Hernán Rodríguez Castelo

Escritor, historiador de la literatura y crítico de arte

 


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¡Ahora digitales!

El gran libro del desnudo ecuatoriano

 

TONTOBURRO


Quito y Cádiz,    Mejía y las dos constituciones

Charla en el Congreso por el Bicentenario

de la Constitución de Quito, 14 de febrero 2012

 


A propósito del libro Manuela

Manuela en la Casa

Colección Bicentenario

 

De venta en la librería de la CCE y con el autor

 

Video y Galería de fotos

 

Comentarios:


Sobre literatura infantil y juvenil

Análisis de las obras clásicas de la literatura infantil y juvenil

Edición: Universidad Técnica Particular de Loja. www.utpl.edu.ec

Libro manual que da herramientas al maestro y maestra o promotor de lecturas que le permitan llegar al conocimiento y valoración e inteligencia de los textos destinados  a los niños, para generar las destrezas de análisis y crítica de esos textos.

Los cuentos más bellos del mundo

Edición: Universidad Técnica Particular de Loja. www.utpl.edu.ec

Libro en el que se hace el análisis de cinco cuentos para niños que pertenecen al patrimonio de la humanidad: Cenicienta o el zapatito de cristal, de Charles Perrault (1628-1703); Hansel y Gretel, de Jacob y Wilhelm Grimm (1785-1863/1786-1859); Bella y bestia, de Jeanne Marie Leprince de Beaumont (1711-1780); La Sirenita, de Hans Christian Andersen (1805-1875); y, El Príncipe Feliz, de Oscar Wilde (1854-1900).

 

Bicentenario de Pedro Fermín Cevallos

 

            Pedro Fermín Cevallos, uno de los mayores ecuatorianos del siglo XIX y uno de los tres grandes ambateños de ese siglo, nació el 7 de julio de 1812.

            No fue con miras a este bicentenario que la Academia Ecuatoriana de la Lengua, de la que Cevallos fue su primer director, le dedicó un libro. Pero, cuando ese libro se presentó en Ambato, el  26 de noviembre de 2009, yo alerté las gentes de cultura de la ilustre ciudad, comenzando por su Alcalde, allí presente, sobre ese bicentenario que estaba a la vuelta de la esquina y que obligaba a Ambato a organizar celebraciones a tono con la grandeza del personaje. No sé que habrá hecho Ambato este 7 de julio, a más de  inaugurar un parque remodelado.

            La Academia inició con ese libro su "Biblioteca de Lingüística Ecuatoriana". Yo pedí hacer ese primer tomo de la Biblioteca, introduciéndolo libro con toda la amplitud que la obra de Cevallos, no solo en lingüística, merecía y requería. El centro de este primer volumen de la "Biblioteca de Lingüística Ecuatoriana" era, por supuesto, el Breve catálogo de errores en orden a la lengua i al lenguaje castellanos, primer libro de un tal propósito que se hacía en el Ecuador.

            Pero la Academia Ecuatoriana hizo algo más: al crear una condecoración que entregará periódicamente, la llamó "Pedro Fermín Cevallos". La primera Medalla se entregaría, en la tierra de Cevallos, el día mismo en que se cumplirían los doscientos años del ilustre primer Director de la Academia. Y se la pondría en el pecho de un gran ambateño, miembro distinguido de la Academia Ecuatoriana, científico humanista y autor de importantes obras, el Dr. Plutarco Naranjo. Consultado, el Dr. Naranjo pidió que se adelantara la fecha de esa entrega, porque pensaba que no llegaría a ese 7 de julio. Se adelantó el acto de la entrega, que se hizo en la Casa de la Cultura Ecuatoriana "Benjamín Carrión".

            El frecuentador de esta página web puede hallar en ella los dos discursos que se pronunciaron en el acto de presentación del libro sobre Pedro Fermín Cevallos, en Ambato; el mío y el del distinguido crítico y periodista Rodrigo Villacís Molina. Esta vez hemos pensado en gentes de cultura y estudiosos, lo mismo de nuestra historia que de la lingüística ecuatoriana, para hacer una entrega especial: el estudio preliminar de la edición crítica del Breve catálogo de errores. El libro se lo puede hallar en la Academia Ecuatoriana de la Lengua. El estudio preliminar va aquí, completo.

            Son 123 páginas. Un estudio riguroso, meticuloso, del hombre que fue Pedro Fermín Cevallos y de su  obra. Una vida y una obra así, tan ricas, merecían que se las abordase de ese modo. Quien quiera acercarse a ellas hallará aquí abiertos muchos caminos y buen instrumental para caminar por ellos.

            La patria debe mucho a Pedro Fermín Cevallos; pero le debe más la Academia Ecuatoriana de la Lengua. Estamos con esta entrega pagando algo de esa deuda.

            Y esperamos que la universalidad de estos medios de comunicación, abiertos a todo el mundo, lleve a otros países y sus gentes de cultura la noticia de este gran ecuatoriano.

 

Pedro Fermín Cevallos

 

Tres son las grandes empresas de historiografía literaria de figuras de este tramo del XIX -aunque las tres se publicarían muy tardíamente, dos el mismo XIX y la tercera a los cien años de escrita, en pleno siglo XX-. Pero como empresas de escritura parece que hay que situarlas en esta parte de nuestra Historia de la Literatura. Son la de Pedro Moncayo, la de Francisco Xavier Aguirre Abad y la de Pedro Fermín Cevallos. De las tres, la de más amplia panorámica histórica -sobre todo desde la independencia- y la más rica como narración es la de Cevallos -las calidades de la obra de Moncayo, se mueven más bien en otros ámbitos-. Su Resumen de la historia del Ecuador desde su origen hasta 1845 llegaría a convertirse en el punto de partida para cualquier empresa historiográfica sobre ese tiempo decisivo para la República del Ecuador, el tiempo fundacional, que es, exactamente, el territorio en que se mueve esta parte de esta Historia literaria.

            Incluí la Historia de Cevallos -en la parte importante, de la independencia hasta el límite que el historiador se impuso; es decir, los tomos 3, 4 y 5 de su primera edición-, como obra fundamental, en la Biblioteca de Autores Ecuatorianos (BAE) de “Clásicos Ariel”, tomos 79, 80, 85, 88, 91 y 92. Escribí entonces un ensayo biográfico y crítico, que en lo biográfico retomo aquí, con contadas añadiduras, pues es poco lo que en la materia ha aparecido de nuevo.

  

La vida y la obra en la vida

 

Pedro Fermín Cevallos, al contrario de tantos otros literatos ecuatorianos de su siglo, sólo llegó a las letras al voltear la cuarentena -casi exactamente la mitad de su vida-. Después de largos años de juventud libre, alegre y divertida, y de agitados y más bien insignificantes escarceos políticos, con casi cuarenta años comienza a crear. Hace artículos de costumbres y periodismo, tienta la biografía, los estudios lingüísticos; organiza esquemas de historia patria y pasa luego a la gran obra histórica en cinco tomos -que en la segunda edición serían seis- y cierra la serie de producciones con un Tratado de Derecho. Cumple una de las más serias obras de nuestro siglo XIX.

            Nació en Ambato el 7 de julio de 1812, hijo de don Mariano Cevallos, hijo a su vez de don Pedro Fernández Cevallos, natural de Mariquita, de antecedentes nobiliarios, que había cumplido importantes funciones en la Audiencia de Quito, y de doña Victoria Villacreces, cuyo padre procedía del gobernador don Jerónimo Villacreces, natural de Salamanca[1]. Don Mariano debió hallarse, en las horas tensas de las guerras de independencia, dividido entre sus ancestros de funcionarios hispánicos y su pasión americana. Templó crueldades de un lado y otro. Y lo mismo fue el garante de los patriotas capturados por el presidente Montes, que facilitó la fuga y puso a cubierto de la persecución movida por la Junta quiteña a realistas como el teólogo Dr. Miguel Araujo y el corregidor Ignacio Arteta. De este espíritu de alto humanismo le vendría a nuestro historiador el tono sereno y mesurado con que trataría en su obra ese trepidante período.

            Escuela en la tierra natal -es decir, poco más que nada-, y viaje a Quito, donde se incorporó en 1826 a “San Luis” para seguir los estudios consuetos del tiempo: latinidad, humanidades y filosofía. Pasó luego a la Universidad a cursar jurisprudencia, disciplina en que se doctoró en 1838.

            Mal estudiante y espíritu divertido y voluptuoso, quien le conociera muy de cerca y se convirtiera en su biógrafo oficial, su paisano Juan León Mera, nos dice de los estudios del joven Pedro Fermín que “pasados éstos, como pasan las pesadillas, volaba al pueblo natal a entregarse a sus anchas, durante las vacaciones y en compañía de otros mozos alegres, a los bailes de Candil, los paseos báquicos por las huertas que sombrean el Ambato, y, en fin, a una existencia del todo libre de ocupación provechosa. El amor y el deleite eran sus únicas divinidades; jamás pensaba en lo futuro; su juicio dormía; su inteligencia trabajaba sólo dentro de los límites del mundo material; su alma embriagada por el humo de la voluptuosidad, no podía elevarse ni dos dedos de la superficie de la tierra; eso no era vivir animado por el espíritu, era dejarse arrastrar por un aluvión de gozos censuales (sic)”[2]

            Y el propio Cevallos en artículo de costumbres en que entregó páginas de autobiografía recordó aquellos alegres y despreocupados días, “siempre en movimiento, siempre con amigos y amigas, si no realizándolos, siempre haciendo paraísos”. Volveremos al delicioso cuadro cuando tratemos del biógrafo.

            Y sin más aficiones literarias que a leer novelas -¿leyó también historiadores?-, cumple Pedro Fermín sus treinta y cinco años y, desprovisto de mayores antecedentes políticos, llega al Congreso de 1847 como diputado por Pichincha. Los años siguientes lo arrastraron en el vórtice de la confusa política del tiempo. El año 49 lucha entusiastamente por la causa de Elizalde, y, según animada relación de Mera, “después que la candidatura del general Elizalde encalló en el Congreso de 49, y que ese mismo caudillo retrocedió del camino de la capital para atravesar las selvas de occidente e ir a mover la revolución que debía oponer a la que tenía ya preparada el General Urbina, se trasladó a la provincia de Manabí, una de las que, muy luego, se declararon a favor del movimiento liberal. Nuestro novel político mantuvo frescas las esperanzas de un triunfo radical para su partido, hasta el  convenio de la Florida que dio por resultado la momentánea preponderancia de los conservadores, la Convención de 51, especie de sietemesino de constitución raquítica y enfermiza, y la elección de Presidente en el señor Noboa. Desengañado entonces, lastimada su honradez y aburrido de ver salir huero su ensayo en una vida para la cual, dicha sea la verdad, ni a él ni a nosotros nos formó naturaleza, se trasladó a Guayaquil, donde abrió su estudio de abogado y se consagró a él con bastante aplicación y buen éxito”[3].

            Con Urbina volvió Cevallos a la vida pública. Para impulsar e imponer su revolución escribió apasionadamente en El Seis de Marzo.  Triunfante el caudillo, fue su Ministro de Estado; del Ministerio pasó a la Asamblea constituyente reunida en Guayaquil, en calidad de secretario, y en el Puerto se quedó desempeñando la Fiscalía de la Corte Superior. En el Puerto mantuvo el periódico más interesante del tiempo, La Rebusca; para Destruge, “El más completo... de cuantos se habían publicado hasta entonces”[4].  En 1853 se trasladó  a Quito como Ministro de la Corte.

            Y en Quito, por esos años, ocurrió su llegada a las tierras de la creación literaria. Sus comienzos quiteños son los de escritor sin grupo -lo ha notado Augusto Arias en su Biografía de Pedro Fermín Cevallos[5]-; más tarde se uniría a gentes de la generación siguiente a la suya -la romántica-, por más que en él pesaría siempre de modo dominante su apego a lo clásico, del que dan testimonio sus cartas[6]. Coetáneos de Cevallos son Miguel Riofrío y Francisco Javier Montalvo; con ellos colabora en el periódico fundado por el segundo, La Democracia. Pero sus mejores páginas -costumbrismo sabroso y agudo, más descriptivo que analítico o crítico- aparecerán en El Iris, publicación de la siguiente generación, fundado en 1861[7].

            La entrada en la vida literaria y cultural de nuestro autor parece haber constituido para él una auténtica transformación -conversión- vital. “Hizo -dice su biógrafo- severo examen de sus conocimientos y los halló deficientes; y a los cuarenta años de edad emprendió el estudio de algunos ramos que se aprenden a los 18 o 20, y lo llevó a cabo con el afán y entusiasmo de un colegial que está en vísperas de sus actos universitarios”[8].

            Pero en Guayaquil, como hemos visto, hizo ya  periodismo de notables calidades, en 1852, cuando mantuvo el periódico-revista trisemanal La Rebusca[9]y colaboró con El Filántropo.[10]  Lo que más llamó la atención fueron ciertos artículos de costumbres. Ya en Quito, publica en La Democracia dos series periodísticas que, por su misma condición de series, hacían pensar en empresas de aliento más sostenido. Y las dos, vistas a la luz de lo que vendría después, jugaron papel decisivo en la carrera del escritor. La primera fue un “Cuadro sinóptico de la República del Ecuador”, y la otra una “Galería de contemporáneos ilustres”, traducida del francés. Esta segunda abriría horizontes al biógrafo que Cevallos fue -atenderemos en su espacio a esta faceta del escritor-; el “Cuadro sinóptico” convirtió a Cevallos en el historiador mayor de su tiempo, porque hay cosas que un espíritu serio no puede tentar a modo de “cuadros sinópticos” sin ser exigido y devorado por esos asuntos. Y una de esas cosas es la historia: trazar un “cuadro sinóptico histórico” no es sino hacerse a sí mismo un reto y señalarse un camino.

            En el caso de Cevallos hubo algo que lo forzó aun más y más urgentemente a desarrollar y ahondar en el “cuadro sinóptico”: una polémica movida por Miguel Riofrío.

            Los reclamos de Riofrío y la importancia que, en general, se diera a su sinopsis hicieron pensar a Cevallos y reconoció “que esos artículos fueron escritos sin examen, por informes de los primeros a quienes consultaba, y con aquella ligereza conque[11] se escriben los destinados para los periódicos, esto es, escritos en un par de horas, con la seguridad que se tiene de que, leídos o no leídos, quedan olvidados para siempre”[12].

            Eran los años de 1855, y comenzaba la ambiciosa, intensa y apasionada jornada del historiador. Sus cartas nos muestran el plan de trabajo que se fijó: extractaba de Velasco, investigaba, apuntaba[13]. Las márgenes de los artículos de La Democracia iban llenándose de notas.

            Para 1861 estaba el trabajo concluido en lo fundamental. Comenzaría el viacrucis para darlo a luz. Se abrió una suscripción dentro y fuera de la República, y se fracasó. Se enviaron los originales a Europa en busca de editor y volvieron sin haberlo hallado. La Convención del 61 trató de allanar un camino a la publicación ordenando que se pagase al autor una suma que se le adeudaba, pero, por la pobreza del erario, aquello se quedó en letra muerta. Volvieron a viajar los originales, esta vez a una imprenta de Guayaquil, y otra vez regresaron como tales. La imprenta del Colegio de Latacunga pareció ofrecerse como punto final para tantas idas y venidas, pero las gentes que tenían cargo de ella asustadas ante la empresa de una historia en seis volúmenes o más, le hurtaron el cuerpo. Habría de viajar Cevallos a Lima para que la edición de su Resumen se hiciese realidad; pero esto sería solo a fines de 1868, con lo que el primer tomo aparecería en 1870.

            Entretanto, en 1865 Cevallos ocupa la cátedra de Jurisprudencia en la Universidad de Quito, y, en 1867, la senaduría por su provincia. Es elegido para integrar la Comisión Codificadora.

            Y escribe. Desde 1861 trabaja de firme en biografía. Para El Iris escribe las de Maldonado, Juan de Velasco, Alcedo y Aguirre, a las que atenderemos en la segunda parte de este ensayo.

            En 1862 publica un librito que venía a llenar un vacío en la cultura nacional, que conocería numerosas ediciones -algunas, como veremos, muy aumentadas- e iniciaría larga e ilustre serie de estudios idiomáticos nacionales: Breve catálogo de errores que se cometen, no sólo en el lenguaje familiar, sino en el culto y hasta  en el escrito.

            Su cátedra le merece estudios y apuntes que desembocan en otro libro: Instituciones de Derecho Práctico Ecuatoriano, que ve la luz en 1867.

            Cevallos viajó, pues, a Lima, a fines del 68, para cuidar personalmente la impresión del Resumen de la historia del Ecuador desde su origen hasta 1845. En 1870 apareció, como se ha dicho, el primer tomo. Hacía como quince años que la obra se había instalado en el centro de la vida de Cevallos; lo estaría de hoy más que nunca. De una parte, por el aplauso con que se la acogió; de otra, porque los tomos habían de seguir saliendo -en Lima, aunque el autor había retornado a Quito tras la aparición del primero-; de una tercera, por todo lo que iría ocurriendo para la discusión y esclarecimiento, acaso la rectificación; por fin, por el clima de auténtica expectativa que iría creando el Resumen conforme se iba acercando a un ayer aún vivo en el recuerdo de quienes fueron testigos o confidentes de testigos y hasta actores de la historia.

            Hay numerosos documentos que permiten rehacer el cuadro de opinión y crítica que se fue dibujando en torno al Resumen en los círculos de ilustrados, sobre todo quiteños.

            Se comentaba no solo acerca de la materia histórica misma, sino hasta del estilo y lenguaje. “Hemos oído -escribió Mera- censurar a algunos el empleo que en él se ha hecho de varias frases, locuciones, modos adverbiales e idiotismos propios de nuestra lengua, mas no de uso frecuente y común”[14], y Mera, como lo veremos al tratar del lenguaje de Cevallos, exculpaba a su paisano de este cargo.

            Y el propio Mera, en un opúsculo que dedicó al Resumen, al aparecer el tomo tercero, con el título Nuestra historia referida por el Dr. D. Pedro Fermín Cevallos, escribía:

 

Al terminar este tomo (el 3o) del Resumen de la Historia del Ecuador, ha quedado en nuestra alma una impresión profunda; pero estamos suspensos, presas de la ansiedad, en medio de dos tormentas, la que conmovió hasta los cimientos la sociedad americana al desarraigar de ella el despotismo y las viejas instituciones, y la que la ha sacudido y todavía sacude a causa de los nuevos elementos de vida social a cuyo influjo se trata de someterla, o más bien a causa de los que abusan de estas circunstancias para saciar su ambición o codicia.

 

            Y, un poco adelante:

 

Difícil y delicada es la parte que el historiador tiene que tratar después de la guerra de nuestra emancipación política; esa década y media transcurrida desde la disolución de Colombia hasta 1845, es un lapso de prueba tanto más peligroso, cuanto en él palpita la nación ecuatoriana con existencia propia, y muchos de sus acontecimientos, que podemos llamar de ayer, no han podido ser valorados todavía por la opinión uniforme de la sociedad. Andar apoyado en la crítica filosófica por entre el ruido y el humo de las conmociones intestinas, tratando de descubrir la verdad en el corazón mismo de los partidos políticos, para exponerla con noble desenfado en el cuadro de la historia, ¡qué empresa tan ardua![15]

 

            En este texto, a más del juicio que los espíritus más serios hacían de la obra de Cevallos como historia, pueden sentirse los niveles de expectativa con que se esperaban los tomos de la historia que se iban acercando al pasado cercano.

            Y fueron saliendo los tomos IV, V y VI entre voces de reconocimiento por el inmenso servicio que con ellos se hacía a la patria y de elogio por las altas calidades intelectuales y literarias con que la empresa se llevaba adelante. Juan Benigno Vela, con su pseudónimo de Silvio, elogiaba la obraen El Siglo XIX.

            Pero no faltaban reclamos y quejas. Gómez Carbo lo recordaba: “Cuántas quejas y reconvenciones y hasta desabrimientos de amigos, por sus juicios en lo de los chiguaguas[16].

            Un séptimo tomo del Resumen se había anunciado; debían ir en él piezas justificativas de toda la materia anterior. Pero la fatalidad que parecía pesar sobre la obra no había terminado: Vicente Emilio Molestina, que había quedado en Lima a cargo de la edición, murió en 1874, y con su muerte aquel séptimo tomo no llegó a publicarse y los documentos comenzaron a extraviarse. Solo parte de ellos podría recuperar Cevallos, y los incluiría en la segunda edición del Resumen, la que viera la luz en Guayaquil entre 1886 y 1887.

            Con la aparición del Resumen se cierra la parte más importante de la vida de Pedro Fermín Cevallos. Lo que vendría después se nos antoja, aunque largo y armonioso, y fecundo, epílogo.

            Para dar a su obra histórica lo que estimaba indispensable complemento, profundizaría en los últimos años en la geografía del país. “Trabajó una Carta del Ecuador y un Atlas de las provincias, basado, en su mayor parte, en la Carta de Maldonado y en los planos de Mr. Wisse. Esta contribución de Cevallos le sirvió al Dr. Wolf, ya para corregir errores de las Cartas antiguas en las secciones de la República que no pudo visitar personalmente, ya para decidirse en casos dudosos, en que encontraba los antiguos materiales en contradicción al trazar con exactitud los linderos de las provincias”[17].

            Pero lo más importante del tramo final de la vida del ilustre ambateño tiene relación con esa otra faceta que fue su devoción e interés por la lengua, y al que se debía ya el Breve catálogo de errores. El 4 de mayo de 1875 se instaló en Quito la Academia Ecuatoriana, correspondiente de la Real Española -la segunda de América: la primera había sido la Colombiana-, y eligió como su director a Pedro Fermín Cevallos. En un primer momento habían sido designados académicos, desde España, Julio Castro, Juan León Mera y Julio Zaldumbide; luego, a propuesta del escritor colombiano José María Torres Caicedo, lo habían sido Pedro Fermín Cevallos, Antonio Flores y Pablo Herrera. Con ellos seis se había fundado la Academia. Cevallos, designado director, “consagró sus afanes a formular el Reglamento, a allegar recursos para las primeras necesidades, a formar la Biblioteca y a mantener correspondencia con los colegas extranjeros, quienes reconocieron el ánimo firme y el tezón con que ingería vida al instituto”[18].

            Por largos años, hasta 1890, cumplió de modo ejemplar esas funciones. La Academia Española le solicitó su aporte para la actualización del Diccionario, y el director de la Ecuatoriana envió adiciones y reparos que la Corporación madrileña estimó en alto grado.

            En 1875 el asesinato de García Moreno le indignó profundamente, a él que no había pertenecido al partido del Presidente. “Este crimen atroz -refiere Mera que dijera- va a ser fecundo en desgracias para la nación”.

            Apartado de la política, trabajó, sin embargo, por Borrero, y durante ese breve gobierno desempeñó el cargo de Ministro Juez de la Corte Suprema.

            En 1881 volvió a salir de su retiro para favorecer la candidatura a la presidencia de su amigo Julio Zaldumbide. Pero la soldadesca de Veintimilla dio al traste con la justa cívica, y Cevallos volvió a apartarse de la acción política.

            En 1883 el Congreso constituyente volvió a solicitar el aporte del magistrado para la Corte Suprema. Cevallos tornó a ser Ministro Juez.

            En 1890, casi falto de vista, hubo de renunciar a la dirección de la Academia Ecuatoriana. Carlos R. Tobar, en su calidad de secretario de la docta corporación, manifestaba al venerable y achacoso director saliente: “La profunda gratitud que Ud. se merece de la Sociedad, por el tino, acierto y sabiduría con que la ha regido desde su fundación, y el vivo pesar que experimenta porque los achaques de Ud. la priven de un Director que, como Ud., benemérito de las letras patrias, tenía pleno derecho a gobernarla a perpetuidad, con los legítimos títulos de iniciador entre nosotros de las disquisiciones lingüísticas y de esclarecido decano de la literatura ecuatoriana”[19].

            Pedro Fermín Cevallos murió en Quito el 21 de mayo de 1893.

            Todo el país se conmovió, y en los periódicos alzaron su voz para lamentar su ausencia Celiano Monge, Juan Benigno Vela, Quintiliano Sánchez, Juan Abel Echeverría, Manuel J. Calle, Luis Cordero, Manuel Nicolás Arízaga, Leonidas Pallares Arteta, Emilio María Terán y, por supuesto, quien fuera su entrañable amigo y primer biógrafo, Juan León Mera.

            “Octogenario y ciego -diría quien le había sucedido en la dirección, Julio Castro, en la sesión pública de homenaje con que la Academia Ecuatoriana honró la memoria de su primer director- conservaba siempre su admirable serenidad de espíritu, y suplía la luz material con la irradiada de su distinguida inteligencia, a fin de matar las tristes horas de la eterna noche de sus ojos, siguiendo con vivísimo interés el movimiento literario de su patria, movimiento que de él había recibido su principal impulsión”[20].

 

 

 

La escritura

 

 

l. El biógrafo

 

 

Por la biografía comenzó Pedro Fermín Cevallos la publicación de sus escritos históricos -si descontamos ese provisional adelanto a su Historia que fue el Cuadro Sinóptico de la República del Ecuador, publicado en periódicos del tiempo-. Y como que siempre se sintió más a gusto de biógrafo que de historiador general[21]. La biografía se centra en un solo personaje, de gran relieve, y esa figura polariza toda la información en cuadro de gran unidad. Para el escritor de espíritu clásico -y acaso clásico por formación también-, que fue el ambateño, la unidad era calidad fundamental y preciosa.

            Los primeros ensayos del historiógrafo fueron esas biografías de “ecuatorianos ilustres” que aparecieron en El Iris, desde 1861 -y se recogieron después en volumen en 1912[22]-. Son Juan de Velasco, Juan Bautista Aguirre, Antonio Alcedo y Pedro Vicente Maldonado. Cuatro figuras claves del período hispánico.

 

JUAN DE VELASCO

 

Llama la atención en esta primera biografía el largo, intenso y casi solemne párrafo inicial sobre la importancia de la historia para los pueblos, que comienza por la sentencia lapidaria “los pueblos que no tienen historia son como las plantas de los desiertos, no apuntadas todavía en el registro de las ciencias naturales”.

            Y el párrafo amplifica la idea a la que la comparación aquella ha dado visualidad.

            Cobra especial sentido esa reflexión preliminar porque el personaje que Cevallos va a biografiar es un historiador; más: el historiador de la patria hasta ese momento, y, después, el protohistoriador, hito obligado para los comienzos de la patria.

            Y la emoción que anima el párrafo arranca del inconsciente: Cevallos -lo hemos visto en la parte biográfica-, decidido a escribir la historia patria, había comenzado por “saquear” al P. Velasco. Desde 1855 trabajaba sobre la Historia del jesuita. Y él mismo se sentía como ese historiador que daría identidad y lugar en el espacio-tiempo a la patria. Para ese 1861 había terminado su Resumen.

            En cuanto a la importancia de la Historia del Reino de Quito nadie la diría mejor que él:

 

Cierto es que los eruditos y anticuarios de los siglos 17, 18 y 19 conocían algo de la historia de su pueblo por las obras de Acosta, Garcilazo, Gomara y nuestro compatriota el indígena Collahuazo; mas, fuera de que ellas no se contraen al Reino de Quito propiamente dicho, según era conocido entonces, las narraciones están limitadas a tal o cual período de tiempo, a tal o cual suceso particular; y escasas y poco difundidas como andaban, casi mutiladas y truncas, ni podían satisfacer a los inteligentes ni menos ser conocidas del pueblo, la mayoría de la nación, que para comprender su historia, necesitaba tener una que fuese propia, arreglada y completa. Fuera de lo que había llegado a sus oídos por la tradición, frecuentemente apasionada y novelesca, nada sabía hasta que el presbítero Dn. Juan de Velasco hizo a su patria el digno obsequio de la Historia del Reino de Quito (6-7).

 

            Abre la biografía del P. Velasco por una interpretación muy plausible de cómo y por qué se fue convirtiendo, dentro de la Orden, en el historiador. A más de las fuentes escritas, hubo el trabajo de campo. Brioso el párrafo que a ello dedica el biógrafo:

 

Poco satisfecho con los conocimientos que poseía y deseoso de perfeccionarlos por sí mismo, arrojóse, como Dn. Pedro Maldonado, a cruzar casi en todas direcciones este nuestro suelo por demás encumbrado o abatido, con montes cuyas cúpulas se elevan hasta el cielo y simas que horrorizan por su profundidad, con selvas y páramos sin fin, con ríos y torrentes embelezadores o espantosos: y cuando ya había tocado aquí y allá por seis años continuos, conferenciando con los ancianos entendidos, dirigiendo y recibiendo cartas y consultas, herborizando, recogiendo y examinando las plantas desconocidas, visitando los restos de antiguos monumentos y empapándose más y más en las lenguas de los Quitus, Shiris e Incas; paróse en medio de estas nobles fatigas por aquel golpe de Estado que se dictó en el sitio real del Pardo en Abril de 1767 (8-9).

 

            Y en el pasaje hay las líneas que revelan voluntad de hacer prosa artística: esa pintura de nuestro paisaje, intensificada por uso brioso de la hipérbole.

            Narra después los pormenores de la escritura de la obra y de lo que llama las “aventuras de un manuscrito”. Y trata de hallar explicaciones a la incuria que rodeó la publicación de obra tan importante. “Los manuscritos no trataban de la nauceabunda (sic) política americano-española ni de empresas o especulaciones industriales, y el Gobierno y los ricos, a quienes tocaba impulsar la publicación, los miraron como cartapeles y se olvidaron de ellos de todo en todo” (12).

            A José Modesto Larrea, que cuidó celosamente el precioso manuscrito en esas idas y venidas entre Europa y América y aportó generosamente para su publicación, le dedica este cálido párrafo:

 

El Sr. Larrea, el hombre rico, generoso y amigo de su patria: el hombre de buen gusto con cuyos repetidos y espléndidos banquetes daba brillo y fama a esta tierra ingrata (digámoslo de paso), cuyas imprentas no alzaron, a su muerte, una sola voz, un solo acento de dolor que manifestase el sentimiento público por la pérdida de quien había hecho figura desde los tiempos de Colombia y obtenido en el Ecuador los empleos de más nota hasta el de Vicepresidente de la República: se suscribió con setecientos pesos para cien ejemplares, y gracias a esta suma que debe causar desmayo a los de mano escasa, la empresa se llevó a cabo y la patria posee una historia nacional, la primera entre nosotros, que ha descorrido el velo de las antigüedades ecuatorianas (13).

 

            Y entra en la apreciación crítica de la Historia de Velasco. Original la  interpretación del extrañamiento de la tierra patria como fuente de objetividad:

 

El autor europeo por la raza y americano por el nacimiento, escribiendo la obra fuera de la patria y lejos así mismo, de la metrópoli, gozó de toda la libertad que era conveniente para no dejarse conmover ni por la desventurada suerte de los colonos, ni arrebatar por las lisonjas y sujestiones de los colonizadores: y la muy recta y sana moral, bien sostenida en toda la obra, es una cualidad relevante que no le han negado ni sus censores (14-15).

 

            Es duro con los defectos del protohistoriador, al que le reprocha cosas como “la ceguedad con que acogió algunos hechos conocidamente falsos y algunas tradiciones absurdas” (15). No las señala. Pero concluye: “mas lo de ordinario es que, corresponde debidamente al papel de historiador”.

            Y pasa al juicio de la Historia del Reino de Quito como obra literaria. Otra vez, esa apreciación crítica tiene fuerte carga personal: Cevallos defiende su poética, rechaza las contrarias y acaba destacado en el historiador colonial esas calidades que él mismo procuraría en su prosa histórica. El párrafo, apasionado -rechaza a “criticastros pagados del mal gusto de ver amontonadas las metáforas e imágenes sin fin”, “peste envenenadora de galicismos”, “escritores afrancesados encumbrándose en alas de su fantasía a la religión[23] de las nebulosas” y pasmándose con sus frases y períodos intrincados-, resulta -acaso por ese mismo desfogue de rechazos- confuso. Es claro en su oposición a afrancesamiento y galicismos, pero ¿qué tenía que ver eso con el amontonamiento de imágenes y metáforas, que era más bien cosa del culteranismo?

            De la prosa de Velasco concede a los “criticastros”  que “carece de elegancia, amenidad y bellezas”; pero él, que se confiesa admirador de lo “claro, natural, conveniente y puro” del lenguaje, halla en el jesuita “claridad en la narración, naturalidad en los pensamientos, conveniencia con el tono histórico, pureza en el uso de las voces y de la sintaxis”. Y en nuevo estallido contra esa que tiene por moda y tan violentamente rechaza, dice preferir el “estilo seco y desabrido pero propio e inteligible” de Velasco “a ese otro impertinentemente fantástico y vago, vacío de nexos y plagado de antítesis, voces enfáticas y oraciones elípticas que constituyen la pompa y gala de los escritores galicanos”. Rechazaba, se ve, en prosa lo que Juan León Mera -con quien, como lo hemos visto, tuvo Cevallos tan buena y estrecha relación- rechazaría en lírica, en su Ojeada. Pesarían decisivamente los dos en el rechazo total -y un tanto ciego- de conceptismo y culteranismo, y aun de romanticismo.

            Dedica breve juicio a la Historia natural, que compara con el famosísimo Sagio sulta[24] Storia naturale del Cile del jesuita -para la fecha de la obra ya ex jesuita- chileno Juan Ignacio Molina.

            Y formula apreciación de las poesías de Velasco, en que su sentido crítico vuelve a nublarse por el fantasma del gongorismo. Cree ver gongorismo en Velasco y por ello liquida sus poemas con juicio sumarísimo.[25]

 

JUAN BAUTISTA AGUIRRE

 

Su “Juan Bautista Aguirre” aporta la más completa información sobre las tareas cumplidas en Quito e Italia por el eminente jesuita. De su cátedra cosmológica dijo que “avanzando un paso más que Magnin, el arrojado jesuita que fue el primero en explicar el sistema de Descartes, introdujo y desenvolvió también algunos principios y doctrinas de Leibnitz”. Un año antes -en 1860- había aparecido el Ensayo sobre la literatura ecuatoriana de Pablo Herrera, y allí pudo leer Cevallos que Magnin “desenvolvió el sistema de Descartes”[26] y que “El P. Juan Bautista Aguirre introdujo algunas doctrinas nuevas tomadas de Leibnitz y de Descartes”. ¿Cevallos se redujo a dar nueva redacción a lo que había leído en Herrera o tuvo contacto con alguna nueva fuente, primaria o secundaria? No lo dice.

            Curiosamente, el biógrafo despachó en breve y anodino párrafo al P. Aguirre poeta. Nada dijo del Poema Épico de San Ignacio -¿Leyó en Herrera, que transcribió uno de los pocos fragmentos conservados de ese poema, la descripción de Monserrate, de exaltado y brillante gongorismo?-. Atendió a “los versos de tono jocoso, que han llegado hasta nosotros por la tradición o en manuscritos mal copiados”, y en ellos reconoció “una chispa brillante y facundia suma para jugar con el sentido y estructura de las voces”. Y eso del “sentido y estructura de las voces” denuncia al lingüista.

            Lo más rico de datos, narrados sabrosamente -con recurso a hechos casi anecdóticos-, es la parte italiana de la vida del brillante teólogo, consultado por cardenales -entre ellos un futuro Papa-, obispos y teólogos.

            En cambio, lo más sugestivo -por más de una razón, incluida la literaria- es el exordio que antepuso a su Aguirre. Son dos largos párrafos de exaltación de la Compañía de Jesús, institución a la que, para justificar ese enorme elogio, calificó de “maestra y engendradora del P. Aguirre”.

            Cada uno de esos dos párrafos está constituido por dos períodos de brío oratorio. El primero dedica esos dos períodos a institución de la Orden y a su propagación:

 

La Compañía de Jesús, una de las últimas Ordenes monásticas que se instituyeron en el mundo cristiano, rendida del todo en todo a la obediencia del Sumo Pontífice de la Iglesia, y destinado principalmente a la propagación de la fe y a combatir contra los protestantes, regados ya por Alemania e Inglaterra y haciendo por introducirse en España y Francia; llegó a ser, como se sabe, una falange de arrojados militantes que midió sus incipientes fuerzas con tezón y con provecho, y que logró consiguientemente apagar en tiempo, a lo menos, en algunos puntos, el fuego prendido por Lutero. Inflamados los Jesuitas por un fuego divino que sentían arder en sus entrañas, cruzan los continentes y los mares, se internan por el Africa, las Indias y hasta por el interior de pueblos vedados para el comercio y comunicación con los hombres, como el Japón y la China, y logran donde quiera que ponen el pie hacer brillar y difundir la saludable luz del evangelio (21)[27]

 

            Párrafo de innegable brío -que se traduce en el ritmo- permite valorar al escritor, y el balance arroja, junto a apreciables calidades básicas -de propiedad léxica y buena construcción (salvo la falla de concordancia de “destinado” en serie de femenino)- limitaciones como la pesadez de ese “consiguientemente”, y la repetición -sin intención, parece, y, por supuesto, sin efecto artístico- de “fuego” en dos oraciones seguidas, con sentido y valoración distinta: el de Lutero y el que inflamaba a los jesuitas.

            En el segundo párrafo, el primer período redondea ese alto encomio de la Orden de Loyola:

 

Luchando a un tiempo contra los religiosos de los demás órdenes, a quienes dejan obscurecidos por su saber y actividad, contra las academias, las universidades, las sociedades particulares y los cismas que se levantan unos tras otros; persisten fieles y serenos en sus fines y pasando una vida de agitación, padecimientos y desengaños sin cuento, consiguen en menos de medio siglo hacer conquistas prodigiosas, adquisiciones pingües, y propagarse y afianzarse, en fin, en todo el orbe católico.

 

            Esto es muy bello, y quien así  escribe los suyos parecería haberse formado en la lectura de los noblemente exaltados discursos quijotescos.

            En el segundo período, la construcción es floja, casi desarticulada:

 

La sociedad de Jesús instituida  en 1540, es decir, muy pocos años después de asegurada la conquista de  de las Américas, era aquí, en la del sur, morada de millares de salvajes apenas convertidos a la fe, donde podían desenvolver con mayor provecho su resignación, talentos, doctrinas y carácter...

 

            Lo que se dice, si atendemos al sentido obvio de la construcción, da en esta barbaridad:

            La sociedad de Jesús... (sujeto)

            era morada de millares de salvajes (predicado)

 

            La errata, sin embargo, era tan crasa que invitaba a saltar por sobre el paralogismo, y lo que quedaba claro era el elogio final. Lo más admirable para Cevallos era

 

que de las entrañas de un imperio extenso sin vitalidad ni siquiera acción, de este imperio en que talvez se hacía gala de la ignorancia, la compañía presente, sin embargo, un largo sartal de anticuarios, eruditos, oradores, historiadores, teólogos, mártires y santos.

 

            Tan cálida exaltación de la Compañía de Jesús la hacía Cevallos, más bien poco devoto y hasta frío en cosas de religión. Y algo aun más notable: era él quien había autorizado el Decreto de expulsión de los de Loyola, ocho años atrás. Ante la presión del gobierno liberal de Nueva Granada los jesuitas habían sido nuevamente expulsados del país por orden de la Asamblea de 1852 -que falló, con torpe sentido de colonos aún no independizados, que la Pragmática de Carlos III estaba vigente-, y, como refiere Moncayo, “el  Sr. Javier Espinosa, secretario general de Urvina, se negó a poner el cúmplase al Decreto de la Asamblea. Hombre honrado pero timorato, tuvo escrúpulo de conciencia y no se prestó a lo que el Jefe Supremo exigía de él. Entonces apeló al Sr. Pedro Fermín Cevallos y este autorizó el Decreto, con lo cual quedo allanado este asunto”[28].

            Cevallos fechó su “Juan Bautista Aguirre” en noviembre de 1861. Ya García Moreno multiplicaba gestiones para conseguir jesuitas, que estimaba indispensables para su ambicioso proyecto de educación nacional. Y el 28 de marzo de 1862 desembarcarían en Guayaquil los primeros, y el 9 de septiembre inaugurarían colegio en Quito. En este contexto histórico hay que leer ese elogio de la combatida Orden.

 

ANTONIO ALCEDO

 

En “Antonio Alcedo” tiene el mismo estilo. Párrafos amplios y períodos de construcción generalmente exacta. Tono encomiástico sostenido por sustanciosa información. Nota especial de esta biografía son, por necesidad de la materia misma, enumeraciones que son ricas y exactas. Así lo que comprenden los cinco gruesos volúmenes del Diccionario geográfico histórico de las Indias occidentales, la magna obra de Alcedo:

 

Cinco gruesos volúmenes que comprenden la situación, la medida, los montes, selvas, ríos, lagos y producciones animales, vejetales y minerales de cada reino, circuito o provincia; las ciudades, pueblos y aldeas de que se componen con su población, industria, comercio, clima, costumbres y caracteres; los caminos que los cruzan con sus comodidades, o estorbos y peligros; la historia particular de cada una de tantas y tan grandes secciones coloniales; la cronología de sus descubrimientos, conquistas, fundaciones y magistrados que las rigieron en lo civil, eclesiástico y militar; la nomenclatura de tantas voces de plantas y animales indígenas, algunas con la debida correspondencia a la lengua de los sabios, y el método alfabético aplicado por primera vez al conocimiento exclusivo de los objetos americanos (36)

 

            Para disculpar los errores “y graves y frecuentes” en que, dice, ha incurrido, acude el biógrafo a eficaz recurso, en que luce, con dejo irónico, dureza crítica. Qué mucho que Alcedo haya cometido errores

 

cuando un señor Avendaño que nos visitó hace cuatro años, viviendo dos entre nosotros, de regreso a España, su patria, nos dio a cierra ojos una Memoria que publicó en la Crónica Hispanoamericana (1859), donde describe la ciudad de Riobamba con cuatro barrios o arrabales poblados de indios: Barrio nuevo dividido por el río que se pasa por un puente de un arco; Barrio de San Sebastián; Barrio de San Blas y Barrio de Misquillí; y luego un río que, reuniendo el Mira, el Onzoles y el Esmeraldas, conduce sus aguas a la Bahía de Caráquez, y luego, en la provincia de Esmeraldas, unas aldeas que no tenemos, quitándonos en cambio y a su antojo cuanto quiso quitarnos en población, comercio, industria, ciencias, artes y hasta lenguaje? (38)

 

            Llama la atención en escritor ya tan preocupado por el uso del español ese gerundio del “viviendo dos años entre nosotros”. Es uno de los que Bello llamó, en su Gramática, que había aparecido en 1847, gerundios “de  cláusula absoluta” y para los que, tras concienzudo análisis de su uso en grandes manejadores de la lengua, limitó posibilidades. La construcción más sencilla -y por ello sin complejidad alguna, era “y vivió dos años entre nosotros” o “tras haber vivido dos años entre nosotros”. Pero el ambateño usó gerundio. Para Cuervo, en las notas con que completó la obra de Bello, ese gerundio que, autónomo, se constituía en núcleo de la oración podía usarse en cinco casos: para mera coexistencia, causa, modo, condición o concesión. “Fuera de estas circunstancias -halló- es inoportuno e incorrecto”[29]. Y el gerundio de Cevallos no parece encajar en ninguno de los cinco usos.

 

PEDRO VICENTE MALDONADO

 

Completó esa pequeña serie de biografías de divulgación de gran estilo dedicadas a grandes figuras con Pedro Vicente Maldonado.

            Nuevamente trabajó sus párrafos largos y períodos que, exactos, dan una prosa fluyente y los trabajó con materiales ricos de información y con tono que trasunta y comunica emoción y admiración:

 

Maldonado, sin desalentarse por estos antecedentes, y contando con sus conocimientos, con las rentas de su hacienda, aunque bien corta, y con ese período de la vida que transcurre de los veinte a treinta años, despreciador de los peligros y acometedor de las más osadas empresas: cruza los Andes occidentales, e internándose por las selvas de la provincia y recorriéndola casi en todas direcciones, la observa, la inspecciona y traza y abre su camino después de seis años de trabajos y fatigas sin descanso (43)

 

            “Despreciador de los peligros y acometedor de las más osadas empresas”: quijotesco como espíritu y cervantino como empaque de frase.

            Esta biografía avanza paralela a la de Herrera en el Ensayo, y las dos se complementan en pequeños datos. Una y otra se cierran con el cálido elogio que del sabio quiteño hizo Caldas.

 

BOLIVAR

 

La gran Historia de Cevallos sería marco para algunos otros esbozos biográficos, más bien breves, para no interrumpir el flujo del relato histórico.

            Hubo, sin embargo, una excepción: su Bolívar, Por esa biografía abrió capítulo -el VI- de su libro III, capítulo largo, del medio centenar de páginas, que resulta todo un libro. Aquella fue biografía de especial grandeza, a medida de la talla del biografiado. Y es biografía que se alza sobre el tumultuoso y vibrante cuadro de las guerras libertarias en sus años más obscuros y difíciles.

            A tono con lo que emprende, Cevallos, que gustaba de exordios de esta laya, abre su biografía del prócer con uno especialmente solemne:

 

Tiempo es ya de que hagamos conocer a un grande hombre, intencionalmente reservado para un capítulo especial, a un hombre cuya vida e historia son la vida e historia de cinco pueblos soberanos, a un hombre cuya frente vino a ceñir la guirnalda de cuantos laureles recogió la independencia americana, a Simón Bolívar. Méjico, Perú, Bolivia, Chile, Buenos Aires y principalmente Yapeyú, pueblo corto de las misiones del Uruguay, que dio a San Martín, brotaron héroes sobre héroes en los tiempos de esa larga y sangrienta lucha, en que se combatía por la esclavitud o la libertad, por la monarquía o la república, por la oligarquía  o la democracia, la más racional, la más justa, aunque también la más turbulenta de las instituciones humanas, y la que arrebata el vivo anhelo de la mayor parte de las sociedades. Pero esos héroes, vivos e históricos monumentos que embellecen el territorio de sus pueblos, quedan enanos al lado del coloso, sin cuya aparición y genio para la guerra se habrían sepultado tal vez los nombres y glorias de todos ellos (45)[30]

 

“Un hombre cuya vida e historia son la vida e historia de cinco pueblos soberanos”: Cevallos se sitúa muy cerca, si no dentro por completo, de la concepción de la historia de Carlyle -vivo por entonces; moriría en 1881-. Carlyle atendió a las figuras de la historia hasta sostener que la historia era compilación de biografías. En las suyas, hechas al correr de su historia, el ecuatoriano sería mucho menos brillante como escritor que el autor de Los héroes, Letters and Speeches of Cromwell, History of Frederick theGreat y French Revolution, pero menos subjetivo en su interpretación de esas grandes figuras.

            La biografía de Bolívar es de acciones, más que de interpretaciones. La figura del Libertador va cobrando magnitud a través de un sostenido combatir, venciendo enormes dificultades. Es el conductor “para quien todo era hacedero, habiendo buena voluntad y resolución”, y es “el atrevido joven”.

            Un  momento de la trayectoria del héroe obliga al biógrafo a cortar el hilo del relato para un enjuiciamiento severo: la guerra a muerte. A las “insólitas crueldades” de los españoles, “el coronel Briceño (apodado el diablo) y otros republicanos exaltados, incurriendo, en son de represalias, en las mismas o peores demasías, devolvieron tormento por tormento”. Bolívar se halló inmerso en aquel horror, y el fallo del humanista es duro: “Por graves y premiosos que hayan sido los motivos que forzaron a Bolívar a endurecer su corazón, y exponer su propia fama y aun la de la causa americana, no debió expedir aquel espantoso decreto de guerra a muerte”. Reconoce que “harto fascinadoras son las razones que el mismo Bolívar adujo para justificar la expedición de su decreto”, pero piensa que “la razón humana, sin embargo, tiene que rechazarlas sin meditación ni siquiera examen”.

            Vibrante, en estilo vine, vidi, vinci, el relato de la audaz y fulminante campaña de Venezuela, hasta la entrada en Caracas “por entre un concurso numeroso que le proclamaba Libertador”.

            Bolívar rechazó pretensiones autonómicas de los pueblos venezolanos. “Desatendiendo a las instrucciones del gobierno de la Unión, a las pretensiones de los capitanes que, como él habían obtenido también laurosos triunfos en tierras del oriente y a la de los pueblos que querían constituirse a su modo, o como convenía a los intereses personales de tantísimos aspirantes, cargó sobre sí toda responsabilidad y concentró la acción del poder público en sólo él, porque conceptuó que sin una cabal energía, que no podía darla sino la unión, tampoco podía sostenerse la república” (56)

            Destaca el biógrafo las tentativas de Bolívar para humanizar la guerra con el canje de prisioneros y la tozuda negativa del realista Monteverde. Bolívar publicó entonces “aquel célebre Manifiesto, resumen breve de las crueldades de Monteverde, para deducir de la enormidad de ellas la justificación de su conducta y la necesidad de seguir la guerra a muerte”.

            Y, tras la primera victoria, la guerra de Venezuela sigue incierta y dura. El relato de movimientos y choques, victorias y derrotas, sostenido, tiene a la larga efecto épico: por encima de todos esos vaivenes se alza la figura de Bolívar, inconmovible, siempre dispuesto a rehacer sus fuerzas y urdir nuevos movimientos y estrategias. Lo tremendo de esa guerra se alza frente al biógrafo en la acción que el general se ve forzado a autorizar por el peligro inminente de que esos prisioneros se alzaran como nueva fuerza realista: 866 hombres fusilados.

            Ello da pie a Cevallos para proclamar, una vez más, su inamovible sistema de valores: “La causa de la humanidad impone uno como respeto sagrado a todas las reglas de la política y la guerra, porque la causa de la humanidad es la causa de Dios” (63)

            Con las urgencias y casi angustias de Bolívar, acosado por Boves, contrasta la flema de Mariño, que en la biografía de Cevallos aparece como un fatuo anti-héroe de la gran figura del Libertador.

            Puede parecer nimio y hasta monótono ese seguir, acción tras acción, avances y retiradas, fuerzas que se destacaban a otros destinos y fuerzas que se unían. Pero ello comunica con alguna suerte de inmediatez la imagen de esa larga, ensañada y fluctuante campaña, que Cevallos hacia su final resume: “Iba ya para un mes completo que el Libertador resistía con sus cortas fuerzas a la imponente caballería de Boves”. Al fin, el 3 de abril  -de ese 1814- “entró Bolívar en Valencia, cargado de los laureles recogidos en San Mateo, bien que deplorando la pérdida de mil y más soldados y cerca de doscientos entre jefes y oficiales”.

            Y vienen los movimientos tácticos hasta que las fuerzas de Cajigal se sitúan en la llanura de Carabobo, a la espera de Boves, y Bolívar se mueve de Valencia, y a las doce del día pudo oponer su frente batalla al español y lograr completa victoria.

            Pero a ella siguió el desastre de la Puerta, que hizo perder a los patriotas mil doscientos hombres entre muertos y heridos. “Bolívar, Mariño, Rivas y otros capitanes con unos pocos jinetes tomaron en la derrota el camino para Caracas”.

            Entonces, a las noticias llegadas de España “de la restauración de absolutismo del rey Fernando, de la retirada de los franceses, de la gran expedición que se preparaba en España, cunde el desaliento en casi todos los pueblos y se llega a la insubordinación en las desmoralizadas filas del ejército libertador. Contra tan sombrío fondo Cevallos destaca la grandeza del héroe:

 

Bolívar, hombre de pecho e indomable de genio, aferrado al pensamiento de dar independencia a la patria, siguió en su tema sin espantarse de tales dificultades, y trabajó día y noche por restablecer la opinión pública de sus conciudadanos, y la disciplina y buena moral del ejército (72)

 

            Y es sabroso y castizo ese uso de pecho. Pecho se usaba, desde el XVI, por valor, esfuerzo, fortaleza y constancia. Así en Góngora. Y “tener pecho” era tener paciencia y ánimo.

            Pero todo ese final de la campaña venezolana es sucesión de desastres y sucesos desafortunados. A Bolívar, dice el biógrafo, “el pueblo de Cartagena le recibió como a un héroe castigado por los caprichos de la suerte, y le prestó cuantas consideraciones merecen los hombres desgraciados”.

            Es 1814 y Bolívar da al Congreso reunido en Tunja “cuenta de su conducta y operaciones”. Lo hace “con claridad y solidez”. Y es nombrado capitán general del ejército de las provincias unidas.

            Aparece entonces en escena Páez, al que Cevallos dedica cálidas líneas de elogio.

            Sigue el penoso episodio de los celos de Castillo que hacen que Bolívar prefiera el sacrificio y se embarque para Jamaica. Para Cevallos aquello fue providencial: a Morillo, con la gran fuerza que traía de España, se le rindieron casi todos los próceres de la independencia, incluido Castillo, y Bolívar quedó preservado de ello. Remata nuestro biógrafo  su reflexión con esta exclamación:

 

¡Merced a vos, general Castillo, merced a vuestra terquedad y pasiones, Bolívar escapó de la cuchilla de Morillo, y sin vos, tal vez Colombia no habría resplandecido tan breve! (78)

 

            Ese “breve”, por el “brevemente” de la norma culta, procede de las hablas populares ecuatorianas, al igual que el uso de “tema” del lugar citado arriba. El cuidado que Cevallos ponía en el buen manejo del español no implicaba romper con las hablas del pueblo.

            Casi de la nada surge y se pone bajo el mando de Bolívar la nueva campaña, aunque con poquísimos medios como “para lidiar con un ejército vencedor y engreído por demás, a cuya cabeza estaban, no ya los bandoleros Boves, Morales y Rosete, sino capitanes y oficiales inteligentes y cultos, muchos de ellos de educación y maneras finas que habían conquistado las simpatías y afectos de los pueblos que dominaban”.

            Morillo, al tener noticia de la expedición armada por Bolívar, “la calificó de temeraria y hasta loca”. Empieza a construir el biógrafo la grandeza definitiva del héroe:

 

Sólo Bolívar, cuya vista penetraba para allá del término que no alcanzaban las miradas de los políticos y guerreros miopes, juzgó acertadamente que con la cooperación de los ciento cincuenta jefes y oficiales que le seguían, con la constancia de los republicanos que habían quedado combatiendo en los desiertos de N. Granada y Venezuela y, sobre todo, con la mala política del gobierno, se tenía bastante para un rehacimiento. En su entender, los enconos producidos por tantas víctimas sacrificadas y el estado de mendicidad a que habían quedado reducidas tantas familias con la confiscación de bienes, ofrecían la ocasión más oportuna para el intento (81)

 

            Nuevos desastres, celos y hasta confabulaciones dan nuevamente con Bolívar en Puerto Príncipe. Esta biografía no es gloriosa. Pero en el corazón de esa obscuridad el biógrafo hace brillar la grandeza del héroe:

 

Tal vez la historia no presenta un hombre más abiertamente desdeñado y combatido que Bolívar por la suerte, y menos otro que, a fuerza de una tenaz perseverancia y como lidiando con ella brazo a brazo, haya al fin llegado a fatigarla y domarla hasta ponerla de su parte. Si los brillantes lances de guerra, y esa como domada suerte hicieron un héroe de Bolívar, sus adversidades y perseverancia le dieron la estatura de los grandes hombres (85-86)

 

            “Brazo a brazo” era de esas locuciones castizas que la sacaban de lo manido y daban sabor a la prosa de Cevallos. “Brazo a brazo” tenía en español el sentido de “cuerpo a  cuerpo y en iguales condiciones”.

            Bolívar debe unificar las fuerzas libertadoras e imponer autoridad. Se fusila a Piar, “mulato de genio iracundo y ambicioso que se había ligado con otros descontentos que pertenecían a su raza, con el fin de suscitar y difundir una guerra de castas” (90)

            El 13 de febrero de 1819 se instala el Congreso en Angostura. “Aprobó cuantos pasos había dado Bolívar, y le tituló Libertador, padre de la patria, terror del despotismo”. Y él le presenta su proyecto de Constitución. Escribe Cevallos:

 

Hásele tachado de haber querido plantar poéticamente instituciones medio griegas, medio romanas, medio británicas, en una tierra aun no salida de la servidumbre. Mas, en nuestro entender, no son sólo la sublime poesía, ni las utopías de Platón y Juan Jacobo, agitadoras de su cerebro las que se dejan columbrar en tan grandiosas concepciones; sonlo también sus tan profundos como proféticos raciocinios, deducidos de la historia del género humano con la verdad desnuda de embelesos, acerca de nuestros constantes extravíos; comprobados y cumplidos día a día, y casi al pie de la letra de tan acertada  como sólida manera de discurrir. Si hay esperanza de que el tiempo contradiga sus principios, será para las generaciones que vengan tras nosotros; en su tiempo era del todo imposible (97-98)

 

            Damos aquí con el Cevallos más ambicioso como prosista: en pleno estilo de ideas y en ejercicio de filosofía de la historia. Sorprendemos su habilidad, en ese arrancar de risueña ironía e irse alzando a fórmulas de alto encomio (“grandiosas concepciones”, “tan profundos como proféticos raciocinios”). Pero también la ya antes señalada menor habilidad para construir períodos tan densos y complejos: la pieza “con la verdad desnuda de embelesos” no tiene toda la precisión de engarce que cabría exigir a un gran escritor en pasaje así.

            Llegan entonces a la biografía aires de regularización de la guerra y conferencias entre el ejército libertador y el de Morillo. Con especial complacencia narra el biógrafo el encuentro de los dos generales enemigos:

 

Firmados ya los arreglos manifestó Morillo el deseo de conferenciar personalmente con Bolívar, y éste lo satisfizo poniéndose al otro día en camino para el pueblo de Santa Ana, seguido de algunos jefes y de sus ayudantes de campo. Morillo partió para el mismo lugar, y como tocara él antes que el Libertador, envió a su encuentro cuatro oficiales de alta graduación, y él mismo, con toda su comitiva, salió a recibirle a la entrada del pueblo. Al acercarse echaron ambos pie a tierra, y como si no hubieran sido nunca enemigos a muerte y desde mucho tiempo atrás, se arrojaron a estrecharse entre los brazos. Siguieron engarzados de bracero hasta el alojamiento de Morillo, donde este había prevenido un banquete militar, sencillo como el de los campamentos, y no se apartaron un instante desde que se vieron hasta la mañana del  siguiente día en que se despidieron (106-107)

 

            Humanidad y valores es lo que emociona a Cevallos, que, a su pesar, tiene que presentar en esta biografía guerra y muertes. Este mismo Morillo fue, en palabras del biógrafo, el “que se conservó en América cinco años y medio, haciendo a los independientes una de las más crudas y asoladoras guerras que refieren las historias”.

            Reprocha luego duramente a Bolívar la violación de armisticio de seis meses pactado. “No puede haber pecho medianamente pundonoroso que no sienta con indignación las fragilidades de los hombres, cuando vemos a todo un Bolívar encarrilarse por la insana senda de las malas pasiones, como cualquier otro hombre de los vulgares” (108)

            El sucesor de Morillo, general La Torre, aceptó el reto de Bolívar. Y comenzaron las operaciones.

            Al entrar en Barinas Bolívar dijo a sus soldados: “Sabed que el gobierno os impone la obligación rigurosa de ser más piadosos que valientes... Sufrirá pena capital el que infringiere cualquiera de los artículos de la regularización de la guerra. Aun cuando nuestros enemigos los quebranten, nosotros debemos cumplirlos para que la gloria de Colombia no se amancille con sangre”. Y Cevallos comenta: “Con semejante decir asoma de nuevo el alma de un grande hombre”.

            La última pintura topográfica es la de la batalla de Carabobo. Y la biografía del héroe se cierra con su renuncia -no aceptada- al poder en el Congreso de Cúcuta. En gran final -porque ya la biografía del héroe empata con el curso de su historia- reproduce lo medular de ese estupendo discurso pronunciado por el héroe al tomar posesión de la presidencia de la República. Con cosas así:

 

Yo soy el hijo de la guerra, el hombre que los combates han elevado a la magistratura: la fortuna me ha sostenido en este rango, y la victoria lo ha confirmado. Pero no son estos los títulos consagrados por la justicia, por la dicha y por la voluntad nacional. La espada que ha gobernado a Colombia no es la balanza de Astrea; es un azote del genio del mal que algunas veces el cielo deja caer sobre la tierra para castigo de los tiranos y escarmiento de los pueblos. Esta espada no puede servir de nada en el día de la paz y éste debe ser el último de mi poder; porque así lo he jurado para mí, porque lo he prometido a Colombia y porque no puede haber república donde el pueblo no está seguro del ejercicio de sus propias facultades. Un hombre como yo es un ciudadano peligroso en un gobierno popular, es una amenaza  inmediata a la soberanía nacional. Yo quiero ser un ciudadano libre y para que todos lo sean.

 

            Y Cevallos, el republicano, puso entonces su historia en presente, en ese presente nacional que por décadas había debido sufrir un militarismo heredero de glorias y miserias de las guerras de la independencia. Se volvió a los militares para esta severa reflexión y exhortación:

 

¡Ved, soldados que os habéis levantado después de la guerra de la independencia; de esa guerra santa en que todo un continente la cantaba en coro buscando su libertad, cuál era el parecer del soldado por excelencia, y no os alcéis para apropiaros de los pueblos a título de guerreros, porque los soldados son para los combates y campamentos, porque los soldados son  una amenaza inmediata a la soberanía nacional! (114)

 

            Concluyó el largo capítulo biográfico, pero Bolívar siguió como protagonista de la Historia.

            Largos pasajes estarán dedicados al héroe, algunos, conforme se avance en el tiempo, tan complejos como los mismos actos del Libertador que el historiador narra, comenta y enjuicia.

            La renuncia que Bolívar presenta al Congreso de 1827 le merece este juicio, que se extiende a bastante más que la pura renuncia al proponer interpretaciones de causas y circunstancias:

 

renuncia noble, muestra de abnegación y elocuencia; cuatro veces rechazada. Si antes pudo tenérsela como fingida o cuando menos mañosa, por parecer bien o ahogar el grito de sus enemigos, se presentaba ahora sincera y genuina, manifestando a todas luces la absoluta necesidad de dejar la presidencia y apartarse del mando. Molido a golpes y lacerado por las heridas que le dieran la ingratitud y las calumnias, no pudo conservar, cierto, toda esa dignidad que demandaba su fama excelsa, y había hablado de los ingratos con indignación, casi con rabia, y hasta de un modo notoriamente público. No cabía, por tanto, que un hombre mimado por la buena suerte, y ensoberbecido con el incienso de tantos hombres de su posición, reservase en sus entrañas el menor deseo de poner nuevamente sus servicios a prueba de mudanzas. Bolívar había sido, en verdad, la causa de muchos errores y acaso de muchas demasías; pero lo fueron más los mismos pueblos, cuando todos, todos, se arrimaron a él para ponerse a cubierto de la anarquía: lo fueron más los mismos gobernantes, cuando todos, todos, contribuyeron a investirle de la dictadura y aun participaron de ella. Y con todo, el error no procedía ni de él ni de ellos. ¡Ellos tenían razón, y él tenía razón! El amaba sinceramente la república pero sin democratizarla mucho  porque conocía el atraso y mala educación de los pueblos; ellos la amaban igualmente, pero sin pararse en la contemplación del tiempo ni en el estado de los hombres (85, 145)

 

            Y seguirá en las discusiones del Congreso en torno a la renuncia. El pasaje citado nos deja ante uno de los lugares más intensos como pensamiento y prosa de Cevallos, el historiador-biógrafo. Y resulta sugestivo sorprender indicios de rasgos propios de su prosa. Está instalado, aun para estos lugares solemnes, en hablas coloquiales. Eso de la renuncia “mañosa” y Bolívar “molido a golpes”, que es lenguaje metafórico de clara extracción popular. Y la doble repetición ponderativa del “todos, todos” es retórica conversacional. Lo notable es como todo esto extraído de canteras populares adquiere la dignidad y vigor del discurso histórico.

            Es duro después el historiador al enjuiciar al hombre que por encima de la Constitución pide facultades especiales.

            Y lo presenta en Ocaña pronunciando estupendo discurso ante “una asamblea de enemigos personales o enemigos de su política” (88, 21-23).

            Para la hora en que la revolución bolivariana quiso entronizarlo otra vez en el poder, Cevallos escribió complejo párrafo de juicio de esa proclama que “aun mucho tiempo después de su muerte mantuvo amancillada su memoria” (88, 121).

            Transcribe el dramático pedido que le hicieron llegar de Bogotá sus partidarios y la sutil respuesta del Libertador.

            Y, cuando la guerra era favorable por toda Nueva Granada para los que querían que Bolívar volviese al mando supremo, cayó como un rayo la noticia de su muerte.

            Y la biografía, primero presentada en ese bloque unitario y después regada por todo el curso de la historia de las campañas de la independencia, larga y grande por encima de sus horas equívocas y hasta turbias, se cierra con el apartado dedicado a la muerte del Libertador.

            Lo abre el narrador con párrafo patético en que denuncia las graves contradicciones y dolores que abrumaban al héroe y concluye que no “podían aplacarse con los apósitos que da la ciencia” y “sólo habían de cesar con el aniquilamiento del cuerpo”. “Un alma ardiente, devoradora, como la suya, no podía caber ya en un cuerpo achacoso y agobiado con las fatigas de su vida militante y tempestuosa”[31]. Y esto, está claro, no era biografía científica, sino literaria. Imaginativa, subjetiva, emocionada.

            Cede la palabra después a Bolívar para su hermosa y honda proclama final, y presenta las disposiciones testamentarias, la entrega de sus contados libros. “Bolívar, que había nacido con cuantiosos bienes, murió pobre”.

            El gran final está construido en dos soberbios párrafos. El primero, de retrato del héroe:

 

Bolívar era de estatura y facciones regulares, frente ancha y espaciosa, cejas arqueadas y espesas, ojos rasgados y centelleantes, color tostado por el Sol que alumbra la zona tórrida y por las fatigas de la guerra, la cerviz enhiesta y ligero en el andar. Predominaban en su índole la actividad, la inquietud, la fortaleza y la perseverancia llevada hasta el capricho; sus concepciones eran rápidas, los pensamientos elevados, poéticos, volcánicos; el alma por demás viva, sensible, apasionada, ardorosa; y su lenguaje, oral o por escrito, aunque alguna vez descuidado, era persuasivo, elocuente, irresistible, de esos conque se doma a los hombres más tercos y obstinados, porque en su hablar y escribir, juntamente, se dejaba palpar ese don de los grandes oradores. En los goces lo mismo que en las penas, se elevaba o abatía hasta donde le llevaban sus pasiones y fantasía; y ese hombre que lloraba a mares y como niño por la tierna esposa que perdió, tiraba, en los ratos de exaltación los manteles y cubiertos de las mesas más espléndidas y concurridas. París, cuando andaba en amores con la condesa de... la amante de Eugenio Beauharnais, y Quito, en la quinta del Placer, fueron testigos de tales arrobamientos (88, 141-142).

 

            Rasgos físicos, en plástico y certero retrato; rasgos psicológicos; su palabra y cuadros finales para apoyar ese rasgo ante el que seguramente bolivarianos endiosadores del héroe pondrían gesto adusto: eso de la exaltación y abatimiento extremos.

            El segundo, encomiástico, menos feliz en el hallazgo interpretativo y expresivo, se anuncia “La historia de su vida pública puede cifrarse así”, y tienta esta suma:

 

Vivió en un tiempo de cerrazones, tempestades y ruina, luchando contra la naturaleza, la mendicidad, las ingratitudes, las derrotas, las traiciones y la opinión hasta de sus mismos conciudadanos; pero luchando con premeditación y fe, con dignidad y resignación, con ardor y ecuanimidad, y luchando como soldado, filósofo, legislador y juez. Bolívar, en quien a la postre vinieron a parar todas las glorias de la independencia americana, sin reservar la de Washington, contra el cual sólo se conmovieron las pasiones y enconos poco profundos de un pueblo ya educado y culto; Bolívar, reparador del nombre defraudado al que redondeó la tierra con el descubrimiento del nuevo continente, fue el reflejo más cabal de ese Colón, uno de los mayores ingenios que admira el mundo (88, 142).

 

            No se ve cómo engrandezca a Bolívar ese darlo por “reflejo” de Colón. Y la mención de Washington acaso no se explique sino por las tantas veces que Rocafuerte había disminuido a Bolívar -al último, el de la dictadura- frente al norteamericano. Cevallos tienta una respuesta a ese paralelo en las pasiones con que uno y otro gran hombre tuvieron que vérselas. Leemos el párrafo y se nos impone que Bolívar, en su rica complejidad, fue mucho más grande que la suma tentada por Cevallos. Pero su gran biografía de Bolívar apenas requería de suma alguna. Había exaltado demasiada grandeza y había abordado tanta complejidad como para que cualquier suma quedase desbordada por los sumandos.

 

ROCAFUERTE

 

También de Rocafuerte trazó biografía, cortando el curso de su historia -en el libro V, capítulo III-, como uno de esos hombres “sin espada, que con su ingenio, probidad, bien hablar y arrojo, conquista acaso más que los otros”.

            Escribió la que podríamos llamar “biografía canónica” del prócer, a base de lo que él -como lo hemos visto ya- contó de sí mismo. Es decir, sin aportar mayor cosa.

            Pero dedicaría al personaje otras páginas, dignas de una gran biografía. En especial cuando la acción más turbia de su carrera política: la traición a sus compañeros chihuahuas y pacto con Flores. Con el tono de serena objetividad que guarda siempre el historiador, su juicio resulta aun más severo por la velada admiración que le merece el gran hombre. Es una página de prosa rítmica, serena, pero intensa:

 

Conocida por el Gobierno de Guayaquil la insurrección de Taura, el señor Rocafuerte dio un decreto declarando traidores a cuantos habían tomado parte, y borrados de la lista militar a los jefes y oficiales. Rocafuerte, que había sostenido antes la guerra con tanto ardor, quería ahora mantener la paz del departamento de su mando con el mismo fuego, y esto, la verdad sea dicha, era muy debido y justo. Pero excediéndose en los medios que empleaba para obtenerla, vino a incurrir en inconsecuencias de mucho bulto, castigó con rigor a los que poco antes combatieron por su causa y principios, y protegió con solícita vigilancia los intereses de ese mismo Gobierno que tanto había ultrajado. Hubiera valido más, para conservación del renombre de tan buen caudillo, que su carrera pública de entonces terminase con los ajustes de Julio y depósito de la fragata, y que deplorando a la distancia aquel furor conque se agitaban las pasiones de sus conciudadanos, sin serle dable moderarlo, aguardase en el retiro el fin que de cualquier modo habían de tener. Entonces el lustre de tal nombradía habría llegado con todo su esplendor hasta nosotros, y pasado con el mismo brillo a la posteridad. Pero nada hay perfecto sobre la tierra; y Rocafuerte, dejándose vencer por las sugestiones de la ambición, vinculándose con su enemigo y persiguiendo sin piedad a sus antiguos amigos, abrió aunque para cerrarlo más tarde, un extraño paréntesis a su larga cuanto ilustre vida pública.[32]

 

            Y completará el retrato con la pintura del gobernante en esas acciones en que mejor se mostraban sus grandes calidades de ser humano:

 

Y luego era de ver cómo Rocafuerte llevaba a ejecución sus disposiciones con cuanto aparato era posible, haciendo advertir su acción, haciendo que también otros participaran de su entusiasmo febril por las cosas que tendían al mejoramiento material y moral del pueblo. Si visitaba un cuartel arengaba a los soldados sobre el pundonor y lealtad militares, probaba del rancho que estaba preparándose, conversaba con los veteranos de sus campañas y victorias; si visitaba las cárceles, hablaba de la esperanza de establecer penitenciarías por el modelo de las que había visto en Europa o en los Estados Unidos, prometía aliviar la condición de los presos, y vaciaba la bolsa, llevada de propósito para el intento; y si entraba en el hospicio o en el hospital, platicaba con los pobres y los enfermos y volvía a vaciar la bolsa. En los actos literarios, sobre todo, y aun en los de las escuelas primarias, era de ver cuánto enamoraba con su numen y manera de hablar, con su saber y erudición, conla ciega confianza que tenía en los progresos de la juventud, y con ese entusiasmo de su decir que de grado en grado le llevaban hasta el arrobamiento.[33]

 

            El lector de mi libro dedicado a Rocafuerte lo reconoce en esta pintura; pero hay algo especial en ella: el tono de cosa conocida de primera mano o, apenas, por noticias de quienes así lo conocieron. Es ello mérito de la prosa de matriz conversacional de Cevallos.

 

JUAN LEON MERA

 

Pero la empresa biográfica mayor de Cevallos fue su Biografía del poeta señor Juan León Mera, que publicó en Guayaquil, en 1866.

            Desde la hermosa pintura del “joven pálido i moreno de semblante, ojos rasgados, anchas cejas, delgado, enclenque, i tan alto de cuerpo que, sin duda por esto, lo llevaba lijeramente encorvado i la cabeza inclinada para adelante”, rasgos físicos a los que siguen esos de costumbres y carácter, que acaban de dar vida al extraño personaje, al que “acompañado  siempre de su virtuosa i resignada madre, de la abuela i algunos criados, se le veía subir de la quinta a la ciudad, taciturno, casi melancólico, sin pararse a conversar con los que encontraba, tal vez sin saludarlos; i este porte, por demás serio i desapacible para un mancebo de su edad, nos le hacía mirar como un quijote incapaz de sacramentos sociales”[34].

            Da un paso más con la interrogación “¿En qué se ocupaba este mancebo?”, y dedica párrafo a sus primeros años de libertad en el campo y sus estudios de pintura en el taller de Antonio Salas, en Quito. “Esto es cuanto sabíamos del joven huraño i de medias palabras, por añadidura, porque Dios le ha negado el don de bien hablar”.

            Pero este joven es poeta. Esta será la biografía de un poeta. Recoge el biógrafo un escrito alegórico dedicado a quien sería su esposa, y después un poema que vino a dar en sus manos y él lo pasó a Miguel Riofrío, que lo publicó en La Democracia. Y al historiador le toca fungir también de crítico, pues logros y limitaciones serán del poeta:

 

No decimos que es perfecto el canto, ni la voz de un cisne; pero la voz tan luego como se oyó, se hizo conocer clara, sonora, varonil; voz de la naturaleza que podía perfeccionarse con el arte, no de las aprendidas contra la voluntad de la naturaleza (3)

 

            Lo que más preocupaba a Cevallos -y a Riofrío-, se ve, era la poética que presidía esos comienzos líricos. Cita el biógrafo largamente a Riofrío, que, presentando esa “opera prima”, sostenía que había pasado la hora de “la poesía ruidosa y cortesana” y de elevaciones excesivas. “Una poesía plácida i tranquila es la necesidad de nuestros días” -ha sentado, con la autoridad de que gozaba, y ha concluido:

 

“Parece que quien ha comprendido la necesidad del país en estos momentos es el jóven Mera, de la villa de Ambato, en la provincia de León (hoi capital de la de Tunguragua). Este jóven de pocos años, que mostró un jenio sobresaliente para la pintura, hoi ha tomado el plectro, i su musa naciente se ha presentado en las playas a donde ha debido bajar en pos de su descanso, i de donde debe levantarse otra vez para subir hasta la cumbre” (4).

 

            De todo esto, lo que contaba para la biografía era ese espaldarazo que el joven poeta recibió con la publicación y la atención prestada por uno de los críticos acatados del país.

            Se avanza en larga discusión con los Amunáteguis, que incluyeron a Mera entre los quince poetas a los que dedicaron “juicio crítico”, pero solo para destrozar sus producciones: argumentos de los romances insulsos, descripciones del titulado “Elvinia” bastante frías e insípidas, las composiciones festivas sin gracejo, las fábulas muy poco enjundiosas, la versificación muy poco robusta y sonora, y los versos frecuentemente duros y desapacibles.

            Como piezas de descargo, el biógrafo incluye, íntegras, numerosas poesías de Mera.

            Y vuelve a la historia. Diputado a la Convención de 1861. “I si en ella no se hizo conocer como hombre de bien hablar, porque carece de este dón, como hemos dicho, perteneció a esa corta minoría que combatió contra los degolladores de la libertad de imprenta, i contra los retrógrados que no quieren adelantar un solo paso por el camino de las reformas i la corriente del siglo” (23).

            Y regresa al poeta de La Virgen del sol. “Fuera del Canto a Bolívar- sentencia-, la gloria más cabal de las glorias literarias de Hispano-América, La Virgen del sol es la producción de mayor monta i más orijinal de los vates ecuatorianos, tanto por su estensión, como por el objeto, pinturas y desempeño de la obra” (24).

            Otra vez se da a la poesía. Resume largamente el argumento del poema y multiplica extensas citas, para terminar con algunas críticas, entre ellas la de Solano y la que escribiera en Valparaíso Ricardo Palma, que ponía al poema entre lo poco válido de la leyenda en la poesía americana.

            Y termina en el hoy de la vida del poeta -que en ese julio de 1863, en que la biografía se ha escrito, estaba apenas terminando una primera etapa-. Hermoso ese pasaje del ambateño para el ambateño, de tono eglógico, con ecos de clásicos latinos:

 

La vida que actualmente lleva Mera no ha salido de su antigua sencillez, fuera sí de haber perdido la hurañia pues de arisco que era se ha vuelto afable, dócil i hasta jovial. Dedicado a las labores de un terreno corto que ha comprado en las inmediaciones de Atocha, en el campo o en la ciudad, se lo ve de ordinario, nos dicen, vestido de poncho i cubierta la cabeza con tamaño sombrero, llevando cualquier rama de árbol por bastón, cuidándose poco de las murmuraciones de las lindas i pisaverdes, i cuidando mucho de su esposa i del hijo con que Dios ha bendecido sus amores. Mas amigo del campo i de la soledad que del tumulto i ruido de las ciudades, mas decidido por las chozas de paja que por las casas de teja, ha dado con los medios de pasar la vida en sosegada paz, limitándose a cultivar, pintar i cantar; tanto que, a pertenecer a otras edades, se le habría visto, por el dia, llevar contento su ganado a los pastos i abrevaderos, i al cerrar la noche volver, también contento, a su majada entonando alguna cancioncilla. (54)

 

            Esto, con todo, le merece nota que nos vuelve de este hoy bucólico al hoy de un Mera inmerso en la política. Dice la nota:

 

Desde Julio de 1863, en que escribimos este artículo hasta la fecha, ha habido tamaña alteración en la vida del poeta. Nombrado secretario del senado en el congreso de 1865, i despues de cerradas las sesiones, se ha comprometido con el nuevo gobierno a servir el destino de oficial mayor en el ministerio de lo interior i relaciones esteriores, i se halla viviendo en Quito.

 

            Curiosamente, Cevallos le busca una explicación a este giro en la vida de su ilustre paisano (“Sabemos de buena tinta que si se ha resuelto a turbar su método de vida es con el fin de hacer una segunda edición de sus composiciones, enmendando los yerros que contengan, i añadiendo las posteriormente publicadas, i las que todavía se hallan inéditas”). Y cerraba la nota haciendo votos porque el poeta “se vuelva a las hechiceras márjenes de su rio” sin ceder a las seducciones de la política, que para el autor del Resumen era “la enjendradora de las banderias i las malas pasiones”.

            Hay aún un par de últimos juicios sobre el aporte de Mera. Lo que Cevallos, el purista del Catálogo de errores y la lista de galicismos, más estimaba en su biografiado era que

 

Mera, como literato, pertenece en la actualidad a ese corto número de jóvenes que, descubriendo los atractivos de la lengua solariega de Castilla, i deseando vivir para la posteridad, andan promoviendo una como revolucion contra los escritores afrancesados, dueños al presente del encanto i agasajo de la moda. (59)

 

AUTOBIOGRAFIA

 

E hizo, además, Cevallos su autobiografía.

            En el Sud-Americano, escribe, en 1885, páginas en que se pintó a sí mismo. Mera lo dijo: “entre chanza y chanza, al parecer se pintó a sí mismo”. Y en nota añadió más: “Después, riendo, me decía que esto fue verdad”[35].

            Recogieron esos risueños párrafos de lenguaje castizo, sabroso, y desenfadado humor las mocedades del historiador, esos que el serio y concienzudo Mera llamó “sus años perdidos”:

 

Di en andar de cotarro en cotarro, chancéandome en esta casa, jugueteando en otra, bebiendo, cantando, bailando en la de más allá, dándome un verde por los huertos de Ambato, pavonadas repetidas por los Edenes de Guano, por los Chambos y Pallatangas, siempre en movimiento, siempre con amigos y amigas, sino realizándolos, siempre haciendo paraísos. Después pasé a mayores: me gustó alguna, le gusté y nos amamos. ¡Primer amor, dádiva del Cielo, alma de la vida! Detúveme en la delectación de mis amores, y me celaron y celé. Enojada ella unas veces, y yo enfadado otras, nos mirábamos de reojo, pero sin aborrecernos y más bien como dispuestos a darnos por buenos. Venida la ocasión, que la buscábamos a posta, nos explicábamos, transigíamos, quedaban hechas las paces.[36]

 

            Y, tan sabroso como este, un párrafo más, y otros de suma y balance. Ha puesto, dice, “los altos y bajos, los triunfos y las rotas, el pro y el contra, las glorias del calavera y los riesgos de la vida airada”, y, sacando cuentas, concluye que “entre los percances del oficio y sus penalidades, estoy por los primeros con todas sus consecuencias, y ¡vive Dios! que si volviera a mis mocedades, fandanguero había de ser, que, de no serlo, no habría penitencia con qué purificar la falta”.

            ¡Qué lástima para la literatura del tiempo que Cevallos no hubiera avanzado en ese delicioso cuento de su vida!

 

 

2. El costumbrista

 

“En la narración o descripción de las costumbres ecuatorianas no ha habido quien le iguale, y a la exactitud une un fino gracejo que le capta la simpatía del lector”, escribió Nicolás Jiménez, acatado crítico[37].

            Comenzó por artículos de costumbres en periódicos; pero su aporte mayor y más maduro se dio en el tomo VI del Resumen, que no es historia, sino presentación del habitante de estas tierras, escenario de su historia, y sus costumbres más pintorescas.

            Comenzó por las de los blancos y mestizos: bailes, afeites femeninos, corridas de toros -no la formal, sino los toros de pueblo-, el juego del carnaval y las fiestas religiosas -el día de finados, los disfrazados de Inocentes, tabladillos y procesiones por Reyes.

            Y anuncia el paso a otras gentes así: “Individuemos ahora las costumbres de los indios, únicas que difieren propiamente de las de otros pueblos”, y entonces da un paso largo, de adelantado, del folclorista al sociólogo. Y su pintura de la vida del indio desde que nace, más allá del detalle de vestidos, alimentos y trabajos, da en páginas que, no obstante su tono de objetividad, o acaso por ese mismo tono, son conmovedores testimonios de denuncia de una condición miserable:

 

Indios e indias comen o, más bien dicho, lamiscan cuanto pueden, a cualquier hora del día o de la noche, y sin reparar en que estén o no fríos o calientes los alimentos. Jamás rechazan lo que se les da a comer; pero también resisten al hambre por largas horas, y lo primero prueba que viven hambreados de por vida.

Duermen al suelo raso dentro de sus casuchas, o en los corredores de las haciendas, con la misma comodidad que otros sobre colchones y en estancias abrigadas. No se quitan los vestidos para dormir, pues son raros los que tienen mantas, y pocos los que cuentan con un par de zaleas para el descanso de la noche. Se acuestan muy temprano, rendidos a no dudar de su sempiterno trabajo, y se levantan igualmente muy temprano.[38]

 

            Hace una pintura colorida y pintoresca del danzante, desde su larga y costosa preparación hasta su ostentosa indumentaria, y vuelve a caracterizar al indio y su condición lamentable:

 

La fisonomía de los indios es desabrida, grave, melancólica, como amortiguada por la miseria, y su indiferencia raya en cinismo.

 

y denuncia:

 

¡No! La independencia de que tanto blasonamos, no puede referirse a los indios, a cuyo nombre hablaron nuestros padres para conquistarla, a cuyo nombre se granjearon las simpatías de las naciones ilustradas.

 

            Al indio apenas si hace treinta años se lo redimiera del tributo.

            Pero esta visión no esta clausa en cerrado pesimismo. Reconoce que los indios de las ciudades han podido superar esa situación de miseria y abyección. Ve señales de ello en la mejora de su vestimenta y en ciertos oficios -como el comercio de ganado-; hasta hay algunos “a quienes puede tenerse por ricos”.

            Y pasa a pintar, con lujo de detalles, en cuadros de gran riqueza, las costumbres de los indios orientales.

 

 

 

3. La obra magna: la Historia.

 

Pero la obra magna de Cevallos fue su Historia y allí es donde damos con sus mayores poderes de escritor. En la parte que le es más propia y no depende de otras historias, y que por mucha menor distancia de los acontecimientos le permite tener testimonios de testigos y hasta actores de la historia, con lo cual su trabajo histórico se enraíza en testimonio y crónica y se aclimata en ámbitos que son los mismos del presente.

            Comenzamos, pues, nuestra búsqueda del escritor Cevallos por el relato de la gesta de Agosto[39].

            Nacido en 1812, el mismo año en que el pueblo soberano de Quito, en pacto solemne, se dio Constitución, gesto estupendo que muchos de los republicanos -los que lo defendieron con las armas- pagaron con sus vidas, hasta los ensañados fusilamientos de diciembre, la infancia y juventud del futuro historiador habrá estado rodeada de recuerdos de esos hechos heroicos, que seguramente se animaban de especial color y vida en el relato de los más pintorescos, dramáticos, bizarros.

            En otros varios textos hemos dado ya con las principales páginas que a sucesos tan ilustres y nuevos dedicaron actores, testigos e impugnadores. Ello nos permite apreciar mejor el aporte de Cevallos, como historiador y como épico de esa hora gloriosa y trágica.

            Abre ese primer capítulo del tomo III con un Espejo que se mueve entre los lugares comunes al uso y crasas equivocaciones, como eso de que el Precursor fue a Santa Fe en destierro o que él fuese el autor de las banderillas de Liberi esto. Salva Cruce.

            Su primer intento de hacer filosofía de la historia -en cacería de la causa por la cual en todas las colonias americanas se sintió a un tiempo la inquietud libertaria- tampoco resultó especialmente feliz, ni como pensamiento, ni como prosa.

            Un primer chispazo de lo uno y lo otro se dio en el final de párrafo que dedicó a Aranda:

 

En vano el conde de Aranda, hombre de seso y político atinado, se había opuesto con muy atinada previsión al reconocimiento de la independencia de los Estados Unidos, y en vano aconsejó en su Memoria Secreta, presentada en 1783. Tal memoria arrebata nuestra admiración al ver cumplida la mayor parte de lo previsto para lo futuro, pues parece escrita después de los acontecimientos que temió ese gran político.[40]

 

            Comenzaba a mostrarse buen caracterizador de los actores de la historia: en pocos rasgos decisivos, dichos con enorme rigor y propiedad. En casos como el Marqués de Selva Alegre, debería extenderse para abordar por varias laderas la complejidad del personaje en una hora también compleja -el 10 de agosto de 1809-:

 

Don Juan Pío Montúfar, marqués de Selva Alegre, hijo de otro del mismo nombre y título que gobernó la presidencia desde 1753 hasta 1761, y que se había casado en Quito con doña Teresa Larrea, era un hombre de fina educación, de cortesanía y acaudalado, con cuya riqueza, liberalidades, servicios oficiosos y maneras cultas se había granjeado el respeto y estimación de todas las clases. Si como titulado e hijo de español había sido partidario de Fernando VII y decidido por su causa, como americano lo era más todavía de su patria que no quería verla ni en poder de los Bonapartes ni dependiente de la Junta central de España, la oficiosa personera de la presidencia. Pero asimismo, si como promovedor principal y arrojado partidario de la revolución se mostró muy aficionado a ésta, mostróse más aficionado todavía a su propia persona e intereses particulares; pues, nacido y educado como príncipe, no tenía por muy extraño ni difícil seducir a sus compatriotas con el brillo de la púrpura, y encaminarlos, aunque independientes, bajo la misma forma de gobierno con la cual ya estaban acostumbrados. Quería, cierto, una patria libre de todo poder extranjero, a la cual había de consagrar sus afanes y servicios generosos, pero acaudillada  por él o bajo su influjo, sin admitir competencias; gobernada en fin por su familia, sean cuales fueren las instituciones que se adoptaran, ni pararse en que habían de ser precisamente las monárquicas. Quería, sobre todas las cosas, la independencia; y a fe que había acierto en este principio, puesto que con independencia recuperaba la patria su dignidad. El carácter del marqués, flaco por demás, contrastaba con sus fantásticos deseos; y carácter y deseos juntamente le llevaron dentro de poco a la perdición de sus merecimientos y fama (45-46).

 

            No es el personaje de novela, y así apenas si lo vemos: es el personaje histórico; el que iba a jugar papel protagónico en los sucesos de Agosto. El historiador atiende a esos rasgos de carácter que iban a decidir su actuación y aun la suerte misma de la Revolución.

            El retrato de Morales, en quien Cevallos ve, con razón, el nervio de la Revolución se hace con pinceladas fuertes y frases felices:

 

Tenía talento distinguido, bastante instrucción, conocimientos más cabales en materias de gobierno y de política, firmeza de carácter y valor acreditado: era, sin duda, el más a propósito para encaminar la revolución a buen término y dejarla victoriosa. Airado y rencoroso por el desaire recibido, se le había visto andando de aquí para allí desde muchos meses atrás, alentando a unos, despreocupando a otros, concitando a todos, bien a la voz o por medio de cartas, para dar en tierra con el gobierno que le ultrajara y tenía ultrajada a la América. Activo y diligente, ambicioso y turbulento, nacido para obrar en medio de tempestades, no habría reparado en obstáculos para salvar su opinión y bandería; y así como, aprovechándose del amparo y nombradía del marqués de Selva Alegre, vino a ser el director y alma de la revolución, así, a no dar tan intempestiva y precipitadamente el grito que acababa de sonar, la habría salvado (47)

 

            Nuevo retrato dominado por la complejidad. De Stevenson recoge lo del resentimiento por la injusta privación de su secretaría, pero en la misma oración hace pasar la motivación personal a la patriótica -“el gobierno que le ultrajara y tenía ultrajada a la América”-, y luego se complace en acumular, en perfecta vecindad, luces y sombras, hasta el tremendo final: por él se dio “intempestiva y precipitadamente” el grito y se perdió.

            Quiroga surge como la antifigura de Morales, “quien había llegado a dominarle solo por la impetuosidad de su genio”, y “a no hacerle sombra Morales, habría sido la primera figura de la revolución, y tal vez más provechosa, porque a su valor unía la discreción”.

            Y aun más notables como literatura esas pinturas resueltas a nerviosos brochazos de los otros hombres de Agosto:

 

Ante, republicano desembozado, tan buen jurista como hombre de acción y de armas tomar

 

Arenas, despejado, verboso, marcial, pudiendo servir para todo, para la paz o la guerra, para el gabinete o los campamentos, pero falto de ambición, la engendradora de las virtudes elevadas tanto como de los horrendos crímenes

 

Saá, dulce y seductor en las conversaciones familiares, irritable y agrio en la política.

 

            En las biografías más apretadas y sumarias hizo un uso discreto y elegante de la retórica:

 

Y Carlos IV, nacido para sacrificarse por quien sacrificaba su dignidad de esposo y la de la corona, renunció ésta en favor de su hijo Fernando por salvar la vida del ministro (79. 37)

 

            ¡Qué estupendo manejo de la ironía, intensificada por el juego de sacrificarse-sacrificaba!

            Cevallos es un retórico de instinto, más que de academia o ejercicio calculado. Usa las figuras con más directo poder de intensificación. Así la repetición anafórica de guerra, para la de resistencia del pueblo español a la ocupación francesa:

 

guerra de alborotos, motines y correrías, guerra santificada por su objeto, puesto que se hacía para mantener su independencia nacional; y guerra por demás gloriosa, ya que llegó a derribar al coloso que había sabido resistir tantas coaliciones europeas (79, 38).

 

            Al venir a las cosas de Quito hay párrafos que se dejan llevar por el brío de la prosa sin una adecuada contraparte de análisis histórico.

            Pero va dando en versiones certeras:

 

Era, pues, necesario introducir de grado en grado e ingeniosamente en el ánimo del pueblo algunas ideas de independencia y libertad, si no para que se aficionaran a ésta, a lo menos para que no se decidieran a combatirla con enojo (79, 39)

 

            Y las causas que halla al fracaso de la primera Junta son vistas con penetración y dichas con fuerza, casi dureza. De los hombres de Agosto sentencia:

 

Letrados acostumbrados a esclarecer el derecho entre las partes contendientes, muy buenos para formar leyes y hasta constituciones, para todo podían servir y sirvieron de hecho, menos para obrar con la energía que demandaban las circunstancias. Se agitaban en dar papeles y papeles, elocuentes si se quiere, que salían a luz por la prensa o publicados por bandos; pero lo que es pensar en proceder con pujanza, en instruir oficiales, en disciplinar al soldado, en la unidad y vigor conque[41] debía obrar el gobierno para hacer la guerra o sostener la que habían de traerla, tal vez no pensó ninguno (79, 49)

 

            Y, prueba de gran narrador, sabe rodear de un clima trágico esa altiva revolución: Quito,

 

y sola, pobre, encajonada entre las altas cordilleras, sin caminos ni puertos para hacerse de armas y dinero, y contando unicamente conque otros pueblos, dueños de mejores elementos para empresa semejante, obrarían como los de Quito, tuvo que sostener una lucha desigual y tuvo que sucumbir (79, 52)

 

La revolución, digámoslo con lisura, obraba sin unidad, sin influjo, sin gobierno y hasta sin principios, por lo mismo de andarse contemporizando con sus enemigos, cuando una vez consumada con tan buen éxito debió obrar diestramente y con pujanza (79, 60)

 

            Reto para quien hacía historiografía como narración seguida de sucesos, hilvanando al hilo de esa narración comentarios y juicios, y destacando personajes o momentos decisivos, era la tragedia del 2 de agosto de 1810. Por ello, ese relato, situado al comienzo del capítulo II de este tomo III, resulta oportunidad especial para seguir al historiador, buscando sorprender sus destrezas de oficio y su arte.

            Se abre el relato con un párrafo de reflexión moral sobre el peligro de los gobiernos de pecar por más o por menos “para conservar el orden y el imperio de las leyes”.

            Busca presentar luego el estado de ánimo del pueblo quiteño, sacado de su estar “apocado y vacilante” en 1809 a otro de excitación, compasión y rabia.

            Magnífico el párrafo como prosa -como historia, menos, porque se ve que se había decidido por una interpretación de los hechos, sin discutir las otras (se recordará, por ejemplo, la teoría del autor del Viaje imaginario)-. En pocos lugares el contraste entre la alta calidad de la prosa y lo frágil de la interpretación histórica queda patente como en este:

 

Los perseguidos eran muchos, los más de ellos hombres de séquito y cuantía, quien por su talento y saber, quien por su hacienda, quien por la alcurnia, llenos de conexiones y de conocida influencia; y no era posible que el pueblo, acostumbrado a vivir bajo la protección de esos hombres, viera con indolencia, cuanto más pacientemente, las angustias en que se hallaban tales protectores (79, 71).

 

            Y en otro párrafo aventura una de las causas del fracaso del movimiento que él tenía por masivo del pueblo quiteño. La empresa era “más que aventurada, loca”.

            Y, al comenzar el relato de los hechos, se instala en el presente histórico: “Suenan las campanadas de alarma, y los llamados Pereira, Silva y Rodríguez, capitaneados por José Jerés, embisten contra el presidio…”

            Pero ni es dramático como otros relatos, ni lo intensifica retóricamente -como, por ejemplo, Agustín Salazar y Lozano, de quien cita un párrafo-. Lo que le importa es procurar la mayor exactitud en la relación de aquellos confusos sucesos.

            Pero la narración histórica que busca conciliar el cuadro general con los detalles tiene que llegar a la matanza misma de los próceres en el Real de Lima. Y cosa tan tremenda la resuelve el historiador por una generalización y dos cuadros particulares. Los presos de los calabozos altos “se esfuerzan cuanto pueden para atrincherar las puertas de sus aposentos”.

 

La precaución fue inútil, porque los soldados las hacen pedazos, y de seguida descargan sus fusiles a manos lavadas y de montón sobre los presos. El que todavía no ha muerto de las balas, muere a sablazos o bayonetazos; y los victimarios, pasando de un calabozo a otro, obran en todos como en el primero, y se derrama la sangre a borbotones.

 

            De los cuadros, el primero es el del asesinato de Quiroga frente a sus hijas. Depende Cevallos en casi todos los detalles del relato del Viaje imaginario, salvo eso de que el prócer “salió gritando que le dieran confesor”, que no sé por qué lo suprimió.

            Para el siguiente cuadro parece depender también, en lo esencial, de la obra del Provisor Caicedo: Castillo que se finge muerto para evitar ser ultimado. Caicedo lo narró así:

 

don José Castillo, que se empapó con la sangre de sus compañeros y fingió muerto. Lo habría sido si no se vale de este artificio y si no hubiese tenido valor y sufrimiento para dejarse despojar de sus ropas y hacerse insensible a las heridas que le dieron.[42]

 

            Cevallos, que comienza por llamar al personaje Mariano, y que le pinta “joven de gallardo parecer, valiente y de lucido entendimiento”, aporta el detalle de que fue herido de bala en la espalda. Se extiende en la pintura de su desesperado arbitrio:

 

Desgarra sus vestidos, los ensucia con la sangre que está arrojando su cuerpo y se tiende como uno de tantos cadáveres. Los soldados que andan rebuscando a los que pudieran estar ocultos, y que pasan punzando los cadáveres con las bayonetas, punzan también a Castillo una y otra vez, y Castillo recibe impasible y yerto diez puntazos sin dar la menor señal de vida

 

y concluye la tremenda página con la escena del convento de San Agustín, donde de entre los cadáveres surge aquel aún vivo y los frailes “lo llevaron con entusiasmo a una celda muy segura”.

            Cevallos no es novelista. Si lo fuera, no tendría el menor sentido preguntarse si esta pintura respondía a lo sucedido o era reconstrucción más o menos imaginativa. Que es el caso del relato de estos mismos sucesos de agosto de 1810 hecho por Carlos R. Tobar en su Relación de un veterano de la independencia[43]. La obra de Carlos R. Tobar es novela. Otra cosa es que en ella el punto de vista del narrador fuese el de un testigo de los sucesos que cuenta y por ello el autor procure el mayor apego a la veracidad de lo sucedido -es decir, por razones de verosimilitud y tono-. Para la matanza de los próceres que tenían de visita a sus hijas y la de Arenas, pone una nota: “Narración de la misma Sra. Bárbara Arenas, tía del autor de este libro”[44]. Quiere dar a su narración, a más del valor novelesco, el histórico. Cevallos no: él hace historia, y debe apoyarse en sus fuentes, aunque no las mencione, ni, peor, cite. En el caso de Castillo, le dedica una nota, por la que nos enteramos que fue ambateño y que en 1818 partió al Perú, de cadete del Numancia. A la hora de esa partida -de la que nunca regresó- Cevallos tenía 6 años. No era edad, seguramente, para entrevistar al personaje -ya sabemos que de todo tuvo el ambateño menos de niño intelectual prodigio-; pero sí para escucharle el relato de aquella tremenda página de su vida en alguna tertulia familiar; o para escuchar a quienes oyeron de sus labios la historia. Sea de ello lo que fuere, la nota aquella testimonia el interés del historiador por el actor de aquel bizarro episodio.

            Ya para cerrar página tan sombría de su historia, Cevallos consignó:

 

Ha más de cuarenta años que esas víctimas pasaron a la eternidad, y sin embargo ¡las lágrimas que arranca su memoria se derraman de año en año, y de seguro que se derramarán de generación en generación! (79, 76)

 

            Esas lágrimas debían acompañar a relatos de quienes estuvieron, de uno u otro modo, cerca de los sangrientos sucesos.

            Sale entonces Cevallos, al igual que todos los otros memorialistas de los acontecimientos de Agosto, a lo que siguió en las calles. Lo introduce con anuncio que sugiere una acción dramática o trágica, en Quito convertida en escenario de alto heroísmo y ominosa muerte:

 

Las zozobras y alborotos, mientras tanto, habían cundido principalmente por las calles centrales de la ciudad. El telón no se había descolgado todavía, y los asesinatos del cuartel apenas correspondían a la apertura del drama que debía terminar con otras escenas más sangrientas.

 

            Nuestro historiador rehúye excesos de patetismo; pero esos sucesos exigían patetismo, y lo que pudiera parecer excesivo no lo era. Acude entonces a otros narradores, garantizados por su condición de testigos presenciales:

 

Insertamos algunos trazos de los apuntes de nuestros cronistas, testigos presenciales de los sucesos de Agosto. Acaso sean exagerados, acaso obra de las vivas impresiones del momento; pero hay tanta conformidad entre sí y tanto ajuste con lo que sostiene la tradición, que no hay como desconfiar de la verdad de cuanto refieren.

 

            Importa no perder de vista que cuando el historiador amasaba con todos aquellos materiales su relato histórico vivían muchos actores y testigos oculares de la gesta y tragedia de los agostos -él mismo se ha referido a los cuarenta años que separaban la hora de su escritura de los hechos.

            Se ha dicho que Cevallos es historiador romántico. Esto no se sostiene. Domina en él la contención del clásico. Manuel María Pólit llegaría a decir que era un imitador de los clásicos y su estilo “bastante almidonado y tieso”[45]. Eso del “almidonado y seco” resulta, como se irá viendo, más que discutible. Pero es clásico por el clima de serena objetividad en que se mueve aun en los tramos más agitados de su historia, y por los límites que fija a su lenguaje narrativo. En los vibrantes trozos que ha transcrito le parece ver “pormenores tal vez escritos en la noche del mismo 2 de Agosto, como lo demuestra lo desaliñado del lenguaje”[46], y cree necesario justificarse por haber entregado relatos tan dramáticos. Dice haberlo hecho “para corregir las apasionadas relaciones del historiador español Torrente, que hablando de los horrores y confusión de tan infausto día, da a entender que el triunfo de las armas de Castilla fue obtenido en combate formal con el pueblo de Quito, cuando los más de los asesinatos pertenecían al número de los inocentes, y casi con autorización de los mismos gobernantes”. “El dos de Agosto de 1810 -concluye con sugestiva analogía- no fue sino una imagen del 2 de Mayo de 1808 en Madrid, donde allá, como aquí, el pueblo indefenso quedó sacrificado”.

            Esto es lo que más importa al historiador: destacar la grandeza de los hechos de la historia que narra. Para lo crudo se vale del paralelo con aquel heroico sacrificio del pueblo español.

            Concluye el apartado dedicado al 2 de agosto de 1810 discutiendo, en largo párrafo, las responsabilidades de tan lamentables sucesos. Y esto nos deja ante la otra cara del historiador: la del analista y crítico. Hace gala de un pensamiento que busca situarse en tribuna de juez, pesando las razones de una y otra parte: la del gobierno -se trataba de una conjura tramada por los mismos presos- y la de las víctimas - fue una trampa tendida por los propios gobernantes (era, se recordará, la versión del Viaje imaginario). Pero acaba por inclinarse y casi tomar partido por una tercera, que él es el primero que la ha recogido:

 

No obstante lo dicho, el tiempo ha venido a revelar que Salinas, Morales, Quiroga y otros de su partido, sabedores del piadoso deseo de sus conciudadanos para libertarlos, y celosos de la popularidad e influencia del Comisionado regio que venía a robustecer la de su familia, y a defraudar en cierto modo las glorias del 9 de Agosto, fueron, sino los agentes principales de la revolución del 2, los que la precipitaron para no deber sino a ellos mismos, y no a Montúfar, a cuya familia imputaban los errores de la junta, la salvación de la vida, el restablecimiento de los principios proclamados el año de nueve y la pujanza de su causa (79, 82- 83).

 

            Cevallos era historiador de tesis. Ciertas tesis eran claves de unidad de la vasta y tan bullente y al parecer dispersa panorámica y le conferían tensión intelectual. Una de ellas era la parte que en el desastre en que iba a encallar casi en cada tramo su historia correspondía a los partidos políticos. Cierra, entonces, su relato con un final en que el recurso retórico de la pluralidad -“desatentada, vanidosa, intolerante, irracional”- trazuma pasión, esa pasión moralizadora que caracterizaría al autor:

 

La lógica de los partidos que han llegado a encelarse y a exaltarse, ha sido y será siempre así, desatentada, vanidosa, intolerante, irracional, y desdeñarán los abanderizados hasta su propia salvación, hasta la de su propia causa por no recibirla de parte de sus enemigos.

 

            Los lugares más fuertes del Resumen serán esos juicios de la inmoralidad, el desorden, el abuso. A propósito de los indios que mataron a palos y piedras al oidor Fuertes y a Vergara, describe con tintas cargadas el hecho y sentencia, generalizando:

 

No contentos los asesinos con esta cobarde venganza de agravios que ellos no habían recibido, arrastraron los cadáveres por las calles de la ciudad, y los presentaron magullados y destrozados en la plaza mayor, gozándose de tan atroz delito como si los cadáveres fueran trofeos de victoria alcanzada en combate bien reñido. Estas infames demasías de los foragidos que asoman de sobresalto en las revueltas, como espontáneamente brotados de la tierra, amancillan las más justas y santas causas de los pueblos, y esos dos asesinatos, cometidos a nombre de las víctimas del 2 de Agosto, son horrores que la revolución no puede limpiar, por más que se diga no haber estado en la junta la potencia de evitarlos. La infamia y los crímenes, con la misma razón que la gloria y las virtudes cívicas, inmortalizan y se atribuyen de lleno a los gobiernos en que han tenido lugar, y fuerza es condenar al de la junta que no acertó a precautelar con seguridad cuantos incidentes pudieran sobrevenir, cuando desde muy antes había penetrado las malas intenciones del pueblo (79, 89- 90).

 

            Un alto amor a la patria lo ha conducido a graves y aun dolorosas conclusiones sobre lo que ha causado la derrota de la misma patria o sus más caros intereses. Esos párrafos de reflexión sobre estos problemas éticos y sociales son los más tensos de pasión, más dolida que colérica. Las pugnas en la segunda Junta entre los del de Selva Alegre y los del de Villa Orellana le merecen esta reflexión y este juicio proyectado a toda la historia de que le ha tocado ser testigo:

 

Demarcadas así las banderías, los miembros de la junta, los jefes y oficiales, los letrados y eclesiásticos, los soldados y el pueblo participaban con más o menos calor de las pasioncillas de los caudillos, y esta discordancia, era natural, debía perderlos y resultar en daño de la patria. Quito, dominado siempre por facciones, ha tenido que deplorar constantemente los ambiciosos extravíos y egoísmo de los hombres que se han encargado de regirle. Entusiasta y fiel en cuantas ocasiones se ha proclamado una buena causa la ha apadrinado con buena voluntad para luego caer bajo la dominación de los partidos que, combatiendo ayer por esa misma causa, se han hecho casi de seguida una guerra cruda. Así, enflaqueciéndose gradualmente de escisión en escisión, o robusteciéndose en apariencia por medio de vergonzosas transacciones, han tenido que rendirse después al imperio y unidad conque ha obrado el enemigo común, pronto en aprovecharse de la discordia, sin que la repetición de tan malos resultados ni la memoria de lo pasado hayan podido hacerlos más discretos. Los sucesos del tiempo de la presidencia y otros posteriores de que no quisiéramos haber sido testigos, confirman nuestro modo de pensar a tal respecto (79, 103-104).

 

            Estupenda síntesis admonitoria de la historia patria, cuyos ecos resonarían en algún severo sermón de González Suárez. Admonición que hacía de la historia de Cevallos esa “magistra vitae”, que dijera Cicerón: historia proyectada al presente y futuro de los pueblos historiados.

            Esta trágica historia de nuestros Agostos remata con páginas magistrales, de brío épico, dedicadas a la victoria quiteña convertida en retirada ignominiosa por la bandería montufarista -magistrales como literatura histórica, sea lo que sea que se piense sobre esa apreciación de los hechos.

            Cólera subterránea agita el relato. Se la siente pugnar por emerger a la superficie en una toma de partido -generalmente extraña al historiador-:

 

El ayudante de campo de Calderón, hoy coronel Francisco Flor, a quien debemos los pormenores de esta campaña, era el conductor de las bravatas y amenazas que con tal motivo se cruzaron entre el comandante en jefe y aquel consejo arbitrario que fue a exponer, indolente, el pundonor y libertad de un pueblo en vísperas del combate. Hubo momentos en que Calderón, contando con las fuerzas de Ambato y Latacunga, extrañas a las mezquinas contiendas originadas y sostenidas en la capital, pensó en deshacerse de aquel impertinente conciliábulo, arrojándole a balazos. Y cierto que procediendo así, habría obrado, no sólo con sobradísima razón, mas también con justicia y con derecho, ya que el consejo fue siempre la causa de haber defraudado por entonces la gloria de nuestras armas (79, 110).

 

            ¡Y qué contraste entre el triunfo de Verdeloma -“aunque nada esplendoroso”, “primer laurel que conquistaron las banderas de la patria”- y la retirada, otra vez causada por celos y rencillas!:

 

Así, muy pocas horas después, aquel campo de victoria conquistado con la sangre de los pueblos, se abandonó sin escrúpulo al enemigo con los prisioneros, los cañones, los equipajes y, lo que fue peor, la victoria misma, que, no sólo se llegó a poner en duda, sino que la cantaron como suya los realistas a causa de tan ignominiosa retirada. Y más bien que retirada, parecía una derrota de las más rematadas, en que jefes, oficiales, soldados, mujeres, vivanderos y bagajes se embarazaban recíprocamente por los fangales del camino, como apremiados por algún cuerpo vencedor que venía aguijándoles y castigándolos (97, 112).

 

            Ha desplegado Cevallos sus poderes de narrador, en página tan viva y fuerte como la de la mejor novela del tiempo. Y se extrema aun más en la pintura trágica del jefe que ha visto terminarse de manera tan torpe una campaña que iba para gloriosa:

 

Pónese furioso al conocerla, monta precipitadamente a caballo, y vuela desesperado por alcanzar a los que, sin apreciar su pundonor, triunfo y gloria, venían a recibir los muy justos y amargos reproches de los pueblos por tan criminal y vergonzosa retirada. Encuentra a los primeros que caminaban a retaguardia atollados todavía entre el lodo y fangos, y les habla de detenerse y volver caras; mas ellos siguen su camino. Les reta y amenaza, pero nada; les perora y ruega, pero nada; y ese hombre, impotente como un niño, porque carece de maña y esa fuerza moral conque se logra vencer los más insuperables obstáculos, abatido a la postre por una indolente pertinacia, tiene que rendir y rinde su cuello a la mala suerte que le defrauda el honor conque pudo entrar en Cuenca.

 

 

EL NARRADOR

 

La historia es narración y los mayores historiadores han sido hábiles y hasta sabios narradores -Voltaire y Lamartine, por supuesto, y Gibbon, von Rotteck,  Michelet, Carlyle, Froude, Saint-Simon, Niebuhr, von Ranke, von Treitschke, Prescott, Guizot, Macaulay... sin salir de los que pudiera haber conocido Cevallos[47]-. Cevallos en su Historia es narrador. Y el lector del Resumen lo reconoce, en las páginas más sabrosas y vivas, como uno de esos conversadores que animaron inolvidables tertulias con relatos sacados de las canteras más ricas de casos y cosas que era la historia, no tan lejana como para carecer ya de testigos, pero sí lo suficiente como para sufrir elaboraciones legendarias y hasta mitificantes.

            Por reducirnos  a la parte de su Historia en la que hemos instalado nuestra búsqueda del escritor, que es la más personal y rica -la independencia y la república-, relato tan largo, de hechos en largos tramos semejantes -ese ir y volver de tropas y sus movimientos tácticos, escaramuzas y combates- pone a prueba al narrador. La supera porque no cae en monotonía gracias a la riqueza y sabor del lenguaje, al oportuno empleo de intensificadores para dar vitalidad al relato, al relieve de los personajes.

            Sigue con especial complacencia esos movimientos de tropas -cabe concluir cuanto le impresionaron desde los años de su primera juventud, atendiendo a esas vicisitudes de las que escribió “Los vaivenes de la guerra se ven constantemente avasallados a multitud de contingencias y circunstancias que los alteran o modifican a su antojo” (V, X, XI)-[48]. Y apenas si se detiene en algún episodio edificante o bizarro.

            Y en los períodos de paz, atiende de modo especial a Congresos y Convenciones, pero reduciéndose a enumerar sus principales logros, con breve juicio de los que parecen merecerlo.

            En el relato de la acciones bélicas -que dominan y marcan largos tramos de ese tiempo que historia- llega a desarrollos que cobran dimensión épica -acabamos de referirnos a uno de ellos-. La narración de la guerra de Pasto, liderada por el infatigable Agualongo, cobra el aire trágico de la de Canudos (IV, I, III, BAE 85, 16-19).

            Cómo procede en un pasaje cumbre de heroísmo y dolor, lo hemos visto en el relato de los sucesos de Agosto, que remata con la campaña de Montes sobre Quito, precedida de un sino trágico, con cuadros vivos, y traspasada de amarga ironía ante esas inútiles plegarias y procesiones (la guerra de nuestros padres, escribe, era una guerra “en que contaban más bien con las fuerzas espirituales del cielo por medio de procesiones y rosarios, que con las cabezas y brazos de la tierra”).

            La batalla de Miñarica se revive con especial rigor topográfico -como que se nos invitara a visitar el lugar de hecho tan sangriento y sombrío-, con simple grandeza y patetismo. El recurso al presente histórico transmuta el suceso pasado en ese tremendo aquí y ahora que hirió a Quito de modo que estaría aún vivo y sanguinolento en los días en que Cevallos lo historiaba:

 

Los bisoños cuerpos de retaguardia, Pichincha y Azuay, y la caballería, ya entonces tan buena como la del General Flores, demasiado distante para atender a las urgencias del  momento, vacilan algunos instantes entre resistir y correr, y viendo que el ejército enemigo se arroja tras ellos con el mismo ímpetu conque acaba de arrollar la división de vanguardia estréchanse de ánimo, supera el desaliento y echan a huir. Aprovéchase el enemigo de esta ocasión y carga rápidamente de nuevo, no ya contra cuerpos que le reciben a balazos y de frente, sino contra batallones fugitivos que corren botando las armas, y cayendo aquí y allí muertos o heridos. Los que los llevan vencidos aumentan su ferocidad a medida que mengua la resistencia, y los arenales de Miñarica quedan humedecidos con la sangre de ochocientos cadáveres tendidos en el campo, fuera de cerca de otros cientos esparcidos por las cercanías (92, 13-14).

 

            Añade nuevas pinceladas sombrías -Otamendi, “con entrañas de hiena”, “después de la batalla dentro de la hora que bastó para dar fin a esa guerra de más de un año, mandó a asesinar a diecisiete hombres que otras almas caritativas los llevaban como prisioneros; y no solo esto, sino saboreándose con las contorsiones que hacían la víctimas en su agonía”. Cosa tan criminal la conoce, dice en nota, por informe de un coronel del ejército del propio Flores).

            Siempre receloso del patetismo, sabe narrar los hechos más trágicos con acordes graves, en lugares en que simplicidad y serenidad cobran tono de cosa grande y casi solemne. Solo este párrafo dedica al hecho mismo del asesinato de Sucre:

 

Atravesando andaba ya el 4 de Junio las selvas de Berruecos cuando una descarga de fusilería arrojada por sus espaldas le dejó tendido al punto, víctima de la ambición y envidia de asesinos alevosos. Cuando le fue al Libertador tan triste nueva, derramó lágrimas tiernas por su amigo y compañero, y “¡Santo Dios, exclamó, Se ha derramado la sangre de Abel!” (88, 134)

 

EL PERIODO

 

El módulo de esta prosa narrativa es el período.

            El período -escribí en el estudio introductorio de los tomos que a la historia de Cevallos dediqué en la Biblioteca de Autores Ecuatorianos de “Clásicos Ariel”- es una constante de la prosa ecuatoriana -y por supuesto americana- del siglo XIX. Pero en Cevallos damos con un período muy aligerado, que discurre fluyente, sin que esas unidades de la prosa se nos impongan como tales. Modo muy acomodado al narrar histórico: una cierta periodicidad evita el ritmo entrecortado, que, en tratándose de escritos tan largos, resultaría agotador, y, por ser tantos lugares simplemente expositivos, parecería inadecuado y excesivo. Pero un período fácil y no sensiblemente largo hace que se discurra de uno a otro sin detención ni estorbos, sin estridencias de prótasis y apódosis muy marcadas.

            Curioso lo que anotó en esta materia del período un contemporáneo de Cevallos: “El doctor Cevallos -escribía José Gómez Carbo en 1893- llegó a construir períodos cervantescos y durante algún tiempo estuvo enclavado en el siglo XVI; pero una lectura más atenta de Bello y juntamente el efecto que producían sus escritos que, si bien atraían la admiración, lo ponían fuera de la comunión del siglo, le hizo comprender que había otra cosa más actual y no menos legítima y castiza”[49]. No sabemos qué llamaba Gómez Carbo “períodos cervantescos”, porque los de Cervantes son de estupenda variedad y en el Quijote alcanzan niveles supremos de equilibrio y ritmo. Y más cuando para él “Jovellanos, Quintana, el Duque de Rivas lo pusieron en mejor camino” a Cevallos. Y ¿en qué obras el ambateño se instaló en esos “períodos cervantescos”?

            En fin, dejado de lado este ensayo de literatura comparada, que ofrece más perplejidades que  logros, ello es que para la hora de su obra mayor Cevallos maneja el período con gran economía, y convierte el período en el instrumento fundamental del cursus de su prosa. Esas unidades de construcción y de sentido reúnen series de hechos, circunstancias o causas que el historiador siente que deben percibirse como un todo o siquiera suma de partes de las cuales ninguna puede echarse fuera. Véase esto en funcionamiento:

 

En un pueblo menos fanático por la religión que la tenía por perdida con la República; menos fanático por Fernando VII, a quien había perdido ya; en un pueblo menos aguerrido y menos maltratado, se habría dado fin a la guerra con la desaparición de tantos cabecillas. Pero en Pasto que adolecía de tales achaques, que tenía la prenda del valor y vivía atormentado con la memoria de los ultrajes recibidos, y de tantos hijos y bienes sacrificados por la venganza republicana, todavía se volvió a resucitar la causa realista por el mes de Abril de 1825 (85, 81)

 

            Todo lo extraño que fue el caso de Pasto, realista a ultranza e indomeñable, le requiere al historiador tentar una explicación plausible. Halla seis razones al fenómeno, y las dice en esta espléndida unidad de dos mitades, que rematan, la primera con el “se habría dado fin a la guerra”, la segunda con la afirmación escueta “se volvió a resucitar la causa realista”.

            Resulta especialmente sugestivo que el párrafo que antecede a este período sea así:

 

Agualongo fue llevado a Popayán, donde, juzgado breve y sumariamente, se le fusiló en junta de otros de sus compañeros.

 

            Lo corto de este par de líneas corta el curso fluyente del relato, marca un ritmo, y confiere al final del legendario guerrillero realista cierta grave solemnidad.

            Hay períodos especialmente largos. Especialmente largo es, por ejemplo, el del apartado III del capítulo I del tomo V, en que pasa revista a lo que atentaba contra el bienestar y progreso de la joven república. Es aquella una impresionante enumeración de quince factores negativos, expresados en miembros de diversa extensión y variados de giros, que hacen del período algo muy distante de una pura y monótona enumeración, y con miembros de especial complejidad y fuerza, como el dedicado al ejército:

 

un ejército permanente, compuesto en la mayor parte de extranjeros, de los cuales andaban unos contentos con la tierra de promisión que habían encontrado (así se dijo poco después), con motivo de las consideraciones y halagos que les prestaba el jefe de Estado, y ofendidos otros por falta de colocación entre las filas o en los destinos civiles, o por la imposibilidad de no tener cómo retirarse a sus techos propios; ejército imponente por el número y fama de valeroso y aguerrido, pero hambriento, desnudo e inmoral que, lejos de servir de seguridad para el sosiego de la nación, era mucho más probable que se alzara fácilmente contra el Gobierno al oir el nombre de la primera bandera colombiana que se levantase en cualesquiera de las tres secciones de la recientemente extinguida gran república  (91, 17)

 

            Era esta una de esas rémoras que frenaban el avance de la joven república. La más pesada y complicada de manejar. A medida de ese peso y complejidad, el análisis recogido en el miembro más largo del período. En contraste, el miembro siguiente, con otro de esos factores negativos, no era más que esto: “multitud de créditos pasivos de deuda doméstica o extranjera”.

            Pocos pasajes muestran todo lo que podía hacer la prosa de Cevallos, fluyente, armoniosa, organizada en períodos exactos y ricos de información e ideas, como la entrevista de Bolívar y San Martín en Guayaquil, con que se abre el tomo IV.

            Un primer párrafo largo para generalidades de la entrevista y primeros diálogos sobre asuntos puntuales, entre los cuales está en el centro el espinoso de la incorporación de Guayaquil a Colombia o al Perú:

 

San Martín habló el primero y muy cortésmente a Bolívar de la ocasión, acaso importuna, dijo, conque él se había presentado en Guayaquil, cuando a causa de la variedad de opiniones de sus hijos, se hallaba todavía por constituirse; y Bolívar con igual urbanidad,  le contestó que aun cuando eran por demás claros los derechos de Colombia para incorporar la provincia a esta república, la había dejado obrar con toda libertad para que se constituyese del modo que lo quisiera. San Martín se dio por satisfecho, y pasó luego a preguntar... (85, 10)

 

            Un segundo para el proyecto monárquico de San Martín, y un tercero, más largo y especialmente vigoroso, para la impugnación por Bolívar de ese proyecto -“rebatió las opiniones de San Martín con sumo comedimiento pero con calor”-. Con los introductorios “recordóle” y “hablóle”  se recogen las razones del caraqueño, hasta la última. Hablóle

 

de las dificultades, si no imposibilidad, de contener la corriente del siglo, doctrinadora de las libertades públicas, y de extinguir la idea del republicanismo, esparcida por todos los rincones de la tierra.

 

            Y para el remate de esa vibrante argumentación republicana había dejado el historiador esto:

 

Convengo, le había dicho, en que germinarán las revoluciones tan luego como esté asegurada la independencia, si no hubiese acierto en la elección del magistrado; pero cambiar los principios proclamados después de doce años de combates reñidos al par que gloriosos, de doce años de sacrificios heroicos, es ya imposible.

 

            Para el final de la conversación había dejado Bolívar la penosa revelación de la revolución que le preparaban a San Martín los mismos jefes de su ejército. Y a ello se dedica el párrafo final, de tono grave -para lo cual corta el período en tres partes-, en el que lo medular, de aire amargo y tono premonitorio, es lo que San Martín dice después de aquel doloroso develamiento:

 

“Si esto se verificase, dijo, doy por terminada mi vida pública, pues dejaré mi patria y partiré para Europa a vivir en el retiro. Ojalá que antes de cerrar los ojos pueda yo celebrar el triunfo de los principios que Ud. defiende: el tiempo y los acontecimientos dirán cuál de los dos ha visto el futuro con mayor exactitud”.

 

EL LENGUAJE

 

Su ideal de estilo lo presentó Cevallos en nota al final de su biografía de Mera. “No basta -escribió- con que haya limpieza en el lenguaje..., sino que es menester darle aquel sabor i hechizo castellano; i para ello también es menester atesorar las frases, locuciones, modos adverbiales que constituyen la gala i gracia de la lengua”. Pero ello -acotaba inmediatamente- con salvedades dictadas por el buen sentido: “i luego, llevando por delante las vicisitudes que ha padecido con la corriente del tiempo, emplearlos, eso sí, con mesura i oportunidad, no sea que vengan a revivir un estilo ya muerto para todos”[50].

            El clima idiomático general del Ecuador en la primera mitad del XIX era de pobreza. “El caudal de voces y de modismos en uso hasta los tiempos de la independencia era relativamente corto y los giros uniformes” escribió José Gómez Carbo[51]. La obra de Cevallos, y, en particular la más amplia y rica en todos los sentidos, que es su Historia, fue sin duda una inyección de riqueza y sabor en ese uso encogido del español.

 

LAS PALABRAS

 

El léxico de Cevallos es castizo -no faltaba más sino que el del autor del Breve catálogo de errores no lo fuese-; no es caudalosamente rico, pero es rico. Y se siente un particular empeño por enriquecerlo con palabras propias aunque al común de sus lectores le resultasen raras -y al actual, mucho más-. Al estilo de estas voces:

 

Atropándose por “enrolarse en tropas” (79, 151)

Escaramuzar por “sostener escaramuzas”: “echaron en escaramuzar algunas partidas volantes” (80, 38)

 

            Palabras así eran formas derivadas de otras comunes y por ello de fácil inteligencia. Otras eran más raras, pero el autor las usaba por propias y expresivas. Como eso del Ministro de la Real Audiencia que:

 

“andaba zarceando víveres” (85, 67)

 

            (Zarcear era verbo que estaba en el Diccionario de Autoridades (1726), pero con otro sentido. Fue solo en el siglo XIX cuando, en Navarra, cobró el sentido de “andar entre zarzas; remover un ramaje tratando de buscar algo”. Que es el que manejó Cevallos).

            Y, a poca distancia de la anterior, otra palabra rara. Paz del Castillo, ante ciertas insolencias de almirante peruano Guisse, comprendió que Guayaquil estaba en peligro; que el almirante

 

 “podía realmente entrarla a sacomano” (85, 72)

 

            Sacomano, de saco -en el sentido de saqueo- se usó como “saqueo” desde el siglo XV. Estaba en Nebrija (1492).

 

            Así lo lujoso o raro del léxico de Cevallos, que no es ni muy abundante ni, menos, exquisito.

            Tampoco su adjetivación es especialmente lujosa, ni, peor, rara. Más bien se ofrece común, pero aplicada con oportunidad y justeza:

 

“sobrante lastimoso de un ejército” (80, 17)

“sus puntillosas desconfianzas” (80, 25)

“las pueriles necedades de Aimerich” (80, 26)

 

            En casos, para intensificar el efecto, duplica adjetivos. Califica las sentencias del Consejo de Guerra de

 

largo y fúnebre padrón de víctima distinguidas” (80, 17)

 

Y, casi a renglón seguido (en 80, 18) todo esto:

 

“el supremo y mágico poder de Napoleón”

“Sámano, de naturaleza activa y pujante”

“el entendido y discreto Montes”

 “y su política sagaz y contemporizadora

 

O refuerza el adjetivo con un adverbio:

 

“el constantemente arrugado ceño de Ramírez” (80, 22)

 

Los 1642 veteranos de la expedición de Morillo

 

“habían alcanzado una bien justa nombradía”.

 

Y a cuenta de estos usos del adjetivo hay que cargar locuciones adjetivales:

 

“Rafael Jiménez de calzas atacadas” (80, 30) (Por pusilánime, poco arrojado).

 

FRASES, LOCUCIONES, MODOS IDIOMATICOS

 

Aun más notable y característico que el uso exacto y expresivo de sustantivos, adjetivos y adverbios fueron esas “frases, locuciones y modos adverbiales” de que habló teniéndolos por “gala y gracia de la lengua” y que dieron sabor al español del hablista.

 

Arechaga “tembló  de ver su vida en balanzas”  (79, 89)

 

“fue a presentarse pecho por tierra” (80, 15)

 

“un cuerpo de patianos que emboscados se habían estado a la capa” (80, 16).

 

Las autoridades españolas “que andaban haciendo agua de su astucia” (80, 85).

 

Al ejército realista en el Alto Perú, los independientes “le llevaban de rota en rota” (80, 26) (Otro caso del uso de “rota” por “derrota”).

 

García del Barrio, a creer en la denuncia de la conspiración de Octubre, “habría de seguro andado con la barba sobre el hombro y burlado tal vez la conspiración” (80, 33).

“Andar con la barba sobre el hombro” es locución muy plástica: se ve al personaje con la cabeza hacia atrás (y, claro, la barba sobre el hombro) vigilando y cuidando sus espaldas.

 

A los que querían cambiar el bastón del presidente por el cetro de los reyes, Bolívar “les sacudió a todas anchas en su discurso” (85, 113).

 

Los cuatro ministros de Bolívar “elevaron en una cuerda la renuncia de sus destinos” (85, 120).

 

Matute iba “atravesando de norte a sur las tierras de Bolivia sin dejar ni verde ni seco”(85, 155), y, asilado en Salta, “continuó obrando a red barredera” (Ibid.)

 

            Mosquera pensaba que podía haber algún avenimiento “y se andaba dando cuerda a la cuerda para no expedir la orden” (88, 119).

 

            “Los más de los jefes y oficiales eran de los que andaban a la que salta” (91, 106).

 

            Algunas de estas expresiones idiomáticas las emplea Cevallos con relativa frecuencia, como ese a sombra de tejado, para lo que no se hacía o decía en público, a la luz del día:

 

            “Convocaron a sombra de tejado a los vecinos de los barrios de la ciudad” (Para el grito del 10 de agosto de 1809) (79, 42).

 

            “Se hicieron bien que a sombra de tejado cargos gravísimos” (85, 113).

 

            “A sombra de tejado” era locución castiza vieja, usada generalmente con el verbo “andar”.

 

            Con parecida frecuencia ocurre en los ya mencionados pecho por tierra estarse a la capa. Esta segunda frase idiomática pertenecía en rigor a hablas marineras, con el significado de “disponer las velas de la embarcación de modo que ande poco o nada”[52].

            Hay también lugares que sin la fijeza consagrada por la tradición de expresiones idiomáticas, con las palabras usadas en su sentido ordinario, cobran ricas calidades en virtud de la propiedad y expresividad de las palabras mismas y su especial ordenamiento. Al estilo de esto:

 

achaque, y bien tamaño, de cuantos bandos se deslindan en las revueltas, es exagerar los sucesos en pro y en contra, y aun ultrajar la verdad (79, 106).

 

Y este otro pasaje en que cuenta el enrolamiento de quiteños, en especial universitarios, en el ejército que se formaba para combatir a Rocafuerte. Sobre todo en el remate:

 

pues es de saberse que desde el tiempo de la guerra de la independencia, abogados y médicos, labriegos y artesanos, habiéndose dormido por la noche entre sus libros o instrumentos, han despertado por la mañana, con bandas y charreteras (91, 142).

 

            Escribió Mera, a la salida del tercer tomo del Resumen: “Hemos oído censurar a algunos el empleo que en él se ha hecho de varias frases, locuciones, modos adverbiales e idiotismos propios de nuestra lengua, mas no de uso frecuente y común”, y ensayó la defensa de su amigo de tal cargo: “Pero nos avanzamos a juzgar que el autor no tiene la culpa de poseer en esta materia, como en otras, un caudal más abundante que muchos de sus lectores”. Y afirmaba su argumento con una metáfora especialmente buena para fenicios tan ricos en monedas como pobres en palabras:

 

Y vaya por añadidura una pregunta a esta clase de lectores. ¿No es verdad que os gusta la moneda española, esa plata de buena ley que vulgarmente se llama plata goda? Pues bien, la lengua que emplea Cevallos en el comercio literario es plata goda legítima. ¿Os han deslumbrado tanto los modernos soles peruanos y los fuertes franceses que halláis malos e inadmisibles los riquísimos españoles? ¡No seáis bárbaros! En los tiempos que alcanzamos sólo de cuando en cuando asoman algunos escritores a demostrar cuanto vale la lengua que fue de Castilla, a la cual pertenece con perfecto derecho aquel decir que se ha tachado como defectuoso en la obra en que nos ocupamos, siendo, por lo contrario, uno de sus más brillantes méritos. Cevallos ha preferido poner su nombre en la hermosa aunque ya corta nómina de los clásicos, y allí se quedará para siempre.[53]

 

            El español de Cevallos en el Resumen no fue ni tan raro ni tan precioso como “plata goda”: sus locuciones, modos adverbiales, idiotismos y expresiones idiomáticas, ni son tan frecuentes, ni son especialmente raros -los más raros de los que hemos citado son excepcionales-. Y, en cuanto a su inteligibilidad, no es ardua por el contexto, que siempre guía rápida y fácilmente hacia la captación de su sentido y hasta de su peculiar sabor. Casi siempre hacen sabroso el texto -plástico, expresivo, sugestivo, incitante-; no raro, ni, menos, difícil.

 

EL NARRADOR:LAS MAYORES CALIDADES

 

Las mayores calidades del Resumen como literatura son las del narrador.

            Cevallos es narrador sabroso, que trabaja sobre matrices de narración conversacional.

            Resulta sugestivo sentirlo en episodios como el bizarro, entre trágico y grotesco, de las bravatas de Otamendi en el baile del gobernador Vásconez, en Riobamba.

            El “y lo cierto es” con que enlaza la entrada del espadón al baile y su salida y vuelta al salón a caballo es enlace conversacional. El suceso no lo ha recibido Cevallos por tradición oral: ha asistido a él y hasta ha sido herido por uno de los asistentes del zafio general. Así que no se lo  han conversado: lo conversa.

            La vitalidad y hasta gracia (sin cabía en hechos tan atroces) son conversacionales; no así el especial sabor castizo de usos idiomáticos especialmente ricos. Veámoslo en un párrafo:

 

Irritado el General Otamendi de que se hubiese atentado contra su vida, mandó que desmontasen los demás asistentes y entró en el salón de baile espada en mano. Casi todos los paisanos, con inclusión del Vicepresidente León, habían corrido por la misma puerta que huyera el coronel Vásconez, y las mujeres amedrentadas del feroz ceño de Otamendi, se retiraron atropadas a la recámara. Otamendi bufaba de pie, en medio del salón, pero no cometió ninguna mala acción, aconsejado o contenido por tres o cuatro coroneles de los que habían concurrido al baile, hasta que se presentó un español, su amigo y comensal, también con objeto de calmarle. La confianza del español fue por demás aventurada e imprudente, pues montado en cólera Otamendi y necesitando desfogar la rabia de algún modo, se desahogó con ese infeliz, a quien de poco le baja del todo la cabeza del sablazo conque la abrió (92, 37).

 

            Dentro de la aparente objetividad narrativa -que debe diferenciarse de la objetividad de contenidos y enfoques- y la construcción de hechos en sucesión cronológica, el oficio del narrador crea climas especiales. La hora más sombría de la campaña del Perú, con la lamentable suma de traiciones peruanas a la causa de la independencia, llega a ser angustiosa para el lector. El recurso es tan simple como eficaz: la acumulación de hechos penosos para la causa de Bolívar. Salir de esa sima prueba -sin que Cevallos no solo no lo pondere, pero ni siquiera lo diga- la grandeza del Libertador. Es la idea maestra y línea conductora de todo el apartado II del capítulo III del IV tomo, que entre sus vaivenes de fortuna llega a Junín. Y, tras ese clímax glorioso, nuevas contradicciones y una vez más la fortaleza del héroe, que se impone a la adversidad. Cuando el realista Rodil sale del Callao y vence a Urdaneta, relata nuestro historiador:

 

Por fortuna, aparece en estas circunstancias el Libertador, contiene a los fugitivos, reúne a los dispersos y vuelve a organizarlos y situarlos en Chancay, y luego en Lima que la ocupó días después. Quiso luego volverse para ese punto; mas, los moradores de Lima, impresionados todavía de los vejámenes y ultrajes que recibieron de los españoles, le instaron, apuraron  y rogaron que no les abandonase, y se quedó, recibiendo en pago víctores y víctores repetidos por su condescendencia (85, 64).

 

            (Especialmente hábil, el narrador multiplica acciones -con verbos en oraciones brevísimas- para trasmitir el frenesí de esa actuación de Bolívar que contiene lo que pudo convertirse en general retirada. Y remansa el estilo hasta llegar a los “víctores y víctores repetidos” con que remata el lugar).

            Cevallos, clásico en sus gustos y escritura, rehúye cualquier exceso de dramatismo. Ello no obstante, arma ciertos episodios y los narra de modo que resultan tensos y hasta conmovedores. Así, por ejemplo, el de la insurrección de las compañías del Vargas (V, I, IX), que, tras abordar toda la complejidad de los sucesos, llega a final trágico y remata con esta grave coda:

 

El General Flores, al dar cuenta de estos resultados al Congreso en su mensajedel 1o de Noviembre, dijo: “Cuando la historia del Ecuador refiera que un cuerpo de tropa quebrantó las leyes de la obediencia y el honor militar, referirá también que la espada de la ley cayó sobre las cabezas de los cómplices en tan nefario crimen, y que ninguno sobrevivió al delito”. La historia cumple como corresponde con su deber y con tan indiscreta recomendación, y refiere que perecieron asesinados o en el patíbulo a vuelta de trescientos veteranos de los fundadores de Colombia, Perú y Bolivia, porque ya no pudieron soportar más tiempo el hambre y la desnudez (91, 47)[54]

 

            Para lograr dramatismo, el buen narrador maneja, refleja o instintivamente, intensificadores. Cevallos los usa, eficaces, sin turbar el tono de objetividad que caracteriza su relato.

            Atiende a ese problema que vino a agravar la situación económica y financiera de los dos primeros años de vida republicana, que fue la falsificación de moneda, y lo presenta con esta pintura fuerte, intensificada por la multiplicación de rasgos de especial plasticidad:

 

Cuantas platerías y caldererías tenía Quito, y algunas casas y tiendas particulares, se habían convertido en oficinas de acuñación de moneda, donde se trabajaban reales falsos y de puro cobre, casi públicamente, con lisura, a la luz del día. El empleado, el comerciante, el agricultor, cualquiera en fin, que tenía con que comprar un marco de plata para blanquear dieciséis o veinte de cobre, había dejado sus honestas labores por ser monedero falso, y los reales, todavía calientes, pasaban de las casas y tiendas a los mercados públicos. Oíanse de claro en claro los golpes de la acuñación, y gobernantes y gobernados sin embargo, se encogían de hombros como convencidos de su impotencia para atajar aquel torrente devastador de monedas falsas, desdorosa obra de tan criminal cuanto generalizada industria  (91, 72).

 

            Salvando relato tan largo y sostenido de cualquier riesgo de monotonía, el narrador insufla vitalidad y dinamismo a pasajes que por estas calidades se alzan sobre los valles de lo llano como picachos.

            Sin el menor desliz hacia el patetismo, narra la conjura para asesinar a Bolívar con toda la vitalidad con que lo hubiese hecho un novelista del tiempo en unos “episodios nacionales”. Es el apartado VIII, del capítulo VIII, del libro IV.

            Cuando llega a los arbitrios de Manuela Sáenz para salvarlo, acude al estilo vine, vidi, vinci:

 

De seguida, ocúrrele a la joven la idea de que, presentándose ella primero, había de llamar contra sí la atención de los conspiradores, y se arroja con valor a su encuentro cuando ya acababan de hacer rodar las puertas. Sufre, en efecto, resignada los insultos conque la  abrumaban, aguanta los maltratos de López, les habla, les detiene, y bastan esos instantes para que Bolívar gane tiempo y se salve, salvando así a Colombia de la mancha de un parricidio (88, 37)

 

            Más lento el sufrir los insultos; algo menos el aguantar los maltratos, y luego las acciones que se precipitan: “les habla, les detiene”.

            ¡Cuánto dinamismo en la narración de Miñarica! Culminación de una campaña que ha ido siguiendo con gran detalle -de lado y lado de las partes en conflicto-, con rasgos que explicarían aquel trágico fracaso. A todo lo trágico que fue se dedica el duro medio párrafo ya citado párrafos atrás, cuya fuerza estriba precisamente en la ausencia de intensificadores retóricos. ¿Para qué, si la cosa fue tan dolorosa? Bastaba con que el narrador nos introdujese en la derrota y carnicería, y es lo que hizo con el recurso al presente histórico. En cambio, el párrafo que inicia el apartado II -lo que siguió a la derrota- cobra su intensidad de la fuerza léxica, de adjetivos y sustantivos:

 

La noticia de la derrota de Miñarica causó en Quito las más amargas lamentaciones contras los gobernantes y capitanes del ejército, y el pueblo llevó su dolor hasta el delirio de quejarse de las imágenes de los santos; pues, presentando en público a la Virgen del Quinche, le dirigieron sentidos cargos por haberlos desamparado. Nunca, nunca entre nosotros se vio la opinión, esta reina del mundo, más alta ni más completamente burlada y abatida que entonces; porque ya lo dijimos antes nunca fue tampoco más generalizada y difundida que en esa época de la mayor calamidad  para la patria (92, 15)

 

            Son palabras de gran fuerza -“amargas lamentaciones”, “delirio”,  “sentidos cargos”, “desamparado”, “burlada y abatida”, “la mayor calamidad”- pero comunes; las que pudieran haber usado las gentes quiteñas en las horas de dolor y despecho que siguieron a la derrota del ejército de la Sierra.

            Y siguió un párrafo final para la derrota -en el siguiente entraría ya Flores en “la afligida ciudad”-. Otra vez la fuerza, casi dureza léxica, pero ahora en un nivel léxico más alto, como sentía el hábil narrador que correspondía al cambio de escenario: de calles y plazas y tertulias al Congreso:

 

La Convención de Quito, al saber el descalabro padecido por su ejército, abrió unasesión lúgubre y de duelo, y airadamente impelida de amarga desesperación decretó desatentada la muerte del Estado, acudiendo al peregrino arbitrio de incorporarlo como provincia al de Nueva Granada. Harto bien compadecemos su amargura y situación, pero más harto aun condenamos tan indigno arranque  (Ibid).

 

LOS PERSONAJES

 

Caracteriza a los mejores narradores la invención de personajes. El historiador no debe inventarlos: allí están; los halla en los tiempos y sucesos en que hurga. Él lo que debe hacer -si tiene voluntad de crear obra literaria y facultades para ello- es devolverles vida, carnalidad, personalidad.

            Cevallos lo hace con especial complacencia y finas calidades. De las principales figuras arma verdaderas biografías -que enriquecen el retablo del biógrafo-. Ya nos hemos referido a la biografía mayor, del mayor héroe de su historia, Bolívar.

            Figura harto menor, pero de sostenida presencia en largo tramo de su historia, fue Flores. Y fue otro de sus personajes.

            Cuando Flores, elevado ya a Comandante General del Ecuador, comienza a asumir papel protagónico, el historiador se interesa por él. “Casado tres o cuatro años antes” -la cosa le importa tan poco que no se molesta en darla con precisión, ni a atender a con quien se casó, que fue una aristócrata quiteña (pocas líneas abajo se referirá, sin embargo, a “la familia aristocrática” a que pertenecía), lo cual aseguró al ambicioso militar venezolano prestigio social y fortuna (que “no había hecho hasta entonces”)-, le tocó enfrentar la vasta rebelión antibolivariana del 27. Tenía “mucha figura”, pero poco a su haber heroico. Una única acción, más de maña que de fuerza: la pacificación de Pasto. Y entonces, a la hora en que lo hace saltar a las tablas de su escenario histórico, lo caracteriza:

 

Joven de veintisiete años, de cuerpo algo bajo y delgado, de facciones animadas y traviesas; con fama de valiente y buen jinete; vivo, alegre, sagaz, dotado, en fin, del don de gentes, había llegado a ser por demás popular entre nuestros pueblos, tanto por sus prendas propias como por las conexiones de la familia aristocrática y numerosa a que pertenecía. Añádase a lo dicho, que se prestaba a cuantas diversiones había con liberalidad y gracia, y se comprenderá entonces que su figura debió elevarse necesariamente sobre las de otros capitanes más antiguos y afamados de los que también andaban por el sur (IV, VII, II, 85, 129).

 

            Caracteriza al personaje de modo clásico: rasgos físicos (joven de veintisiete años, cuerpo algo bajo y delgado), rasgos psíquicos y de carácter (facciones animadas y traviesas, vivo, alegre, sagaz, dotado de don de gentes), y acciones (fama de valiente, buen jinete, presto a diversiones en que lucia liberalidad y gracia).

            Sobre esta base de personalidad asienta primeras conclusiones acerca del papel histórico que le tocaba jugar: había llegado a ser popular y su figura se elevaba sobre otros capitanes más antiguos y afamados, pues se le conceptuaba “como un activo y hábil capitán”.

            Todo esto, si lo contrastamos con otras pinturas y relatos del tiempo, resulta exacto y certero.

            Después, al correr del relato, seguirá al personaje en su actuación histórica. A poco de esa primera presentación, nos lo muestra en plena manipulación del curso de los acontecimientos. Vale la pena seguir en este pasaje al personaje.

            Flores busca consolidar la autoridad de Bolívar, frente a la insurrección del sur. Llega hasta él el capitán Ramón Bravo, que hacía de correo entre el insurrecto Bustamante y Santander. Flores lo seduce hábilmente:

 

Bravo, hombre de genio inquieto y alborotador, como probaron sus procedimientos ulteriores, escuchó a Flores con gusto su discurrir acerca de la felonía de Bustamante y las calumnias levantadas contra el Libertador, y se vino con dicho general para Ambato, si no ya del todo decidido, muy inclinado a promover una contrarrevolución en Cuenca, adonde tenía que ir para incorporar con su cuerpo. El general Flores apuró cuantos medios pudo para acabar de seducirle, y le sedujo a la postre; y deseando alejar todo motivo de desconfianza contra Bravo, a quien quería hacer aparecer a los ojos de Bustamante como el más adicto a sus opiniones, logró astutamente que se suscitase en casa de él una disputa pública y acalorada entre Bravo y el coronel Manuel León, defendiendo éste la causa de Bolívar, y el otro la de la insurrección. Del calor de la disputa pasaron a desafiarse; fijaron el sitio en que debían combatir (Huachi), y Bravo fue a armarse en su alojamiento, y León salió a esperarle en el lugar conveniente; de modo que los papeles se representaron a las mil maravillas, y tan bien, que cuantos estaban presentes tuvieron el desafío como cierto. Bravo siguió su camino para Cuenca echando ternos contra Flores, León y demás bolivaristas; y León para Guayaquil, con el encargo de trabajar a sombra de tejado en el mismo sentido que el otro en Cuenca (85, 137).

 

            Esto vale más que cualquier fórmula caracterizadora: sin que haga falta decirnos que Flores era un manipulador, lo vemos en plena manipulación y hasta nos parece sentir cómo disfrutaba armando la tramoya, con alarde de piezas -incluido ese duelo- y detalles.

            El historiador se reduce a concluir: “La ardidosa maquinación del general Flores surtió, al andar de pocos meses, todo su efecto”.

            Ese fue rasgo saliente y típico de Flores: la habilidad para seducir a adversarios. Su obra maestra de esta clase de acciones, “maquinaciones” diríamos con palabra de Cevallos, fue la de Rocafuerte, a quien, de cabeza del alzamiento chihuahua, convirtió en aliado incondicional e implacable represor de sus antiguos seguidores.

            Tras tantos otros rasgos que ocurrirán en la trayectoria del personaje -ya convertido en figura protagónica de la incipiente política nacional- completará pintura y juicio con pasaje para su tiempo modelo de análisis. Es texto que no tiene desperdicio y que resulta página antológica en esto de calar en un personaje histórico:

 

Apuntamos ya en otro libro[55] algunos rasgos de su físico, y otros de sus prendas y achaques, morales y militares; y ahora añadimos que su afabilidad, característica y real según unos, y sólo política o aparente según otros, pero ejercitada en todas ocasiones y con todos los hombres, unida a la fama de su valor y al puesto que ocupaba, era una cualidad seductora a que muy pocos pudieron resistir. Enemigos de carácter soberbio y aferrado se rindieron a tal prenda y a su don de gentes, y creemos que, merced a estas dotes, se sostuvo airoso por tanto tiempo en medio de tempestades y tormentas que otros no habrían podido disipar. Por desgracia para él mismo, y aun para el Estado, esa misma índole afable y blanda, llevada a mayor término, ponía a riesgo la dignidad que demandaba el encumbrado puesto a que le habían elevado sus prendas militares, y empeñado en quedar bien con todos, ofrecía de ligero lo que no podía y, a veces lo que aun pudiendo estaba resuelto a no cumplir. Llevando por delante el principio de que le convenía más ser amado que temido, atraía a sus enemigos con ofertas y caricias, y lograba así, no sólo destemplar el encono de sus odios, sino convertirlos en apasionados amigos.

Sabía en ocasiones convenientes, tomar cierto aire de dignidad y desenvoltura, y disimular mañosamente sus afectos; y si a veces quebrantó sus propósitos y reglas, sabía también confesar sus yerros y mostrarse arrepentido.

Deseaba hacerse de dineros, pero más bien para malgastarlos que para atesorarlos. Se mostraba aficionado a las letras y aun a las ciencias, pero más por ostentación de figurar como ilustrado capitán que por verdadera inclinación. Las Poesías que publicó poco después, si se exceptúan algunas, no carecen de numen, ni de gracia ni de naturalidad, con todo de ser ésta contraria  a sus deseos de encumbrarse a más de lo que podía.

Su achaque principal era el emplear la burla, y se burlaba con gracia, pero casi de todos y de todo; y esto no pudo menos que acarrearle enemigos rencorosos. (V, II, IX, 91, 74-75)

 

            Después el historiador hace a un lado al literato y pasa revista a las causas que habían puesto a los pueblos en contra del general. Dice ser las que ha sacado en limpio “de entre el hervidero de las pasiones conque todavía juzgan los diferentes partidos que han sobrevivido a la caída del General Flores”.

            Y allí mismo, en medio de la enumeración de esos motivos de rechazo, Cevallos incluye uno de esos episodios que narra con tanto sabor y vida y en los que se reconoce al autor de los artículos de costumbres que tantos justos elogios le merecieron:

 

Habíase forjado por uno de los amigos del Gobierno una especie de sainete que tenía por objeto ridiculizar las costumbres de algunas familias respetables de Quito, y hubo otro que llevó su descaro hasta el término de leerlo en una tienda de comercio. Bien pronto lo supieron los agraviados, y con tal motivo se cruzaron amenazas y billetes de desafío, y el General Matheu echó públicamente bravatas contra el General Flores, porque así éste como varios de sus empleados habían festejado el sainete. Irritado Flores contra Matheu mandó llamarle a palacio y sentado bajo el solio y de etiqueta oficial, le recibió con ceño y reconvino con aspereza, concluyendo por decirle que sus títulos (los del Presidente) eran muy superiores a los pergaminos viejos en que el otro fundaba su representación social (91, 76).

 

            Y, por si cosa tan pintoresca pareciese invención del narrador, consignó en nota a pie de página: “Informe oral del coronel Francisco Flor”. Sin duda el informe se refería a lo acontecido en palacio.

            Siendo Matheu, tanto por prendas personales como por prestigio de familia, altamente estimado en Quito, la gente quiteña llevó a mal, casi como insulto a la ciudad misma, el desplante del general. Y esa figuró como séptima causa de descontento. Pero el escritor al presentarla ha dado un nuevo brochazo, especialmente expresivo por el cuadro palaciego, a su pintura de Flores.

            Aunque sin tanto detenimiento en caracterizarlos y perseguirlos a través del acontecer histórico, por su presencia menos decisiva en la historia, hay otros personajes agudamente definidos y certeramente pintados.

            Ya nos hemos referido a las certeras pinturas de los próceres de Agosto, al atender a esa parte del Resumen. Y hay muchos otros personajes que adquieren o carnalidad o entidad moral antes de que el historiador narre el papel que les tocó desempeñar en la peripecia histórica que narra, comenta y enjuicia.

            Valdivieso pasa al centro de la escena, a propósito del alzamiento de 1834, en el norte, comenzado en Tabacundo, que terminó exaltándolo a Jefe Supremo:

 

El señor Valdivieso, propietario rico, hombre de muy bueno y cultivado entendimiento, de índole y costumbres suaves, conocedor de los negocios de gobierno y de gran influencia en la patria, tenía además en su favor la circunstancia de haber sido despedido por el Presidente del Ministerio en que servía. Pero esa misma blandura de carácter, seductora para los tiempos de bonanza, le privaban del temple y actividad que eran menester para los tiempos de agitación, y sobre todo, carecía de abnegación, facultad de las almas enérgicas y elevadas, sin la cual no cabe que un caudillo pueda sostenerse sobre sus conciudadanos a la altura a que le encumbran las revueltas (91, 141).

 

            Con Flores, por varios de sus rasgos negativos, y con Valdivieso, por estas limitaciones para asumir liderazgo en tiempos de revolución, contrastaba Rocafuerte. Pero en su caso, por la importancia misma del personaje, Cevallos hizo mucho más que caracterizarlo al correr del relato: interrumpiéndolo, tentó una de sus mayores -por la calidad; no por el espacio- biografías. En la parte del biógrafo la estudiamos.

 

LO VISUAL

 

No es Cevallos narrador especialmente plástico o visual. Pero cuando el terreno se convierte en escenario de esas marchas y contramarchas, y, más aún, de las grandes batallas, o cuando va a pesar decisivamente sobre algún suceso, se detiene en exactas descripciones topográficas.

            Vale la pena apreciar el alcance de lo visual en uno de los pasajes más vivos de su historia, los antecedentes de la derrota patriota en Mocha en la campaña de fines del año 12.

            Comienza por una pintura del pueblo:

 

Mocha, aldehuela situada a las faldas de uno de los ramales más inmediatos al monte de Carihuairazo, tiene por su parte meridional un riachuelo que corre de occidente a oriente. Sus aguas, procedentes del dicho monte y del Chimborazo, forman un cauce que, aunque bastante hondo en algunos puntos y barrancos por las orillas de los contornos del pueblo, ofrece, no obstante, a poca costa y por doquiera, accesibles pasos (79, 119).

 

            Lo que a Cevallos le interesa no es paisaje: es el riachuelo que corre por el lado sur y la importancia que los quiteños le dieron -para Cevallos, de modo iluso.

            Sigue un cuadro animadísimo que, sin detenerse en pintura alguna, logra rica visualidad -lo cual es secreto de los grandes narradores:

 

El entusiasmo de esa gente, fundado en la insuperable fortaleza del campamento, como opinaban sus capitanes, crecía de grado en grado a medida que se agolpaban más y más otros defensores. Cruzaban por sus cercanías o a lo largo del río, desde Mocha hasta Quero y Tisaleo, gruesas partidas de a caballo medio armadas y sargenteadas por los curas de las parroquias vecinas, aparte de que las de los religiosos Saá y Carrera constituían formalmente parte del ejército, como organizadas en compañías y con el tren y aparato de tales. Esta campaña, la más importante de cuantas antecedieron, fue sin embargo la menos arreglada, porque jefes, oficiales, clérigos y frailes, ocupados solamente en juegos y todo género de orgías, no hacían caso ninguno de la moral, de su deber y, lo que en semejantes circunstancias era más, ni del enemigo que ya tenían encima. En son de descubrir campo, los oficiales iban y volvían de aquí para allí, visitando en esta hacienda, dando en otras serenatas al rasgueado de guitarras o estableciendo garitos por los contornos del mismo campamento (79, 119).

 

            Lo que sigue será la catastrófica derrota de ese ejército.

            Alguna vez, al paso y sin darle importancia, elevará una breve pintura a tono de especial grandeza.

            La capitulación de Pasto fue -dice- muy ventajosa también para Bolívar,

 

cuya audacia y constancia vinieron a flaquear lidiando entre el salvaje amontonamiento de las crestas de los Andes, que tan caprichosamente se arremolinan por acá (80, 139)

 

LA RETORICA

 

Julio Castro habló de la “parvedad de adornos retóricos”[56] de la prosa de Cevallos en su Historia, y la apreciación es exacta.

            Cevallos emplea parcamente recursos retóricos,

            Para trasmitir al lector las variaciones de interpretación de un hecho  controvertido, cercado de dudas -que al tiempo de escribir el Resumen permanecía en ese ser de cosa dudosa- acude a interrogaciones.

            Rocafuerte pacta con Flores, e introduciéndolas con “irritante para los más, cuanto fecundo en comentarios”, acumula interrogaciones -cuatro- para recoger las posturas de rechazo -o, al menos, perplejidad- que rodearon ese giro de noventa grados que hizo del jefe chihuahua aliado de Flores:

 

¿Será tanta, se decía, la seguridad que tenga Rocafuerte en la realización de los arreglos, y tanta la conveniencia de éstos para que se le pueda perdonar la humillación de haberse prestado a transigir con un hombre a quien llamaba  intruso y contra quien los pueblos habían tomado las armas? ¿Es tanta la ambición de Rocafuerte que ha de medírsela por los ímpetus de su alma soberbia y arrogante o tanta su flaqueza que no ha podido resistir a las sugestiones de aquella? ¿Ha visto acaso ajado su amor propio, al contemplar que los pueblos de Imbabura habían proclamado Jefe Supremo a Valdivieso, y olvidándole a él, a él que tanto sufriera y padeciera por la misma causa? ¿Confía tan ciegamente en su influencia para creer que los arreglos hechos con Flores podrán alcanzar también a los disidentes de la sierra, y que han de ser aceptados por estos? (91, 145)

 

            Pero estas tienen más de simples interrogaciones que de interrogaciones retóricas[57].

            Acude a pocas comparaciones y siempre con términos de comparación caseros.

            Bolívar y San Martín:

 

pisoteando y trajinando los Andes, como trajinamos los hombres comunes las plazas de mercados (79, 108)

 

            (Esta comparación está intensificada por la hipérbole).

            No menos casero o popular el término de esta otra comparación:

 

A retaguardia o flancos de las tropas, jadeaba otro ejército de mujeres; madres, hermanas, esposas o queridas, que seguían a sus hijos, hermanos, maridos o amantes, como si dijéramos por el camino de una fiesta alegre o de nuestras devotas romerías, en que se piensa menos en el culto que las motiva, que en las diversiones ocasionadas con la concurrencia de toda clase de gente (79, 108)

 

            Y esta comparación, a más de su plasticidad -que comienza con la expresividad del “jadeaba”-, tiene un fino dejo de humor.

            Así de simple, pero sabroso y eficaz, el manejo retórico de nuestro historiador.

 

PROSA DE IDEAS

 

Otras calidades de la prosa de Cevallos en el Resumen son las del intelectual, del estilo de ideas -más allá de la narración.

            Mérito especial fue haber hallado formas para la objetividad -modos de trasmitir al lector la impresión de objetividad.

            Podemos apreciar los medios para ello en un pasaje, dedicado a uno de los hechos más polémicos del tiempo.

            Es la ejecución del general Sáenz, tras la derrota de Pesillo, después de haberse rendido y entregado su espada, hecho ruin sobre el que Cevallos se pronuncia tajante: “¡Murió asesinado!”.

            Pero ¿quién ordenó el crimen?

            Porque fue tamaño crimen haber matado así a un general de la independencia, tan leal a Bolívar y tan distinguido -Cevallos hace el elogio de la víctima-. Y termina con una primera acusación: “Culpóse al General Martínez Pallares de haber dado la orden de que lo mataran, y recayó sobre él la pública execración”.

            Y entonces ocurre uno de esos que hemos llamado medios para la impresión de objetividad. Escribe Cevallos:

 

Cumplíamos la tarea de investigar y esclarecer este hecho para tratar de él con la verdad que debe hablarse, desatendiendo los informes que en pro y en contra nos han dado, según el impulso de que todavía están animados los contemporáneos, y ocurrimos con dicho fin a los procesos que se formaron con tal motivo (91, 138)

 

            Y se extiende el historiador en lo difícil que fue investigar el caso -no dio con el proceso levantado a instancias de la viuda-, y cómo halló finalmente otro proceso -el seguido por Martínez- y pudo recabar testimonios de testigos del hecho.

            Ha sido una larga irrupción subjetiva. El narrador, abandonando la tercera persona del cronista ha asumido la primera del juez, para dejar testimonio de su modo de proceder cuando se trataba de ascendrar, por encima de pareceres contrarios -generalmente interesados-, la verdad.

 

EL CRITICO

 

            Los pasajes de mayor empaque intelectual del Resumen pertenecen al crítico.

            Se le ha reprochado al historiador ser poco crítico y reducirse a narrar sucesos, aunque de variados modos documentados. Esto no se sostiene. Cevallos no multiplica juicios críticos, para no caer en dar a su Historia tono y forma de alegato[58]; pero, en los casos más graves, y en especial en los que estaban exigiendo fallos últimos, es crítico, y severo, que sentencia con estilo duro, lapidario.

            Como preámbulo a la reproducción textual de un infeliz pasaje de la proclama del Congreso de 1833 sobre el “escarmiento de los cadáveres de Francisco Hall y de algunos compañeros”,  echa por delante esto:

 

Y nada es que celebrara la obra de haber ahogado la voz de la imprenta y concedido las facultades extraordinarias, que constitucionalmente no podía concederlas, cuando, exponiendo su propio decoro, pintó los sucesos del 19 de Octubre con distintos coloridos (V, III, XI, 91, 125).

 

            Esto es cáustico en la ironía y claro en la censura. Y, tras citar el párrafo aquel ignominioso, hace pie en una frase allí estampada -“Jornada para siempre memorable”- para glosarla en juicio tremendo:

 

Repitamos las palabras del Congreso de 1833. ¡Jornada para siempre memorable! Así es la verdad, porque el alma se entristece año por año con la memoria de aquella espantosa noche en que los gobernantes, poniéndose de acuerdo con muchos de los Diputados, que representaban al pueblo ecuatoriano, atrajeron alevosamente a una parte de éste, favoreciendo la sedición, para degollarla a manos lavadas (91, 125).

 

            Al crimen de 19 de octubre había precedido la inconstitucional e injustificada concesión de facultades extraordinarias al gobierno de Flores, y por allí comenzó Cevallos su crítica de estos sucesos. Fueron curas los diputados que se empecinaron en la concesión. Cevallos, al referir ese momento de la sesión, lo recalcó intencionadamente, y llegó hasta a calificar la última de tales intervenciones clericales de “desatino” aducido “magistralmente”:

 

y el Diputado Beltrán (también presbítero), contestando a la observación hecha por el Diputado Flor de ser necesario se procediese a lo menos con la expedición de otros decretos, adujo magistralmente el desatino de que debía cortarse un miembro gangrenado para conservar la salud del Cuerpo Político, así como se practicaba con el cuerpo humano. “Cuando la gangrena no está bien caracterizada y conocida, replicó el Diputado Flor, la mutilación de un miembro es tal vez la causa de ella”  (91, 100)

 

            Cevallos es crítico duro. No tanto con tal o cual persona -con las personas su postura es de intachable humanismo-; con los delitos y crímenes sociales. A quienes abusaban y se aprovechaban de la miseria de los otros y la quiebra del Estado los fustiga:

 

A juicio de los agiotistas, valía más que el Estado continuase pobre, desvalido, desacreditado, ciegamente sometido a sus necesidades como obligado a seguir la ley escrita que el que de una vez por todas se armase de coraje, diese con mano firme término a sus quebrantos y burlase el pronóstico de la bancarrota profetizada por los empleados superiores del Gobierno anterior  (92, 44).

 

            Y en este caso del agio y el freno que trataron de ponerle el presidente Rocafuerte y su ministro Tamariz, el juicio de Cevallos se extiende a Flores, que favorecía desde bastidores la causa de los agiotistas.

            Y, cuando el Congreso llegó a la destitución del Ministro, hace crítica razonada y severa de aquellas maquinaciones -y del mismo Rocafuerte, a quien salvó Flores y quien sacrificó a su Ministro-. Son largas páginas -los apartados V y VI del capítulo VI del libro V-, con juicios tan terminantes y fuertes como este, que remata el caso:

 

El pundonor, los intereses público y particular, y el crédito de la nación y del Gobierno demandaban a una la subsistencia de los decretos; los empleados y no empleados estaban por ellos; la justicia y la razón abogaban por ellos. Y no obstante, contradichos y combatidos por los diez o doce logreros o los amigos de éstos, que se habían enriquecido convirtiendo en oro, papeles comprados a ínfimo precio, según lo expuso Rocafuerte mismo; y no obstante, como estos diez o doce supieron interesar la condescendencia y fragilidad del General Flores, los decretos se echaron por tierra, arrastrando en su caída al Ministro que había tenido la feliz inspiración de proyectarlos, y la resolución de autorizarlos y ejecutarlos (92, 56).

 

            Párrafo en su segunda parte -después del primer punto- de construcción violenta -para poder repetir ese “no obstante”, que es una de sus claves de fuerza-, trasluce lo apasionado del rechazo de aquella inmoralidad que tanto daño hizo al país y a muchísimos ciudadanos de clase media y baja, que se vieron forzados a vender los papeles recibidos como sueldos y otros justos pagos por ínfimas cantidades a esos que Cevallos ha calificado con la durísima palabra de “logreros”.

            Historiador que en tanto tenía ser objetivo y traslucir esa objetividad en su escritura, no duda ante casos que juzga graves en tomar partido y en adelantarlo en formulaciones de apenas velada pasión. Antes de narrar cuanto se iba a hacer para acabar con la unidad de Colombia la grande, hace este anuncio, a la vez lúgubre y solemne:

 

Efectivamente, la república que hasta entonces se había dejado ver pujante y majestuosa, desde 1826 comienza a declinar, a marchitarse, a envilecerse, más bien dicho, con las intrigas, las rebeliones, las ingratitudes y los asesinatos. Ya no tendremos que oír la tronada del cañón contra los enemigos de la independencia y soberanía de la patria, porque ya estaban rendidos, sino contra hermanos y amigos que combatieron juntos y ciñeron vencedores las mismas láureas; no ya por la sagrada causa sino por la intolerancia, los celos, la envidia, las desconfianzas, los rencores, todas las malas pasiones, en fin (85, 103).

 

            Y para el relato de los hechos de aquellos turbulentos días multiplica lugares de fuerte tratamiento retórico:

 

Las actas o exposiciones escandalosas continuaron dándose por los pueblos o cuerpos de tropas; quiénes pidiendo la centralización, quiénes la federación, quiénes removiendo a las autoridades, quiénes poniéndose en armas para sostener sus opiniones (85, 109).

 

            La intensificación se ha confiado a la repetición anafórica de “quienes”.

            Y, al dar en la tan traída y llevada Constitución boliviana, dedica a su discusión períodos densos y complejos, hasta fallar finalmente:

 

Bolívar se extravió, cierto, muy cierto, en sus conceptos, pero no se extravió solo sino animado y acaso movido por otros más temerarios que, desconfiando de la estabilidad y ventura de los gobiernos democráticos, querían ir a parar en el sitial en que reposan testas coronadas (85, 112).

 

            Y sigue con la discusión del que parecía proyecto cuasi monárquico, en largo párrafo denso de ideas y vigoroso de forma, en que el filósofo político hace a un lado al puro historiador.

            Y, tras el análisis de las facultades extraordinarias, un nuevo fallo, tan simple como fuerte:

 

Así, pues, cuentas ajustadas, la constitución quedó por tierra y la dictadura enseñoreada de toda la república (85, 120).

 

            La crítica de Cevallos cuaja en fórmulas duras -cosa que hay que poner a cuenta del prosista-:

 

Los escritos del señor Rocafuerte, a las veces desaliñados e incorrectos, pero siempre originales, robustos y ajustados al estado y circunstancias de las cosas, contribuyeron poderosamente a escandecer el inquieto ánimo de la oposición, y robustecer su partido hasta echar por tierra aquel monumento de oprobio que, con nombre de constitución, se había levantado en 1843 para esclavizar al pueblo (92, 135).

 

            “Monumento de oprobio”, “para esclavizar al pueblo”: no podía ser más lapidario el fallo de la “carta de esclavitud”.

            Y esas formulaciones duras se extienden más allá de la circunstancia local, a veces minúscula y efímera.

            Los grandes juicios últimos del historiador  están, en los casos estilísticamente más sugestivos,  traspasados de un insistente sentimiento de pesimismo. El inmenso territorio de Venezuela y Colombia era ya libre. Tras destacar la grandeza de la gesta, llega el anuncio sombrío:

 

Asentada la república entre las dos Américas, con dos caras, fronteriza la una a Europa y Africa, y la otra al Asia y Australia, engalanada con tantos ríos caudalosos que se deslizan por todas direcciones, y tantas selvas vírgenes y majestuosas, y sobre todo, nacida en un siglo en que la democracia ya tenía rico renombre y alto puesto, Colombia se presentaba al mundo como un paraíso en cuyas entrañas habían de fecundizar cuantos bienes son imaginables en la tierra. Pero Dios que dispone las cosas de otro modo, dejó que apareciera tan esplendoroso anuncio y se negó a la ejecución; el exceso o grandeza de tantas proporciones apuró en diez años su caída, y desapareció (80. 139-140).

 

            Es una versión cristiana del movimiento de YBRIS y NEMESIS -la exaltación desmedida del soberbio y su caída decretada por los dioses-, de los griegos, tratada en estupendo desarrollo: el contraste entre una larga primera parte de exaltación de la grandeza de Colombia -de que eran parte, no ha de perderse de vista, lo que después serían las independientes Venezuela y Ecuador- y el anuncio de su ruina.

            El pesimismo se tiñe de nostalgia ante el recuerdo de grandes hombres de la historia antigua:

 

Raros son los casos en que la naturaleza humana, resistiendo a sus flaquezas, nos presenta los sublimes ejemplos de los grandes hombres de Grecia y Roma, y nuestros republicanos del año doce no eran los que podían elevarse hasta la altura de tan ilustres modelos (79, 107-108)

 

            En estos lugares de crítica brilla el sistema de valores del historiador y su visión de la política. Porque historiador que tan de cerca hacía historia del vivir de su país no podía exonerarse de hacer historia política y ser, como historiador, político. No de partidos[59] -esa es la concreción,  a veces pequeñita y turbia de la Política-: del vivir y actuar  y servir al país como hombre político[60].

            Hay en Cevallos -escribíamos en la introducción a los tomos de su obra que incorporamos a los cien de “Clásicos Ariel”- una doctrina política, y en la raíz de esa doctrina, una filosofía. Y de esa doctrina afirmamos que estaba en la avanzada de su tiempo. Era un liberalismo humanista, que creía en la libertad conquistada por los pueblos americanos y buscaba iluminar caminos para su realización republicana.

            El Resumen es historia política; y es historia moral. Busca dar con las causas de los sucesos más desastrados de la patria y las halla en disenciones y ambiciones. El fracaso de la independencia de Quito del año 12 se debió, más que a otro factor cualquiera, a las rivalidades de los dos prepotentes marqueses. Esa rivalidad que pugna por sus propios intereses por encima de los de la nación pone las tintas sombrías al relato de la larga parte final del capítulo II del tomo III. Y los juicios morales son tan duros como este:

 

¿Qué podía esperarse, pues, de tales gobernantes y de pueblo tal que, prescindiendo del enemigo común, sólo pensaban los primeros en obscurecerse mutuamente, y el segundo no más que en favorecer el interés de su señor? (79, 103)

 

            Y esta búsqueda de grandes lecciones morales –“Historia magistra vitae”- remata en lo sentencioso:

 

La buena fe en política es una prenda forastera que apenas se ha conocido por maravilla  (79, 104).

 

            Y lo más doloroso del caso  -para el cronista, y busca confiar su impresión al lector- es que halla que con el paso de los años de vida republicana las cosas no han mejorado:

 

La verdad es, confesémosla, por mucho que nos duela confesarla, que no hemos avanzado un solo paso por el camino de las buenas costumbres públicas, y que, en medio de tanto revolver o trastornar las ideas, los principios y las doctrinas, todavía no resolvemos nuestra holgazana y aspirante sociedad, que, hablándonos de libertad y seguridades, no se acuerda jamás de sus obligaciones. Se nos ha hecho conocer de más a más nuestros derechos, y hablamos, si no con orgullo, haciendo mucha gala de ellos, y hasta ahora no conocemos nuestros deberes sociales (79, 104-105).

 

            Cevallos antepuso a su Historia, de epígrafe, una sentencia del Vizconde de Chateaubriand: “La historia no es más que la repetición de los mismos hechos, aplicados a hombres y épocas diferentes”. Con más esperanza que confianza o certeza, aventuró al final de su largo recorrido, tímidamente, una salida para concepto histórico tan pesimista:

 

Ojalá que quien trate de continuar la narración de los sucesos de la Patria, después de corregido y ensanchado este Resumen, dando por remate a su lenguaje la limpieza y majestad propia de la historia, no se vea en la necesidad de servirse como nosotros, de las palabras de Chateaubriand: La historia no es más que la repetición de los mismos hechos, aplicados a hombres y épocas diferentes.

 

            Esta visión austera se oponía a la concepción teleológica del devenir histórico, axioma de la ideología liberal, heredada de las teorías iluministas, cuyos cimientos filosóficos los había echado la Filosofía de la Historia de Hegel. En esto se probó, una vez más, la independencia de criterio de ese varón libérrimo que fue Cevallos.

 

            Cevallos, el historiador, se ha situado en la dirección tan lúcidamente fijada por Bello -no es dable establecer con cuanto conocimiento de los planteamientos del gran vigía del sur (a quien, por supuesto, conocía tan bien como gramático y ortólogo) lo haya hecho-. Bello rechazó lo que se había dado en llamar “historia filosófica”. Para él, formado en la tradición del empirismo inglés, la historia tiene como punto de partida “ver las cosas como fueron, y como no pudieron menos  de ser; no a través de teorías quiméricas, sino con los ojos del sentido común”[61]  -y esto describiría adecuadamente el  Resumen como historia-.

Pero este llegar a los hechos en su mismidad, en su especificidad, no significa, en modo alguno -y eso Cevallos lo sabe-, llegar a sola su apariencia, a la corteza. Bello tuvo oportunidad de establecerlo en famosa polémica sostenida con José Victoriano Lastarria y Jacinto Chacón -propugnadores de la “historia filosófica”-.

A Chacón le aclaraba: “Poner en claro los hechos es escribir la historia; y no merece este nombre sino lo que se escribe a la luz de la filosofía; esto es con un conocimiento adecuado de los hombres y de los pueblos”. Y ahondó en esta concepción  del quehacer histórico en penetrante artículo de El Araucano titulado “Modo de escribir la historia”. Contraponía en él una “filosofía de la historia” general, que iba detrás de leyes generales, de la naturaleza del hombre, de otra que calificaba de “ciencia concreta”, “que de los hechos de una raza, de un pueblo, de una época, deduce el espíritu peculiar de esa raza, de ese pueblo, de esa época”[62].

Cevallos, a través de los hechos del período anterior -aún confusos, faltos de ascendramiento y valoración- buscó el “espíritu peculiar” de su pueblo y época. Y fue fiel al pensamiento de Bello en su voluntad de despolitización -es decir des-ideologización- de la historia. Esta base teórica sería la raíz de la distancia que media entre el Resumen y la historia “liberal” de Pedro Moncayo.

            En otro importante artículo -que viene a ser el complemento del anterior-, también publicado en El Araucano, Bello abordó el tema “Modo de estudiar la historia”. Distinguió en él el método ad probandum y el ad narrandum, y, sin juzgar de los métodos en sí mismos, sugirió que para la incipiente historia del Chile independiente no había llegado aún la hora del ad probandum -la historia detrás de una hipótesis o tesis filosófica-.

Se preguntaba Bello: “¿Por cuál de los dos métodos deberá principiarse para escribir nuestra historia? ¿Por el que suministra los antecedentes o por el que deduce las consecuencias? ¿Por el que aclara los hechos, o por el que comenta y resume?” Aclaraba que la cuestión era “puramente de orden, de conveniencia relativa”, y, para casos como el chileno de su hora -y era el del Ecuador del tiempo de Cevallos-, concluía: “Cuando la historia de un país no existe, sino en documentos incompletos, esparcidos, en tradiciones vagas, que es preciso compulsar y juzgar, el método narrativo es obligado”[63] ¡Y con cuánta solvencia -fuentes de información, buen criterio para valorar esas fuentes y juzgar de los hechos, rigor analítico, y, claro, expresión justa, penetrante y rica- Cevallos dio a la historia del Ecuador independiente y período fundacional de la República su narración fundamental!

 

RECEPCION Y VALORACION

 

“El Resumen ha sido bien aceptado dentro y fuera de la República”, escribió Juan León Mera, a muy poco de su aparición[64]. En carta al autor, Juan Benigno Vela se refería al “unísono concierto de aplausos que ha recibido en toda América y aun en España”[65]. Y, desde París, el gran filólogo Rufino José Cuervo hablaba del “crédito de que goza la obra”, a la vez que le confiaba al autor que le había proporcionado “un verdadero placer”[66].

            Cevallos, en la parte más importante e interesante de su Historia -en la que hemos centrado nuestra lectura crítica-, a partir de los sucesos de Agosto, escribe sobre un ayer aún vivo en el recuerdo de muchos actores o testigos de aquellos heroicos y trágicos años -alguien que hubiese tenido veinte años para ese entonces, al 1861 en que Cevallos concluía su trabajo bordeaba los ochenta-. Y de sucesos posteriores la presencia de actores y testigos era aun mayor. De allí la expectativa con que se esperaban los volúmenes conforme se iban acercando a un pasado que eran vísperas del presente. De allí también las resonancias de todo orden que cobraba el relato y enjuiciamiento de sucesos en que saltaban a escena con nombre y apellido gentes aún vivas.

            Cuando Sámano estaba sitiado por las guerrillas de Matheu en Latacunga, fue un traidor el que le proveyó de vituallas que ya le escaseaban, y otro el que lo ilustró sobre la manera de rodear la fortificación quiteña por la quebrada de Jalupana. Ese traidor tiene en el Resumen nombre y apellido, y era apellido con numerosas y distinguidas presencias en la sociedad quiteña.

            Y precisamente de esta vecindad con los sucesos y presencia de actores cobraba el Resumen lo mismo su garantía de verdad que el peso de tono admonitorio y de lección moral.

            “No tuvo el autor el propósito de revisar o modificar -escribió Barrera de la segunda edición del Resumen, apenas mejorada en detalles de redacción-. El peligro que había de que el autor modificara sus juicios sobre cuestiones que afectaban a personalidades que aún vivían en su tiempo, lo llevó a no introducir cambios que se consideraran como concesiones, en la apreciación de los hombres y los acontecimientos”[67]. Y este comentario confirma lo dicho sobre el peso que daba a la obra de Cevallos su vecindad con un pasado próximo casi presente.

            Gozó el ilustre ambateño del prestigio de hombre probo y ecuánime, y ello dio autoridad a su Historia.

            Lo que Pedro Moncayo le reprocharía sería falta de penetración. A propósito de las acusaciones que El Quiteño Libre hacía a Flores, escribió en nota a pie de página: “Cevallos no comprende ni estudia las causas generadoras de los acontecimientos que refiere. Es un historiador sin penetración ni perspicacia”[68].

            Sabemos ya que Cevallos no hacía filosofía de la historia ni historia especialmente analítica, y, peor, historia de tesis política. Y, en casos, como el que motivó esa nota, procuraba llegar a la verdad de los hechos, sin comprometerse en su interpretación, tan contradictoria según el mirador desde el que se los enjuiciase -al contrario de Moncayo que ponía por delante y por encima de todo su comprometimiento antifloreano.

            En 1890 el Senado negó el proyecto por el que la Cámara de Diputados quiso coronar “en nombre de la Nación a su notable historiador don Pedro Fermín Cevallos”, en palabras de Abelardo Moncayo. Esta fue oportunidad para que Abelardo Moncayo hiciera alto elogio del anciano historiador. Habló entonces de  una fama “respetada ya no solo en el Ecuador, sino un poquito más allá de sus límites”. Y proclamó, justiciero, que “hombres de esta naturaleza se imponen sin necesidad de ejecutorias firmadas por parcerías”. Y el encomio fue repasando facetas del personaje. De la Historia ponderaba: “cuántos tesoros de inteligencia y saber en las nutridas páginas de su Resumen[69].

            Y las censuras que al Resumen se le habían hecho las resumió así:

 

Censúrenle otros cuanto quieran la falta de exactitud en varios detalles, cierta cobardía o timidez en no pocos de sus fallos, algunas inconsecuencias en sus apreciaciones, con relación al criterio principal de la historia, esto es con relación a la elevada filosofía, en cuyas alas el historiador debe esparcirse por sus ámbitos, etc., etc.

 

            Para sugerir limitaciones en cuanto a la misma ingente obra histórica, Moncayo acudió a paralelos ilustres: nada menos que a Tácito, Macaulay y Gibbon -lo cual nos puso sobre la pista  de grandes obras históricas conocidas por los quiteños del XIX: ese clásico de la historia racionalista que fue The History of the Decline and Fall of the Roman Empire de Edward Gibbon (1776-88) o la History of England de Thomas Babington Macaulay (1848-61)[70].

            Pone distancia el crítico con aquello con que Cevallos comenzó y terminó la historia del período -“La historia no es más que la repetición de los mismos hechos...”-, y exige de un historiador: “muéstrenos el punto de partida, en la peregrinación de un pueblo, y la cima a donde está llamado y que necesariamente ha de coronar, si en verdad es digno de historia”. Pero piensa que quien haga una crítica de esta laya a Cevallos “tiene que tomar en cuenta el tiempo y el lugar que, contra su voluntad de seguro, le han tocado como hombre y como escritor”.

Debió haber estado muy joven cuando aquella escena de Otamendi en Riobamba -que con tanta vida contó, como lo hemos destacado ya-, pero “como de entonces acá la sucesión de los negros Otamendi y la repetición de esas lanzas en ristre contra toda ley y derecho han sido incesantes, no nos sorprende el melancólico pesimismo que entraña el epígrafe escogido por nuestro autor y que es como el alma de su obra”. Esto fue, sin duda, elocuente, pero simplista: el pesimismo del historiador se debía a razones harto más complejas y profundas.

            Pero, valgan lo que hayan valido los preámbulos, el fallo final de Abelardo Moncayo sobre la obra histórica de Cevallos fue simple y solemne:

 

su obra no perecerá; en ella deja su nombre grabado como en granito.

 

Y para tan alto encomio hizo pie en la calidad literaria del Resumen:

 

Pero eso de dejarse leer de principio a fin, como si por casualidad apurásemos un vaso de champagne, sin asomo de fatiga, con interés siempre creciente y con dulcísima y no razonada satisfacción ... propio es tan sólo de escritores eminentes, de esos ingenios felices que llegan a obtener palma envidiable, mediante aquella cosa tan fácil de decir y tan ardua de adquirirla a maravilla: el estilo! y éste únicamente es el sello infalsificable de las dotes intelectuales; y éste sólo el que abre a un escritor las puertas de la inmortalidad. E irreprochable casi en este punto don Pedro Fermín: envidiable corrección y casticismo en la palabra y en la frase, concisión sin obscuridad, claridad sin difusión, elevación nunca desmentida en el pensar, rectitud en el sentir, amenidad en las descripciones, sagacidad suma al penetrar en las causas de los sucesos y en las intenciones de los actores, fuego vividor cuando la materia lo requiere, increíble y sencilla ternura como en la muerte del Libertador, por ejemplo, parsimonia en los adornos, elocuencia  brotada de la naturaleza misma de los asuntos que toca, etc., etc., todo campea en nuestro RESUMEN, como en su propia casa, todo nos manifiesta la riqueza del pincel de tan afortunado artista.[71]

 

            Y resulta en extremo sugestivo volver la mirada atrás, a nuestra lectura crítica de la prosa del Resumen, y hallar allí, al correr del análisis y señalamiento de las calidades que en el fluir del discurso narrativo se nos imponían, todo esto que este otro lector crítico destacó en vida misma del autor.

            Para cerrar su artículo Moncayo resumió la figura del anciano historiador en estos dos hemistiquios de severa prosa latina: vir bonus - dicendi peritus. Y del “dominador del decir” -o sabio, o hábil, que todo eso puede significar el latino “peritus”- confesó: “ya plumas mejores que la nuestra le han hecho cumplida justicia”.

            Se le haría, en todo el país, en coro unánime, cuando su muerte -ocurrida a dos años de lo que escribía Moncayo.

            “El “Resumen de la Historia del Ecuador” es un paso avanzadísimo en la marcha progresiva de nuestra literatura” -dijo Julio Castro en la sesión pública de homenaje que al ilustre historiador, su antiguo Director, tributó la Academia Ecuatoriana de la Lengua[72], y de la forma de la obra destacó:

 

Y valiosa es, además y sobre todo, en su forma; pues el corte de la frase, la corrección y limpieza del lenguaje, la parvedad de adornos retóricos y la carencia  absoluta de inútil hojarasca y falsos oropeles, la hacen digna de ser presentada por modelo de estilo que más cuadra a la augusta majestad de la Historia.

 

Manuel J. Calle, crítico severo, adusto a menudo, escribió:

 

Sencillo, noble, castizo, a veces profundo, el libro del DR. CEVALLOS será la base sobre la que escritores más afortunados levanten el monumento de la historia patria.[73]

 

            Y Celiano Monge elogiaba “su narración ataviada... con la sencillez de un estilo fácil y correcto”[74].

            Pasa medio siglo desde esas primeras lecturas críticas, y en 1946 publica una biografía de Pedro Fermín Cevallos Augusto Arias, que, prosista barroco de encaprichadas calidades, era crítico literario e historiador de la literatura ecuatoriana. Atendió allí de modo especial al estilo del Resumen.

            Comenzó por el “no”, si se pensaba en modelos canónicos de escritura histórica. No “la voluntad olímpica de Herodoto”, ni “los recursos dramáticos de las arengas para caracterizar a los personajes, que abundaron en la historia pulida e informada del ateniense Tucídides”, ni “el vuelo estilístico del paduano Tito Livio, la huella de cuyos rítmicos períodos se ha querido encontrar en la historia española del Padre Mariana”. Creyó hallar algunas vecindades en “la pragmática, tan del agrado de Polibio de Megalópolis”; pero a quien piensa que podría aproximar a Cevallos es a Jenofonte por “su elegancia y admirable buen sentido, por la claridad y la sencillez que son prendas del estilo llamado “medio””[75].

            Destacó Arias -lo hemos hecho también- sus “prontos pero fieles retratos biográficos” y recuerda el de Rocafuerte. “O se detiene -añade- en los antecedentes de la vida de algunos ecuatorianos de influjo, para que nos expliquemos las razones originarias de las más señaladas etapas de la existencia política del país”. Vio, pues, en la concepción de la historia del ilustre ambateño ese dar un papel decisivo a ciertos actores, que hemos destacado en su propio lugar.

            Y a su calidad de testigo “casi de presencia” atribuyó que “el relato de la República adquiere, referido por él, una espontaneidad difícil de ser superada”.

            Ponderó después la vida que insufla a sus personajes “porque no es un frío esculpidor de figuras y el material humano con el que trabaja, le anima en los altos de su prosa admirativa, en el contenido fervor de sus comentarios y hasta en la sonrisa que no deja crecer hasta que se vuelva de anchura imprudente”. Lo señala particularmente en dos casos: los Próceres de Agosto, en los que “más que ante medallones de fijos contornos, estamos cerca de los gestos vitales”, y el cuadro aquel bizarro en que salta al centro del elegante salón de baile y arma tumultuosa escena Otamendi.

            Y, como se han echado en falta comentarios en el historiador -sin razón, como hemos visto-, lo rectifica y los califica así: “Los hay de brevísima ironía, hechos en un toque que puede haber despistado a los buscadores del veto solemne o el orondo filosofar”. Y aventuró un sugestivo modo de ver ese comentar: “Ligeros, casi imperceptibles comentarios que si desengañan en cierto modo porque no llegaron a descubrir todo el filo de su intención, nos compensan en cambio, precisamente por esa especie de mutis inesperado que suele abrir al lector el camino de la conjetura y el de la exploración en el propio pensamiento, gracia de la que carecen esos libros enteros que llegan a decirlo todo”.

            Y tienta rápido inventario de esos comentarios: “apuntes que sería dable actualizar” (la nación abrumada “bajo el peso de tantas charreteras y bordados”), visiones “porveniristas”, “golpes oportunos más bien que condenatorios, henchidos de las advertencias que debe marcar la historia”, “toques élegos, de viril plañido”, “espectáculo de ambiciosos acechantes o de puros desdeñadores”, “quiebra de caracteres o asalto de tosudeces”, y hasta el comentario, de dejo irónico, de Flores detenido en Latacunga por la patada del caballo, que se ve como augurio. Páginas adelante añadirá: “No recargará ni de luces ni de sombras el escenario por el que desfila, con una justa viveza, el acontecer ecuatoriano”[76].

            Fue, se ve, un juicio amplio, rico, matizado, certero. En cuanto a los elogios que se hicieron del escritor historiador, desde la hora de los homenajes funerarios, son tantos que carece de sentido querer traerlos acá. Para la valoración crítica, con la lectura hecha de la obra y lo citado, está, parece, lo fundamental para el importante capítulo de la literatura ecuatoriana de período que fue Cevallos.

            Pero nos falta completar su aporte a literatura y cultura del período con otra importante faceta de su obra.

 

 

4. EL LINGÜISTA

 

 

Se había destacado siempre “la corrección y limpieza del lenguaje” de Pedro Fermín Cevallos[77], y no solo eso, sino, un paso adelante de corrección, limpieza, riqueza y sabor. En nuestra lectura crítica, sobre todo del Resumen, hemos dado con esa riqueza y sabor del lenguaje narrativo.

            Pero a Cevallos aquello no le bastaba. Era la hora en que se quería afirmar la imagen-concepto de nación y se buscaba exorcizar los factores perturbadores de la unidad que a la nación cohesionaba, a la vez que afirmar cimientos de ese ser nacional. Y el ilustre ambateño se ha apasionado por la empresa. Le aportó la imagen de grandes pioneros, que pusieron las bases para esa construcción, y volvió a trabajar ese cimiento de cualquier empeño de esa laya que es la historia nacional, tras las huellas del P. Juan de Velasco.

            Pero el proyecto requería, además, afirmar los factores de unidad. Y uno era la lengua. Preservar su unidad y alertar sobre usos disolventes o francamente alienantes sería una de las grandes tareas de esta laboriosa existencia.

            A esta empresa pionera llegó Cevallos -como a todas sus empresas culturales- más bien tarde y sin especial formación académica. Pero llegó guiado por su seguro instinto para las cosas de lengua y literatura y movido por alto amor a la lengua.

            Estos trabajos -que correrían perfeccionados y enriquecidos hasta sus últimos años- comenzaron en 1861, con unos primeros listados de errores del español hablado en el Ecuador, que publicó en El Iris -“Pocas, mui pocas fueron las voces que anoté y publiqué en “El Iris” por 1861”, recordaría nuestro autor al prologar la 5a. edición de su obra, casi dos décadas después[78]-. El segundo paso fue compilarlos, aumentados con algunos más, en “un cuadernito bien chico”[79]. “Este cuadernito creció en contenido i en volúmen cuando se hizo la tercera edición”, recordaba Cevallos.

            Estas tres primeras ediciones del Breve catálogo aparecieron, una detrás de otra, en 1862.

            La tercera -que por cuanto se va a ver debe tenerse por la edición príncipe de la obra- era un tomito de 9,5 por 15 centímetros, de 100 páginas, y se había publicado en Quito, en la Imprenta del Pueblo[80]. Iba precedida de una “Advertencia sobre esta edición”, que nos tranquiliza acerca de la  falta de las dos primeras, autorizándonos a comenzar por ella nuestra presentación de Cevallos como estudioso del español y del español hablado en el Ecuador. Se advertía:

 

La segunda que se dió a luz sin haber sido vista ni correjida por el autor, salió con tantas faltas que estas corren a la par con las del lenguaje que se trató de correjir. La presente va enmendada, correjida i aumentada por el mismo autor, i contiene ademas otro catálogo breve de galicismos, con cuyo ausilio pueden a lo ménos evitarse los mas frecuentes, empalagosos i comunes, siendo este el principal mérito que recomienda

El Editor[81]

 

            En cuanto a los “errores” -que habían sido objeto de la primera intención y ocupaban la mayor parte del libro-, Cevallos entendió que constituían asunto que debía justificarse. En la Introducción de las primeras ediciones escribió esto, que reprodujo, con solo ligeras variantes redaccionales[82], en la cuarta y la quinta:

 

Tan arraigados están entre nosotros los errores del lenguaje, que no solo en el familiar, sino en otros más elevados, i aun en escritos que se dan a la prensa, los hallamos a centenares; i no solo entre personas indoctas, sino entre las mas cultas de nuestra sociedad, en los letrados, majistrados i aun periodistas, acostumbrados a rumiar, diremos así, la Gramática I Diccionario castellanos.[83]

 

            Distinguió desde este primer momento entre lenguaje familiar y “otros más elevados” y el lenguaje escrito; y lo hizo también entre personas “indoctas” y las más cultas -letrados, magistrados y periodistas.

            Ahondó en el tema y lo precisó en la Introducción de nuevas ediciones. Y llegó a una nueva distinción -especialmente esclarecedora y fecunda en consecuencias:

 

Es seguro que no faltarán quienes, arrimándose a la necesidad que todos los pueblos de la tierra  tienen de servirse de ciertas voces i frases peculiares a cada provincia, defiendan sus vicios de lenguaje con calor i hasta aferramiento. Pero no se trata de privarles de tal costumbre, sino de hacer conocer las correspondientes al uso jeneral de la lengua, para que así puedan dejarse entender de cuantos no pertenecen a la misma provincia, i para que así no introduzcan la jerga de los provincialismos cuando conversan con jente culta, cuando se dirijen por escrito a los tribunales y majistrados, i principalmente cuando escriben para el público.[84]

 

            Opone usos locales -los usos que tiene por “vicios de lenguaje”- a usos generales -oficiales, públicos, destinado a extranjeros-, y se aproxima al criterio fundamental para estos menesteres, el facilitar la comunicación universal en el ámbito de la lengua: “para que así puedan dejarse entender de cuantos no pertenecen a la misma provincia”.

            Reconoció, sin embargo, validez a las hablas populares, en cuanto facilitaban la comunicación a ciertos niveles de hablantes:

 

Consérvense, enhorabuena, las voces i locuciones provinciales cuando tratamos con los del pueblo; porque, de cierto, sería bien poca la pretension de que nos entiendan si, por ejemplo, les dijéramos que nos busquen una cerbatana, un morterete, un picador, &a.

 

            Era cuestión de niveles de uso de la lengua, y, hecha la distinción, el empeño de señalar usos defectuosos en los niveles medios y altos cobraba plena validez.

            Y en esos niveles era donde se realizaba a plenitud la aspiración de un uso del idioma que asegurase la unidad de lengua de la enorme y dispersa comunidad de hablantes del español.

            En la Introducción de la tercera edición -seguramente en las dos anteriores- citaba un texto de Bello que constituía la más fuerte formulación que se hubiese dado a ese reclamo del respeto de la lengua común como clave de unidad idiomática. Se refirió Cevallos a “la avenida de neologismos” que, a juicio de Bello,

 

alterando la estructura del idioma, tiende a convertirlo en una multitud de dialectos irregulares, licenciosos, bárbaros: embriones de idiomas futuros que durante una larga elaboración reproducirán en América lo que fue la Europa en el tenebroso período de la corrupción del latín.

 

            En la 4a edición se pasaría de este texto poderoso, de sombrío profetismo -al que la revolución de las comunicaciones, que aproximaría cada vez más a los hablantes del español, convertiría en nube de tempestad que nunca llegó a descargarse- a lo que el gran gramático decía en favor de la Ortología -la pronunciación “con sonidos, cantidades y acentos legítimos”[85]:

 

Estudio es este sumamente necesario para atajar la rápida dejeneración que de otro modo experimentarian las lenguas, i que multiplicándolas haria crecer los embarazos de la comunicación i comercio humano, medios tan poderosos de civilización y felicidad.

 

            Con estos grandes principios emprendió Cevallos  su listado de “errores”, que iría enriqueciendo hasta la última edición publicada en vida. Se anunciaban de pronunciación, de significación, de género y número, en la tercera edición; en la cuarta, el segundo apartado, se cambiaría a “de significación i construcción”.

            Y lo trabajó con sentido nacional, amplio. Lo advertiría en ulteriores versiones de la “Introducción”:

 

Los que desconfien de las voces que presentamos cual muestras de nuestros vicios en punto a lenguaje, porque no han oido nunca pronunciarlas, no entendíendolas con esta u otra acepción, ni vístolas en escritos; deben entrar en cuenta que si no las emplean en tal provincia, las emplean en las de mas acá o mas allá, pues he procurado colectar las de todas para que también aprovechen todas.[86]

 

            Hizo así el primer registro serio del habla ecuatoriana, que tiene doble valor: para conocer las hablas populares de su tiempo -en corte “sincrónico”, dirían los lingüistas-, y para empezar a dibujar las rutas de la evolución del español del Ecuador -lo “diacrónico”.

            Y en los comentarios a las voces que estimaba requerirlos, Cevallos fue sencillo y conciso. No sucumbió a la tentación de esos denunciadores de usos neológicos o simplemente aberrantes que estallaban en apasionados párrafos despectivos, irónicos, coléricos, de alarde de ese español castizo que echaban de menos en los infractores. El, alguna vez, los citó. Como aquello de González, en la voz “fregar”, ante lo cual no sabemos si nuestro autor se admiraba o se sonreía:

 

Ved lo que González dice de Fregar: “Incline todo el mundo la cerviz, que aquí llega el mas ruin i, sin embargo, el mas osado de los intrusos: el que saliendo del oscuro antro en que las cocineras lo tuvieran sepultado, se enseñorea hoi de los salones i palacios, adonde le ha llevado el empuje de la turbamulta. Abran campo, señores, que ahi va fregar con animo de fregar a todo el que  no lo entienda...

 

            ¡Joder con el señor González, que con la misma embriaguez sigue su comentario -si comentario puede llamarse una cosa así-! Cevallos, casi lacónicamente, apuntó en “fregar”: “(no admite sentido metafórico) por molestar, importunar”.

            El español tenía ya una entidad -a la hora de las primeras ediciones del Breve Catálogo solo española; desde la cuarta parte del siglo y de modo creciente también americana- a la que un general acuerdo -también creciente- otorgaría el papel de custodio y garante de esa unidad del español en el mundo: la Real Academia Española. Para Cevallos el criterio último de corrección y buen uso de términos y locuciones era el Diccionario de la Real Academia. “Por lo que hace a nosotros, nos hemos servido del citado de la Academia (9a edic.) único que puede autorizar el empleo de las voces de tal o cual sentido, i único que puede darnos a conocer el jiro propio e idiotismos de nuestra lengua”, terminaba la Introducción de la 3a. edición, en párrafo que se suprimió en las introducciones posteriores, aunque el recurso al Diccionario académico siguiera siendo como a tribunal de última instancia. Y en la 5a. añadiría algo muy significativo. Hablando de las más de 400 voces incorporadas a esa edición, adelantaba:

 

Acaso muchas de las añadidas i muchas de las puestas en las anteriores tendrán ya entrada en la 12a edición del Diccionario de la Academia que debe de estar ya en prensa[87]; pero miéntras no obtengan este merecimiento i no las veamos estampadas, tenemos que mirarlas como puramente provinciales, i rechazarlas en la escritura de obras serias, cual a profanadoras del suelo de Castilla, tan patria nuestra como de los españoles, en punto á lengua i al lenguaje.[88]

 

            El español, como lengua en variado y rico comercio con otras, estaba en permanente cambio, y el Diccionario académico se mantenía alerta a las novedades que la lengua asumía y asimilaba. Cevallos -para cuando escribe su Introducción de la 5a. edición, ya miembro correspondiente de la Academia Española- trataba de seguir de cerca en ello a la Academia.

            No tenía el escritor ambateño preparación ni instrumental para manejarse con total dominio con otros grandes criterios de escrutinio de lo malo y lo bueno, lo aceptable y lo óptimo del español, como Cuervo, que por esos mismos años daba los primeros pasos para la gigantesca empresa que culminaría en su monumental Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana, en el que haría gala de una erudición portentosa en cosas del español de todos los tiempos, y que en 1872 había publicado sus Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano -que Cevallos decía haber visto después de la cuarta edición de su Catálogo y que, junto a los “Chilenismos” de Zorobabel Rodríguez, ponía como “producciones castellanas ya mui formales acerca de la materia”[89]. Así que apenas podía defenderse de caer en el fetichismo del Diccionario de la Academia.

 

EL ENSAYO SOBRE GALICISMOS

 

La tercera edición del Breve catálogo traía una importante novedad, que se anunciaba desde el título: “seguido de otro de galicismos”.

            Curiosa la génesis de esta nueva inquietud de Cevallos. Al voltear la mitad del siglo, llegó al Ecuador un Diccionario de galicismos que se haría famoso hasta convertirse en el diccionario de galicismos de la lengua. El Diccionario de Galicismos, o sea, de las voces, locuciones y frases de la lengua francesa que se han introducido en el habla castellana, por Rafael María Baralt, había aparecido en Madrid, en 1855. En 1862 vino a dar en manos de Cevallos. “Y al caer en manos del doctor Cevallos -escribiría Gómez Carbo-, produjo en él una como visión de Damasco. Leerlo, empaparse en sus doctrinas y convertirse en apóstol del purismo más clásico fue todo uno”[90].

            La “Advertencia” ya citada terminaba refiriéndose a la novedad:

 

i contiene ademas otro catalogo breve de galicismos, con cuyo ausilio pueden a lo menos evitarse los más frecuentes, empalagosos y comunes, siendo este el principal mérito que recomienda - El Editor

 

            En la “Introducción” se extendía algo más el comentario. Se comenzaba por salir al paso de la tacha de purista, que veía venir:

 

Ahora que añadimos otro breve catálogo de galicismos con el esclusivo fin de hacerlos conocer par que huyan de ellos los aficionados a la lengua de Jovellanos y Moratin, serán mayores los desdenes y nos calificarán de puristas, como si nuestras pretensiones se estendiesen a mas del racional deseo de alejar la avenida de neolojismos.

 

            Y entonces se traía el texto aquel de Bello sobre el futuro sombrío de una lengua alterada “en la estructura del idioma”.

            Y denunciaba que, salvo el de la Real Academia, el de Salvá o el de Martínez López -que había seguido fielmente los pasos del académico-,

 

Los demás Diccionarios, como el de Domínguez, el publicado por una Sociedad de linguistas i sus imitadores son unos rematados neolojistas, que han aceptado ciegamente las voces y construcciones estranjeras, i a ellos debe atribuirse en la mayor parte la introducción y uso de tantas voces y sentidos de la lengua francesa en la castellana.

 

            La “Introducción” de la 4a edición se centró en la pronunciación, en la línea de la Ortología de Bello -como ya lo hemos visto- y no dijo una palabra sobre el listado de galicismos. A cambio, incluyó en el libro un largo ensayo -iba de la página 89 a la 105- titulado “Algo sobre galicismos”.

            Lo abrió con cita penetrante y fuerte de Romey, en su Historia de España, que resultaba fórmula exacta de cuanto Cevallos pensaba y sentía al salir a los campos de Montiel a romper lanzas contra los endriagos galicanos:

 

Qué clase de literatura será la de un pueblo, donde yace desatendido, mas bien dicho, olvidadoel estudio del idioma propio, instrumento fundamental e imprescindible para toda jestión literaria? ¿qué clase de literatura será cuando la esencia del habla, su brio i gala, se cifran vinculadamente en sus jiros particulares, modismos propios i jeniales, i caracteristicos arranques?

Tómese cualquier periódico, cuya lectura es casi la única en el dia, i el español que esté medianamente versado en las lenguas castellana i francesa, lo irá leyendo en frances a carrera abierta, sin el menor asomo de dificultad. Todos ensalzan, quizá con esceso, a nuestros autores antiguos, i sin embargo nadie tal vez los lee, i apénas por maravilla habrá algunos que sigan sus huellas.

 

            E inició su reflexión reconociendo

 

la necesidad que la lengua castellana tiene de acojer i connaturalizar las voces procedentes de los descubrimientos casi diarios que se hacen en todos los ramos del comercio humano, particularmente en punto a ciencias, artes i oficios, pues si no nos la dieran los estranjeros que las inventan, i no las aceptáramos, quedaríamos tan a oscuras de las ideas i objetos que representan i espresan como ántes de haberse descubierto.[91]

 

            La adopción de tales voces le parece “no solo necesaria sino conveniente”. Pero plantea la exigencia elemental: “en lo único que deberá pararse la atención es en el exámen de si estan o no bien castellanizadas y conformes con la índole de la lengua”.

            Este criterio, alejado de cualquier purismo, pero también de facilismo y quemeimportismo, tiene validez contemporánea, y el lingüista ambateño fue uno de los primeros en formularlo con tanta nitidez en el mundo americano.

            Esto sentado, dibuja un programa de rechazo del abuso y la torpeza galicanas:

 

Pero adoptar el sentido de voces estranjeras que, aunque parecidas a las nuestras, tienen otro diverso en la lengua de donde proceden, adoptar las formadas al capricho o ignorancia de los traductores, dejando a un lado las solariegas equivalentes; adoptar las construcciones i modismos que, si ajustados a la naturaleza de otro idioma, son impropios i repugnantes para el castellano; es, no solo innecesario, no solo inconveniente, sino perjudicial para las letras humanas, i hasta desatentado.[92]

 

            En cuanto a los requisitos para acoger voces provenientes de otros territorios idiomáticos -en la hora aquella, del francés- se acoge a Hartzembusch:

 

“Si la voz o locucion es necesaria: si es fácilmente comprensible: si es lójicamente justificable: si a lo ménos es bella: si lo que parece galicismo tiene quizas oríjen latino, porque siendo la lengua castellana hija de la latina, la voz o locucion que de ella provenga trae una recomendación respetable; i si hace mucho tiempo ha que se usa, empleándola autores correctos[93]

 

            Busca esclarecer, con ejemplos más o menos felices, eso de los autores que por su “sujeción a los principios gramaticales, a la propiedad de las voces, a la de los modos adverbiales, invariables por su naturaleza, i a la de las frases, locuciones e idiotismos”, pueden tenerse por “correctos” e imponer novedades en la lengua. Los contrapone a “los libros i periódicos de pane lucrando” y malos traductores.

            Sabemos -por los análisis hechos de su prosa- cuánto amaba el ambateño la lengua del siglo de oro español. Ironiza de esos que a “los Cervantes, Granadas i Colomas, i los Herreras, Argensolas i Riojas” los tacharon de “rancios conservadores de una lengua rancia” y remata la ironía con el grotesco grito de guerra:

 

¡Abajo con esos bárbaros, que bárbaros fueron los tiempos de la temporada de oro de la literatura española que nos impuso el tributo de admirarlos i hasta venerarlos; abajo con los retrógrados que vienen a recomendarnos la barbaridad de seguir la estampa que nos dejaron los escritores de los siglos 16 i 17![94]

 

            Aborda Cevallos en su ensayo los grandes conflictos que produce el choque en los campos del hoy de la lengua -la sincronía- de lo antiguo y lo nuevo, lo de la propia herencia y lo llegado de fuera. Las lenguas, reconoce, “andan espuestas a continuas vicisitudes”, pero sienta: “Pueden mudar la forma, mas no la esencia i propiedad”. Y la razón es en extremo sugestiva: las lenguas responden a los pueblos que las forjan y usan. “Distintos los pueblos de España i Francia en fisonomía, gustos, industria i vida civil, tienen que serlo igualmente en las lenguas”.

            Y vuelve a Bello, a lo que había escrito en la 7a. edición de su Gramática, alertando contra “la avenida de neologismos” -en el texto que había citado ya en la tercera edición.

            Mira a las razones del contagio. Toma de Capmany, en su Teatro histórico-crítico de la elocuencia española,  una “cierta fascinación” ante la brillantez de escritores franceses “que ha logrado resfriar el amor a nuestra propia lengua, cuya pureza i hermosura hemos manchado con voces bárbaras i espurias, hasta desfigurar las formas de su construcción con locuciones exóticas, oscuras e insignificativas, disonantes i opuestas al castellano castizo”.

            Y arremete contra los traductores rutinarios e ignorantes. ¡Qué mejor para hacerlo que apropiarse de un virulento texto del Fray Gerundio de Campazas de Isla!:

 

¡Traductores de libros franceses! ¡traductores de libros franceses! No los llame U. así; llámelos U. traductores de la propia lengua i corruptores de la ajena; pues como dice el italiano con gracia, los mas no son traducción sino traicion de uno i otro idioma, a la reserva de mui pocos... Un buen traductor es acreedor a los mayores aplausos, a los mayores premios, a las mayores aclamaciones. Pero, ¡qué pocos hai en este siglo que sean acreedores a ellos! Nada convence tanto la dificultad que hai  en traducir bien, como la multitud de traducciones que nos sufocan; i ¡cuán pocas son, no digo las que merezcan llamarse buenas, pero ni aun tolerables! En los tiempos que corren es desdichada la madre que no tiene un hijo traductor. Hai peste de traductores, pero casi todas las traducciones son peste; son unas malas i aun perversas traducciones gramaticales, en que a buen librar, queda tan estropeada la lengua traducida como aquella en que se traduce; pues se hace de las dos un patagorrillo que causa asco al estómago frances, i da ganas de vomitar al castellano. Ambos desconocen su idioma; cada uno entiende la mitad, pero ninguno el todo... Ellos son los que han hecho que ni en las conversaciones, ni en las cartas familiares ni en los escritos públicos nos veamos libres del polvo gálico; quiero decir que parece que no gastan otros en la salvadera que arena del Loira, del Ródano i del Sena, segun polvorean cuanto escriben de galicismo o de afrancesadas. Ellos son, en fin, los que debiendo empeñarse en hacer hablar al frances en castellano (porque es la obligación del traductor), parece que intentan todo lo contrario; es a saber, hacer hablar al castellano en frances, i con efecto lo consiguen”.[95]

 

            Era lo que pensaba y sentía nuestro autor de los malos traductores, que aborrecía, y por ello se ha complacido en tan larga cita -cuyo sabor nos hace pensar que aquella era una de sus lecturas más apreciadas.

            A esa turba de traductores opone lo de Boileau: “no hai belleza sin verdad”, que glosa: “así no puede haber lenguaje culto, cuanto mas elegante, si va desprovisto de propiedad en las voces, modismos i sintáxis”, y lo refuerza con eso otro de Garcés[96]: “en la propiedad i riqueza (de la lengua) va fundado el vigor i elegancia del bien hablar”.

            Y resume esta tan firme, como ponderada y abierta doctrina -que presidiría sus denuncias de galicismos en el Breve catálogo-:

 

Influya la lengua francesa, en hora buena, dándonos las voces compuestas de las ciencias, artes i oficios, puesto que siendo nuevas han de tener también nombres nuevos, i puesto que, sobre ser necesarias i útiles, saben los franceses componerlas debidamente del griego i del latin, lenguas por las cuales, como jenitoras de la nuestra, conservamos alto respeto i decidida aficion. Pero no influyan, no, en alterar el sentido de otras solariegas, y ménos la sintáxis, ni en darnos modos adverbiales e idiotismos que son privativamente propios de los pueblos asentados al setentrion de los Pirineos.[97]

 

            “Y menos la sintaxis”: esto, aunque dicho al paso, reforzado con el “y menos”, era de especial importancia y, a medida que avanzaba en sus versiones del Catálogo, se le iba imponiendo. En lo que se refiere al léxico, el poder de asimilación del español era cada vez mayor, y ni perder palabras ni ganarlas tocaba a la estructura de la lengua. Estructura era la sintaxis: el ordenamiento de los elementos -los que fueran y cuantos fueran- en conjuntos sujetos a exigencias propias de la lengua, que produjeran sentido. Esta conciencia de en dónde estaban los reales problemas del español se tradujo en el anuncio, ya dicho, de los errores de construcción, para la cuarta edición, por más que el listado no fuese medio idóneo para tratarlos, y por ello en el Catálogo hubiese tan pocos.

            Ha dejado Cevallos para el final un último gran antídoto contra ese deslumbramiento por el francés que, en gente poco conocedora de su propia lengua, había dado en ese asumir sin más, y no solo en palabras -esto a la larga era lo de menos- sino en construcciones, el francés: mostrar la superioridad del español sobre el francés. De la lengua propia preguntaba:

 

¿Por qué olvidar la nuestra, tan amena, variada, suelta i abundante, por otra que, si admirable por su exactitud, precisión i claridad, es por lo mismo avasallada  i monótona?[98]

 

            Era materia delicada, y lo reconoce: “y cuenta con llamarnos atrevidos por los calificativos dados a las lenguas española i francesa”. Y por ello acude a autoridades francesas. Que ellos lo digan: Fenelon, D´Alembert, Puche, Neufcháleau, Romey. Lo de Fenelon en Lettre a la Academia Francesa: “La lengua francesa no se atreve nunca a quebrantar las reglas de un método por demás escrupuloso, ni las de una ajustada conformidad con la gramática... i esto la priva de toda suspensión de ánimo, de toda sorpresa, de toda variedad i, frecuentemente, de toda cadencia”; lo de D´Alembert en Desmelanges sur l´Harmon. de Lang.: “La lengua que tuviera como la española aquella acertada mezcla de vocales i consonantes dulces i sonoras, seria sin duda la mas armoniosa de todas las lenguas vivas i modernas”; lo de Puche, en Spec. de la Natur.: “La lengua española es de las lenguas vivas la mas armoniosa i la que mas se parece a la rica i abundante lengua griega, así en la diversidad de sus modos i frases, como en la varia multitud de sus terminaciones, siempre llenas, i en el jiro ajustado de sus cláusulas siempre sonoras”.

            Pero hay más: en el sentir del famoso historiador Thiers -uno de los que más admiraba el historiador Cevallos- la lengua francesa se halla corrompida. “Ved como habla de Fontanes en la Historia del consulado i del imperio: “Escritor puro y brillante, el último que ha sabido manejar la lengua francesa, ántes tan perfecta, ahora sepultada con el siglo 18 en el abismo de lo pasado”.

            Tras tan serio, rico y penetrante recorrido por tierras del galicismo podía llegar a una suerte de “peroración”, con enfáticas interrogaciones retóricas:

 

¿Por qué fatalidad, pues, ha llegado la lengua de Castilla a sufrir desvíos tales, que no solo el vulgo sino hasta los majistrados i los escritores de intelijencia despejada i de instruccion desdeñan el conocimiento, siquiera mediocre, de esa que ya en el siglo 16 habia alcanzado la perfeccion, i por lo cual se hacía gala casi en toda Europa de saber hablar el castellano? ¿Por qué esa lengua en que nuestros padres enseñaron cuanto cabia enseñarse en materias sagradas i profanas, reales i de invencion, científicas y vulgares, sérias y jocosas, ha decaido hasta el término de no tenerse por bueno i elegante el estilo que no va ajustado al molde i traza de otra lengua, pobre de voces, i amanerada i monótona por su construccion? ¿Por qué hemos dejado el trigo por la zizaña?[99]

 

            Y, tras reconocer que la materia desbordaba cuanto pudiera decirse “en un folleto”, volvía a resumir los grandes criterios ya expuestos: admítanse las voces nuevas necesarias, las bien formadas, pero “destiérrense para siempre jamas los modos adverbiales, frases, locuciones i construcciones neolójicas”[100].

            El ensayo sobre el galicismo probaba la madurez a que había llegado en el curso de los años y tareas el lingüista. Con razón se lo elogiaría: “Apacionado (sic) el Dr. Cevallos de la pureza y galanura del español, ha hecho sobre él prolijos é importantes estudios, como lo demuestra principalmente su académico discurso puesto como introducción al Breve catálogo de galicismos” -escribió Juan León Mera[101].

 

EN DEFENSA DE SU CRIATURA

 

En 1880 publicó don Pedro Fermín una nueva edición de su Breve catálogo de errores, esta vez completado el título así: en orden a la lengua i al lenguaje castellanos, y sin aquello del “seguido de otro breve catálogo de galicismos”, que anunciaba la cuarta -con cambio cuya razón ya la veremos-. Era la quinta, y la última que aparecería en vida del autor. La cuarta se hallaba agotada, y la obra se reclamaba por su innegable utilidad y por la fama que había cobrado.

            En esta nueva edición, el autor comenzó por reproducir la “Introducción” de la cuarta y pasó a “expresar los motivos que me han determinado a publicar la presente”.

            Con ejemplar humildad daba como primero de esos motivos “el de corregir varios errores en que yo mismo he incurrido por falta de cuidado respecto de algunas voces, i por pereza de consultar el último Diccionario de la Academia en cuanto a otras”. Porque era el caso que, aunque lento, el Diccionario académico respondía a los movimientos de la lengua, que aceptaba voces nuevas y hasta recuperaba voces ya omitidas en anteriores ediciones. Y ya hemos dicho el papel que en este negocio atribuía el lingüista ecuatoriano al Diccionario de la Real Academia Española.

            El segundo motivo nos pone ante la recepción del libro en su cuarta edición -la primera que parece haber tenido circulación considerable, sobre todo en medios instruidos. Mera, que tanto sabía de las empresas de su amigo y paisano, se refería a ella como si fuera la edición de la obra, sin más-. La Verdad le ha hecho, apenas aparecida esa 4a. edición, “unas mui comedidas y mui apreciables observaciones”.

            La primera observación y primer comentario ha sido sobre los errores de pronunciación. Son tan numerosos -han escrito los periodistas de La Verdad- que nunca podría hacerse un catálogo completo, y valía más omitir este género. Con razón Cevallos rechaza la consecuencia que quieren sacar de esa premisa: aunque sea imposible hacer un listado completo de esos errores -ese habría sido un enorme y sistemático libro de la pronunciación del español en el Ecuador-, se podían señalar los más notables, frecuentes e hirientes. Y no, aclara, para ridiculizar al campesino, al artesano, al mercader de baratijas por sus jergas, sino para ilustrar el criterio de escritores públicos, “siquiera los encargados de formar las leyes, de los que las aplican, de los que mandan ejecutarlas”. Cevallos había sido designado Ministro de la Corte Suprema en 1875 y los horrores idiomáticos que debía escuchar a diario en tribunales y leer en procesos le mueven a señalar estos destinatarios especiales de sus correcciones.

            Completó su respuesta citando autores que por toda América arremetían con parecida empresa. Habían salido ya las riquísimas, sabias y penetrantes Observaciones al lenguaje bogotano de Cuervo. Y en el mismo Ecuador ya circulaba Correcciones y defectos del lenguaje del compatriotaMiguel Riofrío[102].

            Las otras respuestas a La verdad eran casos especiales, que Cevallos aclaraba, rechazaba o acogía.

            De impensas acotó, con su dejo de humor: “No he comprendido el primer término en mi librejo, y así no tengo por qué entrar en lid a causa suya”. Y el tratamiento que da a impender nos deja ante la seriedad -fruto de pasión- con que Cevallos asumía su tarea lexicográfica:

 

Del segundo dijo “La Verdad” que era galicismo, y yo, para convencerme de ello, he procurado buscar en qué parte de su cuerpo se halla el vírus, i no lo he hallado. He consultado el famoso Diccionario de Litre, el no ménos afamado de Bescherelle, i los bilingües de Bei et Gravier, i de J. B. Guim, i no hai el verbo Impenser que, en francés, sería el equivalente al Impender, el intruso en castellano. En los de Litre y Bescherelle ya siquiera se halla el sustantivo Impense, miéntras que en los demas, áun incluyendo el de la Academia francesa sólo las voces Dépens, Dépense, Dépenser que, entre nosotros, como se sabe, son las de Costas, Gastos, Costear, Gastar, Entrar en gastos, Despender, Expender. Resulta, en consecuencia, que el tal Impender es, simplemente, un neologismo introducido por el vulgo.[103]

 

            Y, cuando al conservador La Verdad se le había ido la mano, lo paraba con firme gracia:

 

Hízose también la observación de que el conocimiento de la lengua no se adquiere consultando sólo los diccionarios, i esto, por ser más viejo que lo de andar a pié, no había para qué decirlo, i perdóneme de nuevo “La Verdad”.[104]

 

            Y vino a esa materia en que de modo tan especial se había empeñado, los galicismos.

            Y ahora Cevallos se embarca en la desdichada empresa de romper lanzas en favor de ese purista extremoso que fue el venezolano, a pesar de que echa por delante que “no era de mi obligación i no es, mucho ménos, de mi competencia defender los conceptos de un filólogo i literato de la talla de Baralt”.

            Así, por atender al primero de cuatro casos que discute: Abandonar en sentido de dejar, para Baralt, galicismo; para la Academia, uno de los sentidos de abandonar. Cevallos, en alarde de ingenio -de buena ley-, echaba por el atajo de lo dudoso de la sinonimia. Y hace interesantísimo excursus por esas sutiles diferencias de sentidos de voces que los diccionarios dan por sinónimas. Sin embargo, en lo único en que lleva la razón el lingüista ecuatoriano es en que resulta más castizo, propio y rico renunciar a los sistemas o desistir de una doctrina que abandonar lo uno y lo otro.

            De parecido modo procede con abordar, abstraer, afrontar, hasta concluir caracterizando al autor del Diccionario de galicismos como lingüista de aliento y temple, “tan perspicaz, tan delicado i sensible para conocer con claridad i cabal acierto las diferencias que van de una voz ó frase á otras, al parecer idénticas en significación, i, sin embargo, distíntas para la aplicación del pensamiento que se desea expresar”[105].

            Y es el sentido en que pudiera rescatarse la obra de Baralt y la misma de Cevallos, cuando el uso ha consagrado -y la Academia lo ha reconocido- la inmensa mayor parte de cuantos  ellos tacharon de galicismos. De Baralt Cevallos reconocía: “Tan respetuoso fué para con la que Limpia, fija i da esplendor que aun teniendo por bien fundadas sus observaciones, advierte siempre que tal ó cual voz, tal ó cual modo están ya por ella autorizados”[106].

            Y pasa Cevallos a los tres galicismos de su propia cosecha, los únicos “a que se contrajo La Verdad”, que fueron aposición”,  “bifurcar” y “desaparecido”.

            En su rechazo de “aposición” como lo ha empleado el Código ecuatoriano, calcando la palabra del francés, Cevallos fue brillante.

            El Código ha prescrito sobre muebles y papeles de una testamentaria que se guarden bajo llave y sello, y se haga la guarda y “aposición” por el ministerio del juez, y Cevallos dice que ha preguntado en su “librejo” “si para comprender lo que significa aposición, no hai necesidad de ocurrir á un diccionario frances, i si hubiera valido menos prescribir que esa guarda y fijación de sellos se haga por dicho ministerio”. Y argumenta ahora, de modo apabullante:

 

Sellar, imprimir un sello, fijar un sello, tienen en cuanto a la idea fundamental de estampar una cosa sobre otra, idéntica significación, i sí necesitábamos de un vocablo que expresase la accion i efecto de cualquiera de esos verbos, se prestaban a maravilla los de selladura, impresion, fijacion, estampa. ¿A qué, pues, ocurrir a un término que, si en la Galia significa el acto de fijar un sello por autoridad del juez, en Castilla no ha significado nunca sino el de poner sin conjunción dos sustantivos de seguida? ¿Por qué dejar los términos propios, usuales i conocidos hasta del vulgo, por otro que apénas será entendido por los que en el día están dedicados al estudio de jurisprudencia?[107]

 

            Y de la ratificación de su rechazo a ese galicismo da un paso a lo general del lenguaje en que deben redactarse las leyes, con doctrina que a la vuelta de más de un siglo sigue siendo luminosa:

 

Cuando se legisla se lleva por delante el principio de que las leyes sean claras por su contenido i por el modo de redactarlas, empleando para lo primero la más concisa manifestación de la mente del legislador, i para lo otro la construccion más natural i las voces más limpias i familiares de la lengua en que se dan.[108]

 

            El segundo galicismo que se le ha tachado por La Verdad es “bifurcar”. Cevallos aclara que esta voz “no tiene la nota de galicana en el diccionario de Baralt” y reconoce que la Academia le ha dado entrada en el suyo. Pero se justifica demostrando que “el Bifurcarse castellano, no es otro que el Bifurquer francés”. Y en la discusión que sigue cabe sorprender a un Cevallos al que más que descalificar un galicismo lo que le importaba era lucir ante sus no siempre bien intencionados contradictores su talla de lingüista. Y la sigue luciendo ante los lectores futuros de sus escritos sobre la lengua:

 

Las voces bis i furca son, de cierto, las primeras fuentes de esas dos; pero como troncos, digamos, de la de horca para españoles, de fogue para valones, de forca para provensales e italianos, i de forche i fourque para el comun de los franceses; los cuales, siendo primitivas ramas de los troncos bis i furca, se convirtieron, a su vez, en troncos de otras ramas. De este último i nuevo tronco, fourque, formaron los franceses su Bifurquer, no ya de las dicciones latinas bis i furca, sino de la rama  bifurco; esto es, de bi en lugar de bis, i de fourque en lugar de furca. Tampoco los españoles formaron el Bifurcarse de dichos troncos, sino de las ramas francesas bi i furquer, pues el formado con arreglo á la etimología primaria es el verbo Ahorquillarse, deducido del sustantivo horca que les dio el latino furca, en el decir de Litre (en el de Terreros i Pando, los verbos furcillare, sostenere); i conforme á la etimología secundaria, el frances Bifurquer. Creo que lo dicho bastará para dejar satisfechos los reparos de “La Verdad”.[109]

 

            El tercer galicismo de propia cosecha que han rechazado como tal los de La Verdad  era “desaparecido”, también en uso legal: eso, por dar un caso, de que “según la moderna legislacion, la ley presume muerto al desaparecido”. Lo que propone en esos lugares del Código Civil este juez que tan lúcidamente había meditado sobre las relaciones entre el buen uso del español y las leyes era ausente. En uno de los artículos del Código, por “Entre estas pruebas será de rigor la citación del desaparecido” propone Cevallos: “Entre estas pruebas será de rigor la citación al ausente”.

            “Quién al ver el término ausente -pregunta Cevallos- que sobre propio i solariego, es de los familiares i comunes, dejará de comprender lo prescrito por esas disposiciones?”

            E, introduciéndolo con ese humor guasón tan peculiar suyo, aporta un sólido argumento de autoridad al uso de ausentes por el tachado desaparecidos:

 

Si lo dicho no basta para hacer desaparecer de Castilla á los desaparecidos de Francia, quizá bastarán los ejemplos que en España han dado Dn. Joaquin Escriche i la Sección del código civil español, compuesta al principio de nueve letrados competentes, i despues de otros, segun la relacion que de ella hace Dn Florencio García Goyena en su obra Concordancia &a, ya bien conocida entre nosotros.[110]

 

            Gente tan competente ha legislado así: “Esto mismo se observará cuando en iguales circunstancias caduque el poder conferido por el ausente”, “Siempre que el Tribunal nombre un representante del ausente, dictará...”, “Pasados cuatro años sin habertenido noticia del ausente, podrá declararse la ausencia”. No han evocado, remacha al final Cevallos, “en su auxilio una sola vez a los desaparecidos”.

 

Y LA ORTOGRAFIA

 

Terminaba Cevallos su “Introducción” -la última que escribiría para una edición del Breve catálogo-  con dos advertencias de especial importancia.

            La primera se refiere a la ortografía.

Habráse advertido por las citas hechas del Breve catálogo -en todas sus ediciones- que, comparada con la que rige actualmente, su ortografía es indecisa y casi caótica, sobre todo por lo que hace al uso de la tilde. Y aunque la Academia no manejaba aún con rigor normas tan claras y terminantes como la de que las palabras graves se tildan solo cuando terminan en consonante que no sea “n” o “s”, y al revés las agudas, y su Ortografía seguía prescribiendo tilde en “mientras” o “entonces” -y la propia Academia tildaba “sintaxis”-, se avanzaba hacia la ortografía de las tildes simple, exacta y funcional que manejamos ahora.

Cevallos, en ese final de la “Introducción” a la quinta edición, anunciaba que, habiendo sido designado Académico Correspondiente de la Real Academia de España, debía en esa nueva edición seguir “las reglas de ortografía por ella establecidas. “Por tanto -advertía-, los lectores no deben echar de ménos la falta de lo que dije en la cuarta con respecto á la semejanza de sonidos de las letras g i j en cuantos casos forman sílabas con las vocales e, i, ni pararse en la variación que noten en punto á los acentos omitidos adrede en algunas voces”.

Lo que Cevallos había escrito en la cuarta edición era esto: “En punto a las diferencias procedentes de las letras g i j, si buenas y necesarias para conocer la etimolojía de las voces, no son de recomendarse por otros respectos, porque sus sonidos se confunden en cuantos casos forman sílabas con las vocales e, i; razón por la cual solo hemos empleado la segunda en cuanto va de caudal propio”[111].

En 1878 había aparecido una nueva edición de la Gramática de la Lengua Castellana de la Real Academia Española, y es la que seguramente manejaba el flamante Correspondiente ecuatoriano. Ya en la edición de 1870 la Academia había incorporado en el mismo volumen de la Gramática  la “Prosodia” y la “Ortografía”, y en esta mantenía eso que se convertiría en uso constante. De la Ortografía advertía que la “nueva” “respeta en lo sustancial la doctrina corriente, consignada hace años en el Prontuario, que pudiera llamarse oficial, y seguida en el Diccionario y demas publicaciones de la Academia”[112]. Y en esa “Ortografía” el tratamiento de los usos de g y j era detallado y terminante[113].

A esas normas protesta adherirse el lingüista ecuatoriano. Y da la razón:

 

proviene de haber reflexionado que si el uso es el árbitro legislador i norma del lenguaje, y si este uso debe referirse natural y puramente al de los doctos, a ningun otro mejor debo atenerme que al del Gran Cuerpo encargado de conservar la propiedad, limpieza y galas de la lengua.[114]

 

En casos, la Academia se reducía a reconocer usos que se iban imponiendo y por ello parecían recomendables, pero sin desautorizar los contrarios. Era el de la y conjunción, que iba desplazando a la i. “Usase -leíase- la y en vez de la i cuando es conjunción, como en cielo y tierra, Juan y Pedro. Así lo ha querido el uso, á pesar de la práctica contraria de algunos escritores, lo cual no puede razonablemente desaprobarse” (Regla 3a, primera parte). Cevallos era uno de esos escritores, y se mantendría fiel a ese uso de la i.

La segunda advertencia anunciaba que, “sin entrar en las distinciones” de pronunciación, significación, género, número, acentuación o sintaxis, el catálogo presentaría “en una sola sección” todos los errores, “en una tirada, i separadas las correcciones por medio de un guión (-)”. Un amigo le había observado que así su Catálogo “sería más claro i manejable”.

 

POR LA ACADEMIA

 

Para ese 1880, en que publica la última edición de su Breve catálogo, Cevallos ha sido honrado -“sin merecerlo”, dice, modesto- con el título de Académico Correspondiente de la Real Academia Española, y da la nueva, con justa ufanía, en la “Introducción” de esa edición. Y cumplía funciones de Director de la recién fundada Academia Ecuatoriana, correspondiente de la Real Española. Todo lo cual, a la vez que confería nueva autoridad al Catálogo, requería de su autor especial atención a los trabajos y dictámenes de la docta corporación madrileña -como lo acabamos de ver, en materia ortográfica.

En 1884 aparece el primer número de las Memorias de la Academia Ecuatoriana[115]. Llama la atención que, fundada en 1875, su órgano, es decir su palabra hacia el mundo exterior, su voz en el concierto de la cultura nacional, solo apareciera nueve años más tarde.

Pero esas Memorias habían comenzado a imprimirse en 1876. Y en septiembre de ese año se había descargado la tormenta política. Se creyó que el desorden sería pasajero y la Academia volvería a gozar de la modestísima pensión de 50 pesos mensuales que el gobierno le había asignado -en la fugaz presidencia de Antonio Borrero Cortázar, miembro fundador  de la Academia-. Cevallos había escrito a la Asamblea nacional: “Suma sería la vergüenza, no para los académicos, sino para el Ecuador, el que después de instalada la corporación a más de dos años y medio, no diese todavía a la luz una sola de sus producciones”. Julio Castro, académico, que le había aceptado al régimen dictatorial de Veintimilla la cartera de gobierno, renunció, como muestra de rechazo a la “inconcebible obstinación” del  dictador en negarse a devolver la ayuda oficial a la Academia. Y escribió en nota en esa primera entrega:

 

Ahora, con la mudanza del tiempo y el miedo en los futuros gobernantes de que también se sacarán á plaza sus torcidos procedimientos para con un Cuerpo honesto y, más que honesto, semillero de palmas y laureles para el diligente labrador en el campo de las letras; cabe que la Academia, contrastando su ferviente amor por ellas con el reposo de sus apacibles tareas, confíe en la conservación de su hasta hoy truncada vida, y en cosechar provechosos frutos para la patria.[116]

 

En esa misma nota Castro había ponderado que Cevallos, director de la Academia, había “tomado a pechos defenderla, manifestando los motivos por los cuales no han salido a luz los trabajos académicos ya preparados”.

Pero, finalmente, las Memorias aparecieron. Y las abría una larga introducción de Cevallos -fechada en febrero de 1876- que es la última gran página del lingüista y académico.

Volvía Cevallos a la idea fundamental del español como el gran vínculo de unidad de la comunidad hispanoamericana: “Una vez ya mancomunadas la madre y sus hijas, y éstas entre sí por el honroso vínculo de concurrir juntas al engrandecimiento de las letras castellanas”[117]. Y de las recién fundadas Academias escribía: “hallándose unidas por ese tierno lazo que proviene del uso y cultivo de un mismo idioma” (3).

Denunciaba: “Lo que principalmente faltaba entre nosotros era la afición al estudio de la lengua propia”. Y, en cambio, nos hemos dejado “arrebatar de esa impetuosa riada de periodistas y diaristas jornaleros que escriben sin tiempo para reflexionar, o como obligados a cumplir con una tarea, y de esa otra inundación de traductores sin conciencia” (4). Frente a todo ello, abogaba por “la pureza de la dicción, esto es la armonía conque deben colocarse las palabras en el desenvolvimiento de las ideas, y poder así ajustar, en cuanto sea posible, nuestros escritos a las castizas frases de Herrera y Rioja, de Leandro de Moratín y Capmany, de Martínez de la Rosa y Baralt” (5).

En III busca penetrar en la peculiaridad del español -otro tema que, hemos visto, le fascinaba-, “lengua dulce al par que grave, sobria en atavíos para las obras en prosa; libre, animada, vestida de imágenes, pintoresca para la poesía, la novela y otros partos de la imaginación”.

Reclama, ante todo, “la propiedad de sentido” y “la conveniente concordancia de la sintaxis”.

Y exalta ese “tesoro de voces, modismos y giros heredados a nuestros padres” -que para él era tan caro.

E hizo fuerte defensa del clasicismo, rechazando lo que veía como un “dejarse ir más allá de las nubes a riesgo de no ser comprendidos” (6). Rompe una discreta -como todo en él- lanza contra esos escritores que “para la literatura desean fundar una escuela demagógica” (7).

Y se interna un tanto por vericuetos de filosofía del lenguaje: “Si ese cuerpo ó sea el pensamiento es robusto, elevado, bello; robusta, bella, elevada será también la sombra ó sea la palabra que lo representa” (7).

Se remonta a Baralt en su discurso de recepción en la Academia para apropiarse de su concepción del arte como compuesto de fondo y forma, pero las dos cosas “enlazadas por la naturaleza con indisoluble parentesco” (8).

Hace sumaria historia de los diccionarios del español, desde Palencia, y larga enumeración de los grandes del siglo de oro, para concluir: “cuando el uso constante de estos maestros había fijado ya el sentido de las voces, las reglas del bien hablar y hasta los idiotismos de la lengua, ofreciendo así el perfecto modelo de la literatura nacional”, entonces surgió la Academia, cuerpo destinado “principalmente para la conservación de la pureza y galas de la lengua”.

Defiende las políticas de la Academia en sus diccionarios del cargo de “estacionaria”. “El diccionario de un idioma, destinado al uso público -sienta- debe abrazar todas las voces del lenguaje común de la sociedad”, y justificaba a la Academia en haberse resistido a la invasión de voces especializadas de ciencia y técnica.  “No se trataba -explica- de repeler con terquedad... sino tan solo de no admitir lo inútil, lo de mal corte, lo no conforme con el genio de la lengua” (12). Acepta que grandes escritores han empleado “con discernimiento y mesura unos cuantos vocablos, modismos y giros de los no muy bien naturalizados todavía” y resume: “Sólo pedimos que no se sacrifique una lengua ya subidamente culta y afamada por la formación de un venturo y nuevo patuá” (12). Liberándose de lo que páginas atrás llamamos el “fetichismo” del Diccionario académico llegaba el autor del Catálogo a  una posición tan firme como abierta, sensata y técnica. Con lo que no podía transigir era con la manía afrancesada: “Que se huya de lo que podemos llamar galomanía, la peste asoladora de España y de la América española”.

Y terminaba anunciando el proyecto de la Real Academia de “formar el Gran Diccionario” “abarcando cuantas voces salen de los labios españoles, esparcidas por las dos Américas”. Se adelantaba el ecuatoriano a saludar esa apertura de la Academia Española al español de América que daría poderosa inyección de riqueza y universalidad a las ediciones del Diccionario en el siglo XX. Y en el Ecuador, esta posición de su director, miembro Correspondiente de la Real Academia, fue sin duda estímulo para el florecer de trabajos lexicográficos del español hablado en el Ecuador que las Memorias irían recogiendo. Ya en ese número l empezarían a salir las “Voces provinciales del Ecuador” de Pablo Herrera, y a partir del 5, las “Breves observaciones sobre ciertas palabras usadas en el lenguaje militar” del general académico, Francisco Javier Salazar. Y pasarían los académicos ecuatorianos a comentar, de igual a igual con los peninsulares, las voces del diccionario común de los pueblos de habla española. Desde  las “Observaciones al Diccionario de  la lengua en su duodécima edición”, que comenzaría a publicar en la entrega 9 (1891) el jesuita académico P. Manuel José Proaño.

Inquietudes y tareas a las que había nacido Pedro Fermín Cevallos dos décadas atrás, más allá del aporte de su Breve catálogo, pionero de la lingüística ecuatoriana, habían significado un trazar caminos y abrir horizontes al estudio y cultivo de la lengua patria, con todo lo que ello significaría para la literatura ecuatoriana. Con razón llamaba la atención hacia este capítulo de su aporte el arzobispo Federico González Suárez, en vísperas de las celebraciones -que, en lo oficial, fueron parcas y mezquinas[118]- del centenario del nacimiento del ilustre ecuatoriano:

 

En el Señor Cevallos debemos reconocer, además del mérito del historiador, otro mérito especial, que no conviene dejar pasar desadvertido en esta solemne ocasión: ese mérito especial es el de haber sido entre nosotros el iniciador del estudio concienzudo del idioma castellano, y en este punto la influencia del Señor Cevallos fue eficaz y benéfica.[119]

 

 

 


 

[1] Cf. Celiano Monge, “El primer director de la Academia Ecuatoriana”, Memorias de la Academia Ecuatoriana correspondiente de la Real Española”, Nueva serie, entrega cuarta (julio de 1924), pp. 2-3.

[2]  Juan León Mera, “El doctor don Pedro Fermín Cevallos, Apuntes biográficos”, en Corona Fúnebre, Quito, 1893, pp. 4-5. A una primera biografía escrita en 1874, Mera le añadió en esta, publicada con ocasión de la muerte del historiador, un capítulo final.

[3]  Mera, “Apuntes biográficos”, ob. cit., p.15.

[4]  Camilo Destruge, Historia de la Prensa de Guayaquil, Quito, Corporación Editora Nacional, 1982 (3a. ed.), T. I, p. 214.

[5]  Augusto Arias, Biografía de Pedro Fermín Cevallos, Quito, Edit. Colegio Central Técnico, 1948, p. 38.

[6]  Cartas de Cevallos a Mera, La Casa de Montalvo, Ambato, año XI, ns. 34-35 (noviembre de 1942)

[7]  Corre en otras fuentes el año 1862, y así lo tenía en el estudio preliminar del volumen 79 de “Clásicos Ariel”; pero nos atenemos a Rolando: Carlos A. Rolando, Cronología del Periodismo Ecuatoriano. Pseudónimos de la Prensa Nacional, Guayaquil, Imp. i Papelería Mercantil, 1920, p. 8. El Iris, consigna allí, se fundó el 20 de julio de 1861.

[8]  Mera, ob. cit., pp. 18-19

[9]  Que se publicó del 16 de agosto de 1852 al 8 de enero de 1853.

[10]  “Sobre política escribió poco. Con artículos de ese género y, con otros de los llamados de costumbres, sostuvo en Guayaquil, por 1851, un periódico de empresa particular llamado “La Rebusca” y colaboró en diversos de Quito y Guayaquil”, El Globo, Guayaquil, n. 1723, mayo 23 de 1893.

[11]  Sobre este uso anómalo de “conque”,  característico de Cevallos, véase la nota 41.

[12]  “Advertencia” en el Resumen de la historia del Ecuador desde su origen hasta 1845, Guayaquil, Imprenta de la Nación, 1886, T. I, p. 3

[13]  Cartas de Cevallos a Mera, ob. cit.

[14]  Mera, Apuntes, ob. cit. pp. 20-21

[15]  Juan León Mera, Nuestra historia referida por el Dr. D. Pedro Fermín Cevallos, Ambato, Imprenta de Juan Sanz, 1870, 24 pp. Estos párrafos los reprodujo Mera en sus Apuntes, ob. cit., pp. 27 y 28

[16]  José Gómez Carbo, “El doctor don Pedro Fermín Cevallos”, El Globo Literario, Guayaquil, ns. 30 y 31, julio 23 de 1893, reproducido en Pedro Fermín Cevallos, Historiador y jurisconsulto, Corona fúnebre sin pie de imprenta ni año (1893), p. 91

[17]  Celiano Monge, “El primer director”, art. cit., p. 4

[18]  Celiano Monge, “El primer director”, art. cit., p. 2

[19]  Cita toda la comunicación de Tobar Julio Castro en su “Elogio Fúnebre del Dr. D. Pedro Fermín Cevallos”, en la Corona Fúnebre , ob. cit., p. 70

[20]  Julio Castro, “Elogio fúnebre del Sr. Dr. D. Pedro Fermín Cevallos, leído, en sesión pública, por el director de la Academia Ecuatoriana correspondiente de la Real Española”, en Corona Fúnebre, ob. cit. p. 54.

[21]  “Parece que nuestro historiador perteneciera a la escuela preconizada por Caro, la que consiste en presentar al frente de los acontecimientos que más o menos influyeron en el mejoramiento social, a los personajes que como causa inmediata intervinieron en ellos”, escribió Celiano Monge. “El primer Director de la Academia Ecuatoriana”, Memorias de la Academia Ecuatoriana correspondiente de la Española, nueva serie, entrega cuarta (julio 1924), p. 5. Y destacó su lugar como biógrafo: “Como Biógrafo su competencia lo ha llevado a un puesto principal entre nosotros; ya por ser también iniciador en este ramo de la Literatura, como por las circunstancias en que dió nueva vida a sus celebridades predilectas: Velasco, Alcedo, Maldonado, etc., etc.”

[22] Ecuatorianos Ilustres por Pedro Fermín Cevallos, Quito, Imp. “La Juventud”, 1912. Es la obra por la cual citamos como EcIl. y la página.

[23]  Así en el texto. ¿Errata por “región? Si se trataba, efectivamente, de “religión”, ¿cuál era la tal para Cevallos?

[24] Así por “sulla” del título de esa obra. Seguramente errata.

[25] Lo poco acertado de este juicio puede verse por el análisis que de la poesía del jesuita hice en mi Literatura en la Audiencia de Quito. Siglo XVIII, pp. 1319-1324

[26]  Pablo Herrera, Ensayo sobre la historia de la Literatura ecuatoriana; Quito, Imprenta del Gobierno, 1860. Página 91

[27]  El impreso ofrece lamentables señales de descuido, que hemos corregido para restituir el texto a su forma original. En lugar de “obediencia” léese “obediencia”;  la oración que hemos escrito “el fuego prendido por Lutero” está en el impreso “el fuego prendio qor Lutero”.

[28]  Ecuador 25-75, 220-221

[29]  Gramática de la Lengua Castellana destinada al uso de los americanos, Santiago de Chile, 1947. Novena edición hecha sobre la última del Autor con extensas notas y un copioso índice alfabético de Rufino José Cuervo, París, A. Roger y F. Chernoviz, 1905, Nota 72, p 75

[30] Citamos por la edición de mayor difusión, la de “Clásicos Ariel”, Historia de Cevallos, vol. 80, Guayaquil, Cromograf, s.a. (1973), con la pg. entre paréntesis.

[31]  Esto ya en el Resumen, en IV, X, VIII. En la edición que estamos citando, BAE, tomo 88, p. 140. En las siguientes citas, entre paréntesis, damos el tomo y la o las páginas.

[32] Resumen V, IV, VI, BAE “Clásicos Ariel” 91, 153. Apreciará el juicio de Cevallos, el lector de nuestros libros sobre Rocafuerte y de Pedro Moncayo.

[33] Resumen V, V, III, BAE “Clásicos Ariel” 92, 25

[34] Biografía del poeta señor Juan León Mera por Pedro Fermín Cevallos, Guayaquil, Imprenta i encuadernación  de Calvo i Ca., 1866, p. 1. En lo que sigue citaremos la pg. de esta edición.

[35] J. León Mera, “El doctor don Pedro Fermín Cevallos. Apuntes biográficos”, Corona Fúnebre, ob. cit. en nota 14

[36]  Ibid., p. 9

[37]  Nicolás Jiménez, Biografía de González Suárez, Quito, Talleres Tipográficos Municipales, 1936, p. 43

[38]  Pedro Fermín Cevallos, Biblioteca Ecuatoriana Mínima, Puebla, Cajica, 1960, p. 457

[39]  Tituló su Historia Resumen de la  Historia del Ecuador. Desde su origen hasta 1845. Se hizo una primera edición en Lima, Imprenta del Estado, 1870, en 5 tomos, y una segunda en Guayaquil, Imprenta de la Nación, 1886, con  un tomo más, el VI. Pero esta segunda salió plagada de errores, e Icazbaleta, Julio Calcaño y Rafael Obligado instaron al autor a hacer una nueva, en París o Madrid, que estuviese a la altura de la obra. Esa gran edición nunca se hizo en vida de Cevallos, ni después. Y sigue haciendo falta una edición crítica.

[40]  Resumen III, I, II.  Las cifras dan tomo, capítulo y apartado. Ello facilitará buscar el lugar en cualquier edición.  Nosotros citaremos, entre paréntesis, por la popular de la Biblioteca de Autores Ecuatorianos (BAE) de “Clásicos Ariel”, volumen y página, 79, 35

[41] “Conque” es conjunción ilativa, que enuncia una consecuencia de lo que acaba de decirse; en la Gramática de la Academia, en una cualquiera de las ediciones que pudo manejar Cevallos, “conque” encabezaba la lista de conjunciones ilativas. Cevallos usa “conque” por  el grupo formado por “con”, preposición, y “que”, relativo. Así aquí: el sentido es “el vigor con el que debía obrar”.

[42]  Manuel José Caicedo, Viaje imaginario por las provincias limítrofes de Quito, y regreso a esta capital,  en Cronistas de la independencia y de la República, Biblioteca Ecuatoriana Mínima, Puebla, Cajica, 1960,  p. 75

[43]  Puede verse en la edición de los “Clásicos Ecuatorianos” de  Círculo de Lectores, que hice en 1987, primera después de la príncipe, que es libro rarísimo. Hay una tercera, de la “Campaña Nacional Eugenio Espejo por el libro y la lectura”, Quito, 2002.

[44]  Nota que inexplicablemente, y abusivamente, suprimió la edición de la Campaña de Lectura

[45]  Citado -sin cita- en Isaac J. Barrera, “Prólogo” de Pedro Fermín Cevallos, Biblioteca Ecuatoriana Mínima, Puebla, Cajica, 1960, p. 38.

[46]  Fue Leopold von Ranke (1795-1886) quien, en “Una crítica de los modernos escritores de historia”, importante apéndice de su Historia de los pueblos románicos y germánicos, 1494-1535, insistió en que el historiador no solamente debía usar de modo estricto sus fuentes, sino hacer un profundo estudio de personalidad, tendencias, actividades y contextos del autor de cada documento. Influido o no, aunque fuese indirectamente, por el gran historiador alemán, es lo que Cevallos propone en este lugar.

[47]   De varios de ellos quedan huellas explícitas en textos del historiador. Así, por ejemplo, en el Breve catálogo de errores, citó un pasaje de la Historia de la decadencia y ruina del Imperio Romano de Gibbon, en la traducción de Mor. de Fuen. (así en Cevallos). Breve catálogo, ob. que se citará en la parte del lingüista, 5a. ed., p. 189.

[48]  “Wars and the administration of public affairs” le parecían a Gibbon -a quien parece haber leído Cevallos- los temas mayores de la historia. Edward Gibbon (1737-94), autor de ese clásico de la historiografía que es The History of the Decline and Fall of the Roman Empire (1776-88).

[49]  José Gómez Carbo, “El doctor don Pedro Fermín Cevallos”, artículo cit. en nota 14, p. 85.

[50]  Ob. Cit., en la nota 34, p. 59, nota 4.

[51]  Gómez Carbo, art. cit., p. 93.

[52]  Cf. Martín Alonso, Enciclopedia del idioma, Madrid, Aguilar, 1958, t. I, sub voce “capa”

[53]  Juan León Mera en el opúsculo Nuestra historia referida por el Dr. D. Pedro Fermín Cevallos, ob. cit. El párrafo citado lo reprodujo en los Apuntes biográficos, ob. cit., pp. 26-27.

[54]  Cabe recordar la comparación del relato de Cevallos con el que del mismo hecho hiciera Pedro Moncayo en su El Ecuador de 1825 a 1875.

[55]  Ha de entenderse en otro libro de esta misma Historia. Es el pasaje ya visto del t. IV.

[56]  Julio Castro, “Elogio fúnebre”,  cit. en nota 18, p. 63

[57]  Sería sugestivo compararlas con las de Moncayo en su Ecuador 25-75

[58]  Es lo que destacó Juan León Mera en el primer juicio del Resumen -cuando ni siquiera se había completado su aparición-: no le había hallado “filosofador pedantesco”: Apuntes, ob. cit. 30

[59]  “¿Es conservador, es liberal don Pedro Fermín? Primera vez quizás que la opinión pública no se ha hecho esta pregunta, para juzgarle y rendirle justo homenaje”, escribió Abelardo Moncayo en artículo de homenaje cuando la jubilación del ilustre historiador, Añoranzas, Quito, Talleres Tipográficos Nacionales, 1923, p 76. Y el propio Cevallos proclamó en el “Prólogo” del Resumen: “No habiendo hecho yo figura como hombre político, no perteneciendo a ningún partido, mi corazón se halla exento de odios y afectos”.

[60]  Fue justo Antonio Borrero al llamar a Cevallos “padre de nuestra historia política”. En carta a Cevallos, reproducida  en Ecuatorianos Ilustres, ob. cit., p. 51.

[61]   Andrés Bello, “Constituciones”, artículo publicado en El Araucano, Obras Completas, vol. 23,  Caracas, Fundación Casa de Andrés Bello, 1981, p. 256.

[62]   Obras Completas, ed. cit., vol. 23, p. 237.

[63]   Obras Completas, ed. cit., vol. 23, p. 246.

[64]  Apuntes biográficos, ob. cit., p. 31.

[65]  En Ecuatorianos ilustres, ob. cit., p. 53.

[66]  Carta reproducida en Ecuatorianos Ilustres, ob. cit., p. 55

[67]  “Prólogo” a Pedro Fermín Cevallos, Biblioteca Ecuatoriana Mínima, Puebla, Cajica, 1960, p. 33

[68]  Ecuador 25-75, p. 70

[69]  Abelardo Moncayo, Añoranzas, ob. cit. pp. 75 y ss.

[70]   Páginas atrás nos referimos a una cita de Gibbon hecha por Cevallos en su Breve Catálogo de Errores, en la que, además, nos daba noticia de la traducción en que manejó ese clásico de la historiografía racionalista. También citó entonces a Tácito, otro de sus autores preferidos, según numerosos indicios.

[71]  Añoranzas, p. 80

[72]  “Elogio fúnebre”, cit. en nota 18, p. 59

[73]  Manuel J. Calle, “Fragmento de correspondencia”,  Diario de Avisos, N. 1534. Recogido en Corona fúnebre, ob. cit. p. 134.

[74]  Celiano Monge, discurso en la velada de homenaje que al ilustre ambateño tributó su ciudad. Recogido en Corona fúnebre, p. 154.

[75]  Augusto Arias, Vida de Pedro Fermín Cevallos, en  Obras Selectas, Quito, Casa de la Cultura Ecuatoriana, 1962, pp. 256-257. (Véase también la primera edición de esta biografía, cit. en la nota 5)

[76]  Ibid. p. 262

[77]  Así Julio Castro, en el Elogio fúnebre, ob. cit., p. 63

[78]  Breve catálogo de errores en orden a la lengua i al lenguaje castellanos, por P. F. Cevallos, Ambato, Tipografía y Encuadernación de Porras y Rumazo González, 1880, p. 6

[79]   Esta es la primera edición del Breve catálogo de errores, que no existe, que yo sepa, en biblioteca alguna del Ecuador. Se hizo en 1862.

[80]   También es libro de extrema rareza. No hay en ninguna de las mayores bibliotecas -Banco Central, fondos “Jacinto Jijón y Caamaño” y “Carlos Manuel Larrea”; Biblioteca de Miguel Díaz Cueva, en Cuenca-. Julio Tobar Donoso dijo tener un ejemplar así dedicado: “Al Exmo. Sr. G. García Moreno. El autor” (Los Miembros de Número de la Academia Ecuatoriana muertos en el primer siglo de su existencia 1875-1975, Quito, Editorial Ecuatoriana, 1976, p. 12). Tengo la fortuna de poseer esta tercera edición, y de ella me he valido para este ensayo. Resulta especialmente significativo que Juan León Mera, que tan de cerca seguía los trabajos de su paisano y amigo, al referirse al Breve catálogo describió “un libro en 8o mayor, de unas 147 páginas”. Es decir, la 4a. edición que, efectivamente, tiene ese formato y esas páginas. Fue como si no hubiesen existido esas tres ediciones anteriores. Juan León Mera, El Dr. D. Pedro Fermín Cevallos, apuntes biográficos, ob. cit., p. 32. Y Julio Castro, en el elogio fúnebre dicho en la sesión solemne que la Academia dedicó a su antiguo director, ya varias veces citado, dijo del Breve catálogo “de él se han hecho cuatro ediciones sucesivas” (P. 64). Es decir, retrocediendo desde la 5a, de 1880, la 4a, la 3a. y la 2a. La primera no la conocía o no la tenía por verdadera edición de la obra.

[81]  Respetamos la ortografía de los textos de Cevallos. Teniendo en cuenta que desde la tercera edición fueron cuidadas por el autor, esos usos de letras y tildes nos dejan ante un momento de la ortografía española en el español ecuatoriano. No está de más notar que la ortografía, salvo cuando marca variantes de significado o construcción, no pertenece a la estructura de la lengua y así la ortografía de Cevallos no altera en absoluto el sentido.

[82]  Como pasar de “los letrados, majistrados i aun periodistas, acostumbrados a rumiar, diremos así, la Gramática y el Diccionario” a “los letrados i hasta de los periodistas, a quienes debíamos suponer acostumbrado a manejar diariamente las gramáticas i diccionarios castellanos”. El cambio, en la 4a. ed.

[83]  Breve catálogo, 3a. ed., Introducción, p. 1.

[84]  Breve catálogo, 4a. ed., Introducción, p. II.

[85]  Bello publicó sus Principios de Ortología y métrica de la lengua castellana en 1835

[86]  Breve catálogo, 4a. edición, p. III.

[87]  Solo aparecería en 1884.

[88]  Breve catálogo, 5a. ed. Introducción, p. 5.

[89]  Breve catálogo, 5a. ed. Introducción, p. 7. Una segunda edición de Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano, “notablemente aumentada”, apareció en Bogotá en 1876. Una de las dos conoció Cevallos. El interés especialísimo de esta gran obra para un lingüista ecuatoriano radica en que la inmensa mayor parte de esas “apuntaciones” se aplican exactamente a los usos del español en el Ecuador.

[90] Ob. cit. en nota 14, p. 82.

[91]  Breve catálogo, 4a. ed., pp. 90-91.

[92]  Ibid. p. 91.

[93]   En el “Prólogo” de Juan Eugenio Hartzenbusch al Diccionario de galicismos o sea de las voces, locuciones y frases de la lengua francesa que se han introducido en el habla castellana moderna, con el juicio crítico de las que deben adoptarse, y la equivalencia castiza de las que no se hallan en este caso de Rafael María Baralt, Madrid-Caracas, 1874 (2a ed.), pp. XVI-XVII

[94]  Ibid. pp. 94-95.

[95]  Ibid. pp. 96-97.

[96]  Autor de Elegancia y vigor de la lengua castellana.

[97]  Breve catálogo, 4a ed., p. 99.

[98]  Ibid. p. 101.

[99]  Ibid. p. 104

[100]  En rigor, todo aquello estaba comprendido en “construcciones”;  pero  es posible que para el lingüista “construcciones” fuesen  las regulares y los otros miembros de la enumeración  identificasen construcciones irregulares, la variada suerte de idiotismos.

[101] Apuntes biográficos, ob. cit., p. 33.

[102]  Es el título con que menciona la obra Cevallos. La obra era Correcciones de defectos de lenguaje para uso de las Escuelas Primarias del Perú, y se había impreso en Lima, en 1874.

[103]  Breve catálogo, 5a. edición, p. 11.

[104]  Ibid. pp. 12-13.

[105]  Ibid. p. 19.

[106]  Breve catálogo, 5a. edición, p. 20.

[107]  Ibid., pp. 20-21.

[108]  Ibid., p. 21.

[109]  Ibid., pp. 22-23.

[110]  Ibid., p. 25.

[111]  Breve catálogo, 4a. edición, p. 88.

[112]  La Academia escribía “demas” sin tilde acogiéndose a su regla 5a. “Fuera de las palabras terminadas en n y s, comprendidas en la regla anterior, se escribirán sin acento aquellas cuya última sílaba fuere larga, y consonante la última letra”. Las palabras agudas terminadas en n o s de la regla anterior eran plurales de terminadas en vocal (mamás) o personas de verbo (llegarás).

[113]  Gramática de la Lengua Castellana de la Real Academia Española, nueva edición, Madrid, Gregorio Hernando, Impresor y Librero de la Real Academia Española, 1878, pp. 346-349

[114]  Breve catálogo, 5a. edición, p.26.

[115]   Quito, Imprenta del Clero.

[116]   Memorias de la Academia Ecuatoriana, N. 1, Quito, 1884,  p. III

[117]    Ibid. p. 2. En lo que sigue ponemos entre paréntesis las páginas de ese artículo.

[118]    Ni siquiera se hizo una reedición del Resumen de la historia del Ecuador, para entonces hacía ya bastante agotada.

[119]    Carta a Alberto Darquea, nieto de Cevallos. En el centenario del nacimiento del Historiador Nacional señor doctor don Pedro Fermín Cevallos, Quito, Imprenta de “El Comercio”, 1912, p. VIII. En esta publicación, salvo esa carta de González Suárez, no hubo nada nuevo: se redujo a reproducir la biografía de Juan León Mera y el elogio fúnebre de Julio Castro, que se habían publicado, junto con muchos otros textos breves aparecidos a la muerte de Cevallos en la prensa nacional, en la Corona Fúnebre de 1893.


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