Lamento y treno por los caídos
el 2 de agosto.
Cuando todavía quedaban huellas de
sangre en las calles y plazas de la ciudad y los quiteños, aún atónitos,
comentaban en el interior de sus moradas y en pequeñas reuniones no
menos secretas todos los horrores que la soldadesca limeña había
perpetrado en Quito la tarde del día 2, y no se sabía a ciencia cierta
cuántos habitantes de la ciudad habían sido masacrados ni dónde estaban
sus cadáveres, en medio de toda esa confusión y dolor y una cólera que
fermentaba sordamente, un hombre ilustre, acatado en toda la ciudad por
la sabiduría de su cátedra universitaria, por la iluminada elocuencia de
su predicación desde los púlpitos y por su altivez para defender a su
pueblo, se lamentó por la pasión de sus hermanos asesinados y por el
dolor que sufrían los sobrevivientes, y denunció los crímenes que en la
pacífica y noble ciudad se habían cometido, a sangre fría, con inaudita
sevicia. Lo hizo en una larga lamentación en verso.
El poema, en las estrofas de cuatro
versos de ocho sílabas, que eran los preferidos de las gentes quiteñas
porque eran ideales para declamarlos, circuló anónimo. Si se hubiese
sabido quién era su autor, se lo había llevado a la cárcel, como reo de
Estado, es decir condenado a pena de muerte. Eran días en que no había
libertad de prensa, y el poema cumplía la tarea que cumple el periodismo
en horas de represión por un autoritarismo despótico. El poema
informaba, denunciaba, recogía los sentimientos de los pobladores.
El poema se leía en muchas partes,
cuando era posible se lo declamaba, y para ello se multiplicaban sus
copias manuscritas –en Quito no había imprenta-. Y una de esas copias ha
llegado hasta nosotros, recogida y guardada por Juan León Mera.
Reproducirlo significa revivir esas horas trágicas como nunca vivió
ciudad alguna en la independencia americana. Y es alto y sentido
homenaje a los próceres caídos.
Y tuvo algo muy especial el poema:
cada pasaje fue introducido por una cita bíblica. Con ello se dio a lo
sufrido por Quito una dimensión nueva. Este lamento era, al igual que el
de profetas como Jeremías, el de las Lamentaciones, y el salmista y el
autor de las quejas de Job, llanto y grito de dolor y de protesta por
los atropellos sufridos por el Pueblo de Dios a manos de enemigos
impíos.
El quiteño ilustre al que se refiere esta nota introductoria es
Miguel Antonio Rodríguez. Por crítica interna, que era el único
camino posible, pues se carecía en absoluto de noticias, se ha
llegado a un alto grado de certeza para tal atribución.
Ver
Hernán Rodríguez Castelo, Lírica de la Revolución quiteña de
1809-1812 .La Revolución quiteña de agosto de 1809 y el martirio
de agosto de 1810 en los poemas de esos días, Quito, FONSAL,
2009, p. 78.
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