Hernán Rodríguez Castelo

Escritor, historiador de la literatura y crítico de arte

 


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¡Ahora digitales!

El gran libro del desnudo ecuatoriano

 

TONTOBURRO


Quito y Cádiz,    Mejía y las dos constituciones

Charla en el Congreso por el Bicentenario

de la Constitución de Quito, 14 de febrero 2012

 


A propósito del libro Manuela

Manuela en la Casa

Colección Bicentenario

 

De venta en la librería de la CCE y con el autor

 

Video y Galería de fotos

 

Comentarios:


Sobre literatura infantil y juvenil

Análisis de las obras clásicas de la literatura infantil y juvenil

Edición: Universidad Técnica Particular de Loja. www.utpl.edu.ec

Libro manual que da herramientas al maestro y maestra o promotor de lecturas que le permitan llegar al conocimiento y valoración e inteligencia de los textos destinados  a los niños, para generar las destrezas de análisis y crítica de esos textos.

Los cuentos más bellos del mundo

Edición: Universidad Técnica Particular de Loja. www.utpl.edu.ec

Libro en el que se hace el análisis de cinco cuentos para niños que pertenecen al patrimonio de la humanidad: Cenicienta o el zapatito de cristal, de Charles Perrault (1628-1703); Hansel y Gretel, de Jacob y Wilhelm Grimm (1785-1863/1786-1859); Bella y bestia, de Jeanne Marie Leprince de Beaumont (1711-1780); La Sirenita, de Hans Christian Andersen (1805-1875); y, El Príncipe Feliz, de Oscar Wilde (1854-1900).

 

1

Subían por sus dominios el Rey de la Montaña y el Niño de las Serpientes.

Y el viejo Rey le dijo al Niño:

-Últimamente unos grandes pájaros plateados cruzan por encima de la montaña. No mueven las alas. Nunca. Y hacen un ruido mucho mayor que el viento.

Y el Niño le dijo:

-Son aviones. Son como unas grandes cajas. Y dentro van gentes. Sentadas en asientos. Viajan.

-¿Y no son peligrosos? –le preguntó, un poco inquieto, el viejo Rey.

-Bueno, sí hay algunos peligrosos pero estos que pasan por aquí no.

-¿Y si se posan aquí?

-No pueden hacerlo. Para bajar a tierra necesitan un sitio plano muy grande.

-¿Y cómo vuelan? ¿Cómo no se caen aunque no haya viento y no muevan las alas?

Y ese momento, cuando el Niño pensaba cómo explicarle aquello al viejo Rey, un cóndor se fue acercando por los aires. Sin mover un ala, haciendo grandes círculos.

2

-¿Hasta dónde vamos a subir? –le dijo el Niño al Rey-; estoy cansado.

-Hasta el castillo del Señor del Rayo –le respondió el Rey-. Quiero que lo conozcas y que él te conozca.

-¿Y lo que me estoy cansando? Eso se ve bien arriba, lejísimos.

-Para no cansarte tienes que tomar fuerza del monte y del aire. Siente esa fuerza de la tierra en cada paso que das y detente cada largo trecho y llena tus pulmones de aire.

El cóndor, que se había ido acercando, miró al niño con mirada torva.

-Es amigo nuestro -le dijo al cóndor el Rey de la Montaña-. Amigo del monte, de las rocas, del viento y la lluvia. Y de muchos pequeños animales…

Se posó, señorial, el cóndor y miró curioso al niño, y no sonrió porque los cóndores no pueden sonreír. Y habló:

-Me acerqué para advertir a Su Majestad que se viene por oriente una enorme tormenta.

3

Y la tormenta aquella que se acercaba era realmente enorme. Terrible. Como nunca viera el Niño. Se venía con vientos huracanados y rayos y truenos que latigueaban sin piedad por todos lados. Todo se iba poniendo obscuro. Y empezó a caer agua a torrentes.

Y entonces, en medio de esa obscuridad y esos torbellinos de viento y oleadas de agua, se vio entrar en el corazón de la montaña un pájaro plateado, bramando.

-Ese pájaro va mal –dijo el Rey de la Montaña-: mira cómo va dando tumbos.

El Niño se aterró: él sabía que dentro de la nave había humanos, acaso hasta algún niño como él.

-¿Podríamos hacer algo? –musitó-. Si no, morirán todos. Cuando uno de esos aviones cae por estas montañas mueren todos los que viajaban en él.

El Rey meneó la cabeza. ¿Qué se podía hacer, si la tormenta había estallado y lo arrasaba todo? Y el pájaro plateado se había hundido ya en la obscuridad por entre rayos y masas de agua.

Y entonces se escuchó el estallido y un destello de luz rojiza atravesó la masa líquida. Aquello no era un relámpago.

-¡El avión se ha estrellado! –gritó el Niño-. No es lejos. ¿Puedo ir a ver si hay alguien vivo? Por favor…-rogó al Rey-.

El Rey le dijo: -Falta poco para el castillo del Señor del Rayo. Lleguemos allá. Si se lo pedimos al Señor, él podría enviar un mensaje al cóndor y el cóndor te llevará al sitio donde ha caído el pájaro plateado.

4

Por entre masas de agua llegó el cóndor y se posó frente al portón del castillo del Señor del Rayo.

-¿A quién tengo que llevar al abismo negro? –preguntó al Rey, que había salido a recibirlo con el Niño de las Serpientes.

-Al Niño, a quien ya conoces.

Asintió la enorme criatura y le dijo al Niño: -Sujétate bien de mi pata. ¿Puedes hacerlo?

-Claro –dijo el niño.

Y, bien sujeto, el Cóndor se elevó hasta más arriba de la tormenta. Volaron hasta que la gran tormenta amainó. Y entonces el Cóndor comenzó a bajar y se posó sobre una gran roca, encima de una inmensa quebrada.

-No puedo bajar más –le dijo al Niño-: allá abajo la grieta se estrecha y me impide abrir mis alas. Baja tú, y vuelve a subir. Cuando estés otra vez en este sitio yo vendré para llevarte de regreso.

Dijo el cóndor, dio dos pequeños saltos y abriendo sus alas se lanzó al vacío, se elevó y se perdió en lo alto.

El Niño comenzó a bajar. Con mucho cuidado, porque había pasos de roca pelada, que con la lluvia se habían puesto resbalosos. Pero él sabía moverse en la montaña.

Bajó y bajó. Y, de pronto, vio por entre las cortinas de agua algo plateado.

-Un ala –se dijo el niño-. Por aquí debe haber caído el avión-.

Bajó un poco más y lo vio: por allí estaban los restos de la gran nave regados entre las rocas.

Y comenzó a ver restos humanos. Negros, carbonizados. Mezclados con hierros retorcidos.

Fue de un lado a otro: solo restos humanos y partes del aparato. El choque debió haber sido espantoso. Seguramente nadie sobrevivió.

Pero entonces, al voltear una roca, en una como pequeña cueva la vio: ¡una niña! Como de su edad. Sentadita, temblando de frío, de miedo. Sin pode emitir sonido alguno.

-Hola –le dijo el niño.

La niña no respondió.

-He venido para salvarte –la animó el niño.

La niña seguía muda. Como ausente de todo. Debe ser por el susto, se dijo el niño.

-¿Y ahora qué hago? –pensó el niño-. ¿Cargarla? ¿Avanzaré? Y peor por esas paredes tan empinadas. Y todo resbaloso por la lluvia.

-Espérame –le dijo a la niña-. Ya vuelvo y nos iremos.

Y se fue a ver si había algún otro sobreviviente. Y alguna soga o cable, porque iba a necesitarlo.

Sobrevivientes era imposible que hubiese. Lo que halló el niño fue un cable no del todo quemado y que con una buena limpieza podía servir. Volvió adonde estaba la niña.

Acurrucada contra la pared húmeda de esa como gruta lo miraba con sus grandes ojos abiertos.

-Te voy a llevar conmigo -le dijo el niño-. Tenemos que subir hasta esa punta que se alcanza a ver un poco por entre la lluvia. Allí nos recogerá el Cóndor.

Pareció que la niña iba a echarse a llorar.

-No temas –le dijo el niño-: el Cóndor me trajo hasta allá, desde el castillo del Señor del Rayo, y me dejó allí… muy suavecito. Claro que podrá con nosotros dos. Si es inmenso.

Y comenzaron la ascensión. Difícil porque seguía lloviendo, y todo estaba resbaloso.

Llegaron a una parte muy peligrosa. El niño amarró a la niña por la cintura, y se ató él al otro extremo de la cuerda.

-Yo subiré primero –le dijo a la niña-. Cuando llegue a ese descanso te jalaré. Tú sujétate a la cuerda y pon los pies contra la roca. Así… Sí, eso es, muy bien.

El niño comenzó a escalar por la pared, buscando donde agarrarse, donde afirmar los pies. Más de una vez se resbaló, pero pudo asirse a un saliente y seguir.

Al fin llegó al pequeño plano. Y allí había otra diminuta cueva. Se afirmó bien, y gritó a la niña:

-¡Ya llegué! Te voy a subir.

Y comenzó a tirar de la cuerda. Y la niña comenzó a subir. Poco a poco. Con dificultad. Pero llegó.

-A ver, ahora descansemos un poco en esta cueva. Parece que va a escampar. Pero no podemos quedarnos mucho porque puede cogernos la noche.

Y la niña volvió a acurrucarse en el fondo de la pequeña cueva. El niño fue y se sentó a su lado.

-¿Tú sí me entiendes lo que te hablo? –le preguntó.

Y la niña movió levemente la cabeza asintiendo.

-Y tú, ¿cómo te llamas? Por aquí, en la Montaña, solo me llaman Niño. Ese nombre me puso el Señor de la Montaña.

La niña no contestó. Estaba otra vez como ausente.

-Bueno, creo que te llamaré Niña. ¿Te gusta? Por lo menos hasta que me digas tu nombre.

De pronto dejó de llover, y hasta salieron unos pálidos rayos de sol. El niño se asomó al borde de la terracita aquella y lo vio: volando majestuosamente por lo alto del cielo venía el Cóndor.

-Vamos –le dijo el niño a la niña-. El Cóndor está en lo alto y ya nos debe haber visto. Los cóndores ven lejísimos.

5

De dos golpes de ala el Cóndor se elevó por los aires llevando a los dos pequeños, uno en cada pata. Y, planeando, sin mover ni una pluma, descendió hasta el portón de entrada al castillo del Señor del Rayo. Allí lo esperaban el Señor del Rayo y el Rey de la Montaña.

El Rey se apresuró a recibir al Niño, y este le mostró a la niña-.

-Ella ha sobrevivido a la destrucción del pájaro plateado. La única: todo lo demás, gentes y la nave, está hechos pedazos.

El Rey miró con simpatía a la niña, y la animó:

-No tengas miedo, pequeña. Si eres amiga del Niño, eres amiga nuestra.

Y, vuelto al niño, lo invitó:

-Pasen, a que se sequen y calienten. En el castillo del Señor del Rayo siempre hay fuego.¡No faltaba más!

Y los cuatro personajes entraron al castillo.

El niño se despidió del Cóndor:

-Muchas gracias, Cóndor. Sin tu ayuda, la niña habría muerto.

6

Era una larga mesa llena de generales y señores que parecían muy importantes. Todos estaban con cara de bravos. Uno decía:

-Es algo que no se puede entender. Habíamos garantizado a nuestros aliados que esa ruta era segura, y, para confirmarlo, enviaron una de sus mejores naves. Y, cuando iban para allá, los reportes decían que el tiempo era bueno y que se iba a mantener así. ¿Qué es lo que pudo haber pasado?

Y otro se le unió:

-Sí, es rarísimo. Eso que, de pronto, caiga ese diluvio que comunicó uno de los pilotos, y rayos que era como si fuesen proyectados contra el avión. ¿Estamos ante alguna fuerza terrorista?

Entonces habló un militar que tenía un cintillo en la frente:

-Esa es una montaña sagrada y no se puede violar su cielo, ni turbar su silencio. Peor, invadirla.

“Indio idiota, tan grandote y creyendo en cucos”-dijo bajito, al oído de un compañero, uno de los que estaban sentados al otro extremo.

Pero el general indio, como sus soldados, estaba acostumbrado a escuchar hasta el más leve y lejano ruido en la selva. Y lo oyó.

-Si yo soy un idiota –dijo mirándole a los ojos al que lo había insultado-, denme otra explicación de lo que está pasando.

-Bueno –dijo el general que estaba sentado a la cabecera-, pensemos con calma. Hay que buscar una explicación a tan raro accidente. Y, sobre todo, una solución. Porque esa ruta debe continuar. Voy a ordenar que tropas de tierra recorran la montaña hasta el lugar del siniestro y nos presenten un informe. Apenas lo tenga volveré a convocar a este comité especial.

7

Llegó el Cóndor y dijo:

-Por la pampa suben unas filas de hombres.

-¿Cómo visten? –preguntó el Niño.

-De verde, y llevan unos tubos que hacen ruido y matan.

-Armas –dijo el Niño, y, vuelto al Rey de la Montaña, le dijo algo que ahora veía que era importante-. Los restos de las gentes del accidente del que salvé a la niña eran del color verde que usan los soldados.

-Y por el lado del gran pedregal sube, más rápido, a pesar de que lleva una gran carga, un hombre solo- prosiguió el Cóndor.

-¿Puedes llevarme para ver quién es ese hombre? –Le pidió el Niño al Cóndor.

-¿Quieres ir también? –invitó el Niño a la niña.

Y a la niña le brillaron los ojos-.

Así que se ataron cada uno a una pata de la enorme ave, y esta dio dos saltos y se elevó.

Muy pronto vieron al hombre que subía por entre las gigantescas piedras. El Cóndor bajó un poco para que los niños lo viesen mejor.

-Es el hombre que sabe subir a la montaña con unos aparatos –dijo el niño-; es amigo de la montaña. Nunca le ha hecho daño. Y me conoce.

-Creo que va al castillo del Rey –dijo el Cóndor.

-Volvamos –propuso el Niño-. Si veo que se acerca al castillo saldré a recibirlo abajo.

Y el Cóndor dio, sin mover un ala, un enorme giro, se elevó, descendió y se posó en la gran explanada de delante del castillo del Rey. El Niño entró al castillo para conversar sobre ese visitante, pero, sobre todo, acerca de los que estaban subiendo por la pampa, cautelosos y armados.

El hombre de los aparatos (porque eso era lo que cargaba, como bien lo sabía el Niño) subía rápido, sobre todo ahora que había dejado en una pequeña cueva lo más pesado. En pocas horas avistó el castillo. El Niño le dijo a la niña:

-Vamos a ver qué quiere.

La tomó de la mano y bajaron dando saltos.

El hombre los vio y agitó los brazos. El Niño respondió al saludo.

-Hola, pequeño príncipe –saludó el hombre de los aparatos-. Veo que te has conseguido una princesa-.

-Después te cuento la historia de ella –le dijo el Niño- ¿Vas para el castillo del Rey?

-Sí –dijo el hombre-. Tengo que dar unos avisos importantes al señor del castillo y a sus amigos.

8

Y entonces, por donde subían en una larga línea horizontal los hombres de verde con sus tubos que disparaban y otros que lanzaban llamas, se vio subir un humo espeso.

-Están quemando el pajonal –dijo el hombre de los aparatos.

-Esto no le va a gustar nada al Rey de la Montaña –dijo el Niño-. El me ha dicho que quemar el pajonal es un crimen. ¡Pobres lo animalitos que viven allí!

La niña como que quería decir algo… pero solo se le llenaron los ojos de lágrimas.

Y en ese momento una espesa niebla bajó de lo alto del castillo del Señor del Rayo, y en el interior de esa masa obscurísima brillaron relámpagos y estallaron truenos.

-¡El Señor del Rayo! –exclamó el Niño-. ¡Ya se fregaron!

La niña miró al Niño, y este entendió que quería saber qué iba a pasar:

-Si huyen rápido, nada; pero, si no, los rayos van a tostar a los que están quemando el pajonal.

-Nosotros sigamos subiendo –dijo el hombre de los aparatos-. Talvez las noticias que yo traigo ayuden a entender lo que está pasando. ¡Vamos!

Cuando llegaron al castillo, se había despejado el cielo. Una fuerte lluvia había apagado los fuegos del pajonal. Y por las últimas faldas se veía a los soldados que habían estado subiendo que bajaban a la carrera en desordenada fuga.

-Lo van a pensar dos veces antes de volver –dijo el hombre de los aparatos.

Y, de pronto, el Niño de las Serpientes se acordó de sus buenas amigas, y le dijo al hombre de los aparatos:

-Usted siga. Yo tengo algo muy importante que hacer. ¡Recién se me acaba de ocurrir! ¡Que bruto que soy! Siga subiendo con la niña.

Y, sin más, se lanzó montaña abajo.

9

Esa noche se reunieron el Rey de la Montaña, el Señor del Rayo y el Niño de las Serpientes en la sala central del castillo del Rey para escuchar al hombre de los aparatos.

El Niño, que había regresado de después de su vertiginosa bajada a rescatar a muchas serpientes de entre los restos humeantes del pajonal para llevarlas a una quebrada profunda y húmeda. Con pena contó que algunas habían muerto quemadas.

Una vez que todos se sentaron (y la niña se sentó aladito del Niño), y el Rey dio la bienvenida al visitante (de quien le había hablado ya el cóndor), habló el hombre de los aparatos:

-Lamento haber llegado tarde con mi aviso. Subía para advertirles que venía todo un batallón de unos que llaman zapadores y otros que manejan lanzallamas y otras armas para hacer lo que llaman “operación rastrillo” o también “peinar la montaña”. Es decir, avanzar sin que nada se oculte

-¿Y esto por qué? –preguntó el Rey.

-Con uno de mis aparatos más sensibles pude captar lo que se habló en una reunión secreta de altos militares. Están furiosos y perplejos por no saber qué sucedió con un avión militar de la potencia amiga que venía para confirmar que la ruta por la Montaña era segura. Saben que lluvia y rayos se dispararon de pronto.

El Rey miró al Señor del Rayo y este dijo:

-Cuando uno de esos pájaros llega con su ruido atronador, que asusta a las criaturas del monte, y echa unos gases que matan a muchas pequeñas criaturas, tormenta y rayos se disparan. No hace falta que se les ordene…

El hombre de los aparatos comprendió que ningún avión podría invadir impunemente la Montaña.

-En lugar de mandar soldados a incendiar pajonales y chaparros, matando a tantos habitantes de la montaña, deberían captar el mensaje y respetar este mundo sagrado –dijo el Niño.

-Los poderosos del mundo no aceptan mensajes de la naturaleza –dijo con pena el Rey.

-Y algo más –añadió el hombre de los aparatos-: una de mis fuentes me ha informado que no descansarán hasta dejar “limpia” la montaña, como ellos dicen.

10

Esta vez se habían reunido muchos más. No solo los generales que estaban sentados a la mesa, sino que había otras mesas con hombres y unos aparatos y en las paredes unas enormes pantallas.

-La situación parece que se está complicando más de lo pensado –dijo el general que estaba sentado a la cabecera, y parecía el más general de todos los generales-. Son ya demasiadas las cosas raras de que se nos informa. ¿No es así coronel de la Tapia?

-Así mismo es, mi general –respondió el de la Tapia-. Porque, en primer lugar, cuando las brigadas avanzaban peinando el pajonal de la montaña ese era un día claro. Y, de pronto, vino niebla y lluvia, y lo peor, rayos. Y los rayos caían sobre los hombres de las primeras líneas…

-Pero las brigadas avanzaban no solo peinando el pajonal, sino quemándolo –reclamó el general que tenía en la cabeza una cinta de colores y ahora, además, una pluma- ¿Usted se peina con fuego?

-Por eso es bermejo –dijo una voz por el lado más lejano, y el de la Tapia estaba que se lo llevaban los diablos.

-Pido, por favor, seriedad, mi general –reclamó el coronel de la Tapia al general que parecía el más general de todos los generales. Y este fulminó con una mirada generalicia al gracioso.

-Pero eso no explica el hecho denunciado por el coronel jefe de inteligencia –dijo otro general, al que el general indio le caía muy mal.

-No, si en la montaña no habitasen espíritus –dijo el general indio.

Y casi todos los de la mesa de los generales menearon las cabezas y miraron al general indio como si mirasen a alguien que delirase. Y los de las mesas más lejanas apenas podían contener la risa.

-Y hay más cosas raras –prosiguió el general de la cabecera, el general que parecía el más general de los generales-. Nos va a informar el jefe de las brigadas que fueron a la montaña.

-Permiso hablo mi general –dijo el jefe de las brigadas que fueron a la montaña.

-Ya le he dicho que informe –dijo, impaciente, el general.

-Lo primero: La patrulla que subió por la cuchilla noreste halló una gran piedra en que estaba escrito CUESTA DEL CUANTO FALTA.

-¿Y eso qué tiene de raro- dijo el general, que estaba comenzando a ponerse malgenio.

-Que eso estaba escrito en letras hechas en la piedra.

-¿Y?

-Que cuanto quisimos poner en la piedra la fecha de la incursión el pico no hizo mella en la piedra. Y después prendimos fuego, y nada. Con los instrumentos que conocemos no se pudieron haber hecho esas letras en esa piedra… Más dura que el granito.

-¿Y eso es todo?

-No, mi general y señores generales. Antes de que se produjese el ataque…

-¿Cuál ataque? –preguntó un general que pensó que se había dormido y se había perdido algo-.

-El dicho, mi general Lentejo –le recriminó, clavándole una mirada generalicia el más general de los generales-: el de la lluvia y los rayos. Siga, señor jefe de las brigadas.

-Antes de que se produjese el ataque se vio volar a un cóndor inmenso…

¿Y? ¿Los cóndores no son inmensos?

-Sí, mi general; pero es que este llevaba atados a las patas dos niños, un niño y una niña-

-Los que vieron eso debían estar con soroche –dijo una voz por el fondo.

-O se tomaron demasiados traguitos por el frío –añadió otra, divertida.

-No, señores todos, no, mi general –respondió el jefe de las brigadas-: hay hasta una foto.

Y se apagaron las luces y sobre una de las grandes pantallas apareció la imagen del cóndor…Y en sus patas había algo…

-Acerquen la imagen… Amplíen y fíjenla a las patas del cóndor… Y

-¡Ohhh! Hubo un murmullo de admiración: no cabía duda… Aunque en imagen borrosa, que no permitía distinguir los rostros, pero no cabía la menor duda: allí estaban los dos niños, atado cada uno a una pata de la inmensa ave-

-¡Increíble!

-¿Y creen ustedes que esto se relaciona con lo que está sucediendo en la montaña? –preguntó otro general, un poco menos general que el gran general.

-Sí, mi general.

-¿Y es todo?

-No: aún hay algo más.

-Diga, coronel.

-Un sargento que no bajó con los demás en la primera huida, porque se había refugiado en una pequeña cueva, dice que vio a un niño que buscaba en el pajonal quemado serpientes. Las tomaba y las llevaba al monte y las dejaba allí.

-¡El Niño de las Serpientes! –exclamó el general indio. ¡El Niño ha llegado!

Y de la emoción tembló la pluma que llevaba en su cintillo de colores, y se zafó y se fue volando por sobre los generales…

11

La cena había sido muy sabrosa. Unas papas cosechadas en el monte con un cariucho y unos huevos de codorniz. El niño y la niña habían bajado hasta el bosquecillo de las codornices y los habían recogido en un lugar en que las hermosas aves dejaban huevos para el Rey de la Montaña.

Y había terminado con una infusión de hojas de menta recogidas también por los niños en un prado que olía todo él a menta.

A la mañana siguiente se levantaron los niños con el sol y fueron a la sala del Consejo porque parecía que allí sucedía algo.

Estaban allí, en sus altos asientos, el Rey de la Montaña y el Señor del Rayo. Junto a ellos, muy quieto, muy señor, muy serio, el cóndor.

Y delante, en amplio semicírculo, muchos animales. Por grupos. Del grupo de venados se había adelantado uno grande y al parecer viejo, y hablaba:

-De seguir así esta matanza, pronto en todo el país no quedará ninguno de nosotros. Suben a buscarnos en nuestros dominios los humanos y por diversión nos matan…

Habló entonces el Rey de la Montaña:

-Ilustre y sabio gran venado, señor de los páramos de por donde el sol se pone, es doloroso lo que denuncias. El hombre se ha convertido en la peor de las fieras. Hace algo que ninguna fiera hizo nunca: mata por gusto, por entretenimiento, por…

-Hobby –se le escapó al Niño de las Serpientes, que se había ido acercando al borde del semicírculo.

-¿Y eso qué es? –repreguntó el Rey.

-Es lo que más gusto les da a los humanos. Lo que hacen en sus tiempos libres.

-Sí, eso es –dijo el Rey, y, al ver que todos los animales miraban, entre curiosos y recelosos, al pequeño humano, siguió:

-Les presentó al Niño de las Serpientes, amigo de las serpientes, del cóndor y muy pronto de todos ustedes.

Y, dirigiéndose al Niño, le invitó:

-Ven a sentarte acá, junto a nosotros.

El niño, antes de ir a sentarse en una grada al pie de los señoriales asientos, se volvió, tomó de la mano a la niña y la llevó con él.

Prosiguió el Rey de la Montaña:

-Te invito, gran venado, y a toda tu tribu a venir a la Montaña sagrada. En la parte que da a los grandes nevados hay mucho alimento para ustedes, y no permitiremos que nadie, por nada, atente contra ustedes. Ni el ruido monstruoso de los pájaros plateados se permitirá en la Montaña. Tienen mi palabra y la del Señor del Rayo.

De pronto los venados se pusieron tensos. Temblaban sus patas, sus hocicos venteaban peligro, se movían inquietos.

El Niño de las Serpientes se asomó a la ladera que iba a dar al castillo y regresó hacia el venado grande y le dijo:

-No temas. Son lobos, sí, pero aquí no atacarán a ningún animal. Esto es tierra sagrada del Señor de la Montaña. Tranquiliza a toda tu manada.

Y, apenas se tranquilizaron, cuando entraron en el gran anfiteatro y en la gran sala del Consejo cosa de doce lobos, grandes y bellos. Y uno pequeñito. Un lobezno. La niña, que también se había asustado, pero ya estaba tranquila, fue a él, y lo tomó en brazos. El lobo jefe de la tribu asintió gravemente moviendo la cabeza.

-Bienvenido, hermano lobo –dijo el Rey de la Montaña-, ¿qué te trae por acá?

-Su majestad –dijo el lobo mayor-, vengo a pedirte consejo. Los humanos nos están exterminando. Vienen a nuestros territorios en grandes máquinas y nos persiguen por todos lados. Nos matan sin que mis hermanos les den motivo… Saludo también al Señor del Rayo y al más noble y sabio de los cóndores. Y al Niño de las Serpientes, de quien ya había oído hablar. Y veo –dijo guiñando un ojo- que se ha conseguido una niña…

-Todos te devolvemos el saludo, hermano lobo, a ti y a todos los representantes de tu tribu que nos honran con esta visita. ¿Querrías decirnos algo más?

-Sí, señor de las alturas. Ha venido desde muy lejos uno de nuestros hermanos y nos ha contado una historia que sería bueno que la escuchaseis.

-¿Y dónde está?

-Aquí mismo –dijo el gran lobo.

Entonces salió de entre los otros lobos un hermoso lobo gris, y comenzó a hablar. Dijo:

-Vengo de muy al norte. De la Península de Michigan. En esas tierras estábamos en peligro de desaparecer del mundo. Solo quedábamos treinta. Y los cazadores de venados nos perseguían para matarnos. Pero un hombre se preocupó por nosotros. El dijo que éramos una especie en peligro de extinción y que se nos debía proteger. A un individuo que mató a uno de nosotros lo metieron a la cárcel y le hicieron pagar bastante dinero. Otro que había matado a uno de nuestros hermanos, y además un lobito muy jovencito, tuvo que esconderse y escapar. Ahora ya no es solo ese señor quien nos protege: lo ayudan varios otros. Gracias a todos ellos ya no somos solo treinta, sino 174.

Calló el hermoso lobo gris y todos los presentes lo miraron con admiración. El Rey lo animó a terminar de entregar su magnífica historia.

Terminó el lobo gris:

-A mí me han enviado mis hermanos para que en todas partes donde los lobos se estén acabando cuente esto, a ver si por esos otros lados aparece un señor como el de las tierras de donde vengo que cuide a los lobos y logre que se castigue a los que nos matan.

Calló y se hizo un gran silencio. Fue el Niño el primero que rompió a aplaudir. Y lo siguieron todos los animales y aves. Con alas, garras, cascos, pezuñas. Y cada grupo con los mejores sonidos de que eran capaces.

12

Escuchar la historia del lobo llegado de la península de Michigan sugirió la idea. La dijo el Niño de las Serpientes. Habló con el Rey de la Montaña y con el Señor del Rayo y les dijo:

-Lo que dijo el lobo venido de tan lejos me ha dado una idea: todos los animales que están siendo perseguidos por los hombres y que ven sus familias en peligro de desaparecer para siempre del mundo podrían venir a la Montaña Sagrada. Aquí estarían seguros. Ya han venido los  venados y los lobos. Y el Cóndor ha traído a todos sus parientes, los pocos que quedaban.

-Me parece bien –dijo el viejo Rey-; pero no todos los animales podrán hallar en la Montaña Sagrada lo que necesitan para vivir…

-Sí –dijo el Niño-: no pueden venir los animales de las selvas. Hay muchas serpientes que solo pueden vivir en la selva. Y así también unos monos. Y, claro, los lagartos, que viven junto a grandes ríos y les encanta el lodo. Pero los que puedan vivir aquí.

-Bueno, bueno –apoyó el Señor del Rayo-. Yo les protegeré en su venida. Pero, ¿cómo les avisamos?

-¿Puedo hablar con el señor Cóndor? –preguntó el Niño.

-Sí, hazlo –le respondió el Señor de la Montaña.

13

Y entonces  ocurrió algo que maravilló a todas las gentes que vivían por los alrededores de la gran montaña: por varios caminos, por potreros, por bosques, por cañadas y lomeríos, iban hacia la montaña filas, largas filas de animales. Unos caminando; otros, como unos conejos, saltando; otros con sus carreritas típicas; algunos huidizos, mirando a un lado y a otro, como unos zorros rojos…

Y hubo algo aun más extraño. Subía una larga hilera de venados, y un cazador avisó a sus amigos, y llegaron en dos carros, todos con rifles y escopetas. Pero, cuando el que se había adelantado iba a disparar, cayó de lo alto una enorme piedra sobre uno de los dos carros y lo aplastó. Y los cazadores, del susto, tiraron sus rifles y escopetas y todo lo que llevaban, y se dispararon a la carrera y no pararon hasta un pueblo que esta bastante alejado. El que había estado a punto de disparar del susto no vio nada. Pero sus compañeros dijeron que vieron volar por encima un enorme cóndor.

            Y a las interminables filas de animales que subían a la montaña se unieron bandas de aves.

Y la cosa era tan extraña, tan nunca vista, que una revista famosa, llamada National Geographic Magazine (“Magazine” significa revista) envió a un periodista con uno de sus mejores fotógrafos para que contasen y mostrasen imágenes de lo que estaba pasando.

Iban a ir a la montaña en un helicóptero, pero las gentes de uno de los pueblos de la zona les dijeron que ni se les ocurra y les contaron que cuando unos militares habían querido ir a la montaña en helicóptero les habían llovido rayos del cielo. Unos rayos tremendos…

-Tonterías de estas gentes que viven en tiempos pasados –se rió el periodista, que era gringo, y se embarcaron en un hermoso helicóptero él y el fotógrafo.

Iban acercándose a la montaña cuando un cóndor –el más grande que hubiesen visto nunca- voló tan cerca de la nave que el piloto tuvo que bajar violentamente y casi se estrella.

El periodista le gritó al fotógrafo:

-¡Tómale fotos al cóndor!

-Rodé, y no sé por donde está la cámara.

Y ese rato cayó, justo delante del helicóptero, un rayo. Y, aunque la mañana había estado despejada y con sol, se vino un diluvio.

El piloto, aterrorizado, enfiló hacia la ciudad, sin que le importasen los gritos del gringo.

14

De todas las caravanas, hileras y grupos de animales y aves que llegaban a la montaña ese fue el más impresionante.

¡Una masa de cóndores!

Nunca se había visto nada igual. Casi taparon el sol volando muy cerca uno de otro.

-Más de cuarenta –dijo el Niño de las Serpientes, que no alcanzó a contarlos.

-Cuarenta y siete –dijo la niña.

¡Y esas fueron las primeras palabras que pronunciaba!

El Niño se volvió a mirarla y se sonrió: o sea que la niña sí hablaba. Alguna vez podrían conversar. Ahora no, porque el gran Cóndor se estaba acercando.

El Cóndor se posó junto a los niños. Se le sentía que rebosaba de complacencia.

-Pero faltan dos –le dijo el Niño-: los dos del gran zoológico. Unos que están en una jaula inmensa.

-No faltan –dijo el Cóndor, y, misterioso, no dijo más.

-No hay jaula  -añadió- que sirva para un cóndor: estamos hechos para los grandes espacios de las cordilleras y las altas montañas.

Dio dos saltos, extendió las alas y de un solo golpe de esas alas poderosas estuvo en lo alto, volando hacia donde había ido la bandada de cóndores.

15

Otra vez estaban reunidas autoridades del gobierno y militares con muchas estrellas, y esta ocasión expertos en muchas cosas. Y aun más que la última vez pantallas, enormes pantallas, y montones de aparatos.

-Señores –dijo el más general de los generales, que presidía la cabecera de la enorme mesa en forma de U-: he convocado a esta reunión urgente del Consejo ampliado porque este asunto de esa  tal montaña está saliéndose de todo control. Y periódicos, canales de televisión, radiodifusoras han comenzado a fastidiar. Que qué mismo es lo que pasa. Que por qué se caen los aviones. Que por qué no se ha podido llegar al lugar en que cayó el avión de la misión internacional, y si es verdad que se han caído ya dos helicópteros, y que qué es lo que pasó con el helicóptero de la National Geographic. Y esto último ya ha salido en un canal internacional de noticias.

Y siguió:

-Antes de instalar la sesión, doy la bienvenida al general George Blackmountain, experto mundial en lugares montañosos donde suceden cosas extrañas y graves. ¡Bienvenido, general!

Hubo un aplauso y el gringo, que era alto, alto, y flaco, flaco, con poco pelo y, claro, hablaba como gringo, se puso de pie para agradecer:

-Gracias, gracias, teinquiu verimoch. Yo estar contento de poder ayudar. Pero, antes, explicar a mí qué mismo estar pasando.

Un general, que había preparado un informe, se levantó y comenzó:

-Hace unas semanas un avión de su gran país, que había venido para abrir una ruta por sobre la gran montaña del norte…

-La Montaña Sagrada –dijo, bajito, el general indio que lucía esta vez un cintillo hecho de plumas de colibrí.

El que leía el informe no iba a hacer caso de ese comentario, que, además, casi nadie había oído. Pero el general gringo paró las orejas y, sin importarle cortar el informe, se volvió a ese extraño general del cintillo de plumas:

-¿Cómo? ¿Cómo es eso? ¿Qué es lo que usted decir, señor general?

-He dicho la Montaña Sagrada. Ese es el nombre que tiene la gran montaña del norte entre todos los pueblos indios, señor general.

-¿Y por qué llamarla así? –se interesó el general gringo.

-Porque es territorio sagrado. Nada puede turbar su silencio y la paz de las criaturas que la habitan.

-¿Y quiénes habitar esa montaña?

-Solo sabemos del Señor de la Montaña, del Señor del Rayo y del Niño de las Serpientes. Y, claro, hay toda clase de animales y aves.

-Y un montón de cucos en los que cree el general Pachakutik –se rió bajito uno de esos coroneles que se reían de todo.

El general indio le clavó una mirada como la que lanza un águila sobre su presa, y el chistoso se hizo bajito, bajito en su silla. El general más general que todos los generales  hizo una señal para que se siguiese con el informe, pero el general gringo, al que no se le escapaba nada, se volvió al chistoso y le preguntó:

-Usted decir que también vivir en la montaña esa cucos… ¿Qué cosa ser cucos?

El chistoso no sabía cómo salir del apuro. Solo atinó a decir:

-Cucos es algo así como fantasmas… Ghosts, como los de Scrooge…

-¡Ah! Ya entender –dijo, serio, el general gringo-… O sea que no se les ve…

Y el general más general de todos los generales no sabía cómo dejarse de cucos y volver al informe. Sin querer lo ayudó el general gringo. Porque se volvió al general indio y le preguntó:

-¿Y usted cómo saber que vivir en ese mountain Señor de la Montaña, Señor del Rayo y el boy ese?

-Hay muchas cosas que sabe mi pueblo –dijo el general indio, misterioso. Y no dijo más.

-Bueno, sigamos con el informe –cortó el general más general de todos los generales.

-Pues, bien, ese avión cayó.

-¿Y por qué caer ese avión, que ser uno de los mejores del mundo?

-Esto es lo extraño. El informe dice que era un día claro y las condiciones meteorológicas óptimas. Y, de pronto, el piloto dijo: ha comenzado a caer una tormenta terrible. Visibilidad cero. Y caen rayos. Caen sobre el avión. Y se cortó la comunicación.

-Y eso, ¿haber pasado otras veces?

-No. Nunca. Ha sido algo muy extraño.

-¿Y haberse hecho reconocimiento de los restos del avión? Eso podía ayudar a saber qué haber pasado –dijo el general gringo, que cada vez entendía menos lo que estaba pasando.

-Nunca se ha podido llegar al sitio en que se supone que cayó la nave. Si se va por aire, vuelven vientos, verdaderos huracanes, tormentas y rayos. Y por tierra, un gran equipo que subía peinando la montaña, en un día soleado, de pronto se precipitó sobre los hombres lluvia, un diluvio, y rayos. Rayos que parecían estar dirigidos contra ellos. Tuvieron que huir.

-¿Querer decir que montaña ser inexpugnable?

-Eso, exactamente, general Blackmountain. Y hay más.

--¿Más ­todavía? Esto parecer cuento de terror –dijo el general gringo medio reído.

-De cucos –volvió a reírse, esta vez más bajito aún el coronel chistoso.

Y, antes de que el gringo se volviese al de los cucos, el general más general de todos los generales le dirigió una mirada asesina, y exigió:

-Señor general, siga con su informe.

-Sí, hay más: hay un cóndor inmenso que parece defender la montaña. A unos cazadores que fueron a cazar unos venados que subían hacia la montaña el cóndor les dejó caer una enorme piedra sobre uno de los vehículos. Huyeron aterrorizados. Y el cóndor atacó el helicóptero del equipo de una revista internacional que había venido a cubrir la información. El piloto a duras penas pudo hacer girar la nave y escapar.

Se hizo un gran silencio. Y entonces pidió autorización para hablar el general indio.

-Le escuchamos –autorizó el general más general.

-Señor general Blackmountain: conozco por pueblos indios hermanos de Norteamérica que usted es respetuoso de las sabidurías ancestrales de nuestros pueblos y, varias comunidades de su país, le han agradecido por acciones suyas para proteger sus derechos y costumbres. Yo creo que usted sí puede comprender lo que está pasando: la Montaña Sagrada se ha convertido en un lugar que el hombre no puede destruir. No sé si se le ha informado a usted que allá han llegado manadas de animales y bandadas de aves. Animales que son perseguidos y están por desaparecer, como lobos y venados, y cóndores. Gentes de pueblos indios y de otros pueblos han visto a los últimos cóndores ir hacia la montaña. Yo creo que hay fuerzas que están defendiendo ese territorio donde se salvará la naturaleza de la invasión destructora de lo que llaman civilización. Por eso no dejan volar por allí aviones. Esas enormes máquinas acaban con el silencio, asustan a los animales y acaban con la pureza del aire.

-Pero ¿quién ser el que atacar aviones y soldados que van al monte?

-Eso no lo sabemos los pueblos indios –dijo el general indio.

-Nadie lo sabe –añadió el general más general, que presidía la reunión-. Por eso solicitamos la ayuda de la gran nación,  que usted, señor general Blackmountain, representa. Queremos, lo primero, que nos ayude a conocer qué está detrás de esos ataques. Si no, nada  podemos hacer.

-Mi creer que poder ayudar a ustedes para saber qué estar pasando con esos ataques. Entregaré a sus servicios de inteligencia toda la información de nuestros satélites. Y vamos a enviar aviones de reconocimiento a la zona. Aviones no tripulados. Son muy silenciosos, y en la noche prácticamente ser invisibles.

-No para el cóndor y los búhos –dijo muy, muy bajito el general indio. Y esta vez no le escuchó ni el general gringo.

16

Aunque esa reunión había sido súper, súper secreta, cuando salió el general Blackmountain le esperaba una verdadera manifestación de periodistas y fotógrafos, con montones de cámaras y micrófonos.

-General, general, ¿qué mismo está pasando? ¿Por qué no se informa nada a la ciudadanía?

-General, ¿por qué ha pedido nuestro ejército su ayuda?

-General, ¿se sabe algo del avión caído? ¿Es verdad que nadie ha podido llegar hasta el lugar donde cayó?

-General, general, general…

Varios militares trataron de llevarse al general gringo y salvarlo del asedio de los periodistas, pero él prefirió hablar ante las cámaras y micrófonos:

-Mí todavía no saber exactamente qué estar pasando. Después de una larga reunión con generales y técnicos, tener las mismas preguntas que ustedes. Pero pronto mí esperar tener respuestas. Vamos a emplear técnicas muy buenas para averiguar qué está pasando. Y ustedes ser los primeros en saber.

Y entonces los militares recibieron orden de sacar inmediatamente al  general gringo de la trifulca, antes de que siguiera haciendo declaraciones en cosas que el alto mando consideraba reservadas, muy secretas, “top secret”.

Y fue inútil que los periodistas le gritasen y llamasen al general gringo.

17

            SIGUE EL MISTERIO EN

            LA MONTAÑA DEL NORTE

 

            NO SE SABE NADA DEL AVIÓN

            SINIESTRADO EN LA MONTAÑA

 

            ¿QUIÉNES VIAJABAN EN EL AVIÓN

            CAÍDO EN LA MONTAÑA DEL NORTE?

 

            ¿POR QUÉ NO PUEDEN LLEGAR  LAS

PATRULLAS AL LUGAR DEL SINIESTRO?

 

¿ES VERDAD QUE UN CONDOR ATACÓ

A LOS ENVIADOS DE “NATIONAL GEOGRAPHIC”?

 

VERSIONES CONTRADICTORIAS SOBRE

SUCESOS DE LA MONTAÑA DEL NORTE

 

ALTO MANDO MILITAR

SUMIDO EN MUTISMO

 

GENERAL EXTRANJERO LLEGA A AYUDAR,

PERO DICE AUN NO SABER NADA.

 

Estos eran algunos de los titulares de la prensa nacional al día siguiente de la reunión de los generales.

Y la curiosidad y la inquietud crecían.

Así que no era de extrañarse que todas las televisiones del país sintonizasen el canal 33 que anunciaba para esa noche un programa especial sobre el misterio del avión caído en la montaña del norte y todas las otras cosas raras que se decía estaban pasando.

Pero esa noche, a la hora anunciada para ese programa, quien se presentó fue un funcionario de Mordazatel, una institución del gobierno que controlaba la televisión, e informó:

-El programa que iba a presentarse esta noche no ha sido autorizado. Por razones de seguridad nacional, y porque las informaciones que se iban a trasmitir eran solo rumores y mentiras. En las próximas horas el gobierno y el ejército emitirán un boletín con información oficial. Pero, por el momento, puedo responder a dos preguntas:

1. ¿Quiénes viajaban en ese avión?

Militares. Militares del país amigo que colaboraba con el envío de ese avión. Y un solo civil. A los familiares de ese civil se les ha comunicado.

2. ¿Va a haber nuevos vuelos por la montaña?

Sí. Próximamente habrá vuelos de observación.

¡Gracias!

18

En la montaña sagrada la niña se había hecho amiga de los venados y jugaba con los venados pequeños.

-Se llaman cervatillos –le dijo el Niño de las Serpientes.

-Son lindos –dijo la niña. Y era la segunda vez que hablaba.

Antes de que dijese esas dos cosas, el niño había llegado a pensar que la niña era  sordomuda. Inteligente, claro que era. Y muy inteligente. Pero no hablaba.

Al ver que ya le decía cosas, el niño le preguntó:

-Tú, ¿dónde vivías?

Y la niña señaló hacia la gran ciudad que blanqueaba a lo lejos.

-¿Te gustaría volar, para que la señales? –le preguntó el Niño.

Y la niña movió afirmativamente la cabeza.

Así que el niño fue a esperar al cóndor cerca del nido de su compañera, donde estaban dos polluelos de cóndor. Y cuando el cóndor se acercó majestuoso y se posó sobre el nido, en una roca saliente, el niño lo saludó muy respetuosamente y le pidió:

-Señor Cóndor, ¿podría llevarnos a la niña y a mí a ver la ciudad grande que esta por allá, en esa dirección?

-Sí, pero sin bajar mucho –repuso el cóndor.

Así que el niño amarró con unas lianas a la niña a la una pata del  ave gigantesca, y a la otra se amarró él mismo.

Y comenzaron el vuelo. Se elevaron por encima de las nubes y casi sin que el cóndor tuviese que mover las alas se hallaron volando sobre la ciudad.

-¿Es esta tu ciudad? –preguntó el Niño a la niña.

Ella le hizo una señal de que sí y le dijo que pidiese al cóndor que bajase un poco.

-Por favor, señor Cóndor, ¿podrías bajar un poquito más?

19

El primero que se dio cuenta fue el búho mayor, que se pasaba toda la noche con sus grandes ojos verdes bien abiertos.

Era un búho grande y viejo, y sabio, no solo por viejo sino por una curiosa circunstancia de su historia pasada. De joven había sido el compañero de un extraño personaje que vivía en el Valle de los Maíces Dorados. Este extraño humano dormía de día y se levantaba cuando ya obscurecía. Y con el búho se metían en un antro lleno de cosas mágicas y de libros. Muchos, muchos libros, desde enormes libracos con tapas de pergamino hasta libros sencillitos, que a veces eran los más sabios. Eran los que a veces el hombre leía al búho. Pero eran pocas veces. Casi siempre escribía, y escribía, y escribía. Alguna noche, dijo al búho: “Esto te puede interesar”. Y era una historia de fantasmas. Aterradora. Al búho se le pudieron las plumas de punta, aunque él, como habitante de la noche, no se asustaba por nada. Bueno, por casi nada. Y así, el personaje aquel le leía historias algunas noches al búho. Y, si el búho daba chilliditos, era que estaban bien. El búho no lo sabía, pero entre los humanos se habría dicho que era un buen crítico literario.

Bueno, pero ¿de que se dio cuenta el sabio búho mayor?

De que tres aviones se acercaban a la Montaña Sagrada. Silenciosos y disparando de vez en cuando un rayo de luz.

El búho mayor se pegó un vuelo rápido y llegó adonde el Cóndor.

-Noble señor Cóndor, perdón por perturbar tu sueño y el de la digna familia –que ojalá no se despierte-. Pero he visto que tres pájaros mecánicos, de esos que vuelan sin mover las alas, y que los humanos llaman aviones, se acercan a la Montaña.

Agradeció el Cóndor el aviso, tomó vuelo y se lanzó hacia la negra noche.

Y los vio: eran tres naves no muy grandes que estaban ya sobre la montaña. Clavó el Cóndor los ojos en ellos y vio algo muy raro: nadie iba en esas naves. ¡Ni el que solía manejar a esos pájaros metálicos, que siempre iba delante! ¿Sabría algo de eso el Niño?

Voló hasta la cueva donde dormía el Niño. Entró con pasos sigilosos y retocó con el pico.

-Vamos –le dijo-. Quiero que veas algo.

El Niño abrió los ojos, se sacudió y apartó su cobija de lana de borrego y llamas, regalo de ovejas y llamas que habían venido a la Montaña Sagrada.

El Cóndor lo tomó entre sus garras y se elevó.

-Mira –le dijo- ¿Ves esos pájaros metálicos que vuelan sin mover las alas? No hay nadie en ellas. Ni esos que van delante dirigiéndolas.

-Pilotos –dijo el Niño-. Acércame un poquito más…

-Sí –dijo el Niño-. No hay nadie. Ni piloto.

-Entonces, ¿son pájaros? –preguntó el Cóndor.

-No –le dijo el Niño-; son aviones. Creo que se llaman “naves no tripuladas”.

-¿Y para qué sirven, si nadie va en ellas? –se extrañó el Cóndor.

-Sirven para espiar. Toman fotos y mandan esas fotos. Cuando es en guerra, con esas fotos saben los que mandan esas naves donde hay que atacar.

-Entonces, son peligrosos para la Montaña y sus habitantes…

-Sí. Son peligrosos.

Le bastó aquello al Cóndor. Volvieron sin perder un segundo al castillo y despertaron al Rey de la Montaña. Y le contaron lo que habían visto.

-Gracias –dijo el Rey-, y agradezcan muy especialmente al búho mayor.

-¿Y qué harás? –le preguntó el Niño al viejo Rey.

-Esto es asunto para el Señor de los Vientos –le respondió-. Tiene miles de años y se llama Eolo.

Los aviones no tripulados se acercaban ya a las explanadas de delante del castillo.

Y entonces, un viento huracanado los arrastró, jugó con ellos como si fueran naves de juguete e hizo que se chocaran el uno con el otro. Los tres se hicieron pedazos  y cayeron a tierra.

Y la montaña volvió a estar a salvo de miradas intrusas.

20

Desde que la niña vio desde el aire la parte de la ciudad donde vivía y, a lo mejor, hasta su casa, se la veía un poco triste.

-Creo que la niña está algo triste –dijo el Niño al Rey de la Montaña-. Y es desde que fuimos con el Cóndor a volar sobre la ciudad y el Cóndor bajó un poco para que ella pudiera reconocer su barrio y no sé si hasta su casa. ¿Será que quiere volver a su casa? Es posible que tenga padres, familia…

Reflexionó un rato el Rey de la Montaña, y habló:

-No sabemos quién sea la niña; no sabemos tampoco por qué viajaba en ese pájaro plateado, y si alguien de los que iban allí era su padre o pariente. Tú me dices que ha reconocido dónde vivía…

-Más o menos –dijo el Niño-

-Pues, si es así y si quiere irse, es justo. Pero ¿cómo sin poner en riesgo la Montaña y a todos sus habitantes?

-Se me ocurre algo –dijo el Niño-. Cuando venga el señor de los aparatos, que sube los sábados por la quebrada de las grandes rocas hablo con él y hacemos un plan.

-Tráelo para acá –dijo el Rey.

Y así fue. El sábado, muy temprano, bajó el Niño de las Serpientes hacia el lado de las grandes rocas rojizas. Iba acompañado de dos lobos. Los lobos alzaban sus cabezas, venteaban al hombre extraño y se adelantaban. El Niño los seguía.

Hacia el medio día los lobos aullaron y señalaron hacia una parta del roquerío. El Niño bajó a la carrera y, tan pronto como divisó abajo al hombre de los aparatos, le gritó:

-Soy yo… No tenga miedo de los lobos. Son mis amigos. Quiero hablarle.

Bajó un poco el Niño por un desfiladero. Subió otro tanto el hombre y se juntaron. Se saludaron afectuosamente.

-¿Qué novedades hay por allá, por la tierra de los humanos? –preguntó el Niño.

-Ahora te las cuento –dijo el hombre-. Y por acá, ¿todo bien?

-Bueno, verá –le contó el Niño-. Sí tenemos una novedad, y por eso bajé a verlo. Hace poco fuimos la niña y yo, volando con el Cóndor a ver la ciudad de lo alto. Y la niña pidió que el Cóndor bajase, y él bajó bastante. Y parece que la niña reconoció la parte dónde vivía y talvez hasta su casa…

-Pero la niña, ¿qué dice?

-Habla. Creíamos que era muda, pero no: ha hablado. Pero solo habla cuando quiere. Inútil hacerle preguntas. A lo más contesta moviendo la cabeza. Ahora la veo triste. A lo mejor porque quiere volver a su casa. El Rey de la montaña quiere que conversemos para ver cómo podríamos hacer que la niña vuelva a su casa, si es eso lo que quiere, pero sin poner en riesgo la Montaña.

Así que subieron hasta el palacio del Rey de la Montaña el hombre de los aparatos, el Niño de las serpientes y los dos fieles lobos.

21

Esa noche todos los aparatos de televisión de la ciudad y del país estaban puestos en el canal 4. Se había anunciado unas revelaciones sorprendentes sobre lo que estaba ocurriendo en la montaña del norte. La única persona que había estado allí iba a presentarse.

-¿Y responderá preguntas? –inquiría un periodista a un colega.

-Ojalá. Hay muchas cosas que preguntar. Por lo poco que se conoce todo parece tan extraño.

-Y lo peor –añadía otro periodista, al que le gustaba saber todo lo que estaba pasando- es que parece que se está ocultando mucho de lo que pasa allí. ¿Por qué se esconde la información?

 

Y así, por todos lados se multiplicaban preguntas y crecía la curiosidad general.

En las afueras del edificio del canal se había reunido una enorme multitud, y el gentío crecía de minuto en minuto. Había corrido el rumor de que el gobierno iba a impedir que saliese al aire el programa anunciado sobre la montaña del norte.

-¡No lo permitiremos!

-¡Ya basta de censura!

-¿Por qué no quieren que se sepa la verdad?

-El pueblo tiene derecho a saber.

-¡Abajo la censura!

Y la muchedumbre se agitaba impaciente y lista para estallar si no se les permitía ver el tan esperado programa.

Las nueve en punto de la noche.

La hora anunciada para el programa. Se hizo un gran silencio y en una enorme pantalla apareció el anunciador y dijo:

-Cumpliendo con lo ofrecido, está ante nuestras cámaras la única persona que ha estado en la montaña del norte y puede decirnos lo que está pasando allá. Y él ha dicho que responderá preguntas.

Y apareció en la pantalla el hombre de los aparatos.

-Buenas noches –le saludó el presentador del programa-. Dígale a nuestra enorme audiencia nacional cómo y por qué ha estado usted en la montaña donde han ocurrido esos accidentes de los que se han filtrado algunas noticias. ¿Y qué otras cosas extrañas han pasado?

-Buenas noches, todos mis conciudadanos –dijo el hombre de los aparatos-. Es un gusto poder presentarme en este canal televisivo, tan visto en todo el país, para informar sobre esos sucesos y para cumplir la misión que se me ha encomendado.

-¿Una misión? ¿Cuál? ¿Encomendada  por quién?

-Vamos en orden, ya llegaremos a eso –dijo el hombre de los aparatos, a quien, como buen científico, le gustaba avanzar paso a paso.

-Yo soy geólogo –comenzó el hombre de los aparatos-, y voy a esa montaña con mi equipo para estudiar su historia geológica, su edad, su composición. Cierto día, cuando subía por la ladera oriental, por uno como inmenso río de grandes bloques de rocas, vi venir bandadas de aves de presa. Halcones, milanos, quilicos, aguiluchos… ¡Qué se yo! Parecía que querían atacarme. Y yo, aterrorizado, no sabía qué hacer. Y entonces apareció un niño. Y como que llamó al que parecía jefe de la gran bandada y pareció decirle algo. Y las aves se fueron. Entonces el niño se acercó a mí y me preguntó si yo era uno de los que querían destrozar la montaña con vías, montones de casas, basureros, aguas sucias y ruidos y todas esas cosas de los humanos. Le dije que no. Que solo me interesaba conocer la montaña. Su historia, su naturaleza. Que yo amaba la vida de la montaña. “Entonces eres amigo”, me dijo el niño. Nos hicimos, pues, amigos, y varias veces cuando subía a mis estudios, él bajaba a saludarme. Casi siempre bajaba acompañado de dos hermosos lobos.

-¡Uhhhh! ¡Ahhh! ¡Ohhh! –se oyó en la multitud, que cada vez estaba más admirada por lo que escuchaba.

-Un día el niño me dijo si quería conocer al Rey de la Montaña, y le respondí, encantado, que sí. Así que me condujo hasta un castillo, en lo alto, muy, muy arriba. Allí me recibió el Rey de la Montaña. Y me dijo: “Yo y el Señor del Rayo y el poderoso Eolo, el señor de los vientos, y los jefes de bandadas y manadas defenderemos la Montaña Sagrada para todas las criaturas que el hombre está acabando. No permitiremos que se turbe la paz y felicidad de que aquí gozan todos los animales perseguidos por la crueldad humana”

-¡Ah! ¿Por eso se cayó el avión que iba a abrir la ruta por la montaña? –interrumpió el presentador.

-Sí: rayos, truenos, vientos, lluvias defienden la montaña.

-¿Y qué hay de los aviones no tripulados que se dice que fueron a investigar?

-Me contó el niño que, aunque son silenciosos y vuelan de noche, sin luces, los búhos vigilantes los descubrieron y avisaron al Cóndor, que es el jefe de las aves, y este al Señor de la Montaña. Y, aun antes de que le pidiese ayuda, Eolo, el señor de los vientos, envió un huracán que hizo añicos esos aviones intrusos. Eso me contó el niño la última vez que estuve con él.

-¿Y las brigadas que fueron por tierra?

-Salvajemente quemaron los pajonales de la parte baja. Y el niño tuvo que salvar a las serpientes. Esto parecería cuento, si no fuera porque hay un testigo que lo vio –comentó el presentador.

Y, como se sentía que había verdadera impaciencia por comenzar a preguntar a ese señor que había estado en la montaña, todos se olvidaron de lo que había anunciado sobre cierta misión, y el presentador comenzó a escuchar preguntas.

Un periodista sensacionalista preguntó una zoquetada y el hombre de los aparatos respondió secamente: “No sé”.

Le tocó el turno a la gente. Un señor que parecía muy serio alzó la mano y le dieron la palabra:

-Un grupo de jóvenes quiso subir a esa montaña y les atacaron una manada de lobos feroces. Algunos fueron mordidos. Algunos de esos adolescentes son hijos de ciudadanos prominentes del país. ¿Sabe usted algo de esto?

-De esto sí sé –respondió el hombre de los aparatos-. Esos jóvenes estaban prendiendo fuego a los chaparros, y cerca de un gran bosque. Lo vio desde el castillo del Señor de la Montaña un lince. ¿Sí habrá oído eso de “tener ojos de lince”? Pues esas aves ven a enormes distancias. El lince vio lo que esos intrusos estaban haciendo y avisó a los animales guardianes. Y entonces salieron los lobos y asustaron a los pirómanos. Y hasta parece que les mordieron. Un poco. ¿No cree que debían ser castigados esos criminales pirómanos que cada año queman miles de árboles?

-Pero para eso está la policía y la justicia.

-¡La policía! Hasta que se entere y llegue ya se han perdido hectáreas de bosque. ¡Y la justicia! Esos ciudadanos “prominentes” que usted dice habrían liberado a sus hijos sin que haya quien los acuse ni juez que se comprometa.

Un gran aplauso de la multitud mostró su aprobación a lo expuesto por el personaje aquel, que ya se veía que sabía muchas cosas de la montaña misteriosa.

Y vino otra pregunta, desde el público:

-Dicen que, además de ese misterioso niño, hay en la montaña una niña, ¿es cierto?

-Sí –respondió el hombre, y por la niña es por quien estoy aquí, enviado por el Rey de la Montaña y por el niño, que se llama el Niño de las Serpientes.

Hubo un murmullo general y exclamaciones. Los más impacientes protestaron. “¡Ya cállense! Dejen que hable”. Se hizo otra vez el silencio, un silencio tan espeso que podía cortarse con un cuchillo (como pensó un poeta que estaba entre la multitud). Y el hombre continuó:

-En el avión que se cayó por la quebrada grande, a más de los militares, iba una niña. Y la niña sobrevivió. El Niño de las Serpientes fue al lugar del accidente llevado por al gran Cóndor. Bueno, no hasta abajo. El Cóndor no podía bajar a la angosta quebrada. Pero llevó al niño hasta un pico cercano. De allí bajó el niño, que es muy hábil para subir y bajar por las rocas. Y llegó a donde estaba la niña, y la subió. Subieron hasta el pico donde el Cóndor había dejado al niño y el los vio desde lo alto y bajó a recogerlos, y los subió hasta el castillo del Señor de la Montaña.

Y las preguntas llovieron:

-¿Dijo esa niña quién era?

-¿Y por qué viajaba en ese avión de militares extranjeros?

-¿Y la niña está bien?

-¿No está la niña secuestrada en la montaña?

El presentador del programa, a gritos, pidió orden.

-¡Orden, orden! Un poco de orden. El señor responderá a las preguntas, pero de una en una.

           Y el hombre comenzó:

           -La niña está bien.

-¿Está secuestrada?

-No: está muy a gusto.

-¿Y por qué iba en ese avión?

-Esto no se ha podido saber porque la niña no hablaba.

-¿Es sordomuda la niña?

-No. Después de un tiempo comenzó a comunicarse… Pero con los animales. Y parecía entender lo que el niño le preguntaba…

-Pero ¿por qué no hablaba la niña, si no era muda?

Entonces se alzó del fondo una vez, y dijo:

-Es autista.

Todos se volvieron al señor que había dicho eso, y se alzó un griterío:

-¿Y eso qué es?

-¿Y cómo sabe eso de la niña?

-¿La conoce?

-¡Que hable!

-¡Que hable!

Y el personaje que había hablado fue llevado en hombros hasta la tribuna.

Cuando quedó frente al micrófono, llenando la gran pantalla, se hizo un silencio expectante.

-Los niños autistas viven aislados del mundo que los rodea. Por eso no se comunican ni hablan. La niña que iba en el avión es autista.

-¿Y cómo sabe usted eso? ¿Cómo sabe que la niña es autista? –interrumpió un impaciente.

-Porque yo soy su padre.

Hubo un largo “Ohhh! admirado y se pidió silencio. Se hizo otra vez un silencio. (Espeso como una gruesa cobija, pensó el poeta que se ve que estaba con frío). Y el hombre, que ahora se sabía que era el padre de la niña aquella, prosiguió:

-Por eso iba en ese avión. Le mandamos a Estados Unidos donde decían que había un instituto especializado en tratar el autismo. Pero no lograron nada. Por lo que resolvimos, su mamá y yo, que regresara. Y entonces supe que un avión militar iba a venir para acá, y pregunté su podían traerla. Por eso estaba en ese avión de militares que se estrelló en la gran montaña del norte. De que sobrevivió al accidente, acabo de enterarme.

-Se, volvió al geólogo que había traído las noticias desde la montaña, y le preguntó:

-Y ahora, ¿dónde está mi hija? ¿Podré verla?

-Precisamente para eso he venido –respondió el hombre de los instrumentos-. Esa es la misión que se me ha encomendado.

Nuevas exclamaciones, y otra vez el silencio. Y el hombre de los aparatos que, como buen científico, nunca perdía la calma, explicó cuál era esa misión.

-Vayamos en orden. Lo primero: a su padre le digo que la niña está bien. La vi feliz. El Niño de las Serpientes la cuida y atiende. Se llevan como hermanos. Y he visto que se entiende con él. Y me parece que hasta conversan un poco. Claro, él es muy sabio, y no le fuerza a hablar ni a nada. Lo segundo: el niño ha llevado a la niña, en el Cóndor, atados a sus patas, a volar sobre esta ciudad, que la niña ha dicho que era en la que vivía. Y hasta ha reconocido su barrio y parece que hasta su casa. Y entonces, me dijo el niño, que la niña se ha empezado a sentir triste. El niño piensa que es porque extraña su casa y a los suyos. Así es que el Rey de la Montaña ha resuelto que la niña regrese a su casa. El día que se va a señalar bajará de la montaña con el niño, como siempre acompañado de sus lobos, que son amigos también de la niña. Tienen que salir a recibirla, en el sitio que se les indicará, niños. De ser posible –dijo, dirigiéndose al padre de la niña-, ahora que usted se ha presentado como su padre y los conoce, los niños que fueron compañeros o amigos de la niña…

-No tenía amigos –dijo, un poco triste, el padre-. Si nunca habló con nadie.

-¿Y compañeros de escuela?

-Nunca fue a la escuela.

-Bueno: se elegirá a niños para que vayan a recibir a la niña-. Pero ningún militar. Nadie de los que han atacado la montaña o tienen planes para destruirla. Esa es la condición puesta por el Rey de la Montaña.

-Sí, sí, niños. Nada de militares, ni cazadores, ni quemadores de bosques –rugió la multitud.

Y, de pronto, se fue la luz. Quedó todo en tinieblas. Y se cortó la transmisión de televisión.

 Continuará…

 


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