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Altísimo honor, por el donante
Discurso de agradecimiento en la
entrega del Doctorado Honoris Causa
por la Universidad Central del Ecuador.
Jueves 26 de julio de 2012
Digo al país, en persona del señor Rector y Honorable
Consejo Universitario, cuanto estimo el alto honor que esta noche se me
confiere. Por la nobleza y grandeza del donante. Lo que el Dr. Edgar
Samaniego está haciendo para devolver a la Universidad la seriedad y
grandeza de sus más gloriosos tiempos, merece mi respeto y admiración
La Universidad Central del Ecuador, antes Universidad de
Quito y antes, en el esplendor universitario de nuestros siglos XVII y
XVIII, la Universidad de San Gregorio Magno, es la institución de
educación superior más antigua, meritoria y gloriosa de la patria.
Pudiera -y debiera hacerlo, si el decet o decorum
ciceroniano no nos recomendase brevedad- hablar largamente de esa
historia rica de tareas, frutos y glorias.
Ya en 1576, el Cabildo de Quito resuelve "que se escriba a
Su Majestad, como otras veces se ha hecho, sea servido de hacer merced a
esta ciudad de que en ella se asiente e haga Universidad para que en
ella se lean todas ciencias y facultades".
Y en 1621, en virtud de la Bula o Breve "In supereminente",
que confería a los jesuitas de América y Filipinas la facultad de
otorgar grados, se pidió el pase regio y, conseguido este, se fundó la
Universidad de San Gregorio Magno, el 15 de septiembre de 1622. En
breves años, pues, esta Universidad cumplirá cuatro siglos de ese día en
que Quito celebró tener Universidad paseando la Bula por las principales
calles de la ciudad, con pregón que anunciaba la gran nueva, con bulla
de tambores e instrumentos músicos.
Siento que con el doctorado que esta noche se me confiere he
entrado a ocupar un espacio, aunque tenue y diminuto, en tan ilustre
historia.
La historia de la Universidad ha de escribirse relatando sus
cátedras y libros -¡cuántos libros se escribieron en esas aulas en los
siglos XVII y XVIII. El P. Sánchez Astudillo hizo un primer catálogo de
ese tesoro de esta Universidad-; sus aportes a la cultura, la
jurisprudencia y la ciencia del país; sus horas de crisis; sus luchas
contra poderes totalitarios; y sus hombres: los ciudadanos que ha
entregado a la patria y los maestros que los formaron.
Solo convocaré esta noche aquí a uno. Acaso el más grande de
quienes se graduaron en estas aulas. Y lo haré porque varias razones lo
reclaman.
Hace doscientos años, en la más alta asamblea de la
hispanidad -es decir, de España y América-, reunida para sentar las
bases de una nueva nación, edificada sobre cimientos de justicia,
derecho y libertades, mientras el invasor francés dominaba casi todo el
territorio peninsular, se alzó, como la voz más ilustrada y sabia, más
crítica y más apasionada por las libertades, la de un diputado quiteño:
don José Mejía y Lequerica.
Lo curioso, lo admirable del joven diputado quiteño -tenía
apenas treinta y tres años- era que su palabra resultaba decisiva en los
más diversos asuntos. Se discutía sobre privilegios eclesiásticos y él
aportaba lecciones de la historia de la lglesia, bulas y cánones. Como
todo un doctor en Derecho Canónico. (Y es que lo era). Y en ocasión en
que a un periodista amigo suyo se le quiso acusar de pelagianismo, probó
al clérigo ultramontano que tenía un concepto errado de esa herejía.
(Lo hizo como doctor en Teología, que era) Se debatía sobre impuestos,
presupuesto y cosas de dineros y él se mostraba exacto aclarando sus
puntos de vista hasta con cifras. Y cuando se trataba de Derecho y
jurisprudencia, opinaba como un doctor.(Y es que lo era). Su discurso
sobre la administración de justicia parecía el de un experimentado
magistrado. Su opinión fue decisiva al tratar de un reglamento de
comercio. Y al abordarse una cuestión de salud y medicina, antes de dar
su sabio parecer les decía a las Cortes, eufemísticamente, "en fuerza de
algunos principios que tengo en esta facultad han dado en decir que soy
médico”. Y él en Quito fue el principal candidato a profesor en la
facultad de medicina. Pero hasta en materia militar llegaba a los
debates con visiones certeras de estrategia y geopolítica europea.
Pero nunca su palabra era tan vibrante como cuando rompía
lanzas por la libertad. Se discutía sobre la libertad de imprenta, y
él, tras argumentar con su admirable manejo de la retórica, exhortó a
sus colegas, más de la mitad de ellos reaccionarios: "Si queréis ser
libres, Diputados, con una libertad de imprenta verdadera, útil y no
expuesta a mayores abusos, abolid en toda materia y sin restricción
alguna toda, toda censura previa".
Con ese peso de sabiduría teológica, conocimiento de la
historia eclesiástica y de la historia europea, y aborrecimiento de
cuanto coartase la libertad de pensar y escribir, su discurso sobre la
abolición de la Inquisición fue demoledor. ¡Duró tres dìas, sin
interrupción! Comenzado el 11 de julio de 1813 se completó el 13.
Este era el espíritu de la Universidad quiteña. Y sus
profesores, incluido Mejía, habían tenido que luchar por él frente a esa
implacable dictadura filosófico-teológica que era el Tomismo, sostenido
a capa y espada por los poderosos dominicos. Mejía fue uno de los
firmantes del Alegato que la Universidad dirigió al Presidente de la
Audiencia. Sostenían con altivez: "¿Quién puede pues dudar lo que ha
ganado esta Facultad desde Santo Tomás al siglo presente? ¿Por qué pues
se escandalizan los padres que en estas materias se niegue la autoridad
del Angélico Doctor, que ni creía que hubiese antípodas en el mundo, y
aun se tomen para la enseñanza pública otros autores más ilustrados en
esto, que el Santo, y más útiles por la copia de conocimientos
científicos de la naturaleza?"
Y, mientras Mejía iniciaba sus brillantes jornadas en las
Cortes de Cádiz, sus colegas de la Universidad quiteña daban su peso de
ideas políticas y sociales a la revolución que hizo de Quito el primer
gobierno autónomo de Sudamérica, a partir del glorioso 10 de agosto de
1809.
Se calificó al movimiento quiteño como la Revolución de los
Marqueses, porque ellos fueron la fachada más visible. Después debió
corregirse eso: la participación de los barrios quiteños había sido
decisiva. Propongo, tras todo lo que hemos investigado y reflexionado
sobre esos trascendentales Agostos por el bicentenario: fue la
revolución de los profesores de la Universidad. Ellos le dieron esa
carga de pensamiento político nuevo y le trazaron las líneas maestras
del proyecto de nueva sociedad. Es decir, hicieron la real revolución. Y
para acabar con la revolución fue necesario asesinar a esos profesores.
El 2 de agosto de 1810, en los calabozos que ocupaba el Real de Lima, la
Universidad quiteña tuvo sus primeros mártires de la libertad.
Pero la Revolución de Quito no se acabó con el asesinato de
Juan de Dios Morales y Manuel Rodríguez de Quiroga, los dos mayores
ideólogos del movimiento: quedaban en escena profesores de la
Universidad quiteña. Sobre todo uno. Un gran maestro, admirado amigo,
profesor y colega de Mejía, intelectual y orador acatado en Quito,
Miguel Antonio Rodríguez. Cuando nadie se atrevía a pronunciar el sermón
en las honras fúnebres al año de la masacre del 2 de agosto de 1810, él
lo hizo. Y no con sermón piadoso en que pidiese perdón por los
extraviados rebeldes, muertos sin confesión. No: lo que hizo en
espléndida pieza oratoria, de las mayores que se hayan escuchado en
América, fue exaltarlos casi como a santos. Porque sacrificaron sus
intereses y comodidades por la libertad de su pueblo.
Había que completar el proceso transformador, dando a Quito
Constitución. Y Miguel Antonio Rodríguez redactó la que se discutió y
aprobó. Fue promulgada días antes de la que las Cortes de Cádiz dieron a
España. Un prominente realista denunció ante el Consejo de Regencia al
diputado quiteño Mejía nada menos que de ser el autor o, al menos,
inspirador de esas dos Constituciones aparecidas casi simultáneamente.
Había leído correctamente la relación de las dos constituciones. En los
claustros universitarios de Quito Mejía y Rodríguez habían madurado los
granes principios que debían ser nervio de las dos cartas nacionales.
Por supuesto que la de España sería más. extensa, como que iba a
organizar el vivir de dos mundos enormes y distantes. Pero en lo
esencial las dos coinciden. Así en la división de poderes, esencial para
un vivir republicano: ejecutivo, legislativo y judicial, independientes
y autónomos. Y en las limitaciones del poder y las libertades de los
ciudadanos. Por todo ello luchó Mejía en las Cortes, lúcida y
apasionadamente.
A finales de 1812 las tropas de Quito sucumbieron ante las
virreinales. Y en España, en Cádiz, la noche del 27 de octubre de 1813
murió Mejía, víctima de una peste de cólera.
Se había cerrado un capítulo, de los más gloriosos, de la
historia de esta Universidad de Quito.
Estando a días de comenzar el año bicentenario de la muerte
de Mejía, alerto a su Alma Mater: la Universidad Central del Ecuador
debe apropiarse de las recordaciones de quien acaso haya sido su mejor
alumno de todos los tiempos.
+ + +
Tras la lectura de páginas tan grandes de la historia de
esta Universidad, quiero hacerlo con una muy pequeña, pero que, a la luz
del honor con que la Universidad me ha abrumado, se ilumina y revive.
Mi primer diploma universitario me fue conferido por esta
Universidad, en 1950. Cuando yo tenía apenas diecisiete años.
¿Y cómo fue eso?
En ese tiempo, como ha acontecido en tantos otros, la
Universidad Central mantenía en el verano cursos destinados
especialmente a profesores. A mi madre, profesora siempre deseosa de
abordar nuevos campos del saber, le interesó uno, que iba a dictar un
profesor eminente, el filósofo Alfredo Carrillo. Se anunciaba como
"Evolución del pensamiento científico". Acompañé a mi madre a la
Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias de la Educación, o
"Pedagógico", como los maestros la llamaban familiarmente. Allí en la
calle Chile, a una cuadra de la plazoleta de la Merced, por donde estaba
entonces "El Comercio". De curioso me quedé a la primera clase. Y quedé
fascinado. "Quiero volver", le dije a mi madre. Y, acabada la clase,
ella me condujo hasta el maestro y le explicó que yo era solo un
colegial, del "San Gabriel", pero que me había interesado tanto su clase
que quería seguir en el curso. "Por supuesto, señora", dijo ese ejemplar
maestro. Así que me convierto en alumno de ese curso de verano.
Día a día crecía mi emoción por seguir a esos espíritus que
habían forjado un pensamiento científico. El maestro, además de gran
filósofo, era brillante expositor. En esas lecciones yo hallé
desarrollada la simiente que en mí había dejado la lectura de Descartes.
El joven alumno de jesuitas hallaba cierta visiones, como
las de la Edad Media, en conflicto con lo que recibía en el colegio.
Tímido propuso alguna objeción o duda. El filósofo no la acogió sino
como un nuevo camino para iluminar el pensamiento humano. Discutir ha
sido siempre ejercicio privilegiado del filosofar. Discutir sin temor a
la verdad ha sido siempre parte del espíritu de esta Universidad.
Acabado el curso, recibí mi diploma. Firmado por el decano,
Dr. Emilio Uzcátegui, ese sabio educador de quien llegaría a ser con el
correr de los años gran amigo.
Así que esta noche el doctorado de honor es conferido a un
antiguo alumno del Alma Mater. A los sesenta y dos años de aquel primer
contacto iluminador e incitante.
+ + +
Antes de terminar, una palabra sobre la Facultad de Artes de
esta Universidad, que sé es la que solicitó este doctorado. Y otra,
también breve, sobre la Facultad de Comunicación que se adhirió, he
sabido, al pedido. Artes y comunicación son para mí territorios
largamente frecuentados, con especial pasión.
Siguiendo a Schopenhauer, que había ejercido especial
fascinación sobre él, Nietzsche pensaba que lo único que podía dar al
individuo la fuerza y los poderes para afrontar el dolor de la vida era
el arte. Él no habría concebido una Universidad sin facultad de Arte,
una facultad que irradiase a todo el vivir universitario ese humanismo
que nace del arte y de él se nutre.
La antigua Escuela de Bellas Artes, transformada en la
actual Facultad de Artes, ha tenido y tiene esa misión dentro de la
universitas propia de una Universidad. La está cumpliendo, pienso
como crítico y estudioso del arte nacional. Frente a modas globalizantes
que, con membrete de "arte conceptual", a veces no hacen sino socapar
incapacidades, sigue enseñando a dibujar y pintar. Después, que esos
artistas con oficio se aventuren por terrenos de concepto y manejo de
nuevos formatos, instrumentos y tecnologías.
Y en el gran taller de escultura de la Facultad se sigue
trabajando con arcilla, piedra y hierro. El gran escultor que sacrifica
horas de su creación para formar a jóvenes escultores mira con pena
ciertas facultades universitarias de arte en que se enseña escultura en
el pizarrón...
En la Facultad de Comunicación he dado cursos de redacción.
Urgentes, porque periodista que no domina la escritura está condenado a
no trasmitir cuanto sabe y piensa. Aprender a escribir comienza por
aprender a pensar.
¡Que larga y rica para mí ha sido mi relación como profesor
de redacción con comunicadores de casi todas las provincias del país y
de decenas de medios! Con la Unión Nacional de Periodistas se organizó,
hace ya unas tres décadas, esa cruzada nacional por el buen escribir del
periodista. Cursos más avanzados los di con el Ciespal, para el cual
trabajé mi Redacción periodística, que ha servido a comunicadores
del país y del exterior.
Y he sido directo beneficiario de la formación que imparte
la Facultad. Dos hijos míos se han graduado en ella. Sigrid, en
comunicación institucional, y a ella debo mi página web y cientos de
contactos con todo el mundo. Christian se graduó en investigación. Y él
aporta mucho a mi visión del mundo y sus problemas. Y le deben aun más
varias de mis obras últimas. El rescató un mamotreto de 500 y más
páginas escrito todavía a máquina y lo dejó listo para su impresión. Es
Los más bellos cuentos del mundo, y ahora sirve, con sus
exhaustivos análisis lingüístico, retórico, semiótico, sicológico y
hasta esotérico de cinco grandes cuentos -"Cenicienta", "Hansel y
Gretel", "Bella y la Bestia", "La sirenita" y "El príncipe feliz"-, a
alumnos de la primera maestría de literatura infantil y juvenil.
+ + +
Miro hacia atrás. Distinciones como la que se me confiere
esta noche invitan a mirar hacia atrás. A tentar un primer balance, a
recoger las gavilla del trigo que se ha sembrado por más de medio siglo.
Rodeado de tantos buenos amigos, de tantas personas que de uno u otro
modo han contribuido a mis tareas, les quiero confiar un secreto. ¿Qué
pienso de cuanto he hecho? Una sola cosa: he dado a este país algunas
obras que necesitaba. Cuando nadie creía que la cultura nacional diese
para ello, creé una Página Cultural diaria en "El Tiempo", y critique
muestras de arte, comenté libros y di noticias del mundo cultural
nuestro, tan rico. En el país, la inmensa mayor parte de los libros
fundamentales de la cultura patria solo estaban en bibliotecas de
estudiosos adinerados. Los cien tomos de "Clásicos Ariel" los pusieron
al alcance del pueblo: las historia del Padre Velasco, González Suárez y
Pedro Fermín Cevallos, una historia de la cultura, y lo mejor de novela,
lírica, ensayo, teatro, oratoria, crítica literaria. En un país donde
aún se tiraban ediciones de trescientos ejemplares (que no se vendían),
circularon en muchos miles. En la calle, voceados por canillitas,
vendidos a doce sucres. Mil colecciones de los cien libros se destinaron
a guarniciones militares de todo el país y hasta de las fronteras más
alejadas. Cuando casi no había literatura infantil en el Ecuador y
hasta se tenía por cosa muy menor esa literatura, di a los niños libros
que ellos amaron y siguen amando -"El Grillito del Trigal", "La historia
del fantasmita de las gafas verdes", "Caperucito Azul", "Tonto burro"- e
hice para "Meridiano" de Guayaquil el suplemento para niños "Caperucito".
Asistí a encuentros, nacionales e internacionales; presenté ponencias
en congresos. Y trabajé un tratado que guiase empeños y tareas en campo
tan decisivo para la cultura: Claves y secretos de la literatura
infantil y juvenil. Y larga serie de guías de lectura -iniciada en
España- culminaron en El camino del lector: 2.600 obras de grata
lectura por niveles de edades y por apetencias lectoras. Y, cuando la
Universidad Técnica Particular de Loja crea la primera Maestría en
Literatura Infantil y Juvenil, aporto a ella con tres libros. En la
actualidad la literatura infantil en el Ecuador es una floreciente
realidad. Había que romper tabús. A ello vino el Léxico sexual
ecuatoriano y latinoamericano, primera obra en su género en América
Latina. La empresa de rescatar el sexo y el desnudo de toda suerte de
hipocresías y pudibundeces seguiría hasta con obras como El gran
libro del desnudo en la pintura ecuatoriana del siglo XX. ¿Que ni en
el Ecuador se conocía quiénes eran tantos grandes artista visuales como
teníamos? Respuesta a tan grave carencia fue el Diccionario crítico
de artistas plásticos del Ecuador del siglo XX. La mayor empresa
para llenar vacíos en la cultura patria la estoy haciendo y no sé hasta
cuando pueda seguir trabajándola. Es esa Historia general y crítica
de la literatura ecuatoriana, que ha rescatado ya para la patria la
grandeza de sus tan desconocidos, y por ello menospreciados, siglos
coloniales, autor por autor y ámbito por ámbito. Esta Historia ha
llegado al año 1860. Con figuras como las que he convocado acá esta
noche, Mejía y los profesores universitarios de la Revolución de Agosto.
Y entonces resulta que, aunque haya cosecha, hay que seguir
trabajando la tierra patria, sembrándola y cuidando amorosamente lo
sembrado. Solo puedo añadir que distinciones como la que se me otorga en
esta hora solemne de mi vida me comprometen a seguir dando cuanto pueda
a esta patria, a la que he amado entrañablemente y de la que tanto he
recibido. |