Hernán Rodríguez Castelo

Escritor, historiador de la literatura y crítico de arte

 


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Algunas monografías:

 

Ver arte

 

Nelson Román

Miguel Betancourt

Luis Moscoso

Leonardo Tejada

Franklin Ballesteros

 

Panorama del arte ecuatoriano. Quito, Corporación Editora Nacional, 1994Diccionario crítico de artistas plásticos ecuatorianos del siglo XX. Quito, Casa de la Cultura Ecuatoriana,  1992Nuevo Diccionario Crítico de Artistas Plásticos del Ecuador del siglo XX. Quito, Centro Cultural Benjamín Carrión, 2007, 800 pp.

 

Dos textos:

 


Franklin Ballesteros:

libro y retrospectiva

 por Hernán Rodríguez Castelo

 Dicho en la Casa dela Cultura "Benjamín Carrión",

Núcleo de Tungurahua, el 20 de mayo de 2011. 

EXORDIO

            (Para eso que los viejos -y sabios- retóricos decían "captatio benevolentiae"; aunque, en este caso,  no de todos...)

Profunda emoción me causa siempre venir a esta feraz comarca de la patria. Pródiga en frutos de la tierra, pero también en varones de altas virtudes humanas y en maduros logros de letras y arte. Pero esta vez esa emoción ha recibido nueva inyección: veo en un mapa de la patria dividida esta provincia con estas cifras: por el NO 54, 2; por el SÍ 35,9. Leía, días atrás, una nota de prensa que proponía causas económicas para esta victoria del NO. Me pareció un razonar fenicio. Las razones más profundas y por ello más verdaderas son de dignidad y amor a la libertad. Dignidad: el pueblo ambateño no cambia votos por borregos. Y, en cuanto a colchones, sabía yo de un ambateño que proveía de colchones a los norteamericanos... Y la libertad. En esta tierra se respira el aliento huracanado, soberanamente libre, de Montalvo, y cuanto él dijo del tirano Veintemilla, está vivo, palpitante, actualísimo para cualquier proyecto de tirano.

            Ahora resta que quienes representan a este pueblo altivo, amante intransigente de la libertad, recuerden en la Asamblea nacional que una gran mayoría de tungurahuenses se pronunciaron por la libertad de prensa -esa que fue el clima que hizo posible un Montalvo, un Vela, un Mera, un Cevallos, un Luis A. Martínez- y por una justicia independiente del poder ejecutivo, que ponga freno a abusos dictatoriales y venganzas de pequeños tiranos, y exija cuentas a dilapidadores, a clientelares pródigos y a quienes medran desvergozadamente con los dineros del pueblo.

 

Y AHORA SÍ A LO QUE VINE

En esta visita mi emoción se tiñe de amistad y afecto a un noble ser humano, y está nutrida por el aprecio que me merece su creación de largos años que orna estas paredes de la Casa de la Cultura y se ha reunido en libro.

            Del libro he sido parte. Pequeña parte. Pero Franklin Ballesteros, que es  el personaje  que aquí nos ha congregado, me ha honrado poniéndolo a mi nombre. Y ha insistido en que en ese listado de mis libros -curiosa lista que volteó ya el centenar- ocupe un lugar. Y allí está ya: 106:MANUELA SÁENZ; 107, BALLESTEROS. Y, al momento de escribir estas líneas, me llega, editado por  la Universidad Técnica de Loja, para su maestría en literatura infantil, el libro 108: HISTORIA DE LA LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL.Y está publicado ya también, por la afamada Universidad lojana, HISTORIA CULTURAL DE LA INFANCIA, que sería el 109.Me complace dar estas primicias de libros aún no conocidos en esta ciudad que, tras las luminosas huellas de Montalvo, Mera y Cevallos, es una ciudad de libros.

            Mi ensayo que abre el libro, tras rápido preámbulo, se instala en la acuarela: "Pero es en la acuarela -sienta- donde Franklin Ballesteros se impondría como uno de los mayores cultores del género en el siglo XX del arte ecuatoriano". Con una producción tan sostenida por décadas y sostenida con tan variadas, tan finas y tan ricas calidades solo conozco otro caso: César Tacco.

            En 1945 se abrió una muestra de acuarela de Leonardo Tejada, en Quito, en el Instituto Británico. Varios de los artistas de esa briosa generación pintaban a la acuarela. Pero montar toda una exposición individual de acuarela resultaba insólito. Para inaugurarla se acudió a alguien que había visto mucha acuarela en Europa y Estados Unidos: a la inquieta periodista Lilo Linke. Y ella comenzó por una justa ponderación de lo difícil de la técnica: 

Bien se sabe que la acuarela es un medio difícil de manejar. Requiere un ojo rápido y una mano segura capaces de alcanzar la perfección al instante. Lo que falló la primera vez, falló para siempre. No cabe rectificación ni remiendo y para el logro de una obra determinada no está abierto el camino vacilante de experimento[1]

            Y la autora sometía a criba acuarelas, para desechar como paja las malas, y dar como grano esas que habían logrado las calidades propias de esta manera de pintar, al parecer tan fácil, pero en realidad tan complicada: la transparencia de tonos, luminosos y delicados a la vez; su frescura; su limpieza.

            Lilo Linke, viajera de rica cultura, no era seguramente ni especialista en arte ni crítica de oficio. Se quedó un poco corta en el señalamiento de cuanta calidad distingue la gran acuarela de la ordinaria y, por supuesto, de la insatisfactoria.

            La señora Linke había visto, eso sí, grandes acuarelistas. Sobre todo, el que para mí es el más grande, el prodigioso revolucionario de la técnica, el inglés Turner. Y ensayó breve recorrido desde ese grande hasta la acuarela intelectual de Paul Nash. Y se volvió al Ecuador: 

En el Ecuador pocos pintores han prestado a la acuarela la debida atención. Parece que existía en la mayoría el prejuicio en otras épocas propagado también en países como Inglaterra y los Estados Unidos de que la acuarela servía solo para las pinturas de "niñas bien educaditas". Acaso la influencia francesa con su casi exclusiva concentración sobre el óleo y el dibujo era demasiado fuerte, o que simplemente faltaba el estímulo necesario en forma de la enseñanza paciente y del modelo de alta categoría.

            Se le escapó a Linke -extranjera al fin- que en el horizonte del arte ecuatoriano había ese "modelo de alta categoría" que reclamaba: era Joaquín Pinto.

            Pero mostró estar al tanto de los artistas ecuatorianos de primera línea que prestaban atención a la acuarela. Tejada, por supuesto, a quien veía como "el primer acuarelista del Ecuador", pero también Pedro León, Eduardo Kingman, Oswaldo Guayasamín. Tal vez por lo parco de su producción y el ningún cuidado que puso siempre en mostrarse no conoció tampoco a ese finísimo acuarelista que fue  Nicolás Delgado.

            Cuando todo esto sucedía en Quito, un pequeño ambateño llamado Franklin Ballesteros cumplía cinco años.

            ¿Cuándo vio por primera vez una acuarela?

            Es pregunta que, parece, se nos escapó a cuantos nos hemos interesado por el acuarelista. Pero resulta de decisiva importancia: acaso ver esa acuarela habrá sido relámpago que iluminó fascinantes territorios que se abrían ante esos poderes de artista que leudaban silenciosamente en él.         Pero hay otra pregunta, al parecer más complicada, que, sin embargo, tiene respuesta sencilla: ¿Por qué comenzó a pintar a la acuarela?

            Con una primera caja de crayones, a sus tempranos nueve años, da con el secreto de convertir el paisaje en manchas o zonas de color puestas a dialogar entre sí -por contrastes o por continuidades- para recrear en la pupila del espectador lo que el artista vio.

            Ha fechado ese primer trabajo fundacional de una manera de ver que lo iba a conducir al futuro ejercicio acuarelístico: 5 de octubre de  1949. El motivo: "Cocha de los sapos. Patate".

            Diría que ese temprano trabajo abre el libro, en cuanto libro de arte.  Y lo hace con una noticia de deliciosa ingenuidad, conmovedora por lo que nos acecha detrás: "Crayones donados por la UNICEF en el terremoto del 5 de agosto de 1949".

            En una tierra desolada, herida por la fuerza telúrica, el pequeño de nueve años ha recibido de la copiosa y generosa ayuda internacional una cajita de crayones.

            Y, aquí esta lo maravilloso, esa cajita ha sido la varita mágica con poderes para transformar ese pedacito de cartulina de 22 por 31 centímetros en obra de arte. Con resonancias del tremendo acontecimiento que había desquiciado la existencia de los ambateños: desde el cielo con nubes cenicientas hasta la tierra con algo de convulsa.

            Y recoge el libro otras pinturas de ese año -seguramente hubo muchas más-. "Río Patate" nos trasmite lo que vio el pequeño artista en una de las zonas más heridas por el sismo.

            Y hasta ensayó algo especialmente difícil para un principiante: la figura humana: un "Sembrador" doblado sobre la tierra, empeñado en sembrar una plantita en la tierra yerma.

            Pero estos trabajos no son acuarela. Son una realización más espesa, de zonas cromáticas cargadas de materia, con trazos fuertes que se montan sobre superficies ya pintadas, con ciertos delineados propios de quien no se siente aún seguro como para resolverlo todo con aplicaciones de color. Lo que sí anuncia al acuarelista es lo enérgico de ciertas rápidas imprimaciones: los verdes y azules y grises de "Río Patate".

            Y entonces el libro nos hace dar un salto: casi diez años para tener acuarelas. El salto es en el libro al 1958 y 1959; en mi ensayo, a 1961. Porque quise saltar hasta caer frente a una acuarela de maestro: "Tigualó grande". Colores intensos. Subrayados obscuros para las tejas. De sombríos blancos la torre de la iglesia. En conjunto de gran solidez y riqueza. Es decir que, sin traicionar las levedades y transparencias de la acuarela, el artista se ha atrevido a fijar en la cartulina lo obscuro y denso. Todos los sentimientos que experimentamos ante esos pueblos de la serranía que conjugan envejecimiento con vida, desolaciones con calidez. Esta no iba a ser una acuarela fotográfica ni una acuarela decorativa. Iba a ser honda, iluminada, vibrante de recóndita emoción ante el paisaje.

            Pero, dado el salto, volvemos la mirada atrás. 1949-1961: de nueve años a los veintiuno. Para el espíritu del historiador, hecho a curiosear intimidades de sus biografiados, ¡cuánta interrogación para esos años!

            Franklin ha estado, por supuesto, en la escuela: "Centro Escolar Ecuador". Y, como nuestra cacería no pierde de vista al artista, destacamos que en 1953 ha presentado obra en una exposición colectiva de ese centro. Ha pasado al Colegio Bolívar y en 1954 ha participado en una colectiva del plantel.

            El artista parece haber atendido a estas curiosidades y al final del libro nos ha mostrado dibujos de estos años escolares: un Cristóbal Colón, un Magallanes, un Almagro, un Pizarro. Fechados: 1952. VI grado. Ya se le habían acabado los pasteles, se ve, y aún no conseguía sus primeras acuarelas. Trabajaba con una modesta caja de lápices de colores que le servían para iluminar levemente lo dibujado y se movía entre la copia de modelos y ciertos toques personales, como las miradas. A ese mirar confiaba la vida de ese visionario de rutas por los mares que fue Magallanes.

            Y algo más tarde lo hallamos ya arrancando color con su pincel humedecido de la acuarela. Pero está muy metido en las rutinas escolares como para entregarse a esa técnica, que busca el aire libre y la naturaleza. Para el joven Ballesteros la acuarela no es aún aventura de descubrimiento. El se ha empeñado en dibujar a sus compañeros y profesores y la acuarela añade gracia a esos dibujos. Que la tienen de sobra: no son dibujos realistas. Son caricaturas. Un humorístico ver lo más propio, lo más curioso, lo más pintoresco del personaje, y señalarlo intensificando el rasgo. El libro recoge al final un generoso puñado de esas caricaturas. Lo vemos en el paso de 1959 a 1960 cada vez más agudo para captar lo característico del personaje -maestros y gentes notables del medio- y más seguro y desenfadado para fijarlo en dibujo.

            Aún nos divierte esa galería de seres estrambóticos, de pintoresca humanidad, captados no solo en su aspecto sino en peculiaridades de carácter. ¿Cómo se disfrutaba aquello en el colegio y en el medio provinciano? En 1960 el señor Franklin Ballesteros González, distinguido alumno de 6o curso del Colegio Nacional "Bolívar" ha recibido un diploma "como sincero estímulo a su magnífico arte, con motivo del Segundo Salón de Caricaturas". Lo ha firmado el Dr. Alonso Castillo, rector.

            Pero, de pronto, un sobresalto. En ese 1960 nuestro artista aparece como alumno de sexto curso en el colegio de su tierra natal. Pero hay un desnudo al carboncillo que lleva al pie firma y fecha. Y es 1959. Y de ese desnudo de una mujer de espaldas, que, por su rica morbidez por los sombreados que parecen acariciar sus redonces, incluí sin dudar en El gran libro del desnudo en la pintura ecuatoriana del siglo XX[2],  me confió el artista que se había dibujado con la  modelo que posaba para los alumnos de Bellas Artes... Y, por si fuera poco, otro desnudo de parecido empaque se fecha en 1958.

            Digamos, a modo de resumen, porque nos espera ya esa imponente suma de acuarelas que para el atento observador, como para quien se solazó en ellas cuando trabajaba el libro y preparaba el ensayo introductorio, serán un fascinante viaje por una tierra patria desvelada en cuanto tiene de belleza, de poder de seducción, de nostalgia cuando es dable recordar esos rincones, de calor vital y recónditas resonancias siempre, que Franklin Ballesteros, el niño y joven que afirmó sus primeros pasos de artista por amables senderos de dibujo, nunca dejaría de dibujar. Incansable viajero iría en esos trenes y por esos madrileños cafés y por calles y plazas del mundo libreta en mano recogiendo sus impresiones de cálido viandante en nerviosos y certeros apuntes.

            Y nunca haría penitencia por sus primeros sensuales desnudos, sino más bien los multiplicaría ensayando incansablemente maneras de hacer del cuerpo de la mujer, que es síntesis de perturbadoras formas, obras de arte que iban de un amable realismo a estilizaciones asomadas al borde del abstracto.

            Y asumiría como un reto para sus poderes de dibujante esa arriscada empresa de trasladar al lienzo una persona, con sus rasgos físicos y su vida interior; con las huellas dejadas en su rostro por largas historias. Quien quiera comprobar la magnitud de los logros del retratista, en el libro tiene el mío, en dos versiones, al cisco y al óleo. Puede hacer algo que está fuera de mi alcance: comparar el retrato con el retratado.

            Cerremos este preámbulo con el óleo. Nuestro artista también ha pintado al óleo, y una sección del libro recoge óleos, y la muestra lo hace también. Es una pintura de paisaje rural y urbano de sólida composición y dibujo exacto cuando el motivo lo pide. Con realizaciones cromáticas que llegan al alarde de "Neblina en Salinas". Y un gran óleo que es el que a mí más me impresiona: una marina resuelta solo en negros. Negro el mar y negro el cielo. Negros. Pero mar y cielo nocturno. Como para hacernos sentir el escalofrío que una noche sombría ante el mar nos ha producido.         

            Y estamos ante las acuarelas. 121 acuarelas ofrece el libro, unas pocas dos en la misma página, desde una temprana de 1958 hasta una de ayer no más, del 2010.

            Cuatro jornadas del acuarelista he distinguido en el libro, y puede ser útil recordarlas para no perdernos a la hora de llegar al su suculento banquete visual.

            Primera: esa temprana madurez que lucen acuarelas como la ya vista de "Tigualó grande". Al año siguiente, "Iglesia de Caranqui" afirma la tendencia a la solidez en composición y fuerza de color, sin perder nunca las transparencias propias de la acuarela. Y ese mismo 1962 "Patate" se afirma en esa dualidad que comenzaba a caracterizar la acuarela de Ballesteros: motivos tratados con firme realismo en contrapunto con partes resueltas con técnica impresionista o con toques cromáticos muy libres.

            Y esta primera etapa rica de maduraciones se extiende por la década de los setenta. Confieso una debilidad: me gusta aprovecharme de la página o la palabra que se ofrecen al crítico para ponderar las calidades de alguna obra que es ya mía. Y es que resulta estupendo poder ponerla ante uno al momento devolver a verla, esta vez para nuestros lectores u oyentes. Esta bella pieza no tiene título, pero sí año: 77. Está, pues, en lo más alto de esta jornada de maduraciones. Pueblito hecho de blancos apenas insinuados en la meseta, de casas apiñadas en torno de la torre de la iglesia; detrás y al borde, bosques resueltos como puras manchas. Cerrando el horizonte un monte de azules neblinosos, mancha tratada a la aguada. Y en el fondo un cielo entre gris y rosa. Y, para el contraste ya señalado, en primer plano, lomerío de ocres firmemente modelados. Lo escribo con la acuarela extrañamente bella ante mí. Y pienso que pocas técnicas pictóricas dan tanto placer al contemplador como la acuarela. (En el libro puede hallarse esta acuarela -un poquito distinta en el color-en la página 74. ¡Qué difícil recoger en la impresión todas las sutilezas cromáticas y todas las transparencias de la acuarela! Y el artista le ha puesto título: "Soledad").

            Segunda jornada: década de los ochenta . Nuevo dominio de la técnica. Cualquier paisaje el acuarelista lo convierte en sinfonía fresca y rica, plástica, en que cada árbol es una mancha original y libre, y sus prados son juegos de verdes translúcidos y cielo y montes completan composiciones redondas. Y nuevos paisajes se convierten en oportunidades para tentar nuevas soluciones visuales.

            Y se multiplican libertades que conducen a logros de gran belleza. En el ensayo he destacado la bellísima "Noche de luna llena en el Altar", de cenefa de aristas agudas, de ocres que recogen luz, sobre la base sombría de grises con apenas iluminados de azules, contra un mágico cielo de azules y violetas agrisados.

            Leo lo que dedico en el ensayo a una obra. Por esos años, significativamente, titula una obra "Ambatillo, luz y color" (1983). Como para incitar al espectador a saltar sobre el motivo realista -que para la acuarela de Ballesteros siempre fue, más bien, lastre- para darse al disfrute del juego en que los jugadores eran luz y color. La libertad con que el artista ha jugado ese juego puede sorprenderse en la aplicación nerviosa de la mancha, casi a la aguada, con manchas sobre impuestas a manchas. Para de manchas tan libres hacer surgir tierras y árboles que casi envuelven y sumergen en luz y color los blancos del caserío".

            Tan seguro de su dominio acuarelístico el artista ambateño toma sus pinturas y se aventura por lo urbano. Y se va por los caminos del mundo a caza de cuanto haya por allí de luz y color. ¡Y qué luz halla en el verano manchego de Ciudad Real! Y la fija en la cartulina. Titula una serie "Pueblos Encantados". El los desencanta y los vuelve a encantar con los secretos de la acuarela. Expone en Madrid en 1982 y 1989. Y un crítico español que ha advertido el paso largo dado por el acuarelista lo destaca: "Hemos observado un perfeccionamiento, cambio o experimentación..., como se lo quiera llamar, en su tratamiento o realización. En algunas de sus acuarelas se aprecia una moderna inquietud por la mancha grande, por la fugacidad atmosférica, por la síntesis extrema". Así el prestigioso Antonio de Santiago, en la Casa de Almería. 

            Tercera jornada: de los noventa al nuevo siglo. Adviértese una nueva fascinación de la mancha. Es decir, del puro color. Ese juego rico y libre en que la acuarela consiste y que Ballesteros se ha dado a jugar como sabio jugador, se lo juega con la mancha. En "Luz rota" -ya del 2005- en torno de los blancos de las casas, manchas de naranjas y rosas son techos y manchas verdes son árboles. Y grandes imprimaciones violetas y azules hacen un cielo dramático. Pero antes de ser techos y árboles y cielo, y aun después de serlo, son color en libres y contrastadas aplicaciones.

            Cuarta jornada. Esta jornada no espera a que la anterior se liquide para irrumpir. Lo que da su personalidad a esta jornada ni es el tiempo ni maduraciones o técnicas. Es un motivo. Un motivo que se ha convertido en fascinación y reto; que ha abierto las compuertas a insospechadas iluminaciones.

            ¿El motivo?  Galápagos y su mar. Su luz. La luz preside estas ceremonias visuales, tan líricas y mágicas. Esa luz convoca nuevos azules y traspasa extraños celajes. En variaciones como las que hacía Bach, que al oyente rudo, solo hecho a las estridencias casi torpes de ciertos sonidos contemporáneos, que se llaman eufemísticamente "música", parecen repeticiones de lo mismo, Ballesteros multiplica sus marinas haciéndonos sentir lo inagotable de esos contrapuntos de luz y color en cielo y mar, con lenguas de tierras desvaídas o con la furtiva presencia de alguna flotilla de pescadores.

            Pero es hora ya de que se silencien las palabras y todos nos sumerjamos en el elocuente silencio de estas imágenes que nos aguardan. El crítico sentirá que cumplió su grave tarea si despertó el apetito de los visitantes. Y si, de algún modo, les dio una carta de ruta para avanzar por entre tan rico despliegue de visiones.

            Solo le resta dar los parabienes a Franklin Ballesteros por este libro que es una nave que con su rica carga de imágenes de la tierra patria y de sus mares va a llegar a los más distantes puertos del mundo en donde espíritus sensibles a esta manera de fijar belleza y emoción que es la acuarela van a embarcarse para visitar, por encima de tiempos y espacios, el taller del artista ambateño.


[1] El texto de la intervención de Lilo Linke se reprodujo en Letras del Ecuador, publicación de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, en 1945

[2] Hernán Rodríguez Castelo, El gran libro del desnudo en la pintura ecuatoriana del siglo XX, Quito, Ecuasanitas, 2008. Desnudos de Franklin Ballesteros en las páginas 90 (el aquí mencionado) y 91

 


La acuarela de Franklin Ballesteros

por Hernán Rodríguez Castelo

 

 

 

Nacido en Ambato, en 1940, el terremoto que redujo a escombros su ciudad y arrasó con pueblos enteros en la provincia marcó la infancia de Franklin Ballesteros. Debió vivir con su familia meses enteros precaria existencia de vagabundos en carpas. Pero, por uno de esos caprichos de la vida, al terremoto debió sus primeras empresas de artista, niño aún. Entre tantas cosas como la generosidad de América enviaba para la desolada región, llegó a sus manos una caja de crayones, y con los tubitos de colores salió hacia el paisaje a ejercitar esos poderes demiúrgicos del artista que convierte un largo trazo de azul en cielo y otro de ocres en tierras yermas.

                El pequeño escolar cobra conciencia de sus poderes para plasmar sobre el papel o la cartulina cuanto ve. Algún profesor -no maestro, simple profesor- cree que trata de engañarlo haciendo pasar por suyos dibujos de los padres o algún otro adulto hábil. No le importa al precoz artista y dibuja y dibuja. Pronto descubriría ese modo entre humorístico y cínico de dibujar lo más risible y patético de los humanos, que es la caricatura. Nunca pararía y sus caricaturas, de compañeros y profesores, de personajes del medio y de próceres ambateños, sería galería de cientos de esas agudas y sincopadas sumas de personalidades, pequeñas, medianas, alguna grande.

                La caricatura aferra contados rasgos y los magnifica. Captar la personalidad total de una persona requería el retrato, y Franklin comenzaría pronto a retratar, y una larga trayectoria de retratista culminaría con imágenes de aguda penetración en el mundo interior del retratado. He de confesar que fui objeto de una de esas ilustres empresas del retratista.

                ¿Y por qué no retratar a personajes históricos? Para mi retrato tuve que ir al taller ambateño del artista varias veces y posar largas sesiones. A Bolívar, Montalvo o Pedro Moncayo imposible ponerlos junto al caballete. Había que hurgar en huellas por ellos dejadas en la historia. Es lo que debe haber hecho el artista para lograr visiones tan certeras, tan penetrantes, como la de Montalvo o la de Pedro Moncayo.

 

PERO LO NUESTRO ES EL ACUARELISTA

 

Pero era en la acuarela donde Franklin Ballesteros se impondría como uno de los mayores cultores del género del siglo XX del arte ecuatoriano

                Se le descubre, lo seduce y apasiona la acuarela, esa técnica que con los medios más elementales y simples -breves trazos, contadas manchas- recrea paisajes con su aire, con su luz, con sus horizontes anchos y profundos, con sus tierras y, en casos, con los rincones que los hombres han robado a esas tierras y a ese paisaje para levantar caseríos o pueblos.

                El primer descubrimiento es muy temprano; increíblemente temprano. Está fechado: 5 de agosto de 1949. El artista niño sorprende un paisaje. Con enérgica imprimación crea lomas verdes y azules, un amable trigal con sus oros y un cielo violeta aborrascado: “Boca de los sapos”, Patate.

                Y ensaya soltar los trazos para que se vean como tales trazos que van componiendo en la retina del observador lomas, árboles, cielos, aguas. Y multiplica visiones de Patate. Diríase una urgencia, casi angustiosa, de fijar una naturaleza con las heridas del 5 de agosto aún vivas.

 

LA DECADA DE LOS SESENTA.

 

El artista no da saltos en su quehacer acuarelístico. Nosotros, a la caza de huellas de su evolución, saltamos a los sesenta.

                1961: “Tigualó grande”. Colores intensos. Subrayados obscuros para las tejas. Sombríos blancos para la torre de la iglesia. En conjunto de gran solidez y riqueza.

                Es decir que, sin perder las levedades y transparencia de la acuarela, se ha atrevido a fijar en la cartulina lo obscuro y lo denso. Todos los sentimientos que experimentamos ante esos pueblos de la serranía que conjugan envejecimiento con vida, desolaciones con calidez.

                El motivo rural ha requerido al artista nuevos ejercicios compositivos y cromáticos. Y ha respondido.

                En 1962 “Iglesia de Caranqui” afirma su tendencia a la solidez en composición y fuerza en color, pero, eso sí, sin perder las transparencias que pertenecen a la esencia de la acuarela. Y afirmando las calidades tan características de sus azules conjugados con violetas y de los verdes en diálogo con tierras.

                Y es de ese mismo 1962 otro “Patate”, con nítidos rasgos de madurez y dominio de la técnica de la acuarela. Alarde de conjugación del realismo de la casa de primer plano con los verdes de detrás, hasta el horizonte de la loma con caserío resuelto con técnica impresionista, y detrás, libres, monte y cielo.

                Y las maduraciones de esta década se prolongan en la siguiente. De 1976 es “Camino a Guayllabamba”. Contra la fresca realización a la aguada de monte y cielo en segundo plano, la solidez ricamente plasmada de lomerío de  cálidos agrisados en primer plano.

                Y del 77 es otra bellísima acuarela cuyo motivo el autor no se molesta en señalar. Con lo cual el goce, dejado de lado cualquier empeño de reconocimiento, es el de la pura y simple belleza de la acuarela: en el centro ese pueblito hecho de blancos diminutos regados en torno de la iglesia de espadaña alta y aguda, no menos diminuta; detrás, bosques, un monte desvaído de neblinas; en el fondo, un cielo rosa translúcido, y en el primer plano lomerío de formas ricamente modeladas en ocres con sombras de tierras obscuras. Todo exacto y, a la vez, fuerte y sutil.

                Y hay algo más en la acuarela de Ballesteros en la década. Hacia el final, en los años 68 y 69. Noticias del estupendo abstracto que se estaba haciendo en Europa recorren incitantes estas tierras a las que las novedades del arte suelen llegar cuando ya no son tan nuevas. Y también el artista ambateño, figurativo en buena parte de su obra -en todos sus óleos y dibujos, en muchísimas acuarelas-, se deja seducir por esa manera de creación pictórica la más libre de cualquier dependencia del motivo. Es muy posible que haya sentido que en fragmentos de sus acuarelas él también había cedido a la fascinación de las formas libres y el puro color. Ello es que pinta acuarelas abstractas. Al parecer muy pocas. Pero las que yo he podido ver espléndidas en sus juegos cromáticos de tenso lirismo.

                Y, tras haber dejado al contemplador de las acuarelas de esta década que el libro recoge disfrutar de la insinuante belleza de cada una de ellas, damos en la tarea crítica otro salto.

 

DECADA DE LOS OCHENTA

 

Obras de comienzos de los ochenta nos dejan ante nuevo dominio de la técnica. Cualquier paisaje el acuarelista lo convierte en sinfonía fresca y rica, plástica, en que cada árbol es una mancha original y libre, y sus prados son juegos de verdes translúcidos y cielo y montes completan composiciones redondas. Así, por recordar una obra, “Río Ambato”.

                Nuevos paisajes le dan oportunidad de nuevas soluciones. Ese mismo 1980, “Lago San Pablo” -ya lejos de los entrañables motivos de la tierra natal- se resuelve con azules y violetas de tonalidad intensa para encerrar entre monte y agua los blancos apenas cálidos del poblado.

                1981: “Vieja iglesia de Pasa”. Una vez más y acaso con aun mayor seguridad el contraste entre la solidez del motivo arquitectónico de primer plano con la ligereza del fondo de árboles y monte.

                Ese mismo año, en “Caserío en Santa Rosa”, se ha pasado del dominio al alarde: los árboles del primer plano transparentes sobre el paisaje.

                Y se multiplican libertades que conducen a logros de gran belleza. Como “Noche de luna llena en el Altar” (1984), que destaca la cenefa de ocres iluminados de aristas agudas sobre la base sombría de grises con apenas iluminados de azules, y, presidiéndolo todo, un mágico cielo de azules y violetas agrisados.

                Por esos mismos años, significativamente, titula una obra “Ambatillo, luz y color” (1983). Como para incitar al espectador a saltar sobre el motivo realista -que para la acuarela de Ballesteros siempre fue, más bien, lastre- para darse al disfrute del juego en que los jugadores eran luz y color. La libertad con que el artista ha jugado ese juego puede sorprenderse en la aplicación nerviosa de la mancha, casi a la aguada, con manchas sobreimpuestas a manchas. Para de manchas tan libres hacer surgir tierras y árboles que casi envuelven y sumergen, en luz y color, los blancos del caserío.

                Está el instrumento a punto, como para salir a vérselas con el motivo urbano, sin rehuir complejidad alguna. “Iglesia con tejados (1985) era composición densa, de exacta iluminación de los planos, con segura economía cromática.

                Y entonces Ballesteros, apasionado por andar y ver, con la caja de acuarelas a la mano, se va por los andurriales del mundo, a caza de apresar lo que hay de color y luz en pueblos y gentes. ¡Y qué luz la del verano manchego en Ciudad Real! Fija en la cartulina la luz cruda en la calle desolada orillada por los blancos inmisericordes de las bajas casas enjalbegadas. A este estilo hace toda una serie, que titula “Pueblos encantados”, de la que, a lo que entendemos, buena parte se quedó por esos mismos pueblos y en manos de visitantes de muestras madrileñas.

                Porque esta es la década en que el artista ambateño expone sus acuarelas en Madrid. Lo hace por primera vez en 1982 -en la sala de exposiciones del antiguo Instituto de Cultura Hispánica- y, al cerrar la década, en 1989, en la Casa de Almería. Y hay el crítico español que, como lo estamos haciendo aquí, busca hallar evolución en el arte acuarelístico del artista ecuatoriano. Antonio de Santiago, destacado miembro de la Asociación Española de Críticos de Arte, se pronuncia: “Técnicamente hemos decir también que sí hemos observado un perfeccionamiento, cambio o experimentación…, como se le quiera llamar, en su tratamiento o realización. En algunas de sus acuarelas se aprecia una moderna inquietud por la mancha grande, por la fugacidad atmosférica, por la síntesis extrema”.

 

AL VOLTEAR LA DÉCADA DE LOS NOVENTA

 

Y sí, es la mancha la que, al voltear la década de los noventa, cobrará nuevo protagonismo y se convertirá en clave de la estructura visual.

                Todavía en los noventa en “Atardecer en Machala” (1990) árboles y plantas se han resuelto casi con caligrafía japonesa sobre tierras obscuras y ancho y hondo horizonte.

                Pero del 2000 en adelante la mancha cobra solidez y el juego en que la acuarela consiste se entabla entre esas manchas fuertes por vecindades o contrastes, al estilo de “Luz rota” -ya del 2005-: en torno de los blancos de las casas, manchas de naranjas y rosas son techos y manchas verdes son árboles. Y grandes imprimaciones violetas y azules hacen un cielo dramático.

                Pero esta seducción de la mancha fuerte, lo más fuerte que la acuarela sufra, ha comenzado por piezas como “Quisapincha” (2000), en que esas manchas cromáticamente fuertes -no pesadas- casi abruman al caserío, en conjunto de recia plasticidad.

                Y de pronto el horizonte de la acuarela de Ballesteros parece escapar de los retos que tales manchas le planteaban y correr hacia frescas libertades ya desde hace algunos años disfrutadas. Y es que el artista ha quedado frente a un motivo nuevo para el serrano: el mar.

 

LAS MARINAS DEL ACUARELISTA

 

Capítulo aparte en la acuarela de Franklin Ballesteros son sus marinas. Toda la década de los noventa llena este capítulo de su acuarela. Ha ido a las Galápagos en 1992, y, sintiéndose lejos de haber agotado cuanto de color nuevo y luces las más extrañas había en esos mares, vuelve en el 96 y en el 98.

 La seducción de los inagotables azules del mar, el misterio de su línea de horizonte, a veces apenas insinuada por sutilísimo trazo de blanco, y cielos con reclamos de cromáticas extrañas se suceden en series de piezas que componen una suerte de fuga visual.

                Los mares, que son el centro de estas obras, son de azules y violetas traspasados de luz filtrada, que con el paso de las horas cobran nuevas y finas calidades.

                Pero en esas islas, donde el artista se rindió a estas fascinaciones cromáticas y lumínicas, había, aunque casi insignificante frente a esa naturaleza, la presencia humana. Y alguna vez, sobre una lengua de tierra, aparece un caserío, donde el blanco de la cartulina se ha convertido en pared lista parta alojar con nervioso trazo negro o gris o azul esos signos de lo humano que son puertas y ventanas.

                Más recia que la tímida presencia humana, la de las tierras isleñas. En “Bahía tortuga”, entre el mar y el cielo, sobre el caserío lineal, la cenefa de montañas café-grises cobra solidez casi escultórica, que contrasta  con la fluidez de las aguas y las transparencias del cielo.

                Y con la presencia de la tierra y las huellas del hombre al borde de las aguas ocurre el reflejo. Otro mundo de posibilidades y retos visuales. Que el artista resuelve con libertad y riqueza: no hay dos iguales.

                Pero la luz! La luz preside siempre estas ceremonias visuales. La luz, demiurgo de insospechadas formas de convertir la naturaleza en arte.

                Vasto el repertorio de juegos de luz en las marinas de Ballesteros.

                La luz cernida y casi sombría de las barcas en la ensenada de verdes hondos y obscuros. La luz que se complace en urdir celajes inventados. La luz que traspasa el cielo apenas nuboso de “Ayangue” (1998).

                Marco Antonio Rodríguez dijo, certero, que el paisaje de Ballesteros era “un estado de ánimo”. Nunca esto fue tan exacto como en sus marinas de las islas. Habitó las enigmáticas, las alucinantes soledades de esas tierras al borde del mar, bajo esos cielos en permanente juego con la luz, y nos convirtió en breves y absortos habitantes de esos mundos.

                Y hubo una hora en que la seducción del paisaje marino fue especialmente perturbadora. La noche, en que un negro impenetrable ha fundido mar y cielo. El artista siente que sin luz la acuarela no es posible, y trabaja un óleo. Grande, tremendo por el negro que lo baña por completo: playa, mar, cielo. Apenas alguna diminuta lucecita en lo que pudiera ser el horizonte nos habla de la frágil presencia humana muy adentro de ese mar. Pero hubo en esa tela algo que de tan delgado y leve, levísimo, parecería no existir: ¿No se siente que cierta luz misteriosa traspasa ese negror, aunque sin perturbarlo?

 

REGISTRO DE NUESTRO MUNDO

 

En suma, que la empresa acuarelística de Franklin Ballesteros, sostenida, ferviente, iluminada, ha sido registro de nuestro mundo.

                Cuando una de sus muestras madrileñas, el crítico de arte del ABC, Antonio Manuel Campoy, ponderaba de la acuarela del artista ambateño: “Paisajes ecuatorianos con la luz y el color de los Andes”. Lo hemos visto pasar de esa luz y color a la luz y color del Archipiélago. Más riqueza para ese registro.

                Y ese registro se ha hecho en la acuarela. Es decir, con el documento a la vez más leve y más firme, de exactitudes traspasadas de lirismo, y codificadas con color y luz.

                Estupenda iniciativa, pues, esta de fijar en un libro y echarlo a rodar por el mundo este registro, al menos en unas cuantas decenas de obras de los cientos, seguramente miles, que Franklin Ballesteros en su infatigable andar y ver, andar para ver, andar viendo y comunicando lo visto, certera y entrañablemente, ha pintado en más de medio siglo de acuarelista.

Alangasí, en el Valle de los Chillos, 24 de septiembre de 2009


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