Hernán Rodríguez Castelo

Escritor, historiador de la literatura

y crítico de arte

 


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Quito y Cádiz,    Mejía y las dos constituciones

Charla en el Congreso por el Bicentenario

de la Constitución de Quito, 14 de febrero 2012

 


A propósito del libro Manuela

Manuela en la Casa

Colección Bicentenario

 

De venta en la librería de la CCE y con el autor

 

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Sobre literatura infantil y juvenil

Análisis de las obras clásicas de la literatura infantil y juvenil

Edición: Universidad Técnica Particular de Loja. www.utpl.edu.ec

Libro manual que da herramientas al maestro y maestra o promotor de lecturas que le permitan llegar al conocimiento y valoración e inteligencia de los textos destinados  a los niños, para generar las destrezas de análisis y crítica de esos textos.

Los cuentos más bellos del mundo

Edición: Universidad Técnica Particular de Loja. www.utpl.edu.ec

Libro en el que se hace el análisis de cinco cuentos para niños que pertenecen al patrimonio de la humanidad: Cenicienta o el zapatito de cristal, de Charles Perrault (1628-1703); Hansel y Gretel, de Jacob y Wilhelm Grimm (1785-1863/1786-1859); Bella y bestia, de Jeanne Marie Leprince de Beaumont (1711-1780); La Sirenita, de Hans Christian Andersen (1805-1875); y, El Príncipe Feliz, de Oscar Wilde (1854-1900).

 

En la sesión solemne de recordatorio  del asesinato de García Moreno

 

Por Hernán Rodríguez Castelo

 6 de agosto de 2015

 

El 16 de marzo de 1859 se firmaba el protocolo Mosquera-Zelaya entre Colombia y el Perú. El artículo 3 establecía: "Mosquera proclamará la separación del Cauca, anexándose parte del Ecuador, excepto las provincias de Guayaquil, Manabí y Loja que deberán hacer parte del Perú".

            Y el 16 de septiembre de ese mismo año se firmaba el "Convenio Reservado o de esponsión entre el señor General Tomás C. de Mosquera y el Excmo. señor General don Ramón Castilla, Presidente del Perú", que en su artículo 4 establecía que las provincias de Guayaquil, Manabí y Loja deberían hacer parte del Perú, mientras las del norte se unían con el Cauca.

            Las aves de rapiña se repartían lo que era poco menos que cadáver. Castilla con su ejército ocupaba Guayaquil; Mosquera se sentía ya vencedor de un norte desprotegido.

            Y esos planes fratricidas solo tenían un escollo. Escollo al parecer insignificante: un solo hombre. Al frente de un país casi sin ejército, sin carreteras ni caminos, sin moneda, sin crédito, con cuatro gobiernos.

            Pero este hombre era indomable, apasionado por esa patria al borde de su desaparición y con invencible fe en su futuro.Se llamaba Gabriel García Moreno.

            Y su primer pensamiento, al borde de la desesperación, antes de que el país desapareciera, fragmentado y repartido entre  Colombia y del Perú, fue mantener su unidad y su soberanía frente a los codiciosos vecinos relacionándolo  gran potencia europea, de un modo que debería definirse y sujetarse a plebiscito nacional. Y escribe unas cartas, primero a Trinité, luego a Fabre, que lo sucede. Sueña con unas naves que surquen un Amazonas ecuatoriano con banderas de Francia y el Ecuador.

            Pero entretanto arma como puede un ejército.Borra diferencias con el antes odiado general Flores, que era el gran general que necesitaba, y en campaña prodigiosa vence a ese caballo de Troya peruano que era el general Franco y a su aliado  peruano, Castilla, y toma Guayaquil. Deshace el ominoso tratado de Mapasingue, que entregaba nuestro Oriente al Perú. Y unifica el Ecuador.

            Nadie con el menor grado de alfabetización histórica negaría esta gesta a la que debemos tener una patria. Antonio Borrero, que se convertiría en uno de los mayores adversarios de García Moreno, resumiría lo que es sentimiento de todo ecuatoriano consciente y patriota: "En esa época, la más brillante de la vida pública del héroe, manifestó éste cualidades que lo enaltecen sobremanera: valor a toda prueba, infatigable actividad, inquebrantable firmeza, indomable energía, todo esto unido a altísimas dotes intelectuales. Desconocerlo sería desconocer la luz del sol"[1]

            Era el 26 de septiembre de 1860. Y teníamos patria.

            García Moreno pudo conderecho proclamar "Ya tenemos patria". No una propaganda mentirosa, atosigante, de repetición de una frase vacía, como hemos vivido en estos últimos años.

            Teníamos patria, y símbolo de ello era  haber restablecido la bandera tricolor a la que, decía él, "están asociado grandes recuerdos de triunfos espléndidos, virtudes heroicas y hazañas casi fabulosas".

            Hazaña fabulosa había sido atravesar, cargando pesadas piezas de artillería, los manglares para ir a tomar el Guayaquil dominado por los peruanos.

            Ya teníamos patria. Pero esa patria había que construirla.

            Los caminos eran como sus venas y arterias y sin que por ellos circulase vida los pueblos languidecían. Había que trazar y comenzar a construir la carretera que uniese  Quito con Guayaquil, que era unir la Sierra con la Costa de un país fragmentado por regiones y regionalismos. Pero no solo esa vía: otros caminos que uniesen Sierra y Costa. Todo un sistema vial pensado con utopismo generoso, pero impulsado con realismo.Y sin dinero. Estaba el Presidente interino poniendo en marcha un país quebrado, sin moneda -¡si en vastas zonas se recurría ya al trueque!-; sin reservas, porque le había precedido uno de esos gobiernos que, irresponsables, dilapidan los dineros del pueblo;con una corrupción generalizada que sangraba los pocos dineros que debían nutrir un escuálido erario. Por la aduana del Puerto comenzaría esa implacable campaña de sanidad moral.

            Y cuando García Moreno tuvo fondos, ¡qué austeridad para gastarlos! ¡Qué inteligencia para invertirlos.

            ¿Es por ignorancia de la historia que se llega a un Gobierno tan irresponsable como para inventarse ese elefante blanco de Yachay con alegres gastos de millones?

            ¿Que la educación es esencial parta sacar adelante un país? Por supuesto.¿Qué hay que invertir en educación? Claro.

            En abril de 1860 -es decir de ese año en que García Moreno trataba de salvar lo restos de un país-, su buen amigo y partidario Felipe Sarrade le había pedido recursos en nombre del rector del colegio de Latacunga. Y el  Jefe Supremo le había respondido: "Mi amigoel Rector debe pensar ante todo en la necesidad primordial de tener patria. Conseguido esto, se conseguirán profesores, imprenta".[2]

            Ya teníamos patria. En respuesta a una felicitación llegada de Cuenca, García Moreno le había escrito: "El Ecuador ha recobrado el rango que le correspondía entre las República de América y ha hecho ver que es fuerte y capaz de hacerse respetar".

            Pero había que educar a su pueblo para avanzar en esa fuerza y respetabilidad. Lo primero escuelas. Cuando una población pedía colegio al austero y visionario presidente, a un presidente que jamástuvo el menor rasgo de populismo o demagogia, él preguntaba a los entusiastas provincianos si tenían ya escuelas. Sin buena escuelas, ¡qué colegios! A Juan León Mera su admirado Gabriel le escribía:"Fundar colegios sin tener escuelas es una anomalía de pésimas consecuencias".[3] Sin colegios bien puestos, universidades eran gastos poco menos que inútiles. Y había que reformar esas universidades que seguían con la rutina de jurisprudencia (más y más abogados), medicina (médicos, salvo excepciones, mediocres por falta de base científica) y teología. ¡Teología! Este hombre, con bien ganada fama de católico, sacó de la universidad ecuatoriana la teología. Eso para los seminarios.           

            Un país en avance hacia el siglo XX lo que necesitaba eraesa instrucción superior científica y técnica, que destacaba en su Mensaje al Congreso de 1871. Al que anunciaba: "La enseñanza técnica, completamente descuidada en los años pasados, se planteará y difundirá sucesivamente en todos los establecimientos de instrucción desde la primaria hasta la Politécnica anexa a la Facultad de Ciencias". Y lo proponía quien ya le había dado al país una Politécnica, que era orgullo ante toda América.

            ¡Escuelas! Estadista que pensaba tan a lo grande proponía al Congreso de 18781 la meta de dar al menos a 200.000 niños esa instrucción primaria que se iba declarar obligatoria. ¡200.000 si para ese año se había llegado a 14.731!   

            Pero no el número, para alardear. García Moreno nunca alardeó. A su Gobernador del Chimborazo le urgía: "Debe dedicarse a a formar locales de escuelas, como cosa preferente a todo"[4] Bien montadas y con maestros competentes. Si el país había descuidado -como casi todo- la formación de maestros, a traer los mejores y más baratos de Europa: Hermanos de las Escuelas Cristianas. Y para los colegios jesuitas, que él exigía que viniesen solo eminentes, y le costaban, a más de los pasajes, bien poco.

            Y formar en oficios. Era una vergüenza que país con habitantes de tan celebradas habilidades para los oficios no tuviesen donde perfeccionar esas habilidades. Se instala una escuela de artes y oficios, el Protectorado, con sus talleres. Pero se enseñaba también gramática, historia y urbanidad.

            ¡En cuantas empresas de construcción de esta patria pudiéramos seguir al gran hombre, al mejor Presidente que ha tenido este país, a larga distancia de cualquier otro!

            Lo he seguido en examen crítico riguroso, el más riguroso a que se haya sometido a estadista ecuatoriano alguno y la empresa me ha requerido mil páginas. Sin la menor ponderación. Todo como sucedió. Cada paso con el apoyo de un documento. Sin dar lugar a mentira alguna, a esas calumnias de que está plagada cierta infeliz novela y su versión cinematográfica, a chisme alguno y ni siquiera a esas anécdotas que sobre el personaje se han narrado, por cientos, no pocas con sugestivos rasgos de verosimilitud.

            No hay tiempo para acompañar a García Moreno en sus  proyectos, tareas, sueños y luchas -que las tuvo, y duras-. Nos convoca ir al lugar en el que fue asesinado a machetazos por un obscuro y resentido colombiano, para rendirle el homenaje -¡pobre homenaje para tanto mérito!- de un minuto de silencio.

            Pero antes de terminar abro ese libro de mil páginas que he dicho y traigo aquí lo que escribí tras leerlo, yo también como lector. ¿Por qué el escritor no ha de tener derecho de leer su obra y hacerse su juicio delbiografiado? Y estampo mi juicio sin hipocresía alguna, libre de temor o compromiso alguno:

            "No soy inmune a la grandeza de los hombres de la patria.Instalado en su presente, como historiador y críticoliterario, enjuicio severamente su escritura -que me abre resquicios a su pensamiento, a su sensibilidad, a sus pasiones, a sus obras y tareas; es decir a su proyecto de vida-.Y, cuando de tan austero, casi avaro escrutinio, quedo ante tanta grandeza, me complace rendirme a ella.

            "Y ante García Moreno, tras el recorrido hecho por cuanto escribió, cuanto pensó y quiso, proyectó e hizo, recorrido que ha hurgado hasta en lo más turbio, duro y cruel, se me impone -repito: ya como simple lector de esa historia- reconocer grandeza

            "¡Cuánta grandeza en esta existencia!

            "Y se me impone algo más: no fue una grandeza que se encerrase entre la bardas de su yo y lo suyo; fue una grandeza que pesó decisivamente en la grandeza dela patria.Arrastró a esa patria tras su propia desmesura a destinos en los que antes de él ni soñó".

            Estamos aquí, señoras y señores, amigos todos,para rendir tributo de admiración y de gratitud a esa grandeza.

*************


 

[1]  En  Antonio Borrero Cortázar, Refutación por A.B. C. del libro titulado García Moreno, Presidente del Ecuador, vengador y mártir del Derecho cristiano (1821-1875) por el R. P. A. Berthe, Guayaquil, Imp. de La Nación, 1889, pg 87

[2]  Carta a Felipe Sarrade, de18 de abril de 1860. Cartas de García Moreno,ed. de WilfridoLoor. T. II,pg. 127

[3]  Carta de 1 de junio de 1870. Cartas de García Moreno, T. IV, 201

[4]  A Rafael Larrea Checa, 16 de julio de 1870. Cartas de García Moreno, T. IV, 206

 


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