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Instituciones a las que pertenece Academia Nacional de Historia Militar, desde 2009
Academia Ecuatoriana de la Lengua, desde
1971
Real Academia Española de la Lengua, Miembro
Correspondiente desde 1975
Academia Nacional de Historia, desde 1990
Academia Paraguaya de la Lengua. Miembro
Correspondiente desde 1998
Academia Estadounidense de la Lengua
Española, 2000. Miembro correspondiente desde 2000
Real Academia Española de la Historia,
Miembro Correspondiente desde 2006
Casa de la Cultura Ecuatoriana “Benjamín Carrión”
Sociedad Ecuatoriana de Escritores (SEDE)
(Socio fundador)
Asociación Internacional de Críticos de
Arte (AICA)
Hernán Rodríguez Castelo nació en Quito, en
1933, en el hogar formado por dos profesores, Humberto y María Esther. Desde sus días de escolar se convirtió en
voraz lector y comenzó a escribir pequeños textos, animado por su madre, de
quien ha escrito una hermosa biografía: Madre
maestra y maestra madre. La educadora María Esther Castelo de Rodríguez (Quito,
2004) Su madre lo puso en contacto con Zoila Ugarte
de Landívar, una de las mujeres más ilustres del Ecuador, gran prosista,
vigorosa periodista y política liberal de gran peso en largo primer tramo del
siglo XX. Zoila Ugarte corrigió al escolar Hernán sus primeras redacciones y
conversó con él largas tardes, como si el niño fuese una persona mayor. Escolar aún, Hernán Rodríguez triunfó en
concursos, incluido uno nacional sobre Mariana de Jesús. Terminado su bachillerato, ingresó en la Compañía
de Jesús, donde hizo estudios de Humanidades Clásicas bajo la dirección del
gran virgilianista P. Aurelio Espinosa Pólit, y completó su formación filosófica
con eminentes maestros en la Facultad de San Gregorio de la Universidad Católica
del Ecuador. Un trienio fue profesor de literatura y filosofía
en el colegio “San Gabriel” de Quito; formó entonces a algunos de los más
notables escritores actuales del Ecuador (Vladimiro Rivas, Francisco Proaño
Arandy, Bruno Sáenz, Federico y Javier Ponce y otros). Durante esos tres años
de magisterio llevó un diario que se publicó para el X Congreso de Ex alumnos
de la Compañía de Jesús, en 1995: Diarios
del “San Gabriel” 1959-1962. “Libro esencialmente polisémico,
testimonio personal, historia, sucesión de semblanzas, clima novelesco, y también
muestra de la acabada prosa que, ya desde entonces, denotaba poseer el
cronista”, escribió del libro Proaño Arandy. El profesor de filosofía publicó Filosofía
Optativa, que se usaría como texto por muchos años en varios colegios del
Ecuador. En 1962 viajó a España para hacer estudios de
Teología en la Universidad de Comillas. Allí se alineó decididamente en la
nueva corriente a la que dio forma el Concilio Vaticano II. Y participó
activamente en la vida cultural española: fue uno de los cofundadores de la
revista Reseña; escribió artículos
en revistas españolas, en especial en Humanidades
y La Estafeta Literaria. Para Educadores,
la revista de la Federación Española de Religiosos de Enseñanza preparó un
catálogo de lecturas: “300 obras de literatura infantil y juvenil”, que se
publicó en su N. 33, de mayo-junio de 1965, que completó después con otro de
obras de teatro. Acogiendo un pedido
del director del Instituto del Libro Español, D. Carlos Robles Piquer, inició
la publicación de artículos que contribuyesen a liberalizar la sociedad española
de esa hora. Su artículo Los libros
buenos y malos y la edad juvenil (“La Estafeta Literaria”, febrero 1965)
le acarreó graves censuras del sector más tradicionalista de los de Loyola,
que se agravaron hasta que la Orden no autorizó su sacerdocio y la Universidad
le negó matrícula. Y debió salir de España. En este período HRC fue miembro
del jurado para el Arquero de Oro en el II Festival de Cine Infantil de Jijón,
y obtuvo uno de los premios “Doncel” con ocasión del IX Congreso de la
Organización Internacional del Libro Infantil, Madrid, 1964, con su cuento
“Rumi Gugua, el niño de los Andes”. En Comillas contó a sus pequeños amigos y
escribió Caperucito Azul, novela para
niños que se publicaría años más tarde en Bogotá (Ediciones Paulinas,
1975), y actualmente va por la 7a. edición ecuatoriana. Ya en el Ecuador abandonó la Compañía de Jesús,
y comenzó una vigorosa actividad cultural, que sería decisiva en varios
campos. Creó una página cultural diaria en El
Tiempo de Quito, en la que hizo crítica de libros (sección de los lunes
“El Libro de la Semana”) y crítica de arte. En una hora en que en el
Ecuador casi no había actividad crítica, su trabajo resultó especialmente
importante. Algunos de sus textos de crítica de libros se recogieron en el
libro Señales del Sur (Cuenca,
Municipalidad, 1970), en el que se escribió: “Hernán Rodríguez Castelo es,
en la actualidad, el talento crítico de mayor lucidez en el Ecuador” (Lcdo.
Hugo Darquez). El poeta Rubén Astudillo destacó así la tarea crítica de Rodríguez
Castelo: “En la crítica, a estas alturas, es quizá lo único serio que
tenemos en el país” “Rodríguez Castelo es un capítulo aparte. Es una época,
que la está llenando solo” (“El Mercurio”, Cuenca 4 de octubre de 1969). En el mismo diario publicó una serie de largas
entrevistas biográfico-críticas a figuras ecuatorianas a las que consideraba
de talla latinoamericana. Se han recogido en el libro: Nuestros latinoamericanos vistos por sí mismos (Quito, Banco
Central del Ecuador, 1996). Mantuvo en “El Tiempo” la sección semanal
“Microensayo” y la trisemanal “Idioma y estilo”. Con esta inició una
trayectoria de lingüista no interrumpida hasta el presente. En “Idioma y
estilo”, inspirado por la española “La Codorniz”, instituyó una “Cárcel
de Papel”, que contribuyó sensiblemente a mejorar los niveles de uso del español
en el Ecuador. “IDIOMA Y ESTILO introdujo una época en el periodismo
nacional”, se escribió (“Un señor libro”, por Bragelone, “El
Mercurio”, Cuenca, 28 de abril de 1970). El lingüista, para responder a una
de las necesidades más sentidas en el medio, publicó Tratado
práctico de puntuación (Quito, Editorial Santo Domingo, 1969). Apasionado por el cine, dio cursos, fundó el
Cine Club de la Crítica (Publicó sus “Estatutos” en 1967), publicó el
pequeño manual Cine cursillo (Quito,
Editorial “La Unión”, s.a.) y escribió ensayos sobre grandes películas,
como el que dedicó a Ingmar Bergman y su trilogía “Como en un espejo”,
“Luz de invierno” y “El Silencio”, para orientar el estreno de este último
gran filme, recibido casi con temor en el encogido medio cultural quiteño de la
década de los 70. En 1966, escritores y artistas iniciaron un
movimiento para devolver a la Casa de la Cultura Ecuatoriana la autonomía que
había perdido con la intervención de una dictadura militar. Rodríguez Castelo
fue uno de los que lo encabezó. A la toma de la Casa, el 25 de agosto, siguió
una profunda reestructuración de la Institución, que la democratizó y tornó
más operativa. Rodríguez Castelo fue uno de los miembros de la Comisión que
dio forma al cambio. Vuelto a la presidencia de la Casa de la Cultura su
fundador, Benjamín Carrión, Rodríguez Castelo colaboró con él en variadas
iniciativas y tareas. Crónica y análisis de tan decisivo acontecimiento fue el
libro de Rodríguez Castelo Revolución
Cultural (Quito, Casa de la Cultura Ecuatoriana, 1968). La nueva Casa de la Cultura inició la
publicación de una serie de trípticos de literatura -teatro, ensayo, relato-
en edición popular. El libro de teatro de la primera serie recogió tres piezas
de Rodríguez Castelo: Teatro. El pobre
hombrecillo. La Fiesta. El Hijo (Quito, Casa de la Cultura Ecuatoriana,
1967). De El Hijo escribió César
Ricardo Descalzi, historiador del teatro ecuatoriano, “Obra profundamente
humana. Que desgarra. El hombre solo, deambulando en medio del caos”. En 1970 y 1971 comienzan a darse
reconocimientos nacionales e internacionales a Rodríguez Castelo. España le
confiere la Encomienda de la Orden del Mérito Civil (29 de junio de 1970); el
Ministerio de Asuntos Exteriores de España lo incluye en el “Repertorio de
Hispanistas” que preparaba; Alemania lo invita a una gira por varias ciudades.
En la Casa de Beethoven, el crítico
ecuatoriano hizo la entrega solemne de la Séptima Sinfonía del gran compositor
ecuatoriano Luis Humberto Salgado -“el más grande compositor ecuatoriano de
este siglo”, como dijo Rodríguez Castelo, al hacer la entrega-, compuesta en
homenaje a Beethoven, aporte del Ecuador a la celebración del bicentenario del
natalicio del genio de Bonn. “El periodista ecuatoriano expresó ante el señor
Abs y la Junta Directiva de la Sociedad de Beethoven y musicólogos presentes
que Beethoven había hablado un lenguaje universal y que por ello su
bicentenario contribuía de modo poderoso a acercar a los pueblos”, reseñó
la prensa alemana. En reconocimiento a los méritos del lingüista
la Academia Ecuatoriana de la Lengua lo designó Miembro Correspondiente. El 10
de febrero de 1971, en un Salón de la Ciudad lleno, el flamante académico leyó
su discurso de incorporación: “La “Historia del Reino de Quito”, obra
maestra de narrativa”. En marzo de 1971 Rodríguez Castelo comenzó
una de sus mayores empresas culturales y una de las más grandes que se hayan
realizado en el país en el siglo XX: salieron a la venta los dos primeros tomos
de la colección Biblioteca de Autores Ecuatorianos de “Clásicos Ariel”,
colección que aspiraba a editar cien tomos, uno por semana, todos seleccionados
y prologador por él. Uno de esos
dos libros era el primer tomo de la Historia
del Reino de Quito del P. Juan de Velasco. La gran historia quiteña,
escrita por el jesuita en el destierro, en la última parte del siglo XVIII,
hasta ese día solo había estado al alcance de especialistas y bibliófilos.
Ahora se le había vendido, a un precio bajísimo, en 16.000 ejemplares. “El día
de ayer -informaba la prensa- se llegó a una cifra record en la venta de libros
de literatos ecuatorianos, que supera a gran distancia cualquier otra cifra que
se hubiera registrado hasta ese momento” (“El Tiempo”, 27 de marzo de
197l). Y era así: libros tan serios solían imprimirse en 500 ejemplares o poco
más y tardaban muchísimo en venderse. “Uds. han llevado la cultura al
pueblo” -dijo el presidente Velasco Ibarra, al recibir los primeros ejemplares
de “Clásicos Ariel”. Y Benjamín Carrión saludó la empresa como “La
aventura editorial más grande de nuestra historia” (“El Tiempo”, 18 de
marzo de 1971). Los libros de Ariel siguieron apareciendo
semana a semana y vendiéndose en tirajes nunca antes alcanzados en el Ecuador.
Iban completando la colección de los libros más importantes de la literatura
-novela, cuento, teatro, lírica-, historia y cultura del Ecuador de todos los
tiempos. La publicación se interrumpió brevemente por un gran incendio que
consumió la planta editora y obligó a buscar nuevo impresor. Pero la planta se
rehizo, y “Clásicos Ariel” llegaron al número 100. El país entero reconoció lo trascendental del
aporte de “Clásicos Ariel” a la cultura nacional. La Comisión
Internacional del Año del Libro concedió a Ariel la Medalla Internacional del
Año del Libro, y el Ministerio de Educación se sumó a ese reconocimiento,
considerando “que la Empresa Editorial Ariel ha cumplido de modo ejemplar con
los ideales propuestos para este año, lanzando en millares de ejemplares, al
alcance de las clases populares, las obras mayores de la cultura y la literatura
nacionales, lo cual ha significado el comienzo de una nueva etapa en la historia
del libro ecuatoriano” . Y, al culminar la colección con el número 100, el
Ministerio de Educación confirió la condecoración de la Orden “Al Mérito
Educacional” de primera clase -la más alta en su género en el Ecuador- a la
empresa; es decir, al editor, Abdo. Tomás Rivas Mariscal, y al director de la
colección, Lcdo. Hernán Rodríguez Castelo. Fueron condecorados el 14 de julio
de 1973. El número 100 de “Clásicos Ariel” fue Literatura
ecuatoriana de Hernán Rodríguez
Castelo. El editor había pedido a Rodríguez cerrar la serie con una visión de
suma de la literatura ecuatoriana. Pero él, al asumir la tarea, había hallado
grandes vacíos en la historia de la literatura nacional y se había propuesto
llenarlos con rigor histórico y crítico. Así, esa obra solo pudo tratar de la
literatura precolombina y el siglo XVI. El estudioso siguió trabajando, con
enorme rigor y gran amplitud, esa que llamó “Historia general y crítica de
la literatura ecuatoriana”, y en 1980 apareció la siguiente parte: Literatura en la Audiencia de Quito. Siglo XVII , un tomo de 577 páginas
(Quito, Banco Central del Ecuador, 1980). Esta enorme empresa ha proseguido,
como lo veremos, hasta nuestros días. Al cumplirse, en 1974, dos siglos de la muerte
de Legarda, el gran escultor de la Escuela Quiteña, R.C. estrena su nueva obra
de teatro: El señor don
Bernardo de Legarda. La pieza, concebida como un auto sacramental
contemporáneo, se representa en la plaza de frente a la iglesia y convento de
San Francisco, el más monumental conjunto arquitectónico colonial de Quito. La
dirige el conocido hombre de teatro Sixto Salguero. “Será el primer intento
de teatro de masas” anunció “El Comercio”, que destaca la complejidad del
montaje (Quito, 14 de junio de 1974). El mismo año 1974 Rodríguez Castelo es
promovido a Miembro de Número de la Academia Ecuatoriana de la Lengua y el 23
de enero de 1975 pronuncia el discurso reglamentario: “El gran fresco
occidental y americano del siglo, como introducción a la Literatura Quiteña
del XVIII”. A sus 42 años es el Académico de Número más joven de la
historia de la Academia Ecuatoriana. “Es claro que había muchas razones para
que Hernán Rodríguez Castelo recibiera el espaldarazo que supone la entrada a
la Academia Ecuatoriana como Miembro de Número. Pero es también claro, que
solo existe un motivo, para que se lo destinara a ocupar un sitio de reciente
creación: la rotunda originalidad de sus quehaceres intelectuales. Propiamente
él, no continúa camino alguno, que se abriera previamente: al contrario, él
está en la cabecera de múltiples perspectivas nuevas”, comentó de ese
ingreso Patricio Quevedo Terán (“Rodríguez Castelo, Académico”, “El
Tiempo”, 28 enero 1975). Al celebrarse, en mayo de ese mismo año 1975,
el primer centenario de la Academia Ecuatoriana de la Lengua, se entregó al
diario “El Tiempo” Diploma de Honor “como testimonio del valor que la
Academia Ecuatoriana da a su firme voluntad de contribuir a preservar y
enriquecer la lengua común de la
Hispanidad, manteniendo una columna bisemanal especializada en su págimna
editorial y habiéndola confiado a persona
de reconocida probidad intelectual y competencia periodística” y
presentó público reconocimiento a quien mantenía esa columna, el académico
Hernán Rodríguez Castelo. Pocos meses más tarde, la Academia Mexicana
organizaba, para conmemorar su primer centenario, un coloquio sobre la lengua
española en el mundo contemporáneo. Delegado para tan importante cita, Rodríguez
Castelo llevó una ponencia impresa: el libro El español actual: enemigos, retos y políticas (Quito, Academia
Ecuatoriana de la Legua). “Aquí tenemos representantes de por lo menos nueve
naciones -dijo el académico español Zamora Vicente-; podemos pedir que se
presente esta ponencia en el próximo Congreso de Academias. Todo lo que dice el
señor Rodríguez Castelo es importantísimo”. Ese mismo año, la guía de lecturas por
edades, de la que había sido el comienzo la lista publicada en España por la
revista “Educadores”, da un gran paso adelante: aparece en Bogotá Grandes libros para todos (Ediciones Paulinas). Se ha pasado a 700
obras, ya no solamente enumeradas, sino comentadas. “En el libro se citan -con
certeros y apretados comentarios- setecientas obras de narrativa, divididas en
siete niveles según la edades de los posibles lectores”, reseñaba un
periodista, que destacaba cómo esos comentarios incitarían a la lectura de
esas obras (“Grandes libros para todos”, utilísima obra de Rodríguez C.”
por Francisco Febres Cordero, “El Tiempo”, 1 junio 1975). El libro conocería
en 1980 una edición boliviana, en que la guía se completaría “con una sección
sobre literatura boliviana” (La Paz, Biblioteca Popular Boliviana de Ultima
Hora”, 1980). En 1975 se publica su novela para niños Caperucito
Azul -escrita en España, como se ha dicho- y se presenta, junto con otras
obras suyas, en la Feria del Libro de Frankfurt de 1976. En 1977 Rodríguez Castelo asiste como
representante del Ecuador -junto al poeta José Rumazo- al VII Congreso de la
Asociación de Academias de la Lengua, en Santiago de Chile. Presenta allí dos
ponencias, una sobre la necesidad
de una política de las Academias frente a los grandes retos que plantea el español
al mundo contemporáneo y la otra sobre la necesidad de unificar la terminología
lingüística en el mundo hispánico. Los dos temas interesan en América, y
“La Prensa” de Lima entrevista al académico. En 1979, al cumplirse el primer milenio de la
lengua, Rodríguez Castelo lo celebra con un nuevo libro: Cómo nació el castellano (Quito, Publitécnica). Ese libro era el número 2 de una colección de
obras de divulgación, de gran rigor pero escritas de modo que fuesen de lectura
grata. El número 1 había sido El Hermano
Miguel Lingüista, que trataba esta faceta del académico ecuatoriano
hermano cristiano -hoy elevado a los altares-, estableciendo por primera vez el
corpus de su obra amplia y dispersa y mostrando su enorme importancia en el
siglo XIX . Y, a la muerte de Benjamín Carrión, con quien R.C. había tenido
una relación tan estrecha y entrañable, le dedicó el número 3 de esta
“Serie de divulgación cultural”: Benjamín
Carrión, el hombre y el escritor (Quito, Publitécnica, 1979). El libro fue
presentado el 14 de agosto de ese año en Lima. El número 4 de la serie fue un libro muy
especial: 1969-1979 diez años de cultura
en el Ecuador (Quito, Publitécnica, 1980). Esa década, tan importante para
la cultura ecuatoriana, Rodríguez Castelo, como periodista de “El Tiempo”,
la había seguido día a día, dando noticia y haciendo crítica de sus
manifestaciones fundamentales. Todo eso lo recogió y sintetizó en esta
estupenda panorámica. Fueron estos años de intensa actividad de R.C.
Cursos universitarios de ciclo doctoral, conferencias -como la que dijo en el
centenario de Thomas Mann, en la Casa de la Cultura Ecuatoriana-, asistencia a
congresos y coloquios -como el Latinoamericano de Literatura de Frankfurt,
1976-, participación en jurados de literatura y pintura, comentarios de obras
-como el que dedicó a Yo el Supremo de
Roa Bastos, publicado en “La Prensa” de Lima (25 diciembre 1976)-,
distinciones y premios, y, por supuesto, lo más destacable, los pequeños
ensayos de su columna semanal “Microensayo”. Pero hay un acontecimiento de especial
importancia en la trayectoria del escritor: en 1978, Círculo de Lectores publica su segundo libro de literatura
para niños: La historia del famtasmita de
las gafas verdes. Lo prologa Benjamín Carrión, sentando la afirmación
categórica, él que lamentaba que en América Latina apenas hubiese buena
literatura infantil: “Hernán Rodríguez Castelo ha realizado ya dos pequeñas
obras maestras del relato infantil”. Se refería a Caperucito Azul y al Fantasmita.
Para la académica ecuatoriana Piedad Larrea Borja era un libro “magnífico,
sugestivo, delicioso”, “lleno de episodios de clara poesía”, con pasajes
“de ternura estremecida”, y con hondo abordar de grandes cuestiones de la
existencia humana, siempre amenazada por la muerte (“El fantasmita de las
gafas verdes” de Hernán Rodríguez Castelo, “El Tiempo”, 14 de mayo de
1978). Y el filósofo peruano Francisco Miró Quesada lo saludó como “un
delicioso cuento para niños lleno de encantadora poesía, de finísimo humor y
de profunda sabiduría de la vida” (“De la Academia al lenguaje lisurero”,
“Gente”, 10 agosto 1978). Y añadiría, en otro artículo “Creemos que ha
alcanzado la más alta expresión de su estilo y la conquista más cabal de la
belleza en sus dos deliciosos cuentos infantiles: Caperucito
Azul y El fantasmita de las gafas
verdes” (“Gente”, 14 de septiembre 1978) El más serio estudioso de la
literatura infantil latinoamericana, Antonio Orlando Rodríguez, lo considera un
clásico de la literatura infantil del continente (Panorama histórico de la literatura infantil en América Latina y el
Caribe, Santafé de Bogotá, Cerlalc, 1994). Un año más tarde, como parte de las
celebraciones ecuatorianas del Año Internacional del Libro, el Núcleo del
Guayas de la Casa de la Cultura Ecuatoriana publica El Grillito del trigal y otros cuentos para niños y jóvenes, en
que se recogía el cuento del premio español Doncel y algunos cuentos ya
incluidos en antologías. Al cuento que dio título a la colección, el crítico
cubano Luis Campos lo estimaba el mejor cuento para niños que se hubiera
escrito en el Ecuador. “El grillito del trigal” aparecería en varias
selecciones y más tarde sería llevado al teatro. Fue escrito -lo contó su
autor- en sus días de alumno de la Universidad de Comillas. Varios Congresos de Academias habían notado la
falta que hacía un estudio de las palabras de connotación sexual usadas en el
español actual. Animado por los académicos peruanos Luis Jaime Cisneros,
director de la Academia Peruana de la Lengua, y Francisco Miró Quesada, Rodríguez
Castelo asumió esta tarea, pero no la realizó en una pequeña monografía,
sino en libro amplio y especialmente riguroso: Léxico sexual ecuatoriano y latinoamericano (Quito, Ediciones Libri
Mundi, 1979). En su revisión de los “Libros ecuatorianos del año”, el tan
serio Almanaque Ecuador ´80, le otorgó
el primer lugar. Y académicos de todo el mundo hispánico y lingüistas de todo
el mundo aplaudieron que en un asunto así se hubiera hecho una obra tan
rigurosa. Es mismo 1980 aparece, como se adelantó ya, Literatura
en la Audiencia de Quito. Siglo XVII. “Fuentes de primera mano; buen
aparato crítico; adecuado conocimiento del marco histórico; familiaridad con
los métodos contemporáneos de análisis literario y certera apreciación crítica
hacen de esta obra lo más completo, riguroso y certero que se haya hecho hasta
hoy en torno al XVII de la literatura quiteña”, reseñaba la revista
“Cultura” del Banco Central del Ecuador (agosto, diciembre, abril, 1980). Y en este mismo 1980 Círculo de Lectores
publica otro libro de Rodríguez Castelo, fundamental para la cultura
ecuatoriana y latinoamericana: Lírica
Ecuatoriana Contemporánea, dos hermosos tomos (Quito, Bogotá), que recogen
crítica y pequeña antología de un poco más de un centenar de poetas de dos
generaciones. En el caso de los poetas mayores -destacaba una recensión periodística-
el estudio crítico discurre de obra en obra o de etapa en etapa, estudiando sus
lenguajes, su evolución (“Un gran libro sobre la literatura ecuatoriana
actual”. “Ultimas Noticias”, Quito, 2 de enero de 1980). El libro se
presenta con mesas redondas de poetas en las principales ciudades del país. Ese mismo 1980, con oportunidad de celebrar los
150 años de vida republicana, R. C. publica Literatura ecuatoriana 1830-1980 (Otavalo, Instituto Otavaleño de
Antropología). El libro es saludado como “uno de los más significativos de
estas celebraciones sesquicentenarias
de la República” y se elogiaba: “los juicios críticos resultan rigurosos y
certeros y vienen a confirmar el sólido prestigio de Rodríguez Castello como
crítico, el más sólido en la actual crítica literaria ecuatoriana”
(“Expreso”, Guayaquil, 4 diciembre 1980). Y, para celebrar el día del idioma, Rodríguez
Castelo lanza su bellísimo Por los
caminos del Quijote (Quito, Publitécnica, 1980). “Así como las largas y
deliciosas caminatas de la inmortal novela” -destacaba una nota crítica- las
del narrador y un joven de quince años, en diálogo “desde los extremos de un
americano apasionado por el Quijote y buen conocedor de la novela, y el joven
español que apenas ha dado sus primeros pasos por las páginas del Quijote y
para quien todo resulta nuevo” (“Ultimas Noticias”, Quito, 19 de mayo de
1980) Para este tiempo Rodríguez Castelo ha
abandonado su casa de Quito, situada en la elegante zona de la Mariscal, y se ha
ido a vivir en una comuna campesina en San Juan Bautista de Angamarca, en donde,
nutrido con las vivencias de ese nuevo mundo, ha escrito La
historia del fantasmita de las gafae verdes. Retirado de la cátedra, solo
sale su retiro para breves cursos universitarios y asistencia a Congresos y
otras reuniones nacionales e internacionales. Sus artículos son buscados. Para
la revista Diners de Ecuador escribe una serie de monografías críticas, muy
completas, sobre artistas ecuatorianos. Hasta el número 100 de la revista esos
artículos -que ocupan las páginas centrales- son suyos. En octubre de 1979 va a Bolivia, invitado por
el Instituto Boliviano de Cultura, para la reformulación de la política
cultural del Instituto y, en general, el reordenamiento de las instituciones de
cultura de Bolivia. Su misión, como experto de Naciones Unidas, dura un mes.
Escribe entonces en periódicos de La Paz artículos sobre los más
importantes artistas plásticos bolivianos, a la vez que da a conocer a
escritores ecuatorianos actuales. En agosto de 1981 se celebra en Panamá un
Congreso Internacional por el bicentenario del nacimiento de Andrés Bello. Rodríguez
Castelo concurre como delegado del Ecuador, y, como uno de los temas que trataría
el Ciongreso era literatura infantil, lleva, a modo de ponencia, un libro de 350
páginas, que se iba a convertir en obra clave para la inteligencia de la
literatura infantil en América: Claves y secretos de la literatura infantil y juvenil (Poética,. estética,
retórica y ética) (Otavalo, Instituto Otavaleño de Antropología,
1981).”Es un libro que está escrito no sólo comn un stilo atractivo, sino
con auténtica pasión por el tema” (“El Comercio”, Quito, 25 de agosto de
1981), y la misma nota citaba al autor: “Una auténtica literatura infantil y
juvenil no puede contribuir a la manipulación y domesticación del niño y del
joven. Debe hacerlos humanos, libres, críticos y rebeldes. En un clima de
enorma apertura, de esperanza y de alegría”. Ese ideal de literatura para niños y jóvenes
lo realiza Rodríguez Castelo en sus libros para esos lectores -y a partir de
ellos para cualquier lector sensible- de la década de los 80: Tontoburro
(1983) y Memorias de Gris, el gato
sin amo (1987), al tiempo que el Instituto de Cultyra Hiliar declaraba a su El
grillito del trigal “el mejor libro del año”. Tontoburro
era una parábola sobre la búsqueda
mesiánica de la humanidad a través de la historia. Escribía una crítica:
“El personaje principal es un niño, Juanito, con su camello, quienes recorren
los diversos caminos del mundo y se enfrentan el odio, a la violencia, a la
ternura, a la solidaridad de los hombres. Cuando tras un sinnúmero de obstáculos
y peripecias y momentos en que ronda cerca el peligro de muerte, encuentran a
TONTOBURRO parece que la tierra toda se volcara a la alegría. TONTOBURRO llega
y es como si llegara el sol con todo su esplendor, la primavera con todos sus
colores, el amor con todas sus dulzuras, es decir, se inicia otra etapa para la
humanidad” (“Meridiano Cultural”, Guayaquil). En 1983 se funda en Guayaquil el diario
“Meridiano” y este encarga a Rodríguez Castelo la publicación de un
suplemento infantil semanal, una revista tabloide a todo color. En esta revista,
que pasa del medio centenar de entregas, presenta los más hermosos cuentos del
mundo y las más bellas poesías de la lengua, con notas biográficas y críticas
al alcance de los niños. Y él mismo comienza a entregar a los niños, por
entregas, una pequeña novela. Así nace Memorias
de Gris, el gato sin amo. Y también, en pequeños capítulos, a modo de
cuentecitos, escribe Bolívar contado a
los niños. En 1985, el Papa Juan Pablo II visita el
Ecuador, y en su homenaje se organiza la gran muestra temática “Arte sacro
contemporáneo del Ecuador”. Para iluminar el tema Rodríguez Castelo publica Arte
sacro contempporáneo del Ecuador (Guayaquil,
Cromos, 1985), en que estudia lo sacro contemporáneo, el arte sacro contemporáneo
y el arte sacro contemporáneo del Ecuador. Ese mismo año Círculo de Lectores encarga a
Rodríguez Castelo, que ha sido designado su asesor literario, la dirección de
la pequeña colección “Joyas de la Literatura Ecuatoriana”. Uno de esos volúmenes,
hermosamente editados, es una amplia y crítica Antología de la poesía ecuatoriana (Bogotá-Quito, 1985). Rodríguez
Castelo, además, prologa algunos de esos volúmenes. En 1982 participa en Berlín en el II Festival de las
Culturas Mundiales, “Horizontes 82”, y en el 83 en el Coloquio Internacional
de París “Littérature et Pensées contemporaines en Amérique Latine et aux
Caraibes: conservation, diffusion et editions critiques de manuscrites”. Dicta en la Unesco la conferencia “El arte
ecuatoriano contemporáneo: 1968-1983”. En 1985 asiste al Congreso de
Academias de la Lengua, en Madrid, y presenta una ponencia sobre el español y
los medios de comunicación, que era el tema del Congreso. En junio de 1989 es
jurado de la II Bienal Internacional de Pintura de Cuenca. Dirige la creación de la red de bibliotecas
populares del Sistema Nacional y elabora el listado de libros que tendrán. El
ambicioso proyecto aspira a crear, inicialmente, 400 bibliotecas en todo el país. Y en torno a estos empeños por hacer lectores
en el mundo americano la guías de lectura iniciadas en España con la de la
Revista Educadores alcanzan su realización definitiva: los dos grande tomos de El
camino del lector. 2600 libros de narrativa. Catálogo selectivo, crítico y
comentado de lecturas de placer y diversión. Por niveles de edad, desde los
primeros pasos del lector hasta la madurez del lector juvenil (6 a 18 años) según
categorías literaria y psicológicas. (Quito, Banco Central del Ecuador, 1988).
Se la reconoció como “la guía de lecturas (de carácter recreativo) más
completa que se haya hecho en español”, y un crítico comentaría que se
trataba de una verdadera panorámica de la literatura universal, solo que con
este original y pedagógico ordenamiento. Rodríguez Castelo se ha desvinculado de
cualquier universidad o colegio, pero multiplica cursos de redacción periodística
en varias ciudades del país, organizados por colegios de periodistas, gremios y
universidades. Para guiar a los aprendices de periodistas en el que R. C. dice
es el instrumento principal de su trabajo publica, en el Centro Internacional de
Periodismo para América Latina (Ciespal) -del que es profesor invitado-, Redacción
periodística. Tratado práctico (Quito, Ciespal, 1988), que se convertirá
en texto de universidades e indispensable auxiliar de comunicadores de Ecuador y
América, En 1990 la Internationale Jugendbibliothek
incluye, “debido a la calidad literaria”, en su lista de “White Ravens” Caperucito
Azul, La historia del fantasmita de
las gafas verdes y Memorias de Gris,
el gato sin amo. Con esa recomendación, como obras de interés universal,
se exhiben en la Feria de Bolonia. Como reconocimiento a sus obras de historia de
la literatura ecuatoriana, Rodríguez Castelo es elegido Miembro de la Academia
Nacional de Historia. Su discurso de Ingreso tiene como asunto “La literatura,
iluminación profunda de la historia”. Para celebrar el quinto centenario de la
primera gramática del español, publica La
Gramática Castellana de Antonio de Nebrija (Quito, Corporación Editora
Nacional, 1992). Siguen años con numerosas empresas culturales
y decisiva presencia en la cultura ecuatoriana. Con importantes obras responde a
necesidades y urgencias de esa cultura. Así el Diccionario Crítico de Artistas Plásticos del Ecuador del siglo XX (Quito,.
Casa de la Cultura Ecuatoriana, 1992), que, años más tarde, agotada la edición,
con decenas de artistas más y nuevos textos críticos se transforma en el Nuevo
Diccionario Crítico de Artistas Plásticos del Ecuador del siglo XX (Quito,
Centro Cultural Benjamín Carrión, 2006) o el Panorama
del arte (Quito, Biblioteca
Ecuatoriana de la Familia, 1993), que presenta, de modo acequible a amplios públicos
el arte ecuatoriano desde la prehistoria hasta el presente. Pero la tarea a la que dedica la mayor parte de
su tiempo y laboriosas búsquedas en el país y el exterior es la continuación
de su ambiciosa Historia General y Crítica de la Literatura Ecuatoriana. En
2002 aparece la tan esperada IV parte: Literatura
en Audiencia de Quito. Siglo XVIII (Quito, Consejo Nacional de Cultura -
Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo de Tungurahua), 2 tomos, con 1600 páginas.
Escrita con brillantez ensayística la obra devuelve al país la grandeza de su
siglo XVIII, y es recibida como aporte fundamental para el conocimiento del
pasado nacional. Historiadores de toda América se interesan por el libro, que
pese a su volumen y seriedad., se agota en pocas semanas. Se otorga al libro el
premio “José Mejía” al Mejor Libro de Historia del Año. Rodríguez Castelo sigue trabajando esta gran
Historia. Ha anunciado la inminente aparición de la parte V, que abarcará el
período 1800-1860, es decir, la independencia y el período fundacional de la
República. El Municipio de Quito le concede el recién
creado premio “Aurelio Espinosa Pólit” “destinado a personalidades que se
hubieren destacado en el mundo de la literatura”. Y no se ha olvidado de su público predilecto.
En 1993, Susaeta le publicó Historia del
niño que era Rey y quería casarse con la niña que no era reina (Medellín,
Susaeta Ediciones, 1993); en 1996 publica La
maravillosa historia del cerdito y otras historias no menos maravillosas(Quito,
Libresa); en el 2004 aparece El aprendiz
de mago y el Reino delos Poderes (Quito, Radmandí), que transmuta la árida
ortografía de tildes en juego y magia, y en el 2007 vuelca lo mejor de su
contacto con la naturaleza que rodea el hermoso pueblo de los Andes en que vive
en El libro del Ilaló (Quito, Casa de
la Cultura Ecuatoriana). A los más pequeñitos les entrega Historias de Dorado y Sebastián (Quito, Libresa, 2001). Y a los jóvenes,
Bolívar contado a los jóvenes (Quito,
Librsa, 1996). Y, para celebrar el tercer centenario de Perrault, tradujo sus
cuentos y los introdujo con larga presentación del autor, sus cuentos y su
tiempo: Charles Perrault (Quito,
Libresa, 1997). Y ha volcado su pasión de lector de literatura
infantil y de animador a que otros accedan a tan fascinante territorio en el
hermoso ensayo El fascinante mundo de la
literatura infantil y juvenil (Quito, Campaña Nacional Eugenio Espejo por
el libro y la lectura, 2007), en el que nos ha dado, además, su traducción de
“La bella y la bestia”, “El gato con botas”, “Hansel y Gretel” y
“El Príncipe Feliz”, cuatro de sus cuentos preferidos. Y el 2008 ha sido otro año de grandes libros
nuevos de Rodríguez Castelo: El
gran libro del desnudo en la pintura ecuatoriana del siglo XX (Quito,
Ecuasanitas), Benigno Malo, el hombre y el escritor (Cuenca, Universidad del
Azuay), Leonardo Tejada (Quito, Banco
Central del Ecuador), Francisco Javier
Aguirre Abad, el hombre y el escritor (Quito, Academia Ecuatoriana de la
Lengua), Osvaldo Viteri (Quito, Libri
Mundi). Y está a punto de aparecer el libro dedicado a quien fuera el primer
lexicógrafo ecuatoriano y el primer director de la Academia Ecuatoriana, Pedro
Fermín Cevallos, primer tomo de una Biblioteca de Lingüística Ecuatoriana de
la Academia Ecuatoriana. La obra del lingüista, en edición crítica e
introducida por estudio de 180 páginas, que el director de la Academia, Dr.
Carlos Joaquín Córdova, estima el más brillante estudio de lexicografía
ecuatoriana. En el año 2012, la Universidad Central del
Ecuador le concedió un Doctorado Honoris Causa, por todos sus aportes al mundo
de las letras; y la Fundación FIDAL le otorgó el Premio a la Excelencia
Educativa, 5to Concurso. |
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