Hernán Rodríguez Castelo

Escritor, historiador de la literatura y crítico de arte

 


Volver a la Portada

Un siglo de libros

un libro completo

Creación

Literatura infantil y juvenil

Historia de la literatura ecuatoriana

Crítica de arte


 

BIOGRAFÍA

LIBROS PUBLICADOS

COMUNICADOR

IDIOMA Y ESTILO

TARJETAS AMARILLAS

GALERÍA

 

Contactos y correspondencia

Av. NNUU 120 y Amazonas, torre C del CCNU. Piso 12 Telf. 593 2 2257452 Quito-Ecuador

Enviar correo electrónico asigridrodriguezc@yahoo.com con preguntas o comentarios sobre este sitio Web.
Copyright © 2008 Hernán Rodríguez Castelo

 

 

¡Ahora digitales!

El gran libro del desnudo ecuatoriano

 

TONTOBURRO


Quito y Cádiz,    Mejía y las dos constituciones

Charla en el Congreso por el Bicentenario

de la Constitución de Quito, 14 de febrero 2012

 


A propósito del libro Manuela

Manuela en la Casa

Colección Bicentenario

 

De venta en la librería de la CCE y con el autor

 

Video y Galería de fotos

 

Comentarios:


Sobre literatura infantil y juvenil

Análisis de las obras clásicas de la literatura infantil y juvenil

Edición: Universidad Técnica Particular de Loja. www.utpl.edu.ec

Libro manual que da herramientas al maestro y maestra o promotor de lecturas que le permitan llegar al conocimiento y valoración e inteligencia de los textos destinados  a los niños, para generar las destrezas de análisis y crítica de esos textos.

Los cuentos más bellos del mundo

Edición: Universidad Técnica Particular de Loja. www.utpl.edu.ec

Libro en el que se hace el análisis de cinco cuentos para niños que pertenecen al patrimonio de la humanidad: Cenicienta o el zapatito de cristal, de Charles Perrault (1628-1703); Hansel y Gretel, de Jacob y Wilhelm Grimm (1785-1863/1786-1859); Bella y bestia, de Jeanne Marie Leprince de Beaumont (1711-1780); La Sirenita, de Hans Christian Andersen (1805-1875); y, El Príncipe Feliz, de Oscar Wilde (1854-1900).

 

El siglo XVIII de la literatura quiteña:

del esplendor a la maduración

 

Conferencia dictada en el Congreso Iberoamérica del siglo XXI.

El Congreso “Iberoamérica en el siglo XXI” quiere, con  miras a esa proyección hacia el futuro, profundizar en el conocimiento de los orígenes y desarrollo de la realidad iberoamericana.

            Planteo justo porque lo que funda la identidad de un pueblo son sus raíces y el desarrollo; es decir, la historia común distinta de otras historias por más que discurran en toda suerte de contigüidades.

            Apoyado en décadas de investigaciones -que han cuajado en el volumen  Literatura en la Audiencia de Quito. Siglo XVII y los dos de Literatura en la Audiencia de Quito. Siglo XVIII- quiero contribuir a este gran empeño de reflexión americana con el caso de Quito en el XVIII, siglo decisivo de su vivir colonial.

            Las raíces de nuestros pueblos iberoamericanos son indígenas. Los pueblos aborígenes, herederos directos de culturas centenarias, aunque oprimidos por un sistema impuesto por el conquistador, no fueron aislados y exterminados hasta quedar reducidos a minúsculas y humillantes reservaciones -como aconteció en Estados Unidos de Norteamérica-, y se produjo, desde los primeros días del trágico choque de culturas, un proceso de mestizaje que iba a dar la base de la identidad de los nuevos pueblos de la América Latina.

            A lo largo de los tres siglos de vivir colonial se produce un proceso, acaso lento, pero incontenible, de ascenso de dos grupos humanos que van cobrando conciencia de ser los dueños de estos países y los actores más importantes de su construcción: criollos y mestizos. La madurez de esa conciencia marcará la hora de la independencia de nuestras jóvenes naciones. Y es en el siglo XVIII cuando esa conciencia llega a madurez y se traduce en lucha por captar espacios de poder en lo político, lo económico y lo cultural.

            Parece, pues, importante asistir a tan significativo proceso en uno de nuestros países, el que fuera en los tiempos anteriores a la invasión hispana Reino de Quito, y en la colonia, Audiencia de Quito. Buena parte del interés e importancia que esta visión pueda revestir se deriva del hecho de que un proceso semejante se cumplió, con sugestivas variaciones locales, en casi todos nuestros países.

            Esta visión del XVIII quiteño -tan somera como el corto tiempo que en reuniones como la presente se destina a cada tema- se centrará en lo literario. Propuse -cuando mi ingreso en la Academia Nacional de Historia del Ecuador[1]- que la literatura era la iluminación profunda de la historia. Conforme he avanzado en el estudio de la literatura del período colonial se me ha impuesto más y más lo exacto de esa concepción: en la literatura -que yo tomo en un sentido muy amplio: cuanto se aparta del lenguaje usado en pura función comunicativa[2]- ha quedado plasmado con la mayor inmediatez lo que las gentes de esos tiempos -que a veces tan obscuros se nos hacen- pensaron y sintieron, soñaron y temieron, admiraron o rechazaron. Solo es cuestión de saber leer. Y si algo nos pone a los hombres de la segunda mitad del siglo XX en niveles superiores de inteligencia de lo histórico es un nuevo instrumental para leer, al que han aportado por igual Marx y Freud, Saussure y toda la lingüística, la hermenéutica y la comprensión de los géneros literarios (que transformó radicalmente nuestras lecturas de viejos textos religiosos), el análisis textual y la semiótica.

 

            “Desde  sus principios -escribió de Quito Bernardo Recio, uno de los autores de la literatura quiteña del XVIII- se fue elevando a tal grandeza, que hablando de ella Garcilaso de la Vega dice que tendría seguramente la primacía entre las ciudades de América, si Lima no fuese la primera. Fue en realidad mucho en tiempos pasados, y lució entre todas” [3]. Lo fundado del encomio queda patente a quien recorre el Quito colonial con un fastuoso templo, riquísimo de altares tallados, pinturas e imaginería de la Escuela Quiteña, cada una o dos cuadras.

            Y las Noticias secretas -escritas, con probabilidad, a mediados del XVIII- ponderaban de toda la provincia hispánica de Quito: “No hay provincia en todo el Perú donde se trabaje más. Ya en el gran número de haciendas, ya en las manufacturas o en el tráfico” [4].

            Y otro de los grandes libros del XVIII, el Diccionario de Alcedo -que escribía a miles de leguas de esa Quito en que vio la luz- evocaba así la provincia: “Cría infinito ganado de todas clases, y de sus lanas fabrican en muchos obrajes gran cantidad de ropas de la tierra, como pañetas, bayetas y jergas, de que antes se abastecían todas las provincias del Perú, y hacían un considerable comercio, como de los texidos y lienzos de algodón tan finos y primorosos que pueden competir con los mejores de Inglaterra” [5].

            Y la riqueza tenía  otros polos y recursos. Montúfar y Fraso en su Relación  presentaba a Guayaquil como “el mayor astillero (de naos), que hay en las Indias”, añadía  los puertos de Manta, Punta de Santa Elena y la Puná, y a esas tierras litorales las hallaba riquísimas en cacao, pesca, maderas finas, alodón, tabaco y frutas [6].

            Y en la región oriental estaban.zonas como Macas, con sus ocho pueblos y seiscientas almas, rica en caña, algodón y tabaco.

            Pero en el siglo XVIII toda esta euforia se va sumiendo en abatimiento y la antigua riqueza llega a encallar en bajíos hasta de miseria. Eso hace de este siglo quiteño un tiempo a la vez grande y trágico. La gloria alcanza su cumbre cuando termina la encaprichada obra de la iglesia de La Compañía, con el labrado de plateresca orfebrería en piedra de su fachada, y la decadencia se ensaña en el último tercio del siglo. Ascenso y caída tendrán una crónica de extraña inmediatez, más impresionante por su falta de intención y hasta de conciencia refleja, en la literatura.

            ¿Qué fue lo que transformó toda esa riqueza en miseria?

            Herida de muerte la industria por la política borbónica que privilegiaba la peninsular y abandonadas las minas, todavía se esquilmaba el poco circulante con desmedidas exacciones. El 5 de diciembre de 1737 el corregidor y justicia mayor comunicaba al Cabildo Real Cédula por la que se exigía a estas tierras americanas dos millones de pesos para la refacción del palacio real de Madrid. Dos años más tarde las actas cabildales recogen que aún no se había podido reunir la parte quiteña “por lo aniquilada que se halla esta provincia y las sumas estrecheces que las vecinas padecen” [7]. Y Guayaquil sufría, a más de incursiones piráticas, desvastadores incendios. Hasta 1731, Morán de Butrón registró en el Compendio histórico de la Provincia de Guayaquil -abusivamente atribuido a Dionisio de Alsedo- nueve grandes incendios [8].

            Otra causa fue la disminución de esa sacrificada y sufrida mano de obra agrícola que fueron los indios. Recio lo dijo  en una elegíaca pintura de la decadencia en que sentía que se iba sumiendo Quito: “Los indios se van extenuando”.

            Y los empeños hechos para conjurar la decadencia -como los de Alsedo, que trató de nutrir una famélica hacienda- fueron vanos. Y las instancias ante la corte para convertir a Guayaquil en el gran astillero de los mares del sur se estrellaba contra la muralla de una burocracia torpe o malintencionada.

            Hubo, en medio de ese declinar, un renglón de riqueza que creció hasta duplicarse al final del siglo: las exportaciones de cacao. Pero esa riqueza apenas pesaría en la vida de la Audiencia, como no fuera por un sordo y creciente desplazar el poder económico de los terratenientes serranos a un nuevo grupo, el de los agroexportadores costeños.

            Sobre este cañamazo -infraestructura la llamó Marx- de lo económico se dibuja una sociedad fuertemente estratificada. Abajo, el indio, casi esclavizado por instituciones acaso bienintencionadas pero de hecho opresoras y excluyentes. Arriba, los grandes propietarios, con pujos de grandeza.

            Y allí, de esa clase aristocrática se desgaja un gran bloque, con novedad que se afirma en el siglo: el criollaje. El criollo es hijo de español o española, sí, pero también de americana o americano. Y, frente a esa dualidad, opta decididamente por lo americano. Cobra conciencia de ser  en América el verdadero dueño del poder -cultural, social, político y económico-. Signo del desplazamiento del poder hacia los criollos es su presencia en la presidencia de la Audiencia. En 1715 la ocupa el primer criollo, el chileno Santiago Larraín; en 1736 lo hace Araujo y Río, criollo deLima; y en 1745, el primer criollo quiteño, Fernando Félix Sánchez de Orellana, latacungueño. Sintomáticamente, Sánchez de Orellana compra el cargo.

            En el medio, masa cada vez mayor y más pujante, los mestizos. Este es el siglo en que, entre tantas otras instituciones sociales que edifican lo que hoy somos, irrumpe el mestizo. No es azar que el mayor escritor quiteño del último tercio del siglo sea un mestizo, el doctor Espejo, hijo de indio y de blanca. Y la mayor parte de los autores de la literatura quiteña del XVIII o son criollos o son mestizos.

            Dentro de esta sociedad fuertemente estratificada lo eclesiástico tiene su propio lugar y peso, que, al ser un mundo de fuerte religiosidad -al menos formal-, resulta enorme. La Iglesia -que es una, sin que nadie le discuta ese privilegio- maneja los medios de formación y comunicación del tiempo. Y, en el período jesuítico, ese manejo es monopólico [9]. Quito no necesitó la vigilancia de tenebrosos inquisidores. Le bastó manejar esos medios de adoctrinamientoi y persuación eficazmente. Y uno de esos medios era la literatura, considerada como empleo superior del lenguaje, ejercicio normado y animado por la Retórica, más que empresa de imaginación creadora y otras libertades y vuelos. Entonces, nada raro que el género más cultivado y más briosa y brillantemente cultivado haya sido la oratoria sagrada. Y lo fastuosos de los templos que todas las Ordenes levantan en Quito ya desde el XVI, pero más el XVII y el XVIII, a cual más amplio y rico, se explica por ese verdadero centro que era, elevado, casi bajo el crucero, en plena nave principal, y ornamentado aun más preciosamente que un cáliz, el púlpito. Aquellos grandes sermones, sin importar sus fines evangélicos y  sus medios retóricos, son piezas claves de la literatura quiteña del XVIII, e igorarlos o minimizarlos por vaya uno a saber qué motivaciones ideológicas solo arguye miopía histórica y hasta simple torpeza crítica.

            Apenas hace falta ponderar que dentro de la Iglesia el grupo más poderoso fueron los jesuitas ¡Qué alto elogio hicieron de su organización y su austeridad y pobreza personal dentro de su riqueza institucional empleada en toda suerte de obras apostólicas, benéficas y de impulso al desarrollo las Noticias secretas, tan poco sospechosas de clericalismo! Este grupo poderoso llega a ser el verdadero poder dentro de un debilitado poder oficial. Y maneja con especial dominio los medios de adoctrinamiento y publicidad. Perfecciona formas de trasmitir el mensaje y de mover a su aceptación ferviente, y convierte sus más altos centros de formación en fraguas de ortodoxia y taller de habilidades para imponerla. Cabía suponer que jesuitas serían los más y mayores autores de una literatura así concebida. Y lo son. Pero de un modo peculiar, desviado por dos impulsos o fuerzas que ni los jesuitas quiteños de XVIII pudieron dominar. El uno, interno o subterráneo, nacido de la naturaleza misma del proceso literario, puede resumirse como libertad. ¡Qué soberbia libertad la de Morán de Butrón cuando convierte en una obra maestra de la prosa barroca americana la que la Orden pretendía una simple biografía devota de Mariana de Jesús! Fue tal ese alarde de literatura que se creyó necesario hacer otra versión del libro, que trasmitiese el mensaje de modo más simple y eficaz, menos distractivo y nada sibarítico. Esa grotesca réplica existe como monumento -monumento al revés- a la libertad de la creación literaria y monumento -monumento al derecho- de los excesos del poder celoso de sus fines, medios e instrumentos. ¡Y qué libertad espléndida la del mayor lírico del siglo, el último gran poeta del barroco hispánico, Juan Bautista Aguirre!



[1]  Cf. “La literatura, iluminación profunda de la historia”, Boletín de la Academia Nacional de Historia, Quito, N. 159-160 (enero-diciembre 1992), pp. 93-113

[2]   Según la concepción de Jakobson de las funciones del lenguaje. Cf. Roman Jakobson, Ensayos de lingüística general, Barcelona, Seix Barral,  1975, pp. 347-360

[3]  Bernardo Recio, Compendiosa relación de la Cristiandad de Quito, Madrid, C.S.I.C., MCMXLVII, p. 241

[4]  Noticia secretas de América (siglo XVIII) por Jorge Juan y Antonio de Ulloa, Londres, en la Imprenta de R. Taylor, 1826. Cit. por la edición de Madrid, Edit. América, 1918, I, 282

[5]  Diccionario geográfico-histórico de las Indias Occidentales o América por el Coronel D. Antonio de Alcedo, capitán de las Reales Guardias Españolas, de la Real Academia de la Historia, 5 vls. Madrid, en la Imprenta de Manuel González, MDCCLXXXVIII, T. IV, 369-370

[6]  Razón sobre el Estado y Gobernación política y militar de la jurisdicción de Quito en 1754 por Juan Pío de Montúfar y Fraso, en Tres tratados de América (siglo XVIII), Madrid, Librería de Victoriano Suárez, 1894

[7]  Apunte cronológico de las obras y trabajos del Cabildo o Municipalidad de Quito desde 1534 hasta 1714 por el Sr. Dn. Pablo Herrera (Primera época). Desde 1715 hasta 1733 por el Sr. Alcides Enríquez. Tercera época, primera parte, t. II, Quito, Imprenta Municipal, 1925, pp. 85 y ss.

[8]  Dionisio Alsedo y Herrera, Compendio histórico de la provincia de Guayaquil, Madrid, 1741, p. 40. He probado concluyentemente que la mayor parte del libro pertenece  al jesuita Jacinto Morán de Butrón en mi Literatura en la Audiencia de Quito. Siglo XVIII, Quito, Ambato, Casa de la Cultura, Núcleo del Tungurahua, 2002, pp. 147-158, y también 617

[9]  He propuesto esta designación para el tiempo colonial que corre hasta la expulsión de los de Loyola, fundado  en el inmenso poder que tuvieron los jesuitas y cómo pesaron en cultura, literatura, instituciones sociales y hasta en la economía. En especial en Letras en la Audiencia de Quito (Período jesuítico), Biblioteca Ayacucho 112, Caracas, 1984  

 

Volver a la Portada

Un siglo de libros

un libro completo

Creación

Literatura infantil y juvenil

Historia de la literatura ecuatoriana

Crítica de arte


Contactos y correspondencia

Av. NNUU 120 y Amazonas, torre C del CCNU. Piso 12 Telf. 593 9 3348231 Quito-Ecuador

Enviar correo electrónico a sigrid.quito@gmail.com con preguntas o comentarios sobre este sitio Web.
Copyright © 2008 Hernán Rodríguez Castelo


e>

Volver a la Portada

Un siglo de libros

un libro completo

Creación

Literatura infantil y juvenil

Historia de la literatura ecuatoriana

Crítica de arte


Contactos y correspondencia

Av. NNUU 120 y Amazonas, torre C del CCNU. Piso 12 Telf. 593 9 3348231 Quito-Ecuador

Enviar correo electrónico a sigrid.quito@gmail.com con preguntas o comentarios sobre este sitio Web.
Copyright © 2008 Hernán Rodríguez Castelo