Hernán Rodríguez Castelo

Escritor, historiador de la literatura y crítico de arte

 


Volver a la Portada

Un siglo de libros

un libro completo

Creación

Literatura infantil y juvenil

Historia de la literatura ecuatoriana

Crítica de arte


 

BIOGRAFÍA

LIBROS PUBLICADOS

COMUNICADOR

IDIOMA Y ESTILO

TARJETAS AMARILLAS

GALERÍA

 

Contactos y correspondencia

Av. NNUU 120 y Amazonas, torre C del CCNU. Piso 12 Telf. 593 2 2257452 Quito-Ecuador

Enviar correo electrónico asigridrodriguezc@yahoo.com con preguntas o comentarios sobre este sitio Web.
Copyright © 2008 Hernán Rodríguez Castelo

 

 

¡Ahora digitales!

El gran libro del desnudo ecuatoriano

 

TONTOBURRO


Quito y Cádiz,    Mejía y las dos constituciones

Charla en el Congreso por el Bicentenario

de la Constitución de Quito, 14 de febrero 2012

 


A propósito del libro Manuela

Manuela en la Casa

Colección Bicentenario

 

De venta en la librería de la CCE y con el autor

 

Video y Galería de fotos

 

Comentarios:


Sobre literatura infantil y juvenil

Análisis de las obras clásicas de la literatura infantil y juvenil

Edición: Universidad Técnica Particular de Loja. www.utpl.edu.ec

Libro manual que da herramientas al maestro y maestra o promotor de lecturas que le permitan llegar al conocimiento y valoración e inteligencia de los textos destinados  a los niños, para generar las destrezas de análisis y crítica de esos textos.

Los cuentos más bellos del mundo

Edición: Universidad Técnica Particular de Loja. www.utpl.edu.ec

Libro en el que se hace el análisis de cinco cuentos para niños que pertenecen al patrimonio de la humanidad: Cenicienta o el zapatito de cristal, de Charles Perrault (1628-1703); Hansel y Gretel, de Jacob y Wilhelm Grimm (1785-1863/1786-1859); Bella y bestia, de Jeanne Marie Leprince de Beaumont (1711-1780); La Sirenita, de Hans Christian Andersen (1805-1875); y, El Príncipe Feliz, de Oscar Wilde (1854-1900).

 

JEAN-JACQUES ROUSSEAU

                 Pocas vidas tan difíciles de reducir a un hilo biográfico como la de Rousseau, en buena parte, sin que haya en esto paradoja, por su misma voluntad  autobiográfica. Dedicó los últimos años de su vida a tratar de dar unidad y coherencias a su existencia más bien tortuosa y de muy irregular proyecto vital.

           Jean-Jacques ha perdido a su madre al nacer -en Ginebra, en 1712-; su padre, hugonote  relojero de oficio, que consuela su viudez con la “tía Suzon”, que recordaría Rousseau, no puede tenerlo con él y acaba recogido por un tío materno. El tío lo pone de pensionado, junto con  su propio hijo, en casa del pastor Lambercier, en Bossey.

           Vive así dos años, más bien apacibles y felices, aunque no le agradan los libros ni, peor, la disciplina escolar. Ya dirá lo que pensaba de disciplina y libros para la infancia en el Emilio.

           Y, frente a tantas infancias escurridizas y sincopadas (Abreviar, acortar) como hemos hallado en la inmensa mayor parte de biografías de estos tiempos ilustrados que ignoraban casi por completo al niño, damos con una autobiografía en la que la infancia cobra importancia como para que un autor la rememore hasta en sus al parecer más inocentes detalles,  que pesan sobre la existencia futura.

           De estos dos años escribe Rousseau:

 

  El modo como vivía en Bossey me sentaba tan bien que lo único que le faltó es durar más largo tiempo para fijar absolutamente mi carácter. Los sentimientos tiernos, afectuosos, apacibles eran el clima[1]. Pienso que nunca un individuo de nuestra especie haya tenido naturalmente menos vanidad que yo. Me elevaba por impulsos a movimientos sublimes, pero recaía  muy pronto en mi languidez. Ser amado de todo lo que me rodeaba era el más vivo de deseos. Yo era dulce; mi primo lo era; los que nos gobernaban, también. Durante dos años enteros no fui ni testigo ni víctima de un sentimiento violento. Todo alimentaba en mi corazón las disposiciones que él recibía de la naturaleza. Yo no conocía nada tan encantador como ver a todo el mundo contento de mí y de todo. Recuerdo siempre que en el templo, respondiendo al catecismo, nada me turbaba tanto, cuando llegaba a dudar, que ver en el semblante de la señorita Lambercier señales de inquietud y de pena. Eso solo me afligía más que la vergüenza de quedar mal en público, que, sin embargo, me afectaba enormemente; porque, aunque poco sensible a las alabanzas, lo fui siempre mucho a la vergüenza, y puedo decir aquí que la espera de las reprimendas de la señorita Lambercier me causaba menos alarma que el miedo de entristecerla.[2]

 

           ¡Cuánto hay para leer en este párrafo de Las confesiones! ¡Cuánto sentimos que el propio autor lee en esas páginas que escribe hacia el final de su vida! Del niño, no solo el que él fue, nos dice cuánto pesa una infancia vivida en un clima de afecto en la formación de su carácter, y se siente el rechazo de la violencia para esa formación. Y sus fluctuaciones espirituales de exaltación a languidez. Y la sensibilidad al triunfo o el fracaso.

           Y hay algo muy especial, que más se sugiere que se dice: la relación del niño con la señorita Lambercier, Gabrielle, la hermana del pastor. Ver su semblante turbado, entristecerla era lo que más le dolía al muchachito aquel cuando se equivocaba en el catecismo de la iglesia.

           Ese afecto, tan vivo, casi obsesivo, aunque secreto, a la señorita Lambercier, tiene que ver con un hecho al que Rousseau confiere peso especialísimo en su vida.

           “Como la señorita Lambercier tenía para nosotros el afecto de una madre, tenía también la autoridad, y la ejercía a veces hasta inflingirnos el castigo de los niños cuando nos habíamos hecho merecedores de él”. “El castigo de los niños”: la “punition des enfants”, que era la “fessée”,  golpes dados con las manos o con un látigo en las nalgas desnudas.

           Para el pequeño Jean-Jacques, tan fascinado por la señorita Lambercier, que tenía treinta y nueve años -es decir, un amor imposible-, el que ella desnudase sus nalgas y lo azotase o le pegase con sus manos, acaso teniéndole entre sus piernas, tuvo una resonancia especialísima: marcó su sensualidad:

 

  Quién creería que este castigo del niño, recibido a los ocho años por la mano de una joven de treinta, ha decidido de mis gustos, de mis deseos, de mis pasiones, de mí mismo por el resto de mi vida, y ello precisamente en sentido contrario al que debía seguirse naturalmente Al mismo tiempo que mis sentidos fueron encendidos, mis deseos cambiaron tanto[3], que limitándose a lo que había experimentado, no se preocuparon de buscar otra cosa. [4]

 

           Hace una cala honda Rousseau en el despertar de la sensualidad y en una manera de relación sensual del niño con una persona amada de otro sexo, amor tan ideal como imposible por la larga diferencia de edades, y se admira de que ese castigo recibido en la infancia por mano de la mujer ideal haya decidido de sus gustos, deseos y pasiones por el resto de su vida. Y con fórmula un tanto turbia acota: “y precisamente en sentido contrario” al que el castigo había pretendido. Si el sentido en que influyó fue despertar su sensualidad, ¿era lo contrario lo pretendido por ese castigo?

           Pasaría bastante más de un siglo hasta que un gran psicólogo  sacase a luz este peso que hechos o recuerdos de infancia llegasen a tener en una existencia. Pero este pasaje lo plantea ya con nitidez, y con la fuerza del hecho vivido  y analizado morosamente. El poeta Jean Cocteau lo sugiere con pregunta retórica: “El trasero de Jean-Jacques, ¿es el sol de Freud que se eleva?”

           Y Rousseau sigue en el análisis del desarrollo y maduración de su sensualidad. El adolescente, “con  una sangre ardiente de sensualidad casi desde mi nacimiento”, se conservó puro de toda mancha (“souillure”) hasta la edad en que hasta los temperamentos más fríos y tardíos maduran. “Atormentado largo tiempo sin saber por qué, devoraba con mirada ardiente a las personas hermosas; mi imaginación me las representaba sin cesar, únicamente para relacionarme con ellas  (“pour les mettre en oeuvre”) a mi modo, y hacer lo mismo que con la señorita Lambercier (“et en faire autant de demoiselle Lambercier”).

           Por encima de tanto detalle penetrante, a lo que apuntan los recuerdos de Rousseau en esta parte inicial de sus Confesiones es a lo aberrante de una formación del joven que no quería ver o ignoraba absolutamente estas perplejidades y turbaciones del espíritu infantil y juvenil frente a lo que constituiría componente clave, fundamental, de su felicidad o desdicha en la existencia: la relación con el otro sexo. “No solamente que yo no tuve hasta mi adolescencia una idea exacta[5] de la unión de los sexos, sino que jamás esta idea confusa se me ofreció sino como una imagen odiosa y repugnante”. Lo dice Rousseau a partir de sus recuerdos domésticos; pero lo mismo pudiera afirmarse de la educación del tiempo -presidida por la rígida moral de jesuitas (que regentaban los más prestigiosos colegios), jansenistas, calvinistas y toda esa larga colección de celosos vigilantes de una pureza que reprimía instintos y sentimientos, ignoraba el desarrollo de la sexualidad en la edad evolutiva y tendían a identificar sexo con pecado.

           Sigue nuestro autor: “Estos prejuicios de la educación, propios por ellos mismos para retardar las primeras explosiones de un temperamento propenso al fuego (“combustible”), fueron ayudados, como he dicho, por la desviación que obraron sobre mí los primeros brotes de la sensualidad”.

           Y Rousseau resume así la pubertad presidida por ese hecho que fijó su sensualidad infantil:

 

  Así pues, con un temperamento muy ardiente, muy lascivo, muy precoz pasé toda la edad de mi pubertad sin desear conocer más placeres de los sentidos que aquellos de los que la señorita Lambercier, inocentemente, me había dado idea; pero, cuando finalmente el progreso de los años me hubo hecho hombre, fue el mismo que debió haberme perdido el que me conservó. Mi antiguo gusto de niño, en lugar de desvanecerse, se asoció de tal modo al otro, que yo no pude nunca separarlo de los deseos encendidos por mis sentidos, y esta locura, unida a mi timidez natural, me ha vuelto siempre poco entrador con las mujeres, incapaz de atreverme a decirlo todo o de poder hacerlo todo...[6]

 

           No es lo nuestro aquí psicoanalizar, ni menos juzgar las peculiaridades del erotismo de Rousseau. Lo que nos interesaba al abordar sus Confesiones eradar con el niño. Y hemos dado con el niño de una manera como nunca antes, ni siquiera en esas otras fundamentales Confesiones de esta historia, las de Agustín de Hipona, lo habíamos hallado. Lo que en esta historia queda claro es el peso del niño en la vida del existente humano. Como para no extrañar que personaje a quien tanto obsesionó su infancia y la vio como etapa decisiva en la trayectoria del humano hubiese dedicado a la educación del niño y el joven todo un libro, llamado a revolucionar la pedagogía del tiempo, y, acatado o negado, hubiese agitado por largas décadas concepciones y sistemas educativos. Es el Emilio, al que vamos a llegar.

 

Entre la experimentación y la aventura

 

Vuelve Rousseau a Ginebra; entra de aprendiz con un escribano y después con un grabador. Comienza a leer desaforadamente, y cuanto gana lo gasta con la madre Tribu, “fameuse loueuse” (“alquiladora”) de libros. Y nos dice, uno de los pocos en el tiempo, los efectos de esas lecturas en el joven: “A fuerza de disputas, de golpes, de lecturas hechas a escondidas y mal seleccionadas, mi humor se volvió taciturno, salvaje; mi cabeza comenzó a alterarse, y vivía como un verdadero lobo solitario”[7]. En tal desate de misantropía pesó esa sensualidad. “Mi inquieta imaginación tomó un partido que me salva de mí mismo y calma mi naciente sensualidad, y fue revivir la situaciones que me habían interesado en mis lecturas, recordarlas, variarlas, combinarlas, apropiarme de ellas de tal modo que yo me convirtiese en uno de los personajes que imaginaba, que me viese siempre en las posiciones  más agradables a mi gusto, en fin que el estado ficticio en que me había sumergido me hiciese olvidar mi estado real, del cual estaba tan descontento”. Pero, aunque no lo cuenta en sus Confesiones, el muchacho de dieciséis años se ha enamorado de la pequeña Gatou y de la señorita Vulson, que se deja querer despreocupadamente.

           La tiranía del maestro -recuerda- le hace insoportable un trabajo que, por otra parte, le hubiera gustado. Aprende a robar -y ello lo analiza en largas y morosas páginas de las Confesiones-, y “cínico, descarado, violento, intrépido”, pero a la vez indolente y tímido, apasionado por la libertad, estaba a punto de lanzarse a la aventura.

           Dejado fuera de las verjas de la ciudad un domingo de marzo de 1728 se da a vagar. “A fuerza de viajar y recorrer mundo” va a dar en Confignon, la casa de un cura, M. de Pontverre, “famoso historiador de la República”, que lo acoge cálidamente, y busca convertirlo al catolicismo. “Yo era ciertamente mucho más sabio que M. de Oibt verre, por muy gentilhombre que él fuese -dice cínicamente el autor de las Confesiones- pero yo era demasiado buen convidado para ser tan buen teólogo, y su vino de Frangy, que me pareció excelente argumentaba tan victoriosamente por él que yo jamás osé silenciar a tan buen anfitrión”.

           Se convirtió Rousseau al catolicismo, pero fue por una dama, en Legre, tierra del rey de Cerdeña. La hermosa rubia Francoise-Louise de de Warrens, dedicada a convertir al catolicismo a ginebrinos extraviados, fascinó al adolescente y abjuró de la religión de su infancia. Obedeciendo a madame Warrens fue a Turín a bautizarse en la Arciconfraternita dello Spirito Santo. “Una religión predicada por tales misioneros no podía llevar más que al paraíso”.

           Sigue vagabundeando  por las calles de Turín y enamorándose a su estilo. Vive un romance, breve como todos los suyos, con Borile, guapa comerciante morena. Aunque su amor ideal seguía siendo Mme. de Warrens. “Me veía como la obra, el alumno, el amigo, casi el amante de Mme. de Warrens. Las cosas obligantes que ella me había dicho, las pequeñas caricias que me había hecho, el interés tan tierno que ella había parecido tener en mí, sus encantadoras miradas, que me parecían llenas de amor por el modo como me inspiraban, todo eso nutría mis ideas durante la marcha, y me hacía soñar deliciosamente”.

           Vive una aventura con “une brune (morena) extremement piquante”,  Mme. Basile, con marido de mayor edad que ella y “pasablemente” celoso

           Entra al servicio de la condesa Vercellis, viuda y sin niños, mujer cultivada, que escribía en francés cartas que se acercaban a la gracia de las de Mme. de Sévigné -según lo recordaba  el autor de las Confesiones-.  Nada en ella hacia él de afección o benevolencia. Quería saber de él pero lo interrogaba secamente. La digna mujer falleció y el joven salió de su mansión como había entrado, sin nada. Pero con el peso de un remordimiento. Con otra huella de su infancia que en esta hora invernal de las Confesiones aún  lo hiere:

 

He llevado conmigo los imborrables recuerdos del crimen y el insoportable peso de remordimientos con que al cabo de cuarenta años aún carga mi conciencia y cuyo amargo sentimiento, lejos de debilitarse, se irrita a medida que envejezco. ¿Quién pudiera creer que la falta de un niño pudiera tener consecuencias tan crueles? Esta es de esas secuelas de que con harta probabilidad  mi  corazón no sabrá consolarse.[8]

 

           ¿Y cuál fue el delito cuyos remordimientos aún amargaban al memorioso autor en ese recuento final de su vida? Había arrojado “en el oprobio y la miseria a una muchachita amable, honesta, estimable, y que seguramente valía mucho más que yo”. Había sido un robo sin mayor importancia, a la muerte de Mme. Vercellis: una condecoración ya vieja, que el muchacho regala a esa pequeña sirvienta, Marion. Pero, descubierto el robo,  Rousseau acusa a la inocente Marion, y los dos son despedidos. El robo no fue lo grave: lo fue la mentira, la calumnia, el daño irrogado a la pobre muchacha.

           Sigue Rousseau su vagabundeo. Viste librea de lacayo en la mansión del Conde Gouvon, y se enamora de su hija, Pauline-Gabrielle, de su misma edad -dieciséis años-, aunque, claro, no se atreve a decirle nada.

           Vuelve a casa de la señora Warrens, quien le sugiere que se haga cura. Entra al seminario de Annecy, sale y va a la escuela de cantores de la catedral. La música era una de sus grandes aficiones. Llegaría a escribir sobre música y a enseñarla. Viaja a Lyon. Pero vuelve a donde la señora Warrens: es su único afecto firme y lugar seguro: la llama “Maman”.

           Un nuevo enamoramiento, esta vez a sus dieciocho años,  con dos bellas damiselas de diecisiete y veintidós años, las señoritas Fraffenried y Gallery. Y el romance en trío le ayuda para superar en algo esa timidez que frente a una sola mujer amada lo paralizaba.

           Para alejarse de las Charmettes, donde tan feliz había sido junto a la Sra. Warren -por la indeseable presencia del guardabosques Wintzenried-, se encarga en Lyon de la educación de los dos hijos del general Jean Boonot de Mably, gran preboste del Lionesado. Dura un año en el oficio, y, aunque no le va muy bien, inicia una observación del niño: “Yo estudiaba el espíritu de mis alumnos y los comprendía muy bien”.

           Vuelve a vagabundear -Fribourgh, Lausanne, Vevey, Neuchatel, Berna- y acaba finalmente con madame Warrens, en Chambéry. No dura en los empleos que ella le consigue, y acaba de amante de la hermosa señora.

           Madame procura convertirlo en hombre de mundo, a la vez que el joven va llenando las lagunas de su formación. Es la hora en que se lanzará a conquistar una posición en la sociedad y fama en el mundo de la cultura.

           En un viaje tiene amores con una bella compañera, la señora de Larnage. Años más tarde confesaría que sin esa relación no habría sabido lo que era voluptuosidad. No es lo que tiene con la señora Warrens, a quien prefiere verla como “Maman”. Así que el que un vecino empiece a cortejarla le causa más bien alivio.

           Empieza a preocuparse por su futuro. Presenta a las autoridades un proyecto de transporte de mercaderías entre Francia, Suiza, Alemania, Ginebra, el Milanesado, Hungría, Génova y el Piamonte. Tienta fortuna en los medios financieros parisinos.

           En el verano de 1742 presenta a la Academia de Ciencias una comunicación con una nueva notación musical. El proyecto es fríamente acogido. Pero se aprovecha de él para componer una Disertación sobre la música moderna.

           Vuelve a enseñar; esta vez al joven Dupin de Chenonceaux. Pero no abandona sus empeños artísticos: comienza una ópera: Las musas galantes.

           En junio de 1743 sucede en esa vida inquieta y ambiciosa un hecho decisivo: se le ofrece el puesto de secretario del Conde de Montaigu, embajador de Francia en Venecia. Durísima la pintura que nos dejó del Embajador en el libro VII de sus Confesiones: amigo de gente dudosa y hasta malhechores, zafio -apenas podía escribir y leer-, brutal. Estimándolo tan poco se explica que el diplomático lo hubiese tachado de insolente. Abandonó, pues, Venecia Jean-Jacques, pero se llevaba rico botín de experiencias artísticas y culturales, en especial de su amada música, como las famosas scuole. Hizo ensayar algunas sinfonías de su Musas galantes.

           Y en Venecia su sexualidad inmadura fracasó dos veces, con mujeres de placer; con la segunda, Zulietta, tan bella como sensual, “obra maestra de la naturaleza y el amor”, que dirá en las Confesiones, en lugar de entregarse al placer se puso a llorar...

           Vuelve a París. Acaba Las musass galantes; pone en escena una ópera de Voltaire y Rameau, Las Fetes de Romire.

           Renueva la amistad con los Dupin, y se introduce en la alta sociedad parisina. Conoce a otra joven, Isabel-Sofía-Francisca de Lasive de Bellegarde, que será por años un amor ideal insatisfecho.

           Con quien su sexualidad se realiza es con la lavandera y planchadora de la fonda Saint-Luitín, donde se hospedaba en París, Teresa Le Vasseur,  joven de veintidós o veintitrés años. Se une a ella de modo estable. De la unión nacerán cinco niños. Los cinco serán puestos en la Inclusa. Ello le valdría la acusación de haberlos abandonado.  En Reveries d´un promeneur solitaire (Ensoñaciones de un paseante solitario), en el Noveno paseo, se defendió: no los abandonó; los confió a una institución respetable que podía darles la educación que él mismo no podía proporcionarles. Temía, sobre todo, que el influjo de su analfabeta mujer y su familia los convirtiese en “unos verdaderos monstruos”.

           En 1749 otra coyuntura decisiva para la trayectoria del intelectual: aparece en el Mercure de France una convocatoria de la Academia de las Ciencias y las Letras de Dijon a un concurso sobre el tema “¿Ha contribuido el progreso de las ciencias y las artes a corromper las costumbres o a purificarlas?”. “En el instante mismo -recordaría- vi otro mundo y fui otro hombre” (En las Confesiones, libro VIII). Responde con su fundamental Discours sur les sciences et les arts  (Ensayo[9] sobre las ciencias y las artes) quele vale el premio y le granjea amplio prestigio.

           En el otoño de 1752 representa en Fontainebleau, delante del Rey, El adivino del pueblo, que consolida su fama.

  No se regodea en esa gloria, que siente frágil y voluble. “Me encontré convertido... en hombre de letras por mí mismo desprecio por esta condición”[10] Rebelde, ataca temas duros. En 1755 publica su Sur l´origine et le fondement de l´inegalité parmi les hommesDedica el “discurso” A la República de Ginebra a denunciar como la corrupción de las instituciones sociales resta legitimidad a la política. Y viaja a Ginebra con Teresa para retornar a la religión de sus padres y recobrar la ciudadanía ginebrina. Pero Ginebra no le llena y vuelve a París.

  Estamos en la primavera de 1756 y Madame d´Epinay le invita al retiro de l´Ermitage, amable casita situada en un extremo del parque del castillo de Chevrette. Allí comienza a escribir una novela: Julia o la nueva Eloísa. Cierto romance inaprensivo desengaña a su hospedadora, y esta  le cierra las puertas de l´Ermitage. Rousseau se refugia en Mont Saint-Louis, cerca de Montmorency, y se dedica a escribir. Termina La nueva Eloísa, que se publica en 1759, y tiene enorme éxito en Francia. “Todo París estaba impaciente por ver esta novela -recordó su autor en las Confesiones-; los libreros de la Rue Saint-Jacques y del Palais Royal se veían asediados por tanta gente que pedía noticias sobre el libro. Por fin apareció y, contra lo que suele ocurrir, su éxito respondió a la expectación con que se esperaba”.[11]Vive el período fundamental de su vida de escritor. En 1762 se publican sus dos grandes obras doctrinales: Le Contrat Social (Contrato Social)y (Émile ou de l´Education) (Emilio o de la educación).Ese mismo año el Contrato Social es prohibido en Francia y el arzobispo de París condena al Emilio. “Yo he escrito sobre los más diversos temas, pero siempre dentro de los mismos principios; siempre la misma moral, la misma creencia, las mismas máximas, y, si se quiere, las mismas opiniones”[12], reclama el autor al Arzobispo. El Emilio es condenado a la hoguera, y un mes más tarde, en junio, se dicta orden de prisión contra el autor. En fuga hacia Berna se entera de que también en Ginebra se ha quemado el Emilio.

Temiendo las iras de los fanáticos sale de Berna. La señora Boy de la Tour le ofrece una casa de su hijo en Motiers,Val-de-Travers, condado de Neufchatel, en los estados del rey de Prusia. Vive allí dos años de relativa tranquilidad, protegido por el anciano lord Keith, mariscal de Escocia, gobernador de Neufchatel. Empieza entonces a escribir las Confesiones.

  Al ver inútiles sus reclamos contra el decreto dictado en Ginebra contra él, escribe al primer síndico renunciando a su ciudadanía, y a unas Cartas escritas desde el campo, en favor del Consejo de Ginebra, responde con Cartas desde la montaña, que provoca descomunal escándalo.

  El primer domingo de septiembre de 1765, el pastor de Motiers lo ataca en un sermón, y los feligreses intentan lapidarlo. Se refugia en la isla de San Pedro, en el lago de Bienne. Pero se le intima salir. Se ve en peligro también en Bienne y huye a Berlín, donde esperaba hallar a lord Keith.

  Y hasta aquí llegaron sus Confesiones. De Berlín y Strasburgo pasó  a Londres, invitado por el filósofo Hume, que lo alojó. Pero el susceptible Rousseau se resintió con él. En Inglaterra acaba de escribir la primera parte de las Confesiones.

  No acepta una pensión que le ofrecía el monarca inglés y regresa a Francia. Cada vez se siente más perseguido, y se mueve incansablemente. En Chambery visita, emocionado, la tumba de la señora Warrens.

En Lyon se representan sus piezas líricas Pygmalion y El adivino del pueblo. A pesar de la amenaza de ser apresado vuelve a París, y en un cuarto de la calle Platería descansa un tanto de su interminable peregrinar entre amenazas y persecuciones.

  Acaba la segunda parte de sus Confesiones  y comienza a leerlas en la casa del marqués de Pezay. Pero suspende esas lecturas. Piensa que en las Confesiones no está la imagen completa del hombre Rousseau y empieza escribir sus Diálogos. Trata de depositar en el altar mayor de Notre Dame el manuscrito de Dialogues, pero las puertas están cerradas. El piensa que de propósito. El artista Lew Barbier le pinta frente a la puerta del coro cerrada. Escribe un delirante A todo francés amante de la justicia y la verdad del que reparte copias él mismo por París., y ello lo lleva a prisión. Su salud vuelve a resentirse -padecía un agudo mal de orina-. Escribe su última obra Reveries d´un Promeneur Solitaire (Ensoñaciones de un paseante  solitario). “A veces mis ensoñaciones acaban en meditación, pero con más frecuencia mis meditaciones acaban en ensoñación; y, durante esas divagaciones, mi alma vuela y planea por el universo, en alas de la imaginación, en éxtasis que supera a cualquier otro goce”.[13]

           Era el final más romántico que podía darse a una vida romántica que se apagó el 2 de julio de 1778 en un pabellón frente al castillo de Ermenonville, mientras el marqués de Girardin, su discípulo, daba los últimos toques a la casa de campo que preparaba para el último retiro del filósofo.

  Tras haberle seguido en su azarosa trayectoria vital y haberle escuchado en sus más íntimas confesiones y efusiones se impone concluir que Rousseau es el primer gran romántico. Existe en plena hora de la Ilustración, el Iluminismo o Siglo de las Luces, pero vive otro tiempo: no el de la Razón; el del sentimiento. Ello explica, en lo anecdótico, por qué acaba peleándose con Voltaire y Diderot, y su ruptura con Hume. Y en lo más profundo, ese romanticismo esencial agita todos los vientos huracanados con que Rousseau sacude las instituciones del tiempo; no solo las viejas -que también demolían los ilustrados- sino las de la misma Ilustración. Y, en cuanto al objeto de nuestra búsqueda: el niño, pienso que los ilustrados se interesaron tan poco por el niño -y, consiguientemente, tan poco lo sacaron a luz- porque veían lo infantil como polo opuesto a la razón. En cambio Rousseau, desde la emoción con que revivía el niño que fue, subordinaba la razón a los grandes sentimientos humanos y a los grandes objetos de ese sentimiento radical, desde el niño hasta la naturaleza.

 

La nouvelle heloise

 

La primera gran jornada de esta filosofía del sentimiento es una moral: Julia o la nueva Eloísa.

  A primera y superficial apreciación es una novela más al uso y gusto del tiempo, impuesto fundamentalmente por dos novelas del inglés Samuel Richardson (1679-1761): Pamela, o la virtud recompensada (1740) y Clarissa, or the history of a youg lady (1744 a 1748). Cada una de las dos en ocho tomos. Pamela se presentaba como “una serie de cartas familiares escritas por una joven y hermosa doméstica a sus padres e impresas para estimular en las almas de los jóvenes de uno y otro sexo los principios de la virtud y de la religión; obra de ambiente real y a le vez preciosa por su agradable pasatiempo...”Y así seguía. Fue, pues, novela epistolar. Y fue pasatiempo para la burguesía inglesa, que necesitaba de algo así para distraer sus puritanos aburrimientos. Y estaba centrada en la cotidianidad. Pero vivida de modo lacrimoso, que no se perdía el menor patetismo. Pamela Andrew, hermosa sirvienta de quince años, asediada por el joven amo de la casa, resiste victoriosamente y no solo cura al lascivo jovenzuelo sino que acaba casándose con él. Pamela, joven astuta, ama a su adversario, pero salva su virtud y acaba triunfando. Clarisa es más patética y casi escabrosa: Clarisa Harlowe, para evitar casarse con el rico pretendiente aprobado por la familia, se arroja en los brazos de Lovelace, un don Juan que la traiciona y la deja abandonada. Rechazada por todos muere en un hospicio londinense.

Rousseau, lector por supuesto de Richardson, adopta también la forma epistolar y el tema amoroso. El subtítulo lo anuncia: “Dos amantes que habitan en una pequeña población al pie de los Alpes”: Julia d´Etange y su maestro, Saint-Preux, que, nuevo Abelardo, la ha seducido. Pero aquí acaba cualquier vecindad de Rousseau con el lacrimoso y puritano inglés. Para el ginebrino, este amor recíproco está autorizado por la naturaleza. La que lo condena es la sociedad. El padre de la joven considera que Saint- Preux es de extracción baja como para pretender a su hija, que, además, está prometida a un hombre de su nivel social, monsieur de Wolmar. La boda se realiza. Saint-Preux, desesperado, piensa en el suicidio. Curiosamente, cuando Julia está instalada emocionalmente en su hogar, con dos hijos, el de Wolmar invita a Saint-Preux, cuya historia anterior no ignora, a vivir en su casa. Consigue que los últimos rescoldos de la antigua pasión se transformen en un amor sereno y natural. Los dos esposos, Saint-Preux y Clara, la prima de Julia y antigua amante del joven, y Milord Eduard forman una sociedad natural, presidida por las virtudes que la naturaleza enseña.

Fue, pues, una exaltación de la moral natural, que acaba imponiéndose a prejuicios, desviaciones y taras sociales. La heroína sentimental busca preservar su identidad moral. Tanto con Julia soltera como con Julia casada la novela señala del modo más enfático lo que Rousseau considera que es el orden natural. El final ha sido, con todo el colorido y la vida de la novela, un cuadro de la constitución de una pequeña sociedad con arreglo a la naturaleza.

 

De contrat social

 

Pero esos pequeños núcleos de vida natural viven en el seno de la sociedad. De allí el siguiente paso del filósofo: una política. Eso es el Contrato social.

  Al igual que cualquier pequeña sociedad, el Estado debe estar fundado sobre la naturaleza, esas “disposiciones  primitivas”, de que hablaría en el Emilio.

El hombre nace libre. La libertad humana consiste en una sumisión reflexiva a la ley natural. “La libertad es una consecuencia de la naturaleza del hombre. La primera ley del mismo es velar por su propia conservación; sus primeros cuidados son lo que se debe a sí mismo, y tan pronto como está en la edad de la razón, siendo él solo el juez de los medios que le han de conservar, se convierte, por este hecho, en dueño de sí mismo” (Contrato social, L. II).

  Para que la verdadera libertad se realice es preciso que la libertad natural se transforme en libertad civil. Cuando el hombre entra en contacto con otros hombres y ve las ventajas del estado civil, concluye con sus semejantes un contrato por el cual, a cambio de la protección eficaz de su persona y sus bienes, entrega sus derechos a la comunidad. La libertad natural se convierte en libertad civil que es obediencia a la ley, expresión de la voluntad general. Puesto que fue su voluntad la que constituyó la sociedad civil, obedecer a la ley es obedecerse a sí mismo. Y es obedecer a la razón.

  Pero no bastaba la libertad para el hombre completo; hace falta el último elemento: la felicidad. El hombre natural no solo es libre, es también feliz ¡Y qué apasionado en Rousseau el deseo de felicidad!: ¡Con qué complacencia lo describió en Discurso sobre el origen de la desigualdad! En el Emilio volverá a esta idea angular de la felicidad, propia del hombre natural, que vive según las leyes de la naturaleza.

  Y esto nos deja ya ante el Emilio, tercer jalón de esta filosofía del sentimiento y la naturaleza: una pedagogía, para guiar al niño, el ciudadano de este Estado ideal.

 

Emile ou de l´education

 

La felicidad era para Rousseau una de las dos columnas que sostenían el edificio de la sociedad civil. De allí que para él es preferible privar al niño de educación que de felicidad,

 

  ¿Qué habrá que pensar, pues, de esa inhumana educación que sacrifica el tiempo presente a un porvenir incierto, que carga con cadenas de toda especie a un niño, y lo tortura preparándole para una lejana época una ignota felicidad, la cual tal vez no disfrutará jamás?[14](Libro II)

 

  Aunque yo supusiera esta educación razonable en su objeto, ¿cómo ver sin indignación a unos pobres desventurados sometidos a un yugo insoportable y condenados a trabajos continuos como galeotes, sin estar seguros de obtener ningún fruto de tales sufrimientos. La edad de la alegría se pasa entre llantos, castigos, amenazas y esclavitud (121)

 

  Hombres, sed humanos; es vuestro primer deber; sedlo en todos los estados, en todas las edades y por todo lo que no le es extraño al hombre. ¿Qué sabiduría tendréis fuera de la humanidad? Amad la infancia[15], favoreced sus juegos, sus deleites y su ingenuo instinto. ¿Quién de vosotros no ha sentido deseos alguna vez de retornar a la edad en que la risa no falta de los labios y en la cual el alma siempre está serena? ¿Por qué queréis evitar que disfruten los inocentes niños de esos rápidos momentos que tan pronto se marchan, y de un bien tan precioso del que no pueden excederse? (122)

 

La maestra suprema es la naturaleza. “Volvamos a la regla primitiva -dice el pensador-. La naturaleza ha hecho a los niños para que fuesen amados y protegidos, ¿pero les hizo para que fueran obedientes y creyentes?”. Animando siempre esta visión del niño las ideas claves de felicidad y libertad[16]. “¿Quién no ve que la debilidad de la primera edad encadena a los niños de tantas maneras que es bárbaro añadir a esta sujeción la de nuestros caprichos, privándole de una libertad tan limitada, de la que no puede abusar, tan inútil para él y para nosotros que se la hemos quitado?”

 

Puesto que con la edad de la razón empieza la servidumbre civil, ¿para qué hacer que le preceda la servidumbre privada? Consintamos que exista un instante de la vida exento de este yugo que no nos impuso la naturaleza, y dejemos a la infancia el uso de la libertad natural que, por lo menos durante algún tiempo, la desvía de los vicios que se adquieren con la esclavitud. Vengan esos instructores severos, esos padres esclavos de sus hijos; vengan unos y otros con sus frívolas objeciones, y antes que hablar de métodos, escuchen y aprendan el de la naturaleza (135)

 

El Emilio propondría un método pedagógico contrario a todos los del tiempo, un método, como todo en Rousseau, “natural”. Y comenzaría muy pronto a discutírselo con discusión que traspasará las barreras del siglo XIX. Lo pedagógico no es lo nuestro, salvo por lo que implica o supone o hasta plantea de una concepción del niño. Cómo el niño se hace visible, cobra entidad, es reconocido en su mismidad de niño es, como lo hemos dicho ya más de una vez, nuestro asunto. Y en este seguimiento del niño, desde esos tiempos en que era casi invisible, tras esos grandes hitos que fueron Agustín de Hipona, Erasmo de Rotterdam, Rabelais y Montaigne, damos con este soberbio islote que se alza en plena Ilustración, pero inaugurando tempranamente el espíritu romántico, que es Rousseau.

 

“Lo que es este antes de ser hombre”

 

Al niño dirigió su mirada el pensador al comenzar su Emilio. El prefacio fue un verdadero manifiesto, luminoso, con esta sentencia estupenda en su núcleo:

 

No conocemos en nada a la infancia. Sobre las falsas ideas que se tienen sobre la misma, cuanto más se avanza mayor es el extravío. Los más prudentes se aplican  a lo que importa saber a los hombres, sin considerar que los niños están en estado de aprender. Buscan siempre al hombre en el niño sin pensar lo que es este antes de ser hombre. He aquí, pues, el estudio al que yo me he aplicado especialmente, a fin de que, aun cuando mi método fuese quimérico y falso, se pueda obtener siempre provecho de mis observaciones. Yo puedo haber visto muy mal lo que es preciso hacer, pero creo haber visto bien cuál es el asunto sobre el que se debe operar. Empezad, pues, por estudiar mejor a vuestros alumnos, ya que, seguramente, no los conocéis en nada.[17]

 

  Se ve que Rousseau tenía clara conciencia de lo que se objetaría a su método educativo: que “fuese quimérico y falso”. Y reconoce, modesto: “puedo haber visto mal lo que es preciso hacer”. El autor del Emilio conocía otros empeños pedagógicos. Cita a Locke, cuyo muy difundido La educación de los niños, de 1693, lo conocía, como lo hemos dicho ya. Y, por supuesto, conocía el famoso ensayo de Montaigne “Sobre la instrucción de los niños”, al que ya hemos dedicado atención a medida de su importancia para nuestra búsqueda del niño. Y también parece haberle impresionado la Epístola a madame Graffigny, de Robert-Jacques Turgot, publicada por el gran reformador económico en la Francia de Luis XVI en 1751, que proponía una educación natural. Y en los mismos años en que el ginebrino maduraba las ideas de su Emilio, un libro expuso ideas certeras y penetrantes sobre el primer desarrollo psicológico del niño, de las que Rousseau se aprovecharía en sus obras: el Ensayo de psicología de Bounet, en que se planteaba trabajar primero con la sensibilidad del niño antes de proponerle verdades abstractas.

  Aprovéchase, pues, Rousseau de ideas pedagógicas de su tiempo, de las más innovadoras, pero las sujeta a escrutinio y, sobre todo, las integra dentro de un gran sistema. Y supera todos los tratados y manuales al uso -había, por supuesto, otros, como los que utilizaban los pedagogos  de Port-Royal y los que provenían de la Ratio studiorum de los jesuitas- al poner como el cimiento de su edificio el niño como niño y no como proyecto de adulto o, peor, como alguien a quien se debía moldear al gusto de los adultos y para fines de los adultos.

Una y otra vez insistirá en la idea madre: “No sabemos nunca colocarnos al nivel de los niños; no entramos en sus ideas, sino que les atribuimos las nuestras y, siguiendo siempre nuestros propios razonamientos con verdades eslabonadas, solo amontonamos en su cabeza extravagancias y errores” (Libro III).“Tratad a vuestro alumno según su edad” (Libro III). “La naturaleza quiere que los niños sean niños antes que hombres”. Si queremos alterar este orden produciremos frutos precoces sin madurez ni sabor y no tardarán en corromperse; tendremos con ello doctores jóvenes y niños viejos. El niño tiene maneras de ver, pensar y sentir que le son propias, y nada más insensato que querer sustituirlas por las nuestras” (Libro III).

  En concordancia con esta comprensión de lo que es el niño ve abrirse ante quienes lo entiendan un ancho campo de observación, reflexión y estudio: “Quisiera que un escritor de juicio recto nos diese un tratado del arte de observar a los niños, arte que sería muy importante conocer, y del cual ni siquiera los elementos saben los maestros y los padres” (P. 289). Iba a llegar quien hiciese tan decisiva tarea, pero faltaba mucho aún: se llamaría Jean Piaget. Lo que Piaget fundó y en gran parte desarrollo estupendamente fue eso: “un  tratado del arte de observar a los niños”.

  Todo el libro III del Emilio se fundó sobre el respeto a lo que es y puede y quiere el niño -a lo que Rousseau llega por un cálido ejercicio empírico, siempre presidido por la idea maestra de “las facultades del hombre en las diversas edades” y, aun antes, que “el niño no haga nada porque así se lo digan”, ni se le quiera imponer ideas a las que no haya llegado por sí mismo, a partir de sus experiencias, necesidades, apetencias, curiosidades. Tras una primera larga parte de esa fascinante formación de Emilio por su maestro, en que consiste el libro III, Rousseau recapitulará:

 

Nuestro niño, próximo a dejar de serlo, ha entrado dentro de sí y siente más que nunca la necesidad de encadenarse con las cosas. Después de haber empezado ejercitando primeramente su cuerpo y sus sentidos, hemos ejercitado su espíritu y su razón, y por último hemos reunido el uso de sus miembros con el de sus facultades, hemos hecho un ser activo y pensador; para completar al hombre, solo nos resta hacer un ser amante y sensible, es decir, perfeccionar la razón por el sentimiento (294)

 

  “Perfeccionar la razón por el sentimiento”: sugestiva formulación de la antropología romántica, como superación de la racional de la Ilustración. Pero, sea cual sea la idea que se tenga de la plenitud humana, importa advertir que en el Emilio no se trata de mantener al niño como niño. “El niño -se dice nítidamente- ha de llegar a hombre” (P. 262). Y la educación del niño, centrada en su ser actual de niño, lo prepara para el futuro. Uno de los tres párrafos finales del libro III anuncia ese futuro:

 

Emilio no tiene muchos conocimientos, pero los que posee son verdaderamente suyos y no sabe nada a medias. En el pequeño número de cosas que sabe bien, la más importante es que hay muchas que ignora y que algún día puede saber muchas más que saben otros y que no sabrá él en su vida, y una infinidad de ellas que ningún hombre sabrá jamás. Tiene un espíritu universal, no por las luces, sino por la facultad de esquirlas. Un espíritu despejado, inteligente, apto para todo, si no es, como dice Montaigne, instruido, es instructible. Me basta con que sepa hallar el “para  qué sirve” en todo cuanto haga, y el “por qué” en todo cuanto crea, porque, repito, mi objetivo no es darle ciencia, sino enseñarle a que la adquiera cuando lo necesite; hacer que la aprecie exactamente en lo que vale y que ame la verdad sobre todas las cosas. Siguiendo este método se adelanta poco, pero jamás se da un paso inútil y nunca se ve en la necesidad de retroceder (300-301)

 

  Como había adelantado en el libro I, de su discípulo, “el oficio que quiero enseñarle es el vivir”; “cuando  salga de mis manos, yo estoy de acuerdo en que no será ni magistrado, ni soldado, ni sacerdote; primeramente será hombre, todo cuanto debe ser un hombre y sepa serlo”.

 

“Que sean niños antes de ser hombres”

 

Pero hubo antes de ese III dos libros. Rousseau atendió al niño desde su mismo nacimiento. Inició su rebeldía contra los primeros abandonos y primera esclavitudes a que se sometía al niño, como ese fajarle. “Nosotros aún no hemos pensado en fajar a los perros ni a los gatos”. Y abogó porque se diese a los niños aquello a que tenían derecho comenzando por la leche materna y los cuidados maternos. “Cuando  las madres se dignen criar a sus hijos, las costumbres se reformarán en todos los corazones”. “El sitio de la madre es el lugar del niño. Entre ellos los deberes son recíprocos, y si son mal desempeñados de un lado serán descuidados del otro. El niño debe amar a su madre antes de que sepa que es su obligación amarla”. Esas son obligaciones de los padres, y en ellas se extiende, así como en las condiciones del ayo y preceptor para cumplir a cabalidad su papel. Y vuelve a todo un manual de puericultura, porque “la educación del hombre comienza al nacer”.

  Y se vuelve al niño, al que ha observado atentamente. “Las primeras sensaciones de los niños son puramente afectivas y solamente se distinguen en ellas placer o dolor, y no pudiendo andar ni asir requieren mucho tiempo para formarse poco a poco las sensaciones representativas que le muestran los objetos exteriores”. “En los inicios de la vida, cuando la imaginación y la memoria aún son inactivas, el niño solo está atento a cuento afecta sus sentidos”. “Se  ha buscado mucho tiempo si existía una lengua natural y común a todos los hombres; sin duda existe una y es aquella que los niños hablan antes de saber hablar. Esta lengua no es articulada, pero sí acentuada, sonora e inteligible”. “Los primeros llantos de los niños son ruegos; si no se les hace caso, se convierten en órdenes”. “Los niños a quienes se les fuerza a que hablen lo más pronto posible no tienen tiempo de aprender a pronunciar bien ni de concebir con exactitud lo que les hacen decir”.

  Mucha sabiduría fruto del sentido común y el espíritu de libertad, pero más aún del interés por el niño y la conciencia de esa personalidad que el niño, aun cuando parece más impotente y desvalido, posee, y merece y exige respeto y atención prudente y sabia. Se podrá estar en descuerdo en tal o cual precepto, en tal o cual observación, pero esta presencia del niño y esta postura ante el niño significaba un paso decisivo en la cultura humana.

  El libro II aborda el que Rousseau dice “el segundo plazo de la vida”. Y pone la frontera en aquello ya fijado por la antigüedad del paso del infans -que no habla- al puer. Denuncia la “manía pedantesca” de enseñar siempre a los niños lo que por sí mismos aprenderían mucho mejor”. Rechaza el “yugo insoportable” y los trabajos continuos a que se condena a los niños. Y aquí cae ese texto ya citado que comienza por “hombres, sed humanos” y reclama para los niños sus juegos y sus deleites. Y ataca la raíz de esas severidades, que en el tiempo eran tantas y tan estrictas: “¿Y cómo me probaréis que estas malas inclinaciones de las cuales queréis curarle no le vienen más de vuestros deseos mal entendidos de la naturaleza?”. Estaba denunciando, de un modo sencillo y elemental, el que Freud llamaría el “súper Yo”, ese adusto censor de los instintos naturales. Y proclamó la mismidad del niño: “La humanidad tiene su puesto en el orden de las cosas; la infancia posee también el suyo en el orden de la vida humana; es indispensable considerar al hombre en el hombre, y al niño en el niño”.

Aplica al niño el pensador principios filosóficos generales: “cuanto más el hombre está cerca de su condición natural, más pequeña es la diferencia entre sus facultades y sus deseos”, y se apoya en su visión de la sociedad que han hecho los hombres: “no hay más que locura y contradicción en las  instituciones humanas”. “¿Es la naturaleza la que lleva así a los hombres tan lejos de sí mismos?” Y en el marco de esta filosofía se atiende al niño: “Antes que los prejuicios y las instituciones humanas hayan alterado nuestras inclinaciones naturales, la felicidad de los niños, así como la de los hombres, consiste en el uso de su libertad, pero esta libertad está limitada en los primeros, debido a su debilidad”. Y es bárbaro -dirá-  privarle de una libertad tan limitada. No se trata de complacencias ilimitadas: “¿Sabéis cuál es el medio más seguro de hacer miserable a vuestro hijo? Acostumbrarle a conseguirlo todo”. Se trata de respetar su libertad. “Volvamos a la regla primitiva. La naturaleza ha hecho a los niños para que fuesen amados y protegidos, ¿pero les hizo para que fueran obedientes y creyentes?”

  Locke había puesto como la máxima fundamental de la educación discutir con los niños, y Rousseau dice que era “actualmente la más usada”. Pero él la rechaza. “La obra maestra de una buena educación es formar a un hombre racional, ¡y se pretende educar a un niño por la razón! Eso es comenzar por el final...”.

En el libro III se presenta al maestro ideal en largas  conversaciones con su discípulo, pero en modo alguno discutiendo: llevándolo a observar, a hallar por sí mismo la explicación de las cosas y los hechos.

  Y una y otra vez se torna a la idea maestra: “la naturaleza quiere que los niños sean niños antes de ser hombres”. De allí derivará consecuencias: “Tratad a vuestro alumno conforme a la edad”.

  ¿Pero no había mucho de naturaleza en tantas de esas pasiones infantiles como la educación del tiempo manipulaba? “Muy extraño es que desde que se dedican los hombres a la educación de los niños, no hayan imaginado otra forma de conducirlos que la emulación, los celos, la envidia, la vanidad, el ansia, el miedo, las pasiones más peligrosas, las que más pronto fermentan y las más capaces de corromper el alma...”

  Rousseau lo rechazaría tajantemente: “Pongamos por máxima incontestable que los primeros movimientos de la naturaleza son siempre rectos; no hay perversidad original en el corazón humano; no se halla en él un solo vicio que no se pueda averiguar cómo y por dónde se introdujo”. Tocó así el pensador uno de los asuntos más obscuros con los que se enfrentaría, al correr de los tiempos, la literatura y el cine: el mal y el niño. Y rechazó implícitamente la visión católica de una naturaleza estragada (estragar física o moralmente) en su misma raíz por un cierto pecado original.

  Pero Rousseau no está ajeno al mal que ronda a su niño, “La primera educación debe ser, pues, puramente negativa, la cual no consiste en enseñar ni la virtud ni la verdad, sino en librar de vicios el corazón y el espíritu de error”. “Yo tengo por imposible que en el seno de la sociedad pueda llegar un niño a los doce años sin que se le den algunas ideas de las relaciones que existen de hombre a hombre y de la moralidad de los actos humanos”. Y con el mal -lo hecho mal- se relaciona el castigo. No lo rechaza sin más el educador. Ha hecho una prolija exposición “para que se comprenda que jamás se debe castigar a los niños como tal castigo, sino que el castigo siempre les debe venir como natural consecuencia de una mala acción”.

  Y, por encima de prescripciones y propuestas, o por debajo, fundándolas, siguen vivas esas aspiraciones supremas que son libertad y felicidad. “Os asustáis al ver que pierde sus primeros años sin hacer nada. ¿Cómo? ¿No es nada el ser feliz? ¿No es nada que pueda saltar, correr y jugar todo el día?”. Y trae en su apoyo al Platón de la República, “que tan austera se considera”, que educa a los niños en fiestas, juegos, cánticos y pasatiempos. Y ve como el mayor instrumento de tortura de los niños los libros. “Librando de esta forma a los niños de todos sus deberes, estoy convencido de que les quito los instrumentos que los torturan, que son los libros. El azote de la infancia es la lectura y casi no sabemos emplearla en otra cosa”. Está claro que trata de la lectura como se empleaba en el tiempo. Ya vendrían edades en que la lectura contaría como una de las más divertidas actividades para el niño. De hecho, Rousseau haría leer a Emilio Robinson Crusoe. Y hubo más: Rousseau, que fue desde años tempranos ávido lector, hizo aquí mismo alto elogio del libro y la lectura: “El arte de hablar y oír hablar a los ausentes... es un arte cuya utilidad puede ser evidente en todas las edades”. Como para preguntarse: “¿Por qué prodigio se ha convertido tan agradable y útil arte en tormento de su infancia?”

  Nada de imposiciones ni obediencias al niño, porque no hay nada que no se consiga “con un poco de habilidad que les agrade a los niños, sin vanidad, sin emulación y sin celos. Su vivacidad, su espíritu de imitación son suficientes; sobre todo su alegría natural, instrumento que ningún preceptor ha sabido manejar”. Pero, en los juegos, en los que el niño a menudo sufre sin quejarse -como nota el pedagogo-, ¿no cuenta el factor emulación? El mismo maestro competirá con Emilio, para que un ejercicio le sea más grato.

Nuevas normas, razonadas y ejemplificadas, sobre el desarrollo de habilidades sensoriales, sobre la alimentación...Todo ello se resume en un método. “Partiendo, pues, de que mi método sea el de la naturaleza, y que no me he equivocado en la aplicación, hemos traído a nuestro alumno, atravesando el país de las sensaciones, hasta  la última frontera de la razón pueril; el primer paso que vamos a dar más allá debe ser un paso de hombre”. Y el resultado complace al maestro: “Cuando me figuro a un niño de diez o doce años sano, robusto, bien formado para su edad, no me despierta ninguna idea que no sea grata para su presente y su futuro; le veo travieso, vivo, animado, sin inquietas previsiones, entregado al momento que vive y gozando de una plenitud de vida que parece que se quiere extender a su alrededor”. Pero a ese niño se le somete a las torturas de la educación. Este maestro nuevo se ha convertido en su amigo, en su compañero de juegos y alegrías. Como para invitarle:

 

¡Oh, tú, que no tienes que temer nada!, tú, para quien ningún tiempo de tu vida es aburrimiento y violencia; tú, que ves llegar sin zozobra el día y sin impaciencia la noche y que cuentas las horas que faltan para tus juegos, ven, mi venturoso y amable discípulo; nos consolaremos con tu presencia de la ausencia de ese desdichado que te tiraniza.[18]

 

  Y termina el libro II volviendo a la felicidad y a la libertad, manifiestas en espontaneidad y alegría del niño. “El que esté ocupado o el que se divierta, las dos cosas son para él indiferentes; sus juegos son sus ocupaciones, y no ve ninguna distinción. En todo lo que hace pone un interés que causa risa y no hay trabas que lo detengan, demostrando el grado de su inteligencia y la esfera de sus conocimientos. ¿No es un espectáculo propio de esa edad, espectáculo que encanta y conmueve, el ver a un hermoso niño, alegres y vivos los ojos, sereno y risueño, hacer jugando las cosas más serias, o profundamente ocupado en los más frívolos entretenimientos?” El niño así formado, “no ha comprado su perfección a costa de su felicidad; por el contrario, una ha contribuido a la otra. Al conseguir la plenitud de la razón de su edad, ha sido venturoso y libre en cuanto su constitución lo permitía”.

 

Rousseau ha herido de muerte la visión del niño imperante en la educación del siglo XVII, y ha puesto las bases para modelos pedagógicos que, en lugar de imponer al niño rígidos esquemas y opresivas censuras, respondan a lo que el niño es, a lo que el niño quiere y puede, que es lo que realmente le formará. Claparéde lo  reconocería: “La manera de ver de Rousseau coincide con la concepción de la niñez que hoy se impone a los biólogos y psicólogos”[19]

 


 

[1] “Faisaient le fond”, en el original.

[2] J.-J. Rousseau, Les confessions, tomo I, Oaris, Le Livre de Poche 1098/1099, pp. 34-35. Traducción mía.

[3] “Prirent si bien le change”, en el original.

[4]  Ob. cit. pp 36-37. “Recibido a los ocho años”: lo comentaristas piensan que fue a los diez años; y la edad de Mlle. Lambercier  no fue  treinta, sino 39

[5] En francés “distincte”. “Distinta”, sin duda en el sentido impuesto por Descartes de las ideas claras y distintas.

[6]Confesiones, 38-39

[7] “Je vivais en vrai loup-garou”. “Loup-garou” era  fórmula fuerte. El Dictionnaire de l´Academia le daba este sentido: “Hombre ignorante, supersticioso, acusado de ser hechicero, y de  vagar las noches, por  las calles y campos, transformado en lobo”. En sentido figurado era “hombre de humor salvaje, que  no quiere hacer vida social con nadie”.

[8]Confesiones, 139

[9] Parece claro que lo que en el tiempo se presentaba como “discurso”¨estaba entre  el ensayo y el tratado; más ensayo  que  tratado.

[10]Confesiones, libro VIII.

[11]Confesiones, libro XI, al inicio.

[12] Carta a Christophe  de Beaumont  (En las Oeuvres complètes)

[13] Septieme Promenade, en Oeuvres complètes.

[14] Citamos el Emilio por esta edición: Emilio o la educación, traducción F. L. Cardona Castro, Barcelona, Bruguera, 1971, p. 121. Solo citaremos, entre paréntesis, la página.

[15] Parece preferible “amad a la infancia”.

[16] Que serán, digamos de paso, las que presidirán la mejor literatura infantil del mundo.

[17] Citamos este prefacio por esta obra: Francisque Vial, La doctrina educativa de J.  J. Rousseau, traducción de Jesús Sanz, México, Editora Nacional, 1951 (2a. ed.) pp. 126-127

[18]Emilio, libro II, p. 234

[19] E. Claparéde,  L´Education fonctionelle, Paris, Delachaux  et Niestlé, 1946, p. 62.

 

 

Volver a la Portada

Un siglo de libros

un libro completo

Creación

Literatura infantil y juvenil

Historia de la literatura ecuatoriana

Crítica de arte


Contactos y correspondencia

Av. NNUU 120 y Amazonas, torre C del CCNU. Piso 12 Telf. 593 9 3348231 Quito-Ecuador

Enviar correo electrónico a sigrid.quito@gmail.com con preguntas o comentarios sobre este sitio Web.
Copyright © 2008 Hernán Rodríguez Castelo