Hernán Rodríguez Castelo

Escritor, historiador de la literatura y crítico de arte

 


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¡Ahora digitales!

El gran libro del desnudo ecuatoriano

 

TONTOBURRO


Quito y Cádiz,    Mejía y las dos constituciones

Charla en el Congreso por el Bicentenario

de la Constitución de Quito, 14 de febrero 2012

 


A propósito del libro Manuela

Manuela en la Casa

Colección Bicentenario

 

De venta en la librería de la CCE y con el autor

 

Video y Galería de fotos

 

Comentarios:


Sobre literatura infantil y juvenil

Análisis de las obras clásicas de la literatura infantil y juvenil

Edición: Universidad Técnica Particular de Loja. www.utpl.edu.ec

Libro manual que da herramientas al maestro y maestra o promotor de lecturas que le permitan llegar al conocimiento y valoración e inteligencia de los textos destinados  a los niños, para generar las destrezas de análisis y crítica de esos textos.

Los cuentos más bellos del mundo

Edición: Universidad Técnica Particular de Loja. www.utpl.edu.ec

Libro en el que se hace el análisis de cinco cuentos para niños que pertenecen al patrimonio de la humanidad: Cenicienta o el zapatito de cristal, de Charles Perrault (1628-1703); Hansel y Gretel, de Jacob y Wilhelm Grimm (1785-1863/1786-1859); Bella y bestia, de Jeanne Marie Leprince de Beaumont (1711-1780); La Sirenita, de Hans Christian Andersen (1805-1875); y, El Príncipe Feliz, de Oscar Wilde (1854-1900).

 

 

Historia de la literatura infantil

 

Hernán Rodríguez Castelo

 

Una historia de la literatura infantil comienza muy avanzada la historia del libro y la literatura porque solo corridos ya muchos siglos de esas historias se presenta en ese escenario ilustre el destinatario de esa literatura: el niño.

            Pero, ¿niños no hubo siempre? Cada humano que discurre por  esos mundos, ¿no fue, antes de comenzar tales andanzas, niño?

            Sí, biológicamente, como cosa de naturaleza, siempre hubo niños. Todo hombre entre su nacimiento y su juventud y madurez fue  niño. Pero, aunque estaba allí, el niño era invisible.

            No hace mucho escribí, para la Universidad Técnica Particular de Loja, que había creado una maestría en literatura infantil, y a pedido de esa carrera, un libro que se titula Historia cultural de la infancia y juventud. Allí se muestra, porque en estos menesteres la gran prueba es mostrar, que hay siglos, largos siglos,  en que el niño es invisible. Historias enteras, literaturas, toda suerte de tratados... y el niño nunca aparece.

            Excepciones son contadas; verdaderas islas debidas a una coyuntura especialísima una, a un genio la otra.

            La una es la Ciropedia, el libro que el griego Jenofonte dedicó, en la persona de Ciro, quien sería con el correr de los años el gran rey de Persia, a la formación del ciudadano persa. Ese pueblo, en esto superior al mismo griego, comenzaba la formación de sus ciudadanos por los niños. Y el niño que aparece, sin tamaña intención por supuesto, como primer actor de una historia con mucho de literaria es el pequeño Ciro: parlanchín, curioso, siempre preguntando a los mayores. "Siempre preguntaba muchas cosas a los presentes, para saber cómo estaban, y a lo que los otros le preguntaban, por ser de una inteligencia viva, contestaba pronto, y todo esto contribuía a hacerlo parlanchín". Así en la escritura tersa del gran prosista heleno. Pero la excepcionalidad del caso comienza porque ese niño era rey.

            La otra se debió, ya en los primeros tiempos cristianos, al mayor genio de esos siglos obscuros y profundos, Agustín de Hipona. Apenas convertido escribió Confesiones y el gran filósofo y psicólogo las comenzó hurgando en el niño que fue. El niño  asistido por esas mujeres de la servidumbre a las que las familias pudientes entregaban a esas criaturas."Y al írseme acabando aquella edad de mi infancia, buscaba indicios y señas conque darme a entender a otros, y hacerles conocer mis pensamientos y deseos".  Y, adelantándose a algo que solo se atreverían a mostrar psicólogos profundos ya en el siglo XX, descubre en el niño celos y otras manifestaciones de maldad. "De donde puede inferirse que en la infancia la pequeñez y delicadeza de aquel cuerpecito no puede hacer daño; pero que el ánimo, aun en aquella edad, no es inocente". Recuerda cómo fue apropiándose del  lenguaje. Y sorprende en el niño al jugador nato. Llega a la escuela con sus aterradores azotes. Pero junto al amor al juego da con una curiosa fascinación:  por escuchar relatos de ficción. Y aparece en esta honda prehistoria la fascinación por eso que sería la literatura infantil. A su lectura personal el pequeño africano llega ya muchacho que lee en latín. Siendo muchacho, confiesa, lloraba por la muerte de Dido en la Eneida y "era para mi gusto un pasaje delicioso el de aquel caballo de madera lleno de gente armada, el incendio de Troya y la sombra de Creusa".

            Pero ese tratar de conocer al niño Agustín solo ocurrió bastantes años más tarde cuando ya no había niño.

            Así que en esos largos siglos obscuros sino había niño, ¿cómo pudiera pensarse en literatura para el niño?

AQUELLA TARDE MEMORABLE

Una tarde de mediados del ilustrado siglo XVIII[1], una dama francesa, Madame Jeanne Marie Leprince de Beaumont, que había ido a Inglaterra a rehacerse de un matrimonio infeliz, como institutriz de niños nobles, a vuelta de "compendios de la historia sagrada, de la fábula, de la geografía y cosas así, todo salpicado de reflexiones útiles", que dijo ella misma, contó a su inquieto auditorio un cuento. Ya sin la menor de esas "reflexiones útiles", lo contó para "entretenerlos agradablemente", "en un estilo simple y apropiado para sus tiernas almas". Les contó "Bella y la Bestia".

            Partiendo del tópico de los cuentos maravillosos, de las tres hermanas, con la menor buena, se llega a la infracción que le merece al mercader su padre la pena de muerte -cortó una rosa para Bella, que no le había pedido nada más de recuerdo de su viaje-. Es la aterradora Bestia la que le condena a muerte por haber cortado su rosa. Para evitar a su padre la muerte va Bella al palacio de Bestia y nace una extraña relación, que se narra de forma magistral. Cuento de gran belleza, rico de símbolos de profundo contenido.

            Había nacido la literatura infantil y de un solo golpe de ala se había elevado a lo más alto que en esa literatura se haría nunca.

PERO ¿NO LEÍAN YA LOS NIÑOS...?

Pero ¿no leían ya los niños? "El Gato con botas", "Cenicienta", "Pulgarcito", "Caperucita roja", "La bella durmiente"...

            Esos cuentos que, según confesión que se le escapó un día a su autor, el académico de la Francesa y cortesano monsieur  Charles Perrault, "Es de no creer con qué avidez estas almas inocentes... reciben estas instrucciones ocultas". ¡Cuánto hay que leer en esa "avidez" y esas "instrucciones ocultas" que nos meten en las entrañas mismas de la gran literatura infantil!

            Pero esas almas infantiles, seguramente raras y en especialísimas circunstancias, llegaban a esos cuentos como de contrabando.

            Esas Histoires ou contes du temp passé avecde moralites, que habían aparecido en París el 11 de enero de 1697, se habían escrito para regocijo de aburridos cortesanos y ávidas cortesanas. De allí cierta complacencia en ambigüedades y sensualidad. Si hasta se había llegado a abordar en un cuento la pasión erótica y sexual de un rey por su propia hija. Ese es el asunto de "Piel de asno".

            Había suavizado, es cierto, la maliciosa ironía hasta con asomos de procacidad, de la obra donde estaban esos cuentos en su primera realización: el Pentameron de Giambattista Basile, de comienzos del XVII.

            Los cuentos de Perrault, al ser requeridos por un nuevo segmento de lectores, que prometía mucho a la codicia de impresores y libreros, se adaptaron a las capacidades de los niños -que, por supuesto, ni se sospechaba qué penetrantes eran-. Así adaptados, se convirtieron en lectura obligatoria en las escuelas francesas en 1888.

            Obras así cuentan entre las que he llamado precursoras de la literatura infantil. Porque, no escritas para niños, se relacionaron de curiosos modos con ese mundo lector que  hacía cada vez más tupido una creciente alfabetización escolar.

            A más del Pentamerón  y los Cuentos de Perrault anunciaban esa nueva manera de literatura hecha para los niños y de la que los niños y jóvenes se apropiarían como cosa suya, aunque, en los mejores casos, fuese también disfrutada por el lector adulto, Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno de Giulio Caesare Croce (1606); las Fábulas de Jean de la Fontaine (entre 1668 y1694); los Contes nouveaux ou Les fées a la mode (Cuentos nuevos o las hadas a la moda) de Mme. d´Aulnoy (ocho volúmenes, entre 1696 y 1699), Aventuras de Telémaco de Francois de Salignac de la Mothe, Fenelon (1699, publicación clandestina; 1717, publicación autorizada póstuma). Y dos obras maestras de la literatura universal, cuya relación con el mundo lector infantil y juvenilha sido larga y curiosísima: Robinson Crusoe de Daniel de Foe (1719) y Viajes de Gulliver de Jonathan Swift (1726).

            Las ingeniosidades de Bertoldo, como el Pentameron o los Cuentos de Perrault, se dirigían a la corte; a una corte aburrida,  frívola y obsequiosa con el monarca -de donde el mérito del sabroso libro que pone a un agudo patán en puja de ingenio con rey, reina y curiales, siempre con ventaja y siempre pescando al vuelo ocasiones  de zaherir-. (He de confesar  que fue uno de los libros más divertidos de mi infancia).

            Las Fábulas de La Fontaine siempre han contado como buena lectura para niños ("El cuervo y el zorro", "El lobo y el cordero","La cigarra y la hormiga", "El león y el ratón" han hecho la delicia de niños desde sus diez años, sobre todo si  un adulto inteligente ha sabido leérselas). Pero tampoco La Fontaine escribió para niños, aunque dedicara las fábulas, por compromiso, a Mgr. le Dauphin, el Delfín  o príncipe heredero, de cinco años, para instruirle. Amargado por  la suerte corrida por su gran amigo Fouquet, a manos del implacable Colbert, escribió, casi en clave, un libro para despertar en sus contemporáneos sentido crítico ante los abusos y falta de escrúpulos del poder. Fue un libro en mucho amargo. De  allí la dificultad y  ambigüedad para un joven lector, advertida por Jean Jacques Rousseau y el juicio duro de Lamartine:

     Ces  histoires d´animaux que se parlent, qui se font de leçons, se  moquent les uns des autres, égoistes, railleurs, avares, sans pitié,sans amitié, plus méchants que nous, me suolevaient le coeur. Las Fables de La Fontaine son plutôtla Philosophie dure,froide et égoiste du vieillard que la philosophie aimante, naive et bonne d´unenfante.[2]

 

            Pese a ello, y seguramente con la mediación del pedagogo adulto, las Fábulas llegaron a los niños. Un especialista ha atendido al fenómeno: "El mercado educativo nos ayuda a explicarnos el éxito de las Fábulas de La Fontaine, obra que ocupó el primer puesto de libros más vendidos durante al menos la primera mitad del siglo XIX.Entre 1816 y 1850,la Bibliographie de France registró 240 ediciones de La Fontaine, y es probable que en ese período se imprimiesen cerca de  750.000 copias"[3].

 

            Fenelon sí escribió para un joven: para el duque de Bourgogne, heredero del trono. Para que no tuviera que acudir para disfrutar con esas historias homéricas al clásico pagano y sensual. Pero el libro era una pieza más, aunquela más alta, de una sostenida trayectoria del educador; era un verdadero tratado de educación moral y política. Y, escrito en  un momento de gran tensión, cuando el abate protestaba por las desastrosas consecuencias de la política beligerante de Luis XIV, y, por su quietismo, era rechazado por el influyente Bossuet, se cargó de críticas contra el rey y se tensó de segundas intenciones -lo que hace del Telémaco lectura tan rica, pero no para un niño-. Bossuet dijo que la obra era indigna, no solamente de un obispo, sino hasta de un cristiano. La Maintenon y los asiduos de su "Salón" veían en las Aventuras de Telémaco un libro en clave. En cuanto al lector juvenil, mucho de todo ello lastró pesadamente esas andanzas del joven Telémaco en busca de su padre, el Ulises homérico. A lo cual han de añadirse tono y retórica neoclásica.El Telémaco es rescatable, en mucho, para un lector juvenil de especial cultura. Literatura infantil y juvenil, sinmás, no es.

            ¿Y madame d´Aulnoy con sus ocho volúmenes de cuentos maravillosos? Fueron lo que podría llamarse "literatura femenina".Piezas mundanas, a menudo exquisitas, cargadas de sentimentalismo, voluptuosidad y fastuosidad, narradas con desenvoltura, evocaban insistentemente salones y tertulias. No basta la materia para que haya literatura infantil, y los cuentos de hadas no son patrimonio exclusivo del niño.

            Las dos últimas obras son obras maestras de la humanidad; dos de esos libros que todo humano debería haber leído alguna vez. No fueron escritas para niños y jóvenes. Todo lo contrario: de haber sabido sus autores que alguna vez se los recomendaría como lectura ideal de niños o jóvenes, habrían pensado que esos niños y jóvenes pertenecían a alguna Liliput deschavetada.

            Robinson Crusoe fue escrita para los secos comerciantes de la City, como una gran alegoría de confianza en la industriosidad humana. Viajes de Gulliver, libro cáustico y casi amargo, quiso enrostrar a cortes de cortesanos y cortes de doctores del tiempo ridiculeces y sinsentidos de unas existencias que discurrían entre enanismo y gigantismo, y acabó por sentar la tesis de que mejor -más justa, más noble, más ecuánime- habría sido una sociedad gobernada por caballos, con los hombres en papel de bestias. Es el asunto de la lV parte, que tiene por escenario la tierra de los caballos Houyhnhnms.

            Rousseau daría el Robinson Crusoe como lectura única para su joven discípulo en el Emilio, y pronto comenzaría larga cadena de "robinsonadas" destinadas al público juvenil, comenzando por elRobinson suizo de Wyss, en 1813.Y con Gulliver sucedería que, ante el  ingeniosísimo hallazgo argumental de los reinos de enanos y gigantes -tan rico de posibilidades imaginativas y humorísticas- se buscase acercarlo a los públicos infantiles, comenzando por  interminable serie de ilustraciones y adaptaciones. (Estas últimas generalmente empobrecedoras del texto hasta desnaturalizarlo rayendo hasta los últimos vestigios de su primitiva grandeza. Todo un capítulo en la nefasta historia de las "adaptaciones" podría dedicarse a los Viajes de Gulliver).

            Así que antes de "Bella y la Bestia" todas fueron obras precursoras y atisbos. Y en el caso de Robinson Crusoe y Viajes de Gulliver apropiaciones. No literatura infantil.

 

GRANDES CUENTOS PARA NIÑOS

Y entonces aparece en esta historia un libro fundamental para la literatura que amarían los niños del mundo.

            En pleno fervor del primer romanticismo,el más  grande,el máslúcido,elalemán.Lo hacen no autores decuentos.Lo hacen dos ilustresfilólogos, que darían a la lingüística alemana obras capitales: Historia de la lengua alemana y Gramática alemana: Jacob y Wilhelm Grimm.

            En su cacería de antigüedades por las más ilustres bibliotecas -Goethe le ha abierto las puertas de la suya a Wilhelm- han dado con cuentos. Pero los más y los más ricos de sentidos no en esos severos y silenciosos recintos: encabañas de campesinos y hasta en la calle. En Kassel la hija del farmacéutico Wild les ha contado el admirable "Hansel y Gretel". Pero nadie contaba tantos cuentos y con tanta maestría como la señora Viehmännin, de origen francés y arrojada por los azares de las guerras napoleónicas al mercado de Kassel.

            Jacobo ve en esos cuentos algo importante para la ciencia: privilegiados caminos del folclor hacia mitologías, mitos y viejas tradiciones. Y por ello busca su transcripción más fiel. Guillermo, sin desdeñar todo esto, capta muy tempranamente lo que significan para el mundo  infantil. Y así el primer tomo de cuentos, preparado por él, que aparece en 1812, lo hace con el título Kinder-und Hausmärchen; es decir, Cuentos de hadas para los niños y el hogar.

            Y los Grimm siguen sus búsquedas. Su conocimiento de los dialectos alemanes les permite recuperar  cuentos de la zona de Westfalia y de Münster.

            Así que ellos no inventan esos cuentos:los buscan,los hallan,los transcriben.Y Guillermo, fascinado por la relación de los cuentos con los niños, sin sacrificar fidelidad, los cuenta como hermosa literatura infantil. Y da en su versión definitiva  grandes cuentos a la literatura infantil: "Hansel y Gretel", "El sastrecillo valiente", "Pulgarcito", "El lobo y los siete cabritos", "Caperucita Roja", "La bella durmiente del bosque", "La Cenicienta", "Blanca Nieves"...

            Y tanto comenzaron a amar los niños esos cuentos que los adultos se asustaron y procuraron moralizarlos y "cristianizarlos". Martin Lyons, autor del fundamentalLe Triomphe du livre, trae en el artículo de la Historia de la lectura en el mundo occidental, ya citado, este caso: "El impacto de los hermanos Grimm en este corpus de literatura infantil causó no pocos conflictos entre padres e hijos. Aquellos no podían tolerar la expulsión de Hänsel y Gretel de su hogar por parte de ambos padres. Por ello se creó la figura de un padre amable; y en la cuarta edición del libro, publicada en 1840, la madre de los niños se convierte en madrastra. Esto garantizaba que no hubiera en la historia padres naturales malévolos".[4] Y "El gato con botas" se eliminó simplemente: sugería que un "delincuente", como el gato, podía triunfar ...

            Cuando murió Guillermo, en 1859, su hermano Jacobo, que estaba ya por otros territorios de búsquedas científicas, en el elogio que pronunció en la Academia de Ciencias, destacó especialmente los Cuentos de hadas infantiles y del hogar, que en su última edición, en 1856, habían crecido hasta doscientos cuentos y diez leyendas religiosas.

            Los Cuentos de Grimmsonla segunda gran jornada de la historia de la literatura infantil. Esta ya riquísima y con auténticas obras maestras.

 

EL SOMBRÍO Y MISTERIOSO ROMANTICISMO

Y hubo más cuento en el romanticismo alemán. Su aporte a la literatura infantil y juvenil se movió en un territorio que fascinó a los románticos: lo sombrío y misterioso. Que también seduce obscuramente al niño: recuérdense nuestros terrores infantiles, tan fascinados, cuando escuchábamos la historia de Mariangula...

            En ese clima surge  la siguiente gran figura de esta historia: Ernst Theodor Amadeus von Hoffman, nacido en Könisberg en 1776.

            A sus cuarenta años cambió su bufet de abogado y ciertas actividades artísticas por la escritura de cuentos, uniendo al  romántico deslumbramiento por lo fantástico y extraño, un agudo humor crítico. Y muy pronto sus historias fascinan a amplias audiencias de las que no están ausentes niños y jóvenes. Como "Der Goldene Topf" (Variamente traducido. Yo lo doy como "El puchero de oro").

            En 1821 antepone a "La princesa Brambilla" un prólogo que cuenta para nuestra historia. No había escrito para esos lectores graves y sesudos que se daban a buscarles a sus cuentos fuentes. Al cuento del Pequeño Zacarías, llamado Cinabrio, lo llama "broma, escrita a la ventura, sin más propósito que entretener".Y esa es la naturaleza de la literatura que amarían lo niños: la que cumplía ese estupendo propósito: entrener.

            Pero, ¡atención!, hay entretenimiento y entretenimiento. Si alguien se entretiene leyendo el Quijote está en un nivel más alto de lo humano. Hoffman, en el último párrafo de ese prólogo, advierte: "todo un arsenal de despropósitos y fantasmagorías no basta para infundir alma a un cuento, pues tan solo se la puede dar la riqueza de fondo y  una idea inspirada por una concepción filosófica de la vida". Esto ilumina lo que hace grandes las obras mayores de la literatura infantil y juvenil.

            De tan extraños, a veces sombríos, por más magia y juego y humor que tengan los cuentos del gran romántico, son más bien lectura juvenil que propiamente infantil.

            Y lo sombrío, lo extraño, lo fantástico, patrimonio romántico, seguiría a lo largo del siglo XIX dándonos fechas para nuestra historia.

            Hasta llegar, en 1833, esta vez al otro lado del océano, a una cumbre del cuento de misterio y horror: Edgar Allan Poe.

            He escrito en El camino de lector ala hora de dar a cuentos de Poe honroso lugar como obra maestra:"Aquí hallará el muchacho algunas de sus más fascinantes lecturas de sus doce años. Y, por supuesto, desde esta edad, en cualquier sazón de la vida. Estupendas muestras de la maestría de Poe para narrar lo misterioso y terrorífico con implacable lógica y fría lucidez son cuentos como "El corazón delator", "El retrato  oval", "El gato negro", "La caída de la casa de Usher" y otros, tan densos en sus ambientes, tan bizarros en sus situaciones y tan meticulosos en el seguimiento del obsesivo conflicto interior, del cual todos esos horrores no son sino indicios, signos, símbolos"[5].

            A lo que se impone añadir que con  Poe comienza en esta historia lo policíaco y detectivesco; con sus cuentos de "detectio" o indagación lógica de un crimen ("El doble crimen de la calle Morgue") o la búsqueda con rigores ajedrecísticos de un tesoro en "El escarabajo de oro". ¡Cuánta obra maestra de la literatura infantil beneficiaría este filón! Piénsese en la espléndida Emilio y los detectives de Erich Kästner.

            Pero años antes de Poe ocurre otra faceta de esta historia, en pleno romanticismo inglés.

            Mary Wollstyonecraft, a la que se conoce como Mary  Sheley, porque, tras haber sido por años su amante, se convirtió en esposa del gran poeta romántico Percy Sheley, contó en el prefacio de la obra suya que  la haría inmortal: "Pasé el verano de  1816 en los alrededores de Ginebra. El frío reinante y la abundante lluvia nos hacían reunirnos al atardecer junto al fuego de la chimenea, entreteniéndonos de cuando en cuando con la lectura de algunos cuentos alemanes de fantasmas que habían caído por casualidad en nuestras manos. Esos cuentos excitaron en nosotros el deseo de imitarlos, sirviéndonos de ellos como diversión"[6]. ¡Cuánto hay para  leer en el  pequeño texto, tan familiar! Al menos el influjo que en estos menesteres literarios tenían las historias alemanas de fantasmas (¿Hoffmann? "Los elíxires del diablo" se había publicado el año anterior), el que la autora trató de imitarlos y que esas lecturas al amor del fuego en una de las cuales contó su historia eran para diversión.

            Pero lo que Mary contó fue totalmente nuevo y fascinante y  aterrador sin necesidad de fantasma alguno. Fue Frankestein, o el moderno Prometeo, que se publicó en 1817.

            A tono con los tiempos de revolución industrial y científica que se vivían Mary situó su novela entre lo maravilloso romántico y esas novedades no menos maravillosas."El acontecimiento en que se funda este relato -nos confió- ha sido considerado por el doctor Darwin y algunos científicos alemanes como algo dentro de lo posible". Fue la sobrehumana empresa de crear un humano armando el cuerpo al que se infundiría vida con  restos de cadáveres. Pero, al pedir la criatura a su autor, el doctor Frankestein, una compañera y él negárselo, se desencadenó la tragedia. La obra se movió entre el deslumbramiento del hallazgo y el horror de lo hallado, entre lo grande y lo mórbido. Y fue honda meditación sobre la vida y lo humano. De la que al banalizarlo y adaptarlo se la privó.

            Y la literatura inglesa daría aún otra jornada de lo extraño y fantástico a los lectores juveniles, obra memorable inagotablemente adaptada y llevada al cine, sin nunca dar todo lo que el original: Drácula(1897)de Bram Stoker. El tema del vampiro,  con que en el siglo XXI se realizarían verdaderas sagas con vampiros  guapos y románticos, que tendrían miles de jóvenes fanáticas. 

 

EL BRIOSO ROMANTICISMO: LA AVENTURA 

Por otras tierras altas románticas surgen las nuevas páginas de esta historia. La aventura.

            El niño que comienza a dejar el mundo mágico de la infancia ama la aventura. Los doce años es la edad de la aventura. Recordémoslo: la aventura romántica nos deparó algunas de las horas más felices de nuestra infancia lectora.

            Y seguramente a muchos niños de esas primeras décadas del XIX. Porque la aventura romántica florece en una hora de revolución del mundo lector. Para 1821 el Informe Cuvier informaba de 2.900.000 niños y 3 millones de niñas alfabetizadas en Francia. Y a más lectores más impresos. En un año los diarios parisinos pasaron de 70.000 ejemplares a 200.000. Y el gancho eran lecturas de diversión y emoción. Los grandes folletinistas y sus aventuras por entregas. Los diarios se peleaban por los más seguidos por los lectores. Y el mayor de todos, al que se pagaban cantidades enormes, era un contador de historias brioso y de la más rica vena fabuladora: Alejandro Dumas. El dio a niños y jóvenes esa estupenda Los tres mosqueteros(1844), que, ante el insistente pedido de sus millares de lectores, debió seguir. Y siguieron los lances de los mosqueteros, que ya eran cuatro, en Veinte años después y El vizconde de Bragelone. Y más para jovencitos que para niños fue esa apasionante El Conde de Montecristo, a la que adustos moralistas ven mal: exalta la venganza.

            Pero Dumas no fue el único: larga fue la serie de capa y espada, con autores como Paul Feval y su famoso espadachín el Jorobado Enrique de Lagardere (1858). Y folletines tan desenfadados como los del vizconde Ponson du Terrail, autor del famoso Rocambole. Y se prolongaría, años más tarde, con las aventuras de piratas en las que campearía, ya a finales del siglo, Emilio Salgari con vibrantes aventuras como las de Morgan, el Corsario Negro o Sandokan.

            Salgari era lectura fácil. Pero la aventura de piratas  conocería una obra maestra, estupenda creación de un gran autor: La isla del tesoro (1882) de Robert Louis Stevenson. Clima romántico de aventura pirática (con el inolvidable cojo John Silver y su banda), pero realización ya realista, de sobrio realismo, con sabor a mar.

 

LA HISTORIA COMO AVENTURA Y EL VIAJE AVENTURERO

En esos años tempranos del XIX una modistilla parisiense hace una invitación a un joven amigo. A su cuarto. ¿A qué? "Y si alguna tarde está libre y no le es molestia, puede venir a mi cuarto a aprovechar el fuego y mi luz. Tomará novelas a préstamo y me leerá en voz alta. Es mejor que ir a gastarse el dinero en el billar. El señor Germain, mi último vecino, pasaba todas las veladas conmigo y no se quejaba. Me leía a Walter Scott... Leer es tan entretenido como el teatro". Lo ha contado el otro gran folletinista francés, Eugenio Sue, en su  famosísima -e interesantísima- Los misterios de París.[7]

            Texto tan vivo nos pone en pleno tiempo lector de finales de la primera mitad del XIX (Los misterios de París se publicó entre 1842 y 1843). No es un hombre de letras, es una humilde modista la que halla la lectura tan entretenida como el teatro.Y con sus amigos se pasa veladas enteras leyendo, aprovechando que tiene luz. Y lo que ese vecino le leía en esas largas veladas, por diversión, era Walter Scott.

            Con Walter Scott la aventura llega a la historia o la historia se narra como aventura. El escocés, nacido en 1771, en Edimburgo, también fue folletinista: escribió folletones para la "Edimbug Review" y la "Quareterly Review". El éxito fue apoteósico y de los folletones pasó a la novela. Siempre instalada en un tiempo histórico. Primero en la Escocia del siglo XVIII y después en la turbulenta historia de Inglaterra de  finales del siglo XII. Y entonces nos dio Ivanhoe, que, como ha escrito el gran historiador de la literatura Prampolini: "Ha hecho las delicias de generaciones de jóvenes lectores".Yo lo recomendé así en El camino del lector: "Emocionantes aventuras en un mundo medieval reconstruido con brío romántico: bajos mundos, bandoleros, cerco y asalto al castillo de Reginaldo, torneos. Personajes de gran relieve, como Rebeca, que amó a Ivanhoe hasta el sacrificio, e Isaac de York, el judío, su padre. Y vida bullente de la comparsa, hasta los siervos y los bandoleros". Y multiplicó sus novelas seductoras para el lector joven: Guy Mannering, Rob Roy, Quntín Durward, El anticuario, Waverley. De intrigas folletinescas, en rico marco histórico. Más rico como novela que como historia.

            Y el autor de La isla del tesoro también instaló aventuras en un tiempo histórico. Fue La flecha negra, emocionante historia en la Inglaterra de la guerra de las  Dos Rosas entre las casas de York y Lancaster. Y dio el aire de historia -de mediados del XVIII-, con la forma memorias, a las aventuras de David Balfour, en Secuestrado.

            También Dickens, uno de los mayores novelistas del XIX -a quien daremos después lugar especial- hizo briosa novela de aventuras en el marco trágico de la Revolución Francesa en su Historia de dos ciudades, espléndida lectura juvenil.

            Otros románticos o herederos de un romanticismo que iba pasando hacia el realismo hallaron posibilidades exóticas o, al menos, de incitante extrañeza en viajes.

 

LOS FANTASIOSOS VIAJES DE VERNE

Aventuras y viajes aventureros se iban convirtiendo en lecturas preferidas de un público  infantil y juvenil que se sacudía cada vez con mayor personalidad de imposiciones pedagógicas y moralistas de un espeso mundo adulto. Y entonces para responder a esa creciente apetencia surge el más imaginativo y brioso contador de esos viajes, búsquedas y experimentos que arrastraban a la gente menuda: Julio Verne. Ese "joven sabio que quería escribir la novela de la ciencia", que dijo un editor, no era tan científico que dijéramos; pero era ávido lector de cuanta cosa científica cayese en sus manos, comenzando por la famosa revista "Le Tour du Monde".

            Verne escribe Cinco semanas en globo, y la rechazan quince editores. Pero Hetzel avisora que estaba ante un autor llamado a revolucionar  la lectura juvenil con sus viajes y hazañas de base científica. Y publica Cinco semanas en globo, en 1863. Y es tal la acogida de ese fabuloso viaje, tan a tono con el tiempo, que el editor llega a exigir a su protegido hasta tres novelas por año.

            Las novelas de Verne cobran inmediata  e inmensa popularidad: Viaje al centro de la tierra (1864), Los ingleses en el polo norte (1864),De la tierra a la luna (1865) y su continuación Alrededor de la luna (1869), El desierto de hielo (1865), Viajes y aventuras del capitán Hatteras (1866),Ciudad flotante (1867), Los hijos del capitán Grant (1867), 20.000 leguas de viaje submarino (1870),Miguel Strogoff (1871), La vuelta al mundo en ochenta días (1873). Hasta culminar este primer período en la magistral y honda La isla misteriosa en 1875, tan relacionada con Grant al mando de su "Nautilius" (el primer submarino atómico) en20.000 leguas de viaje submarino.

            Primer período, porque la novelística de Verne se interna en lo pesimista casi sombrío y sus fantasiosas creaciones se tornan  graves metáforas de aberraciones de esa sociedad deslumbrada por la ciencia: formas represivas del poder del Estado, avidez de riqueza, soberbia confianza en los logros de la ciencia -que llevan al hundimiento en la casi burlesca La isla a hélice (ya en 1895)-.

            Pero las novelas que el gran escritor hizo para los niños, como "el escritor de los culos de plomo" ("l´e ecrivain des culs de plomb") como él mismo se caracterizó, fueron los del primer período: evasiones fantasiosas y libres para esos humanos a los que se quería pegados a las bancas escolares. Literatura infantil y juvenil, en suma. Pero el mundo adulto no lo entendió así y quiso apropiarse de Verne. Comenzando por el editor, que subrayaba el valor pedagógico de esas novelas -probaban el valor de la ciencia y destacaban la energía humana frente a las adversidades-  e invitaba a su lectura en familia "au coin du feu". Bueno, al fin y al cabo los adultos eran los que pagaban las suscripciones...

 

EL ESCRITOR QUE AMABA CONTAR CUENTOS A LOS NIÑOS

Siguiendo la aventura y los viajes fabulosos hemos desbordado los tiempos románticos y hemos llegado a los del realismo. Se impone retroceder hasta las fronteras mismas entre esos dos territorios, porque allí está un autor con quien acaso se deba decir que la literatura infantil propiamente nace: Hans Christian Andersen.

            Nacido en 1805, en casa humildísima, en un arrabal de Odense, en Dinamarca, la seducción de grandes románticos alemanes -Heine, Chamiso, Arnim- le llevó a la decisión de ser escritor. Y con más pasión que genio escribió teatro, novelas, relatos de viajes... Pero en  mayo de 1835 publica un pequeño tomito de sesenta y  cuatro páginas con el humilde título de Cuentos contados a los niños. No lo escribía como el gran literato que aspiraba a ser sino como se podrían contar a los niños y  los tenía por "naderías".Pero allí estaban ya "El yesqero" (o "La caja de yesca") y "La princesa del guisante". Y poco a poco Hans comprende que allí estaba el camino a esa fama que se le mostraba tan esquiva. A razón de casi un volumen por año, llegaría a publicar 165 relatos, algunos bastante largos.

            Andersen recupera la sabia simplicidad, cargada de elementos simbólicos y de acordes extraños, de los cuentos de hadas, y  los enriquece con vivencias personales. Es impresionante el trasfondo autobiográfico compensatorio de sus más emotivos cuentos, desde "El patito feo", que convierte en símbolo universal su propia carrera de frustraciones como "patito feo" de la literatura hasta llegar a codearse con los cisnes, hasta el drama de sus amores frustrados en "La sirenita", de tan sutil complejidad psicológica y tan lírica narración.

            Andersen significa en la historia de la literatura infantil el primer gran escritor que consagra lo mejor de su escritura a ese público hasta entonces tan menospreciado. Nada de "moralidades" ya, aunque sus cuentos estén traspasados por el sentido moral de la existencia; nada de didactismo utilitario. En cambio, juego siempre rico de fantasía y humanidad, de ternura y humor.

            Todo ello en una clave siempre válida en literatura infantil: escribir para el pequeño oyente o lector; realmente para él.

            Como quien cuenta el cuento, o contándoselo, sin más."Frecuentaba numerosas familias -ha referido Edvard Collin- y se ocupaba de los niños; les contaba cuentos, tanto inventándolos ese momento, como inspirándose en cuentos conocidos; en uno y otro caso, su manera de contar era totalmente suya, y tan vivaz que embelesaba a los pequeños. El mismo se divertía dando libre curso a su fino humor, y hablaba sin parar, acompañando el relato de gestos apropiados. Daba vida a la frase más seca. Nunca decía: "Los niños subieron al coche y partieron", sino "entonces montaron al coche y hasta la vista, papá, hasta la vista, mamá, el látigo chalc, clic, clac... se van... arre so!"[8]

            Y contó así sus cuentos por los escenarios más solemnes y fastuosos de Europa. En la gira que hizo en 1845 dio un recital de sus cuentos en el palacio de Postdam; en 1849, en Estocolmo, fue huésped de honor del rey Oscar I y leyó cuentos ante la reina. Como en un cuento de hadas con final feliz...

 

EL GRAN ESCRITOR QUE SE EMOCIONÓ CON EL NIÑO

En 1837, a un periodista llamado Charles Dickens, que había reunido algunos bocetos como libro (Sketches, by Bos),se le pidió un texto para una colección de libros de humor. Y él respondió al pedido con Pickwick papers (En español lo hemos leído y lo seguimos leyendo -acabo de leerlo, una vez más, divertido y admirado- como Papelespóstumos del Club Pickwick). Con sola esa obra Dickens se convirtió en la figura mayor de la literatura inglesa del XIX y centro de un nuevo fenómeno de lectura. Losperiódicos que dirigió alcanzaron enormes tirajes. Y ello por las novelas que el gran escritor publicaba en ellos por entregas mensuales. Así nació, en 1838, Oliver Twist; en 1839, Nicholas Nickleby... Y elpúblico inglés asistió entre consternado o indignado -indignado no por el hecho monstruoso sino porque se lo sacase a la luz- a la más dura denuncia de la inaudita crueldad con que esa sociedad trataba al niño.

            Y entre mayo de 1849 y noviembre de 1850, el tan leído autor dio a su público, en folletos de treinta y dos páginas, la novela de su propia vida: David Coperfield. Más  tarde, ya en 1859, entregaría a sus ávidos lectores Historia de dos ciudades.

            Todas esas obras son estupenda literatura al alcance del joven. Parece que, al menos a las más duras, la hipócrita sociedad victoriana estorbaba el acceso a niños y jóvenes.

            El editor de grandes periódicos entregaba a sus públicos, por navidad, lectura navideña. Nacieron así los "Christmas Book". Y el primero, en1843,fue una auténtica obra maestra de literatura infantil, que a la vuelta de más de siglo y medio, conserva intactos su misterio y aliento navideño: A Christmas Carol: in prose (La canción de navidad).Y a los dos años, en la navidad de 1845, otra obra maestra: The Cricket on the Hearth (El grillo del hogar).

            Eran cumbres de la literatura infantil. De aquella lúgubre historia de espectros que visitan al avaro para llevarle a sus navidades pasadas, presente y futura, he ponderado en El camino del lector: "Estupendo hallazgo argumental tratado con el inconfundible sabor de Dickens. Un mundo de humanidad y ternura. Ambientes inolvidables de niebla, frío, misterio. Pintura amable, con finos toques de humor, de personajes y escenas familiares. Amplio registro de penetración en lo humano. De lo alegre y feliz a lo desolado y lúgubre"[9]. Como diría el gran Nabokov:  "Sencillamente hemos de rendirnos a la voz de Dickens: Eso es todo".

 

EN QUE SE CUENTA A UNAS NIÑAS UNA OBRA MAESTRA

Cierta tarde de julio de 1862 (el 4,para ser exactos),el Rev. Charles Ludwige Dogson, profesor de matemáticas en el colegio de Christ Church, salió de paseo con las tres hijitas del Deán del colegio. Iban a pasar el día cerca del río Cherwell, tributario del Támesis. Y, mientras él y un amigo remaban hacia Godstow, Charles -que solía contar a las niñas cuentos- comenzó la más enloquecida historia. Y las pequeñas celebraron tal despliegue de humor, juego, fantasía y sinsentido con alborozo."Las aventuras subterráneas de Alicia" tituló Dogson su relato, poniéndolo a nombre de la preferida y, a insistencia de sus primeras oyentes, finalmente, lo publicó en 1863.

            Por encima de cuanto se escribía ya para niños, como los amables cuentos de hadas e historias de Sofía, de la Condesa de Segur, y, por supuesto, cosas harto menores y hasta insignificantes, la literatura infantil alcanza una  cumbre con Alicia en el país de las maravillas, admirable obra maestra, a la que seguiría Al otro lado del espejo (1871), no menos genial; acaso más; aunque menos apropiada para la mentalidad infantil.

            En una tarde de aburrimiento, Alicia sigue a un extraño conejo blanco a su madriguera, y cae, cae, cae. Experimenta los más desconcertantes cambios de tamaño, y, pequeña, casi se ahoga en sus propias lagrimas. Vive divertidas peripecias y dialoga sorprendentemente con personajes como la oruga. Con el Sombrero,elLirón y la Liebre de Marzo se sienta a tomar el té y entonces la conversación toca en un clímax de despropósitos (el capítulo se titula "Una merienda de locos").Entra después Alicia en un hermoso jardín y la Reina de Corazones la invita a jugar al criquet -las bolas son erizos y los mazos, flamencos, y a los jugadores con los que la reina se enfada manda que se les corte la cabeza-. La reina lleva a a Alicia a  que escuche a la Tortuga Artificial su historia -que es la más despampanante burla de la educación tradicional victoriana-.Y todo termina en un juicio al que Alicia es convocada como testigo. Juicio que es acre sátira de las justicias manipuladas por el poder. Pero, como ha comenzado a crecer, es recusada; se rebela; la reina ordena que se la decapite; Alicia le dice que ella y su corte no son sino una baraja, y, cuando el mazo de naipes se lanza sobre ella, despierta.

            Intencionado juego -el del matemático y lógico que  era Lewis Carrol- y desenfadado fabular -que da en honduras que el lógico acaso ni sospechaba-; sostenida violación de las rígidas instituciones victorianas, desde el té hasta la educación, desde el  cricket hasta el ceremonial cortesano; fantasiosa cala en espacio y tiempo, lenguaje y pensamiento lógico -Alicia se topa con "lógicas" no convencionales que parecen tener sentido-; reductioad absurdum del comportamiento humano-en parodias que desnudan el sinsentido, la gratuidad, el absurdo de ese comportamiento, fosilizado en convenciones sociales.

            Todo un juego riquísimo de sentidos que se llevan adelante con parodias, sinsentidos, extrañas personificaciones y metamorfosis y bizarros episodios. Y se resuelve en un humor chispeante, irónico -y a veces negro-, desconcertante, hilarante; humor de un mundo de locos que se creen cuerdos y de extravagantes que se dan por sesudos.

            El "país de las maravillas" de Alicia era el de una literatura infantil abierta a insospechados horizontes. Había hecho estallar todos sus límites.

 

OTRA OBRA MAESTRA DEL REALISMO

Relacionadas de muchas maneras con el mundo  infantil y juvenil, ya en la última parte del siglo XIX, aparecen, emparentadas entre ellas, dos obras que cuentan en la literatura norteamericana, la segunda como una de las grandes cumbres de ese siglo. De ella Hemingway dijo: "Toda la moderna Literatura Norteamericana viene de un libro de Mark Twain llamado  Huckleberry Finn".

            El anuncio de lo que sería Huckleberry Finn apareció en 1876: The Adventures of Tom Sawyer (Las aventuras de Tom Sawyer). Aventuras vividas por chicos corrientes, con Tom a la cabeza. Aventuras entre la realidad cotidiana y lo trepidante de crimen, piratas y un tesoro. Con mucho de juego, de invenciones, terrores y hazañas  infantiles. Tom es una figura de  apasionado amor por la libertad y de nobles y decididos afectos -por su tía, por su infantildama,por su amigo Huck-; a medias un soñador romántico y a medias un realista de ingenioso sentido común.- La vida del pueblo y las peripecias, animadas por el fino humor irónico de Mark Twain.

            "Si ustedes no han leído un libro que se titula Las aventuras de Tom Sawyer, no sabrán quién soy; pero esto no importa. El libro de que hablo fue escrito por el señor  Mark Twain, y este señor exageró en ocasiones, pero, en términos generales, contó la verdad". Así comienza The adventures of Huckleberry Finn.

            El mismo año en que terminó Tom Sawyer, Mark Twain, que se llamaba propiamente Samuel Langhorne Clemens, y no tenía el menor  título académico: se había buscado la vida en los más variados oficios, sobre todo en el gran Mississipi, que fue el amor de su vida y al que cantaría en su Huck Finn, comenzó su gran novela.Lellevaría ocho años escribirla.Apareció en 1884. Y conoció inmensa popularidaddesde su aparición. Su estilo coloquial pero poético y vivo; su fino humor de ancho registro, su personificación delperdurable y universal sueño de la perfecta inocencia y libertad de la infancia y juventud, su recreación de la vida del valle del Mississipi de antes de la guerra, entusiasmaron a millares de lectores de toda edad y condición. (Hay que reconocer que Tom Sawyer gustó más a los niños).

            Huck y el esclavo negro Jim, yéndose  en una balsa Mississipi abajo y viviendo deliciosas aventuras, tan originales y chispeantes como la de los Grangeford y Shepherdson, dos familias en mutua cacería, o la del Duque y el Delfín, inagotables urdidores de artimañanas para estafar la ingenuidadde las poblaciones ribereñas... Entre la épica y la picaresca, obra maestra. Y amada por muchos lectores jóvenes.

            Pero el gran narrador -y periodista y conferencista- dio al público infantil y juvenil otros divertidos -e intencionados- relatos: Príncipe y mendigo, Un yanki en la corte del rey Arturo.

 

¿Y "PINOCHO" Y "CORAZÓN"?

Y antes de dejar el XIX el historiador de esta literatura  está en la obligación de atender a dos  significativas fechas que ocurren  en Italia.

            En un país que pugnaba aún por superar un antigua fragmentación regionalista, con  resonancias de ese nuevo espíritu nacional,  aparecen dos libros para los niños: Le  Aventure de Pinocchio, de Collodi, en 1883, y Cuore (Corazón), de Edmundo D´Amicis, en 1886.

            Lastrados aún con mucha cosa turbia delmundo adulto -lo moralizante y artificioso de la historia del muñeco de madera que se convierte en niño (Pinocho) y el exaltado humanitarismo y patriotismo del diario del niño (Corazón)- los dos tocaron cuerdas de lo infantil y narraron con arte. En Pinocho la personalidad el muñeco convertido enniño y sus desventuras se narraron con dramatismo. En Corazónlanarración fue viva y se lograron personajes de firme caracterización, como el maestro Perdomo o los alumnos Garrón y Garofi

            Los dos libros fueron lectura emocionante de nuestra infancia. Los niños de ahora ya no los leen... Y es una pena, porque al menos algunos de los cuentos que el maestro cuenta cada mes a los niños de tercer grado son emocionantes y humanísimos: "El pequeño escribiente florentino", "De los Apeninos a los Andes".

            Y el realismo daría aún otros  títulos que niños y aun más las niñas amaron: Mujercitas(1867)de Luisa May Alcott, Heidi(1881) de Johanna Spiry.

            Caso especial me parecen por su especial penetración en el mundo infantil y la creación de memorables pequeños héroesEl pequeño Lord Fauntleroy (1886) del Frances Hodgson Burrnett -delicioso el duelo de personalidades entre el pequeño burgués elevado a Lord y el atrabiliario abuelo noble- y El Reyecito  del gran escritor André Lichtenberger con la magistral creación de Miguel, el último descendiente de la cruel dinastía de los Kainof,que muestra ráfagas de un temple indomable, pero es  un niño y un niño solitario.

 

ÚLTIMAS OBRAS MAESTRAS

Pero cerremos el siglo XIX con unas últimas obras maestras, algunas de las cuales  plantean las más incitantes preguntas.

            La más pungente la plantea la famosísima Poil de Carotte(1894)(literalmente Pelo de zanahoria; en español, generalmente Zanahoria) del importante escritor francés Jules Renard.

            La pregunta puede formularse así: por más que en el centro de la historia esté un niño, ¿puede tenerse por literatura infantil un libro de esa crueldad?

            Ellibro presenta la actitud de los adultos hacia el pequeño "pelo de zanahoria" con hirientes rasgos de crueldad, perfectamente consistentes con un mediocampesino europeo.Pero junto a toda esa dureza hay rasgos de una ternura casi torpe y casi  vergonzante del padre, el señor Lepic, y del padrino, y aun más torpe y obscura (pero que el pequeño ve como amor) de la madre.En medio de ese mundo pintado con recio realismo, el pequeño responde a esa crueldad con estoicismo y va desarrollando su personalidad. Un tanto amargo,ellibro no es,ni mucho menos, pesimista. Y presenta la psicología infantil con toques certeros, originales, a menudo deliciosos, con que el niño lector -el buen lector niño- disfrutará.

            Es, pues, se impone concluir literatura infantil.Tenía sobrada razón Benjamín Carrión, que amaba este Pelo de zanahoria.

            Otra obra llega a esta historia con altísima calidad pero también plantea la cuestión: ¿Literatura infantil o juvenil?

            Digamos de entrada que es una auténtica obra maestra, que pertenece a uno de los mayores escritores de la novela universal y que es la más bella y honda historia de espectros o fantasmas que se haya escrirto.

            Es The turn of the screw (Otra vuelta de tuerca) (1898) de Henry James.

            Dos niños en una casa solariega tienen extrañas relaciones con los espectros de dos antiguos sirvientes. La joven institutriz que ha ido a cuidarlos sorprende en esas relaciones un abismo de perversidad y lucha desesperadamente por liberar de ese mal a los dos niños.

            Apasionante interés. Y tremeda lección moral: un misterio maléfico procedede turbios actos de que los niños fueron en el pasado primero espectadores y más tarde encubridores.

            Literatura infantil ya se ve que no es. ¿Pero literatura juvenil?

            Un joven alumno del colegio San Gabriel me dedicó el libro, en 1964, comoregalo navideño.Con esta dedicatoria:"Este regalo navideño, esta fábula enigmática de estremecedora belleza, con dos de las criaturas más delicadas de la literatura inglesa, tan pródiga en ellas, sumidas -tal vez- en las profundidades del mal.Con el obsequio de esta, una de mis lecturas memorables, dejo cumplido mi ofrecimientode hace un año". Para ese joven era una de sus lecturas memorables. Solo que no era un joven ordinario. Actualmente es reconocido autor de cuentos y en ensayos de crítica, en México, donde vive, y en América Latina, Vladimiro Rivas.

            Y en este final con grandes figuras de la literatura universal damos con uno de los escritores más artistas de la literatura inglesa, Oscar Wilde. Al tiempo que era aclamado en teatros londinenses con sus obras de teatro y escandalizaba a la pacata sociedad victoriana con sus relaciones homosexuales, contaba a sus pequeños hijos cuentos. Nacieron así algunos de los cuentos más bellos y hondos de la literatura infantil. Entre ellos, mi preferido: "El príncipe feliz", que en 1885 contó en Cambridge al grupo literario "Las cigarras". Con brillante y hondo juego de símbolos, que fueron de lo lúdico a lo amargo, dio a Inglaterra y al mundo altísimo ideal de humanidad y su visión de la sociedad del tiempo. Cuanto se puede leer en el admirable cuento se hallará en el  cerca del centenar de páginas que le he dedicado como uno de los cinco cuentos de mi libro Los cuentos más bellos del mundo.[10]

            "El príncipe feliz" estuvo en una primera colección de cuentos; una segunda apareció en 1891 con eltítulo de A house of Pomegranates.Y allí estuvo otra obra maestradel cuento: "El joven rey".

            Sobre lo que significaron "Elpríncipe feliz" y  esos otros cuentos para la literatura infantil he escrito en la Historia de la literatura infantil y juvenil: "Al final del siglo XIX y a las puertas del nuevo siglo ese cuento -y otros cuentospara niños de Wilde- muestran lo que sería una Literatura Infantil escrita porlos mayores escritores del mundo, que será uno de los más altos y brillantes rasgos de la Literatura Infantil en el mundo"[11].

            Lo que resulta penoso es que adaptadores zafios y fenicios suprimirían en "El príncipe feliz" -y en otros cuentos de Wilde- las más bellas pinturas, como si se tratase de adorno superfluo. Cuando son claves de sentido.

            Importa añadir que Wilde dio a la literatura juvenil también una historia de fantasmas. Pero fue un fantasma que no logró nunca asustar a la familia de Mr.Otis, el ministro norteamericano. Fue una narración espléndida por su hallazgo argumental, exacta ambientación y fino humor irónico, para reirse, lo mismo de  los fantasmas ingleses que del prosaico pragmatismo yanqui. Fue El fantasma de Canterville (1891).

            Y para cerrar ya el  siglo XIX -y abrir el XX, en el cual el autor hizo nuevas grandes obras de literatura infantil y juvenil- llega a este escenario histórico una enorme figura y lo hacecon una obra fascinante: Rudyard Kipling con The Jungle Book y The second Jungle Bookreunidos en español como El libro de las tierras vírgenes.

            Cuanto ansié de niño tener ese libro que, en laportadade la barata edición de Tor, mostraba a Mowgli junto a sus amigos, creo que el oso Baloo y la pantera Baguera, se cumplió con creces: la historia casi mítica del niño que fue criado por la manada de lobos, aventuras con la emoción y el misterio de la selva. Páginas magistrales por su exotismo  y suspenso, como "El ankus del rey".

            La historia de Mowgli se completó con cuentos de animales. Cuentos como Kotik, la foca blanca; Rikki-Tikki-Tavi, la mangosta; Kala Nag,el elefante, y Ugger Ghaut, el viejo caimán rencoroso, son obras maestras del cuento de la selva y la natutraleza.

 

CERRAMOS EL SIGLO XIX

Hemos asistido en el siglo XIX al nacimiento y primeros pasos firmes, algunos magistrales, de la literatura infantil y juvenil. Me atrevería a sostener que la irrupción en el horizonte literario de esta literatura es uno de los rasgos fundamentales de la cultura en el siglo.Nosolopor los nuevos caminos que la literatura infantil abre en el territorio de la literatura, sino porque incorpora al mundo lector riquísimo e insospechado continente de ciudadanos. Y, al atender a los niños, a sus apetencias, gustos y necesidades, esa literatura ha contribuido poderosamente a dar presencia en la sociedadal niño.

            Si va a ser posible  llamar al siguiente siglo, el XX, el "siglo del niño", débese en buena parte a que en el XIX se comenzó a escribirpara ese niño su literatura.

 

Y ABRIMOS EL XX

Siglo XX. El niño ya es visible. No se puede prescindir del niño para entender a los humanos. Al "descubrimiento" del niño ha seguido la afirmación del niño. Y los empeños del mundo adulto para entenderlo. No para domesticarlo y reducirlo al triste papel de adulto enano, en puro tránsito a empezar a tener papel en el gran teatro del mundo.

            Freud descubre en la parte profunda y obscura del adulto al niño.

            Y un sabio prolijo y perspicaz, el suizo Piaget, hace conocer la representación del mundo en el niño -así tituló su primer libro, de 1926-, cómollega el niño a la noción de causalidad (La causalidad física en el niño, en español en 1934), cómo se forma la noción de realidad en el niño, en lo social y en lo intelectual y, en suma, cómo piensa el niño y cómo va conociendo el mundo y relacionándose con las gentes y las cosas, etapa por etapa de una edad evolutiva.

            Y a la luz de estas y otras decisivas iluminaciones la literatura infantil cobra nueva importancia y ve abrirse ante sí  caminos que antes solo los adelantados intuyeron. Y por su parte contribuye a iluminar ese mundo infantil.

            ¡Qué magnífico es en esto Peter Pan! En la deliciosa historia, el País de Nunca-Jamás es símbolo madre y toda una guía para penetrar en los terrores infantiles y vencerlos por juego y aventura. La irrupción en la casa burguesa de la fantasía.Y al final, cuando los niños se restituyen a la casa burguesa, la nostalgia por esa isla y país de Nunca-Jamás, que la inmensa mayor parte de los adultos han perdido.

            Estrenada como teatro en 1904, fue cuento en 1907 y novela, ya en su formadefinitiva, en 1911.

             Y la Guerra de los botones(1912), más allá de la historia de pequeñas guerras entre niños y jóvenes, que ya había abordado la dolorosa Los muchachos de la calle Pal(1907), incitaba a maneras radicalmente nuevas de literatura infantil y juvenil. "No he titubeado ante la expresión cruda, siempre que fuera sabrosa, ni ante el gesto ligero,a condición de que fuese épico -anunciaba en el prefacio su autor, Louis Pergaud-; he querido reconstruir un instante de mi vidade niño, denuestra vida entusiasta y brutal de salvajes vigorosos, en lo que tuvo de franca y heroica, es decir, liberada de las hipocresías de la familia  y de la escuela".

            Se abrían horizontes, se violaban límites y se seguía buscando dar al niño historias memorables.  Lyman Frank Baum, al abrir el siglo, quiere dejar atrás los cuentos de hadas, pero no urde sino nuevas andanzas como las de esos cuentos, en The Wonderful Wizard of Oz (El mago de Oz) (1900), aunque con esa deliciosa desmitificación final: el gran mago no era sino un viejecillo calvo, de rostro arrugado. Un farsante. Pero que da sus sesos al espantapájaros, un corazón de seda y serrín al  de hojalata y convence al león de que es valiente, y  Dorotea da con el secreto para regresar a la patria.

            Grandes poetas aportan lo más alto de su lirismo en la forma amable y sencilla propia de la literatura infantil: Carl Sandburg en los cuentos y relatos folclóricos de Historias delpaís de Rutabaga(1922-1930).Y los pueblos hacen de esos libros entrañables piezas de su imaginario. Así con el fresco y libre, con andanzas de chispeante  ingenio y  desenfadada gracia, El viento en los sauces (1908) de Grahame Kenneth.

            El hálito poético que los agita hace memorables muchos libros destinados a los niños. De Bambi de Félix Salten, el gran novelista inglés Galsworthy ponderaba: "Apenas si conozco cuento deanimales que, en cuanto a observación sensible e íntima veracidad, puedacompararse con esta historia de la vida de un corzo. Félix Salten es un poeta. Su sensibilidad penetra hasta lo más hondo de la esencia de la naturaleza"[12].

            (El cine establecería en el siglo múltiples relaciones con la literatura infantil, buena parte de ellas infelices. El Bambi de Walt Disney conservó mucho de la poesía y emoción del original).

            Y es un gran novelista quien cuenta a los niños con altas notas de lirismo una historia de amor: el brasileñoJorge Amado en El gato manchado y la golondrina Sinha: una historia de amor (1976). Con la primavera, el gato manchado siente la alegría de vivir, y asusta a todoslos habitantes del bosque.Menos a la golondrina que ya tenía interéspor el manchado.Y el romance prospera. Elotoño lecoge al Gato transformado. Si hasta escribe un soneto! (Sin importarle que el sapo Curucú lo criticase como plagio...). Pero la golondrina acaba por anunciar al Gato su próxima boda con el ruiseñor. El final es de penetrante y doloroso lirismo: la soledad  de quien se ilusionó con un amor imposible.

            ¿En esta línea de creaciones de grandes poetas para los niños puede ponerse el bellísimo Platero y yo, aunque Juan Ramón Jiménez siempre protestó que no era literatura infantil?

            Muchas historias de esta literatura asedian en el siglo las relaciones de los niños con el mundo adulto.Las largas series de la inglesa Guillermo y  de Celia, de la española Fortún. Pero con mayores calidades y delicioso humor la de Pippa, que comienza por Pippa medias largas (1945):Pippa, la niña independiente -vive sola-, en permanente rebeldía con la sociedad que quiere domesticarla, rebeldía que fragua en divertidísimas ocurrencias.

            El caso de la autora de Pippa, Astrid Lindgren, es de especial magnitud en esta historia.Una serie de sostenidas creaciones logra una cumbre en el hondo y conmovedor Rasmus y el vagabundo (1954). A Astrid Lindgren la reconocería como gran figura de la literatura infantil la Medalla Andersen, que se ha creado como una suerte de Premio Nobel, para la literatura infantil y juvenil. La recibe en su segunda entrega, en 1958.

            Por muchos flancos la literatura infantil del siglo completa la gran tarea de la liberación del niño de los arbitrarios y a veces torpes moldes de una sociedad hecha por y para adultos. En Konrad o el niño que salió de una lata de conservas (1984) Cristina Nostlinger -también premio Andersen- presenta a un niño hecho bajo pedido, ordenado a gusto del mundo adulto, que llega en su lata de conservas, por equivocación,  donde la señora Berti Bartolotti, que vive una interminable infancia, libre, alegre y caótica. Y cuando de la fábrica  reclaman al niño que fue por equivocación recibirán, no el domesticado y  ordenado que habían encargado, sino uno que hace travesuras y dice malas palabras. Que vive su vida.

            Y en la serie de pequeños héroes infantiles que  se rebelan infantilmente, es decir con fresco ingenio y humor, del mundo adulto damos en el siglo con una creación chilena: Papelucho, que escribe en su diario cosas terribles, que no se pueden contar. Creó a Papelucho Marcela Paz (que propiamente se llama Ester Huneus). Papelucho vio la luz en 1947, y siguió larga serie, de juego sostenido y estilo de gran vitalidad.

            Pero la crueldad que a menudo torna desgarradoras las existencias infantiles -eso que ya anuncióPelo de zanahoria- toca notas desgarradoras en los cuentos de realismo vigoroso de un argentino, Alvaro Yunque, y sus Barcos de papel (1925).

            Las dos grandes guerras que ensangrentaron Europa y el mundo fueron cosa del mundo adulto y sus aberraciones. En el mundo de la literatura infantil se dieron dolorosas resonancias.Desde una buhardilla se asomó a ese horror.Una niña judía, que en ese estrechísimo encierro vive el final de su infancia y el comienzo de su adolescencia, siempre con el temor de que se descubra a esas dos familias, lo cual significaría caer en las manos de la barbarie nazi, nos lo narra en las  conmovedoras páginas de su diario: El diario de Ana Frank.

            Los monstruosos efectos de la bomba atómica que arrasó Hiroshima son seguidos en el doloroso irse muriendo de una sobreviviente,  Sádako: Sádako quiere vivir, de Karl Bruckner (1961).

             Y la niña a la que la locura nazi arrebató su infancia es el tema de la autobiográfica Cuando Hitler robó el conejo rosa (1971) de Judith Kerr.

            Uno de los descubrimientos del siglo, aunque parezca mentira, es el animal, y a él contribuye decisivamente la literatura infantil.El mayor autor deliteratura para niños y jóvenes centrada en elanimal es RenéGuillot. En 1948 publica El clan de los animales salvajes y lo mismo los niños que los especialistas saben que ha surgido un gran contador de historias de animales. "Os he dicho que conocí a Sama,el príncipe de los elefantes, a Sama o a su hermano, y que todoslos elefantes se llaman Sama".Sama,el príncipe de los elefantes (1950) fue distinguido con el Prix Jeunesse como el mejor libro de aventura para jóvenes. Pero decir "aventura" era muy poco: allí había vida intensa y una gran pasión por esos animales. Siguió larguísima serie que incuye la poética y dolorosa Crin Blanca, que Lamorisse convirtió en un filme tan bello como el original.

            El animal como compañero del hombre en sus empresas o andanzas por las heladas tierras árticas o el animal solitario, entre la vida salvaje y libre y la doméstica, es el gran asunto de las novelas de Jack London desde La llamada de la selva (1903), canto recio y tierno al grande y fuerte Buck,al que la codicia de un mayordomo arrancó del rico y cálido hogardel juez Miller y lo arrojó a los campamentos  y caminos de la helada Alaska, donde los perros se veían envueltos en las febriles aventuras de los buscadores de oro, sin másley que la del más fuerte. Buck hallaelcalor de un hombre que ama a losperros y llega a amarlo entrañablemente.Pero cuando los indios lo matan, siente el llamado obscuro del ancestro y vuelve a las manadas de lobos. En ese mundo desalmado y brutalmente violento, en que una cruel diversión era poner a pelear a los perros, Colmillo Blanco,el "loboluchador", vencía y era cuidado por su amo; al ser derrotado, a sus heridas el brutal dueño añadió bestiales patadas. Pero un hombre salvó al  lobo y le enseñó lo que significa el amor del hombre a su gran compañero, el perro.Es la hermosa historia de Colmillo blanco (1906).

            Y en el siglo siguen viajes. Pero ahora con la gran novedad de rigores en el estudio de la vida de las gentes de esas tierras a las que los viajes llevan al niño y al joven lector. Obras de tanta grandeza como Luna roja y tiempo cálido de Herbert Kaufmann, distinguida como el mejor Libro Juvenil Alemán de 1958. En un desierto pintado con densidad y belleza por un gran conocedor, en el seno de las tribus tamaschek, con sus costumbres, sus riesgos y sus luchas, una bellísima historia de amor.

            Y con especial autenticidad de escenarios y gentes, de vida y hablas, llega a esta historia América Latina.

            Horacio Quiroga, para más de un crítico el mayor cuentista de América, entrega en 1921 Cuentos de la selva,con cuentos de tanta vida y hondura en su simplicidad como "La tortuga gigante".

            En Brasil, con A menina do narizhiño arrebitado (1921) (Las travesuras de Naricita), José Monteiro Lobato da vida a Narizhiña e inicia una  de las más interesantes, vivas e imaginativasa series de relatos para niños que se hayan hecho. Ella y la pandilla viven aventuras urdidas con desenfado imaginativo, al borde de la selva. Y en El genio del bosque llegarán al mundo de los chicos personajes y relatos de la selva brasileña.

            Ylosanimales llegan a esta literatura desde los más descomunales e impresionantes escenarios: Mallko,elcóndor, del boliviano Gastón Suárez, o Renancó y los últimos huemules delos argentinos José Murillo y Ana María Ramb.

            Todo un capítulo de esta literatura especialmente grato al lector infantil es el del humor. Y en él damos con una brillante realización en la narradora, poetisa y cantante argentina María Elena Walsh, que volcó su creatividad a los niños.En 1965 entrega a su público infantil El reino del revés y Zoo loco, y en 1966, Dailan Kifki y Cuentos de Gulubú. La novela Dailan Kifki es un juego delmás despampanante humor.Humor de la desmedida hipérbole, las más locas situaciones, malentendidos, disparates y la simple maravilla, todo en el marco de un relato "serio":la niña cuenta la historia del elefante que halló a la puerta de su casa, como si se tratase de lo másnormal. La autora viola a su sabor la lógica adulta e instala el disparate y el sinsentido en sus divertisísimos relatos, juegos y canciones.

            Y el humor es lo que hace tan divertido para el niño el estupendo Jim Botón y Lucas el maquinistade Michael Ende(1960, y en 1961 Premio Alemán al Mejor Libro Infantil).Fantasioso, ingenioso, humorístico, en una peripecia  de sostenido interés. Todo a un paso del símbolo, pero siempre en pleno juego.

            Y como los niños no se resignaban a  tener que despedirse de Jim y comparsa, Ende les dio en 1962 Jim Botón y los trece salvajes, con nuevas invenciones, extrañas criaturas y aventuras fascinantes para el niño.

            Y fueron divertidísimos los episodios de El pequeño Nicolás de Sempé y Goscinny. Los casos que cuenta el pequeño Nicolás bordean el desastre como si nada, mientras los adultos se dan por vencidos. Esos desastres a menudo desnudan  superficialidades y vacías convenciones del mundo adulto.

            Laliteratura infantil crea en este siglo mundos e instala en ellos sagas que son seguidas por apasionados lectores. Desde la rica y humanísima creación de la familia Mumín del finlandés Tove Janson, que comenzó en 1946 con Lallegada del cometa, hasta El Hobbit (1937) de John Ronald Ruelen Tolkien, que se  continúa en los tres volúmenes de El señor de los anillos. Un mundo de extraña consistencia, que hunde raíces en obscuros mitos nórdicos y funde mito con cuento, bullente de personajes y acontecimientos, con tramos de poderoso aliento épico.

            Pero acaso lo más admirable de la literatura infantil en el siglo XX sea su poder para hacer, con la simplicidad propia de los relatospara niños y con las calidades que aman los niños, calas en los grandes sueños y las grandes frustraciones, en los mayores ideales y las más perturbadoras inquietudes de la condición humana.

            Así Los tambores (1958) de Reiner Zimnik, dolorosa historia del fracaso de la búsqueda humana de un mundo mejor. Grandeza épica al alcance del niño, gracias a la forma narrativa ágil y vibrante en avance paralelo con magníficas ilustraciones (del propio autor), que se entrelazan con el relato.

            O La isla de Abel (1976) de William Steig: las peripecias del ratón Abelardo Hassam di Chirico Pedernal, que, aislado en una isla, se convierte en un Robinson posmoderno. Sin heroicidad ni nada de hálito romántico. Un Robinson burgués, aunque rodeado de símbolos elementales.

            La famosa invasión de Sicilia por los osos (1958) de Dino Buzzati, divertida y con toques de penetrante lirismo, es una gran metáfora de la historia humana.

            Y resulta prodigioso como una historia narrada a los máspequeños, con grandes y bellas ilustraciones a doblepágina y muy poco texto, se convierte en dolorosa metáfora de las más bellas creaciones que ha hecho el hombre a costa de su misma existencia. En La casa más grande del mundo (1968) de LeoLioni, el caracol queagrandó su casa y la adornó hasta con campanarios y cúpulas, cuando seacabaronlas coles que comían los caracoles y todos se mudaron hacia otros alimentos, no pudo hacerlo y acabó por morir y su casa se destruyó.

            El último y más rico botín de este recorrido a vuelo de pájaro por un siglo de libros para niños y jóvenes es este: la literatura infantil ha completado la gran empresa de la historia cultural dela infancia, que es dar al niño su lugar en el mundo y escuchar su palabra.


 

[1]  Nunca sabremos la fecha exacta. "Bella y la Bestia" se publicó dentro de Le  Magasin del Enfants, de  Jeanne Marie Leprince de Beaumont , que apareció en Londres, en 1757.

[2]  "Estas historias de animales que hablan, que dan lecciones, que se mofan unos de otros, egoístas, burlones, avaros, despiadados, incapaces de amistad, más malvados que nosotros me sublevan el corazón. Las Fábulas de La Fontaine son más bien la filosofía dura, fría y egoísta del viejo que la filosofía amable, ingenua y buena del niño".

[3] Maryn Lyons, "Los nuevos lectores del siglo XIX: mujeres, niños, obreros", en Historia de la lectura en el mundo occidental, Madrid, Taurus, 2011. Pg. 404

[4]   Historia de la lectura, ob.cit., pg. 406

[5]  Hernán Rodríguez Castelo, El camino del lector. Quito, Banco Central del Ecuador, 1988. T. I, pg. 246

[6]  Mary W. Shelley; El doctor Frankestein o el moderno Prometeo. Versión de Augusto Gobernado. Madrid, Aguilar,1959, p. 19

[7]  Eugenio Sue, Los misterios de París, traducción de Carlos de Arce. Barcelona, Bruguera,1975, pg. 334

[8]  Texto contado por  Marc Soriano, Guide de Littérature pour la jeunesse, París, Flammarion, 1975, p. 44

[9]  El Camino del Lector, ob. cit., pg. 175

[10]  ""El Príncipe  Feliz" de Oscar Wilde". En Hernán Rodríguez Castelo, Los cuentos más bellos del mundo. Loja, Universidad Técnica Particularde Loja, 2011, pgs. 505-583

[11] Hernán Rodríguez Castelo, Historia de la literatura infantil y juvenil, Loja, Editorial de la Universidad Técnica Particularde Loja, 2011, p. 175

[12]  En el prólogo que escribió para la primera edición inglesa y se ha reproducido al comienzo de la edición en español de Austral: Félix Salten, Bambi, historia de una vida animal en el bosque. Buenos Aires, Espasa-Calpe argentina, 1943.


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