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Entrevista con Juana Neira en Radio Visión
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La Manuela Sáenz de Hernán Rodríguez Castelo en un
libro. Diario El Comercio
El libro 107 de Rodríguez Castelo
'No hay en la América Latina del siglo XIX mujer
de la grandeza de Manuela Sáenz'
Manuela
Publicado el 08/Enero/2012
Por: Marco
Antonio Rodríguez*
Manuela en la
Casa
Palabras en el acto de presetación
de
Manuela Sáenz en la Casade
la Cultura
28 de septiembre de 2011
La
otra noche estuve en la Asociación de Quiteños residentes en Quito.
Desde hacía tiempo les debía esa charla. El tema fue un gran quiteño,
Mejía, a propósito del libro que he terminado y seráel centro de la
conmemoración del bicentenario de la primera Constituyente -este 2011- y
la primera Constitución -a comienzos del 2012-.
Amigablemente y medio en serio medio en broma, José Rafael
Sáenz, mi antiguo alumno, cuando me llevaba a la Casa del Higo, donde
esos quiteños quiteñísimos tienen sus sabrosas veladas, me había
advertido que allí no se hablaba ni de fútbol ni de política.
Ya en plena charla les decía a esas damas y caballeros que
con el fútbol no tendría problema, porque Mejía nunca jugó fútbol y los
españoles de la ocupación napoleónica no tenían la menor idea de ese
juego que iban a inventar los británicos. Pero ¡con la política! Si iba
a hablardel diputado que en la gran asamblea panhispánica de las Cortes
de Cádiz denunció los horrores de la Inquisición y rechazó la censura de
prensa.
"Luego si la esclavitud no es más que la dependencia del
arbitrio de otro, si la libertad no sufre más yugo que el de la Ley,
defender la acostumbrada censura previa de los libros que han de
imprimirse, es constituirse en abogado de la esclavitud de imprenta, es
que los autore sean esclavos de los que mandan, sin acordarse que los
mandones mismos son frecuentemente esclavos de su propias pasiones". Eso
proclamaba esa alta voz americana de las Cortes, la más admirada y
temida, en una asamblea formada en más de la mitad por sumisos
eclesiásticos. Y a ellos, a toda España, y a nosotros, esa voz nos
advierte: "Donde no hay libertad no hay hombres".
Yo siento profunda emoción de bautizar mi Manuela Sáenz
en la que llamaba la otra noche el último baluarte de la libertad, de
esa libertad -decía-que es para la cultura el aire y la savia.
Esta noche no voy a hablar de fútbol... esto quede bien
claro. Pero ¿y de política?
Mi Manuela Sáenz es un libro histórico. El rescate
rigurosamente históricode una figura que, a medida que ese rescate se
cumplía, iba cobrando más y más grandeza, hasta poder concluir
orgullosamente lo que estampé al final de la obra:
"Con tranquila certeza sentimos que estamos ante esa mujer
como fue. Y fue, hemos de concluir, una personalidad de extraordinario
relieve. En el horizonte americano de la primera mitad del siglo XIX no
hallamos otra figura de mujer tan grande y de tanta significación
histórica".
Ha sido una empresa de historia. Pero hecha en una hora en
que también la historia es víctima del acoso del totalitarismo político.
Hará cosa de tres semanas me invitan en el pueblo en que
vivo a un conversatorio sobre la memoria oral. Es tema que me fascina y
voy. Y un señor de la mesa llegado creo que de la Universidad salesiana
se adueña de la tribuna y empieza a pontificar hasta con afirmaciones o
gratuitas o disparatadas. Como quien adoctrinaba a un pueblo incapaz de
crítica. Empezó a disminuir la historia. Y dio con una víctima al
parecer fácil: Abdón Calderón. Y con desates histriónicos se burló del
héroe, ensañándose en aquello que en mala hora fabuló Calle en sus
Leyendas.(O en buena hora, porque con las Leyendas del tiempo
heroico le cogimos, muy niños, amor a la historia patria).
Hasta que no pude
contenerme.Me puse de pie y en voz que apagó la deldómine presenté la
grandeza de ese héroe casi niño que llegó a Pichincha después de haberse
distinguido ya en tres acciones de armas, ese joven hijo de un padre
fusilado por la causa de la independencia. Y le enumeré las mentiras al
improvisado historiador: Abdón Calderón no era abanderado. Y recibió
disparos de balas de cañón que le destrozaron los brazos. Y herido
también en las piernas se negó a abandonar el mando del pelotón del que
era teniente. El abanderado de ese cuerpo, que estuvo siempre junto al
héroe, que, cuando el joven estuvo imposibilitado, tomó la espada y se
la puso al cinto, lo ha narrado.
Y el individuo me sale con que la historia se hace desde el
poder. Y lo emplazo: la historia del 10 de agosto de 1809 y del 2 de
agosto de 1810 y cuanto siguió, hasta elaño 12, ¿se ha hecho desde el
poder?
¿Y saben cuál fue el gran argumento para probarme que así
era?
-¿Y por qué no se presenta en ella a los indios?
-Muy simple -le respondo-. Porque los indios nada tuvieron
que ver en ese movimiento. Fue, más que de los marqueses, que tanto se
ha dicho, de intelectuales, los profesores de la Universidad. Y tuvieron
parte importantísima los barrios. Barrios quiteños de mestizos,como el
de San Roque.
Está claro que a estos propagandistas y adoctrinadores lo
que menos les interesa es la historia. Afirmo: "Ahora entiendo por qué
se está acabando con la enseñanza de la historia". Rechazo la falta de
seriedad de esa reunión manipuladora, y me salgo.
La historia se hace desde el poder...
Y qué curioso que actualmente asistamos a una tal operación:
un motín policial por cierto reclamo laboral que un precipitado y torpe
manejo agrava, pone en peligro la vida del presidente, que prepotente y
desafiante ha ido a meterse en el vórtice de la protesta, y logra que se
reproduzca en algunas protestas aisladas, desordenadas y caóticas, se
quiere convertir en golpe de Estado. Y pasarle el fraude a la historia.
El poder empeñado con su publicidad millonaria, con
abrumador despliegue de imposiciones totalitarias y de desaforadas
intimidaciones, en construir historia...
En el libro que esta noche se presenta en Quito
-curiosamente, cuando ya casi se ha agotado la edición- todo es
historia. Nada desde el poder, por más que varios poderes se hubieran
empeñado o en obscurecer y disminuir o en adormar fabulosamente esta
estupenda historia de una mujer. De una mujer que llega para dar el
mensaje vivo y fecundo que da la historia a los pueblos.
Y es, como el de Mejía, como el de tantos de nuestros
grandes de la historia, mensaje de viva actualidad. Porque Manuela Sáenz
lució en alto grado las calidades y pasiones del buen periodista. Y,
como los periodistas críticos, fue acosada, perseguida y calumniada por
un gobierno que, aunque legítimo -como lo era el de Santander-, temía y
aborrecía a las voces insobornablemente libres para pensar y enjuiciar y
denunciar. Y, al no poder silenciar a la voz más crítica, se acabaría
por expulsarla del país.
Alguna vez Manuela se enfrentó con la prensa oficial. En uno
de sus arrebatos -porque los tenía- había irrumpido en la plaza de
Bogotá, a caballo ella y dos o tres soldados de su casa, para,
atropellando a los guardias que lo custodiaban, derribar un castillo de
pirotecnia con dos grotescos muñecos de burla de Bolívar. Entonces los
periódicos oficiales se ensañaron con ella y ella debió defenderse. Fue
su escrito "Al público", que el libro analiza. Lo introduce así:
El respeto debido a la opinión de los hombres, me obliga a dar este
paso, y cuando deba satisfacer al público mi silencio sería criminal.
Poderosos motivos tengo para creer que la parte sensata del pueblo de
Bogotá no me acusa, y bajo este principio contesto, no para calmar
pasiones ajenas, ni para desahogar las mías, pero sí para sostenerme a
las leyes, únicos jueces competentes de quien no ha cometido sino
imprudencias, por haber sido un millón de veces a ellas provocada.
Textos que, leídos a la distancia de casi dos siglos, son en
este presente que vivimos modelos de escritura periodística política. El
libro los analiza, fiel al criterio que preside mis biografías de
personajes que fueron escritores, como Olmedo, Rocafuerte, Pedro
Moncayo, Benigno Malo, Aguirre Abad, Pedro Fermín Cevallos, de que la
escritura es el camino más directo a la interioridad del hombre.
En la interioridad de Manuela Sáenz, ¡con cuánta grandeza
damos!
Muerto Bolívar, defiende, sin ceder un palmo, su memoria, y
a cuantos trataban de disminuir o enturbiar la grandeza del héroe los
emplaza y desafía:
yo les digo: que todo pueden hacer, pueden disponer alevosamente de mi
existencia, menos hacerme retrogradar ni una línea en el respeto,
amistad y gratitud al General BOLÍVAR: y los que suponen ser esto un
delito no hacen sino demostrar la pobreza de su alma, y yo la firmeza de
mi genio, protestando que jamás me harán ni vacilar, ni temer.
Textos de esta altivez, de esta independencia, de esta
fuerza indoblegable de espíritu me hacen concluir: "Escribiendo tan
soberbias líneas Manuela Sáenz no se defendía, edificaba un monumento a
su grandeza de espíritu".
Ha merecido ya este libro importantes críticas:las tan
penetrantes como generosas de Marco Antonio Rodríguez, las femeninamente
cálidas e intuitivas de Rosa Amelia Alvarado Roca, las serenas y
autorizadas de Patricio Quevedo, las propias de su espíritu alerta de
Rodrigo Villacís Molina, las señoriales de Francisco Huerta. Y las de
tantos lectores que se acercaron al libro invitados por esa fama que
empezó a correr de que aquí hallarían a la verdadera Manuela Sáenz, sin
mentiras ni adornos. Yentre estos lectores alertas mujeres que han amado
esta figura. El juicio de ellas me ha sido especialmente iluminador y
gratificante: ellas dicen haber encontrado aquí más grandeza en Manuela
que en ciertas biografías que, vistas desde esta verdad desnuda, les
parecían hagiografía (es decir, edificantes vidas de santos).
Echado el libro a la corriente viva de las cultura nacional,
son estas voces críticas las que tienen la palabra.
¿Qué se podría esperar que diga el autor?
Pienso que aquello que no llegó al libro, que fue historia
íntima del autor y su libro, y por ello solo el autor podría revelarlo.
Desvelaré ante ustedes, cuya compañía esta noche estimo en
lo que vale, una de esas páginas secretas.
Suelo escribir, de noche en noche -yo soy un animal
nocturno-, a veces con largos intervalos, pequeñas páginas de un diario
íntimo -que ya hace años titulé NEUMA, por eso de que el pneuma,
el espíritu, sopla donde quiere, y yo solo escribo en ese "diario"
agitado por esos vientos-. Y una de esas páginas, escrita se ve por la
fecha al pie, hace ya bastantes meses, el 9 de febrero de 2009, se
titula "Manuela Sáenz - Zoila Ugarte". Es así:
Avanzo en el capítulo de Manuel Sáenz de la Historia de la
Literatura -ya el último largo-. Y al revivir esa figura no se me aparta
la de doña Zoila.
No en lo físico -Manuela, sesentona, engordó tremendamente; Zoila
Ugarte,no-; pero en la altivez espiritual, en el dominio con que
abordaba comentar sobre gentes y sucesos, en el señorío -tan
aristocrático en su sencillez- y en ese vivir con estupenda altivez su
condición de pobreza y soledad.
La presencia de la querida doña Zoila iliumina mis pasos hacia el
interior de Manuela, y me hace sentirla conocida. Y las dos vivas.
Esa la confidencia del diario. Y pienso que el espíritu
sopló para que dejara ese testimonio de lo que debe a Zoila Ugarte de
Landívar -la periodista directorade La Prensa, que, siendo
liberal, fue fusilada en efigie por las huestes alfaristas- esta Manuela
Sáenz. Al tratar en vida a Zoila Ugarte de Landívar, como lo hice en
largos tramos de su trayectoria vital y en sus desolados últimos días,
había podido convivir con una de estas estupendas mujeres. No fue
difícil que mi Manuela, como lo ha destacado Marco Antonio Rodríguez,
estuviese en el libro viva, como si la tuviéramos frente a nosotros o la
comociéramos desde siempre.
Otra historia sobre el libro y Manuela hasta esta noche solo
concocida por mí mismo y la monja que acompañó el suceso (Bueno:y
quienes estuvieron en la presentación del Manuela en Guayaquil).
Un canal de televisión argentino anuncióla venida a Quito de
periodistas y camarógrafos para hacer un reportaje sobre Manuela Sáenz.
Necesitaban a un historiador y alguien les dio mi nombre. Así que allí
estoy con ellos en el claustro del monasterio de Santa Catalina de
Siena, donde Manuela pasó de sus dieciocho a sus veintiún años. Y la
gran curiosidadde los periodistas argentinos -sobre todo de ellas- era
el rapto de Manuela del monasteriopor un gallardo oficial de apellido
D´Eluyar. No hubo tal rapto, les desengaño a quienes parece que habían
venido seducidos por ese episodio entre romántico y aventurero. Los
D´Eluyar, que fueron dos, mineralogistas los dos, Juan José Y Fausto,
andaban por esos días lejos de Quito. Y Luciano. hijo de Juan José, que
sería el galán del novelesco lance,. combatía a órdenes de Bolívar en
Venezuela.
¡Buena era Manuela para dejarse raptar!
Lo que es histórico es que en 1816, cuando le vino en ganas,
Manuela se fue con su padre en uno de sus viajes a Panamá, donde él
tenía el centro de sus prósperos negocios, y allí es dada en matrimonio
al naviero y comerciante inglés James Thorne y Grambil -a quien algún
mistificador doctoró-, dotándola con la crecida suma de 8.000 pesos. El
matrimonio se celebraría en Lima.
¡Cuánto se ha inventado sobre Manuela Sáenz! Se la ha hecho
combatir en batallas en las que nunca estuvo o a las que llegó tarde
con la carga y bastimentos. Lo cual, aunque obscuro, era decisivo para
esas larguísimas campañas, las del Perú por enormes extensiones de
tundra inhóspita.
E imaginativos y audaces escribidores le "han dado
escribiendo" -como diría nuestra sabrosa habla popular- cartas de amor.
Este libro es historia. Para, como pedía el padre de la
moderna historiografía, Ranke, saber de las cosas del pasado cómo
fueron.
Para ello ir cruzando el movedizo río del devenir histórico
asentando los pies en las piedras firmes del documento o la noticia con
garantías de verdad.
He de confiar a ustedes que fue empresa detectivesca probar
-para mí, que era lo que me importaba- la falsedad de apócrifos entre
los que había nada menos que dos diarios de Manuela Sáenz. En el libro
hallaráel lector mis razones.
Solo entonces, desechadas invenciones y falsificaciones, me
sentí en camino para hallar a Manuela Sáenz. Y había mucho auténtico.
Diría que los pasajes decisivos de esa estupenda historia, mucho más
interesante que cualquier novela que sobre ella se haya escrito, estaban
sólidamente documentados.
¿Qué pasaje más dramático, y más decisivo en la historia de
América, que la noche del 25 de septiembre de 1828 en que Manuela
impidió que los conjurados asesinasen a Bolívar. O´Leary, el edecán del
Libertador y fiel custodio de sus escritos, escribio a Paita a Manuela
para pedir que ella contase cuanto sucedió esa noche. Y tenemos su
relato. Exacto, sobrio. Y coincide exactamente con el de testigos, como
Florentino González, uno de los del asalto: "Nos salió al encuentro una
hermosa señora, con una espadaen la mano; y, con admirable presencia de
ánimo, y muy cortésmente nos preguntó qué queríamos". No se pierdan esta
parte de la historia, que culmina con lo dicho por Bolívar,
rigurosamente histórico también: "Tú eres la libertadora del
Libertador". Era lo menos que podía decir a la amante mujer.
Y no hay fabulador, por imaginativo que fuese, que se
hubiese atrevido a urdir algo tan increíblemente subversivo para el
tiempo -y pienso que lo sigue siendo- y dicho con tal alarde de humor
volteriano como la carta en que le dice a Thorne, al que ha abandonado,
que no se empecine en reconquistarla:
¿Qué adelanta usted, sino hacerme pasar por el dolor de decir a usted
mil veces no?
Señor, usted es excelente, es inimitable, jamás diréotra cosa sino lo
que es usted; pero, mi amigo, dejar a usted por el general Bolívar es
algo:dejar a otro marido sin las cualidadesde usted sería nada.
¿Y usted cree que yo, después de ser la querida de este general por
siete años y con la seguridad de poseer su corazón, pudiera ser la mujer
del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo? ¡Eh! Ni de la Santísima
Trinidad.
Yo sé que nada puede unirme a él bajo los auspicios de lo que usted
llama honor. ¿Me cree menos honrada por ser él mi amante y no mi marido?
¡Ah! Yo no vivo de las preocupaciones sociales inventadas para
atormentarse mutuamente.
Déjeme usted,mi querido inglés. Hagamos otra cosa: en el cielo nos
volveremos a casar, pero en la tierra no.¿Cree usted malo este convenio?
Entonces diría yo que era usted muy descontento. En la Patria celestial
pasaremos una vida angélica y toda espiritual (pues como hombre, usted
es pesado), allátodo a la inglesa, porque la vida monótona está
reservada a esa nación (en amores, digo, pues en lo demás ¿quiénes mas
hábiles para el comercio y la marina?). El amor les acomoda sin
placeres, la conversación sin gracia y el caminado despacio, el saludar
con reverencia, el levantarse y sentarse con cuidado, la chanza sin
risa. Estas son formalidades divinas, pero yo, miserable mortal, que me
río de mí misma,de usted y de estas seriedades inglesas, etc., ¡qué mal
me iría en el cielo. Tan mal como si me fuera a vivir en Inglaterra o
Constantinopla, pues los ingleses me deben el concepto de tiranos con
las mujeres, aunque no lo fue usted conmigo, pero sí más celoso que un
portugués, eso no lo quiero yo:¿no tengo buen gusto?
¡Qué soberbia libertad de
espíritu!Como la de Mejía en las Cortes de Cádiz. Hay que hacer resonar
estas altas voces de libertad en esta hora en que fanatismos,
integrismos, totalitarismos estatizantes cercan y acosan y reprimen las
libertades.
El historiador es el mago de la tribu con poderes para
llamar esas voces desde el pasado y hacerlas resonar en el presente.
¿Será por eso que se pretende minimizar la historia y
sumirla en ciertos estudios sociales más manipulables?
Este Manuela Sáenz, a la vez que vuelve a este turbio
presente esa voz alta y clara, está resultando una invitación a hacer
historia, a rescatar nuestra historia, a oponerla a todas las tiranías,
a fortalecer al calor de las grandes lecciones de la historia patria
nuestra voluntad de ser libres.
Alangasí, 27 de septiembre de 2011 |