Hernán Rodríguez Castelo

Escritor, historiador de la literatura y crítico de arte

 


Volver a la Portada

Un siglo de libros

un libro completo

Creación

Literatura infantil y juvenil

Historia de la literatura ecuatoriana

Crítica de arte


 

BIOGRAFÍA

LIBROS PUBLICADOS

COMUNICADOR

IDIOMA Y ESTILO

TARJETAS AMARILLAS

GALERÍA

 

Contactos y correspondencia

Av. NNUU 120 y Amazonas, torre C del CCNU. Piso 12 Telf. 593 2 2257452 Quito-Ecuador

Enviar correo electrónico asigridrodriguezc@yahoo.com con preguntas o comentarios sobre este sitio Web.
Copyright © 2008 Hernán Rodríguez Castelo

 

 

¡Ahora digitales!

El gran libro del desnudo ecuatoriano

 

TONTOBURRO


Quito y Cádiz,    Mejía y las dos constituciones

Charla en el Congreso por el Bicentenario

de la Constitución de Quito, 14 de febrero 2012

 


A propósito del libro Manuela

Manuela en la Casa

Colección Bicentenario

 

De venta en la librería de la CCE y con el autor

 

Video y Galería de fotos

 

Comentarios:


Sobre literatura infantil y juvenil

Análisis de las obras clásicas de la literatura infantil y juvenil

Edición: Universidad Técnica Particular de Loja. www.utpl.edu.ec

Libro manual que da herramientas al maestro y maestra o promotor de lecturas que le permitan llegar al conocimiento y valoración e inteligencia de los textos destinados  a los niños, para generar las destrezas de análisis y crítica de esos textos.

Los cuentos más bellos del mundo

Edición: Universidad Técnica Particular de Loja. www.utpl.edu.ec

Libro en el que se hace el análisis de cinco cuentos para niños que pertenecen al patrimonio de la humanidad: Cenicienta o el zapatito de cristal, de Charles Perrault (1628-1703); Hansel y Gretel, de Jacob y Wilhelm Grimm (1785-1863/1786-1859); Bella y bestia, de Jeanne Marie Leprince de Beaumont (1711-1780); La Sirenita, de Hans Christian Andersen (1805-1875); y, El Príncipe Feliz, de Oscar Wilde (1854-1900).

 

Relectura de Benjamín Carrión

Texto de análisis literario

La hora fundacional

A sus veintinueve años, el lojano que, aprovechándose de un consulado -en  el Havre-,vagabundeaba literariamente por Europa -“me ha inquietado con sus apariciones y desapariciones súbitas. Ya en una esquina de París, ya en una revuelta de Madrid, ya en un vico de Génova”, escribía por esos días Ramón Gómez de la Serna”- visita a hispanoamericanos -él aborrecía por entonces lo de latinoamericanos- que en sus retiros europeos -mitad remansos, mitad destierros- rumian fecundas ideas sobre América y construyen generosas utopías para este continente que veían como una gran promesa. En Ruan, la “capital de la ruda y vieja Normandía”, que dice el reportero de americanidades, al maestro Vasconcelos; en Niza, en villa clara y luminosa, junto al mar, a Manuel Ugarte; en Couilly, a cuarenta kilómetros de París, en rica mansión castillada, a Alcides Arguedas. Con los tres, más Francisco García Calderón, el peruano parisino, a quien halla en sus libros, Benjamín Carrión arma su primer libro, el que será su carta de presentación ante Europa y América, que titula Los creadores de la nueva América.  

            Acaso el título debió ser, más exacto y sustancioso, los fundadores. Y ese libro fundacional lo fue también de pensamiento, actitud vital y estilo -espíritu en suma- de Carrión.  

            Sería el ensayista roturador de caminos para los pueblos de América en una hora decisiva del mundo. Entraría en esa que calificaba de “alta y fecunda estirpe de ensayistas hispanoamericanos”. En nota, tan significativa como todas las que había puesto para la reedición de 1981 de su Creadores -tanto más significativas cuanto menos necesarias-, confesaría: “El autor ha mantenido que en ensayo, de tipo latinoamericano, es acaso la única línea de autenticidad y de originalidad ofrecida por América Latina a la cultura humana. He sostenido que, en novela, llevamos durante años la librea de lo romántico, a cuarenta años de distancia de la aparición de los grandes brotes románticos en las literaturas europeas; luego, seguimos las trazas del señor de Balzac; hoy, estamos irrumpiendo valerosamente, en los predios de Joyce, de Proust, de Lawrence, de Faulkner... En poesía solamente a partir de Vallejo, y con un nombre grande, el de Neruda. Pero el ensayo latinoamericano es el que han creado escritores como José Carlos Mariátegui, Martínez Estrada, Silva Herzog, José Antonio Portuondo: interrogadores de nuestras esencias y nuestra realidad, para encontrar nuestros caminos”[1]. Y en su Creadores, que, acaso a su pesar ha debido reducir a cuatro -prometía seguir la serie-, una y otra vez dibuja el retablo de ese ensayo americano roturador de caminos:

                          Rodó predicaba un suave idealismo; Bunge penetraba en la entraña de  nuestra psicología social, planteaba y resolvía problema educacionales;   Ingenieros, además de sus estudios penales, sociales, filosóficos, definía el alcance del hispanoamericanismo; García Calderón propugnaba, serena y  reflexivamente, desde su alto mirador europeo, la comprensión y el acercamiento de las patrias latinas, “hijas espirituales de Francia”; Carlos Arturo Torres  combatía el fetichismo político, “los ídolos del foro”; Ugarte predicaba el evangelio de la unión hispanoamericana  para detener los avamces arrolladores del   imperialismo sajón; filosofaba Vaz Ferreira; iniciaba su hermoso apostolado  Alfredo Palacios;  hurgaba en la historia -terrible enemigo de lo incomprobado- Carlos Pereira. Y Ricardo Rojas, Varona, Antonio Caso, Henríquez Ureña,  Blanco Fombona, García Godoy y muchos aún, trabajaban, profesaban, ideaban[2]

              El Carrión de Creadores quiere tallarse su nicho en el retablo ilustre, hacer oír su voz  en ese concierto, en que “mi país, el Ecuador, ensimismado en su pasado ilustre, no tuvo represesentante” [3]. ¿Y qué iba a decir a América, de América, en su ensayo? Ese era el reto, el primer gran reto que en su trayectoria se propondría.

              Comienza a responderlo en diálogo con esas cuatro grandes voces americanas en Europa, cuyo mensaje quiere subrayar ante el pensamiento europeo y hacerlo escuchar por las inteligentias de las patrias americanas. Resumiendo el pensamiento de los grandes ensayistas seleccionados -con selección un tanto circunstancial- el comentario será suyo; adhiriéndose fervorosamente o matizando y hasta, brevemente, discrepando, empezará a dar su propio pensamiento, a forjar su propio proyecto político, con la forma libre y brillante del ensayo.

              En la filosofía de Vasconcelos halla “nuestra filosofía”, “la filosofía de los pueblos nuevos y mestizos, la optimista filosofía del trópico occidental hispanoamericano”. Pero el gran mexicano no es solo constructor de ideologías y sistemas; es, además, “un animador, un filósofo que quiere la vida de su filosofía”. Y Carrión deja fluir su admiración por la obra de impulsor de la educación y la cultura del joven ministro en su período de gobierno. Fue, dice, Civilizador -con mayúscula-, que enseñó a leer a un pueblo. Y contribuyó al ennoblecimiento  del trabajo manual. Y promovió la ciencia. Y las artes. Y la pintura: a él se debió el poderoso brote del muralismo. Y la música. Y el deporte, con sus estadios... Realizó “una de las obras civilizadoras más formidables de los tiempos modernos”.

              Así dio Carrión con un primer gran proyecto: un proyecto político centrado en la cultura. Recordó aquello de Ortega y Gasset de que “las naciones se forman y viven de tener un programa para el mañana”, “un proyecto sugestivo de vida en común”, y dijo de su “creador”: “Ese programa para el mañana, ese proyecto sugestivo de vida en común de los países de Hispanoamérica, lo encontramos recogido, precisado, dotado de virtualidad dinámica, de invencible atracción, en la teoría de José Vasconcelos, que es fórmula escrita del ideal viviente”. Y la nota al pie que puso a aquello, con destino a la publicación de Los creadores de la nueva América, en el tomo I de unas Obras Completas que la mezquindad de quienes le sucedieron en la Casa de la Cultura había ido difiriendo con los más ruines pretextos y acabaría apareciendo póstumo, resulta una suerte de balance y testamento: “En toda mi obra posterior, he tratado de sustentar, como lema nacional, como “proyecto sugestivo de vida en común”, el lema CULTURA Y LIBERTAD, demostrado por nuestra historia” (33).

              Repasó después la filosofía del maestro mexicano siguiéndolo a través de La raza cósmica e Indología, y concluyó: “Vasconcelos encarna pues, en este momento, el ideal totalizado, armónico y preciso y predica la filosofía tonificante y exaltadora de los pueblos nuestros”. Esta lectura del pensamiento del maestro mexicano invita a precisar un nuevo rasgo en la relectura de Carrión: su optimismo frente al destino de nuestros jóvenes países. Recuerdo que en una de mis periódicas visitas -en que el tema preferido eran libros, comenzando por los nacionales últimos- Benjamín me comentó el que acababa de aparecer, Entre la ira y la esperanza: “Demasiada ira y muy poca esperanza”. Ese fue todo su comentario. Y se inscribía en esa tónica espiritual que había construido, sólida, inamovible, desde la hora fundacional de sus Creadores.

              En Manuel Ugarte, el argentino de esta galería mínima de maestros, casi de entrada volvió a exaltar ese espíritu: “Es ante estos hombres viriles y optimistas, profetas de utopías si se quiere, pero de utopías vivificantes y esperanzadoras -Ugarte, Ingenieros, Vasconcelos- que se comprende y se siente la fuerza de verdad de nuestros pueblos” (64).

              Halla Carrión en Ugarte la pasión y la carga a cuenta propia: “Jamás he creído yo que la ausencia de pasión sea un elogio para un combatiente, para un constructor, para un mantenedor de ideales” (82). “El razonamiento frío, la rigidez del análisis jamás generaron la acción gloriosa, el paso genial, el salto heroico, en el sentido carlyliano y en el otro, en el grande”. Y otra vez, al pie, la confesión con tono de balance final: “El autor ha mantenido, casi en forma obsesiva, la temática del apasionamiento en todos los órdenes de la conducta humana. Ha combatido a los pontífices de la frialdad, a los hombres sesudos, que es una fauna peligrosa, porque casi siempre encubre su serenidad a los que luchan por la libertad o la justicia. La resignacióin, el conformismo son las fórmulas conducentes al eunuquismo, a la esterilidad” (83).

              Ugarte, con esa pasión de “los iluminados geniales”, ha dibujado en el horizonte “la patria totalizada, la “patria grande”, del Río Bravo a la Tierra del Fuego”, y ha llamado a defender esa civilización nuestra, “que crece bajo el signo luminoso de la latinidad”. El enemigo, ha denunciado, está allí, cerca, poderoso y terrible: los Estados Unidos de América del Norte, que el pensador argentino ha presentado con estadística minuciosidad y múltiples comprobaciones, en toda su formidable potencia.

              Ugarte ha sido crítico. Ha hecho crítica de nuestros vicios, de nuestras “enfermedades sociales” sin ese como “pudor femenino” de publicistas, en páginas de crudo verismo, de desnudez, de transparencia. Pero en él ha sido la destrucción para la construcción. El sacudón de alerta, porque frente a la América rubia, “orgullosa, imperialista”, rica, está una América Latina “desorientada aún, perdida en riñas domésticas, ensayando tiranías, copiando cesarismos” (66). Su El Porvenir de la América Española ha sido “un grande, tremendo grito de alerta. Su autor se ha propuesto poner en guardia a todo un continente y ya la actitud misma es un magnífico acto, dice el espíritu fervorosamente americano de Alcides Arguedas” (78).

              Carrión tomará en sus manos la antorcha encendida por espíritus tempranamente alertas como Ugarte, y una de las constantes de su prédica será esa afirmación y defensa de lo latinoameriocano frente a la potencia imperialista y sus desvergonzadas intervenciones. Nunca se exaltaría tan noble y apasionadamente ese sentimiento como cuando todos los latinoamericanos de verdad debieron ponerse junto a la Cuba de la Revolución frente a la desafiada prepotencia yanqui.

              También en el peruano Francisco García Calderón halla un personaje apasionadamente interesado por las cosas de América, con una interrogación sobre el hombre nuevo llena de esperanza.

              Desde su elevado sitial entre los pensadores hispanoamericanos y una “cima de universalidad cultural”, García Calderón se ha convertido, piensa Carrión, en el orientador de las juventudes latinoamericanas a través del pensamiento contemporáneo, “vasto, inconexo, desorientado”. Ordena sus obras en dos vertientes: las que muestran Europa ante América, y las que muestran América ante Europa. De las primeras dice, con palabras de Gonzalo Zaldumbide, en quien Carrión elogia “admirable de precisión y de justeza”: “Sus libros, breves sumas precisas y urgentes, apretados haces de cosechas desbordantes, llegaban a América cargados del pensamiento de Europa”.

              Pero, cuando el pensador peruano en su visión de la problemática europea de la guerra y el armisticio llega a Wilson, lo exalta como represenante de un “cristianismo fundamental”, y afirma que en el nuevo continente existe un enemigo natural de ese wilsonismo “cristiano”: Chile. Y Carrión se ve obligado a disentir. “¿Existen en América países enemigos del panamericanismo?”, se pregunta y responde lapidario: “Este momento, la opinión es unánime: todos”, y lo sustenta con intencionadas preguntas: “¿Acaso por falta de cumplimiento del ideal wilsoniano? ¿Acaso, más bien por un rudo proceso de resuelta aplicación de ese ideal? ¿Un hipercumplimiento del mismo? ¿México, Nicaragua, Panamá, Cuba, Haití?”. Lo cual equivalía a tachar a su “creador” de iluso y falto de perspectivas históricas americanas.

              ¿Y de nuestra América, qué decía García Calderón? Le Pérou Contemporain es obra, falla Carrión, de propaganda patriótica, que no perdona ni los pujos de expansionismo peruano (“En su primera página hallamos una carta geográfica con un Perú visto con lentes de gran potencia, en el que se encuentran comprendidas cuatro quintas partes de la República del Ecuador... y una buena parte de Colombia”). Y halla Carrión, certero, que “es un libro escrito bajo el influjo del espíritu político europeo de la década anterior a la conflagración”. De allí esa alianza del Perú con Bolivia y la Argentina, que propone como “condition de l´equilibre americain”.

              Les démocraties latines de l´Amerique le parece a Carrión -tras el disgusto que a su sentimiento americanista debió haberle causado Le Pérou Contenporain- el libro central de la obra americanista de García Calderón, lo mejor que se haya hecho “como monografía del nacimiento, la evolución y el porvenir de la América Española”. Las bases étnicas, las luchas por la independencia -en donde Carrión destaca la justicia que se hace a Bolívar, “grande entre los grandes”-, el pretorianismo ambicioso y en la actualidad “las dictaduras, las tiranías, las autocracias grotescas que hoy dominan en la gran mayoría de nuestros países”. El panorama político que presenta García Calderón le parece a Carrión “nada satisfactorio”. Para el pensador peruano, los regímenes del primer siglo de independencia pueden encasillarse en “caudillismo”, “principio de autoridad” y “anarquía política”. ¿Comenzaba a perturbar la ecuanimidad de las síntesis históricas a  que el libro de García Calderón le incitaba la figura grande y tremenda de García Moreno?

¿O solo era el rechazo, que en él siempre fue total, de Rosas o el doctor Francia, en este segundo caso mucho menos justificado que en el primero? En lo intelectual “se siente la tierra más firme”, afirma, ya tranquilizado el apasionado glosador: “Los ensayistas tumultuosos, los grandes panfletarios, mezclando siempre la literatura a la política, románticos, idealistas, combativos. Los literatos luego, los cronistas, los novelistas, los poetas. Y finalmente el cuadro del pensamiento filosófico  ilustrado con figuras nobles y severas” (115).

              El horizonte histórico -desde las raíces- y el horizonte cultural -hasta un hoy, del que Carrión se constituiría en el más autorizado vigía- serían temas privilegiados de la escritura de Benjamín Carrión. Historia y literatura como claves para comprender el ser americano. Ni historia por voluptuosidad histórica o fervores de erudito -que Carrión siempre desdeñó-, ni crítica literaria como puro ejercicio académico -y menos sistemático, con despliegue de instrumental al día-: en Carrión, desde esta hora fundacional, grandes revisiones históricas y valoraciones críticas serían caminos hacia la comprensión del ser nacional y miradores hacia el futuro, hacia lo que debía ser y debía hacerse. Las démocraties de García Calderón, más que suma definitiva, le fue incitación y reto.  

            El libro de García Calderón que llena a Carrión es La creación de un continente. “Es más sincero -elogia-, porque tiene un sentido de interiorización, de adentramiento en nuestra verdad americana, para descubrir los caminos que debe seguir”. Su motivo central es la unificación hispanoamericana, sostiene la existencia del “americanismo” del sur, condena el nacionalismo fraccionador. Y es -cosa que llenaba especialmente a Carrión- optimista y esperanzado. “Comparando los dos términos de la evolución centenaria, el confuso origen y la actual robustez, los progresos de un siglo de vida autónoma son un hermoso canto de victoria”, ha escrito el autor de este libro “tónico, esperanzado y generoso”.

              En Arguedas, se enfrenta con Pueblo enfermo, “el libro más patriota, por rudamente sincero, que se ha escrito en América”, que “supo decir verdades sonoras como bofetadas, en la cara de una sociedad, de una política, de una dirección nacional desorientadas” (129).

              Halla Carrión al presentar a su último “creador” otra incitación para su obra propia de iluminador y constructor: la crítica certera, penetrante, dura, de la realidad latinoamericana y nacional. Y antes de abrir el libro del boliviano evoca, breve pero magistralmente, a Joaquín Costa, “sin duda alguna, entre los intelectuales españoles e hispanoamericanos contemporáneos, el precursor de la literatura social que preconiza la “política quirúrgica”, precedida de un profundo, de un audaz y sincero diagnóstico, que no oculte ni aminore -en obsequio de un pseudo patriotismo- los horrores patológicos del “Caso nacional” (130). Y en América halla otro de estos profetas de palabra cauterizadora: Juan Bautista Alberdi, “verdadero precursor en la obra espíritual de construir nuevas patrias y la gran patria total hispanoamericana, sobre la base de decir la verdad, toda la verdad, con indómita franqueza, sin lisonjear patriotismos chicos, y con la visión neta de todos los aspectos de la realidad que, en países infantes, en plena crisis de construcción, de conquista, de afirmación de su personalidad, tiene que ser oscura, vacilante, desorientada en veces” (131).  

            Arguedas, reseña Carrión, comienza por el medio físico, esa inmensa soledad helada y gris que ha aplastado al indio boliviano; la región amazónica, “cálida, enfermiza, feraz”; y la minera. En ese territorio inmenso, capaz de acoger holgadamente cien millones de habitantes, viven dispersos, sin vías de comunicación, sin salida al mar, dos, el pueblo boliviano, el “pueblo enfermo”. La decadencia de ese pueblo radica, para Arguedas, en la falta de mestizaje, del aporte de otras razas “fuertes, sanas y cultivadas”. Y piensa que el indio, el Aymará “tosco y hermético”, está llamado en breve a desaparecer derrotado por el suelo estéril. Visión tan desoladoramente pesimista del indio es cosa que a Carrión perturba, y busca en las páginas de Arguedas lo positivo y esperanzador, y da con algo y concluye: “Acojámonos con el autor de “Pueblo enfermo”, a la esperanza en los milagros de la educación, en la taumaturgia de la justicia, todos los que en ningún momento hemos perdido nuestra fe en ellos” (139). De todos modos, en nota para la edición de 1981, confesaría: “Es la gran falla de Arguedas la subestimación del indio”. (Recuérdese, para algún descargo del autor boliviano, que Pueblo enfermo se publicó en 1909. Ya para Raza de bronce, de diez años más tarde, la visión del indio tendría otra tónica, y Carrión lo señaló).

              La ley ha de roturar el camino para el resurgimiento indígena y su nivelación con todos los grupos sociales. Después lo hará la educación. Al tocar el tema educación -como antes sucediera con la cultura- Carrión se emociona. Comienza por tocar la cuerda optimista: “Existe ya en nuestros países, el espíritu americano fuertemente dirigido hacia la educación, la gran taumaturga de la democracia”. Pero luego pone sordina: la educación requiere clima de libertad, y las pobres patrias americanas “se han puesto a creer, y lo que es peor aún, a copiar lamentablemente actitudes cesaristas”. Y pone a cuenta del haber los grandes casos de constructores que hicieron obra de educación: “Solo cuando hombres de pensamiento y virtud, constructores de pueblos han llegado a la dirección gubernativa -el caso Sarmiento, el caso Rocafuerte, el caso Vasconcelos- o cuando los gobernantes de buena voluntad prestan oído a las voces de opinión honrada,y conciben el gobierno como algo más noble que la politiquería y el gendarme, se ha hecho obra de educación en nuestras patrias” (144).  

            Sintoniza después Carrión con la denuncia que hace Arguedas del patriotismo como “morbosa manera de ver, de amar y de presentar la patria”. “En ese punto -dice- es donde se halla toda la razón del ser del libro”. Para ese “patriotismo”, “la historia de la patria -esta es cita de Arguedas-, es una gloriosa cadena, jamás interrumpida, de hechos incomparables, de grandes triunfos, de derotas que son gloriosas o de derrotas espartanas”. El territorio de la patria es el más bello; su cultura, insuperable; el pueblo de la patria, el más heroico. (Y Carrión ironiza en paréntesis: “Cada patria hispanoamericana tiene el “primer” poeta del continenente, el primer escritor, la mejor universidad”). Se da, resume Carrión, en aparentismo, “que es acaso la enfermedad social generadora de mayor y más grave infecundidad colectiva”; el aparentismo que no acepta crítica, “que excomulga y condena, proscribe y declara antipatriota a aquel que se atreve a decir la verdad, un poco de verdad, con la fe de que solo la visión neta y precisa del dolor, del extravío, de la desorientación nacional puede iluminar los caminos del porvenir” (149).  

            La pasión que se siente  en estos pasajes, en que la glosa se confunde con la proclama propia, nos hace sentir ante otro nervio del programa de Carrión, fraguado en estos diálogos con esos grandes constructores de lo americano. Debo confesar que apenas habré dado con otro ecuatoriano con mayor amor a la patria. Todo lo perteneciente a la sustancia de la patria lo exaltaba; victorias y triunfos ecuatorianos, aun minúsculos, lo alegraban. Y por las afirmaciones de la patria hacía lo que fuese. Siempre recordaré su viaje a Lima para conseguir el voto peruano para la candidatura de Galo Plaza para la secretaría de la OEA.  Ni Plaza ni, peor, la OEA, debían entusiasmarle mucho. Pero para él la cosa era que un ecuatoriano ocupase tan alta posición panamericana. Aquello no lo entendieron dos miembros de la junta directiva de la nueva Casa de la Cultura, que se lo reprocharon airadamente, en sesión dramática que terminó con el abandono, hasta de la misma Casa, de aquellos intelectuales más intransigentes -y acaso más coherentes-, Manuel Agustín Aguirre y Agustín Cueva. Pero Carrión rechazó siempre, fiel a estas tempranas protestas de su Los creadores, el aparentismo. Para su optimismo y su fe en los destinos nacionales nunca necesitaría la mentira. Hallaría que en la patria ecuatoriana había mucho de verdadero, sólido, consistente, que exaltar, y emplearía su prestigio latinoamericano para llamar la atención de América y el mundo hacia ello. Esa sería la verdadera clave de su acción en la Casa de la Cultura.

              No continuaría Carrión con el retablo de grandes “creadores” de la nueva América. Su siguiente libro, apenas dos años más tarde, presentaría otras figuras latinoamericanas. Pero serían escritores, y quien se acercaría a ellos sería el crítico literario. Sin embargo, esa nueva pequeña galería -Teresa de la Parra, Pablo Palacio, Jaime Torres Bodet, el Vizconde de Lascano Tegui, Carlos Sabat Ercasty- se cerraría con otro gran constructor de lo americano, José Carlos Mariátegui. En el primero de sus textos, que antecede al ensayo que Carrión le dedica, está la palabra clave: “Mi volutad es afirmativa, mi temperamento es de constructor”, y en el párrafo inicial del ensayo se afirma que Mariátegui “representa una fuerza de crítica y construcción, de acción y sugerencia, de apostolado y de batalla que hacen de él, incontestablemente, uno de los jefes espirituales de la América moderna en la lucha por desentrañar la auténtica realidad de nuestros pueblos y construir su personalidad, estructurarlos para la vida política, económica y social, de acuerdo con su ideal y su verdad”[4].  

            En extremo sugestivo hallar a Carrión en su segunda obra, acaso contrariando espectativas, en plena tarea crítica. Preguntado alguna vez acerca de cuál era el libro suyo que más le gustaba, respondió: “Creo que de crítica el “Mapa de América” [5]. Así que ya tenemos a Benjamín Carrión haciendo su mejor obra de crítica en esa hora fundacional en que trazaba direcciones sobre su carta de viaje.

              En aguda, generosa y libre silueta preliminar, Ramón Gómez de la Serna a quien apuntaba era al crítico: “Si se pudiera decir de un escritor que tiene figura de crítico, cara de crítico, modales de crítico, modo de andar de crítico, eso se podría decir de Benjamín Carrión”[6]. Pero era un crítico muy especial. Tanto que incitaba a hacerse esa pregunta que inquietaba a Ramón: “¿Pero qué es lo que tiene de extraordinario este crítico sagaz?”. Extraordinario o no, tenía una personalidad crítica a la que nunca renunciaría. El mismo se sentía obligado a adelantarlo al lector: “En estos ensayos de incursión a través del espíritu ... no he querido seleccionar sino preferir. La selección, de orden intelectual, es sistemática, clasifica. La preferencia, más bien intuitiva, es del orden de la sensibilidad, del orden del gusto”[7].

              El ensayo sería la forma, el empaque y el espíritu -la decisión ensayística venía, lo sabemos, de atrás, de los Creadores de la nueva América-. Y más que la inteligencia sistemática, funcionaría la sensibilidad y el gusto. Sería ejercicio de respuesta a la incitación estilística del criticado; crítica de sintonizar y saborear. Saborear, que tiene la misma raíz de sabiduría: el latín sapere. “Se debe bendecir la voluntad de gusto”, diría Carrión, y horas de gustar presidirían su mapa -o primera parcela de mapa que se anunciaba mayor.

              Fue crítica de la afirmación rotunda, de esas en que el crítico se juega entero y en los mesurados y calculadores nunca llega a darse. Proust es “el escritor más grande de la Francia contemporánea, acaso el único verdaderamente genial” [8] (Ojo a la fecha de tan rotunda, cuanto certera, apreciación: 1930. ¿Alguien lo había dicho ya?). Ponderando la ironía de Teresa de la Parra, “tan sabiamente agazapada entre una ingenuidad traviesa”, dice de la de Eça de Queiroz: “tan honda, tan humana, tan ágil, quizás no igualada por ningún otro escritor de ninguna otra literatura moderna -sin excluir a France y Bernard Shaw-, en el autor de La ilustre casa de Ramírez, que es, para mí, un arquetipo de novela” [9]. (Aquí la rotundidad del juicio se tiempla con el “quizás” y el “para mí”). De Teresa de la Parra destaca “la potencia de evocación, la plasticidad del relato, acaso por nadie superada en nuestras tierras, es sorprendente”[10]. En Pablo Palacio pondera, con la justificada ufanía del descubridor y coterráneo, “sus poderosas facultades de análisis psicológicos -no superadas por nadie en la literatura joven hispanoamericana-”[11]. Y de Gide dice este fino catador de la literatura francesa del momento que, “además de llevar el análisis interno a límites morbosos, es quizás el más puro y noble esteta de los tiempos actuales”[12].

            Así de absoluto en señalar esos puntos más altos de la creación literaria europea y americana, se atreve con las grandes síntesis panorámicas. Pintando la escenografía para Torres Bodet se refiere a “las características primordiales de la tradición intelectual francesa, que pueden confundirse con el ideal clásico: anhelo de perfección, medida, claridad, sentido del matiz”; al mexicano le falta acaso “la agilidad del espíritu, esa apariencia de frivolidad que hace a los franceses acercarse a las grandes verdades del conocimiento o de la sensibilidad, avec le sourire[13]

              En los encomios siempre acierta; la generalización, en cambio, le hace dar en violencias poco felices. Sienta que la literatura americana es principalmente auditiva, y no exluye ni a Larreta. ¿Auditivo más que visual el autor de ese prodigio de plasticidad que es La gloria de don Ramiro?  

            También en cuanto al estilo esta hora fundacional lo es de opciones definitivas. De entrada, en la primera línea de su hermoso prólogo “Cuatro hombres americanos” a Los creadores de la nueva América, lo definió Gabriela Mistral. “Este es, dijo, el libro de un fervoroso”. Y párrafos adelante lo explicitaría: “Yo que he celebrado la justeza nunca ganada por el arrebato en Alfonso Reyes, tengo que alabar aquí a un diferente suyo: el fervoroso”. Y con esa recia y enjundiosa prosa suya comenta: “Sus admiraciones le nacen cabales, y él no las echa a perder con un análisis demasiado sostenido en el ojo. Está construido para admirar -que es construcción para el gozo- y usa ese don, que otros se tuercen y acaban por estropearse, como el delfín y el buen nadador se deleitan laregamente en el agua marina. Su elemento es ese, y él lo disfruta” (11-12). La chilena, que fue crítica de soberbios atisbos, distinguió en la crítica latinoamericana tres vertientes, y en la una caía Carrión holgadamente: “Su estilo cae en el orden que apellidaremos “martiano”, de Martí, que usó de este mismo desenfreno santo de admirar. Otro orden nos creó Rodó, el profesor y a él pertenecen los críticos buenos que han venido después. Otro orden, el de la inteligencia evangelizada, nos está haciendo Capdevila. Los imaginativos y los emocionales nos quedamos con Martí por patrón  y yo se lo regalo gustosamente a éste Benjamín Carrión, que se sentirá contento de seguir la huella que casi quema del “Arcángel  cubano”.

              Pasada esta hora de los primeros fervores, ya en el horizonte de la prosa ecuatoriana a la que perteneció Carrión, he diferenciado en la prosa artística ecuatoriana también dos vertientes -que de algún modo coinciden con las de Gabriela Mistral-: la de quienes se mantienen fieles a la voluntad estética y hasta estetizante del modernismo: Carlos H. Endara, J.J. Pino de Icaza, Augusto Arias, Jorge Carrera Andrade, Raúl Andrade; y la de quienes buscan cauces anchos y libres para su prosa, llegando, los mejores, hasta lo conversacional y sápido, y aquí la figura mayor es Benjamín Carrión [14]. A la cuenta de Carrión hay que poner el fervor de la hora temprana, que siempre se mantuvo.

              Entre frialdades y pasión, Carrión opta decididamente por la pasión. Por innumerables requicios en Los creadores y el Mapa se cuela la exaltación de la pasión y apasionadas justificaciones, al estilo de aquella de su “Mariátegui”: “Nuestra América necesita, digo mal, nuestra América, como fruto de su clima, debe producir hombres de pasión, porque se encuentra en un período de choque, de desentrañamiento, de desbroce”[15]. Entre retorcimientos y refinamientos estetizantes, de un lado, y sencillez, del otro, apuesta a la sencillez. Admira en Vasconcelos la sencillez auténtica que, sin embargo, “llegada la hora” aplasta “a los erudizantes y a los fatuos”. Pero no piensa que pasión y sencillez estén reñidas con voluntad estética. Más de una vez se refiere con admiración a ese formidable prosista -el mayor de la lengua en el siglo XX- que fue Ortega y Gasset. Y en García Calderón se plantea el problema de la relación contenido-forma, cuando se trata de contenidos densamente intelectuales. El peruano lo ha resuelto, piensa, espléndidamente: “Y no se crea que el contenido es decir el juicio, el pensamiento, la idea, flaqueen, pierdan consistencia ante la preocupación estética de la manera expresiva. Al contrario, porque belleza, en el sentido latino, es armonía y clarificación; y al ofrecernos la idea en un vaso luminoso, el ensayista peruano consigue que podamos hincar más hondamente nuestra mirada investigadora sobre la idea misma” [16]. Y en Las démocraties latines de l´Amerique del mismo García Calderón admira la información, pero, añade, “tras elogiar la sabiduría del selector de datos, preciso es asombrarse ante la magia captadora del estilo, vivo y caliente, sin perder el ritmo interior y exterior, poemático a ratos. Frases se encuentran, a cada instante, buenas para grabarse en bronce, como exergo de medalla” [17]  

            Y en cuanto al estilo hay algo más, decisivo, importantísimo por más que pudiera parecer banal: el Carrión de esta hora fundacional exalta  la conversación, “que es -dice- una forma de producción artística -aunque más perecedera- más espantosa y de mayor verdad que la que tiene que pasar por la canalización esclavizadora de la pluma”[18]. “¿Por qué juzgar a los hombres de espíritu solamente por las páginas de lo que han escrito?”, se pregunta retóricamente, y pone el caso de los grandes filósofos -Jesús, Buda, Sócrates- que “hablaron, conversaron su belleza y su verdad”. “Dejaron su mensaje en la forma más noble, más humana -y más divina-, que es la del comercio directo de la palabra entre los hombres”. Carrión sería siempre un gran conversador, un generoso, un apasionado conversador, y acaso quienes más conversamos con él más alta y noble imagen tenemos de su vasta cultura, aguda crítica -literaria y social-, humanísimas inquietudes  y penetrantes y fecundas visiones de lo americano y ecuatoriano. Pero, siendo él para quienes no tuvieron la suerte de acceder a su conversación el escritor, lo que cuenta es que sobre una matriz conversacional trabajó su prosa. Y así fue ella: viva de ritmo, generosa en el excursus y la digresión -a menudo rápida, como un guiño al lector-, fácilmente ponderativa, sabrosa al contar casos, apasionada y fervorosa. Admiró la prosa de Ortega y Gasset y la de su compatriota Gonzalo Zaldumbide; pero lo suyo sería otra cosa. La prosa de Carrión, inconfundible ya desde la hora fundacional de sus dos primeros libros.

 

II

 

LA EDIFICACIÓN SOBRE LO FUNDADO

Se impone cambiar de andadura. Lo impone la tiranía del espacio-tiempo. Porque la mitad del espacio concedido a este ensayo se nos ha ido en la relectura de un primer momento de la obra de Benjamín Carrión, el de su presentación ante América y Europa, el fundacional de sus grandes empresas futuras. Y están por delante todas esas empresas, y entre ellas todos esos libros que piden relectura de al menos parecidas atención y detenimiento. De aquí hasta el apresurado final debería cambiarse el título a “proyecto de relectura de Benjamín Carrión”. Es decir, proyecto de libro donde ni espacio ni tiempo son cárcel, sino campo abierto al diálogo con libros, ideas y acciones, y recuerdos que echen luz sobre todo aquello que fue edificando la grandeza -tan rica como compleja- de Carrión. 

            Ello es que Carrión vuelve a la patria al comenzar la década de los treinta. Llega precedido del prestigio que le granjearon sus dos primeros libros. En Carrión “comienza a pesar la responsabilidad grande del que se sabe en situación lo bastante alta para ser escuchado”, había escrito Eugenio Labarca, en “El Mercurio” de Santiago [19]. Y el intelectual que llegaba grávido de ideas sobre la nueva América, se ve arrollado por la convulsa política nacional, que vivía una de sus horas más confusas y dramáticas. En ese 1931 los contecimientos se suceden vertiginosamente y casi caóticamente . Una sublevación militar obliga a renunciar a Isidro Ayora -el realizador civilista de los postulados sociales de la Revolución Juliana de 1925-, y exalta al poder al coronel Larrea Alba; este debe entregar el poder al presidente del Senado, el académico y escritor liberal Alfredo Baquerizo Moreno. En 1932 es elegido presidente el conservador Neptalí Bonifaz. El Congreso lo descalifica, con justificativo de una dudosa nacionalidad peruana. La guarnición de Quito rechaza la descalificación y se une a la católica Compactación Obrera Nacional, que apoyaba a Bonifaz. Cuerpos de ejército de otras partes del país cargan sobre Quito, y se produce la cruenta guerra de Los Cuatro Días. Vencidos los “Compactados” y las tropas de Quito, asume el poder Guerrero Martínez, y luego es electo presidente Juan de Dios Martínez Mera. ¿Y Carrión, en medio de este tráfago que, de no haber sido tan trágico, pudiera decirse carnavalesco? El mismo me lo contó en una larga entrevista: “Baquerizo Moreno me llamó para proponerme el Ministerio de Gobierno. En 1931 se produce el apaleamiento a estudiantes y Antonio Quevedo y yo renunciamos por solidaridad con la Universidad. Vuelvo a hacer periodismo en El Día. De la batalla de los Cuatro Días resulté Ministro de Educación, y seguí de profesor de Sociología en la Universidad. Ante la dictadura de Guerrero Martínez renuncio. Se me propuso la candidatura al rectorado de la Universidad. Preferí aceptar al doctor Antonio Quevedo la legación en México” [20].  

            Ha llegado Carrión al Ministerio de Educación. ¿Vio acaso la oportunidad para iniciar una obra como la tan cálidamente admirada del ministro Vasconcelos? Imposible en una coyuntura como la de esos días. Y al reto del rectorado de la Universidad Central prefirió la Embajada en México. Fue preferir a la acción la holgura para otro libro. Otro de sus libros fundamentales, que Carrión parece lo tenía ya pensado y para el cual el clima cultural mexicano resultaría ideal: su Atahualpa. “En 1933 llego por primera vez a México. Reanudo la labor literaria y la vieja ilusión de escribir un libro sobre la conquista toma cuerpo. Pudo haberse llamado El libro de la conquista. Es, en realidad, la biografía de la conquista: Atahualpa[21].

              Emprendió, pues, la primera de esas grandes revisiones históricas, que en él -lo hemos dicho- no sería nunca la nuda tarea del historiador, sino la meditación histórica como camino a la comprensión del ser nacional. Fue su primera empresa nacional, en la línea de fundación de la patria como parte de la gran América. Eligió un período clave, que le permitió ahondar, en la una ladera, en la grandeza de lo que había en América antes del choque con la otra civilización y cultura -fueron los capítulos I al VII, dominados por la figura grande de Huayna Capac-, y, en la otra ladera, en lo hispánico, lo que llegaba, en talante de aventura y conquista -capítulos VIII al XIII, dominados por la figura de Pizarro, eje de esta segunda parte-. A partir del capítulo XIV, las historias se juntan, y se avanza, como en la tragedia griega, inconteniblemente, hacia el trágico final de aquella primtiva grandeza.

              “El desenlace -he escrito- es breve, casi una coda. Y no es ni todo lo poderoso ni todo lo trágico que debió ser, porque el libro nunca nos hizo conocer ni amar al monarca indio al que abate la ruindad del puñado de ambiciosos, y más bien hemos llegado a participar de los sueños, ansias, de la empresa formidable y casi desesperada de los conquistadores” [22] . Atahualpa, más que como personaje, estuvo en ese “libro de la conquista”, como símbolo del hundimiento de una de esas poderosas y ricas culturas que están en la raíz de lo americano.

              Con el primer velasquismo Carrión renunció a su embajada en México, y, aunque no se le hubiese aceptado esa renuncia, se volvió a la patria. A sumergirse en el turbio acontecer político, escribir periodismo combativo, ir a prisión y acabar desterrado en Bogotá. Y, aprovechándose de pedidos e invitaciones, seguir en su gran empresa patria y americana de anunciar.

              Asumió Carrión esa tarea de anunciador en una doble dirección: anunciar para la patria las novedades europeas y americanas de la hora, y anunciar a América y Europa las novedades ecuatorianas. Lo primero lo hizo por el periódico y revistas nacionales -con las cuales Carrión colaboró siempre generosamente-, y pienso que sin la resonancia que su mensaje merecía y él seguramente la esperaba. A Europa y América había dado ya noticia de algo de enorme importancia: Ecuador tenía un narrador de impresionantes calidades, originalísimo e innovador, con novedad que lo era aun para la Europa de esa hora revolucionaria -había pasado por la escena ya Proust, y estaban Joyce, a quien Carrión nombra con frecuencia, y Virginia Woolf, a quien creo que nunca, al menos en esta hora, mencionó, el Unamuno de Niebla, Pirandello-. Era su coterráneo, Pablo Palacio, a quien dedicó una de las estaciones de su Mapa de América.

              Sin el menor sacrificio de sus rigores de crítico, se siente a Carrión en ese brillante ensayo ufano de ponderar algo propio. Y el crítico se halla ante uno de los mayores retos de su carrera. ¿Cuáles eran, exactamente, las claves de la grandeza y novedad de Pablo Palacio? Después de largo preámbulo contextualizador y biográfico y anecdótico, ataca el nervio de la literaturidad de Palacio. Un hombre muerto a puntapiés, cuentos que tienen de Poe y de Maupassant, “es un libro esencialmente antirromántico”, no por una postura combativa y menos de prédica, sino por lo que Carrión ha llamado alguna vez “el descrédito de la realidad”. Y por el humor. Se extiende Carrión en erudito excursus sobre el humorismo hasta caer en el humorismo puro -“Cami, Ramón Gómez de la Serna, Mássimo Bontempelli -en cuya línea hallamos a Pablo Palacio, a Lascano Tegui-”, que “vive por sí mismo, sin trastienda moral ni política”. Un humorismo deshumanizado, “con la expresión cara al señor Ortega y Gasset”. No el humanísimo Chaplin, dice el crítico, sino Buster Keaton. Y más digresión, en torno al humor. Hasta tentar otro asedio a Palacio: “Lo que predomina en él, algo que le es peculiar, es una especia de fuerza de inercia ante la emoción, una resistencia pasiva, pero invencible, ante la emoción que, junto con su inercia ante la moral, lo deshumanizan fundamentalmente”. Los personajes de Palacio son casos clínicos: el pederasta, el antropófago, el sifilítico. Pero lo admirable es que, dentro de su arbitrariedad, son perfectamente lógicos. Nos dan, dice Carrión “una sensación de anormalidad NORMAL”. Y otra vez ocurre el paralelo con Buster Keaton: mientras registra el pensamiento a medida que se produce, él permanece serio, indiferente. Y predica el joven lojano la “teoría del descrédito de la realodad, o del igualamiento de todas las realidades en literatura”, sin excluir ni lo más banal o sórdido. Especialmente en Débora. La obra de Palacio “está nutrida de imágenes, pero con sentido irónio y despoetizador”, y tiene tal odio por el lugar común que llega a “atribuirle poderes verdaderamente taumatúrgicos”. Para el final ha quedado el hallazgo mayor: “Un aspecto esencial de la obra de Pablo Palacio, que quizá ha escapado a lectores y críticos -un poco desconcertados por la orignalidad de la obra y su contradicción con el medio-, es el  de su carácter introspectivo, psicoanalítico, sobre una base velada de autobiografía”. Pero con un procedimiento de “poderosa originalidad”: “como en el cinematógrafo, proyecta el negativo de sí mismo sobre la pantalla -no sin antes estilizarlo con su humorismo implacable- y él se constituye en operador y espectador de la película”. Lo muestra el crítico con lugares de Débora. Pudo Carrión estampar, de cierre de todo el alegato, uno de esos juicio generalizadores tan característicos de su ejercicio crítico: sus poderosas facultades de análisis psicológico “-no superadas por nadie en la literatura joven hispanoamericana-”. No cabía duda: le había nacido a la literatura ecuatoriana de la hora un crítico penetrante, certero, seguro de su entender y gustar lo literario, sin importar que esas visiones decisivas ocurriesen por entre un desenfadado juego de digresiones de erudición no siempre tan valiosa como la crítica misma [23].

              La oportunidad de seguir en la tarea de anunciador, asumida con el celo de misión, la dio la editorial chilena Ercilla, que le pidió para su Biblioteca Americana un “Indice de la poesía ecuatoriana contemporánea”. En  breve nota preliminar a esa antología, Luis Alberto Sánchez escribió que su autor era “sin disputa, el crítico más autorizado del Ecuador actual”. Dijo también que “los jóvenes escritores consideran a Carrión como su mejor guía”. “Por eso -concluía el autor de América, novela sin novelistas-, el “Indice de la poesía ecuatoriana contemporánea”, por él formado, será recibido como un auténtico exponente de las inquietudes y preocupaciones actuales de aquel país”[24]. Carrión hizo preceder su selección de un ensayo titulado “Ubicación poética del Ecuador contemporáneo”, que fue su primera panorámica de nuestra literatura, en que recogió ideas maestras ya apuntadas en su “Pablo Palacio”, del Mapa, y las desarrolló y completó hasta algo que sería la matriz de numerosos otros textos futuros de parecida intención. Escribió en su “Pablo Palacio” que “Montalvo y García Moreno son las dos últimas grandes figuras de valor supranacional, después de las cuales, nos hundimos plácidamente en la tarea familiar de coronar -casi anualmente- a poetas domésticos” [25]. (A Carrión le debemos las gentes de mi generación el menosprecio por vates coronados y cosas de esa laya). Y siguió con nuestra atrasada promoción de modernistas. En “Ubicación” llamó al suyo “país de recia historia literaria”. Pero halló en el pasado inmediato -1880-1910- “un largo paréntesis de improductividad artística”. No porque se hubiese dejado de producir, sino porque esa abundante producción “se hizo doméstica, perdió sonoridad continental, se refugió en el panfleto de resonancia episódica”. Y, tras echar una mirada a su pasado histórico, en tres brochazos duros -la “sombría y feroz catolicidad garciana”, el asesinato y arrastre de Alfaro y sus tenientes, y la matanza de sindicalizados del 15 de noviembre de 1922-, a la vez que lo daba como razón de ese haberse rezagado de “los movimientos del arte contemporáneo”, trazó algo que era como suma del proyecto político nacional como él lo veía: “Pueblo así, tan dedicado a hacer su historia, substantiva, dolorosa, vital, en una ansiosa búsqueda de caminos que conduzcan primero a la libertad individual y luego a la justicia y la igualdad económica”. Entonces, mientras, con la dirección orquestal de Darío y tras sus músicas, la lírica grande nacía en tantos países de América, por acá estábamos ocupados, “matándonos entre nosotros por cambiar un régimen de inquisición y clericalismo por un régimen de aspiración liberal y burguesa: 1895”. Resultaba un tanto pobre esta reducción de la Revolución Liberal a ese sacudirse de “inquisición y clericalismo”, sin ir más hacia lo hondo de lo económico y social, pero la visión de Carrión fue siempre la del liberal burgués enamorado de la libertad. Pero a lo que él iba a era a la literatura. Y el cuadro que pinta de los modernistas ecuatorianos fue lo más penetrante que de ellos se hubiese escrito. (Carrión, me lo confió en una larga e inolvidable charla que tuvimos por las penumbrosas calles de Cuenca, mientras demorábamos cuanto podíamos el llegar a cierto baile de reinas, fue testigo presencial de esos poetas y otros que sobrevivieron al derrumbamiento -me los nombró- sumidos en la sordidez de la droga). Y fue duro: “Vivían -escribe- una vida patética. Con un patetismo tan pueril que, de no ser trágico, hasta fuera risible. Una farsa envenenada, convertida en mito, asesinó toda esa generación valiosa”. Y en las postrimerías del grupo asomó Medardo Angel Silva, “azorado ante el peligro de quedarse solo”, que fingió más que los otros, hasta un ambiente, y  “atravesó la vida y la literatura como una saeta”. Surgieron después poetas que Carrión, tan seguro en eso de ver en el futuro trayectorias, saludó como “la mayor verdad actual de nuestra lírica”: Gonzalo Escudero -que era entonces poeta de sonoridades épicas-; Jorge Carrera Andrade, “de sensibilidad tensa y fina para captar la inquietud contemporánea”-; Miguel Angel León,”poderoso aunque desarticulado”, y Augusto Arias, “suave de intimismo menor”. Vino la guerra y, con la crisis que a ella siguió, los poetas salieron de sus torres de marfil, y fue una literatura de emoción social, que comenzó por el relato: el Grupo de Guayaquil. Atiende, de pasada, a esa novela del Ecuador contemporáneo y tiene la satisfacción de poder hacer otro anuncio grande: “No vacilo absolutamente al afirmar -sin temor a polémicas rectificatorias-, que ningún país del continente puede ofrecer, a la hora actual, un frente más homogéneo y valioso de novelistas y relatistas, de motivo, emoción y expresión americanos. Ni un conjunto -en solo tres años- de novelas tan recias, tan construidas, tan ahincadamente nuestras”. En cuanto a la lírica “de tendencia social”, se topa el crítico con algo difícilmente salvable. Es una lírica “veraz”, pero eso en lírica ha contado muy poco. Es, al mismo tiempo, una lírica muy poco “poética”, “que en muchos casos quizá no llega a entrar en el plano de lo literario”. Y la contrasta con el fenómeno mexicano: en ese país “de fervor revolucionario indudable”, los poetas de mayor renombre -Torres Bodet, Gorostiza,Villaurrutia, González Rojo, Owen, Novo, Ortiz de Montellano-, “han realizado la “evasión”, de manera reiterada, tenaz. Han cerrado ojos y oídos a toda voz extraña a la voz estrictamente lírica. Su aguda, su delgada sensibilidad ha vibrado tensa sólo para los llamados de la cultura y de la poesía, en un plano estrictamente intelectual, estético”. Frente a ese fenómeno invoca los casos de Gide, “máximo pontífice del estetismo puro”, que ha proclamado su esperanza en la justicia, y de Rafael Alberti, “que se ha unido, con todo el poder de su prestigio intacto, a la batalla por la revolución”. El tema, se vio, seducía y perturbaba a la vez a Carrión. En su trayectoria de intelectual de alta sensibilidad social y de irrenunciable antimperialismo le tocaría en suerte seguir ahondando entre estas difíciles relaciones entre pasión revolucionaria y desinteresada entrega a los deslumbranientos líricos, sobre todo en la hora de la Revolución Cubana, que fue, también, la de un poeta altísimo como Lezama Lima. En el Ecuador, por encima de las turbias resacas políticas y acuciantes problemas sociales, el mayor de sus poetas del siglo cantaría en sus obras mayores las más hondas y altas emociones y avideces del existente humano. Jorge Carrera Andrade. Mérito de Carrión fue haber visto, en este temprano 1935 -en que fecha su “Ubicación póética”- su sensibilidad como “una de las más transparentes y delgadas de América” [26]

              Carrión entendió, sin duda, que no era de una lírica de entonación social la gran noticia de lo ecuatoriano que podía dar a América y el mundo. El anuncio de la gran novedad estaba hecho, y en términos de tan total ponderación que los espíritus más alertas de América debían quedar esperando confirmaciones y muestras. Era cosa de darles lo uno y lo otro. Comenzaría el gran anunciador a madurar otra de sus grandes obras ecuatorianas: El nuevo relato ecuatoriano, que vería la luz en 1951. Pero antes de llegar allá iban a pasar en su vida y proyecto de ecuatorianidad hechos de insospechada trascendencia.    


[1] Benjamín Carrión, Obras, Quito, Casa de la Cultura Ecuatoriana, 1981, p. 94

[2]  Obras, ed. cit., 133

[3]  Ibid. 134

[4] Benjamín Carrión, Mapa de América, Madrid, Sociedad General Española de Librería, 1930, p. 195

[5]  En Hernán Rodríguez Castelo, Benjamín Carrión, el hombre y el escritor, Quito, Publitécnica, 1979, p. 51

[6]  Mapa de América, ed. cit., p. 12

[7]  Ibid., p. 21

[8]  Ibid., p. 32

[9]  Ibid., p. 37

[10]  Ibid., p. 52

[11]  Ibid., p. 97

[12]  Ibid., p. 117

[13]  Ibid., p.106

[14]  Hernán Rodríguez Castelo, Literatura ecuatoriana 1830-1980, Otavalo, Editorial Gallo Capitán, 1980, pp. 97-98

[15]  Mapa, ob. cit., 199

[16]  Creadores, ob. cit., 93

[17]  Ibid., 112

[18]  Mapa, ob. cit., 140

[19]  En “Algunas opiniones sobre “Los creadores de la nueva América”, apéndice a El desencanto de Miguel García, Madrid, Sociedad General Española de Librería, 1929, p. XIII

[20] “Benjamín Carrión por él mismo”, entrevista por Hernán Rodríguez Castelo, “El Tiempo”, Quito, 28 diciembre 1969. Recogida -junto con otras entrevistas de la misma serie- en Hernán Rodríguez Castelo, Nuestros latinoamericanos vistos por sí mismos, Quito, Banco Central del Ecuador,  1996. El lugar cit., pg. 55

[21]  Ibid., p. 55

[22]  Hernán Rodríguez Castelo, “Atahualpa”, la obra mayor de Benjamín Carrión”, estudio preliminar de la edición de “Clásicos Ariel”: Atahualpa, Guayaquil, Publicaciones Educativas “Ariel”, s.a. (1971), pp. 16-17

[23]  Todos los entrecomillados son de “Pablo Palacio”, en Mapa de América, ed. cit. pp. 63-98

[24]  Luis Alberto Sánchez, “Indice de la poesía ecuatoriana contemporánea”, preliminar de Indice de la poesía ecuatoriana contemporánea, Santiago de Chile, Ercilla, 1937

[25]  Mapa de América, ob. cit., p. 66

[26]  Todos los entrecomillados de “Ubicación poética del Ecuador  contemporáneo”, en Indice, ob. cit. El ensayo ha sido recogido en Obras, ob. cit. en nota 1, pp. 293-315  

 

 

Volver a la Portada

Un siglo de libros

un libro completo

Creación

Literatura infantil y juvenil

Historia de la literatura ecuatoriana

Crítica de arte


Contactos y correspondencia

Av. NNUU 120 y Amazonas, torre C del CCNU. Piso 12 Telf. 593 9 3348231 Quito-Ecuador

Enviar correo electrónico a sigrid.quito@gmail.com con preguntas o comentarios sobre este sitio Web.
Copyright © 2008 Hernán Rodríguez Castelo