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El “Viaje Imaginario” de Caicedo
EL PERSONAJE
Manuel José Caicedo, caleño, vino a Quito de muy corta edad, con su tío,
el futuro obispo de Quito José Cuero y Caicedo. Celiano Monge nos ha
trasmitido la noticia de que se educó en el colegio de San Luis, donde
fue condiscípulo de Miguel Antonio Rodríguez.
Su tío fue rector del colegio en 1775.Pasó a la Universidad. Cursó
Filosofía de 1787 a 1789 -y en ese curso estrechó aun más su relación
con Miguel Antonio Rodríguez, a la vez que la establecía con Manuel
Rodríguez de Quiroga y Juan Pablo Arenas, todos ellos hombre de Agosto,
y siguió sus estudios universitarios, en la Universidad de Santo Tomás,
hasta graduarse de doctor en ambos Derechos y en Teología. De Rodríguez
y Caicedo dice Monge: “Ambos fueron aclamados por el claustro, el
primero para que ingrese al profesorado de Artes... y el segundo para
que ascienda al puesto de Rector, pues nunca se vio, dice el Secretario
de entonces, una elección más universal”. Caicedo fue Rector y
Vicerrector de la Universidad entre 1803 y 1807.
En su docencia y rectorado Caicedo fue decidido impulsor de
la ilustración en la Universidad quiteña.. En 1803 lo hallamos firmando,
en primera línea, altivo y enérgico informe acerca del empeño de los
dominicos de dominar la Universidad e imponer sus cerradas doctrinas
tomistas. Rechazaban esos profesores ilustrados “la ansia y furor que
tienen estos Padres de destruir esta Universidad, o cargar con ella a
encerrarla en su religión, o a lo menos dominarla enteramente”.
Sostenían “que según los Estatutos que han regido esta Universidad desde
que se erigió en pública, los que lo formaron se persuadieron a que era
propio de una Universidad Pública admitir, y seguir en ella toda
doctrina, que no estuviese expresamente reprobada”. Mostraban todo lo
que había avanzado el conocimiento humano desde los días de santo Tomás
de Aquino, y rechazaban una formación universitaria reducida al tomismo
y fundada en autoridad. “El Estado, y el público se interesan mucho en
poseer buenos matemáticos, y físicos, esto no se aprende con la
Filosofía de Santo Tomás; es pues preciso que se tomen otros autores
para estos ramos de Literatura, cuyos principios no estando de acuerdo
con los del Angélico Doctor, se ha de negar forzosamente su autoridad”.
Hombre de vastas y avanzadas lecturas, conocedor de Beccaria,
Filangieri, Grocio, Pufendorf, Callières, Campomanes;
asiduo usuario de la rica biblioteca de su tío, el obispo, donde a más
de obras de Derecho, tenía acceso a libros de ciencias naturales,
medicina y filosofía,
y él mismo compulsivo comprador de libros -en 1804 adquirió en subasta
35 obras de los duplicados de la Biblioteca pública.
Era, sin duda, letrado prestigioso en ciudad que en tanto tenía a los
hombres de letras. El peso de su palabra en la ciudad se evidencia en un
hecho significativo. En el Cabildo ampliado a que se convocó tras los
asesinatos del 2 de agosto y la matanzaa y saqueo que siguió, tras el
discurso del presidente Ruiz de Castilla, que intentaba la dócil vuelta
del pueblo al estado de cosas anterior, como si lo ocurrido no hubiese
sido sino una represión más, alzó la voz, en nombre de la ofendida
ciudad, e improvisó corto pero vigoroso discurso en que denunció las
atrocidades cometidas, se dolió del martirio del pueblo quiteño y
apostrofó a los autores y cómplices de tales crímenes., e impuso un Auto
que se promulgaría por bando al día siguiente.
Cuando los acontecimientos quiteños de Agosto está de
Provisor y Vicario General de la diócesis, junto a su tío materno, el
Obispo. Y por múltiples resquicios se siente en cuanto valoraba el
Obispo su criterio. Conocedor Cuero y Caicedo de los sucesos del 10 de
agosto de 1809 en la Recoleta de Pomasqui, dijo que había vacilado
“entre los dos medios de abandonar mi rebaño retirándome prófugo y
limosnero a la jurisdicción dePopayán, o de regresar a esta Capital,
expuesto a los últimos vilipendios”.
Lo decidió al regreso, dice, “mi Provisor y mi Cabildo Eclesiástico”. Y
añade, en la misma carta confidencial a su amigo y compadre D. Mateo
Moure: “Yo hubiera tomado el partido de retirarme pobre y sin ropa, si
un sobrino mío no estuviese encargado del Provisorado, expuesto en mi
ausencia a los contrastes de unas fantasías agitadas y de un despotismo
que no reconoce término”.
Caicedo, hombre de pensamiento formado en lecturas de la Ilustración y
doctrinas políticas de avanzada, estuvo comprometido con la revolución
quiteña. Cuando los revolucionarios de Agosto fueron puestos en prisión
y sometidos a inicuo proceso, elevó altivo informe al virrey Amar , con
miras a rechazar que fuese Aréchaga quien llevase el proceso como
fiscal:
El Sr. Dn. Felipe Fuertes, tiene buenas intenciones,
desea el acierto y no admite cohechos; pero, qué
desgracia! desconfía de sus propias luces, y se ha entregado, por
eso, a la dirección de Asréchaga. Este le dictamina en
todo, sin reparar en que tiene que fiscalizar,que es lo mismo que ser
juez y parte. Cuáles sean sus talentos, sus luces, estudios y
conocimientos prácticos, no lo ignora V. Excelencia,
pues se lo informaron los Agentes Fiscales, cuando
se quejaron de haberlo hecho Fiscal interino el Sr.
Presidente,contra todas las disposiciones de las leyes. El está
entregado, con escándalo público, al amor de una
mujer, cuyo lujo no puede sostener con sólo la renta de
interino.El tiene ya contra sí, los rumores que corren
(bien que no afirmo que sean con fundamento) de
que está llenando las cárceles de prisioneros,
para que éstos le llenen el bolsillo deplata.
El está empeñado en borrar con el rigor y la crueldad, el
yerro que cometió con la Vista que puso en la causa antecedente,
cuya copía incluyo a V. Excelencia, con la
que dió, indirectamente, causa al tumulto el día de San
Lorenzo, pidiendo la absolución de los reos y el castigo de los
delatores
Acumulando razones y argumentos como estas y estos, desautorizaba a
Aréchaga desde las más diversas laderas.
Cuando la segunda Junta quiteña, en el cabildo abierto del 22 de
septiembre de 1812, presidido por el Comisionado Regio Carlos Montúfar,
los electores del clero lo designaron vocal por cuatro votos, junto con
D. Prudencio Vásconez, por tres.
Y después, en la hora de la heroica resistencia del novel
ejército quiteño frente al avance del llamado “pacificador” Montes
-sarcasmo para designar instituciones coloniales represivas-, estuvo
junto a su tío, el Obispo, como su brazo derecho, secundando y alentando
su altiva actitud y decidido apoyo a la resistencia quiteña.
Pero hizo más. Organizó un cuerpo formado totalmente por indígenas, y,
vestido de abate y con los tres galones de coronel, lo comandó. Eran 625
soldados, gallardamente uniformados con su traje antiguo y una banda de
seda blanca
Y para proteger la revolución contra los recalcitrantes
empeños del partido monárquico creó un “Consejo de Vigilancia”.
De todas estas acciones de Caicedo dejó testimonio, desde la
otra ladera, la del sañudo acusador, Núñez de Arco, en su Protocolo o
Informe del Procurador, síndico de la ciudad -de 20 demayo de 1813-:
“Intervino en la instalación de la Segunda Junta, de la que fue
representante feroz y sanguinario. En unión del abogado agente levantó
un batallón de indios haciéndose su coronel y Comandante. Electo
individuo del Poder Legislativo..Miembro del terrible consejo de
vigilancia en que se esmeró pesquisando las acciones aún leves de los
realistas”.
Victorioso Montes, fue uno de los cuatro miembros de la
Junta a quienes se conmutó la pena de muerte por el cargo de traición al
Rey por el destierro. Condenarlo a muerte habría sido un escándalo y
provocado insospechadas reacciones. En compañía de su antiguo
condiscípulo, colega de Universidad, compañero de lecturas ilustradas y
de empeños transformadores y querido amigo Miguel Antonio Rodríguez, fue
desterrado a Manila. Los dos ilustres juristas elevaron a las
autoridades una sabia “Representación” desde el barco que los llevaba al
destierro.
Caicedo permaneció en Manila hasta que obtuvo indulto de
Fernando VII en 1819.
EL “VIAJE IMAGINARIO”.
De autor al parecer español -la sospecha de que no lo era, sino quiteño,
se me hacía cada vez más fuerte- hallé el Viaje imaginario a las
provincias limítrofes de Quito, como pieza 1 de un tomo de
manuscritos donado a la Biblioteca Nacional de Bogotá por el Dr.
Estanislao Vergara, y registrado como “Sección Orden Público. Volumen
Numero 22”, pero que entonces llevaba el N. 167.
En nota preliminar del Viaje imaginario se advertía
“Obra única y singular escrita por un español que, por su imparcialidad
puede pasar por americano”.
Pero Agustín Salazar Lozano -otro de los cronistas de los
sucesos de Agosto, al que atenderemos en seguida- escribió: “En la
obrita intitulada “Viaje Imaginario” curiosa y escrita por una persona
de todo respeto, presente a casi todo el acaecimiento, que sin duda es
el Doctor Don Manuel José Caicedo, entonces Provisor y Vicario general
del Obispado, se encuentran razones de peso...”.
El primer editor del Viaje Imaginario -en los
Anales de la Universidad Central, en 1890-, Carlos R. Tobar, sintió
la necesidad de establecer la autoría del libro, pero sin abrigar la
menor duda de que era obra de Caicedo. Recordó que Pedro Fermín
Cevallos, al hacer uso del precioso texto lo daba, sin más, por escrito
de Caicedo.Y aportó un valioso testimonio:
Por acaso, alguien tuviese fundados motivos para negar al
Sr. Caicedo la paternidad del anónimo libro que
damos a la estampa, debemos decir que se leha apropiado al referido Sr.,
ya porque el abogado D. José Vergara, primo de Caicedo, muerto
no há largo tiempo, a él le adjudicaba y aun mentaba
al escribiente José Maldonado que lo manuscribió, ya porque el
destierro mismo a Manila que, junto con el sabio quiteño Dr.
Rodríguez, padeció el Vicario y Provisor, fue atribuido a
la paternidad mencionada.
La primera parte aporta, sin duda,un argumento de peso; la segunda no se
sostiene: no hay el menor indicio de que las autoridades españolas
hubiesen descubierto la autoría de Caicedo detrás del anónimo. Sin
necesidad de ese libro, tenían -lo acabamos de ver- razones más que
suficientes para desterrar, ya que no se atrevían a ajusticiarlo, al
revolucionario quiteño. En cuanto al libro, seguramente ni ellos tomaron
en serio lo del autor español. ¿Quién era ese español, presente en
tantas notables oportunidades -como el Cabildo abierto del 4 de agosto,
o el recorrido que hicieron eclesiásticos, y solo eclesiásticos, por los
barrios quiteños tras las matanzas del 2 de agosto- sin que nadie le
hubiese visto? Lo que no establecieron -porque no hay la menor huella de
ello- es la autoría de alguien de tanto prestigio y tan alta posición en
el episcopado, como el provisor y vicario.
Y la crítica interna nos deja ante numerosos rasgos que
abonan la autoría del Provisor del obispado quiteño. Así la atención que
presta a los hechos eclesiásticos y el conocimiento de cosas que solo
alguien muy cercano al Obispo podía saber. A este tenor:
Pero en este punto lo que más me horrorizó fue el oficio
que corrió al Ilmo.
Sr. Obispo D. José Cuero, tan desacatado, tan insultante...
Fingiéndose, pues, español para evitar las represalias que la autoría
del Viaje Imaginario con toda seguridad le hubiese acarreado,
llegando hasta la pena capital, el autor introduce su relato con una
nota “Al lector” que ha de leerse distiguiendo los planos de lo fingido
y lo real.
“Yo me hallé -escribe- en Aranjuez el 17, 18 y 19 de marzo” -del que
llama “año memorable de 1808-. Pertenece sin duda a la ficción. Según
ella salió para Quito tras las conmociones de febrero de 1809, y se
halló presente en la revolución del 10 de agosto. Revolución -la palabra
es de Caicedo- a la que reprocha la lenidad con aquellos contra cuya
“arbitrariedad y despotismo” se la había hecho. Ragos que nos hace
pensar en la realidad del rigor que Caicedo uso con los partidarios de
ese despotismo.
Según el relato, “escarmentado con los horrores que había
visto en España”, resolvió salir de Quito “y huir del peligro”. Fue a
Guayaquil, “y de allí fui pasando de lugar en lugar sin encontrar asilo,
hasta volver a Quito, endonde hallé restablecido el antiguo gobierno”
-¿por qué ese no encontrar asilo en parte alguna?, cabe preguntarse, sin
que se ofrezca más respuesta que por comprometimiento con la Revolución.
Y entonces nos da una información preciosa para: “y me
impuse de lo que había pasado durante mi ausencia por medio de algunas
relaciones historiales que se han trabajado por diversos autores”.
Alusión directa a todo ese trabajo de escritura que rodeó la revolución
quiteña de Agosto, del cual el Viaje Imaginario es pieza
fudamental.
La lectura de estas crónicas le ha movido a escribir,
también él, “lo que he visto -dice- yo mismo”, “para que sirva como de
suplemento a aquellas memorias”.
Hernán Rodríguez Castelo.
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