Hernán Rodríguez Castelo

Escritor, historiador de la literatura y crítico de arte

 


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¡Ahora digitales!

El gran libro del desnudo ecuatoriano

 

TONTOBURRO


Quito y Cádiz,    Mejía y las dos constituciones

Charla en el Congreso por el Bicentenario

de la Constitución de Quito, 14 de febrero 2012

 


A propósito del libro Manuela

Manuela en la Casa

Colección Bicentenario

 

De venta en la librería de la CCE y con el autor

 

Video y Galería de fotos

 

Comentarios:


Sobre literatura infantil y juvenil

Análisis de las obras clásicas de la literatura infantil y juvenil

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Libro manual que da herramientas al maestro y maestra o promotor de lecturas que le permitan llegar al conocimiento y valoración e inteligencia de los textos destinados  a los niños, para generar las destrezas de análisis y crítica de esos textos.

Los cuentos más bellos del mundo

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Libro en el que se hace el análisis de cinco cuentos para niños que pertenecen al patrimonio de la humanidad: Cenicienta o el zapatito de cristal, de Charles Perrault (1628-1703); Hansel y Gretel, de Jacob y Wilhelm Grimm (1785-1863/1786-1859); Bella y bestia, de Jeanne Marie Leprince de Beaumont (1711-1780); La Sirenita, de Hans Christian Andersen (1805-1875); y, El Príncipe Feliz, de Oscar Wilde (1854-1900).

 

 “El Principito”

 de

 Antoine de Saint-Exupéry

  

por Hernán Rodríguez Castelo

 

 

SAINT-EXUPÉRY, EL TIEMPO

            Antoine de Saint-Exupéry nació en 1900. El nuevo siglo se abría en un clima de fiesta. París inauguraba la Exposición Universal, que, con sus pabellones como el Grand Palais, el Petit Palais y la Estación de Orsay, convertía las orillas del Sena en una gran fiesta del progreso. Novedades de ciencia y tecnología parecían anunciar días felices para la humanidad… Al menos para esa parte de la humanidad que tenía acceso a esas invenciones.

            Pero los espíritus más clarividentes no participaban de esa euforia. Entre ellos se extendía cierta desconfianza en los poderes de la razón. La imagen estable del cosmos les parecía infiel y deformada. El pensamiento resultaba esquemático como para captar lo más sutil y profundo de la existencia y vida humana. Unamuno proclamaría: “Todo lo vital es antirracional”. Se perdía la seguridad en las doctrinas; se hallaba lo que tenían de deleznable los sistemas. Esa vida volcada al confort –palabrita que el tiempo había acuñado- iba a parecer cada vez más superficial y falsa.

            Este antiintelectualismo y rechazo del fácil confort iba a marcar la literatura del siglo. Habría escritores que buscaron salida en formas de religiosidad –Peguy, Chesterton, Unamuno-; otros lo hicieron en el esteticismo –Gide, Valery, Stefan George-, y otros  lo harían en la acción, la aventura y el riesgo. Entre estos últimos, las figuras más destacadas de la primera mitad del siglo XX serían T. E. Lawrence, André Malraux, Ernest Hemingway y Antoine de Saint-Exupéry.

            Todos estos escritores –y muchos otros artistas- verían el mundo, no ya como el cosmos ordenado y armónico de sus abuelos, sino como algo dramático, caótico, trágico. Las visiones del mundo de Kierkagaard –el filósofo de la angustia-, Nietzsche y Kafka han dejado al descubierto el absurdo fundamental de la existencia. Saint-Exupéry escribiría en su libro Piloto de guerra: “Todo esto es absurdo. Nada está a punto. Nuestro mundo está hecho de engranajes que no se ajustan los unos a los otros. No son los materiales los que tienen la culpa, sino el relojero. Falta el relojero”.

            Saint-Exupéry escribía aquello en 1942, con su patria, Francia, pisoteada por las legiones de la Alemania nazi y toda Europa sumida en ruinas por una guerra desoladora.

Pero ya en 1914, ese mundo que parecía entregado a la búsqueda del placer y la felicidad –en eso que se había llamado “la belle epoque”-, se vio sumido en una primera guerra mundial. En una guerra que los que confiaban en la razón pensaron que sería razonable y corta, y que, por el contrario, fue larga, destructora y cruel. Saint-Exupéry, aún muy joven para tomar parte en ella, habrá conocido que los  soldados franceses iban al frente como quien parte a una kermesse heroica. Pero, para la navidad de ese año, más de un millón y medio de combatientes de los dos bandos habrían muerto, la mayor parte en trincheras que eran sórdidos lodazales. Entre esos jóvenes muertos se contarían poetas y narradores jóvenes. Y la guerra duró cuatro largos años.

            Tras tenso y receloso paréntesis, en que nada se hizo por construir una paz justa y sólida, en 1939 comenzaría otra gran guerra en Europa, y en ella sí intervendría el piloto Saint-Exupéry. Tras el avance arrollador de las tropas alemanas en todos los frentes, él debería exiliarse en Estados Unidos. Su visión del mundo como algo desordenado y trágico se agravaría. Y eso que murió antes de enterarse del horror de millones de judíos asesinados en cámaras de gas, solo porque a una mente desquiciada se le había ocurrido que la prosperidad de Alemania dependía del exterminio de esa raza. Y tampoco alcanzó ese otro monstruoso genocidio perpetrado por los norteamericanos en Japón: la bomba atómica arrojada sobre la tranquila ciudad de Hiroshima, que calcinó en instantes a 80.000, civiles en su casi totalidad, y el crimen se repitió cuatro días después en Nagasaki.

            En ese mundo y tiempo, Saint-Exupéry sería de los líderes espirituales que nunca perderían la confianza en el hombre. No había orden ni se podía esperar nada de fuera. Pero estaba la acción. “En la vida –escribiría en Tierra de hombres- no hay soluciones. Hay fuerzas en marcha; es necesario crearlas y  las soluciones se presentan a su zaga”. Toda su vida y su obra –como lo veremos, estrechamente entrelazadas- serían una profesión de fe en los poderes del hombre solitario en un mundo hostil.

 

SAINT-EXUPÉRY, LA VIDA

            Antoine de Saint-Exupéry nació, en 1900, en Lyon, en  una familia de rancio abolengo. Fue el tercero de cinco hijos, tres niñas y varones él y François. El padre, un inspector de seguros, murió en 1904.

            Antoine pasó su infancia en el castillo de Saint-Maurice-de-Rémens, que siempre recordaría en un clima de cuento y maravilla… “Nuestro refugio era el desván del granero, donde poseíamos un tesoro escondido semejante a los existentes en los cuentos de hadas, solo que en lugar de zafiros, ópalos y diamantes, había pájaros muertos, maletas desfondadas y trajes raros”.

            Cercano al castillo estaba un campo de aviación, y el rugir de los motores junto a las noticias que llevaba uno de sus tíos avivaban la que sería la gran pasión del pequeño Antoine. Eran los días en que las máquinas voladoras avanzaban de hazaña en hazaña. En Francia, en 1907, los hermanos Wright habían realizado un primer vuelo histórico a bordo de su “aeroplano”, un biplano de madera ligera con enormes hélices. Los grandes héroes del pequeño Antoine eran los pioneros de esa gran empresa y aventura: Bleriot, Morane. Sus dibujos eran aviones y motores y hélices. Le estaba prohibido acercarse al aeródromo vecino, pero podía más su curiosidad y admiración. Y un día de 1912 el célebre piloto Vérdines, al ver al pequeño tan fascinado por su aparato, le invitó a volar en él. “Las alas se estremecían con el soplo de la tarde”, recordaría Saint-Exupéry su primer vuelo.

            En 1914 entró, con su querido hermano Francois, en el colegio de Montgré, en Villefranche-sur-Saône, y, al finalizar el primer trimestre, pasaron al colegio de S. Jean de Fribourg, en Suiza. Se hizo famoso por sus distracciones y por su ingenio y gracia. Profesores y compañeros se divertían con sus declamaciones en el francés provinciano de Friburgo acompañadas de chistosa mímica. Fueron días felices hasta que, en 1917, Francois murió víctima de un reumatismo cardíaco.

            Ya bachiller, en 1917, Antoine resuelve ingresar en la Escuela Naval. Prepara el ingreso en la Escuela Bossuet de París, pero fracasa. Se matricula entonces en la Escuela de Bellas Artes de París, en Arquitectura. Es 1919, y vive días difíciles. Encerrado en un pequeño cuarto del hotel Louisiane, en la calle de Seine, se pasa dibujando –en especial maquetas de aviones- y resolviendo problemas de matemáticas. Apenas tiene para comer y vive de sánduches y café. Acudía el mozo alto y corpulento por un café al establecimiento de la esquina de la calle Bonaparte y muelle Malaquías, y su dueño, el señor Jarras, le decía que un joven de su edad necesitaba de más y lo invitaba a almorzar. Ya escritor famoso, el jovencito aquel, cuando quería convidar a un trago a algún amigo, preferiría ese café que tan gratos recuerdos le traía.

            Saint-Exupéry vio una salida a su crisis en el servicio militar. El 2 de abril de 1921 sentó plaza en Estrasburgo, en el 2º regimiento de aviación. Comenzó a soñar con volar, pero fue destinado a los talleres de reparación de material. Con todo, pagando de sus exiguos dineros a un monitor, se preparó como aviador . Una temeraria demostración le ganó calabozo y, tras entrenamiento intensivo, su diploma militar, al hacer la ruta Haguenau-Thionville-Estrasburgo. En junio fue destinado al regimiento 37 de aviación en Rabaut y consiguió el título de piloto civil. Continuó su formación y fue nombrado alférez de reserva, en 1922. Y entonces, una tarde de 1923, en un vuelo de entrenamiento, el motor de su nave se paró, y, tras evitar caer sobre grupos humanos, se precipitó en barrena sobre un campo. Fue retirado de los restos de la cabina con fractura de cráneo.

            Desmovilizado, vive una gris temporada gris en varios empleos: controlador en los tejares de Boiron, obrero en la fábrica Saurer y representante de la casa en la región de Montluçon, cargo en el que no vendió sino un camión en dieciocho meses.

            Y, de pronto, se hizo el milagro. Lo decidió un informe de su antiguo rector de la Escuela Bossuet al administrador de la Sociedad de Líneas Aéreas Latécoère, señor Massimi. El 11 de octubre de 1926 Antoine recibió una carta que le anunciaba: “tenemos el honor de comunicarle nuestra decisión de incorporarle a nuestras líneas, después de que satisfaga unas pruebas en la ruta Toulouse-Casablanca”. Llevaba algunos años Latécoère en la empresa, nueva y  arriesgada, del correo aéreo, bajo la dirección de Didier Daurat, ese jefe ejemplar del que Saint-Exupéry trazaría estupenda pintura en su Vuelo nocturno. Daurat fue el que recibió a Saint-Exupéry y lo destinó a un período de prueba en talleres. ¡Qué importaba! Lo fundamental es que ya estaba dentro de la mayor empresa de aviación francesa del tiempo. Así lo ha contado en Tierra de hombres: “Era en 1926. Acababa yo de entrar como joven piloto de línea en la Sociedad Latécoère, que aseguró, antes de la Aeropostal –después Aire France-, el enlace Toulouse-Dákar. Allí aprendía el oficio. Era mi turno de cumplir, como los otros camaradas, el noviciado de los jóvenes y lo cumplía  antes de tener el honor de pilotear la posta. Ensayo de aviones, desplazamientos entre Toulouse y Perpignan, tristes lecciones de meteorología al fondo de un hangar glacial. Vivíamos en el miedo de las montañas de España, que no conocíamos aún, y el respeto de los veteranos”. Entre esos veteranos estaba, tan joven como los otros, Guillaumet, y compañero de pruebas era Mermoz.

            Varios meses afirma la ruta Toulouse-Dakar, a bordo de un Breguet 14. Eran 2.765 kilómetros, que los Breguet, que no tenían autonomía de vuelo sino de 500 kilómetros, debían hacer con escalas. Y esas escalas, más de sus rudimentarias instalaciones, se habían tornado peligrosas por las tribus disidentes del desierto. Vistas las cualidades de Saint-Exupéry, no solo de arrojo a toda prueba, sino de don de gentes y dotes de mando, lo destinaron a la estación de Cabo Juby, para que la hiciese segura. Iban a ser meses decisivos para el hombre de acción y el escritor. Logró óptimas relaciones con el gobernador español de Río de Oro y estableció contactos con los rebeldes. En la cuatro paredes como de celda de la base, cercada por el desierto, dedicó largas veladas a terminar su primera gran novela, Correo del sur. Aprendió árabe y se ganó a los moros, a los niños con chocolates e historias, y a los jefes con su simpatía y sus consejos. Llegó el momento en que jefes y guerreros acudían al anacoreta blanco a hacerle las más variadas consultas, y a retribuir sus respuestas con presentes. Pero con algo aun más preciso para el escritor: la sabiduría de las gentes del desierto. “Mi papel aquí es domesticar –escribía a su madre-. Es una bonita palabra y, además, me va”. Sería la palabra clave de uno de los más hondos y bellos pasajes de El Principito, el del zorro. Varias veces, en este tiempo, tuvo que salir a buscar aviones extraviados o a rescatar tripulaciones en peligro de caer en manos de sanguinarias tribus rebeldes. En 1930 Francia reconocería esta tarea cumplida de modo ejemplar con la Cruz de Caballero de la Legión de Honor. El diploma destacaba: Jefe del aeródromo de Cabo Juby, ha desempeñado sus funciones con un espíritu de sacrificio más allá de todo elogio, en aquella desértica región donde la hostilidad de los moros hace correr un riesgo permanente. Tiene en su haber varias acciones brillantes. Su celo, desinterés y dedicación (sin reparar en los rigores del desierto ni en exponer su vida) han servido largamente a la causa de la Aeronáutica francesa, contribuyendo asimismo al éxito de nuestra aviación comercial y facilitando en particular el desenvolvimiento de la línea Toulouse-Dakar”.

            La Compañía Latécoère, convertida en Aeropostal, extendió sus líneas a Sudamérica: Brasil, Uruguay, Argentina. En 1927 había sido nombrado jefe de esas líneas el gran Mermoz. Mermoz venció el Atlántico –el correo transportado en cuatro días de Toulouse a Buenos Aires-, y, tras seis semanas y más de 15.000 kilómetros recorridos, se lanzó a otra aventura, que se vio como un suicidio: el vuelo nocturno, que permitiría al correo aéreo ganar un precioso tiempo. En dos noches y un día cubrió el trayecto Río-Buenos Aires. Después atacó otra temible empresa: vencer la cordillera de los Andes con esos avioncitos que apenas techaban 5000 metros y tenían que volar buscando pasos por entre moles de nieve mucho más altas. Saint-Exupéry escribiría en Tierra de hombres: “Mermoz entraba en esos combates sin conocer nada del adversario, sin saber si saldría con vida de tales apreturas. Mermoz “ensayaba” para los demás”.

            En 1929 Saint-Exupéry ha vuelto a Francia, ha entregado el manuscrito de Correo del Sur a la editorial Gallimard y ha obtenido el diploma del curso de Navegación Aérea de la Marina. Y se embarca para Buenos Aires, donde se reúne con sus admirados y queridos camaradas Mermoz y Guillaumet. Se convierte en director de la Aeropostal Argentina, filial de Aeropostal. Trabajando con su proverbial energía y volando sin descanso hasta el estrecho de Magallanes y Punta Arenas, la última ciudad por el sur, les organizó a los argentinos una red aérea modelo. Y en los cortos tramos de receso escribía Vuelo nocturno, que tendría como centro ese estupendo equipo constituido en torno a Mermoz y dirigido por Daurat, para compartir aventuras, hazañas, peligros y hasta la muerte.

            En junio de 1930 Saint-Exupery se hallaba en la Patagonia cuando recibió la noticia tremenda: Guillaumet había desaparecido en las alturas nevadas de los Andes volando de Santiago de Chile a Mendoza. Salió inmediatamente y llegó, a marchas forzadas, a Mendoza. Se unió al piloto Délaye y durante cinco días buscaron al compañero caído por entre esas cumbres de hasta 7.000 metros y ventisqueros y abismos. Ninguna caravana se atrevió a hacer la búsqueda por tierra. Les parecía inútil. “Si su amigo ha sobrevivido a la caída –le decían-, estará convertido en un bloque de hielo. Los Andes, en invierno, no devuelven a los hombres”. Habría que salir a buscar el cadáver. Pero, al séptimo día, en un restaurante de Mendoza sacudió a Saint-Exupery la noticia casi increíble: “¡Guillaumet vivo!” . Calcinado, seco, con la cara negra, tumefacta, pero con la satisfacción del deber cumplido. A la hazaña dedicaría Saint-Exupéry algunas de las más conmovedoras páginas de Tierra de hombres. Cuando aterrizó en la carretera para abordar el auto que llevaba a Guillaumet, este le dijo, simplemente: “Ce que j´ai fait, je le jure, jamais aucune bête ne l´aurait fait” (“Esto que yo he hecho, te lo juro, jamás bestia alguna lo habría hecho”).

            En 1931 la Aeropostal es declarada en quiebra. Daurat fue separado de su cargo. Saint-Exupéry abogó inútilmente por ese gran héroe al que tanto debía la Aeropostal, y al no conseguir que se le restituya el puesto se apartó de la compañía. Saint-Exupéry se casa con una argentina que conoció en Buenos Aires, Consuelo Suncin. Este mismo año aparece Vuelo nocturno y en diciembre recibe uno de los premios consagratorios de Francia, el Femina. Su fama crece impulsada por la extraordinaria novela. A su autor le entra el dinero con la misma facilidad con que lo gasta. Parece destinado a estar siempre en apuros. Y, por ello y por la nostalgia de la vida de los aviones y los cafés con los camaradas, se convierte en piloto de pruebas para aviones e hidroaviones de la Sociedad de Construcciones Latécoère, en el sur de Francia. En la prueba de un nuevo hidroavión, en Saint-Raphael, un ala se desprendió al momento de acuatizar y Saint-Exupery, enganchado al asiento por el cinturón de seguridad, se hundió con la nave. Estuvo a punto de morir, con los pulmones llenos de agua.

            En 1934 se vinculó con Air France, en su departamento de Propaganda. Se consoló de no estar de piloto de línea porque tenía su propio avión, un veloz Caudron-Simoun, con modernísimos equipos. En él cumplió una gira de conferencias por Madrid, Casablanca, Argel, Trípoli, El Cairo y Beirut. Pero no era un gran conferencista: lo suyo era la conversación cálida y chispeante y el lirismo y fuerza de sus escritos.

            En 1935 es enviado a Rusia como reportero de Paris-Soir, y en diciembre de ese mismo año intenta una nueva aventura: establecer el récord de velocidad para la ruta París-Saigón con su Caudron-Simoun. Partió con Prévort de copiloto y, volando sobre el desierto del Sahara, cuando creían que debían estar aproximándose a El Cairo, en medio de pesadas masas nubosas, se estrellaron contra una colina. Tenían agua para cinco horas de marcha por el desierto, pero caminaron cinco días, ciento ochenta kilómetros, hasta que los recogió  una caravana.

            En 1936, el periódico L´Intransigeant le envía a España a hacer un reportaje sobre la guerra civil. La crueldad de esa guerra entre ciudadanos de una misma patria lo

horroriza, pero le admira el espíritu de esos hombres que iban a la guerra en traje de trabajo. “He vuelto a encontrar el clima de la Aeropostal –escribe-. Los mismos riesgos, dones y ayudas. Idéntica imagen del hombre… Vivían de ideales, y, en este aspecto, carezco de argumentos en contra de persona alguna que acepte dar su vida y prefiera, sobre todo bien, el pan compartido entre compañeros”.

            Ese año, en diciembre, Mermoz desaparece en el Atlántico Sur. “Mermoz –escribió Saint-Exupéry en Tierra de hombres-, decididamente, se había retirado detrás de su obra, como un segador que, habiendo ligado bien sus gavillas, se acuesta en su campo”.

            1937, tras una misión de Air France, por Africa para estudiar las posibilidades de una nueva línea, que le lleva hasta Dakar, en su amado desierto, vive en París vida de enclaustramiento y escribe incansablemente.

            En 1938, harto de inactividad, propone al Ministerio de Aire un raid  Nueva York-Tierra de Fuego, a bordo de su Simoun, y se lo acepta. Despega de Nueva York, en compañía del mecánico Prévort, el 15 de febrero. Pero se accidenta en Guatemala. Sufre siete fracturas de cráneo, una de clavícula y otra de muñeca. Estuvo a punto de que le amputaran el brazo por el peligro de septicemia. Pensando en su tarea de escritor se negó rotundamente a la mutilación. Mientras convalece en Nueva York trabaja en la terminación de Tierra de hombres. El libro apareció el 19 de febrero del año siguiente. Los obreros de la imprenta Grevin le ofrecieron un ejemplar impreso en tela de avión. En abril Tierra de hombres recibió el gran premio de novela de la Academia Francesa, y, publicado en Estados Unidos, con el título de Wind, sand and Stars, tuvo enorme éxito de crítica y ventas.

 

            1939, julio: la última hazaña de tiempos de paz. Guillaumet quiere batir el récord en la travesía del Atlántico norte con su hidroavión Lieutenant-de-Vaisseau-Paris y pide a su gran amigo Saint-Ex que lo acompañe. Despegan el 7 y el 10 llegan a Nueva York, con una sola escala, en las Azores.

            Y se desencadena la conflagración mundial. Hitler invade Polonia el 31 de agosto y el 3 de septiembre Francia e Inglaterra le declaran la guerra. El 4 de septiembre, el capitán de la reserva Antoine de Saint-Exupéry había sido movilizado en Toulouse-Montaudran. Al comienzo debió resignarse a ser profesor de navegación aérea, pues los médicos se oponían a integrarle a los servicios aéreos. Pero, ante sus repetidas gestiones, fue finalmente incorporado al grupo 2/33 de reconocimientos. Otra vez la vida le pone en contacto con hombres como Hochedé, que se entregaban a cumplir su deber “como un monje a su religión”. Hochedé sería uno de los héroes de Piloto de guerra. Caído en llamas, tomó inmediatamente otro avión y voló a la operación siguiente. Tremendamente riesgosa la tarea que cumplía el 2/33. Misiones en los Potez, que no tenían velocidad para enfrentarse a los Messerschmidt alemanes. En tres semanas el grupo había perdido diecisiete tripulaciones de las veintitrés con que contaba. Hasta que al fin se dotó al Ejército del Aire francés de los Bloch, cuya velocidad era de 535 kilómetros por hora. Saint-Exupéry fue comisionado para hacer, con los capitanes Laux y Gelée, los ultimos ensayos del avión. Ante el arrollador avance alemán la escuadrilla se replegó a Orly. Saint-Exupéry multiplicaba misiones de reconocimiento de una audacia que admiraba a sus compañeros y le valió esta mención en el orden del día: Oficial piloto que reúne las más altas cualidades intelectuales y morales, dispuesto siempre para las más peligrosas misiones, El 22 de mayo, sometido intensamente a la acción de una defensa antiaérea, solo interrumpió el servicio al ser gravemente tocado su avión.

            Pero Francia se derrumbaba. El 14 de junio, precedido por bombardeos masivos, el ejército alemán desfilaba en París por los Campos Eliseos. El grupo 2/33 es desmovilizado en Argel. Saint-Exupéry llega a Marsella y se instala en la casa de una hermana, donde se dedica a trabajar en Citadelle (Ciudadela). Amargado por lo que sucede con su patria, resuelve ir a Estados Unidos. El 16 de noviembre llega a Lisboa. Y el 27 recibe la noticia que acaba de sumirle en la más total desolación: Guillaumet ha sido abatido en el Mediterráneo. “Soy el único sobreviviente del antiguo equipo Casa-Dakar y de la gran escuadra de los “Beguet 14”, formada por Mollet, Reine, Lassalle, Beauregard, Mermoz, Etienne, Simon, Lécrivain, Wille, Verneilh, Riguelle, Pichadou y Guillaumet. Todos ellos han muerto, y ya no tengo a  nadie en el mundo con quien compartir mis recuerdos”. Este era el Saint-Exupéry que pasaba a la bulliciosa y febril Nueva York.

            Vive en Nueva York en el último piso del 240 Central Park South. Se niega a aprender el inglés. Y lo único que le rescata de la más completa soledad son unos contados amigos, sus recuerdos y lo que sigue escribiendo. Periodistas de los más diversos medios acosan al famoso escritor y casi legendario héroe de la aviación. Quieren saber la verdad sobre esa extraña guerra de la cual llegaban a Estados Unidos los más contradictorias versiones. Saint-Exupéry, que siempre odió la publicidad, los rehúye, pero comprende que debe entregar su testimonio sobre esa guerra tan trágica y humillante para su patria. Escribe Piloto de guerra. El libro apareció en Estados Unidos el 20 de febrero, traducido al inglés con el título de Flight to Arras, y alcanzó resonante éxito. En Francia lo editó Gallimard, pero las autoridades alemanas prohibieron su venta. Saint Exupéry exaltó la Francia forjadora de los Renoir, Pascal, Pasteur, Guillaumet, Hochadé, a la par que condenaba la de incapaces, politicastros y traidores, y mostró ante los norteamericanos a unos hombres “que procuraron, sin altisonancias y hasta el fin, enaltecer el honor de la patria, del grupo y el suyo propio”. Como ponderó Pierre Lanux, ese libro “fue el más eficaz servicio prestado a Francia en territorio americano”.

            En Nueva York, en ese clima de soledad y tristeza, del que solo lo rescataban recuerdos y sabidurías aprendidas en el desierto, escribe, en 1942, El Principito, que aparecería en Nueva York el 6 de abril del año siguiente.

            Estados Unidos entra en la guerra. El 6 de noviembre de 1942 su ejército desembarca en el norte de Africa. Se reconstituye el 2/33 en Argelia y Saint Exupéry comienza gestiones para volver a unírsele. En mayo de 1943 lo logra y comienza su entrenamiento para manejar los poderosos y veloces Lightning P. 38 del ejército norteamericano. El 25 de ese mes asciende a comandante, y el 21 de julio, en su primer servicio, vuela sobre el valle del Ródano y Provenza. Durante un servicio, a la hora del aterrizaje, olvidó algún detalle y se estrelló contra un viñedo. Ello dio ocasión a los norteamericanos para exigir la vigencia de la prohibición para alguien mayor de 35 años de pilotear uno de esos aviones. No hubo nada que hacer, pero, vuelto a Argel, insistió en sus pedidos de reincorporarse al servicio. Vio la oportunidad para lograrlo cuando supo que el general Eaker, comandante de las fuerzas aéreas en el teatro de operaciones del Mediterráneo y de quien dependía el grupo 2/33, se hallaba en Nápoles. Voló allá e insistió con tal tenacidad, que el general accedió, pero solo le autorizó cinco misiones. Era 1944, y el ya legendario Saint-Ex volvía a pilotear aviones de combate. 

            El 14 de junio cumple su primera misión. Y, siempre voluntario para las misiones más arriesgadas, pasa de las cinco concedidas, y para fines de julio llevaba ya ocho. El 31 de julio despega a las 8,30 horas para cumplir su última misión, sobre Grenoble y Annecy. Las 11.30 y no ha vuelto, y su avión solo tenía combustible para una hora. La espera se torna ansiosa. 14 horas, 15 horas y nada, ninguna noticia… Los camaradas, consternados, comprenden que el gran piloto y  amigo no volvería.

            El 3 de noviembre el Ejército francés le dedicaba una Mención de Honor:

            Comandante Antoine de Saint-Exupéry.

            Pionero de las líneas aéreas, hizo brillar con nuevo esplendor las alas       francesas, gracias a su constante tenacidad y a su consciente audacia.

            Valiente piloto de guerra, dio prueba, tanto en 1940 como en 1943, de su afán     de servir y de su fe en los destinos de la Patria.

            Supo expresar su deseo de acción y la generosidad de su ideal en una obra          literaria destacada entre las más importantes de nuestro tiempo, y donde se        ensalza la misión espiritual de Francia.

            Murió gloriosamente el 31 de julio de 1944, al volver de un servicio de      reconocimiento sobre su país, ocupado por el enemigo.

 

SAINT-EXUPÉRY, LA OBRA

            Saint-Exupéry publicó una primera novela corta en 1926, en la revista El barco de plata: El aviador. No cuenta entre sus obras mayores, pero anunció ya al escritor vigoroso.

            En 1929 apareció, publicada por la prestigiosa casa Gallimard, Correo del Sur, escrita, como lo sabemos, en sus largas horas de soledad en la estación de Cabo Juby, en el desierto del Sahara. Se instaló en el que sería su gran tema, el de esos heroicos comienzos de la aviación comercial, y en el que se convertiría en su inconfundible estilo: sobrio, casi severo; tenso de vida y traspasado de pasión por el hombre y admiración por sus hazañas cotidianas.

            En 1931 apareció Vuelo nocturno, que, como se ha visto, ese mismo año obtuvo el Prix Femina y consagró definitivamente el prestigio del gran escritor. Es la novela, con tono de crónica testimonial, de los días heroicos en que la aviación comercial quería vencer a la noche. Riviere, el jefe, sostiene, con invencible tenacidad, una empresa en la que cada nuevo vuelo significaba un nuevo enfrentarse con la muerte. La aventura que cuenta y canta el admirable libro termina en tragedia: Fabien, el piloto que, para aventurarse en la noche, se ha arrancado de los brazos de su esposa, no vuelve. Y, cuando todos esperaban que se rindiese a la adversidad y desistiese de la temeraria empresa, Riviere da la señal de partida para el nuevo correo nocturno. Es, como lo dije al darle un lugar de honor en mi El camino del lector, un “poema de tono moderno; canto épico a la aventura de la aviación, estremecido de emoción y grande en su aparente simplicidad”, de estilo sobrio, fuerte, de tenso lirismo. “Es de esos libros –concluía esa nota- que todo joven debería leer: le dan una alta imagen del hombre”. Con Vuelo nocturno Saint-Exupéry se ganó un sólido lugar entre las grandes figuras de la nueva literatura francesa.

            Su siguiente gran libro apareció en 1938, en Francia y Estados Unidos: Terre des hommes, traducido al español como Tierra de los hombres y al inglés como Wind, sand and stars (Viento, arena y estrellas). Aparecido el 16 de febrero, recibió en diciembre el gran premio de novela de la Academia Francesa. Pero no es una novela. Es un libro de recuerdos y testimonios, de alta exaltación de valores humanos, de los que el autor ha sido testigo en el desierto y los Andes. El autor ha visto al hombre en situaciones extremas de riesgo, aventura y empresas al parecer imposibles, y ha descubierto su esencial grandeza. Ese es el nervio de la parte II, “Los camaradas”, donde están los pasajes más vigorosos y emocionantes. Hizo allí Saint-Exupéry la evocación cálida y admirada de esos héroes cotidianos, sencillos hasta en sus trances más altos y vibrantes, que fueron sus más queridos camaradas, Mermoz, incansable para asumir nuevos retos, y Guillaumet, que llevó su decisión de cumplir el deber hasta su increíble hazaña de supervivencia en los Andes. Esas admirables historias estuvieron tan cerca de la vida del autor que en su repaso ya hemos debido referirlas. Los heroicos comienzos de la aviación comercial con su aire de aventura y los riesgos que hora a hora debían asumirse se convierten en este hermoso relato en oportunidad para que el hombre luzca toda su grandeza y brillen virtudes humanas como la voluntad de servir, la camaradería, la modestia. Y cuenta, morosamente, la propia aventura en el desierto, cuando él y su compañero caminaron cinco días sin agua, que le descubrió los valores esenciales de las cosas. El agua, una media naranja… “Esta media naranja que tengo en la mano me causa una de las mayores alegrías de mi vida”. Halla en el desierto los secretos de la vida. “En las ciudades no hay ya vida humana”. Y la clave de la grandeza de la aviación: en ella “Se hace un trabajo de hombres y se conoce las preocupaciones del hombre. Se está en contacto con el viento, con las estrellas, con la noche, con la arena, con el mar. Se les oponen astucias a las fuerzas naturales. Se espera el alba como el jardinero espera la primavera. Se espera la escala como una Tierra prometida, y se interroga su verdad a las estrellas”. Tierra de hombres fue una obra maestra, por calidades y peculiaridades, única en la literatura de su tiempo.

            Vino después, en 1942, Piloto de guerra, que apareció primero en Nueva York, con el título de Flight to Arras –la primera parte y lo primero que escribió Saint-Exupéry fue el relato de una misión sobre Arras-. Publicado ese mismo año en Francia, fue prohibida su venta por las autoridades alemanas. Ese libro fue una respuesta a las mentiras propaladas por algunos periódicos norteamericanos sobre la derrota sufrida por Francia. El combatiente que la había sufrido en carne propia denunció la fuerza bruta alemana y la lucha desigual con un país que producía más trigo que material bélico. Y así “el avance alemán fue como si en pocas horas ardieran todos los pueblos del Norte”. “Me hago solidario de la derrota –escribe-, aunque me humille. Pertenezco a Francia. La Francia  forjadora no solo de los Renoir, Pascal, Pasteur, Guillaumet, Hochadé…, sino también de los incapaces, politicastros, traidores… Si Francia hubiera engendrado solamente a aquellos, y no a estos, hubiera tenido sabor de Francia, irradiación de Francia, y el mundo entero habría resistido en ella”. El Hochadé nombrado era otro de esos héroes de la aviación –ahora de la aviación en guerra-, que venía a enriquecer la estupenda galería de Correo del Sur, Vuelo nocturno y Tierra de hombres. Hochadé, otro de esos personajes de epopeya que no se consideraban tales, sino simples cumplidores de su deber. “Difícilmente puede haber alguien que se sometiera  como Hochadé al cumplimiento del deber. Si había que sacrificar una tripulación, el comandante pensaba enseguida en él: “Dígame, Hochedé…”. Junto a Hochedé estuvieron en Piloto de guerra el teniente Dutertre; el teniente Gavoille; Lacordaire, “el gran Lacordaire”, y Moreau, que antes de la acción temeraria, era un alegre bromista. El libro fue otra vez crónica y testimonio en tono sereno, grave, pero con tensa carga de emoción, y con exaltación de grandes valores humanos.

            En 1943 aparecieron, en Nueva York, las dos últimas obras que Saint-Exupéry publicó en vida: El Principito y Carta a un rehén. Esta Carta fue la de un exiliado en suelo norteamericano a otros exiliados sobre su amor a Francia y ese fondo de valores que mantienen enhiesto a un ser humano frente a la ley del más fuerte.

            Póstumas verían la luz Ciudadela, en 1948; Cartas de juventud (1923-1931), en 1953; Carnets (1936-1944), en 1953; Cartas a su madre (1910-1944), en 1955; Un sentido a la vida, en 1956, y Páginas escogidas.

            Todos estos textos ayudaron a penetrar aun más en el mundo interior del gran escritor y a completar su alta visión del hombre.

            Especialmente importante fue Citadelle. Saint-Exupéry comenzó a escribirla en 1936, y siguió escribiéndola hasta poco antes de su muerte. En 1941, durante su convalescencia, trabajó en la estructura del libro. Y seguía escribiéndolo incansablemente. A quienes le preguntaban cuándo aparecería, les respondía sonriendo: “No lo terminaré nunca… Es mi obra póstuma”. Cuando se quiso editarlo, en 1948, no se disponía más que de un texto dactilografiado, muy imperfecto. Saint-Exupéry trabajaba por la noche. Escribía un borrador muy poco legible y, antes de acostarse, leía lo escrito frente a un dictáfono. A la mañana siguiente, una secretaria lo transcribía. Durante los últimos meses de su vida, corrigió numerosos errores de esas transcripciones; pero no todos. Con eso se trabajó la edición de 1948. Solamente en 1958 se pudo restituir los borradores manuscritos y. comparándolos con los textos dactilografiados, llegar a una versión definitiva de una obra que constituye el testamento espiritual del escritor y suma de las sabidurías acumuladas en existencia tan lúcida.

 

SAINT-EXUPÉRY, SU VISIÓN DEL HOMBRE Y EL MUNDO

            Tras habernos ido dando jornada a jornada su visión del hombre en el mundo, Saint-Exupéry la resumió en ese libro de suma de sabidurías que es Ciudadela.

            Ciudadela no es una novela. Tiene un tenue argumento y un elemento que le da unidad. Es un personaje que habla. Un señor berebere que recuerda las lecciones que le dio su padre para hacer de él un rey sabio. En los primeros cantos, joven aún, se instruye al lado de su padre, señor del imperio, conductor de hombres; ya señor supremo él mismo, atiende a lo que hace a su pueblo feliz o desgraciado, a cuanto fortalece o descompone su imperio. A toda esa suma de saberes e iluminaciones que pueden guiar al hombre en su peregrinar por este mundo. Con este hilo conductor se edifica esta gran parábola o metáfora, suma de sabidurías, con una forma que recuerda los libros sapienciales de Oriente. Son más de seiscientas páginas en que Saint-Exupéry entrega su visión del hombre y busca respuesta a todas las grandes preguntas del existente humano.

            ¡Cuántos grandes temas de la inquietud humana! El silencio de Dios, en diálogo tan hondo como el que sostiene el narrador con un geómetra, al que pide que le confíe la verdad que le hace un alma tan serena, y  le responde: “Tengo la costumbre de decir que el árbol es verdadero, lo cual es una cierta relación entre sus partes… Y Dios es tan verdadero como el árbol, solo que más difícil de leer” “Si yo busco, yo he hallado, porque el espíritu no desea sino lo que posee. Hallar es ver. ¿Y cómo buscaría lo que aún no tiene sentido para mí?” “Las orugas no conocen su sol, los ciegos no conocen su fuego y tú no conoces el rostro al cual tú quieres hacerle aparecer cuando construyes un templo, que es patético para el corazón de los hombres”. El amor, su naturaleza, su relación con la posesión, sus transformaciones, sus ceremoniales. El imperio –gran metáfora de poderes y organizaciones humanas-, su gobierno y lenguaje, sus estructuras y relaciones, su relación con la civilización. El lenguaje y las palabras, su enseñanza, su insuficiencia, su relación con la sabiduría. La verdad y el error: “Las pequeñas iglesias se peleaban y se odiaban, con su costumbre de  dividirlo todo en error y verdad. Lo que no es verdad es error, y lo que no es error es verdad. Pero yo, que sé bien que el error no es lo contrario de la verdad sino otro arreglo, otro templo levantado con las mismas piedras, ni más verdadero ni más falso, sino otro, y les veía prestos a morir por verdades ilusorias, yo sangraba en mi corazón”. La libertad, sus condiciones, ejercicio y límites. La muerte: “¿Dónde has visto tú que se trate de de adquirir y poseer, cuando no se trata sino de devenir, de ser en fin, y de morir en la plenitud de su substancia?”. El sentido de las cosas, y la noche y el agua –eso que Saint-Exupéry aprendió en el desierto-. Y el tiempo. Así como el árbol no es semilla y después tallo y después tronco flexible y después madera muerta, sino potencia que lentamente desposa el cielo, así el hombre no es ni ese escolar, ni ese esposo, ni ese niño o ese viejo… “Tú eres aquel que se cumple. Y si tú sabes descubrirte rama equilibrada del olivo, saborearás en tu movimiento la eternidad. Y todo en torno a ti se hará eterno. Eterna el agua que canta y dio de beber a tus padres, eterna la luz de los ojos de la bien amada que te sonríe, eterno el frescor de las noches. El tiempo no es un guerrero que usa su sable, sino un segador que ata sus gavillas”.

            Lo que resulta admirable es cuántas de estas sabidurías las dijo Saint-Exupéry en esa historia simple y poética que contó a los niños en su Principito.

 

EL PRINCIPITO: LA HISTORIA

            Cuenta El Principito la historia de un aviador que, de niño, hizo el dibujo de una boa que se había tragado a un elefante. Mostraba su dibujo  a las personas mayores y les preguntaba si se asustaban, y ellas le decían que por qué se iban a asustar de un sombrero, y el niño tenía que dibujar al elefante dentro de la boa. Las personas mayores le aconsejaron que se dejara de dibujar boas que se habían tragado un elefante y se ocupara de cosas más serias, como la geografía, la historia, el cálculo o la gramática. Así que ese niño abandonó su vocación de dibujante y aprendió a pilotear aviones. Nunca se entendió con las personas grandes.

            Este personaje ha caído, por un falla del motor de su avión, en el desierto del Sahara, a mil millas de toda tierra habitada. Y entonces se apareció un niño, que le pedía que le dibujara un cordero.

            Ese niño, un Principito, ha caído, como él, del cielo, de su planeta pequeñísimo. Y le cuenta de su vida en ese planeta y su relación con una flor, y, después, de sus viajes por otros planetas, antes de llegar a la Tierra.  Un planeta estaba habitado por un rey; otro, por un vanidoso; el tercero, por un bebedor; el cuarto, por un hombre de negocios; el quinto, por un farolero, y el sexto, por un geógrafo. El séptimo planeta fue la Tierra.

            En la Tierra el pequeño viajero se había relacionado con una serpiente, se había hecho amigo de un zorro, y había conocido a un guardagujas y un mercader. Finalmente se había encontrado con el aviador caído en el desierto.

            Es la hora de partir, y el Principito se despide de su amigo, el aviador. La mordedura de aquella serpiente es lo que lo hace partir.

            Es una historia sencilla; una trama en que apenas pasa nada. Si fuera un simple cuento, valdría muy poco. Pero, como vale muchísimo, se impone pensar que es mucho más que un simple cuento.

 

EL PRINCIPITO: LAS VOCES NARRANTES Y LA FORMA NARRATIVA

            Dos voces cuentan la historia.

            La del piloto, que rememora aquel extraño suceso. “¡Me apena tanto –dice- relatar estos recuerdos! Hace seis años que mi amigo se fue con su cordero”, y confiesa que “si intento describirlo aquí es para no olvidarlo”.

            Y la del Principito, que relata al piloto su propia historia: sus viajes, sus relaciones, sus búsquedas.

            Una gran parte de la historia –y en buena parte la más importante- cobra la forma de diálogo. Son diálogos en que el Principito habla con el aviador, y lo que hace avanzar la historia es lo que él pregunta y él comenta y él cuenta.

            Alguna vez, lo que cuenta el Principito se convierte en diálogo. Son, por ejemplo, sus diálogos con el zorro, y los diálogos que sostiene con cada uno de los habitantes de los seis planetas visitados.

            Las breves introducciones a los diálogos –hechas por el aviador que cuenta la historia- o los comentarios que les siguen –también, por supuesto, del piloto-, y los diálogos mismos dan al libro una forma viva, dinámica.

 

EL PRINCIPITO: ENTRE LA REALIDAD Y OTRA REALIDAD

            El Principito sitúa, al comienzo, a su lector en terrenos de la realidad: el piloto que había caído con su avión en el desierto. (Y el lector que, como nosotros, conoce la vida de Saint-Exupéry sabe que él efectivamente cayó con su avión en el Sahara, “a mil millas de toda tierra habitada”).

            Y presenta la aparición del pequeño príncipe como algo real. Extraño, pero real. “Imaginaos, pues mi sorpresa, -le confía al lector- cuando, al romper el día me despertó una extraña vocecita”. E insiste: “Miré, pues, la aparición con los ojos absortos por el asombro”. Y, cuando ese extraño niño le pide que le dibuje un cordero, comenta: “Cuando el misterio es demasiado impresionante no es posible desobedecer”.

            No quiere el autor que se lea su historia como cuento: “Hubiera deseado comenzar esta historia a la manera de los cuentos de hadas. Hubiera deseado decir: “Había una vez un principito que habitaba un planeta apenas más grande que él y que tenía necesidad de un amigo…” Para quienes comprenden la vida habría parecido mucho más cierto. Pues no me gusta que se lea mi libro a la ligera. ¡Me apena tanto relatar estos recuerdos!” 

            En la introducción a la historia, antes de que aparezca el Principito, el autor nos ha participado lo que piensa de las personas mayores, que no entienden muchas cosas. Vuelve a referirse a ellas: “Si les decís: “La prueba de que el Principito existió es que era encantador, que reía y que quería un cordero. Querer un cordero es prueba de que se existe”, se encogerán de hombros y  os tratarán como se trata a un niño. Pero si les decís: “El planeta de donde venía es el asteroide B 612”, entonces quedarán convencidos y os dejarán tranquilo sin preguntaros más. Son así. Y no hay que reprocharles. Los niños deben ser muy indulgentes con las personas grandes”.

            Pero resulta que ese tal asteroide era tan pequeño como una casa, pero tenía dos volcanes en actividad y otro más, apagado… y en él vivía un niño que podía viajar por otros planetas y llegar a la Tierra. Y todo esto al adulto normal le saca de la realidad.

            Pero, como la historia no es cuento, hay que pensar en otra realidad. ¿Quién es el Principito? ¿Cuál es su realidad?

            Cuando Saint-Exupéry, encerrado en el piso 21 del 240 Central Park South, en una Nueva York que le resultaba ajena –mucho más ajena que el desierto, que para él no era ajeno- y detestable por su espíritu fenicio y satisfecho y su vida bulliciosa y frívola, hallaba consuelo en recordar al Principito, aquello era para él real. Otra suerte de realidad. ¿Era su infancia la que volvía a él convocada por esa historia? ¿Era el Principito él mismo, en lo que guardaba en su interior de niño?

            Así que El Principito, si se lo quiere leer bien, no ha de leerse como cuento, sino como una historia que trasmite recuerdos, vivencias, sabidurías. Todo lo cual es, hasta para el espíritu más falto de vuelo, realidad.

            Saint-Exupéry gustaría decirlo, más bien, de este modo: El Principito no lo pueden leer las personas mayores; lo han de leer lo niños y los grandes que siguen siendo niños. El dedicó su libro a un querido amigo: “A Léon Werth”. Pero al final de la dedicatoria, lo corrigió. Escribió: “A Léon Werth cuando era niño”.

 

EL PRINCIPITO: LIBRO DE SABIDURÍAS

            Para trasmitir la suma de las sabidurías que sobre el hombre y las cosas había cosechado en una larga trayectoria de segador por la tierra, el desierto, el cielo, la noche, en la soledad de la carlinga de sus aviones y en la conversación con los hombres del desierto, en la vida de amistad con sus camaradas y en las horas de enfrentarse con la muerte, Saint-Exupéry escribía, lo sabemos, Ciudadela. Pero volcó lo más hondo de esas sabidurías, que era, a la vez, lo más sencillo, en El Principito.

            Es un niño quien ilumina esos misterios para el aviador. Eso da, a la vez, su tono y su encanto a todas las sabidurías que el libro trasmite al lector.

            Cuando ese niño medita sobre la flor que ha dejado en su planeta, su debilidad y su ingenuidad al creer que podrá defenderse con sus espinas, y pregunta al aviador: “¿Y tú crees que las flores…?”, éste, que trabajaba febrilmente en reparar su avión, sin dejarle terminar, le contesta desabridamente cualquier cosa, y remata con: “¡Yo me ocupo de cosas serias!”, el Principito, “verdaderamente muy irritado”, le da la primera gran lección:

            -Conozco un planeta donde hay un señor carmesí. Jamás ha aspirado el perfume            de una flor. Jamás ha mirado una estrella. Jamás ha querido a nadie. No ha   hecho más que sumas y restas. Y todo el día repite como tú: “¡Soy un hombre serio! ¡Soy un hombre serio!”. Se infla de orgullo. Pero no es un hombre. ¡Es      un hongo!

            Es una lección de humanismo esencial. El hombre que vive absorbido por sus negocios, el que se ha convertido en autómata que trabaja y se divierte, se divierte y trabaja, y no tiene aliento ni interés ni tiempo para cultivar amistades y buscar el contacto enriquecedor con la naturaleza, no merece ser llamado hombre. Eran esos hombres-termitas que Saint-Exupéry miró siempre, y especialmente en Nueva York, con horror.

            Y hay –siguió el Principito su grave lección- cosas de enorme importancia que a esos hombres serios se les escapan:

            -Si alguien ama a  una flor de la que no existe más que un ejemplar entre los        millones y millones de estrellas, es bastante para que sea feliz cuando mira a las   estrellas. Se dice: “Mi flor está allí, en alguna parte…” Y si el cordero come la flor, para él es como si, bruscamente, todas las estrellas se apagaran. Y esto,        ¿no es importante?

            La segunda gran lección es sobre el amor. ¡Cuánta complejidad en la relación amorosa del Principito con su flor! Hasta la confesión de que no supo amarla. Debió haberla juzgado por sus actos y no por sus palabras. Le perfumaba y le iluminaba. Debió haber adivinado su ternura, detrás de sus pobres astucias.

            El amor y la amistad. Para Saint-Exupéry, que amó con un amor recio y generoso a sus camaradas, no había fronteras entre lo que los hombres llaman de un modo y lo que llaman de otro. Amistad-amor es lo que enseña el Zorro al Principito en una de las partes más hondas y entrañables del libro.

            Aparece el Zorro, que al  Principito le parece lindo. Le pide que jueguen, y el Zorro le responde que no puede hacerlo, porque no está domesticado: “Je ne suis pas apprivoisé”. Y el Principito, que jamás se queda sin preguntar lo que no entiende, le pregunta qué signifique “apprivoiser”, y, según estila, lo pregunta hasta que se le contesta. Finalmente el Zorro le responde: “Es una cosa demasiado olvidada. Significa “crear lazos”. Y entonces, con la misma sencillez de todo el diálogo, le da una de las más penetrantes y bellas descripciones del amor y la amistad, que se hayan dado nunca:

            -¿Crear lazos?

            - Sí –dijo el Zorro- Para mí no eres todavía más que un muchachito semejante a cien mil muchachitos. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para            ti más que un zorro semejante a cien mil zorros. Pero, si me domesticas,           tendremos necesidad el uno del otro. Serás para mí único en el mundo. Seré         para ti único en el mundo.

            El amor –sigue el Zorro desvelando su secreto para quien quiere que llegue a ser su amigo- transforma el mundo; para el que ama, el mundo es otro, luminoso y emocionante:

            Mi vida es monótona. Cazo gallinas, los hombres me cazan. Todas las gallinas    se parecen y todos los hombres se parecen. Me aburro, pues, un poco. Pero si      me domesticas, mi vida se llenará de sol. Conoceré un ruido de pasos que será         diferente de todos los otros. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra.      El tuyo me llamará fuera de la madriguera, como una música. Y además, ¡mira!      ¿Ves, allá, los campos de trigo? Yo no como pan. Para mí el trigo es inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada. ¡Es bien triste! Pero tú tienes cabellos           color de oro. Cuando me hayas domesticado, ¡será maravilloso! El trigo dorado            será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo…

            Es todo esto tan bello que el Zorro pide al Principito que le domestique. Este le dice que lo quisiera, pero no tiene tiempo: debe encontrar amigos y conocer muchas cosas. Y entonces el Zorro le da otra lección sobre el amor y la amistad:

            -Solo se conocen las cosas que se domestican –dijo el Zorro-. Los hombres ya      no tienen tiempo de conocer nada. Compran cosas hechas a los mercaderes.      Pero como no existen mercaderes de amigos, los hombres ya no tienen amigos.

            Pero el Principito tiene que partir. Y el Zorro va a llorar. El Principito le dice que no ha ganado nada con su amistad, y el Zorro le dice, sabio: “Gano por el color del trigo”. Antes le había confiado:

¿Ves allá los campos de trigo? Yo no como pan.Para mí el trigo es inútil.Los campos de trigo no me recuerdan nada. ¡Es bien triste! Pero tú tienes cabellos color de oro. Cuando me hayas domesticado, ¡será maravilloso! El trigo dorado será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo.

 

El recuerdo del amor lo transfigurará todo.

            De despedida, el Zorro le confió a su pequeño amigo un secreto:

            He aquí mi secreto: Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.

            Y el Principito lo repite, para no olvidarse: “Lo esencial es invisible a los ojos”.

            Con otro tono, de un fino humor irónico, cada una de las visitas a esos planetas en que viven pintorescos personajes importa una lección de este humanismo que para Saint-Exupéry era clave de la nobleza del hombre. El Rey que mandaba por mandar, aunque su mandar no tuviese sentido; el vanidoso al que lo único que le interesaba era que le aplaudiesen, aunque esos aplausos no fuesen manifestación de verdadera admiración o respeto; el bebedor que bebía para olvidar la vergüenza de ser bebedor; el hombre de negocios que contaba las estrellas y, como si fuesen sus valores, encerraba los números en su caja fuerte, y se pasaba la vida en sus cálculos; el farolero que, dada la pequeñez de su planeta, no podía concederse respiro en encender su farol cada vez que llegaba la noche, y el geógrafo que solo se ocupaba de llevar registro de lo que descubrían los exploradores, siempre que presentasen pruebas de sus hallazgos, así como grandes piedras si se trataba de una gran montaña… Todas esas personas grandes le parecen decididamente extrañas al Principito. Rechaza esa manera de tener del hombre de negocios. “Yo –le dice- poseo una flor que riego todos los días. Poseo tres volcanes que deshollino todas las semanas. Pues deshollino también el que está extinguido. No se sabe nunca. Es útil para mis volcanes y  es útil para mi flor que yo les posea. Pero tú no eres útil a las estrellas…”. Rechaza el Principito ese afán de poseer por poseer, esas ansias vacías de mandar y figurar. Lo importante es servir y ser útil. Hacer cosas buenas o bellas. Ante el trabajo del farolero, el Principito medita: “Talvez este hombre es absurdo. Sin embargo, es menos absurdo que el rey, que el vanidoso, que el hombre de negocios y que el bebedor. Por lo menos su trabajo tiene sentido. Cuando enciende el farol es como si hiciera nacer una estrella más, o una flor. Cuando apaga el farol, hace dormir a la flor o a la estrella. Es una ocupación muy linda. Es verdaderamente útil porque es linda”.

            Ya en la Tierra, el Principito se topará con el guardagujas; es decir, el encargado de dar  paso a los trenes. Asiste entonces al vertiginoso ir y venir, a grandes velocidades, de los habitantes del planeta. Porque nadie está contento donde está. Porque no persiguen absolutamente nada. Es una visión amarga de la vaciedad y desorientación espiritual de las urbes civilizadas, con sus habitantes faltos de metas, de calma para pensar y hasta para ser. “Solo los niños saben lo que buscan –dijo el Principito-. Pierden tiempo por una muñeca de trapo y la muñeca se transforma en algo muy importante, y, si les quitan la muñeca, lloran”.

            La obsesión de los habitantes de esas enloquecidas ciudades es ganar tiempo, aunque nadie sepa para qué. El mercader de píldoras que aplacan la sed, le dice al Principito que con ello se logra una gran economía de tiempo. “Los expertos han hecho cálculos. Se ahorran cincuenta y tres minutos por semana”. Yo, se dice el Principito, “si tuviera cincuenta y tres minutos para gastar, caminaría muy suavemente hacia una fuente…”.

            Y después ya está con el aviador, que es su amigo, en el desierto. Y es, entonces, la conversación de dos seres que comparten ya muchas sabidurías. Tienen sed, y el Principito le dice que lo que embellece el desierto es “que esconde un pozo en cualquier parte”, y el aviador, que ha recordado su casa de infancia, en la que se decía que había un tesoro escondido, lo confirma: “Ya se trate de la casa, de las estrellas o del desierto, lo que los embellece es invisible”. Hallan el pozo, y esa agua “era buena para el corazón, como un regalo”. Esa agua le hace reflexionar al Principito en que los hombres cultivan rosas por miles y se mueven en sus trenes rápidos, y no encuentran lo que buscan. “Y, sin embargo, lo que buscan podría encontrarse en una sola rosa o en un poco de agua”. “Pero los ojos están ciegos. Es necesario buscar con el corazón”.

            Toda la vida de Saint-Exupéry, entregada al servicio heroico y a la amistad presta a darlo todo por el amigo, había sido eso: una búsqueda con el corazón. Lejos de cálculos, de frías ideas, de egoísmos de cualquier especie. Su encuentro con el Principito le había hecho plasmar ese ideal en una hermosa historia.

 

EL PRINCIPITO: LAS CALIDADES ARTÍSTICAS

            Libro con tanto peso de sabidurías no es pesado, ni suena moralizante o didáctico.

            Porque es original. Original en su hallazgo inicial y original en cada uno de los episodios de la historia. La originalidad sorprende y confiere a un libro calidad de único. El Principito es, por su hallazgo, único en la literatura francesa del siglo XX y en la literatura infantil y juvenil. Y único también en la producción de Saint-Exupéry.

            Y porque tiene mucho de juego y finos toques de humor irónico.

            De principio a fin, el autor juega con lector. Es como una suerte de juego de escondidas entre lo real y lo fabuloso. Y el juego es sostenido, hasta el postescrito, al que, por otro de sus rasgos, nos referiremos líneas abajo.

            Pero, sobre todo, porque es poético. El lector siente que, aunque le vaya enseñando cosas importantes, no lo pretendía. El narrador lo que quería era trasmitir un hermoso recuerdo, transido de lirismo.

            Clave de ese hálito poético es la figura del Principito. Con gestos tan poéticos como ese consolar su tristeza viendo la puesta de sol o  ver su cordero dentro del dibujo de unas pocas líneas de una rudimentaria caja hecho por el aviador… “Sacó el cordero del bolsillo y se abismó en la contemplación de su tesoro”.

            Ese lirismo se torna más intenso al final, en un clima de tristeza, porque se adivina la partida del Principito. ¡Cuánta poesía en el último diálogo del Principito con el aviador!:

            -Es como con la flor. Si tú amas una flor que se halla en una estrella, es dulce,     la noche, mirar el cielo. Todas las estrellas están florecidas.

            -Así es.

            -Es como con el agua. La que me has dado a beber era como una música, por la             roldana y la cuerda… tú  recuerdas… era tan buena.

            -Así es.

            -Tu mirarás, la noche, las estrellas. Mi casa es muy pequeña para que yo te          muestre donde se encuentra la mía. Es mejor así. Mi estrella así será para ti una            de las estrellas. Entonces, todas las estrellas, amarás mirarlas… Ella serán             todas tus amigas. Y ahora te voy a hacer un regalo.

            Y de nuevo rió.

            -¡Ah! ¡Pequeño hombrecito, pequeño hombrecito cómo amo escuchar tu risa!

            -Justamente ese será mi regalo…eso será como con el agua…

            -¿Qué quieres decir?

            -Las gentes tienen estrellas que no son las mismas. Para los unos, que viajan,       las estrellas son guías. Para otros no son más que pequeñas luces. Para otros     que son sabios ellas son problemas. Para mi hombre de negocios eran oro. Pero            todas estas estrellas no hablan. En cambio tú, tú tendrás estrellas como nadie ha tenido…

            -¿Qué quieres decir?

            -Cuando tú mirarás el cielo, la noche, como yo habitaré en una de ellas, como     yo reiré en una de ellas, entonces será para ti como si riesen todas las estrellas.

            ¡Tú tendrás, para ti, estrellas que saben reír!

            La poesía brota del ritmo –por eso casi siempre la poesía ha buscado formas métricas, con medidas que imponen una lectura rítmica: eso es el verso-. Y esta prosa, sin llegar a las medidas exactas del verso tiene ritmo. Un ritmo a la vez sosegado y anhelante.

            El pasaje que acabo de transcribir lo he traducido con dos criterios: procurar la versión más literal y tratar de conservar cuanto se pueda el ritmo. Lo uno y lo otro se relacionan íntimamente.

            Así, el francés

            Si tu aimes une fleur qui se trove dans una étoile, c´est doux, la nuit, de regarder le ciel. Toutes les étoiles son fleuries.

Se ha vertido:

            Si tú amas una flor que se halla en una estrella, es dulce, la noche, mirar el          cielo. Todas las estrellas están florecidas.

            En otra traducción leemos: “es agradable mirar el cielo por la noche”. Acaso sea español más claro traducir “la nuit” como “por la noche”. Pero el ritmo se ha acabado. Y ese corte que sugiere una matriz conversacional: “es dulce, la noche, mirar el cielo”. “Por la noche” es tan claro y explícito como prosaico; es decir antipoético.

            Con esto, está dicho que el texto de El Principito tiene más poder poético en su original –como pasa con toda poesía-; pero lo admirable es que también las traducciones –y el libro ha sido traducido a decenas de lenguas- conservan muchísimo del lirismo del texto francés.

            El ritmo es lo que menos pasa de un original lírico a sus traducciones. Pero pasan las imágenes y muchas fórmulas verbales poéticas. ¡Cuánta poesía en ese “todas las estrellas están florecidas” o el “tú tendrás, para ti, estrellas que saben reír” del pasaje que acabamos de traducir!

            Y pasa la emoción. Este es un libro cálido de emoción, rico de sentimientos, que, por su poder literario, se trasmiten al lector.

            Hasta el postescrito, de tan alta carga de sentimiento que, de no ser por toda la base poética y de sostenida emoción que lo sustenta, hasta correría el riesgo de dar en sentimentalismo:

            Este es,  para mí, el más bello y triste paisaje del mundo. Es el mismo paisaje de la página anterior, pero lo he dibujado una vez más para mostrároslo bien. Es             aquí donde el Principito apareció sobre la tierra y después desapareció.

            Mirad atentamente este paisaje a fin de estar seguros de reconocerlo, si viajáis     un día por Africa, en el desierto. Y, si llegáis a pasar por allí, os suplico, no os        apresuréis, ¡esperad un poco, justo debajo de la estrella! Si entonces un niño     llega hasta vosotros, si ríe, si tiene cabellos de oro, si no responde cuando se le    interroga, adivinaréis quién es. ¡Sed entonces gentiles! No  me dejéis tan triste           como me hallo. Escribidme pronto que él ha vuelto.

            Habla el autor de un dibujo. Son dos líneas que sugieren dunas de un desierto y arriba una estrella. Todo tan simple como el dibujo infantil. Cabe recordar que el libro lleva siempre, hasta en traducciones y ediciones de menor formato que la primera, ilustraciones hechas por el mismo Saint-Exupéry. Sencillas, pero expresivas. Y alegres, como para un libro para niños. Son parte de esta obra artística.

            Especialmente notable es que en este hermoso libro, todo ese lirismo y toda su hondura, se den con un delicioso tono de  ingenuidad infantil. Pero una ingenuidad rica de sabidurías. Por ese tono de ingenuidad es tan convincente todo lo que cuenta y medita el Principito, que, como lo hemos visto ya, es tan hondo y penetrante.

            Todas sus sabidurías, como contenido, y toda su poesía, como plasmación formal de esas sabidurías, hacen de este un libro que no se agota a la primera lectura; que puede seguir leyéndose, porque, aunque, acaso, ya no nos diga cosas nuevas, hace que tantas de las tan honda y tan hermosamente dichas sigan calando en nosotros.

            Era en  los años 1959, 1960 y 1961, y no había El Principito en librerías quiteñas. Un grupo de pequeños montañistas y yo, tuvimos que copiarlo a máquina. Y esa copia, doblada dos veces para que entrara en el bolsillo trasero de una mochila, nos acompañaba en todas nuestras ascensiones. Y por la noche, en los pajonales, en los arenales, al pie de las nieves eternas, en nuestras carpas, a la luz de una pequeña lámpara o de una simple esperma, leíamos, una vez más, El Principito. Y siempre nos fascinaba como la primera vez. Yo diría que cada noche nos enseñaba un poco más de amor a la naturaleza –a la que, como montañistas, tanto amábamos-, de cosas esenciales, de los altos secretos de la amistad…

            Entonces lo sentí: acaso nadie entendería tanto, con esa inteligencia de corazón que reclamaba Saint-Exupéry, esta historia como el adulto que hizo amistad entrañable con un niño. “¡Ah! ¡Pequeño hombrecito, cómo amo escuchar tu risa!”

 

Alangasí, marzo-abril de 2005

  

Actividades sugeridas para después de la lectura.

 

1. Ensayar, en trabajo de todo el grado o curso, un listado de los valores humanos que trasmite el libro. El estudio preliminar ayudará, sin duda, pero hay que avanzar más en el listado de valores.

2. Si hay en el curso un alumno que haya avanzado más como lector, procurar que lea, del mismo Saint-Exupéry, Tierra de hombres (Traducida como Tierra de los hombres, está publicada en español por la editorial Sudamericana). Que él compare los valores que enseña ese libro con los de El Principito.

3. Cada alumno escribe cuál es el pasaje del libro que más le gustó y por qué. Se leen algunos trabajos y su autor conversa con los compañeros.

4. Se invita a una redacción. Tema: Otro planeta que visitó el Principito. ¿Cómo era ese planeta? ¿Por quién estaba habitado? ¿Qué conversaron ese personaje y el Principito?

5. Dramatización. La clase se divide en grupos. Cada grupo elige a un niño o niña que haga del Principito y se representa uno de los episodios del libro.


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