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Efemérides
Estoy en deuda con Dickens
1. Me
encuentro con Mr. Charles Dickens
Había ido a dar al "San Gabriel", "botado" del colegio "Montúfar" -no me
habían expulsado solo por ser mi padre, profesor, amigo y colega de
profesores del colegio-. Cómo y por qué llegué a ese colegio de
jesuitas, siendo mi padre liberal y laico a carta cabal, es otra
historia -que la he contado en la biografía de mi madre Madre maestra
y maestra madre-. El hecho es que estoy ya en ese colegio
centenario, de grandes corredores abovedados y aulas largas, obscuras y
casi misteriosas (donde se hacía de todo, hasta concursos de ilustres
pajistas...). Y buscaba libros, porque los interesantes de casa ya me
los había leído todos. Y entonces me dicen que la Congregación Mariana
tenía una biblioteca.Pero solo prestaba libros a alos congregantes. Así,
que no quedaba otra que hacerme congregante. Sinceramente eso de la tal
congregación no me interesaba. Solo me parecía perder tiempo de lecturas
en rezos un poco bobos. Pero estoy ya de congregante y empiezo a sacar
libros. Y, libro tras libro, me ,devoraba los del argentino Hugo Wast:
Alegre, Flore de durazno, Desierto de piedra,
666 y Juana Tabor... Y un día, el bibliotecario, Federico
Veintimilla me pregunta: "¿Por qué lees tantos libros de Hugo
Wast?"."Porque me gustan" -le respondo.Y él me dice: "Tú has leído a
Dickens?".Y como le confieso que no, me pasa uno del autor inglés: El
grillo del hogar.
Lo leo esa misma noche.Y ¡qué deslumbramiento! ¡Cómo podía
seguir leyendo a Hugo Wast! Con Dickens estaba en otro nivel del placer
de la lectura.
Vuelvo al día siguiente a la biblioteca aquella y le digo a
Federico: "Quiero otro libro de Dickens"."¿Ya leíste el que te di? "Sí,
anoche". "¿Y qué te pareció?" "Me encantó". Y me pasó mi segundo
Dickens: Historia en dos ciudades. Otro tipo de fascinación, aun
más emocionante que el anterior, por lo que tenía de aventura y de
tensas emociones en los días de la Revolución Francesa.
Y así fue como me encontré con Mr. Charles Dickens, con
quien iba a tener en el futuro tantos encuentros memorables.
2. Vivo largos días con Mr. Charles Dickens y una historia suya de
espectros.
En
los años siguientes de la adolescencia el lector compulsivo que yo era
dio con dos autores que me llevaron mucho más lejos y más hondo que
Dickens: dos monstruos.Leí de Dostoyevski Natasha Nesvanova y de
Tolstoi Resurrección. Y sobre todo Dostoyevski se convirtió en el
autor que me depararía las más entrañables incursiones hacia el obscuro
-yluminoso- corazón de lo humano. Hasta ese El príncipe idiota,
que mis pequeños amigos de Comillas leían porque decían que se parecía
tanto a mí, y esa que para mí es la cumbre de la novela del siglo XIX:
Los hermanos Karamasovi, a la que en España dedicaría mi primer
largo ensayo sobre una obra literaria: "Los hermanos Karamasovi, un
himno a la alegría".
Pero volví a tener un encuentro con Dickens.Largo, hondo, en
mucho alucinante.
Eran los días en que estudiaba filosofía con los jesuitas.
Al llegar las fiestas de navidad, la vida austera de esas casas de
estudio daba paso a algunas horas festivas. Noche a noche, noviciado,
estudiantes de humanidades y estudiantes de filosofía organizaban una
velada, con alguna representación teatral o números escénicos, mientras
por el auditorio circulaban bandejas de las colaciones de la Cruz Verde.
(En esas reprsentaciones pude apreciar por primera vez el humor del
filósofo Simón Espinosa, que en compañía con otros ingenios chispeantes
como el altísimo Pepe Rivera y el omoto Araujo improvisaban sobre las
tablas desenfadadamente).
Ese año se me encargó a mí la velada de los filósofos. Y se
me metió en la cabeza lanzarme a algo tremendamente ambicioso y difícil:
representar la más hermosa historia de navidad que se hubiese contado en
el siglo XIX: La Canción de Navidad de Charles Dickens. Todos los
compañeros a los que pedí colaboración me la dieron con enorme
entusiasmo. Comencé por traducir del inglés A Christmas Carol.Y
adaptarla. Con una curiosa adaptación: no podíamos contar en la empresa
con mujeres. (Menos mal que no era una historia de amor...) Así que debí
hacerlo todo en escenas de solo varones....Entregué luego el papel
clave, el de Scrooge, a un brillante estudiante, que dominaba el inglés,
el guatemalteco Ricardo Falla, y busqué para espectros a filósofos
largos y un poco solemnes, el de las navidades presentes algo más gordo
y alegre, el español, actualmente importante hombre de negocios en
Panamá, Ignacio Lasa.
Necesitaba niños, y el colegio "Loyola" me los facilitó,
comenzando por Gonzalo Ortiz, más tarde mi alumno y miembro de la
Academia Literaria, y hoy brillante historiador -miembro de la Academia
Nacional de Historia- y sociólogo.
Quien sería uno de los más brillantes filósofos de América,
rector de la Universidad Católica y últimamente obispo de Ibarra, Julio
César Terán se encargó del vestuario; otros compañeros, del escenario y
sus repetidos cambios y de las luces. Ricardo Zúñiga fue mi asesor
artístico.
Dickens nos había atrapado con su historia, y nos sentíamos
vueltos a las neblinosas calles navideñas de la City y a ese mundo de
espectros y de dolorosa y cálida humanidad.
Serían fundamentales los efectos sonoros.Fuimos con Patricio
Beltrán a radio "Cordillera", donde Edison Terán hizo un admirable
trabajo. Tenía efectos sonoros de miedo de variadísimas clases: alegres,
tristes, fúnebres. Elegimos uno aterrador para el comienzo.
La representación se hizo para profesores y estudiantes
jesuitas y más público de dentro de casa el 26 de diciembre.Pero
conseguí autorización para abrirla a un público externo
Hice imprimir una invitación exactamente igual a las que
hacía el teatro Sucre para sus funciones, y la repartimos a padres de
familia y amigos. Y a gentes de teatro, que eran las que más me
interesaban.
Y así circuló ese programa-invitación:
LOS ESTUDIANTES JESUITAS
DE LA
FACULTAD DE FILOSOFÍA
"SAN GREGORIO"
DEDICAN CARIÑOSAMENTE
A TODOS
SUS FAMILIARES
YAMIGOS
"LA CANCIÓN
DE NAVIDAD"
ESCENIFICACIÓN DEL INMORTAL
CUENTO DE
CHARLES DICKENS
El acto se anunciaba para
el 30 de diciembre de ese 1956, a las 8 de la noche, en el Salón de
actos del colegio Loyola.
Al acercarse la horade correr el telón y dar paso a la
mágica, poética y emocionante historia sentí en mis compañeros el miedo
escénico: el salón estabacolmado de público. Y muy variado. Hasta niños.
-Será un éxito -les animé-. Desde la primera frase y el
primer efecto. Ya verán.
Yo sabía lo que decía.
Se apagan las luces y suena una música aterradora, al tiempo
que una voz cavernosa contaba: "Marley estaba muerto".
Y los niños, aterrados, corrían a hundirse en los regazos
maternos.
El silencio espectante era casi sólido.
La cavernosa voz del narrador seguía:
-Muerto y tieso como suele estarlo la aldaba de un portón.
Esto lo sabía perfectamente Scrooge, su viejo socio. Lo sabía como puede
saberlo quien ha sido su único albacea"
Y el telón suavemente iluminado se iba abriendo con
lentitud, dejando ver una oficina de bolsa en penumbra.La voz seguía:
-Quede, pues, bien sentado que Marley había muerto. Si no,
la historia que les voy a contar no tendría nada de especial.
Entraba la música como solemne overtura, mientras un
reflector iluminaba un rótulo gótico carcomido por el tiempo. Y la voz,
alta y solemne, anunciaba:
-"La Canción de Navidad" de Charles Dickens.
El público estaba tan atrapado como lo habíamos estado
quienes revivíamos aquella hermosa historia por largos y febriles días.
Había yo invitado especialmente a un gran hombre de teatro:
Paco Tobar. Y él, crítico exigentísimo del incipiente teatro nacional, a
la horade hacer un balance de los últimos veinticinco años del teatro
nacional , destacó "el esfuerzo plenamente logrado de los estudiantes de
la misma Universidad, Facultad de Filosofía y Letras, con la cooperación
de los alumnos del Colegio de San Ignacio, en la versión para Teatro,
hecha por el Sr. Hernán Rodríguez Castello, de la Canción de Navidad de
Dickens. Representación y dirección de altísima calidad" ("Teatro
durante los años de 1844 a 1856" en Trece años de cultura nacional.
Quito, Casade la Cultura Ecuiatorisanaa, 1957, pg. 97)
Este fue mi segundo encuentro con Dickens. Y fue mi homenaje
a ese cuento suyo que me había deslumbrado desde los días de mi
infancia. Completaría el homenaje la publicación de esa traducción y
adaptación a la escena que se hizo en Guayaquil, en 1958.
Continuará con otros encuentros.
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