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Hablando del 10 de agosto…

 

Por Hernán Rodríguez Castelo

¿Pero fue tan importante?

Fue tan importante, y, conforme más nos adentramos en esos sucesos, más se nos impone su importancia. Actualmente solo una supina ignorancia puede negar la magnitud de lo que en el agosto de 1809 se hizo en Quito.

¿Tan importante un grito?

El grito -si es que hubo grito- cuenta menos, y acaso por otros lados de América también se gritó. Yo he penetrado largamente en lo que pasó en Quito hace doscientos años y por ningún lado he dado con grito alguno. A quien se le ocurrió eso de “primer grito de independencia” o realmente no sabía lo que entonces pasó, o se le ocurrió aquella metáfora que después hizo fortuna.

Pero, entonces, ¿qué mismo pasó?

Todo comenzó en 1808, la noche de navidad, en la cena de nochebuena en la casa de hacienda “El Obraje” de Juan Pío Montúfar, marqués de Selva Alegre. (Esa casa se conserva). Al retirarse de la mansión del Marqués, los conjurados -porque no se trató, en modo alguno, de una cena inocente- habían acordado constituir una Junta que representase la soberanía del pueblo y se pusiese al frente del gobierno de la Presidencia de Quito. Los líderes resueltos a dar paso tan revolucionario -revolucionario en América- eran Juan de Dios Morales, Manuel Rodríguez de Quiroga, Juan Salinas y el cura de Píntag José Riofrío. Los cuatro serían asesinados por la soldadesca peruana en el cuartel del Real de Lima el trágico 2 de agosto de año siguiente. Continúa

El 1 de marzo de 1809 se lanzó un bando y se apresó como reo de Estado al capitán Juan Salinas. Ha de tenerse presente que para un reo de Estado el castigo era la pena de muerte. En días sucesivos fueron apresados los otros insurgentes, y comenzó el proceso. Siendo el plan de emancipación tan claro, la suerte de los revolucionarios quiteños estaba echada. Pero entonces, de un modo entre extraño y pintoresco, los papeles de los procesos le fueron sustraídos al secretario cuando iba con ellos al palacio. Desaparecieron, menos la defensa que de sí mismo había hecho Rodríguez de Quiroga. Y por esa defensa conocemos la filosofía política que sustentaba el golpe que se iba a dar y que se daría definitivamente el 10 de agosto de ese mismo año. América, decía, tiene “fundadas en el Derecho Natural y de Gentes, las razones legítimas” para resistir a Bonaparte. Eso de Bonaparte, que se hallaba ocupando la Península y que había acabado con los reyes, no era sino la oportunidad para comprender que el poder había vuelto a su señor natural, que era el pueblo.

¿Y entonces sí el 10 de agosto?

No todavía. Tenemos que situarnos en la noche del 9 de agosto. Esa noche, con el pretexto de un cumpleaños, se reunieron en el departamento que ocupaba Manuela Cañizares, en la casa que queda junto a la iglesia del Sagrario -y que se conserva intacta- los líderes de la revolución y otros conjurados, cincuenta en total. Ya bien entrada la noche Juan de Dios Morales expuso, en apasionado discurso, el trascendental paso que iban a dar los quiteños y leyó el Acta y el Plan de Gobierno. Todos los presentes aclamaron el pronunciamiento. Acto seguido se presentaron los documentos que acreditaban como sus representantes a quienes estaban allí por los barrios de Quito, y, barrio por barrio, eligieron a sus diputados. Y entonces firmaron el pronunciamiento de Quito:

Nos los infrascritos diputados del pueblo, atendidas las presentes  circunstancias de la nación, declaramos solemnemente haber cesado en sus funciones los actuales magistrados de la capital y sus provincias; en su virtud, los representantes o delegados de los barrios del Centro o Catedral, San Sebastián, San Roque, San Blas, Santa Bárbara y San Marcos nombramos representantes a los Marqueses de Selva Alegre, de Solanda, de Villa Orellana y de Miraflores y a los señores Manuel Zambrano, Manuel de Larrea y Manuel Mateu para que, en junta de los representantes que nombren los Cabildos de las provincias que forman la Presidencia de Quito, compongan una Junta Suprema que gobierne interinamente la Presidencia a nombre y como representantes de Fernando VII…

Pero, entonces, ¿no se independizaban del Rey?

En un comienzo se presentó la revolución como defensa del lejano Rey, que, además, estaba prisionero de Napoleón. Dado lo que el Rey significaba para todas las gentes católicas de Quito -nada menos que el representante de Dios en la tierra; quien había recibido el poder de Dios- negar de entrada la sujeción al Rey habría concitado un rechazo casi general. Pero es significativo anotar que autoridades realistas de Lima, Santafé, Guayaquil y Cuenca no se engañaron, y denunciaron que se trataba de un acto de rebeldía radical y total.

Y el 10 de agosto.

Y entonces sí fue el 10 de agosto. Largamente preparado y con todo pensado. Con un cuadro completo de nuevas autoridades, que incluía ministros: Juan de Dios Morales para el despacho de Negocios Políticos y de Guerra, Manuel Rodríguez de Quiroga para el de Gracia y Justicia y Juan de Larrea para el de Hacienda.

            Y, como no hay revolución sin Fuerzas Armadas, el coronel Salinas se ganó a la tropa acantonada en Quito, que luego, completada, formaría el primer ejército de la patria. (Con razón las Fuerzas Armadas del Ecuador se aprestan a celebrar su bicentenario).

            Y la Junta lanzó un Manifiesto: es “el pueblo que conoce sus derechos” y “que está con las armas en la mano” el que da al mundo entero satisfacción de su conducta”, no por obligación, porque no conoce otro juez que Dios, sino por honor.

            Este Manifiesto de la Junta llegó a varias capitales de América e inspiró movimientos semejantes.

Pero fracasó…

Sí: la Revolución de Agosto fracasó. Ejércitos virreinales, en especial los que vinieron del sur la aplastaron y, a pesar de haberles prometido Ruiz de Castilla que no habría retaliaciones, cuando los insurgentes lo repusieron en el gobierno, cuantos habían tenido alguna parte en el movimiento fueron reducidos a prisión y se les comenzaron procesos injustos -los jueces eran parte- y, estando en prisión, los líderes de la Revolución fueron salvajemente asesinados.

¿Y por qué fracasó?

Quito era una ciudad del interior, sin puerto que le permitiese recibir recursos para resistir. En Guayaquil había unos cuantos patriotas -los principales, Rocafuerte y su tío-, pero para la mayor parte de los ciudadanos prestantes lo que importaba era su comercio y no estuvieron dispuestos a sacrificar ese comercio por ideas de autonomía. El gobernador Cucalón puso en prisión domiciliaria a los contados sospechosos de simpatizar con el movimiento de Quito y, en íntima colaboración con el Virrey de Lima organizó el ejército que subiría a aplastar la Revolución.

            Y Cuenca, aunque allí había un núcleo más fuerte de patriotas, también fue alineada con la causa realista. Jugó papel especial un obispo español atrabiliario fanático, Quintián.

            Quito solo, cercado por fuerzas poderosas, sintió que no podría resistir mucho y procuró llegar a un arreglo con el Presidente de la Audiencia, en cuya palabra creyó.

Y entonces, ¿allí acabó todo?

Ni mucho menos. Hubo una segunda Junta -con los sobrevivientes de la Primera-, organizada por Carlos Montúfar, que había llegado como enviado de la Junta Central de España. Y, cuando Montúfar se vio rechazado por las autoridades virreinales, radicalizó su postura, y Quito volvió a ser insurgente, esta vez sin caer en engaño alguno. Se organizaron ejércitos que defendieron la Revolución por el sur hasta Cuenca que, por hechos casi inexplicables, no fue tomada, y por el norte, hasta Pasto y Popayán. Y Quito eligió diputados y aprobó una Constitución -que es la primera Constitución ecuatoriana, (y que habría sido bueno que la conociesen quienes urdieron en Montecristi ese mamotreto absurdo que llamaron Constitución, y tiene bien merecido el título de la peor Constitución del Ecuador). Esa Constitución fue obra de Miguel Antonio Rodríguez, uno de los ecuatorianos más ilustres, brillante profesor de la Universidad quiteña y altivo orador que hizo el elogio de los asesinados del 2 de agosto, en su celebración aniversaria.

            Fue heroica la resistencia de los ejércitos del Estado de Quito, hasta su derrota final junto a Yaguarcocha. Y nuevamente sus dirigentes derramaron su sangre por el ideal de independencia para Quito.

            En fin, hechos gloriosos para Quito y para la patria, que los ecuatorianos todos nos aprestamos a revivir al cumplirse 200 años de la gesta. Para quien quiera conocer cuanto aconteció entonces le entregamos a continuación el escrito titulado La gloriosa y trágica historia de la independencia de Quito 1808-1813, que lo podrá encontrar también en el Boletín de la Academia Nacional de Historia, n. 179. Aquí está la historia de esos memorables sucesos, sin el menor invento, sin ponderación alguna, todo respaldado por documentos de autenticidad y veracidad indiscutibles. Cuando algo en la historia es realmente grande no necesita de adornos y, peor, de mentiras.

LA EXALTÓ UN GRAN HISTORIADOR GUAYAQUILEÑO

En 1909, al cumplirse el primer centenario de la proclamación de la independencia, el mayor de los historiadores guayaquileños, Camilo Destruge, publicó un libro titulado Controversia Histórica sobre la iniciativa de la independencia americana. Refutación de un alegato (Guayaquil, Librería e Imprenta Gutenberg). El alegato que el gran historiador refutaba era el de un boliviano que en el I Congreso Científico Panamericano, celebrado en Santiago de Chile, había sostenido que los primeros movimientos independistas se habían dado en Bolivia, en Chuquisaca (actual Sucre) y La Paz.

            Al hacer su rigurosa y contundente refutación de aquello, Destruge presentó en toda su grandeza y novedad la revolución quiteña.

            A continuación se hallará un análisis de la obra de Destruge. Tal análisis, pero sobre todo la obra misma del gran historiador deberán ser leídos por algún historiador guayaquileño que, o malintencionado o despistado, trata de negar la importancia del pronunciamiento quiteño del 10 de agosto de 1809 y cuanto siguió, que llegó, como el lector lo ha visto, hasta la promulgación de una Constitución.

            El libro de Destruge, publicado en 1909, era una rareza bibliográfica. Pero el Programa Editorial de la Biblioteca Municipal de Guayaquil lo acaba de reeditar en versión facsimilar.

 


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