseñanza pública otros autores más ilustrados que el Santo, y más útiles por la copia de conocimientos científicos de la naturaleza?"[4]

            Fue, pues, muy estrecha y de muchos modos enriquecedora para el joven Mejía su relación con Miguel Antonio Rodríguez.

            Cuando Quito, joven Estado y nación ya autónoma, siente la necesidad de plasmar esa nueva condición en un elemental y básico cuerpo legal -que eso es una Constitución-, se presentaron tres proyectos: el del maestrescuela de coro Calixto de Miranda, el del limeño miembro del Cabildo eclesiástico de la ciudad Manuel Guizado y el de Miguel Antonio Rodríguez. Núñez de Arce, quien en su calidad de fiscal elaboró ensañado informe sobre todos los que habían tenido parte en la Revolución de Agosto, escribió de Miguel Antonio Rodríguez: "Presentó al Congreso las Constituciones del estado republicano de Quito las que fueron adoptadas, publicadas y juradas"[5]. Y el gran historiador y constitucionalista Julio Tobar Donoso consignó: "Prevaleció entre los tres proyectos el de Rodríguez, sin duda por su mayor acopio de doctrina política y, a la par, por su sentido realista. Corto, discreto, atinado, manifiesta sin lugar a duda que Rodríguez había madurado su plan durante largo tiempo, quizá con la conversación de Espejo, y en todo caso con el estudio paciente de las ideas de su época".[6]

            Sería importante rastrear en los libros de Espejo cuanto de sus ideas resuenan en las que presiden la Constitución quiteña del 12. Tobar Donoso, que fue siempre mesurado y exacto en sus afirmaciones, no aludió a las obras del Precursor sino a la conversación. Es sabido que muchos grandes pensadores, que aman verse rodeados de jóvenes discípulos, pesan en ellos, hasta más que con sus libros, con su conversación. Y en el caso de Espejo un medio realista receloso, cada vez más suspicaz, seguramente le impidió llevar a sus escritos lo mas subversivo de su pensamiento político.

            Sea de ello lo que fuere lo realmente importante es que damos con una traditio de pensamiento ilustrado, que, en el campo político y social, se mostraría revolucionario para el medio y el tiempo. En esa corriente de pensamiento nuevo y libre, que ni siquiera comienza con Espejo, sino con sus maestros jesuitas -como el padre Hospital o Juan Bautista Aguirre, el admirable poeta y orador, que fue también filósofo-, se enraizan Miguel Antonio Rodríguez y José Mejía Lequerica.  Ni en un caso ni en otro hay improvisación alguna. Los dos saben perfectamente la importancia que para sus pueblos reviste una Constitución, que es el texto llamado a convertirse en el esqueleto del funcionamiento del nuevo Estado, esa armazón fundamental que lo mantendrá erguido y firme, y en la cual se insertarán sus órganos y funciones, las garantías y deberes de los ciudadanos, las facultades y limitaciones de la autoridad. Todo en el clima nuevo de la soberanía del Estado y de la libertad de los ciudadanos para pensar, decidir, escribir y organizar su vida social.

            Pero, cuando Quito discute y aprueba su Constitución, Mejía lleva ya casi dos años en Cádiz, asistiendo, en calidad de diputado por Nueva Granada, a las Cortes de la nación española, que, con representación de las provincias peninsulares y de las americanas, se han instalado solemnemente el 24 de septiembre de 1810.

             Promulgada la Constitución de Cádiz, Joaquín Molina acusa al diputado Mejía nada menos que de ser autor o, al menos, el inspirador de las dos Constituciones, la de Cádiz y la de Quito. Sostiene que "ambas salieron tan conformadas en designios, métodos y expresión que deben reputarse de un solo y mismo sueño democrático". Y vio en la vecindad de fechas una nueva razón para afirmarlo: "Lo más notable es que la de Quito se formó y publicó el 15 de febrero de 1812 y la de Cádiz el 18 de marzo de aquel mismo año, prodigio de uniformidad digno ciertamente del diputado cuyo espíritu se bilocaba"[7]

            Tan enorme acusación -pues de una acusación se trata- requiere de una especial inteligencia. Entre Molina, quien se había convertido en el mayor enemigo de la Revolución de Quito, y Mejía estaba entablada una verdadera guerra. A Molina, el diputado Mejía, en su  intervención del 13 de octubre de 1811, como punto clave de su defensa de Quito, había acusado de enemigo de la paz y el orden, que con su prepotencia había precipitado la digna reacción de la altiva ciudad.  Y, cuando, el 1 de noviembre, el Encargado Interino del  Ministerio de Gracia y Justicia había presentado al nefasto realista como "legítimo presidente de Quito", Mejía había acumulado tan graves acusaciones en su contra que la Junta de Regencia le retiró del cargo ese mismo día. Así que ya se puede ver toda la carga de odio contra el diputado quiteño que acumulaba quien lo acusaba de inspirador o autor de la dos Constituciones. Ese odio podía extremar la cosas, pero no sacarlas del vacío. Y era acusación que podía confirmarse o rechazarse con las dos Constituciones a la vista. Acaso por ello Molina reducía  el papel de Mejía a cierta "conformidad" en "designios, métodos y expresión", lo cual bien puede guiarnos en nuestra búsqueda de ese papel de puente entre dos mundos de afirmaciones revolucionarias sobre el origen del poder, el funcionamiento del Estado moderno y la defensa de las grandes libertades del individuo frente a los poderes estatales y religiosos.

            Pero hay algo más, enormemente sugestivo, en el asunto Molina, Quito y Constitución quiteña. Fue Jacinto Jijón y Caamaño quien halló la noticia en el Archivo Histórico Nacional de Madrid. Es así: "El 29 de enero de 1812, remitió Molina el Proyecto de Constitución, escrito por el Maestraescuela doctor don Calixto Miranda"[8]. Si recordamos que ese proyecto fue uno de los tres presentados al Congreso quiteño para que seleccionase el que discutiría, cuántas inquietantes preguntas abre esta al parecer inocente noticia: ¿Por qué envió a Molina -Molina ha de recordarse estaba en Cuenca- su proyecto Calixto Miranda?¿Consultó con autoridades del gobierno quiteño tal envío? Y Molina, al remitirlo a Quito, ¿reconocía a la ciudad su derecho a dictarse Constitución?

            Y nos volvemos a Cádiz. "Fue sin duda decisiva la pasión con que Mejía propugnó la redacción y promulgación de la Constitución" -he escrito en mi libro Mejía, voz grande en las Cortes de Cádiz[9].

            La Constitución de la Monarquía Española se discutió en la sesiones que corrieron del 25 de agosto de 1811 al 23 de enero de 1812.

             Ciento tres diputados, cincuenta y cinco de ellos americanos, instalaron las Cortes el 24 de septiembre de 1810, y ya el 10 de octubre había vibrado la palabra del americano Mejía como una de las más firmes, ilustradas y elocuentes. Planteada la cuestión de la libertad de imprenta, había defendido un proyecto de decreto el diputado Argüelles, el más elocuente de los pelinsulares. Lo había impugnado el eclesiástico ultramontano Morros, quien, tras tachar aquella institución de "detestable", abogó por la censura previa. Entonces tomó la palabra Mejía:

 

Si queréis ser libres, Diputados, con una libertad de imprenta, verdadera, útil y no expuesta a mayores abusos, abolid en toda materia y sin restricciones, toda, toda censura previa[10].

 

            Nadie del lado liberal, ni del americano y, peor, del peninsular., se habría atrevido a un planteo tan radical; nadie -escribiría Menéndez y Pelayo- "como no fuera el americano Mejía, volteriano de pura cepa"[11]. Púsose entonces el quiteño a la cabeza de los diputados liberales americanos, y afirmó ese liderazgo con vigorosos y memorables discursos. El del 29 de diciembre, cuando se discutía la propuesta de que se declarasen nulos y de ningún valor los actos de los reyes en cautiverio, elevó su palabra por encima hasta de los más elocuentes diputados peninsulares. "En los debates que promovió aquel decreto -ha escrito Rico y Amat- se pronunciaron notabilísimos discursos que honrarán siempre nuestra elocuencia parlamentaria. Elevóse sobre todos los oradores el Sr. Mejía, quien conquistó en aquella ocasión el título de elocuenmte y erudito. Su discurso, tan vehemente como los de Danton, y tan patriótico y elevado como los de Mirabeau, es sin disputa uno de los mejores que en este género de elocuencia se han pronunciado en nuestros parlamentos"[12]

            Todo ese admirable discurso hay que leerlo. Y pensarlo como dicho en esas Cortes de la hispanidad, en el reino de España

 

¡Inviolables representantes de la soberanía del pueblo, mirad y estremeceos! ¡Ya tocáis el ápice de la sublime dignidad del hombre! Antes de ahora grandes príncipes han sujetado sus causas a vuestra decisión soberana; ahora viene nuestro Rey a ser por vosotros juzgado[13]

 

            Y, sin encerrarse entre los muros de la simple nulidad de los actos de unos reyes cautivos, ahondó hasta los fundamentos mismos del poder y la razón última de la autoridad de esos reyes, en alto ejercicio de filosofía política. Y, estando detrás del quiteño que con este equipaje intelectual iba a jugar papel decisivo en la Constitución española, se impone que revivamos esta que en mi libro he calificado de "luminosa y poderosa página del pensamiento político americano":

 

Pero, ¿cuál es el deber de los reyes? ¿Cuál el de los pueblos? Erigiéndose aquéllos para que cuidasen de éstos, pues éstos no fueron criados por el imparcial cuanto omnipotente autor de la Naturaleza para el servicio de ningún hombre. ¿Y quién ignora que  siendo todos iguales, pues constan de iguales (¡y ciertamente bien miserables!) principios, las respectivas necesidades e insuficientes recursos de cada uno les inspiraron a muchos la idea de reunirse y de oponer a sus comunes enemigos y males la conjunta fuerza e industria de todos, conviniéndose para reconcentrarlas y darles actividad y energía, en depositar en una o pocas personas el saludable ejercicio del poder y derechos populares, conforme a los pactos y reglas que voluntariamente establecieron? Sacrificaron, pues, las gentes una pequeaña parte de su libertad para conservar tranquilos el resto; y prestando obediencia a unos jefes cuya subsistencia y respetos aseguraban, les impusieron la obligación de dirigirlas al bien común y de velar y sacrificarse por ellos. Tal es el origen de la sociedad[14]

 

            La Constitución española estableció en el artículo 3 del capítulo I, dedicado a la Nación Española:

 

La soberanía reside esencialmente en la Nación y por lo mismo pertenece a ésta exclusivamente el derecho de establecer sus leyes fundamentales.

 

            La de Quito comenzaba:

El pueblo Soberano del Estado de Quito legítimamente representado por los Diputados de las Provincias libres que lo forman y que se hallan al presente en este Congreso, en uso de los imprescriptibles derechos que Dios mismo como autor de la Naturaleza ha concedido a los hombres para conservar su libertad, y proveer cuanto sea conveniente a la seguridad y prosperidad de todos, y de cada uno en particular. deseando estrechar más fuertemente los vínculos políticos que han reunido a estas provincias hasta el día, y darse una nueva forma de  gobierno análogo a sus necesidad y circunstancias, en consecuencia de haber reasumido los Pueblos de la Dominación Española por las disposiciones de la Providencia Divina y orden de los acontecimientos humanos la soberanía que originalmente residía en ellos; persuadidos a que el fin de toda asociación política es la conservación de los sagrados derechos del hombre, por medio del establecimiento de una autoridad política que lo dirija, y gobierne, de un Tesoro común que lo sostenga y de una fuerza armada que lo defienda: con atención a estos objetos para gloria de Dios, defensa y conservación de la religión católica y felicidad de estas  Provincias, por un pacto solemne y recíproco convenio de todos sus diputados sanciona los artículos siguientes que formarán en lo sucesivo la Constitución de este Estado.

 

            Lo esencial de estos dos textos es lo mismo: la soberanía reside en la Nación. En el caso de los pueblos americanos, han reasumido la soberanía que  originalmente residía en ellos. De esa soberanía se desprende el derecho de establecer sus leyes fundamentales o dictarse Constitución -que no es sino el conjunto de esas leyes fundamentales.

            Y, como segundo núcleo de esta esencialidad, están los derechos de los individuos que forman la sociedad. La Constitución española, en el artículo siguiente, lo establecía: "La Nación está obligada a conservar y proteger por leyes sabias y justas la libertad civil, la propiedad y los demás derechos legítimos de todos los individuos que la componen". La de Quito, en esa exposición de sus fundamentos, sostenía que el pueblo soberano del Estado de Quito actuaba  "persuadido a que el fin de toda asociación política es la conservación de los sagrados derechos del hombre". Lo único que en España se había evitado era la fórmula "derechos del hombre", que podía resonar  como eco de la Revolución Francesa.

            Otras ideas del texto quiteño nos hacen sentir que se han nutrido en la mismas fuentes que alimentaron la filosofía política de Mejía. Que pueden resumirse en la noción clave del pacto, y que está en el centro del párrafo de Mejía que hemos escuchado. Era una visión personal del Contrato Social de Rousseau, variante de la tesis del Pacto Social de Hobbes. En Quito se leían las obras de Rousseau[15]

            Y Mejía defendería la Constitución basándose en el pacto que la sostenía. En tremendo discurso pronunciado el 17 de agosto de 1813, tan duro que fue más de una vez interrumpido por voces de protesta: "El pacto social de los pueblos -proclama- está sancionado voluntariamente". Y llega a amenazar: "¿Pues qué, no habrá derecho en la Nación para decir: pues que se ha echado abajo el Código de la Constitución, se acabó el pacto que tenía contraído?"

            Hay una larga distancia entre la Constitución Política de la Monarquía Española, impuesta por la vastedad de los dominios de esa monarquía -que pesaban, por ejemplo, en la elección de los diputados a Cortes, que se hacía por complejo proceso que arrancaba de las juntas parroquiales y seguía con las juntas de Partido y juntas electorales de provincia- y por el lugar que ella tenía que dar al Rey. Pero la esencia, lo que fundaba las disposiciones, era liberal y democrático.

            Pertenece a la esencia de un Estado moderno respetuoso de los derechos del ciudadano la independencia de las funciones básicas, la ejecutiva, la legislativa y la judicial. La Constitución de Quito, después de haber dado lugar de privilegio al Congreso -ese lugar que siempre exigió para las cortes Mejía-, tras la formulación lapidaria y solemne de que "la Representación Nacional de este Estado se conservará en el Supremo Congreso de los Diputados representantes de sus Provincias libres" (Art.7), prescribía que debían "ser siempre separados y distintos el Ejecutivo, Legislativo y Judicial" (Art.8). La Constitución española también realizaba una estricta división de poderes. El Congreso -las Cortes- compartía su potestad legislativa con el Rey (Art.15), quien tenía la iniciativa, al igual que los diputados en forma individual, de presentar proyectos de ley, y sancionaba la ley ordenando "Publíquese como ley". Si negaba la sanción, regresaba a las Cortes con un "Vuelva a las Cortes", "acompañando al mismo tiempo una exposición de las razones que ha tenido para negarla". La falta de esa sanción difería el tratamiento de la ley. Pero aprobar una ley era cosa de las Cortes.

            La función ejecutiva estaba presidida por el Rey, de quien se establecía "La potestad de hacer ejecutar las leyes reside exclusivamente en el Rey, y su autoridad se extiende a cuanto conduce a la conservación del orden público en lo  interior, y a la seguridad del Estado en lo exterior, conforme a la Constitución y las leyes"  (Artg.170).

            Y, aunque la Constitución española no  nombraba  una "función judicial", establecía que "la potestad de aplicar las leyes en las causas civiles y criminales pertenece exclusivamente a los tribunales" (Art. 242) y los hacía independientes de las otras dos funciones del Estado: "ni las Cortes ni el Rey podrán ejercer en  ningún caso las funciones judiciales" (Art. 243), y de las formalidades del proceso, "ni las Cortes ni el Rey podrán dispensarlas" (Art. 244).

            A Mejía, como a sus compañeros quiteños de cátedra, que serían los revolucionarios de Agosto, nada indignaba más que el manejo despótico y arbitrario de la justicia. Por ello, cuando en las Cortes, el 18 de febrero de 1811, se comenzó a tratar sobre la administración de justicia, él que había dirigido sus discursos a extirpar hasta en sus últimos reductos el despotismo y consagrar los derechos del hombre, comenzó así uno de los importantes:

 

Congratúlome, Señor con V. M. al ver que los representantes del respetable pueblo español se llenan de entusiasmo y peroran con tanta elocuencia cuando se habla de los desórdenes que el despotismo ha introducido en la administración de justicia[16]

 

            Y Mejía formula de variadas formas su ideal centrado en tres grandes polos: libertad, seguridad, justicia. La justicia como garantía de libertad y seguridad.

            Y con qué dureza estigmatizó esa arbitrariedad en la administración de justicia que Quito y la América habían padecido:

 

¡Ah! Si la arbitrariedad que hasta ahora ha dominado anchamente por la inmensidad de la Monarquía española, no hubiera de caer en tierra y sepultarse para siempre su nombre y memoria, nos haríamos merecedores de perder la independencia nacional y arrastrar las pesadas cadenas del tirano que detestamos[17], pasando sucesivamente de la elevación de hombres libres a la abyección de esclavos, y poco después a la brutal clase de bestias, y bestias precisamente, o salvajes o feroces.

 

            ¡Cuánto pesó el hombre de leyes que era el quiteño para que las Cortes llegasen a ese Título V, "De los Tribunales y la Administración de Justicia en lo Civil y Criminal", de noble y altiva dignidad!: "Toda falta de observancia de las leyes que arreglan el proceso en lo civil y en lo criminal, hace responsables personalmente a los jueces que la cometieron"· (Art. 254), "El soborno, el cohecho y la prevaricación de los magistrados y jueces producen acción popular contra los que los cometan" (Art. 255), " Ningún español podrá ser preso sin que preceda información sumaria del hecho, por el que merezca según la ley ser castigado con pena temporal, y asimismo un mandamiento del juez por escrito, que se le notificará en el acto mismo de la prision" (Art. 287). ¡Cómo se violó todo esto y cuanto establece esa sabia Constitución en el caso de los quiteños de Agosto!

            Pocos pasajes de la discusión de las leyes en las Cortes muestran el peso con que los eruditos, elocuentes y hábiles razonamientos de Mejía decidían su formulación y aprobación como el del establecimiento de un Consejo de Estado. El quiteño lo defendía como un límite a la arbitrariedad del poder absoluto de una sola persona. El Rey, sin duda, y por ello su argumentación no podía ser tan directa y obvia. Pero el brillante orador  tenía sus caminos. Uno era el de la historia. Muestra que con un Consejo o junta como el que se discutía, "Enrique IV de Francia, Federico II de Prusia y Pedro el Grande de Rusia, asombraron a la Europa por su gobierno y sus triunfos; y aun la parte gloriosa del reinado de Luis XIV, se debió casi en un todo a la armoniosa  cooperación de Luvois y Colbert. ¿Y se podrá decir de aquellos príncipes que tuvieron coartada su libertad, porque procedían metódicamente?"[18]. La Constitución estableció el Consejo de Estado en el capítulo VII, del título IV, dedicado al Rey.

            Pero Mejía, como buen quiteño nada amaba más que la libertad, y en las Cortes sus mayores empresas de pensador y orador se realizaron por la libertad. Seguramente lo fueron también las del legislador, y en ellas, a más de apasionado y fogoso, debió ser extremadamente hábil.

            En algunas de las más ricas y sabias, de las más apasionadas y elocuentes piezas oratorias, habló como abogado de esa libertad que amaba por encima de todas las cosas. En especial de esa libertad en cuyo disfrute, él, al igual que hombres libres de todos los tiempos, habían sido más acosados y amenazados con toda suerte de cadenas y condenas:  la libertad de imprenta, sin la cual las otras libertades eran reducidas al silencio que hacía posibles los despotismos y fanatismos.

            El título IX de la Constitución atendía a la instrucción pública, y su artículo final, el 371 de la Carta, legislaba:

 

Todos los españoles tienen libertad de escribir, imprimir y publicar sus ideas políticas sin necesidad de licencia, revisión o aprobación alguna anterior a la publicación, bajo las restricciones y responsabilidad que establezcan las leyes.

 

            Había fraguado en ley el altivo espíritu del diputado quiteño, que, cuando se discutía la acusación enviada a las Cortes por el fiscal contra el periódico  El Duende Político, la rechazó absolutamente por improcedente, y dijo en un discurso intenso, apretado y de aplastante argumentación, que yo en el libro al que he aludido he calificado de "pequeña obra maestra":

 

porque los defensores de la libertad de la imprenta debieron haber previsto desde un principio que, aun después de establecida, sería atacada de mil maneras. Es, pues, su obligación defenderla constante y serenamente; y este precioso deber incumbe de un modo particular a los Diputados de América, supuesto que (no sé si por un efecto de cierto grado de ilustración general o en fuerza de su mayor opresión) tienen la gloria de haber concurrido unánimemente y sin excepción de ninguno de los que entonces se hallaron presentes, a establecer sobre bases inalterables aquel seguro asilo de la justicia, la libertad y las luces[19]

 

            Y nunca había dejado de resonar en las Cortes aquello que reclamara el diputado americano a muy poco de su instalación:

 

Si queréis ser libres, Diputados, con una libertad de imprenta verdadera, útil y no expuesta a mayores abusos, abolid en toda materia y sin restricción alguna, toda, toda censura previa

 

            A medida de su amor por la libertad, José Mejía Lequerica amó la Constitución por la que tanto había luchado y trabajado, y nadie  defendió en las Cortes esa Constitución, a la que se refería como "nuestra amada pero todavía tierna Constitución", con tanta pasión como el quiteño. Lo cual es una prueba más de cómo la tenía como algo muy suyo.

 

Alangasí,  13 de febrero de 2012, en vísperas

del bicentenario de la Constitución de Quito.         

 


 

[1] Discurso que hemos trancrito íntegro en el Boletín de la Academia Nacional de Historia, vol. XC, n. 185, noviembre de 20011, haciéndolo seguir de un comentario.

[2] En Celiano Monge, Lauros, Ambato, Editorial Pío XII, 1977 (2a. ed.), pg. 115

[3] Carta de 21 de agosto de 1803, cit. por Neptalí Zúñiga, José Mejía, Mirabeau del nuievo mundo, Quito, Talleres Gráficos Nacionales, 1947, pg.187

[4]  En Pensamiento ilustrado ecuatoriano, selección de textos y estudio preliminar de Carlos Paladines, Quito, Banco Central del Eciuador-Corporación Editora Nacional, 1981, pgs. 198-199

[5] Ramón Núñez del Arco, "Informe del Procurador General, Síndico personero de la ciudad de Quito", Boletín de la Academia Nacional de Historia, vol. XX, n.56, julio-diciembre 1940

[6]  Julio Tobar Donoso, Orígenes constitucionales de la República del Ecuador, Quito, Universidad Central, 1938, pgs. 4-5

[7]  El académico Enrique Muñoz dio con el precioso documento en el Mueo de Marina don Álvaro de Bazán y me lo ha proporcionado: Museo de Marina don Álvaro de Bazán. El Viso del Marqués, Ciudad Real, Sección Cuerpo General, Legajo 620/763

[8] Jacinto Jijón y Caamaño, Influencia de Quito en la emancipación del continente americano.La Independencia (1809-1822), Quito, Imprenta de la Universiodad Central, 1924, p. 25

[9]  Quito, Academia Nacional de Historia, 2012, pg. 70

[10]  Los discursos de Mejía en la Cortes los publicó Alfredo Flores Caamaño: José Mejía en las Cortes de Cádiz de 1810 a 1813, Barcelona, Casa Editorial Maucci, 1913. Lo citado en la pg. 192

[11] Marcelino Menéndez y Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles, Madrid Imprenta de F. Moroto e hijos, 1881, pgs. 445-446

[12] Juan Rico y Amat, Historia política y parlamentaria de España, Madrid, Imprenta de las Escuela Pías, 1860, T. I, pg. 247

[13]  En Flores Caamaño, pero, de acceso más fácil, José Mejía Lequerica. Discursos en las Cortes de Cádiz ,"Clásicos Ariel", N.75, pg. 48

[14]  Ariel, pg 50

[15]  El Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres  "llegó a Quito a más tardar  en 1786", ha sentado Keeding: Ekkerhart Keeding, Surge la nación.La ilustración en la Audiencia de Quito, Quito, Banco Central del Ecuador, 2005, pg. 231

[16]  Ariel, pg. 70

[17] Por supuesto, Napoleón, contra quien, por variadas razones, en tantos lugares arremete duramente Mejía.

[18] Discurso del 3 de enero de 1812. En Flores, Discursos, pgs. 346-347

[19] Cf. Mejía, voz grande en las Cortes de Cádiz, pg. 99


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