Hernán Rodríguez Castelo

Escritor, historiador de la literatura y crítico de arte

 


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¡Ahora digitales!

El gran libro del desnudo ecuatoriano

 

TONTOBURRO


Quito y Cádiz,    Mejía y las dos constituciones

Charla en el Congreso por el Bicentenario

de la Constitución de Quito, 14 de febrero 2012

 


A propósito del libro Manuela

Manuela en la Casa

Colección Bicentenario

 

De venta en la librería de la CCE y con el autor

 

Video y Galería de fotos

 

Comentarios:


Sobre literatura infantil y juvenil

Análisis de las obras clásicas de la literatura infantil y juvenil

Edición: Universidad Técnica Particular de Loja. www.utpl.edu.ec

Libro manual que da herramientas al maestro y maestra o promotor de lecturas que le permitan llegar al conocimiento y valoración e inteligencia de los textos destinados  a los niños, para generar las destrezas de análisis y crítica de esos textos.

Los cuentos más bellos del mundo

Edición: Universidad Técnica Particular de Loja. www.utpl.edu.ec

Libro en el que se hace el análisis de cinco cuentos para niños que pertenecen al patrimonio de la humanidad: Cenicienta o el zapatito de cristal, de Charles Perrault (1628-1703); Hansel y Gretel, de Jacob y Wilhelm Grimm (1785-1863/1786-1859); Bella y bestia, de Jeanne Marie Leprince de Beaumont (1711-1780); La Sirenita, de Hans Christian Andersen (1805-1875); y, El Príncipe Feliz, de Oscar Wilde (1854-1900).

 

Historia de Dorado y Sebastián

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Dorado en la pecera de Sebastián

 

Dorado era un pez gordo, bien gordo.

Por eso, cuando lo quisieron meter en la pecera de Sebastián, no entró.

Así que lo soltaron en el río.

Dorado reunió a los peces del río y les contó que por gordo no pudieron meterle en una pecera.

Entonces todos los peces resolvieron engordar.Y comían y comían, y se pasaban descansando panza arriba. Y engordaron y engordaron.

Y los dueños de peceras decían:

 “Muy gordos. ¡Qué van a entrar en la pecera! Que sigan en el río”.

Pero unos pescadores dijeron:

“Muy gordos para las peceras, pero buenos para ser fritos y comidos”.

Y se pusieron a pescar a los peces gordos.

Dorado se libró por un pelo de que lo pescaran.

Y, muy asustado, se puso a dieta, y nada que nada.

Cuando ya estuvo flaco se puso a nadar muy cerquita de la orilla, para que le vieran. Y, él que estaba tan ágil, hacía acrobacias y piruetas.

“Miren, ¡qué pez tan lindo! ¡Y qué curvas las que da!” -dijo el papá de Sebastián señalando a Dorado.

“¿Quieres ese pescadito para tu pecera?” -preguntó la mamá a Sebastián.

Y Sebastián dijo: “Sí, sí, quero”

Y Dorado está muy ufano en la pecera de Sebastián. A salvo de cualquier peligro y disfrutando de la buena vida.

 

 

2

 

Dorado vuelve al río

 

Dorado parecía contento en la pecera de Sebastián: recibía buena comida y bastante. (Sebastián, cada que podía, le daba más). Y solo nadaba alrededor de una piedra que parecía un castillo. Tan descansada vida le hacía engordar.

Pero un día comenzó a sentir nostalgia de su río. Allí nadaba río abajo y río arriba, y hacía excursiones por entre plantas submarinas. Y estaban su amigotes, con los que podía conversar y pegarse sus largas nadadas... Claro que había peligros, pero en el río se vivía alertas y escapar del peligro era emocionante.

Así que Dorado le dijo a Sebastián:

“Estoy muy agradecido de como me tratas... Ya ves lo gordo que estoy. Pero siento nostalgia del río... Allí puedo darme largas nadadas y nadar por sitios extraños, con plantas que casi no dejan pasar la luz del sol. Y tengo amigos con los que hacemos excursiones... Por eso quería pedirte que me llevarás al río”

Sebastián sintió pena de tener que separarse de Dorado. Pero, como veía que Dorado estaba triste, le dijo: “Bueno”.

Y ahora, ¿cómo decirles a su mamá y a su papá que quería llevar a Dorado al río? Porque Sebastián solo sabía decir muy pocas palabras, y ninguna de esas servía. (Sabía decir “Goool”, “Coca Coya”, “Papi Nan”, “Jim Botón”, que era el nombre del perro negro de Papi Nan).

Lo primero que hizo fue sentarse frente a su pecera. Y no se movía de allí.

“¿Qué le pasará al Sebastián que se pasa todo el día sentado frente a su pecera?” -le preguntaba la mamá al papá, preocupada.

“Pues no sé” -respondía el papá. “Se le ocurren una ideas tan raras. A ver si logras que te diga algo”.

Así que la mamá fue a ver si podía hablar con Sebastián.

“¿Qué te pasa, Sebastián? ¿Quieres algo?” -le preguntó la mamá.

 Sebastián señaló a Dorado, que estaba pegado al vidrio de la pecera con cara triste.

“Sí, es Dorado... es tuyo... ¿Le pasa algo?” -preguntó la mamá.

Y Sebastián no sabía cómo decir “río”.

Entonces le sopló Dorado:

“Río... río”.

Pero, ¡qué difícil decir la “r”!

Al fin, después de hacer caras y muecas y sacar la trompita, Sebastián pudo decir algo parecido a “río”. Volvió a señalar a Dorado y le dijo a su mamá:

“Mamá... yío”

Y añadió una palabra que sí sabía:

“Vamo”.

Y entonces la mamá entendió: Sebastián quería llevar a Dorado al río. Y le pegó un grito al papá:

“Papá: ¿Sabes lo que quiere el Sebastián? Quiere llevar a Dorado al río”

Así que fueron al río los cuatro: papá y mamá, Sebastián y Dorado.

Y junto al río Sebastián señalaba a Dorado y al río. Y papá y mamá acabaron de entender: Sebastián quería que Dorado volviese al río.

Pero Dorado había engordado mucho y no podía salir de la pecera. Inútil que mamá y papá hicieran esfuerzos. “Está gordo.. No puede salir” -decían.

Y, de pronto, sin que ellos se dieran cuenta, ¡paf!, un palazo. Y la pecera se partió.

Sebastián, con el palo en la mano, se reía y decía:

“Tun”.

Dorado cayó de cabeza al río. Se zambulló, se diouna vuelta y volvió para sacar la cabeza del agua.

Sebastián le hizo con la mano un gesto de despedida y le dijo:

“Chao, chao, chao”.

Y Dorado se fue nadando feliz.  

 

FIN

 

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