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CANTICO LUGUBRE
EN QUE SE LAMENTA EL ESTADO DE
DESOLACION DE LA CIUDAD
DE QUITO, EN EL DIA JUEVES 2 DE
AGOSTO DE 1810,
A LA UNA Y MEDIA DE LA
TARDE
Recordare,
Domine, quid acciderit nobis: intuere et
respice
opprobrium nostrum, Thren. Jerem. cap. 5, v. 1.
Acuérdate tú, Señor,
del oprobio sucedido:
Atiende nuestro gemido,
Y vuélvenos tu favor.
---
Adduxit enim super illos gentem de longinquo, gentem improbam ... qui
nos sunt revertiiti senem, neque puerorum miserti sunt, et aduxerunt
dilectos viduae. Bar. cap. 4, vv. 15 et
16.
¡Ay dolor! suerte fatal!
Para estos asesinatos,
De nuestros dos Virreinatos
Se trajo a esta capital
A los hombres desalmados,
Gente inicua y criminosa,
Impía y fascinerosa,
En delitos consumados:
De las cárceles extraídos,
Condenados ya a suplicios,
Los trajeron por sus vicios
Delincuentes forajidos.
Estos que sin religión
No respetan al anciano,
Al sacerdote, al cristiano,
Virtud ni moderación.
Fueron buenos instrumentos
Para el robo y la matanza,
Para la ira y la venganmza,
Para el horror y tormentos:
Siendo no menos perdidos
Sus ladrones oficiales,
Que causaron nuestros males,
Dignos jefes de bandidos.
“Adduxit super illos
gentem de longinquo, gentem improbam...”: el mayor logro del autor es
haber traído este texto para aplicarlo a esas tropas extrañas, traídas
de lejos, y haber relacionado sus crueldades y sevicia con el mismo
texto sagrado.
Y de entre los versos
surge la crónica: la soldadesca limeña “de las cárceles extraídos”, el
robo y la matanza que siguió a los asesinatos del cuartel, y la
acusación: Eto a esos “hombres desalmados” como a “sus ladrones
oficiales... dignos jefes de bandidos”.
El “Cántico lúgubre” lo
que tuvo de “lúgubre” fue el asunto y, más que treno -o lamentación-,
fue relato de denuncia y testimonio de cólera.
Pero, en las estrofas 8
a 12,el poeta se abismó en la contemplación del horror de aquel día. Las
introduce, otra vez, por una cita en extremo sugestiva:
Non crediderunt ....
universi habitatores .. quoniam ingrederetur hostis et inimicus per
portas. Thren Jerem. cap. 4, v. 12
Sencillos nuestros quiteños
Les franquearon su amistad,
No creyendo tal maldad
De los pérfidos limeños.
Todos ellos aquel día
Del horror y confusión,
En el cuartel sin razón
Hacen la carnicería.
Gritos, sollozos, gemidos,
Ayes,lágrimas y llanto,
Susto, pavor y quebranto
Exhalan los afligidos.
Ansias, penas y dolor
Padecen los prisioneros;
Y los zambos carniceros
No se apiadan ¡qué rigor!
En todos los aposentos,
De pálidos moribundos
Se oyenm suspiros profundos
Y lágrimas con acentos.
Hermosos versos con simetría acentual ( ó o o ó
o o ó o ), que les confiere un tono casi litánco, los que abren
la décima estrofa: “Gritos, sollozos, gemidos, / ayes, lágrimas y
llanto”. Se sostuvo el acierto de la pluralidad en el verso tercero:
“Susto, pavor y quebranto”. Pero el autor, más hombre de orden que poeta
libre, buscó completar la serie sustantiva con un sujeto y verbo y dio
en el prosaico “exhalan los afligidos”.
Y siguen estrofas para
lo sucedido en los calabozos del cuartel. Tres citas las introducen y
siguen dando el tono religioso, profético, a la tragedia:
Quasi rupto muro, et
aperta janua, irruerunt super me. Job, cap.
30, v. 14
Quebrantan, pues,alevosos
Las paredes y ventanas,
Despedazan puertas sanas
De los mismos calabozos.
---
Qui
videbant me, foras fugerunt a me: oblivioni datus sum.
Psalm. 30, vv. 12 y 13
Corrieron todos afuera
Los criados que acompañaron,
Y así todos los dejaron,
Sin haber quien defendiera
---
Domine .... audi nunc
orationem mortuorum. Bar., cap. 3, v. 4
Confesión y sacramentos
Imploran todos temblando,
Y los más también llorando
Se deshacen en lamentos.
No hay alivio ni consuelo,
No hay refugio ni esperanza:
Empieza ya la matanza,
¡Ay mi Dios! qué desconsuelo!
Todo es fuego y fusilazos,
Balas, humo y puñaladas,
Sables pistolas y espadas,
Ruido de los cañonazos.
Un nuevos dato que no
se halla en los cronistas de esa página sombría de la historia: los
criados que acompañaban a los próceres escaparon. Sabíamos que hubo al
menos uno de los conjurados que escapó -el sacerdote Antonio Castelo-;
así que esta otra fuga en muy verosímil. Al hecho de haber reclamado
confesión alguno de los que sabían que iban a ser masacrados, en que un
cronista insistió y otro lo borró, dedica el autor una cuarteta. Hace el
hecho anterior al comienzo de la matanza. Y la matanza misma es pintada
con brío, una vez más con el recurso a una pluralidad sustantiva, esta
vez introducida por “Todo es”. Lo doloroso de esa tremenda estrofa es
que toda esa fanfarria bélica se cebaba en seres indefensos, los más
engrillados, alguno en su lecho, enfermo.
Sigue la lamentación
abismándose en la contemplación del horror vivido en esos calabozos
hasta culminar en trágica hipérbole, y, tras dolorosa admiración, sin
transición, se increpa a Ruiz de Castilla:
Jacuerunt in terra foris puer et senex: virgines meae et juvenes mei
ceciderunt in gladio
Thren. Jerem, cap. 2, v. 21
Niños, jóvenes, ancianos
Son pasados a degüello,
Y también sagrado cuello
Cortan las feroces manos.
Los cadáveres sangrientos
A fuerza de los balazos
Y de los bayonetazos,
Caen por los pavimentos.
Algunos ya mal heridos
Salen por los corredores,
Los cogen los matadores
Y acaban con sus sentidos.
Corren de sangre torrentes,
Ríos, lagos, charcos, mares,
Y todo lo que repares
Anegado en estas fuentes.
¡Ah Señor! qué escena es
esta!
Quá tragedia lamentable!
Ruiz Castilla abominable,
¿Ya qué otra cosa te resta?
¿Este fue tu juramento,
Y tu palabra de honor?
Relámete, vil traidor,
De sangre tigre sediento.
Bajan luego a la ciudad,
Matan indistintamente
A toda clase de gente,
Cebados en su crueldad.
Sacan todos los cañones,
Paran horcas y amenazan,
Todos huyen y no pasan,
Ni asoman a los balcones.
Los cuadros de las tres
primeras cuartetas dicen la realidad: con eso del “sagrado cuello” se
refiere el asesinato del ilustre sacerdote José Luis Riofrío, y fue un
hecho que a los que salieron a los corredores mal heridos los ultimaron,
y no menos exacto lo de los bayonetazos y balazos. El autor sabía muy
bien todo esto. Y, tras haberlo ponderado con la hipérbole de los
torrentes de sangre y “ríos, lagos, charcos, mares” (“Era un mar de
sangre” es hipérbole de uso casero que bien pudieran haber empleado
testigos o confidentes del crimen que conmovió a la ciudad), se vuelve
al presidente Ruiz de Castilla y lo increpa con dureza: “Ruiz Castilla
abominable, / ¿Ya qué otra cosa te resta?”. Le echa en cara su culpa:
“¿Este fue tu juramento, / y tu palabra de honor?”. Y lo condena con
expresión poderosa (“relámete, vil traidor”) y con cruda metáfora (“De
sangre, tigre sediento”).
Y pasa, en las dos
siguientes cuartetas, a la salida a la ciudad de los asesinos ya
cebados. Y hallamos nuevos datos que nos hacen sentir, una vez más, ante
la exactitud del relato del testigo de aquellos trágicos sucesos: “Paran
horcas”. Una horca había hecho levantar Pedro Calisto en la plaza mayor,
“para que colgasen de ella los cadáveres de los presos asesinados en el
cuartel”.
Este es poema que
nos hace sentir en horas en que aún no había acabado de secarse la
sangre en la cárcel y las calles, y es poema que, como lo hemos
adelantado en la nota introductoria, con toda seguridad, se leía y
declamaba, acaso en un primer momento, en que aún estaba instalado el
terror, a escondidas. Así que la acusación a Ruiz de Castilla y la
condena resultaban una sanción de las gentes quiteñas a quien con su
traición -que fue una serie de traiciones- había precipitado la masacre.
¿Quién era el quiteño que con tanta altivez, con tanta fuerza, lo había
acusado así? A juzgar por los hechos que seguirían y,en especial, la
junta del 4 de agosto, en que se denunciaron los crímenes y se acusó a
Ruiz de Castilla, nos inclinamos a pensar en Miguel Antonio Rodríguez
como autor del poema. Vienen a la memoria esos versos de otro de estos
poemas de esa hora: “en insurgente Concejo / lo increpó con insolencia”.
El haber introducidos estos trágicos cuadros por textos bíblicos que se
lamentaban por tragedias del pueblo judío o personales del cantor fue
propio de un sacerdote y gran conocedor de la Biblia. Y como un dato más
a favor de esta atribución estaría el modo como empleó un texto bíblico
así en su oración fúnebre por los caídos del 2 de agosto. E importa
recordar que Rodríguez compuso unas “Lamentaciones” para el final de
cada una de las Siete Palabras que se predicaban el Viernes Santo, y las
hizo como cuartetas octosilábicas, con rima asonantada en impares; es
decir, el mismo metro y rima de estas estrofas del
Cántico lúgubre.
Y no todo acabó con la
matanza de los prisioneros en las celdas y corredores del Real de Lima.
Eso nos presentan los cuadros de las dos estrofas que cierran este
apartado, y que son propiamente los que responden a la lamentación del
texto que lo introduce. Siguió, como lo sabemos por todas las crónicas,
el saqueo.
Y, siempre pautando los
sombríos paneles y rompiendo el ritmo vivo de los octosílabos con la
solemnidad de los textos bíblicos, relaciona el saqueo con la queja del
libro de Job:
Vim
fecerunt depredantes,et vulgum pauperem spoliaverunt.
Job, cap. 24, v. 9.
Con este aparato horrendo
Se esconden ya los vecinos,
Y empiezan los asesinos
El saqueo más tremendo.
Rompen tiendas y almacenes,
Despedázanse las puertas,
Las calles quedan desiertas
Y ellos dueños de los bienes.
Y nuevos textos de las
Lamentaciones y de Job para el horror que se abatió sobre Quito;
Aperuerunt
super te os suum omnes inimici tui: sibilaverunt et fremuerunt dentibus,
et dixerunt: Devorabimus: en ista est dies quam expectabamus: invenimus,
vidimus. Thren.
Jerem. cap. 2, v. 16.
Blasfemias brutales crasas
Pronuncia la zambería,
Y resuena su alegría
Por las calles y las plazas.
Que llegaron los momentos
De matar a los serranos,
Y de saquear con sus manos
Tiendas casas y conventos.
Salen las Comunidades
Y el Clero con su Pastor
Traspasados de dolor
Lloran las calamidades.
Con los cristos en las manos
Los procuran aplacar:
Pero ¡qué han de remediar!
Murieron nuestros hermanos.
La necesidad de la rima
en -ía forzó al autor a maltratar una palabra noble como “alegría”, que
no resultaba propia para la exaltación de esa orgía criminal. Y eso de
“saquear con sus manos”, si no saqueaban con sus manos, ¿cómo? Otra vez
el ripio forzado por la rima.
Y nuevos datos para la
crónica de lo entonces sucedido: el frenesí de aquella tropa desalmada
se expresaba en “blasfemias brutales crasas”. Y había un componente de
odio regionalista: se consideraba llegado el momento “de matar a los
serranos”. Y, ¿se saquearon conventos?
La salida de
comunidades y el clero con su pastor la narraron todos los cronistas.
Cevallos dio noticia de los que primero acudieron donde Ruiz de
Castilla: el Obispo, el provisor de la diócesis Caicedo -que, como
sabemos, relató los acontecimientos en su Viaje imaginario- y
Miguel Antonio Rodríguez, “eclesiástico muy distinguido por su
elocuencia”. Si nuestra presunción de que Rodríguez es el autor del
poema es certera, esta salida a tratar de detener la orgía le habrá
permitido enfrentarse con los hechos apenas consumados y recibir las
primeras quejas de las víctimas.
Y se dedican dos
cuartetas a la noche de ese día nefasto:
Nox illa solitaria,
nec laude digna. Job, cap. 24, v. 7.
Aquella noche gastaron
Esos indignos sayones
En sus abominaciones,
Que nos escandalizaron.
Con todas su borracheras
Disparan los fusilazos,
Haciendo dos mil pedazos
Las ventanas y vidrieras.
¡Lo que habría hecho un
poeta romántico con la materia sombría y terrible de aquella noche! Pero
la serenidad clásica del autor -serenidad, claro, formal- cobra tono de
objetividad para seguir acumulando paneles de la galería trágica.
Y, a la mañana
siguiente, nuevos muertos y un cuadro que no dejó ningún otro cronista:
Mane primo consurgit
homicida, interficit egenum.
Job,cap. 24, v. 14.
A la siguiente mañana
Mataron a los primeros
Que salieron limosneros,
Con crueldad la más insana.
Los cadáveres sangrientos
Víctimas de aquellas fieras,
Arrastrados en esteras,
Y en los templos arrojados:
Desnudos sin la camisa
Tanto plebeyos y nobles,
Prohibidos aun los dobles,
Los funerales y misa.
Y el horror de este
ensañamiento con cadáveres se intensifica con nueva cuarteta que se
introduce con nueva cita bíblica, esta de especial plasticidad:
Nudos
dimittunt homines,indumenta tollentes, quibus non est operimentum ....
et non habentes velamen, amplexantur lapides.
Job.cap. 24, vv. 7, 8.
Después que los desnudaron
Hasta de paños menores,
Cometiendo mil horrores,
Como a perros los botaron.
Las cuartetas que
siguen son de lamentación. (Ese “Deducant oculi nostri lachrymas”, que
el poeta glosa en los dos primeros hermosos versos: “Mis párpados y mis
ojos / se deshacen en torrentes”). Y al llorar sobre los muertos le
asalta una nueva escena, la del presidio urbano:
Deducant oculi nostri
lachrymas, el palpebrae defluant aquis. Quia ascendit mors per fenestras
nostras ... disperdere parvulos de foris, juvenes de plateis.
Jerem. cap. 9, vv.18, 21
Mis párpados y mis ojos
Se deshacen en torrentes,
Viendo a tantos inocentes
Ser de la parca despojos.
Lágrimas de sangre son
¡Ay mi Dios! las que yo vierto
Sobre cada cuerpo muerto,
Que me parte el corazón.
Entran al presidio urbano
Más crueles, más insolentes,
Y a unos pobres inocentes
Matan con bárbara mano.
Eran cinco que quedaron,
Por no romper la prisión,
Y por esta noble acción,
Del furor no se escaparon.
¿Y quién fué el sañudo autor
De tan tristes sacrificios?
El que a muchos beneficios
De la Patria era deudor.
Job, recuerda el autor,
abominaba de un día que desearía ver sumido en tinieblas. Vuelca ese
recuerdo hacia el día cuyo horror ha venido lamentando. Condena
duramente a los autores de esos crímenes y vuelve al llanto:
Dies
illa vertatur in tenebras: non requirat eum Deus desuper, et non
illustretur lumine.
Job,cap. 3, v. 4.
¡Oh día dos abominable!
Aparta de mi memoria;
Guarda toda tu victoria
Para Lima detestable.
Lleva tu cuadro horroroso
A esa tierra del averno;
Porque son del mismo infierno
Los autores del destrozo.
Déjame que llore solo
Por las plazas y las calles,
Por los montes y los valles
Desde el uno al otro Polo.
Y entonces, siempre haciendo pie en un texto bíblico, el
poema da un giro para hacer objeto de sus lamentaciones y recuerdo
dolido a los muertos ilustres de Quito:
Plorabo die ac nocte
interfectos populi mei. Jerem. cap. 9, v. 4.
Mis quejidos los redueblo,
Y lloraré noche y día
Esta amarga pena mía
Por los muertos de mi pueblo
Corran siempre los raudales
De mis ojos sin cesar;
Y empezando yo a llorar,
Lloro primero a MORALES.
El autor conocía
íntimamente la revolución quiteña y sus actores. Para él no había duda
acerca de quien fue la figura mayor del movimiento. Todo eso implica el
“lloro primero a Morales”. ¡Y qué alto es el encomio de aquel a quien
exalta como la gran figura de la libertad proclamada el 10 de agosto del
año 9!:
Lloro al sabio sin segundo
De nuestro tiempo fatal,
Al héroe que sin igual
Libertó a este Nuevo Mundo.
Al hombre no de este suelo,
Sino al Angel de la paz,
Constante, fiel y veraz,
Centella del alto cielo.
Que como rayo luciente,
Ilustró la obscuridad,
Influyó la libertad,
Y perdióse de repente.
Lloro al astro luminar,
Y aurora que amaneció,
A la luz que se eclipsó
Cuando empezaba a brillar.
Al que retrató su heroísmo,
Y su espíritu brillante
En su escrito fulminante
Destructor del despotismo:
Rasgo cuya luz hermosa
A la América ilustrando
A pesar del rudo bando
Se ostenta más luminosa.
Lloro a nuestro Junio Bruto,
Cuya arenga a los Romanos,
Para expeler a los tiranos,
Consiguió su feliz fruto.
Y, para pasar al cuadro
de su muerte, que realizará en una sola estrofa de tono grave y
admirable serenidad, introduce un nuevo texto de las lamentaciones
bíblicas:
Vocem
meam audisti: ne avertas aurem tuam a singultu meo et clamoribus.
Thrn. Jerem. Cap. 3, v. 56.
Enel suelo arrodillado,
Traspasado de dolor,
Dió su espíritu al Criador,
Penitente y humillado.
Han sido espléndidos
los trazos del elogio, con imágenes audaces, todas lumínicas: “Centella
del alto cielo”, “astro luminar”, “aurora que amaneció”, “luz que se
eclipsó”.
Y, aunque exaltado, el
encomio no es vacío de sustancia: destaca que el ideólogo mayor de la
Revolución “retrató su heroísmo / y su espíritu brillante” en escrito al
que califica de “fulminante” y lo ve como “destructor del despotismo”.
Ese “retrató su heroísmo” nos remite al soberbio alegato de defensa
contra la acusación del fiscal en el proceso que siguió a la Revolución.
Tal texto fue, sin duda, golpe certero en contra del despotismo y
arbitrariedad con que se llevaba el proceso. Y la estrofa final, que
comienza “lloro a nuestro Junio Bruto” alude a la arenga de Morales,
dicha la noche del 9 de agosto, en el departamento de Manuela Cañizares,
que enardeció a los conjurados y decidió el golpe del 10.
Conocía íntimamente el
autor -y todo esto nos vuelve a hacer pensar en un intelectual tan
próximo a Morales como Miguel Antonio Rodríguez- al intelectual
ilustrado y al espíritu que calificó, tan certeramente, de “constante,
fiel y veraz”. Y no tuvo miedo ni falso pudor para exaltar su elogio
hasta esas imágenes que seguramente escandalizaron en el tiempo (y aun
después: de “hiperbólicas”, las tachó el austero Mera).
¡Y qué conmovedora la
estrofa dedicada a la muerte del prócer! Personaje que sabía tanto de
cuanto sucedió en ese día sombrío conocía sin duda lo que constató el
examen de cadáveres: “varias (heridas) en la cabeza, causadas de bala, y
una en el pecho con arma blanca”. Pero para él lo más trágico era que
esa luz “se eclipsó / cuando empezaba a brillar”.Y lo que quiso destacar
en la hora del supremo sacrificio fue ese modo ejemplar de dar su
espíritu al Criador -tan admirable para el religioso autor del poema.
LLANTO POR SALINAS
Bello, traspasado por amables
acordes, el lamento por Salinas, a quien llama “mi dulce Coronel” y
destaca rasgos de un carácter bueno y alegre:
Super
montes assuman fletum ac lamentum, et super speciosa deserti planctum.
Jerem, cap. 9, v. 1
En los montes y colinas
Resuenen ya mis lamentos,
Y con lúgubres acentos
Lloro también a SALINAS.
¡Ay mi dulce Coronel!
Nuestro inspector general,
En la Falange
marcial,
De Fernando tropa fiel!
Piadoso, tierno, clemente,
Digno militar quiteño,
Festivo, alegre, risueño,
Gallardo y el más valiente.
De tu Patria apasionado,
La fortuna le buscaste,
Y sin lograrla, espiraste,
Con solo haberla anunciado.
Porque fuiste religioso,
Sencillo y de buena fe,
Moriste, mas ya se ve,
Al rigor del más doloso.
Confiado en el juramento
Del hombre más fementido,
Te viste también herido,
Entregándole tu aliento.
Una y otra vez torna al
acorde más sórdido: todas estas muertes, que segaron vidas tan altas e
ilustres, fueron a traición, por dolo, porque Ruiz de Castilla violó la
palabra dada: “Confiado en el juramento / del hombre más fementido”.
Y el poeta religioso destaca en el final del gallardo
militar un hecho que solo él -o alguien muy cercano a él en estas cosas-
conocía:
Appropinquasti in die, quando invocavi te; dixisti: Ne timeas.
Thren. cap. 3, v. 57
Mas ¡oh Dios! tu providencia
Dispuso, que el día anterior
Recibiese con fervor
La sagrada Penitencia.
Este le fue gran consuelo
En medio de sus tormentos,
Lograr de los sacramentos,
Vísperas de ver el cielo.
RODRÍGUEZ DE QUIROGA
Y sigue con el otro intelectual que
guió y encabezó el movimiento libertario, y, una vez más, una
caracterización certera sirve de base al emocionado elogio:
Nunc in amaritudine
est sermo meus. Job, 23, v. 2.- Loquar in
tribulatione spiritus mei: confabulabor cumamaritudine animae meae.
Job, 7, v. 11.
Mi pena no se desahoga
Con esta tribulación;
Porque es mi conversación
La pérdida de Quiroga.
Este erudito letrado,
Pulido, sagaz, atento,
Con su exquisito talento
Fué planeta iluminado.
De las Musas coronado,
Vivió siempre en el Parnaso;
Y por esto al mismo paso
De la ignorancia envidiado.
Mas ¡ay dolor! pena dura!
La mano más atrevida
A este héroe cortó la vida,
Fuente de literatura.
El autor, aunque esté
anegado de fuertes emociones, es siempre concienzudo y lúcido. Lo que
elogia en Rodríguez de Quiroga es muy diferente de lo que exaltó en
Morales. Como hombre de letras Rodríguez de Quiroga brilló mucho más que
cualquier otro de los hombres de Agosto. Fue el “erudito letrado” del
movimiento y -como se dice en un verso de la estrofa siguiente- brilló
como abogado.
También a esta muerte
se dedica una estrofa:
Domine, Deus meus, in
aeternum confitebor tibi. Psalm. 29, v. 13.
Murió, al fin, este abogado
Fiel, paciente y animoso,
Diciendo, moría gustoso
Por Dios, la Patria y
Estado.
Según la fuente que
manejó Cevallos, se le intimó a Rodríguez de Quiroga: “decid; ¡Vivan los
limeños!”, y él respondió: “¡Viva la religión!”. Para el autor del poema
-en el cual, paso a paso, hemos ido reconociendo lo exacto de su
información, con la mayor probabilidad de primera mano-, el prócer no
solo habló de religión, sino también de patria y Estado. Y el poema no
atendió al rasgo de mayor crueldad en este asesinato: se perpetró
delante de las hijas de la víctima.
Y a esta muerte se
dedicó aún una estrofa más:
Timor quem timebam,
evenit mihi: et quod verebar, accidit. Job. 3,
v. 25
Esto mismo sucedió
Por los jueces corrompidos,
Que murieron sorprendidos,
Como Quiroga previó.
¿Cuarteta críptica? De
tomarse ese “murieron” en sentido literal, sería premonitoria de un
castigo cumplido en los “jueces corrompidos”. Pero ello nos obligaría a
situar el tiempo de su escritura mucho más tardíamente de lo que dijo
Mera, apoyado en confiable tradición, y nos ha ido confirmando el tono
lúgubre y conmovido del poema.¿Y qué sería eso de haber muerto
“sorprendidos”? ¿Se impone ver el “murieron” como lectura inexacta?
Acaso por un “fueron”, que no daba la medida del verso. Pero hay, me
parece, una solución mejor para el aparente enigma: trátase de una
violencia sintáctica. Lo que Quiroga previó y con ello, como sabemos,
reclamó alguna acción al Obispo fue la muerte de los presos en esos
calabozos. Quienes “murieron sorprendidos” no fueron los jueces, como la
sintaxis podría inducirnos a leer, sino los presos. El “que murieron
sorprendidos” se relaciona con “esto mismo sucedió”.
DOS CUARTETAS PARA RIOFRIO
Dos estrofas dedica luego el autor
a Riofrío. No dicen nada del personaje; se quedan en el estupor por un
crimen que, por la condición sacerdotal de la víctima, llama sacrilegio:
Vidisti,
Domine,iniquitatem illorum adversum me: judica judicium meum. Vidisti
furorem, opprobium, et cogitationes adversum me.
Thren. 3, vv. 59, 60 et 61.
Con rigor, desprecio y brío,
Vierte el soldado brutal
La sangre sacerdotal
Del Presbítero RIOFRIO.
Reddes eis vicem, Domine, juxta opera manuum suarum. Persequeris in
furore, et conteres eos sub coeli.
Thren. 3, vv. 64, 66.
Mas castigarás, Señor,
Este sacrilegio horrendo,
Con el trueno más tremendo,
Que dispare tu
furor.
Y POR EL “JOVEN TAN PRECIOSO”
También ha conmovido especialmente
al poeta la suerte de un joven a quien ha admirado, y su lamento por él
está traspasado de alto elogio:
Cum adhuc subsisteremus,
defecerunt oculi nostri ad auxilium nostrum vanum,cum respiceremos
attenti ad gentem quae salvare non poterat. Thren. 4, v, 17.
Se llena el alma de horror,
De angustia, pena y quebranto,
Cuando recuerdo con llanto
De PEÑA el triste clamor.
Por las rejas asomaba
Su semblante espavorido,
Y con su tierno gemido
Auxilio al cuartel clamaba.
Mas en vano ¡triste suerte!
Busca atento y diligente
Socorro extraño de gente,
Si le da alcance la muerte.
Luctum unigeniti fac
tibi, planctum amarum. Jerem. cap. 6, v. 26.
Así con dolor prolijo
La Patria madre en quebranto
Anegada en triste llanto
Lo llora, como a buen hijo.
De este joven tan precioso,
Valiente sin semejanza,
Perdió Quito la esperanza
De un capitán generoso;
De un jurista en los
estrados,
De un político perfecto,
De un filósofo discreto,
Y ejemplar de los honrados.
Este Peña era un joven,
Antonio. Nicolás, gran figura de la Revolución, era su padre. El autor
destaca algo que hacía aun más dolorosa esta muerte absurda: era hijo
único. Esa condición le ha traído a la memoria aquel texto de Jeremías.
Se conmueve el autor con el recuerdo del joven que trataba de escapar de
ser asesinado a mansalva, sin hallar respuesta a sus clamores. Y, dolido
por la suerte corrida por el joven -a quien se ve que conocía muy de
cerca-, hace su elogio.¡Cuánto perdió al perderlo Quito! Su padre y su
madre, doña Rosa Zárate, con sobra de razón, jamás perdonarían ese
crimen a los realistas.
ARENAS
Al dedicar cuartetas para lamentar
la muerte del siguiente personaje de los asesinados en los calabozos del
real de Lima, el autor nos permitió asomarnos por un resquicio a la alta
concepción que presidía su inteligencia de esos acontecimientos:
Judica me, Dominus, quoniam
ego in innocentia mea ingressus sum. Ps. 25, v. 1
Opresión, grillos, cadenas,
Muerte, soledad y susto,
Sufrió como varón justo,
Humilde, inocente ARENAS.
Quoniam non intelexerunt opera Domini.
Ps. 27, v. 9
En mazmorra se le encierra,
Sin comprender, que es de Dios
La causa por quien la voz
Tomó de Auditor de Guerra.
Muere al filo de la espada
Denodado y generoso,
Honrado, mártir glorioso
De la Patria tierna amada.
Para el autor las
autoridades realistas no comprendieron que la causa a la que sirvió Juan
Pablo Arenas, como Auditor de Guerra, era de Dios. Ello confiere sentido
fuerte al título que el autor le da de mártir, en su caso, mártir de la
patria. Lugares así nos hacen pensar en la oración fúnebre por los
caídos ese 2 de agosto que un año más tarde pronunciaría Miguel Antonio
Rodríguez.
Y LOS MILITARES QUE LUCHARON POR LA
CAUSA
Piensa el poeta en quienes
combatieron por la causa de la independencia en el frente norte. De
ellos fue asesinado el 2 Francisco Xavier Ascázubi. En el treno por él
incluye el autor el conjunto de padecimientos de las fuerzas que
comandara en desdichada campaña:
Venatione ceperunt me quasi avem inimici mei.
Thren. cap. 3, v 52.
Como el ave descuidada
Prende el cazador tenaz,
ASCAZUBI y los demás
Cayeron en la emboscada.
Por la aciaga situación
De guáitara fraudulenta
Sufrieron la vil afrenta,
Ignominia y confusión.
Labia insurgentium
mihi, et meditationes eorum adversum me tota die.
Thren. 3, v. 62
Insultos, golpes les dan,
Como a reos delincuentes,
Siendo ellos los insurgentes
Los de Pasto y Popayán
Quomodo obscuratum est aurum, mutatus est color optimus?
Thren. 4, v. 1.
A este ilustre caballero
Vástago de tronco real,
Confundiéronle tan mal
Con el siervo más grosero.
Filii inclyti, et
amici auro primo: quomodo reputati sunt in vasa testea.
Ibid. v. 2.
Sus restantes oficiales
De virtudes y nobleza,
Son tratados con bajeza,
Llenos de oprobios y males.
Grillos, argollas, esposas,
Son sus insignias de honor;
Hambre desnudez y horror
Sufren por casas y chozas.
En aquella cruel ciudad
A los siervos comparados,
Mandan trabajar soldados
Con grande inhumanidad.
En acciones que tuvieron su teatro fuera de la ciudad, no
hay en el texto del poema la exactitud noticiosa que hemos destacado
tantas veces. Manuel Zambrano fue el detenido en el Guáitara; Ascázubi
fue derrotado en Sapuyes. Exacto, eso sí, el que fue tomado prisionero,
con sus hombres, y fundada la protesta del treno “insultos, golpes les
dan / como a reos delincuentes”. Y otra vez la concepción histórica que
preside todo el relato: los insurgentes no eran los quiteños,
representantes de esa causa “que es la de Dios” -ha dicho poco antes-:
eran los de Pasto y Popayán los insurgentes.
A Ascázubi lo ensalza
como “vástago de tronco real”, y por ello lamenta que se le haya tratado
como al “siervo más grosero”. Pero en el caso de los restantes oficiales
lo que destaca es “virtudes y nobleza”. Fue el pensamiento que hallamos
en uno de los poemas de Mejía, dedicado a su amigo noble, Matheu. Y la
queja del poeta se inscribe en las leyes de la guerra: no se podía
tratar a esos oficiales vencidos peor que a esclavos, “Con grande
inhumanidad”. Pero es que, del lado de los realistas de Pasto y Popayán,
por encima de conceptos de Estado y leyes humanas, estaban concepciones
religiosas fanáticas.
Y llegado a este punto
de las armas y las duras derrotas quiteñas, se vuelve el cantor a Quito,
y, haciendo pie en un lugar del profeta Baruc, que excitaba: “Ne tradas
alteri gloriam tuam, et dignitatem tuam genti alienae” (“No cedas a otro
tu gloria, ni tu dignidad a ajena gente”), le conmina a ser fiel a su
gloria y dignidad.
Filii
patienter sustinete iram, quae supervenit vobis:persecutus est enim te
inimicus tuus, sed cito videbis perditionem ipsius. Et peribunt, qui te
vexaverunt: et qui gratulati sunt in tua ruina, punientur,
Baruch, cap. 4, vv. 25 et 3l,-
Qui oderunt me, induentur confusione.
Job, cap. 8, v. 22.
Quito paciente y sufrida
Ha perdido hijos amados,
Al rigor sacrificados
De la ira más desmedida.
No pierde las esperanzas,
Que todos sus enemigos
Sufrirán justos castigos
Del Señor de las venganzas
Civitates, quibus servierunt filii tui, punientur: et quae accepit
filios tuos. Sicut enim gavisa est in tua ruina, et laetata est in casu
tuo, sic contristabitur in sua desolatione.
Baruch. cap. 4, vv. 32 et 33.
Aquellas mismas ciudades
Que tu ruina han procurado,
De Antíoco desesperado
Sentirán las ansiedades.
Ne tradas alteri
gloriam tuam, et dignitatem tuan genti alienae.
Baruch. cap. 4,v. 3.
Mas tu gloria y dignidad
No des a gente extranjera;
Pues proclamaste primera
Nuestra amada Libertad.
Las citas de Baruc
sostienen el clima profético de la lamentación. Ese libro, léese en el
verso 2, “Lo escribió en Babilonia el año quinto, el día siete del mes,
desde que los Caldeos se apoderaron de Jeusalén y la incendiaron”. Quito
ha sido acosada, vencida y ocupada por tropas extrañas capaces de
perpetrar los crímenes que el poeta llora. El autor, desde lo más
profundo de su desolación, con palabras del profeta, exhorta a esa
ciudad a que mantenga enhiesta su “gloria y dignidad”. Tiene para ello
el mayor de los títulos que ciudad alguna pudiera tener: “Pues
proclamaste primera / nuestra amada Libertad”.
ULTIMAS MENCIONES
Esa cuarteta alcanzaba el clímax de
un hermoso final. Pero, no se dijera que olvidaba o menospreciaba a
otras víctimas quiteñas de esas horas aciagas, nuestro autor añadió unas
últimas menciones.
Comenzó por Larrea,
“joven gallardo, valiente, / noble militar airoso, / vivo, amable,
cariñoso”. Era el teniente Juan Larrea y Guerrero, quien, nacido en
1790, tenía ese fatídico 1810 apenas 20 años. Pero, tan joven, se había
granjeado ese título de “noble militar airoso”. Su empeño de impedir en
Alausí el paso de las tropas realistas de Guayaquil fue meritorio.
Y siguieron menciones
de Aguilera, Olea, el “anciano Villalobos” y Cajías. Más tarde volvería
a Melo y Vinueza.
Quienes habían escapado
al proceso que sabían sería inicuo fueron cazados como fieras para
volverlos a esa prisión donde iba a consumarse su asesinato:
Todos los perseguidores,
Más veloces que el alcón,
Registran todo rincón,
Hechos fieles servidores.
En desiertos y poblados,
Por grutas, montes, laderas.
Los buscaron como a fieras,
A nuestros sacrificados.
Y viene una tremenda
cita del treno bíblico: “Omnes amici ejus spreverunt eam, et facto sunt
inimici” (Tren. 1, v. 2) (“Todos sus amigos la despreciaron y se
volvieron enemigos”), para una obscura denuncia: la traición de los
amigos a aquellos que eran ahora víctimas del poder reinstalado:
Aquellos mismos que amigos
Más tiernos se reputaron,
Ya sangrientos se mostraron
Los más crueles enemigos.
¡Con cuánta rabia y furor
Rasgan de su madre el seno,
Y allí vierten su veneno
Fratricida! ¡qué dolor!
De perseguir al heroísmo,
¡Oh viles! no se avergüenzan;
A los tiranos inciensan
Y exaltan el despotismo.
Camilos y Coriolanos,
Juzgad a estos fementidos,
Si aun con Roma resentidos
La librasteis de tiranos.
Y hay aún otras
menciones que completan la historia, Cevallos puso entre las víctimas a
“uno de apellido Tobar”. Pero entre las partidas de defunción de la
parroquia “El Sagrario”, a la que pertenecía el Real de Lima, teatro de
la masacre, no hay la de ningún Tobar. Si Cevallos tuvo como fuente este
poema -que era, sin duda, una buena fuente-, no atendió lo suficiente a
las dos cuartetas que le dedicó el poeta:
¿A quién no ha de consternar
El término lastimoso
Que tuvo en un calabozo
El caballero TOBAR?
De Cuenca al de Guayaquil,
Donde espiró desgraciado,
Fué conducido engrillado,
Pasando desdichas mil.
Fue una de las víctimas
de la persecución desatada en Cuenca; uno de esos patriotas que fueron
remitidos a su prisión en Guayaquil, cargados de grillos y esposas,
haciendo alarde de humillarlos y someterlos a los más crueles tratos.
Don Joaquín Tobar (o Tovar) enfermó gravemente en su prisión
guayaquileña. Cucalón lo mantuvo en el calabozo y cepo veinte días;
salió casi cadáver a morir en el hospital. Los grillos se los quitaron a
las cinco horas de muerto.
Es exactamente lo que lamentó el autor del poema.
Y otro de esos muertos
por la causa, de los que fueron remitidos por Aymerich desde Cuenca
presos a Guayaquil, fue don Fernando Salazar, alcalde ordinario de
Cuenca. Sin que sirviese para nada la altiva y brillante defensa que
hizo su abogado, el Dr. Bernabé Cornejo, se le envió preso para Quito,y
falleció en el camino, en los arenales de Huachi. El autor del poema
conocía más de esa muerte que los cronistas que escribieron sobre estos
dolorosos sucesos. Cinnco cuartetas le dedicó en su treno:
Terra, ne operias
sanguinem meum, neque inveniat in te locum latendi clamor meus.
Job, cap. 16, v. 19.
Asimismo es de llorar
La aciaga fatalidad,
Con que murió sin piedad
El alcalde SALAZAR.
Cargado de las cadenas
Sobre un animal feroz,
Recibió aquel golpe atroz
Que acabó todas sus penas.
Clamando por grande rato
Misericordias al cielo,
Arrojado al duro suelo,
En la venida de Ambato.
Allí todo caminante
Se suspende con horror,
Y exhalando su dolor
Llora por su semejante.
Indeleble se mantiene
En aquellos arenales
Su sangre, que a los mortales
Con espanto los detiene.
Y hubo ese 2 de agosto
un crimen de los perpetrados en el Real de Lima que exhibió con especial
crudeza la sevicia de aquellos asesinos sedientos de sangre. Con horror
lo narraron los cronistas. El Provisor Caicedo relató que cuando se
asesinó a la esclava encinta del Dr. Rodríguez de Quiroga, “los mulatos
decían, con gran serenidad, “ola y cómo brinca el hijo”. El poeta se
duele así de esa absurda muerte:
Fuissem quasi non essem, de utero translatus ad tumulum.
Job. cap. 10, v. 19.
¡Mil veces feto infeliz
De la negra de Quiroga!
Esta muere y él se ahoga
Sin salir de su matriz.
¡Oh soldado cruel, feroz!
Del vientre a la sepultura
Arrojaste a esa criatura,
Que pudo gozar de Dios.
CODA
Un par de estrofas finales. En la
primera resume todos los males que se han infringido a Quito. En la
segunda tiempla ese dolor que tan largamente ha revivido con una nota de
esperanza:
Hereditas nostra versa
est ad alienos: domus nostrae ad extraneos.
Orat. Jer. cap 5, vv. 2 et 3.
Nuestros bienes y caudales
Se han llevado los extraños,
Causándonos tantos daños,
Muertes, perjuicios y males.
Huérfanos hemos quedado
Sin nuestros padres amados,
Señor, pero esperanzados
En tu sombra y tu cuidado.
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