Hernán Rodríguez Castelo

Escritor, historiador de la literatura y crítico de arte

 


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¡Ahora digitales!

El gran libro del desnudo ecuatoriano

 

TONTOBURRO


Quito y Cádiz,    Mejía y las dos constituciones

Charla en el Congreso por el Bicentenario

de la Constitución de Quito, 14 de febrero 2012

 


A propósito del libro Manuela

Manuela en la Casa

Colección Bicentenario

 

De venta en la librería de la CCE y con el autor

 

Video y Galería de fotos

 

Comentarios:


Sobre literatura infantil y juvenil

Análisis de las obras clásicas de la literatura infantil y juvenil

Edición: Universidad Técnica Particular de Loja. www.utpl.edu.ec

Libro manual que da herramientas al maestro y maestra o promotor de lecturas que le permitan llegar al conocimiento y valoración e inteligencia de los textos destinados  a los niños, para generar las destrezas de análisis y crítica de esos textos.

Los cuentos más bellos del mundo

Edición: Universidad Técnica Particular de Loja. www.utpl.edu.ec

Libro en el que se hace el análisis de cinco cuentos para niños que pertenecen al patrimonio de la humanidad: Cenicienta o el zapatito de cristal, de Charles Perrault (1628-1703); Hansel y Gretel, de Jacob y Wilhelm Grimm (1785-1863/1786-1859); Bella y bestia, de Jeanne Marie Leprince de Beaumont (1711-1780); La Sirenita, de Hans Christian Andersen (1805-1875); y, El Príncipe Feliz, de Oscar Wilde (1854-1900).

 

1800-1860

en el mundo y América Latina

 

¿POR QUE 1800 A 1860?

 

            Esta es pregunta que sin duda se hará todo lector curioso -y solo a lectores curiosos podrá interesar echar una mirada detenida a ese tiempo-. ¿Por qué precisamente desde 18000 y hasta 1860?

             La cosa tiene que ver con periodización de la literatura ecuatoriana.

             Ello es que para avanzar en la Historia general y crítica de la literatura ecuatoriana en que me he empeñado, ante el largo, denso y rico siglo XIX de nuestra literatura, se imponía dividirlo. Y, dentro de lo artificial y simplemente operativo de este tipo de divisiones, esta pareció la mejor fundada: terminado hacia finales del XVIII el período colonial, uno nuevo, de 1800 a 1860, y tras él, a partir de 1860, el período romántico.

             Al tiempo que cotrre de 1800 a 1860  pueden aplicarse esas calificaciones que Luis Alberto Sánchez dio a Irisarri: postcolonial y protorrepublicano [1].

              Anderson Imbert en su Historia de la literatura hispanoamericana abre la segunda parte -la primera fue la Colonia- con el período 1808-1824 -el de las guerras de la independencia-, al que sigue un segundo, de 1825 a 1860, al que caracteriza, históricamente, como “La anarquía”[2]    

            Hay un acuerdo casi general en tener como un período el llamado de la independencia. (Así, por ejemplo, el volumen de la Biblioteca Ayacucho que lleva por título Poesía de la independencia[3]). Es ese período que Andersom Imbert hace correr de 1808 a 1824. Generalmente se lo sitúa entre 1800 y 1830, que es el tiempo que cubre la gran empresa americana de la independencia. (Así Carilla en el citado volumen de Ayacucho).           

            Pedro Henríquez Ureña, en ese libro clave que fue Las corrientes literarias en la América Hispánica, fijó el período 1800-1830 y lo llamó “La declaración de la independencia intelectual” y al siguiente lo extendió de 1830 a 1860 y lo rotuló “Romanticismo y anarquía”  (En 1860 comenzaría “El período de organización”, cosa que para el caso ecuatoriano cae justa pues es el tiempo en que domina el acontecer histórico ese gran organizador que fue García Moreno) [4].           

            Siguió en un primer momento a Henríquez Ureña para el período 1800-1830, al que llamó “El patriciado prerromántico”, José Antonio Portuondo[5].        

            Años más tarde Arrom, empleando el instrumento periodizador de las generaciones, en su Esquema, habló de “la generación de 1804”, a la que llamó “La generación de las libertades” y  extendió su principal tarea de 1804 a 1834. A partir de esas fechas se movió por los consabidos bloques generacionales orteguianos de 30 años[6]           

            Todo esto da la razón de la primera mitad de este tiempo en la literatura ecuatoriana: 1800-1830,  literatura de la independencia.           

            Pero extendemos el período hasta dar con otro literariamente mucho más definido y más tupido y vigoroso que es el romántico -el romanticismo ecuatoriano es en América uno de los más tardíos y singulares, como se verá entonces por qué-. A partir de ese punto también yo también me apoyaré en el método generacional -cosa que he hecho ya en numerosos trabajos, con resultados, de orden práctico, que son los que cabe exigir a ese método periodizador, muy satisfactorios [7]-. La romántica es, en lo literario, la primera generación que exhibe en Ecuador realizaciones literarias generacionales que se imponen al historiador literario como tales. Para ese romanticismo hemos fijado la fecha inicial de 1860. Hasta entonces extendemos el período al que consagraremos el primer volumen del Siglo XIX, al que, además de las denominaciones ya vistas, podemos llamarlo también “período fundacional”, por todo lo que en nuestra América, en vida y literatura, funda. 

            Pero, antes de acercarnos a la literatura de esos tiempos tan poco conocidos -por poco vividos y ello, en buena parte, por poco y mal leídos- importaba recorrer, con algún detenimiento, dos vestíbulos. De historia y de historia de la cultura -en donde está la literatura-. Lo que pasaba en el mundo y en América Latina, el uno, y el acontecer histórico ecuatoriano, en el otro. 

            Esto explica por que en las páginas que siguen, de amplia panorámica del mundo y América, en tan fascinante y decisivo periodo no aparezca el Ecuador: trátase de un marco a lo que en igual lapso fue el Ecuador, en su historia, sus instituciones, su cultura y, más extensamente y como asunto propio de nuestra Historia, en su literatura. 

            No se deje engañar el lector, sin embargo, por eso de “marco” o preámbulo. Las páginas que siguen en lo que en rigor nos introducen es en un tiempo, en el que cada lector, según su bagaje de lecturas, estudios históricos o de cultura, y noticias de cualquier índole, o su imaginación y  sensibilidad, ahondará en tal o cual parcela o comparará ciertas imágenes y relatos con los que ya tenía. 

 

LA GRAN REVOLUCIÓN QUE INAUGURA LOS TIEMPOS MODERNOS 

         Nada de lo que acontece en el convulso y heroico, con algo de heroísmo adolescente, período de la independencia americana se entiende sin situar en el horizonte del mundo esa radical fractura del cauce histórico europeo que fue la Revolución Francesa. Por allí, pues, ha de arrancar una panorámica del mundo -al menos, el occidental, que es el en que América se había hecho y vivía inmersa- que aloje la panorámica de campo menos ancho y detalle más dibujado de las tierras que habían sido la provincia quiteña del imperio español y en el período se convertirían en una república.           

            Hay en el siglo XVIII europeo una profunda y en mucho radical transformación intelectual y social -cuyos ecos hemos sentido llegar a América-. Las ciudades crecen, a impulsos de una nueva industria y un renovado comercio, y al calor de estas novedades  se ha asomado al escenario europeo una burguesía cada vez más próspera y segura de sí, que ha comenzado a pesar en todo el tinglado de la vida social y hasta en los aún esquivos ajetreos políticos -en Inglaterra los burgueses estaban representados en la Cámara de los Comunes y en Francia habían sido admitidos en los Estados Generales desde el siglo XIV-. Burgueses eran los lectores de los libros que editaban filósofos ilustrados y eran buenos burgueses los que leudaban sus vagas aspiraciones de poder en la lectura de La riqueza de las naciones de Adam Smith y en el Contrato social de Rousseau.           

            Con este nuevo espíritu -que solo en Inglaterra era más vivo que en Francia- contrastaba una estructura social aristocrática y semifeudal y la manera de gobernar de la monarquía gala -confusa hasta el caos, dispendiosa en el gasto, arbitraria para reprimir y celosa de arcaicos privilegios.           

            Una creciente población de burgueses cultivados e industriosos sentíase cada vez más descontenta con tamaño desgobierno, agravado en los regímenes del inepto y sibarita Luis XV y del torpe y holgazán Luis XVI. Y había algo aun más de fondo: el creciente poder de esa burguesía se veía frenado por un orden feudal y pesada red de privilegios y limitaciones.           

            Las reformas en el manejo de la hacienda impuestas en 1776-1781 por el pragmático banquero suizo Jacques Necker -que incluyeron una inusitada rendición de cuentas pública, el Compte rendu- se estrellaron contra los dispendiosos caprichos de María Antonieta, la odiada consorte austríaca del Rey. Cayó Necker y a la dilapidación de una corte voluptuosa se unieron gastos de guerra -la última aventura de la realeza francesa fue la intervención para sostener la independencia de los Estados Unidos- para poner la hacienda francesa al borde de la quiebra. Y nobles y ricos se negaban obstinadamente a asumir la parte que les habría correspondido para que el país saliese de tan ruinosa situación.           

            Sumido en esta crisis, el Rey convocó a los Estados Generales y esa convocatoria despertó emoción popular, no obstante que la vieja institución francesa se había desprestigiado por el ningún caso que los reyes hacían de sus decretos. Las tres clases tenían representación en los Estados Generales: el clero, la nobleza y los comunes -el llamado “tercer estado”.           

            El nuevo espíritu, cada vez más maduro, y las tensiones que se multiplicaban entre una clase nueva dinámica y lúcida y una nobleza cortesana y terrateniente encerrada en la torre de marfil de sus rancios privilegios hallaron cauce en las elecciones para los Estados y llegaron a los cahiers que para preparar esa gran convención recogían informes de las localidades representadas. Esta vez los grises informes que se estilaban fueron coloreados por inquietudes y aspiraciones que rayaban en reclamos. Se señalaban desigualdades e injusticias como causa del desorden social.           

            Y para esta elección estaban en escena espíritus ilustrados y gentes de pensamiento crítico, con ideas nuevas sobre gobierno y finanzas y, sobre todo, con intereses de clase opuestos a la envejecida política de la arbitrariedad y privilegios de nobles y pudientes. Y era como si Luis XVI hubiera reconocido el peso que esa nueva burguesía había cobrado en la dinámica nacional, pues decretó que el número de representantes del tercer estado debía ser igual al del clero y la nobleza juntos, aunque, para contrapesarlo, se aclarabaa que ello no se traduciría en la votación, que seguiría siendo por estados, un voto por estado.           

            Inminente ya la reunión de los Estados Generales, el Rey pareció percatarse de lo que ellos podían ser con esa nueva burguesía con crecida presencia y voz en su seno cuando los comunes reclamaron, frente a la tradicional votación por estados, una votación “por cabeza”, que convertiría esa reunión en una verdadera Asamblea nacional. Los nobles, tan suspicaces como celosos de sus rancios privilegios, se opusieron violentamente a tamaña pretensión, comenzando el “complot  aristocrático” que más tarde se convertiría en cotrarrevolución. Pero los burgueses, a los que alentaba el fervor popular, respondieron a ese rechazo irreductible constituyéndose en “Asamblea Nacional”. Entre el día memorable en que ello aconteció -17 de junio de 1789- y lo que ocurrió tres días después se produjo, en lo esencial, la gran Revolución que cambiaría radicalmente conceptos y prácticas de la relación entre gobierno y sociedad.           

            Porque, a los tres días de la constitución de la “Asamblea Nacional”, al llegar los asambleístas al salón de Versalles donde debían instalarse los Estados Generales, lo hallaron cerrado, según un ingenuo aviso, “por reparaciones”. Tan torpe arbitrio real no hizo sino exaltar a ese cada vez más decidido cuerpo democrático. Y, capitaneados por el enorme, temperamental y elocuente Mirabeau, se fueron para un local donde se jugaba frontón y en esos graderíos y cancha juraron, con el brazo extendido, no disolverse hasta haber dado una Constitución a Francia. Fue el “Juramento del Juego de Pelota”. Con él la monarquía, gobierno de derecho divino, había dado paso al gobierno de la soberanía popular.           

            El débil y desorientado Luis XVI cedió ante ese insólito acto de fuerza y los Estados Generales se reunieron para debatir libremente y votar por cabeza en esa auténtica Asamblea nacional que las cabezas pensantes del tercer estado habían impuesto.           

            La clase media puso las deliberaciones de la Asamblea en la dirección que la lucidez de sus dirigentes señalaba: hacia igualdad social y libertades individuales.           

            La respuesta del Rey fue movilizar tropas desde la frontera oriental hacia Versalles. La Asamblea rechazó tal intimidación, pero el Monarca desoyó la protesta. Entonces el hambriento pueblo de París, ante el que una apasionada arenga del fogoso Camile Desmoulins había pintado la Asamblea como defensora de sus intereses, se echó a las calles  y por tres días se dio al desorden y saqueo y al tercer día se fue, en busca de armas, a la Bastilla. La toma por la plebe parisina de la sombría prisión real, fortaleza que simbolizaba el poder represor de la monarquía, fue signo de que lo que se había puesto en movimiento era una revolución y no solo burguesa: popular.     

             Tomada la Bastilla, el pueblo se equipó con las armas y municiones que allí se guardaban y ese París en rebeldía tuvo su primer núcleo de una milicia propia. El nuevo gobierno se llamó la Commune y se constituyó con los representantes que los distritos de la ciudad habían elegido para los Estados Generales.           

            Fue todo aquello tan sorprendente y tan poderoso que Luis XVI reconoció al gobierno de París, retiró las tropas reales y visitó la capital luciendo la escarapela revolucionaria, que de los Borbones tenía el blanco, y de Francia, el rojo y azul, cargados ahora de nuevos sentidos y poderes.           

            Las reaccionarias intrigas palaciegas movidas por la Reina y sus cortesanos buscaban febrilmente minar esa que les parecía locura demoledora del orden establecido -y lo era- y forzaron al débil Rey a llamar a las tropas reales de Flandes. Llegadas, la guardia de Versalles las recibió con un banquete abundoso de comida y bebida. Ello escandalizó e irritó a la hambreada plebe parisina, que respondió con otro de los hechos sígnicos y claves del proceso revolucionario: la marcha de mujeres (y varones disfrazados de féminas) hambrientas en larga columna desde París hasta Versalles a los gritos de “¡Pan! ¡Pan! ¡Pan!”. Solo las bayonetas frenaron frente al palacio real a esa turba arrolladora. Pero Lafayette, militar de ideas liberales, mandó a los soldados a sus cuarteles, y las enardecidas mujeres llegaron a entrar en palacio y mataron a guardias de la Reina. El final del novelesco episodio fue aun más pintoresco. En la marcha de regreso de esa turba a París había una comparsa central: una carroza que llevaba a Luis XVI, María Antonieta y sus hijos. El Rey iba de su voluntad, creyendo aquietar así ese oleaje que cobraba fuerza amenazante. Pero la muchedumbre entendía aquello de otro modo, el certero. “¡Tenemos al panadero, a la mujer del panadero y al pequeño pinche! ¡Ahora tendremos pan!”. La plebe parisina tenía al Rey y tenía a la Asamblea, que debería atender a sus más radicales aspiraciones.           

            El “antiguo régimen” se derrumbó en toda Francia. Al tiempo que se saqueaban castillos y se mataba o expulsaba a sus castellanos, el gobierno local se deshizo. Dar a Francia un nuevo régimen era la enorme empresa a que los vertiginosos acontecimientos forzaban a la Asamblea. Para ella también destruir fue lo primero y más fácil: acabar con feudalismo, servidumbre y privilegios de clase. Y los nobles presentes en la Asamblea fueron los más entusiastas para renunciar a sus viejos “derechos”. Puso fin a toda esa larga historia de desigualdades convertidas en derecho el “Decreto de abolición del régimen feudal”.           

            Para empezar a construir se echó como cimientos la “Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano”. “Los hombres -se sentaba- nacen y permanecen libres e iguales en derechos”. Y se establecía que “La ley es la expresión de la voluntad general; todo ciudadano tiene derecho a participar directamente, o por medio de sus representantes, en su elaboración y ha de ser igual para todos”.           

            Lo que la Asamblea comenzó a construir fue una nación. Con fuerte unidad, con alto sentido nacionalista.           

            Tomó la Asamblea un sesgo anticatólico. Los pensadores más libres de la burguesía revolucionaria eran  deístas antieclesiásticos; pero ese no fue el móvil fundamental de las drásticas decisiones sobre obispos, curas y bienes eclesiásticos. Fue económico. Ante la quiebra con que el extendido desorden revolucionario parecía amenazar al erario, se echó mano del recurso extremo: expropiar las tierras y bienes de la Iglesia, que alcanzaban una quinta parte de la riqueza nacional. Con todo ello como garantía, se pudo emitir papel moneda. El 2 de noviembre -recuérdese, estamos en 1789- se habían puesto los bienes del clero “a disposición de la nación” y el l9 salían a la venta 400 millones de bonos. A ello siguió hacer depender del Estado a los curas por la atadura de un sueldo, imponer la elección de obispos y sacerdotes por el pueblo y exigir al clero jurar la “Constitución civil”.           

            En 1791 toda esta ingente obra de destrucción de un régimen y construcción de otro culminó con la implantación de una monarquía constitucional.           

            Esto pudo quedar aquí y evolucionar en un sentido de orden y mesura. Pero no es la mesura lo que caracteriza las revoluciones. En el seno de toda revolución se enfrentan una facción moderada -derecha, suele llamársela- y otra radical -la izquierda-. En la Francia revolucionaria, a la derecha estaban los Girondinos, representantes de la alta burguesía, fielmente apegados a la libertad económica y la propiedad, y a la izquierda, Jacobinos y Montañeses -llamados así por su ubicación alta en la Convención-, que propugnaban la transformación más radical de la sociedad. En el campo fermentaba el descontento por lo tibio y conciliador de las transformaciones hechas, en temas tan decisivos como la feudalidad, y en la ciudad radicales burgueses exigían que la revolución implantase una auténtica democracia y diese un papel significativo al proletariado urbano. La Revolución había puesto de manifiesto las contradicciones de clase de la época, entre la burguesía y las aristocracias, y entre burguesía y pueblo llano. Y esto iba a pesar sobre todo el pensamiento europeo.           

            Con la muerte, en 1791, de Mirabeau, el tablado revolucionario quedaba vacío del líder carismático con alguna moderación. Iban a subir a él tres radicales: uno médico, científico y hombre de letras, editor del Ami du Peuple, convencido de que el pueblo debía ser el actor y beneficiario de una revolución, Marat; el segundo, tan imponente y buen orador como Mirabeau, de quien había sido protegido, fundador (con Marat y Desmoulins) del Club des Cordeliers y también defensor del pueblo bajo y la democracia absoluta, Danton; y el tercero, un abogado de Arras, lector devoto de Rousseau y director del Club de los Jacobinos, culto y nada demagógico, pero decidido republicano, Robespierre.           

            A esos líderes, la moderada monarquía constitucional no pudo enfrentar ninguno. Sin alcanzar esa estatura política, estaba por el acuerdo de 1791 Lafayette, director del partido burgués, que pensaba que podía conciliar la aristocracia terrateniente con la burguesía revolucionaria.           

            En la misma Asamblea se acentuaba la oposición entres los constitucionalistas -los Feuillants-, que sostenían la monarquía constitucional (aunque tendiendo a reforzar el poder real), y los radicales -los Girondinos-, impacientes por instaurar en Francia una república. Y eran los Girondinos los que tenían en esa gran reunión las voces más altas y brillantes: Vergniaud, Condorcet, Dumouriez.           

            Afuera de ese recinto donde se buscaba resolver las tensas contradicciones en leyes conciliatorias se enconaba la oposición entre una aristocracia que se sentía amenazada, de un lado, y la frustración de los campesinos -que en regiones se volcaba hacia la guerra civil- y los movimientos populares urbanos, de otro. Todo apuntaba hacia un insoluble antagonismo de clases.           

            Deshizo un tenso equilibrio de fuerzas un hecho que dio a los radicales la ocasión de acabar con cualquier política de compromiso: la huida del Rey a Varennes. Ante las masas el Rey apareció entonces marcado con los estigmas de enemigo del pueblo y traidor. El ala radical de la burguesía constituyente desencadenó el “terror tricolor”.           

            Y entonces se ofreció ante la aristocracia un recurso extremo. Y convocó un fantasma que es fácil de llamar pero imposible de manejar: la guerra. María Antonieta, ufana, le decía a Fersen de los asambleístas entusiastas por la guerra: “¡Los imbéciles! No ven que esto es servirnos a nosotros”.           

            Curiosamente, todos los sectores apostaban a la guerra. El círculo de María Antonieta calculaba que la victoria de los aliados restablecería el absolutismo en Francia y su derrota fortalecería el prestigio del Rey galo; los constitucionalistas pensaban que la victoria afirmaría la Constitución y exaltaría la figura de Lafayette, y los radicales creían que la victoria acabaría definitivamente con la monarquía francesa y marcaría el comienzo del fin de todas las otras monarquías europeas. Solo Marat y Robespierre temían que la guerra fuese trampolín para que un general victorioso se volviese contra París como déspota absoluto.           

            Se declaró la guerra, y entre Francisco II de Austria y Federico Guillermo II de Prusia reunieron un ejército de 80.000 hombres para invadir Francia. Comenzó así el que iba a ser larguísimo período -de veintitrés años- de guerras entre tropas de las monarquías europeas y los ejércitos de la Francia revolucionaria.           

            Las primeras acciones acabaron en fracaso para las bisoñas tropas revolucionarias que apenas tenían más que el fervor de quienes luchaban por la libertad, igualdad y una nueva nación francesa, calados el gorro frigio y entonando la Marsellesa.           

            En la primavera de ese 1792 se sucedieron reveses de las tropas francesas y la Gironda comprendió que sin las masas populares sería imposible la victoria. Y entonces Europa asiste al nacimiento de un ejército realmente nacional. Las masas sienten que su entusiasmo nacionalista se enciende ante la amenaza externa -que la aristocracia favorecía de muchos modos fronteras adentro-. Se vive una nueva pasión, la de la patria, cuyo amor es el patriotismo. “La patria -le escribía en célebre carta Roland a Luis XVI, el 10 de junio- ya no es solo una palabra que la imaginación se haya complacido en embellecer: es un ser al que se ofrecen sacrificios...; que se ha creado con grandes esfuerzos, que se educa en medio de las inquietudes y al que se ama tanto por lo que cuesta como por lo que se espera de él”. La patria, esta nueva patria, se construía sobre la igualdad: todos iguales para combatir, para vencer, para reinar. La moderación burguesa de la Gironda se ve arrollada por la emoción popular patriótica y revolucionaria.           

            Y entonces el general de los Aliados, Duque de Brunswick, dirige a los franceses penetrante proclama, erizada de amenazas contra los rebeldes contra su Rey.           

            Esta declaración prematura hizo ver a los franceses que no cabían términos medios monárquicos, así se pensasen “constitucionales”: el Rey y su corte estaban con los enemigos de Francia.           

            Y se produjo la gran insurrección nacional y social del 9 y 10 de agosto de ese 1792. Un proletariado enardecido asalta el palacio real haciendo ejemplar carnicería en los guardias suizos. El Rey y su familia acaban refugiados en la Asamblea. Y allí, ese mismo 10, se votaba la suspensión del Rey en su cargo y la elección de una Convención Nacional que diese a Francia una nueva Constitución. Los partidarios del compromiso comprendieron que habían fracasado, y el mayor de ellos, Lafayette, abandonado por sus tropas, se pasó a los austríacos el 19 de agosto.           

            Esta fue una “segunda revolución”: entraban en escena los sans-culottes, a los que su indumentaria, que les dio el nombre, caracterizaba como gentes sin ningún signo de clase alta: artesanos y tenderos, obreros y panaderos; pueblo, en suma.           

            La noticia de que tropas enemigas  estaban cercando la ciudad desencadenó en París una ola de terror, alentada por Dantón: solo el terror podía frenar a los realistas. Centenares de monárquicos fueron ajusticiados tras sumarísimos juicios de tribunales revolucionarios.            

            Al terror destinado a acabar con el enemigo interno, Danton unió el inteligente y apasionado empeño de transformar el ejército revolucionario. Y lo logró: el 20 de septiembre las armas de la Revolución triunfaban por primera vez, en Valmy. Con Brunswick en retirada, la Convención, ebria de entusiasmo, decretó que “la monarquía quedaba abolida en Francia”, votó destierro perpetuo para los traidores émigrés y acordó llamar a Juicio al depuesto Rey. “Luis XVI debe ser juzgado como enemigo extranjero”, proclamó el 13 de noviembre Saint-Just.           

            Y abundaban las pruebas de conspiración en contra del medroso y desorientado monarca. De nada valieron los empeños de los girondinos por salvarlo. En enero de 1793 caía su cabeza en la Plaza de la Revolución.           

            Ese ajusticiamiento ahondó, ya insalvablemente,  la brecha entre girondinos y montañeses y acabó, de modo definitivo, con cualquier compromiso de la Revolución con monarquías y aristocracias.           

            La cabeza de Rey de Francia rodando, cercenada por el verdugo, gesto tremendo, conmovió a toda Europa y las olas de esa conmoción casi sagrada llegaron hasta América. Y para el pueblo francés  no quedaba ya más salida que la victoria.           

            Y los triunfos se sucedían. Las banderas de Francia, tras la victoria de Valmy, habían llegado hasta Bruselas, donde se las había recibido como libertadoras. Y ante tal recibimiento, la Convención Nacional pensó que había llegado la hora de liberar de yugos monárquicos a todos los pueblos de Europa. “La Nación francesa declara que considera enemigo a todo pueblo que rechazando la libertad y la igualdad, o renunciando a ellas, pueda desear conservar, restaurar, o tratar a un príncipe o clase privilegiada; se compromete, por otra parte, a no suscribir tratado alguno ni deponer las armas hasta conseguir la soberanía e independencia del pueblo en cuyo territorio hayan penetrado las tropas de la República, y hasta que el pueblo haya adoptado los principios de igualdad e instaurado un gobierno libre y democrático”, proclamó.y lo dcretó. 

            Este decreto hizo de la Revolución Francesa empresa europea. Su triunfalismo no contaba con lo que esos pueblos sentían de sus monarquías ni con todos los poderes de que los monarcas disponían para uncir a los pueblos a sus proyectos. Y estaba, además, la solidaridad de las monarquías avivada por el peligro creciente. Se unieron a Prusia y Austria, Gran Bretaña, Holanda, España y Cerdeña.           

            Tan poderosa coalición forzó a la Francia revolucionaria a hacer un real ejército del recién nacido ejército nacional. Carnot fue el artífice, y sus instrumentos fueron leva obligatoria y servicio militar de todo ciudadano de entre dieciocho y veinticinco años; una oficialidad íntegra, con una perspectiva de ascensos por méritos de campaña, y medios para infundir y avivar en las tropas la pasión nacional. Para fines de 1793 estaban en filas 770.000 hombres. Era, por primera vez en la historia del mundo, “la nación en armas”, entidad que desbordaba estupendamente los pequeños ejércitos  de profesionales, herederos del espíritu utilitario de las antiguas bandas mercenarias.           

            Los ejércitos franceses llevaban por todos los reinos de Europa noticia de lo que sucedía en Francia. Y lo que allí sucedía era importante y decisivo. Pesaba en esta hora el gestor de esas victorias, la sans-culotterie. Los sans-culottes, sin títulos, sin grandes fortunas, pero muchos de ellos con su oficio o su pequeño taller, exigen a la Convención medidas radicales contra las rancias injusticias sociales. “Que nadie pueda tener más de un taller, una tienda”. Que se imponga un “máximo” a las grandes fortunas. Que la propiedad privada, en suma, dejase de ser un instrumento de opresión y explotación. Y, en cuanto al gobierno, se debía actuar en coherencia con el gran principio de que la soberanía reside en el pueblo . El pueblo como legislador soberano, pero también juez soberano -populares fueron los tribunales de septiembre de 1792-; el ejército, el pueblo en armas. Y la insurrección como forma extrema de ejercicio de sus derechos. Nacieron los “Comités Revolucionarios”, como células y símbolos del poder popular, que la Convención legalizaría -se convertirían más tarde en Clubes, según el modelo madre del Club de los Jacobinos, y cubrirían como red la república.           

            La Montaña desplazó a la Gironda de la dirección de la Convención. Y las masas, exasperadas por la carestía y escasez, se levantaron el 23 de agosto. El gobierno revolucionario -que era burgués- se vio forzado a conciliar las exigencias de la dictadura con las reinvindicaciones económicas exigidas por los sans-culottes. La presión popular logró algunas medidas, como la economía dirigida -que protegía a los débiles-, pero el gobierno se afirmó, liquidando a los extremistas, y se constituyó definitivamente por decreto del 4 de diciembre de 1793 -14  trimario del año I, según el nuevo calendario revolucionario-. Y, para cimentar la República  y vencer a la contrarrevolución, se implantó el terror. “A los enemigos del pueblo, la muerte”. Una cuchilla rápida, impersonal y expedita -invento “piadoso” del doctor Gillotin- segó cabezas en París y en dos regiones donde había guerra civil -sudeste y oeste-. Curiosamente, solo el 8,5 por ciento eran cabezas de aristócratas; el 85 por ciento pertenecían al tercer estado. Acabaron de rodillas con el cuello en el yugo, listo para el tajo, Brissot, Vergniaud y otros diputados girondinos; Danton, cuando aconsejó moderación, y hasta el propio Robespierre, con cuya cabeza cayó el telón del sangriento espectáculo.           

            El gobierno revolucionario justificaba sus acciones de fuerza por necesidades de la guerra. Y en la guerra el nuevo ejército arrollaba a sus adversarios en las fulgurantes campañas de 1794 y 1795. Se paseaba por los Países Bajos, forzaba al soberano de Prusia a entregar a Francia la orilla izquierda del Rin; intimidaba al pusilánime Carlos IV de España, que establecía alianza con la República, y transformaba a Holanda -depuesto el Estatúder de Orange- en República aliada de Francia.           

            El 9 Termidor del año II (27 de julio de 1794) los auténticos revolucionarios vieron el fin de la ilusión revolucionaria. Descontado un puñado de intransigentes, la práctica revolucionaria se diluía en el aparato dictatorial burgués. “La Revolución está helada” -denunciaba Saint-Just.           

            La debilitada sans-culotterie vio fracasar su último intento de subversión el 4 de Radial del año III (23 de mayo de 1795). Fracasó la revolución popular; la francesa se realizó definitivamente como la revolución burguesa que siempre fue. El gobierno fuerte que los sans-culottes habían apoyado para aplastar a la aristocracia los aplastó también a ellos. El último motín popular fue disuelto por descargas de metralla ordenadas por el aún obscuro capitán de artillería Napoleón Bonaparte.                 

            Lo que quedaba de la Revolución era la República. La nueva Constitución burguesa entró en vigor en 1795 y duraría hasta 1804. Y el Directorio -cinco directores al frente de la función ejecutiva- duró aun menos. Si se exceptúa a Carnot, los directores fueron mediocres oportunistas, que mal podían apagar los rescoldos revolucionarios ni apuntalar el desbarajuste de la hacienda pública -en 1797 se declaró una bancarrota parcial.           

            Parte de la crisis había que cargarla a cuenta del ejército: se tenía en pie de guerra un millón de hombres. Pero la guerra seguía siendo la gloria mayor de la Francia revolucionaria. Parte del ejército francés iba a penetrar en Austria por la Alemania del sur -al mando de los veteranos Pichegru, Jourdan y Moreau- y la otra cruzaría los Alpes y por Italia caería sobre Viena -esta confiada al joven Bonaparte-. Los viejos generales fracasaron, y el joven Napoleón, en campaña fulminante, cruzó los Alpes y acabó con cinco ejércitos austríacos, y, cuando se acercaba a Viena, Austria se sometió a las condiciones de ese sorprendente general que comenzaba a revolucionar la guerra. Por el Tratado de Campo Fornio (1797) Francia obtuvo los Países Bajos austríacos y las islas jónicas. Entonces Austria y Cerdeña concertaron la paz con Francia. Inglaterra quedó sola en la guerra contra la República.           

            Tras todos los dramáticos vaivenes tan sumariamente revisados, antes de correr la primera gran página del período, brevísimo balance: quedaba en el “haber” una nueva nación francesa, la primera nación moderna de la historia. La aristocracia del Antiguo Régimen había sido herida en sus privilegios; se habían erradicado los últimos rezagos de feudalismo y se había abierto un horizonte de trabajo libre de imposiciones y abusos para los pequeños productores, campesinos y artesanos. Y, abolido el viejo sistema económico y social, se habían echado como cimientos de todos los regímenes modernos libertad política e igualdad social. Cuanto va a acontecer en América en los siguientes decisivos treinta años se deriva de este violento y trascendental golpe de timón dado a la historia por la Revolución Francesa. 

 

LA ÉPOCA DE NAPOLEÓN 

            La fulgurante campaña de Italia exaltó la figura de Napoleón. El pueblo contrastaba esos éxitos con el fracaso del gobierno, y ese gobierno, aunque lo mirase con recelo, adulaba al héroe que imponía a Europa la grandeza de Francia. Esa gloria no fue obscurecida ni por la campaña de Egipto, que en lo militar llegó al borde de la debacle cuando Nelson ganó una batalla naval en la boca del Nilo y dejó al ejército francés aislado. Napoleón, de regreso en Francia, fue recibido triunfalmente, como el salvador. Porque, mientras él armaba un espectáculo imponente en Egipto -arengando a sus tropas al pie de las pirámides-, lo que conquistara en Italia se había perdido y el cinturón de repúblicas satélites -la Cisjordania (el antiguo Ducado de Milán), Liguria (Génova), la Romana (los Estados Pontificios), la Partenopea (el reino de las Dos Sicilias) y la Helvética (la confederación suiza)- estaba liquidado. Tales contrastes  construyeron la imagen mesiánica del gran general, que hizo posible el coup d´Etat  del 18 al 19 Brumario (9 a 10 de noviembre) de 1799, consolidación del triunfo de la burguesía sobre el proletariado. Una nueva Constitución convertía al victorioso general en Primer Cónsul de la República Francesa. Comenzaba para Francia -y para Europa- la época de Napoleón.           

            Napoleón no rechazó los grandes ideales de la Revolución: libertad -libertad política- e igualdad -igualdad social- con abolición de privilegios de aristócratas y terratenientes y apertura hacia todos de las oportunidades sociales -él mismo era de modesta extracción pequeño burguesa y se había encumbrado haciendo de esas oportunidades escalones-, más la confraternidad -fraguada en patriotismo nacionalista-. Se apoyó en ellos y los impondría con sus ejércitos a toda Europa.           

            De 1799 a 1804  Francia siguió siendo una República y Napoleón, primer cónsul. Pero devoraba interiormenmte al pequeño general, callado, de ojos grises fríos, una enorme ambición. Gran organizador, comenzó por afirmar las instituciones de la Revolución. Exaltó la igualdad, mientras arrinconaba las libertades acaparando lenta pero implacablemente poderes. Se llegó a un gobierno central de enorme eficacia. Impuso austeridad en el gasto público y ordenó las finanzas en torno  al Banco de Francia. Promulgó un gran Código Civil (1804) y lo hizo seguir de uno Penal y otro de Comercio. Y, para asegurar a todo aquello un futuro, levantó un estupendo sistema de educación que fue de las escuelas primarias, que debía sostener cada municipalidad, hasta la Escuela Normal y la Universidad. Y, como medio y símbolo de unidad con el centro, treinta magníficas vías salían desde París hasta los confines del territorio francés.           

            Estaba todo a punto para que Napoleón se convirtiese en emperador. El Senado y una aplastante votación popular lo aprobaron. Y el 18 de mayo de 1804, Napoleón Bonaparte, en presencia del papa Pío VII, se coronaba -él se ciñó a sí mismo la corona- Napoleón I, Emperador de los franceses. Su poder -aunque consultado al pueblo- era ya, y lo sería cada vez más, mayor que el que hubiese tenido nunca monarca alguno.           

            Lo que siguió fueron diez años de guerra que, en la guerra contra Inglaterra, tuvo un cariz económico: el mar como camino comercial. Esa guerra la perdió Napoleón cuando la Grande Armée  de Francia y España fue derrotada en Trafalgar. Eso fue el 21 de octubre de 1805. Un día antes Napoleón había vencido a los austríacos cerca de Ulm, en Württenberg. Tomó Viena y siguió hacia el norte, a Moravia. Y el 2 de diciembre aplastó a los ejércitos austríacos y rusos en Austerlitz. Austria se retiró de la coalición y Francisco II firmó el humillante Tratado de Presburgo. Retirada Austria de la coalición, Prusia formó una cuarta, con Rusia. Pero el 14 de octubre de 1806  el anciano duque de Brunswick fue derrotado en Auerstädt por uno de los generales franceses y Napoleón en persona  derrotaba a los prusianos del príncipe Hohenloke en Jena. Napoleón entró triunfalmente en Berlín. Decretó entonces el bloqueo continental contra Inglaterra. Quedaba Rusia. Pero el invierno no era sazón para iniciar la campaña. Lo hizo en junio, y en Frieland infringió a los rusos una derrota tan contundente como la de Austerlitz a los austríacos y la de Jena a los prusianos. El zar Alejandro pidió la paz, y Napoleón se la concedió en Tilsit, sin exigirle a cambio nada más que el rechazo del comercio británico. Contra Suecia serían Rusia y Dinamarca las que combatirían.           

            Para 1806 Francia se extendía desde el Po al mar del Norte y de los Pirineos al Rin. Prusia estaba despojada de la mitad de sus posesiones y habían desaparecido más de doscientos  estados alemanes. Hermanos de Napoleón eran reyes, José en Nápoles y Luis en Holanda. Y de los países aún no vencidos en la guerra Napoleón podía contar con la colaboración y sometimiento -España y Rusia-. Y había algo más hondo que el movimiento de fronteras y traspaso de posesiones -cosa común a todas las guerras-: a donde llegaban las banderas francesas llegaba el mensaje de igualdad de la Revolución. Todos los ciudadanos -ya no meros súbditos- eran iguales ante la ley.           

            1808 es el año en que el poder del Corso alcanza su cumbre. Los años que siguieron fueron de declive incontenible. El éxito cegaba al estadista y el poder lo inclinaba a opulencia y despotismo. Y en los frentes el batallar ininterrumpido producía cansancio. A la mengua del fervor patriótico se respondía con levas forzadas. De 60.000 enlistados en 1804 se había pasado a 1.140.000 en 1813. Y la pesada carga que significaba para los países vencidos alojar a tan grandes ejércitos causaba malestar creciente, que se iba convirtiendo en rechazo y odio. En Alemania y España ese odio daba frutos de sentimiento nacionalista.           

            Y la guerra  contra Inglaterra resultó una empresa superior a las fuerzas y el poder francés. Fue una curiosa guerra comercial: Napoleón había decretado el “sistema continental” para el bloqueo comercial. Ningún producto inglés podía entrar en el continente, se podía apresar a los barcos neutrales que procediesen de puerto inglés, se quemaría cuanta mercadería inglesa llegase al continente. Inglaterra respondió con las “orders in council”, que declaraban presa cualquier barco francés o que comerciase con Francia. (Y al querer Estados Unidos aprovecharse de esa guerra entre europeos para dominar el tráfico marítimo, se llegó, en 1812, a la guerra entre el país americano y su antigua potencia colonial).           

            Para exigir de Portugal el acatamiento del “sistema continental” los ejércitos franceses atravesaron la Península Ibérica. Pero se quedaron allí. Reinaba a la sazón Carlos IV, ya achacoso y senil, pero quien mandaba era el favorito Godoy. Fernando, el heredero, era, a sus veinte años, un mozalbete engreído y jactancioso, pero débil. Tras el “Motín de Aranjuez”, que depuso al hasta entonces poderoso Godoy, Carlos abdicó en favor de Fernando -el 17 de marzo de 1808-, pero Napoleón atrajó al par de fantoches regios a Bayona, en la frontera, y consiguió que renunciaran a todos sus derechos al trono. Carlos se retiró a Roma con pensión del Emperador y a  Fernando se le confinó en el castillo de Talleyrand -estaría allí seis años-. Murat, por expresas instrucciones de Napoleón, presionó a la Junta de Gobierno de Madrid para que reconociese la doble abdicación regia. El nuevo monarca sería José, hermano de Napoleón. Pero el pueblo español tuvo una reacción con que no contaba el prepotente Emperador: el rechazo del monarca advenedizo -a quien llamó “Pepe Botellas”- se transformó en ardiente sentimiento nacionalista. El 2 de mayo Madrid se amotinó. El motín fue ahogado en sangre y ello acabó de exaltar a las gentes madrileñas. La Junta de Madrid convocó a Cortes a las diputaciones provinciales, y el 15 de junio se instalaron las Cortes en Bayona. El 17 de julio se expedía una Constitución que reconocía el estado de provincias a los dominios de ultramar. El 20 de julio se posesionó del tronó José Bonaparte. Estallaron entonces insurrecciones en Gerona y Valencia y el movimiento insurreccional se extendió tanto y fue tan violento que  José debió huir de Madrid y las tropas francesas se replegaron hacia los Pirineos. Inglaterra pescó al vuelo el provecho que podía sacar de esa resistencia y, respondiendo al pedido hecho por las Juntas españolas, envió contingentes militares que desembarcaron en Lisboa (1808) y La Coruña (1809). A las tres semanas, dominaban Portugal y amenazaban a España. La cosa pareció tan grave que Napoleón en persona asumió el mando de los ejércitos franceses en España. Desplegó sus talentos y el 4 de diciembre tomó Madrid y reinstaló en el trono a José. La Junta Suprema huyó a Sevilla. Napoleón había expulsado a los británicos de España y consolidado el dominio francés. Pero debió salir de la Península a sofocar un levantamiento austríaco y el pueblo español comenzó una tenaz guerra de guerrillas aprovechándose de su familiaridad con el terreno y mil complicidades de todas las gentes, al tiempo que las condiciones precarias de los campesinos y los pueblos misérrimos de casi toda España hacían imposible la manutención de los grandes ejércitos imperiales. Y la Junta Suprema, que había huido a Sevilla, convocó el l5 de abril de ese 1809 a Cortes, dando también representación a las provincias de América.           

            La heroica e indomable resistencia nacional española incitó a la rebeldía en otras regiones de Europa -y, aunque con fachada de respaldo al Rey preso, en ciudades de América, comenzando por Quito, que instaló una Junta Soberana el 10 de agosto de 1809.

            Pero la rebelión era contra el imperialismo napoleónico, no contra las conquistas de la Revolución sobre abusos del absolutismo. En Prusia, los políticos llamados a consulta por el rey Federico Guillermo III, a partir de 1807, reclamaron reformas inspiradas en las francesas de 1789. Y el “Edicto de emancipación” publicado por el ministro barón Von Stein abolía la servidumbre y garatizaba el traspaso de la propiedad de la tierra de los nobles a los campesinos. Pero el gran reformador apuntaba más lejos: a convertir a Prusia en una monarquía constitucional a la inglesa. Y Napoleón, que miraba con recelo lo que ocurría en Prusia, forzó la deposición de Stein.           

            En 1812, en España, Wellington, al frente de tropas españolas y británicas, venció en Salamanca y tomó Madrid. José y los franceses salieron hacia Valencia. Y las Cortes, reunidas en Cádiz, con presencia por partes casi iguales de españoles y americanos, aprobaron una Constitución, inspirada en las ideas liberales de la norteamericana y  la francesa revolucionaria. Consagraba la libertad y la igualdad ante la ley, y radicaba el poder legislativo en las Cortes. Todo a la luz y con la fuerza del gran principio de la Revolución: “La soberanía reside esencialmente en la nación y, por lo mismo, pertenece a esta exclusivamente establecer sus leyes”.           

            Los presagios del derrumbamiento del imperio napoléónico se multiplicaban. Lo precipitó la campaña de Rusia. La alianza de Tilsit entre Napoleón y el zar Alejandro se debilitaba conforme el ruso comprendía que para el Emperador no era sino una pieza de su ajedrez europeo y veía cerrársele las puertas para su expansión por los países nórdicos y Polonia. Y el “sistema continental” provocaba tal malestar y protestas populares en la Rusia agrícola que el Zar se vio forzado a burlarlo. Napoleón decidió entonces atacar a su antiguo aliado. Reunió un ejército de 600.000 hombres -al menos la mitad franceses-. El Zar logró convenios con los turcos, y, con el mariscal Bernardotte de Suecia, puso en armas unos 175.000 hombres.           

            Ese ejército, mucho menor y menos equipado y preparado que el francés, no se atrevió a enfrentarlo  y fue retrocediendo. Los franceses penetraron hacia las profundidades de Rusia sin lograr las batallas decisivas que habría querido Napoleón. Solo en Borodino, el 7 de septiembre, se enfrentó el general Kutusof a parte del ejército invasor. Vencieron los franceses, pero a altísimo costo. Y cuando, una semana después, Napoleón entró triunfalmente en Moscú, un incendio destruyó la ciudad dejándola inutilizada como cuartel de invierno. Napoleón la evacuó el 22 de octubre. Y comenzó entonces a escribirse una de las páginas más trágicas de la historia del siglo. Una retirada masiva, flagelada por el invierno ruso y acosada por insistentes ataques, cada vez más envalentonados y audaces, de las tropas rusas, llegó a convertirse en fuga desastrosa, y, de no ser por los esfuerzos sobrehumanos del mariscal Ney, se habría perdido todo. Sin embargo, lo que regresó a Francia fueron los restos maltrechos del soberbio ejército que había penetrado, ufano y confiado, en la inmensa Rusia. Atrás quedaba más de medio millón de de cadáveres de galos y sus aliados.           

            El Zar pudo elegir entre una paz ventajosísima para Rusia y el liderazgo de una guerra para acabar con Napoleón. Engreído por la increíble victoria eligió esto segundo. Apoyado por Prusia proclamó la libertad de los pueblos de Europa y cruzó el Niemen el 13 de enero de 1813.           

            Pero Napoleón, herido por la catástrofe, volvió a ser el gran líder nacional y el brillante general. Rehizo la maltrecha Armée, y, al frente de 200.000 hombres, derrotó a rusos, prusianos y aliados en Lutzen y en Bautzen. Aceptó entonces un armisticio propuesto por el primer ministro austríaco Metternich -calculador personaje que se le había puesto al frente para ese gran final de la partida-.  Lo aceptó Napoleón, pero solo porque le daba algo que necesitaba desesperadamente: tiempo. Cuando recibió  los refuerzos que esperaba, rechazó la oferta austríaca -humillante para sus ambiciones imperiales-. Austria se unió a los aliados. Del 16 al 18 de octubre, en la llamada “Batalla de las Naciones”, en Leipzig, Napoleón sufrió la derrota decisiva. El imperio se derrumbó y de los reinos satélites solo Varsovia y Sajonia permanecieron fieles al Emperador francés.           

            Fueron impotentes el despliegue sobrehumano de energía y los estallidos de genio militar de Napoleón, que atacaba con rapidez desconcertante en uno y otro frente: cinco grandes ejércitos avanzaron por cinco direcciones sobre París. La ciudad, después de tenaz resistencia, se rindió el 31 de marzo de 1814, y el 14 de abril Napoleón abdicaba en Fontainebleau. Se le concedió, como último dominio, la isla de Elba.           

            La Francia revolucionaria estaba derrotada. Pero no la nueva concepción del poder y las relaciones sociales de la Revolución. Se restauró la monarquía borbónica, pero el nuevo rey, el anciano, obeso y mediocre Luis XVIII, aunque reemplazó el tricolor revolucionario por el blanco flordelisado borbónico, confirmó en famosa “Carta” al pueblo francés las libertades individuales conquistadas, al tiempo que instauraba una forma de monarquía constitucional limitada.           

            En España, el borbón Fernando VII volvió al trono. Pero América no estaba ya dispuesta a regresar  a la sujeción de antes de la Revolución.           

            La gesta napoleónica tuvo su coda, fugaz, pero brillante y heroica. Linda con la más imaginativa novela de aventuras la fuga de Elba y vuelta del carismático general a París, con un avance en el que aun las tropas enviadas a detenerlo se pasaban a su lado a los clamores de “¡Vive l´Empereur!”, con el reclutamiento de un nuevo ejército de veteranos de las grandes campañas y jóvenes idealistas y la lucha desesperada que culminó en Waterloo, la última gran batalla frente a toda Europa unida en su contra y decidida a acabarlo para siempre. El último acto de esta tragedia moderna y burguesa fue el confinio del héroe bajo ensañada custodia inglesa en la desolada y rocosa Santa Elena.           

            Con la muerte de Napoleón cayó el telón sobre toda una era de Europa. La de la Revolución y la llegada de sus grandes reformas hasta los últimos rincones del viejo mundo. Restauradas las monarquías por la victoria de las potencias, lo que nunca se restauró del todo fue el antiguo régimen social y los viejos conceptos políticos. Todo lo que habían pensado los más avanzados espíritus del siglo XVIII se había visto realizado. La libertad individual, la abolición del feudalismo y la servidumbre, el gobierno democrático y la igualdad social, pero, sobre todo, el concepto de nación y su adhesión nacionalista a él habían iniciado una nueva era en el mundo occidental. Nacionalistas decididos fueron Fichte y Humboldt en Alemania, Alfieri y Foscolo en Italia, el activo líder polaco Kosciuzsko, el conde Wedel-Jarlsberg en Noruega, Adamantis Korais en Grecia. Y lo serían en la América hispana Miranda, Bolívar y todos los gestores de su independencia.           

            Y por todos lados los parlamentos cobraban nueva conciencia de su poder. El Riksdag sueco derrocó a Gustavo IV. 

            Dos países parecieron más o menos inmunes a las grandes transformaciones puestas en movimiento por la Revolución Francesa: Rusia e Inglaterra. Rusia, no obstante el romántico espíritu reformador del zar Alejandro, se mantuvo anclada en las viejas instituciones feudales. Un campesinado analfabeto se mostró reacio a esos cambios “peligrosos” que habían llegado hasta sus tierras traídos por los ejércitos invasores. Los privilegios de los nobles y el clero y la intolerancia religiosa parecían connaturales a esos siervos de la gleva, por completo ajenos al pensamiento progresista de algunos rusos que tenían abiertas ventanas hacia occidente por encima de las enanas bardas medievales. En cuanto a Inglaterra, tenía parlamento aun antes de la Revolución de Francia, no importaba que fuese aristocrático y excluyente -dominado en el período de las guerras napoleónicas por los terratenientes tories-. Opiniones ilustradas, sensibles a lo que pasaba en la Europa continental, habían reclamado ampliación del cuerpo electoral y abolición de incompatibilidades, en un afán de avanzar hacia una democracia igualitaria. Pero vino Napoleón y el rechazar cualquiera de esas novedades que habían culminado con un régimen imperialista enemigo de Inglaterra se convirtió en empresa nacional. Sin caer en tan burdo sofisma, en 1809, Jeremias Bentham, en su Cathechisme of parlamentary reform, defendió el sufragio universal. Pero Pitt convenció a la nación inglesa de que no necesitaba más de lo que había logrado  la revolución de 1688 y que con ese sistema Inglaterra se había convertido en la reina de los mares y la nación más rica del mundo. A quienes mostraban simpatía por las novedades francesas y rechazaban la guerra contra Francia -como Thomas Paine o Bentham- se los tachaba de antipatriotas y se los desterraba o apresaba. La victoria final sobre Napoleón -obra en gran parte de los intereses, el talento militar y el dinero inglés- se tradujo en un triunfalismo que fortaleció, ya sin límites, la soberbia británica y la impulsó en su camino de creciente imperialismo. Inglaterra apoyaría las luchas libertarias americanas pero solo por cálculo político e intereses económicos. Jamás, en parte alguna del mundo, actuaría por otras razones, por más que alguna vez, con el frío cinismo inglés, las esgrimiera. En su estructura interna Gran Bretaña siguió aferrada a la tradicional estratificación de clases y a los privilegios de la clase aristocrática terrateniente. Si surgió una nueva clase de capitalistas industriales, ello no tuvo que ver en absoluto con los principios revolucionarios de igualdad. Y los privilegios terratenientes se reforzaron con una “revolución agraria” que era todo lo contrario de la francesa: mientras en Francia se procuraba el acceso de todos los campesinos a la propiedad, repartiendo las grandes fincas, Inglaterra multiplicaba las  “leyes de cercado”, que autorizaban a los terratenientes a apropiarse de tierras comunales y a expropiar a pequeños agricultores -de 1793 a 1815 se aprobaron cerca de dos mil leyes de este jaez-. Y se facilitaba la apropiación por los grandes propietarios de los beneficios del trabajo de los campesinos.           

            Y en esa Inglaterra reaccionaria se había puesto en movimiento otra revolución: máquinas. Máquinas para hilar y tejer, máquinas de vapor, hornos de fundición... Todo ello pesó en la derrota de los avezados pero atrasados ejércitos napoleónicos. Se avistaba una nueva era: la industrial. La construcción de fábricas, a la vez que movilizaba una producción de mercancías nunca antes vista, reformulaba las clases  sociales: una ascendente burguesía -la que manejaba esos poderes nuevos y gozaba de sus beneficios- y un proletariado industrial urbano -que era la fuerza  humana que esas máquinas requerían y que a ellas era esclavizada.  

LA CONTRARREVOLUCIÓN DE  METTERNICH 

            Un nuevo tramo de la historia del período puede extenderse desde el 1815 al que hemos llegado hasta 1848. Son años en que la Revolución Francesa pierde presencia política pero no presencia espiritual en Europa -y en las más inquietas colonias ultramarinas de las potencias europeas-. Ahora el clima es de confrontación de ideas y sensibilidades sociales entre los que añoraban los regímenes anteriores a la gran ruptura revolucionaria -reyes y cortes, nobles y terratenientes, aristócratas y alto clero- y quienes estaban resueltos a sostener las  conquistas  del nuevo orden -lo más fuerte de la burguesía: banqueros, comerciantes e industriales, y trabajadores de las urbes y el sector más decidido del campesinado-. Aquellos, partidarios del absolutismo; estos, liberales.           

            En los años que siguieron a la caída de Napoleón la posición absolutista fue la más fuerte: era la de los victoriosos y se vinculaba con exacerbados nacionalismos que habían hecho la guerra al imperialismo napoleónico, y la Iglesia católica -cuyo jefe había sido ofendido por Napoleón hasta el confinio con visos de encarcelamiento- ponderaba los horrores de las guerras felizmente superadas y las bondades de la paz. Metternich se aprovechaba de ese sentimiento y proclamaba: “Lo que los pueblos europeos necesitan no es libertad, sino paz”.           

            Este Clemens Metternich, habilísimo político, que, tras haber jugado con Napoleón y el zar Alejandro y haber precipitado la caída del emperador francés, hizo de Austria el baluarte de esa paz que oponía como dique a los fervores liberales, convocó, para organizar esa nueva Europa que era su gran proyecto, un Congreso en Viena, para el otoño de 1814. Reunió en la capital austríaca, con el emperador Francisco I de anfitrión, a los monarcas de las otras dos potencias victoriosas: Federico Guillermo III de Prusia y el zar Alejandro de Rusia, más los delegados de la cuarta, Gran Bretaña -que fueron lord Castelreagh y el gran general de la victoria, Wellington-. Pero estaban presentes también los reyes de Dinamarca, Baviera y Wurttenberg, y representantes de España, Suecia y Portugal. Se quiso dejar fuera de las grandes decisiones a Francia, pero su representante era tan astuto y hábil como el propio Metternich: Talleyrand.           

            A la vuelta de las fastuosas presentaciones sociales y opulentos banquetes, la paz -que era el asunto de fondo del Congreso- se ofreció difícil y afloraron suspicacias y temores. Rusia y Prusia de un lado y Austria y Gran Bretaña del otro llegaron al borde de la guerra por la cuestión polaca.           

            El acta final del Congreso se firmó pocos días antes de Waterloo, el 9 de junio de 1815. Tras la caída definitiva del Emperador, el Tratado de París resumió los términos de esa paz que propugnaba Metternich: volver las fronteras a lo que habían sido antes de de las guerras napoleónicas -incluidas las de Francia-. No todo fue como antes, sin embargo: Inglaterra no devolvió las factorías comerciales francesas y españolas, ni las colonias holandesas de Ceilán, Africa del sur y la Guyana; se unió a los Países Bajos austríacos con los holandeses del norte, para hacer un Estado fuerte, y, para compensar a Austria de la cesión de sus Países Bajos, se le transfirió la República de Venecia. Prusia  cobró también  su parte, pero no se llegó a la unificación, bajo su dominio, de toda Alemania -a Federico Guillermo le faltaba ambición-. Pero, sin duda, la gran potencia continental que surgió en este nuevo mapa de Europa fue Austria.           

            Todo quedó en el trazado de fronteras y reparto de posesiones entre las coronas. El Congreso de Viena y acuerdos posteriores no tocaron punto alguno decisivo para construir realmente una nueva Europa. Ignoraron los sentimientos nacionalistas a los que se había debido, en buena parte, la victoria sobre Napoleón, y no atendieron a los principios de perturbación futura que quedaron vivos.           

            Solo el Zar parecía ver un poco más allá de esa manera diplomática a la antigua de tratar los grandes problemas de Europa; pero lo miraba más que como geopolítico como soñador espiritualista. Plasmó sus aspiraciones en una Santa Alianza -Rusia con Prusia y Austria-, que proclamó solemnemente que esos Estados iban a guiarse, tanto en su propio gobierno como en las relaciones internacionales, por los principios “de la Santa Religión”: justicia, caridad y paz.  El pragmático Metternich calificó todo esto de “palabrería” y el inescrupuloso lord Castlereagh lo vio como “sublime misticismo y tontería”. Ni la extrema derecha ni la extrema izquierda entendieron lo que de fecundo podía tener una tal Alianza -a la que plegaron todos los soberanos de Europa, salvo el Papa, el Sultán y el príncipe regente de Gran Bretaña-. Los liberales extremosos tacharon esa Alianza de maniobra para acabar con democracia y justicia social.           

            Para 1815 quedaba planteada la gran partida que se jugaría en Europa -con directas resonancias en América Latina- en los próximos quince años. Los contendientes: los gestores de la restauración, partidarios del absolutismo, al un lado, y al otro,  liberales, defensores de los ideales de la Revolución, que aspiraban a constituciones y democracias, y, si monarquías, monarquías constitucionales. El juego iba a ser desigual: a muy corto plazo los partidarios del absolutismo dominarían todos los gabinetes de Lisboa a San Petersburgo.           

            El sagaz Metternich vio con claridad cuál era el juego. Los problemas de límites, que obsesionaban a las testas coronadas, a él no le preocupaban. Lo peligroso -para él y los defensores acérrimos del absolutismo- eran los rescoldos revolucionarios que por todas partes amenazaban con nuevos incendios. Había que arbitrar los medios para que las vencedoras potencias absolutistas los apagasen donde fuese y como fuese. La Santa Alianza no parecía medio eficaz para propósito tan serio. Acaso no pasaba de fantasía seudomística que solo existía en la calenturienta cabeza del Zar. Instrumento legal adecuado fue el acta de Troppau, de 1820. Por ese acuerdo los países que hubiesen experimentado cambio de gobierno por la Revolución con consecuencias que amenazasen a otros Estados cesaban ipso facto de pertenecer a la Alianza y las potencias se comprometían a volver a los díscolos al redil, “si fuese necesario por medio de las armas”.           

            Metternich hizo de Austria un baluarte del conservadurismo, protegiéndola de la infiltración de ideas liberales por rígida censura y sofocando cualquier brote interno con regimientos extranjeros.           

            En los vecinos Estados alemanes el espíritu liberal crecía: la burguesía exigía participar en el gobierno, el pueblo reclamaba reformas sociales, los patriotas soñaban con una Alemania unida y grande, intelectuales y universitarios se manifestaban belicosamente -y esto hasta en Viena-. Metternich debió convocar a los gobernantes alemanes para reforzar mecanismos de censura, vigilancia y represión de “las conspiraciones revolucionarias y asociaciones demagógicas” -el conciliábulo fue en Karlsbad, en 1819.           

            Los ideales liberales y nacionalistas de los carbonari italianos se aplastaron con tropas y policía austríacas, y tropas austríacas acabaron con las constituciones liberales que se habían impuesto a los reyes de Nápoles (1820) y el Piamonte (1821). Y la intervención militar de Francia aplastó, en 1823, la revolución liberal de España y restituyó el poder absoluto a Fernando VII. Hasta el zar Alejandro renegó de sus ideales liberales y se alió a Metternich en su celosa custodia del absolutismo. Y la Santa Alianza acabó por convertirse en ominosa red policíaca con ramificaciones por toda Europa. En muchas partes, la rebeldía debió confinarse en sociedades secretas y focos de sentimientos liberales  con fachadas de intelectualidad y arte.           

            Zona clara en tan sombrío cuadro son Servia y Grecia, donde los intereses estratégicos de algunas potencias de la Santa Alianza burlaron su celo policíaco y más bien animaron movimientos nacionalistas. Aliadas Inglaterra, Rusia y Francia aplastaron el poder turco en Navarino (1827) y, tras la guerra ruso-turca (1828-1829), en que el sultán fue derrotado, el Zar obtuvo la protección de Servia y Grecia. Con todo, en 1830, la Conferencia de Londres reconocería la independencia de los dos países.           

            En ninguna otra nación resulta más interesante asistir a la pugna de los dos grandes contendores del juego por el futuro europeo que en Francia, la de la Revolución y el Imperio. Francia tenía su Carta Constitucional y nadie la rechazaba abiertamente. La ofensiva reaccionaria se hace aquí por medios más solapados: restricciones a la prensa y censura; tratar de ampliar el electorado hacia la plebe -un sufragio universal que liquidaría a la burguesía y los grupos pensantes más críticos-; la educación entregada al clero; vuelta de las ceremonias regias a su antiguo esplendor barroco. Contra todo aquello levantaron sus voces los parlamentarios del centro. Y el período transcurre en un tenso vaivén de cámaras dominadas por burgueses y cámaras dominadas por nobles, predominio clerical en la educación y reacción laica. El saldo positivo de todas aquellas escaramuzas fue el fortalecimiento de la clase media y el desprestigio de aristócratas del antiguo régimen y recalcitrantes ultras.           

            En Inglaterra, mientras lord Byron completaba su obra poética con el gesto de amor a la libertad de ir en ayuda de los griegos y morir en Missolungi, el partido de los radicales, inspirado por el pensamiento de Bentham y opuesto en su praxis al Tor y al Whig, reclamaba reformas liberales para unas instituciones lastradas con pesos que venían de la Edad Media -privilegios políticos de la propiedad inmobiliaria, exclusión de algunas cartegorías de ciudadanos del ejercicio de los derechos políticos, sombrías leyes penales-. Tales reclamos dieron frutos: en el ministerio de Canning, de 1822 a 1827: se reformaron las leyes penales, se admitió la libertad de las uniones obreras, se dictaron leyes contra los derechos de caza. Y la libertad -que era el signo de los tiempos- se aplicó a lo económico: se facilitó el libre cambio, se abolieron muchos impuestos. 

EN ESPAÑA Y AMERICA            

            En España, vuelto al trono Fernando VII en 1814, se abolió la Constitución liberal de 1812 y se disolvieron las Cortes. Se proclamaron los antiguos privilegios de nobleza y clero, se restableció la Inquisición, se suprimieron las libertades individuales y se desató feroz represión contra todos los convictos de liberalismo. Y se puso trabas a la industria y el comercio. Todo esto dividió irreconciliablemente a la España reaccionaria y a la liberal. Y en las provincias de ultramar, que habían proclamado gobiernos autómomos, se afirmó el amor a esa libertad ya saboreada y se pusieron en movimiento acciones revolucionarias que culminarían en la independencia de las nuevas repúblicas. La monarquía trataría inútilmente de frenar esos poderosos movimientos nacionales con el envío de grandes ejércitos. En la misma España el espíritu revolucionario hubo de confinarse en sociedades secretas y logias francmasónicas. Este movimiento soterrado, sordo pero eficaz, provocó en 1819 una sublevación de las tropas que en Cádiz esperaban su partida hacia América. De allí la insurrección se extendió a Sevilla, Barcelona, Zaragoza y Asturias. El Rey se vio forzado a jurar la Constitución de 1812 y a convocar a las Cortes. Resucitó la Constitución de Cádiz -escribiría Rocafuerte- “a la poderosa voz de Riego y Quiroga”[8]. Hasta 1822 gobernó el débil monarca de acuerdo con las Cortes y con ministros liberales, pero en secreto pedía apoyo a su primo, el borbón francés, y fomentaba la reacción. España, tan tradicional y católica en sus clases bajas, envenenada por un clero reaccionario, se fue sumiendo en la anarquía, y la Alianza funcionó: Francia invadió la Península en 1823. El gobierno liberal se refugió en Cádiz, con Fernando como rehén. Allí fue sitiado por las tropas invasoras. Liberado, el Rey violó las promesas de magnanimidad que hiciera y desató la más brutal represión. Ejecutados cientos de liberales, el liberalismo español, quedó casi aniquilado. Era 1824 y en América se consolidaba la independencia de las antiguas provincias. Inglaterra, por sus motivos utilitarios, había apoyado esas luchas. En el Congreso que Metternich había convocado en Verona en 1822 para afirmar su política de represión contra cuanto pudiese parecer revolucionario, Inglaterra declaró que, aun sin tener simpatía por la revolución, reconocía el derecho de las naciones para instaurar la forma de gobierno que mejor les pareciese y creía que debía respetarse la libertad de manejar sus asuntos internos. Inglaterra velaba por su comercio, para el que el intervencionismo de Metternich y el antiguo sistema mercantil español significaban una traba. Este pronunciamiento imposibilitó que los ejércitos de Rusia y Francia pudiesen intervenir en América. Intereses geoestratégicos yankis -con las infaltables metas comerciales a largo plazo- fueron asimismo los que decidieron la postura de Estados Unidos frente a los nacientes países de América Latina. Esta potencia creciente apoyaría su próspero futuro en una presencia, respetuosa en apariencia, imperialista en el fondo, en los países del sur del continente. En diciembre de 1823, su presidente James Monroe, contando con el respaldo del británico Canning, declaraba ante el Congreso norteamericano la doctrina que llevaría su nombre. Vale la pena transcribir el pasaje que sería el fundamento del neocolonialismo norteamericano sobre las nuevas repúblicas americanas -en el momento presente solo venía a reconocer solemnemente la independencia que ellas habían logrado y proclamar una vergonzante tutoría-: “No nos hemos entrometido ni nos entrometeremos en las colonias y posesiones de ninguna potencia europea, mas en cuanto a los Gobiernos que han declarado y sostenido su independencia (independencia que hemos reconocido nosotros con la mayor consideración y por principios de justicia), toda intromisión de cualquier potencia europea con el fin de someterlos o de manejar de otro modo su destino, sería considerada por nosotros como demostración de una actitud no amistosa hacia Estados Unidos”[9].           

            Para ese año la América española era ya independiente. La larga y dolorosa trayectoria que culminó en Ayacucho se había iniciado en 1809, precisamente en la ciudad que es centro de nuestra historia literaria. Quito declaró un gobierno autónomo el 10 de agosto de ese año. Pero, para 1810, al tiempo que Quito sucumbía ante las tropas hispanas y los patriotas de 1809 eran masacrados en las mazmorras del cuartel Real de Lima, la insurrección se extendía como fuego por regueros de pólvora por toda América. En el virreinato de la Nueva España -hoy México- el cura Hidalgo -de raza india- con el grito de Dolores se ponía al frente de millares de campesinos en sublevación contra el gobierno y los terratenientes coloniales; en Argentina los patriotas instauraban una Junta local; en Chile se organizaba una Junta revolucionaria, de la que formaba parte un militar cuya acción sería más tarde decisiva, O´Higgins; en Venezuela Francisco Miranda, que había combatido bajo las banderas de Washington en la guerra de independencia norteamericana y bajo las de Dumoriez en las guerras de la Revolución Francesa, no cejaba en sus empeños de sacudir el yugo español e instaurar una república; muy pronto se le uniría en esos tan generosos como al parecer utópicos empeños el joven aristócrata caraqueño que libertaría América, Simón Bolívar. De ese 1810 a 1824 corre una historia trágica y heroica. Hidalgo fue juzgado por la Inquisición y ejecutado en 1811 -y Morelos, que lo reemplazó en la gran empresa, corrió la misma suerte en 1815-; Miranda fue apresado en 1812 y murió un año más tarde en una mazmorra de Cádiz; derrocada la Junta chilena, O´Higgins debió huir a la Argentina; Bolívar, expulsado de Nueva Granada, se refugió en Haití. Pero vino la larga  guerra de la independencia, dirigida por grandes generales. En 1812, San Martín, que había guerreado contra Napoleón, liquidó en Buenos Aires la oposición monárquica y proclamó la República independiente, en 1816. Desde allí marcharía sobre Chile para apoyar a O´Higgins. Chile fue independiente en 1818. En 1821 San Martín tomó Lima y proclamó una primera y después frustrada independencia del Perú. Desde el norte la campaña era conducida heroica, infatigable y genialmente por Bolívar. Liberó a Venezuela, a Santafé y a Quito -en la batalla del Pichincha, dirigida por Sucre, el mejor estratega de sus generales, en 1822- y bajó al Perú, monárquico atrabiliario, para vencer definitivamente a las huestes realistas en la batalla de Ayacucho -el 9 de diciembre de 1824-, otra gran victoria de Sucre.           

            Entre tanto Paraguay, el país más insular de la América hispana, había proclamado su independencia en 1811 y comenzaba su vida autónoma bajo el férreo manejo de un gran tirano, el primer déspota ilustrado de esta nueva América, el doctor Francia.           

            En México, después del fracaso de los alzamientos de peones de Hidalgo y Morelos, fueron los colonos españoles -paradójicamente molestos por medidas liberales de la Corona- los que tomaron el poder en 1821, con el grito de Iguala, encabezado por Iturbide, que para los patriotas era “pérfido y prostituido”, y se proclamaron imperio, al mando de Iturbide. Pero en 1823 una revolución más radical acabó con imperio y emperador -Iturbide fue ejecutado.           

            Este tiempo americano asendereado, convulso, agónico y glorioso cubre largo primer tramo del período en que nos detendremos en la historia literaria de una de esas patrias americanas. Sigue otro largo período en que estas flamantes regiones autónomas -los virreinatos, audiencias y capitanías del período hispánico- tratan de cobrar el ser de auténticas y completas repúblicas y construyen laboriosamente su institucionalidad, ese mínimo de ordenamiento jurídico y organización social, económica y política que es condición para que una república sea.           

            Ya se verá qué poca holgura hubo en esos tiempos insurgentes y fundacionales para el quehacer literario -y artístico-, como no fuese  por el empleo de una retórica al uso, heredada y en gran parte impuesta, para los nuevos ideales y propósitos. En el caso quiteño un apasionado y brillante orador en las Cortes de Cádiz y un poeta que cantó pindáricamente la gloria de Bolívar fueron las figuras mayores.           

            El caso brasileño fue, frente al resto de América, singularísimo. En 1807, cuando Napoleón invadió España y amenazó Portugal, la familia real escapó hacia su inmensa colonia trasatlántica, Brasil. Se estableció en Río de Janeiro, donde, en 1816, Juan VI se proclamó “Rey de Portugal, Brasil y los Algarves” y toreó los fervores revolucionarios que enardecían el mundo y América tratando a sus súbditos como ciudadanos y alentándolos con reformas liberales y libre comercio con el exterior. Cuando este don Juan regresó a un Portugal ya libre del riesgo revolucionario dejó a su hijo Pedro como regente en Brasil. Pero las noticias que llegaban de todos los países vecinos -así fuese una vecindad tan alejada geográficamente- no parecían permitir un Brasil en condición de colonia de la monarquía lusitana. Quien primero lo entendió fue don Pedro, que apoyó la rebelión contra la metrópoli y fue coronado Pedro I del Imperio independiente del Brasil -en 1822- y promulgó una Constitución liberal. Portugal reconoció la independencia de su gran colonia en 1826. El imperio constitucional y, al menos en apariencia, liberal duraría hasta 1889. 

 

EL PERÍODO 1830-1848 

            Pero importa volver la mirada de esta América revolucionaria a la Europa de Metternich donde las cosas de la reacción monárquica no iban tampoco bien. Tras las crisis económicas de los años veinte, y con el equipamiento de ideas de que les proveía el socialismo de Saint-Simon y los reclamos de Blanqui -que reclamaba nada menos que un gobierno socialista-, las clases medias estallan en Francia.           

            En julio de 1830, el mismo día en que el rey Carlos X, tras disolver una cámara adversa a su ultraconservador y tosudo ministro, el príncipe de Polignac -un atrabiliario emigré-, promulgó cuatro ordenanzas tendientes a silenciar la prensa y privar del derecho del sufragio a las tres cuartas partes de los electores ni nobles ni terratenientes -es decir, a esos burgueses ya  encolerizados por los privilegios que se iban devolviendo sin parar a los aristócratas monárquicos-, tres días de combates callejeros y barricadas populares -incitadas por periodistas y panfletarios liberales y burgueses- lo forzaron a abdicar y huir a Inglaterra. Esas violentas “Jornadas de Julio” acabaron con la restaurada monarquía.  Republicanos radicales -estudiantes y trabajadores-, que soñaban con volver a la República de la Revolución, vieron traicionado ese proyecto revolucionario por liberales burgueses que no aspiraban más que a una fachada de monarquía constitucional que les permitiera gobernar. Y esa burguesía tenía una mente brillante dando forma a la conspiración: Thiers.           

            La Revolución Francesa había sido empresa de la burguesía -lo hemos visto- y lo fue esta nueva, que elevó  al trono, bajo la bandera tricolor de la Revolución y el principio de la soberanía del pueblo, a un borbón que había votado por la decapitación de Luis XVI, había combatido en la filas de la Revolución y sufrido después destierro por sus ideas liberales. Luis Felipe, duque de Orleans, era rey y era revolucionario. Como para contentar al pueblo siempre nostálgico de un rey a la vez que a las nuevas clases de ciudadanos.           

            La Revolución de Julio sacudió Europa. Alarmó a los conservadores y alentó a los liberales. En Bruselas, ese mismo año, a los dos meses del Julio francés, desde las barricadas, la exigencia de la dimisión de unos ministros impopulares y el reclamo de una Cámara que atendiese los clamores ciudadanos, se pasó a proclamar la independencia de Bélgica. Un mes más tarde, patriotas polacos proclamaban la independencia de Varsovia. El ejército ruso, tras larga guerra -enero a septiembre de 1831-, pródiga en “atrocidades” (las que reprochaban tibiamente Francia e Inglaterra al Zar), aplastó la sublevación.

            También en Inglaterra resonaron los sucesos de París: manifestaciones, agitación y mitines de industriales y obreros acabaron, para noviembre de ese mismo 1830, con el ministerio Wellington. Y, pese a la oposición de las Cámaras, por turno la de los Comunes y la de los Lores, se decretaría -en 1832- la ley que acrecentaba en más de trescientos mil el número de electores. Pero la favorecida fue la burguesía, y los obreros retomaron su lucha rechazando la política parlamentaria. Surgiría el “Cartismo”, movimiento cada vez más masivo que, aunque no logró el poder político, consiguió importantes leyes que humanizaron el trabajo en la despiadada sociedad del maquinismo -ley de protección al trabajo de los niños (1833), ley sobre el trabajo de mujeres y niños en las fábricas (1842), ley sobre la jornada de diez horas (1847)-. La experiencia del Cartismo pesó en el pensamiento de Stuart Mill, Carlyle, Kingsley.

           

            En Italia, en 1831, hubo sublevaciones en Módena, Parma, Bolonia, Romania, Marcas y parte de la Umbría; enarbolado el estandarte tricolor, se establecieron gobiernos progresistas y se legisló en sentido liberal. Solo la brutal intervención austríaca sofocaría el proceso. Fugitivos italianos se unirían con perseguidos polacos en París. Francia acogería a esos insurrectos exiliados, pero los defraudaría al no apoyarlos en sus proyectos de volver a sus patrias e imponer por las armas las ideas nuevas que las armas represoras habían aplastado. Esa frustración alentó el espíritu de uno de los grandes revolucionarios del tiempo: Mazzini.           

            A estas revoluciones políticas se contraponían las de otros pueblos que comenzaban por la cultura: Hungría, Bohemia, Croacia, Servia echaban como cimientos de sus revoluciones nacionales el rescate de las lenguas nacionales y el amor a historia y tradiciones patrias.           

            En los años que siguieron a ese agitado 1830 solo Austria, Rusia y Prusia persistieron en la aberración de la monarquía de derecho divino y las obsoletas instituciones económicas, sociales y políticas del “antiguo régimen”. Para enfrentar posibles amenazas liberales sellaron un tratado secreto en Berlín, en 1833. En Austria -siempre gobernada por Metternich, desde 1835 detrás de débil heredero de Francisco I- y Prusia, no obstante el creciente clamor de la clase media y campesinos, no se tentarían reformas sociales ni políticas hasta 1848.           

            Para los países de América Latina, de firme raigambre católica, iba a pesar más que la noticia de todas estas luchas por las libertades y los ideales de nueva sociedad que propugnaban, lo que sucedía con la Iglesia. La Iglesia dio un golpe durísimo a las ideas liberales que profesaban católicos ilustrados con Lamennais a la cabeza al desautorizarlo con la encíclica “Mirari”, de 1832, que condenaba las libertades de conciencia, culto e imprenta y la separación de Iglesia y Estado. Para la Iglesia católica, según esa proclama, el enemigo de la hora era el liberalismo.           

            Pero en esa Iglesia que así se pronunciaba por el partido del absolutismo y conservadurismo se produce algo insólito: un Papa liberal, Pío IX. Metternich confesaba que era algo que nunca había entrado en sus cálculos. El obispo Mastai encarnó ese ideal de pontificado cristiano que había dibujado Gioberti en su Primato d´Italia. Amnistías, relajamiento de censuras, apertura hacia quienes habían sido condenados como enemigos se multiplicaron en el 46 y 47 en Roma, Toscana y Piamonte. Y los regímenes absolutistas, alarmados, endurecían la represión, mientras Garibaldi expresaba su anhelo de regresar de América a Italia para combatir por el Papa liberal. Más tarde el Papa daría un giro hacia el conservadurismo antiliberal más duro. Pero esa es otra historia.           

            Con ser todo esto tan significativo, el paso a una nueva era no estaría marcado por esas revoluciones sociales y políticas, sino por otra, mecánica. “El vapor -escribió Pecqueur al comienzo de su Economía social (París, 1839)- es por sí solo una revolución memorable”. La Europa agraria, por más que hubiese dado el paso de feudal a capitalista y hubiese visto nacer en las ciudades una clase trabajadora nueva y una próspera burguesía, seguía siendo de agricultores -terratenientes y campesinos-. Inglaterra, de pronto, cambió los ritmos de trabajo y hasta los de vida -se acabarían las cabalgaduras y sillas de posta para las distancias mayores- con una vertiginosa transformación de los medios de producción y las técnicas instrumentales: fábricas y factorías iban transformando -esta fue una revolución rápida pero gradual- los medios de hacer, producir, movilizarse y, más tarde, comunicarse.           

            Las máquinas producían una suerte de fascinación y horror. Confesaba y a la vez denunciaba el órgano oficial de los cartistas: “Sería muy difícil encontrar actualmente alguien que osara tratar la cuestión del maquinismo. Diríase que transpira una especie de terror. Cada cual se da cuenta de que ella está provocando la mayor de todas las revoluciones al transformar por completo las relaciones de clases dentro de la sociedad; pero nadie se atreve a intervenir”. Owen sería el primero en entender la complejidad del movimiento industrial y en pensar cómo relacionar esta revolución con la social.           

            Para ese revolucionario 1830, Inglaterra estaba ya en plena revolución industrial. Producía el 90 por ciento del carbón mundial -y el carbón hizo posibles los ferrocarriles- , de 1805 a 1840 duplicó la producción de hierro y se experimentaban modos de abaratar la producción de acero.           

            Y la transformación pasaba a la Europa continental -en 1848 se unieron por ferrocarril París y Viena-. A uno y otro lado, las máquinas y los obreros que ellas concentraban en las ciudades hacían una sociedad de verdadero capitalismo, con nuevoas masas de proletariado urbano, reajustes en la estratificación social y tendencia hacia una democracia liberal. 

 

EL PERÍODO 1845-1860 

            Hay un hecho que pesa decisivamente en el primer tramo de este último período del tiempo que nos ocupa, tramo que Croce caracterizó como el de las Revoluciones liberales-nacionales, las Revoluciones democrático-sociales y reacciones, y extendió hasta 1851[10]. Es la Revolución de 1848 en París. El alcance de esa Revolución lo dijo Max Beer en su Historia general del socialismo y de las luchas sociales: “Para los obreros y los revolucionarios es mucho más importante el estudio de la revolución de 1848 que el de ninguna otra revolución anterior. Porque a partir de febrero de 1848 sale el proletariado por primera vez a la escena de la historia con reivindicaciones propias, y, en primer lugar, la de la toma del Poder político y económico”[11] .           

            Para 1846 la monarquía burguesa de Luis Felipe y su poderoso y despótico Primer Ministro Guizot era impopular. Orgías financieras y corrupción de altos funcionarios fortalecían y engrosaban las filas de la oposición, en las cuales las voces más populares eran las socialistas de Louis Blanc, que pedía fábricas corporativas y salarios justos, y Proudhon, que propugnaba la abolición de la propiedad privada. Todo ese extendido malestar se agravó con las malas cosechas de los años 45 y 46 y el encarecimiento de la vida en el 47.           

            Así se llegó al febrero del 48. El gobierno prohibió un “banquete monstruo” que la oposición anunciaba para el 22 -los reformistas, con el acceso a los periódicos vetado, habían optado por manifestarse en grandes banquetes-. Ello dio la ocasión para el estallido. Trabajadores y estudiantes, furiosos, invadieron la Plaza de la Concordia reclamando rectificaciones urgentes. Guizot ordenó a la Guardia Nacional reprimir el creciente motín, pero la Guardia, tras choques violentos con el pueblo, acabó por unirse al reclamo popular a los gritos de “¡Abajo Guizot!”. El impopular Ministro renunció y acaso la cosa pudo haber comenzado a aquietarse. Pero el destacamento que protegía el domicilio de Guizot hizo fuego sobre una ruidosa manifestación y mató a veintitrés, a más de herir a una treintena. Esto enardeció a la multitud, que cargó en una carreta los  cadáveres y los paseó a la luz de antorchas por las calles de París. El 24 la ciudad  amaneció con sus calles cerradas por barricadas. Tras sangrientos, aunque breves, combates, triunfó la Revolución. Luis Felipe abdicó en favor de su nieto, el Conde de París, y buscó asilo en Inglaterra.           

            Pero los revolucionarios no querían saber nada de monarquía. Habían fracasado la legitimista de Carlos X y la seudoliberal de Luis Felipe. El 25 se proclamó la Segunda República. La pugna por el nuevo poder enfrentó a las dos corrientes que se lo disputaban desde la gran Revolución: burguesía y proletariado. Por más que fuese verdad eso que proclamaba uno de los héroes de La educación sentimental de Flaubert, en el corazón de esa soberbia pintura de los tumultuosos acontecimientos, con su estallido de entusiasmo bélico y posterior frenesí destructor de palacios y salones regios: “Los obreros y la clase media se abrazan”. Los republicanos burgueses habrían querido constituir un gobierno de ellos, pero la Revolución la había hecho el pueblo y ello les obligó a incluir en el gobierno provisional -encabezado por Lamartine, que, a más de gran poeta, era orador elocuente- a los socialistas Louis Blanc y Albert -un obrero sin más nombre que esto-. Otro obrero, Marche, impondría el “derecho al trabajo”, poniéndose junto a Lamartine, pistola en mano, hasta que lo hubo firmado. La pugna entre las dos tendencias era tensa. Y el gobierno manipulaba en la sombra frenar  las exigencias socialistas y populares. Cuando el socialista Blanqui reclamó reformas sociales fundamentales, el gobierno convocó a una Asamblea Nacional, elegida por sufragio universal. Blanqui vio en ello una maniobra y organizó una manifestación para derribar al gobierno a los gritos de “¡Abajo  la explotación del hombre por el hombre!”. Pero el gobierno había convencido a la burguesía y a la Guardia y hasta a sectores populares moderados de que aquello era comunismo, y el movimiento fracasó.           

            En mayo se eligió la Asamblea Nacional, que se reunió en junio. Uno de sus primeros acuerdos fue acabar con los “talleres nacionales” de Leblanc y otro retirar los subsidios a los trabajadores de París. Otra vez las masas, así provocadas, levantaron barricadas. La Asamblea dio poderes omnímodos al republicano general Cavaignac. Y este, tras tres días de luchas sangrientas -las “jornadas de junio”, del 24 al 26-, acabó con la insurrección proletaria. Se fusiló a los cabecillas y se deportó a 4.000 revolucionarios a colonias penales de ultramar. Louis Blanc debió huir a Inglaterra y Proudhon fue encarcelado.           

            Las conquistas de la Revolución fueron solo las que toleró la burguesía progresista moderada: Constitución democrática, libertad de prensa, elección de presidente y legislatura por sufragio universal. Del mejoramiento social, solo vagas promesas.

            El gran beneficiario de esa democracia liberal iba a ser otro: Luis Napoleón Bonaparte, sobrino de Napoleón. En las elecciones obtuvo aplastante mayoría -sobre Cavaignac-: cinco millones y medio de sufragios frente a uno y medio. A poco de aquello se convertiría en emperador de los franceses.           

            Pero el 1848 francés había sacudido Europa. El ferrocaril y el hilo telegráfico habían  hecho correr las nuevas de la ciudad en revolución con inusitada celeridad. Al febrero parisino siguieron estallidos en todo el continente:

            13 de marzo: revuelta en Viena y fuga de Metternich.

            18 de marzo: amotinamiento en Berlín.

            18 a 22 de marzo: los cinco días de Milán, que obligaron al ejército austríaco a desalojar Lombardía.

            31 de marzo: reunión del Vorparlament en Francfurt.

            13 de abril: formación del Comité Nacional en Praga.           

            Con mayor o menor fortuna, por toda Europa central se implantan transformaciones liberales en la primavera y verano de ese 1848. Por todos lados se asiste a la supresión de últimos rezagos feudales, reconocimiento de libertades individuales, elecciones por sufragio universal, gobiernos constitucionales, constituciones liberales y ministerios liberales.           

            Pero, curiosamente, tan extensa y al parecer decisiva transformación pronto se vio frenada por las suspicacias de un campesinado aún mayoritario, a pesar de la creciente industrialización;  por cierta frialdad de la población urbana y por el permanente recelo de la burguesía republicana frente al proletariado.

            Se voltea la página revolucionaria y el reverso es reaccionario: ejércitos que marchan sobre gobiernos liberales, anulación de compromisos liberales. Victorias de la reacción en el Imperio de los Habsburgo, que influencian a Prusia. Vida breve de la república de Hungría -sofocada por los ejércitos de Austria y Rusia-. Patriotas y republicanos polacos aplastados y perseguidos por Rusia.

           

            Mucho de esto, sin embargo, iba a cambiar con la aparición en el escenario de la Europa continental -vacío de conductores tras el mutis de Metternich- de dos figuras que darían decisivos golpes de timón a la historia de ese continente en trance de severas transformaciones.

 

            Uno es el nuevo Napoleón, y su obra, el Segundo Imperio francés.

           

            Curiosa la trayectoria del personaje. Carbonario en Italia mientras esperaba su hora y hecho prisionero cuando participó en la insurrección de los Estados Pontificios, vigilado desde entonces lo mismo por Luis Felipe que por el Zar; idealizador del Imperio de su tío en Ideas napoleónicas (1839); conspirador impenitente, expatriado a América en 1836 y condenado a cadena perpetua en la fortaleza de Ham, donde escribió Extinción del pauperismo. Había escapado de prisión intuyendo que era llegada su hora cuando el 48 parisino.

           

            Tras su abrumadora victoria electoral Luis Napoleón supo que tenía al fin ese poder que tan larga y activamente había esperado. En 1851 disolvió la Asamblea burguesa que pretendía restringir el voto de las masas trabajadoras, y a este “coup d´Etat” siguió un plebiscito en que otra aplastante mayoría -2.500.000 contra 640.000- le confiaba preparar una nueva Constitución para la Segunda República. Ese instrumento se promulgó en 1852, y transformó la República en Imperio: un presidente que extendía el plazo de su mandato de cuatro a diez años, que era el único con poder de interpretar la Constitución, con una legislatura subordinada y potestad de nombrar a todos los funcionarios civiles y las jerarquías militares. El 2 de diciembre, con el respaldo de un nuevo plebiscito, se proclamó a Napoleón III Emperador de los franceses. Volvieron las águilas heráldicas que recordaban a Francia sus días de gloria imperial. La política económica fue el liberalismo económico y lo social se redujo a grandes obras públicas que dieron trabajo al proletariado. París recibió, bajo la batuta del barón Haussmann, amplios bulevares, el Teatro de la Opera y espléndidos edificios públicos.

           

            Liberal y romántico, Napoleón III era pacífico, pero usó el poder hacia fuera para acallar descontentos internos y fortaleció el imperio colonial galo. Pacificó Argelia en 1857 y la convirtió en la más importante posesión francesa. Puso las bases de dominios franceses en China e implantó un protectorado sobre Camboya (1868). Y apoyó una infeliz y desastrosa aventura imperial en México.

             

            Su gran oportunidad europea de vengar antiguos agravios y revivir vagos ideales imperiales le dieron las pretensiones del zar Nicolás sobre el Imperio Otomano. En unión con Inglaterra y la Cerdeña de Cavour -que es el segundo de nuestros dos personajes decisivos- las frenó en la guerra de Crimea, que conoció su página mayor en el sitio de Sebastopol -la única gran base naval rusa en el mar Negro-. Rusia pidió la paz en 1856 y el Congreso de Paz reunido en el París de Napoleón consolidó el Imperio Otomano.

           

            Napoleón apoyó a su aliada Cerdeña frente a Austria. Pero la aventura italiana le obligó a concesiones con sabor a fracaso y dividió la opinión pública francesa. Tras breve cenit se ponía el sol de Napoleón III y se levantaba el de Bismarck.

           

            La otra gran figura del tiempo fue el conde Camilo de Cavour. Surge en la Cerdeña de Víctor Manuel II. Es el político que hizo posible que en plena Italia Cerdeña se constituyera como un Estado nacional y liberal, al que volviesen los ojos los liberales de toda Italia, acosados por guarniciones austríacas en Venecia y Lombardía. (Y esa transformación fue acompañada por el entusiasmo de dramaturgos, poetas y novelistas del risorgimento). Cavour hizo del viejo Piamonte un país moderno, con sólida vida institucional, y armó un ejército nacional de admirable disciplina y organización que le posibilitó a Cerdeña ser aliada de Inglaterra y Francia “contra el coloso del norte, el peor enemigo de la civilización”, en genial jugada de ese sabio maestro del ajedrez geoestratégico que fue Cavour. La guerra de Crimea convulsionó las relaciones de poder existentes en la Europa de mediados de siglo y cuarteó el andamiaje conservador, al debilitar a Rusia y frenar -al menos parcialmente- a Austria. En el Congreso de París que siguió a la capitulación rusa, Cavour pudo plantear de modo completamente nuevo la cuestión italiana.

           

            En los planes de Cavour para unificar todo el norte italiano seguía Austria. El Ministro trabajó astutamente para ganarse a Francia y enfrentarla a Austria. Y logró, en un alarde de habilidad, que fuera Austria la que precipitase el rompimiento. La guerra se declaró en 1859. Francia y Cerdeña aliadas consiguieron victorias en Magenta y Solferino. Pero entonces, cuando parecía llegada la hora de cumplir su promesa de “liberar a Italia desde los Alpes al Adriático”, Napoleón traicionó la causa de su aliado, e hizo la paz con Austria, dejándole en posesión del Véneto.

           

            Cerdeña ganó, con todo, Lombardía, incluido Milán. Y, debilitado el poder austríaco -en que se respaldaban-, los soberanos de Módena, Parma y Toscana debieron abdicar y fueron reemplazados por gobiernos revolucionarios que proclamaron su anexión a Cerdeña.

           

            En 1860 los “Camisas Rojas” del carismático Garibaldi se embarcaban en ayuda de los patriotas sicilianos. La victoria fue rápida y completa, y convirtió  al infatigable aventurero de causas libertarias en héroe nacional. Cobró tanto prestigio que asustó a Cavour el peligro de una división italiana en un norte y un sur. Para conjurarlo se hizo presente en el sur: venció a las tropas papales y se unió a los garibaldinos en Nápoles. Cavour proclamó la anexión a Italia de los Estados Pontificios -salvo Roma-, ese mismo año, y Nápoles y Sicilia se anexaron  también al reino de Cerdeña, foco aglutinador de la Nueva Italia. En 1861 Víctor Manuel II pasaba de rey de Cerdeña a rey de Italia. Todo el ejemplar proceso había sido la obra maestra de su gran Ministro. Solo faltaban el Véneto y Roma, pero ya llegarían, y Roma acabaría por ser proclamada la capital de Italia.

           

            La unificación de Italia -el acontecimiento político más importante desde 1815- ejerció profunda influencia en los liberales alemanes. En 1859 habían asistido al espectáculo -impensable poco tiempo atrás- de una Austria débil y una Cerdeña fuerte unificando bajo su dominio a Italia. Prusia -se concluyó- debía unificar a Alemania. Prusia estaba dominada por un conservadurismo fuerte, pero para la causa alemana se aprovechó de los fervores nacionalistas liberales. Guillermo había sucedido al romántico Federico Guillermo IV, que había enloquecido en 1858. Guillermo era el prototipo de prusiano, ante todo militar, y a lo militar orientó su acción. Con Moltkee y van Room comenzó a hacer un ejército. Se opuso a ello el Parlamento. Salvó el enfrentamiento el político que en 1862 fue nombrado Primer Ministro, el ultraconservador Otto von Bismarck, que comunicó, lapidariamente, su política al Parlamento: “Las grandes cuestiones no se resuelven con discursos y votaciones.. sino con sangre y hierro”. El siguiente período de Prusia estaría dominado por esta personalidad decidida hasta la intransigencia y hábil, con habilidad fundada en penetrante conocimiento de la política europea, cobrada en sus embajadas en Rusia y Francia.

           

            En el imperio austríaco la cuestión planteada en el período no era de independencia o unidad estatal, sino la de la pugna de las nacionalidades en él absorbidas por obtener su independencia. Allí estaban, cada vez más vivas, las aspiraciones de lombardos, húngaros, bohemios y croatas, que las guerras napoleónicas y la exaltación romántica de las nacionalidades habían exacerbado.

           

            Inglaterra vio las revoluciones del continente desde un mirador más bien tranquilo. Hubo un intento de constitucionalismo: cien mil manifestantes presentaron al Parlamento una petición firmada por muchos millares más, pero el Parlamento la consideró ilegal. En el 49 lo que se innovaba era el comercio: se abolía el acta de navegación. Y la Exposición de Londres de 1851 mostraba al mundo la pujanza de esos nuevos comercio e industria, en los cuales Inglaterra se gloriaba de estar a la cabeza. Y, para responder a necesidades de industria y comercio, los viejos partidos, sin tocar sus estructuras, se modernizaban.

           

            Otro poder que plegó a la reacción fue la Iglesia católica. Se firmaron concordatos -con Austria- o se pretendieron y rechazaron por exorbitantes en las pretensiones eclesiásticas -Baden y Würtemburg-. Se promulgó el Syllabus, que ponía entre los errores del siglo, en primer lugar, como capital, el liberalismo, y se definió como dogma la infalibilidad papal. Todo esto, a la par que aumentaba el poder de Roma, apartaba de la Iglesia a la intelectualidad europea y le restaba influjo espiritual. Esto se  sentiría con más fuerza que en otra parte alguna en las jóvenes repúblicas de América Latina, tradicionalmente católicas.

           

            Por debajo de todos estos vaivenes políticos y sin duda más decisivo que ellos estaba el desarrollo incontenible de la revolución industrial y del régimen económico y social que propiciaba, el capitalismo. La red de ferrocarriles iba cubriendo Europa. Alemania tenía para 1848 4.000 millas de caminos de hierro. Berlín estaba unido con Hamburgo, el Rin, Cracovia, Praga, Suiza. Y los ferrocarriles aceleraban todo el proceso de industrialización. La producción de carbón pasó en Francia entre 1830 y 1870 de 1.800.000 toneladas a 16.000.0000. Y el hierro de 300.000 a 1.400.000. Y las máquinas de vapor comenzaban a competir con el trabajo manual en la industria textil. Por todos los ámbitos del trabajo las máquinas ganaban terreno, en una Europa aún predominantemente agrícola. Todo el proceso estaba presidido por codicias a menudo faltas del menor escrúpulo que dejaban a su paso secuelas de miseria -de la que nobles espíritus como Dickens darían desgarrador testimonio.

 

 

EL PERÍODO 1830-1860 EN AMÉRICA LATINA

 

            Tras las guerras de la independencia, emancipadas de la sujeción de España y en empeños por institucionalizar la autonomía a costa de tanto sacrificio económico, tanta sangre y heroísmo conquistada, las flamantes repúblicas de América Latina viven un período de pugnas internas por el poder político -mascarón a menudo de intereses económicos-, que de algún modo reproducen el gran enfrentamiento europeo del tiempo entre liberalismo y reacción.

           

            En México, la lucha fue entre centralistas y federalistas; los centralistas representaban los intereses de los grandes terratenientes, contrarios al naciente movimiento campesino, y del alto clero; los federalistas eran un movimiento de la  pequeña burguesía, más algunos terratenientes progresistas, y propugnaban reformas liberales -con secularización de los bienes del clero- y autonomía administrativa de las provincias. Tras convulsos períodos de anarquía, con predominio de una y otra facción, en 1833 se impuso la dictadura de Santa Ana, uno de los más populares caudillos federales; pero este, ya en el poder, pactó con los grandes terratenientes.

           

            En 1835 los plantadores esclavistas del sur de los Estados Unidos que se habían asentado en la casi despoblada provincia mexicana de Texas se sublevaron contra el gobierno central. Santa Ana marchó al frente de un ejército a sofocar la rebelión. Un avance incontenible de las tropas mexicanas, encalló en la captura de Santa Ana y su indigna orden de retirada. Se proclamó en Texas la República independiente, y más tarde pidió su incorporación a los Estados Unidos, cosa que el Congreso norteamericano aceptó en 1845. Pero el voraz vecino del norte ambicionaba más: anexarse todo Nuevo México y la Alta California. Así que la guerra que declaró México, al sentirse despojada de Texas, le dio la oportunidad de cumplir sus propósitos expansionistas. Santa Ana se puso otra vez al frente del ejército mexicano. Logró victorias parciales y sufrió desastres mayores. Y el 15 de septiembre de 1847 el pabellón norteamericano se izó en el palacio de los virreyes y presidentes. El Tratado de Paz consumó el despojo de dos quintas partes del territorio mexicano, a cambio de una compensación de quince millones de pesos.

           

            Santa Ana, que había dimitido la presidencia, volvió de señor absoluto,  con tratamiento de Alteza Serenísima. Pero el descontento del país mutilado y el rechazo de la política conservadora encendió una revuelta que fue cobrando fuerza y que para 1855 incendiaba ya todo el país Planteada de modo ya radical la lucha entre liberales y conservadores, la insurrección ocupó la capital. Llegados al poder los liberales implantaron una violenta política anticlerical, con disolución de órdenes religiosas, expulsión de los jesuitas e incautación de bienes eclesiásticos. En 1857 se aprobó una Constitución liberal democrática que establecía el sufragio universal, prohibía el trabajo forzado y proclamaba las libertades individuales. El Papa prohibió a los católicos jurar la Constitución. Se eligió presidente al general Ignacio Confort, pero este se volvió hacia los conservadores. Se alzó en esta hora, en el lado liberal, la gran figura de Benito Juárez, que se hizo fuerte en el interior del país y mantuvo una administración en Veracruz por tres años. El gobierno de Juárez ratificó las reformas liberales anticlericales: separación de Iglesia y Estado, establecimiento del matrimonio civil, nacionalización -por ley- de los bienes del clero y prohibición a la Iglesia de adquirir y administrar bienes raíces. La reacción conservadora fue violenta y desembocó en ensañada guerra civil. Triunfó el liberalismo y se afirmó el liderazgo de Juárez. La guerra civil, llamada de Reforma, terminó en 1861.

           

            Ese mismo 1861 Juárez suspendió el pago de la deuda externa. Inglaterra, Francia y España firmaron el Pacto de Londres para enviar una expedición armada en defensa de sus intereses. Para  Napoleón III fue la ocasión de cumplir su sueño de un Gran Imperio Latino de Ocidente. Fue la ruinosa aventura colonialista, que convirtió a Maximiliano en Emperador, a la vez que consolidaba el mando y liderazgo de Juárez, el gran constructor de la nación mexicana. Ese artificial imperio acabaría en 1867 con el fusilamiento de Maximiliano.

           

            También en Argentina se disputaban el poder unitarios y federales; los unitarios eran el partido de los terratenientes y la burguesía industrial y comercial de la provincia de Buenos Aires y propugnaban un gobierno centralizado; los federales representaban a los terratenientes de provincias, para las que reclamaban mayor autonomía. A fines de los treintas se hicieron del poder los unitarios. Juan Lavalle, al frente del ejército, venció a Dorrego y lo fusiló. La política del vencedor produjo agudo descontento entre las masas populares, lo que aprovechó el caudillo de los federales Juan Manuel Rosas. Muerto Juan Facundo Quiroga, el inmortalizado por Sarmiento, Rosas había quedado como caudillo único del federalismo. Rosas, al frente de sus gauchos, tomó Buenos Aires en 1829 e implantó una dictadura brutal, que el Congreso legalizó en 1835, otorgándole plenos poderes.

           

            La política comercial exterior de Rosas dio lugar a reclamos de Francia, que  culminaron en el bloqueo del litoral argentino. Y con Gran Bretaña tuvo otro conflicto en torno a las islas Malvinas. Intervino en los conflictos internos de Uruguay y quiso anexarlo a la Argentina; sitió Montevideo, pero fue vencido por la intervención francesa e inglesa, que afirmaba defender intereses de sus súbditos. Y precisamente en Uruguay empezó sus operaciones contra el dictador Urquiza, gobernador de Entre Ríos, con la colaboración del propio gobierno uruguayo y del brasileño. La campaña culminó en la batalla de Caseros (1852), donde Rosas fue derrotado. Junto con sombrío cuadro de encarcelamientos, deportaciones, confiscaciones y ejecuciones, su largo período dictatorial dejaba un saldo material de mejoramiento agrícola, vías de comunicación, saneamiento de la hacienda pública y afirmaciones de soberanía argentina frente a las potencias europeas intervencionistas.

           

            Seguirían nuevos enfrentamientos entre unitarios y federales. El Congreso dominado por los federales elaboró una nueva Constitución, que se orientó por el libro de Juan Bautista Alberdi Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina y fue  declarada Ley de la Nación en 1853. Buenos Aires se negó a participar en la Confederación. Buenos Aires y la Confederación convivieron unos años en paz, pero la guerra mercantil entre el puerto de la provincia rebelde y Rosario, el de la Confederación, condujeron a la guerra. En ella Urquiza derrotó al general bonaerense Bartolomé Mitre -intelectual ilustre, que sería uno de los grandes constructores de la nación argentina-, en 1859. Con los buenos aficios de Paraguay se buscaron acuerdos, pero, rechazados por el Congreso los diputados de Buenos Aires, hubo una nueva guerra, y Urquiza, aunque no vencido militarmente en la acción de Pavón (1861), abandonó la lucha y Mitre quedó al frente del ejecutivo. El gran empeño de Mitre y Sarmiento en los años siguientes sería lograr la unidad del país, con la integración de Buenos Aires.

           

            Uruguay depende en su historia del período estrechamente de Argentina. Constituida la República Oriental del Uruguay en 1830, los políticos se polarizaron también aquí en dos bandos, que, por el color del cintillo de sus sombreros, se conocieron como “blancos” y “colorados”. Sus pugnas por el poder se complicaron por la intervención de Rosas y la acción naval de Francia e Inglaterra. Oribe, “blanco”, derrotado por el “colorado” Rivera en 1838, puso cerco  a Montevideo, que duró de 1843 a 1851. Urquiza pacificó el país. Pero las divisiones políticas insalvables condujeron a nuevos enfrentamientos, con secuelas de destierros y fusilamienos. Y con algo aun más penoso: los repetidos pedidos de los partidos de intervención extranjera.

           

            En Paraguay, el período se divide en dos: el primero, hasta la muerte del doctor Francia, en 1840. Culminó el gran tirano una lúcida e ingente obra de construcción de una nación rodeada por la siempre amenazante presencia de grandes vecinos, cada uno con sus intereses: Argentina y sus terratenientes y comerciantes, Brasil y sus plantadores y negreros. Fuerte y cerrado frente a esos vecinos, el régimen de Francia luchó contra la propiedad feudal de la tierra, que, fraccionada en pequeñas parcelas, se entregó a los campesinos por módicos arriendos o se dedicó a estancias ganaderas estatales. Trabajó este extraño y notable personaje en la educación popular y en velar porque el pueblo no fuera víctima de la especulación. Y dejó sentadas firmes bases para el progreso del país.

           

            A la muerte del doctor Francia, el Congreso Nacional puso al frente del gobierno a Carlos Antonio López, que abrió el país al exterior, comenzando por los puertos. En lo interior continuó la política rural del dictador y dio nuevo impulso a la industria: se crearon astilleros, se comenzó la extracción de hierro y fabricación de cañones; en 1855 se comenzó a construir el primer ferrocarril de la América española. Toda esa prosperidad sería liquidada por una guerra trágica con las potencias vecinas que se prolongaría de 1865 a 1869 y acabaría con la población masculina paraguaya sin perdonar ni a los niños.

           

            En Chile, obtenida la independencia, el libertador O´Higins gobernó hasta 1823 como director supremo. Quiso establecer un sistema monárquico constitucional y fracasó, y el propósito de prolongar su gobierno por diez años más le valió su caída y destierro a Lima. Siguió la dictadura del general Ramón Freire y el interinazgo de Manuel Blanco, en el que se insinuó la división beligerante entre Unitarios y Federalistas. Nuevos interinazgos y renuncias tras cortísimos períodos hasta que en la presidencia del conservador Ovalle surgió la gran figura de férreo constructor del ministro Diego Portales, el hombre fuerte de los “pelucones” conservadores frente a los “pipiolos” liberales. Aplicó la constitución aristocratizante de Mariano Egaña (de 1833). Ante el peligro que creía le significaba cierto propósito de confederación de Perú y Bolivia concebido por Santa Cruz, Chile se movilizó y en una de las diminutas y turbias acciones iniciales de ese conflicto, Portales, preso en una guarnición sublevada, fue fusilado (1837). Pero Chile quedaba, gracias a su visión y energía, con bases sólidas . Manuel Bulnes, vencedor de Santa Cruz, fue jefe de Estado por dos quinquenios y Manuel Montt, otros dos. Fueron tres décadas de presidentes reelectos que hicieron de Chile uno de los países institucionalmente más serios de América. Y fue el tiempo en que Bello realizó su gran obra educativa, desde la recién fundada Universidad. Ello fue en el gobierno de Bulnes. En él se crearon, además, la Escuela Normal para el magisterio y la Quinta Normal de Agricultura; con Montt la educación primaria fue declarada  gratuita.

           

            En Bolivia, nacida a vida independiente bajo el mando del general de Bolívar Andrés Santa Cruz, intereses de caudillos modificaban una y otra vez -1819, 1834, 1839, 1843- la sabia constitución que para el naciente país había redactado Bolívar. (En 1848 se volvió a ella). La misma existencia del país se veía amenazada por inveterados designios limeños de incorporarla al Perú Estos designios que con Santa Cruz se disfrazaron con un proyecto de Confederación fracasaron definitivamente tras el triunfo de José Ballivián. Ballivián ocupó la presidencia y se sobrepuso a la turbulencia interna con un gobierno fuerte progresista. Tuvo que enfrentar otra amenaza externa: la codicia chilena de la costa salitrera. A Ballivián sucedió Guilarte, a quien destituyeron revueltas militares. Hasta que se entronizó en el poder el general Belzú y se sostuvo con un régimen de terror.

           

            En Perú, elegido presidente  otro general de Bolívar, el cuencano La Mar, orientó su acción contra Colombia, tanto en Bolivia, de la que procuró alejar a Sucre, como en el sur del Ecuador, al que se pretendió despojar de sus territorios de Jaén y Mainas, lo cual valió a Lamar duros denuestos de Bolívar (“esos miserables que ya han violado el suelo de nuestra hija, y que intentan profanar el suelo de la madre de los héroes”, es decir Bolivia y Colombia). Esta última aventura acabó con la derrota de Tarqui, la última victoria del más brillante de los generales de Bolívar, Sucre. Cayó La Mar, fue desterrado y subió otro general, Gamarra. En 1834 le sucedió Orbegoso; contra él se alzó Salaverry, que se declaró Jefe Supremo. Orbegoso resistió y Gamarra maquinaba en Bolivia, mientras Santa Cruz jugaba con uno y otro, apuntando a crear la Confederacion del Perú y Bolivia. Santa Cruz derrotó a Gamarra y Salaverry, y se constituyó Protector de un Perú dividido en dos , el Norte -Amazonas, Junín, Libertad y Lima- y el Sur -Arequipa, Puno, Cusco-. Con los dos y Bolivia se haría la Confederación. Ya sabemos que Chile la rechazó y acabó victorioso. Desterrado Santa Cruz, subió a la presidencia Gamarra -que había sido parte de la victoria chilena-. Gamarra murió en el campo de batalla de una Bolivia invadida (1841). Siguió una guerra civil, de la que saldría un caudillo que dominaría la vida peruana desde 1845 a 1851 y volvería al poder en 1855 por la fuerza de las armas, el mariscal Ramón Castilla. La última aventura expansionista peruana en el período, orquestada por Castilla, sería contra la República del Ecuador: atacó la costa y el puerto de Guayaquil, y llegó a perpetrar un inicuo Tratado que el Congreso ecuatoriano rechazó.

           

            La Gran Colombia, el sueño integracionista de Bolívar, quedó disuelta en 1831. En la República llamada de Nueva Granada, una Constitución que limitaba el poder del presidente no fue óbice para que Francisco de Paula Santander hiciese un gobierno duro, que aspiró a sentar las bases de una convivencia basada en las leyes. Sucedió a Santander el moderado José Ignacio Márquez, que tuvo que afrontar la sublevación de Obando. La derrota de Obando, tenido por “progresista”, afirmó el poder de los conservadores. A Márquez sucedieron los regímenes conservadores de Herrán y el general Tomás Cipriano Mosquera, en los cuales Colombia se solidificó en legislación y avanzó en instrucción pública. Este período de orden terminó cuando, divididos los conservadores, subió al poder el liberal José Hilario López, que unió a medidas netamente liberales, como la abolición de la esclavitud, sufragio universal, educación gratuita y obligatoria, cruel persecusión a los conservadores. En 1853 llegó a la presidencia el caudillo liberal Obando, vuelto del destierro. Faltándole dos años, un cuartelazo y la reacción civilista lo depusieron. En nuevas elecciones triunfó Mallarino, un humanista, quien ocupó la presidencia de 1855 a 1857. Le sucedió otro conservador eminente, Mariano Ospina. Para entonces Colombia había caído en un gran conflicto por pugnas entre Estados federales y la Confederación Granadina, creada por el Congreso, en 1858, como una manera de mantener la unidad nacional. Hubo luchas en varios Estados -conservadores contra liberales- y una guerra general, unidos Mosquera y Obando contra la Confederación. Mosquera entraría triunfante en Bogotá al final de período de Ospina.

           

            Una Venezuela sumida en la miseria más que otro país cualquiera por las guerras de la independencia nació a la vida autónoma -separada de la Gran Colombia- bajo la férula de José Antonio Páez, el cabecilla de los lanceros de los Llanos, que en este período intentó organizar y construir. A los cuatro años de gobierno le sucedió un civil, el Dr. Vargas; pero Páez, constituido en Protector, siguió gobernando e igual aconteció con el siguiente designado, Soublette. Después lo hizo ya sin títere alguno de por medio. De 1830 a 1846 mandó Páez, sofocando numerosas revueltas de un país anarquizado por el militarismo, hasta que  en enero de 1847, en sangriento choque, Monagas, uno de sus lanceros lo derrocó. Se dijo que la rebelión era contra los “mantuanos” -los cultos, los aristócratas- y se pensó en una revolución “liberal”; pero se recayó en el sistema dictatorial personalista de Páez. Este se sublevó en 1848 y 1849, pero fracasó. Sin embargo, los regímenes militaristas autocráticos tocaban a su fin y llegaban al escenario las pugnas entre liberales y conservadores, por el momento aprovechándose o siendo aprovechados por otros generales. Páez, con todo, ya octogenario, volvería al poder en 1861.

           

            Caso especial, muy diferente de todos estos países que, de uno u otro modo, vivieron una misma historia en sus luchas por la independencia, el de ese inmenso país apartado del resto de sudamérica por su gigantesca geografía, su condición litoral y la lengua, Brasil. Brasil, que, cuando las guerras napoleónica, había recibido el implante pintoresco de la monarquía del glotón, fofo y astuto Juan VI de Portugal, se acercó a independencia y república al partir el monarca, y quedar en su lugar, como emperador, su hijo don Pedro, asesorado por el ilustrado José Bonifacio de Andrada e Silva. Don Pedro se acercó al pueblo y propició un gobierno con visos de constitucional -Senado y Cámara de Diputados-. Insurrecciones ferozmente reprimidas y una última en el propio Río de Janeiro forzaron, en 1831, la salida de don Pedro, mutis elegante que tuvo por pretexto ir a oponerse a su absolutista hermano en Portugal. Abdicó en su hijo Pedro, niño de cinco años, a quien guió en el gobierno José Bonifacio. Tras varias regencias, en 1840, se declaró a Pedro II mayor de edad y comenzó su gobierno personal. Hubo insurrecciones en provincias que buscaba constituirse en repúblicas independientes, con sórdidos intereses de plantadores esclavistas y comerciantes por detrás. Pero, vencidos esos intentos, el país tendría, a partir de 1850, casi cuarenta años de paz y de lenta maduración republicana. Y lo fueron de sostenido progreso en educación, vialidad -ferrocarriles-, agricultura -el café-, industria y comercio y sostenido desarrollo científico y cultural.

           

            Esta, a grandes trazos, la convulsa historia de los jóvenes países de América Latina en el período de su primera construcción como repúblicas. Ese fue el escenario de unas literaturas nacionales que en esta hora afirmaron su conciencia de nacionales y de sus autores que, en gran número, participaron de esas convulsiones políticas y luchas por construir sociedades más justas y progresistas. Fueron intelectuales y escritores algunos de los más altivos denunciadores de la barbarie de la dictadura de Rosas, con Echeverría y su emblemática El matadero y Mármol con su poesía y su Amalia a la cabeza, y la mejor literatura mexicana defendió e impulsó la Reforma en México. Muchos escritores -y no solo los periodistas y panfletistas- fueron políticos y hombres de acción y hasta rectores de la vida local o nacional -poetas tan ilustres como Olmedo o Caro- y poemas y otros textos memorables se hicieron en destierros, comenzando por las grandes piezas de Heredia. Fueron éstas razones especiales para pintar con algún detalle esta panorámica.

 

 

LA FILOSOFÍA ALEMANA

 

            Se inserta en la circunstancia del período y, a la vez que depende de ella, la ilumina y desbroza caminos para el pensamiento moderno la filosofía.

           

            La filosofía más abstracta y especulativa del tiempo habla alemán. Para el gran promotor del socialismo en Renania Mosen Hess la salvación de la humanidad dependería de la fusión de la filosofía alemana con el espíritu revolucionario francés y la práctica social inglesa. Esa era la trilogía de su Triarquia europea (1841). Y eso, acertado o no, era lo que se sentía generalmente en el tiempo.

           

            Así como el gran filósofo de la Ilustración es Kant y su obra es la epifanía de la razón pura, el filósofo representativo del Romanticismo es Hegel y solo en el clima y tensión del romanticismo ambiente cobran plenitud de sentido sus mayores aportes al pensamiento de la hora y más allá. Cada cual es hijo de su época y lo mismo pasa con la filosofía: resume su época en el pensamiento, escribiría el propio Hegel en su Filosofía del Derecho[12].

           

            Hegel es el niño que se entusiasma con la literatura romántica y a los dieciséis años escribe una Historia de los Turcos, el que en Tubinga vive un intercambio frecuente con Hölderlin y Schelling y lee el Emilio de Rousseau. En esa hora matutina de intenso romanticismo halla la historia de la conciencia natural elevándose a la libertad -el leitmotivo del tiempo romántico- a través de un camino de experiencias. Su Fenomenología del espíritu tendrá parecido carácter evolutivo de la conciencia. La Fenomenología, obra clave en la trayectoria vital y filósofica de Hegel, es la novela de la evolución de esa conciencia a través de experiencias decisivas hacia el absoluto. Se ha señalado, con razón, un paralelismo de la Fenomenología con esa otra obra clave para sorprender la evolución del tiempo que es el Wilhelm Meister de Goethe.

           

            Hegel había llegado a Jena en 1802, y a partir del invierno de 1806 vivió esa aventura y confesión -al estilo del Discurso de Descartes- que fue la Fenomenología. La terminó la noche que precedió a la batalla  de Jena -así lo confió a Schelling.

           

            Esa inmersión en la historia es rasgo característico de la época. La Revolución, cuyas noticias e incitaciones habían llegado hasta los más distantes rincones del continente, y las guerras napoleónicas, que estremecían y provocaban vaivén de reacciones desde las cortes hasta las masas campesinas, comprometían de uno u otro modo al hombre europeo del tiempo, particularmente a los más pensantes e inquietos. En Hegel esa historización de la vida y el pensamiento europeo alcanza una cima. Para él el espíritu es historia y el desarrollo del espíritu en que la filosofía, en esencia, consiste se realiza en tres etapas que coinciden con momentos de la historia del mundo.

           

            De 1802 a 1807, bajo la influencia de Napoleón, el filósofo elaboraba diversas filosofías del espíritu y buscaba el sentido, con los ritmos de su filosofar dialéctico, a momentos del devenir histórico como la Revolución, el Terror y las guerras que convulsionaban Europa. Y la Filosofía de la historia (1822-1823) -afirmación de la Razón en la historia-  sería el testamento de Hegel.

           

            Hegel pone las bases para la construcción sistemática de su vasto edificio filosófico con la Lógica, en Nuremberg, de 1812 a 1816, y lo levanta en Berlín con su Enzyklopädie der philosophischen Wissenschaften (Enciclopedia de Ciencias Filosóficas) en 1817 y la Philosophie des Rechts  (Filosofía del Derecho) en 1821. Extiende el sistema a todos los ámbitos del espíritu: Filosofía de la Historia, Estética, Filosofía de la Religión, en cursos seguidos devotamenmte por sus discípulos, hasta su muerte, en 1831. A partir del año siguiente esos discípulos publicarán los diecinueve volúmenes de las obras completas del maestro.

           

            De uno u otro modo los tres grandes filósofos alemanes del tiempo construyen sobre la revolución radical del conocimiento obrada por Kant: Fichte, Hegel y Schelling. Y entre los tres se entabla -en presencia y a distancia- una suerte de diálogo, o cordial o tenso, que explica muchos desarrollos de su pensamiento. Los tres quieren radicalizar y completar el gran descubrimiento kantiano de la relación entre el conocer y la conciencia. Para los tres Kant ha sido inconsecuente al dejar una materia amorfa -a la que da forma el entendimiento-, ese “noumenon” imposible de conocer en su mismidad. Los tres pondrán en el cimiento de sus edificaciones que ser es igual a ser pensado. Serán, cada uno a su modo, idealistas, y los tres tendrán que explicar la naturaleza. Para el yo trascendental de Fichte, la naturaleza es una sombra; para Schelling, la realidad de la naturaleza tiene en la evolución del absoluto el mismo lugar que el yo; en Hegel, el  Espíritu, en evolución dialéctica, se extraña a sí mismo en la naturaleza.

           

            Fichte, nacido en 1762, fue en 1790 a Leipzig y conoció a Kant. Fue para él iluminación que lo marcó y señaló rumbos a su tarea filósofica. Al año siguiente entregaba al maestro  su Crítica de la revelación. Más adelante, el joven filósofo quiso dar mayor rigor y unidad al criticismo kantiano. Kant se había contentado con el hecho de la conciencia. Fichte quiso mostrar la razón última de ese hecho. Kant tomó de la experiencia las formas de la intuición y las categorías; Fichte se propuso deducirlas de la esencia de la razón. Construyó su sistema a partir del yo puro -que no debe confundirse con el empírico-, del yo absoluto. Por un proceso dialéctico -tesis, antítesis, síntesis- buscó deducir todas las formas y categorías.

           

            También Hegel estudió a Kant. Y a Fichte. A Fichte lo miró como a adversario. Pero tomó de él el concepto de evolución por las tríadas dialécticas: le pareció que en el juego de contrarios -desde el primero y radical del ser y la nada, que funda el devenir- era donde se hallaba la razón última de cuanto acontecía con el ser. Pero en Hegel este movimiento triádico será objetivo -está más cerca de Platón que de Fichte-; refleja los tres momentos del devenir real: escisión, conciliación y síntesis final. (Sin escisión la totalidad permanecería cerrada sobre sí misma). A Kant Hegel le reprochó que hiciese una crítica previa a la metafísica. Ello era absurdo -le parecía-; era concebir como diferente el conocer del conocido, y ver el conocimiento como medio inadecuado. Abandonó, pues, la “timidez del criticismo kantiano” (Enciclopedia de Ciencias Filosóficas, Introducción).

           

            Schelling fue discípulo de Fichte en Jena y amigo de Hegel. Pero en 1841 Federico Guillermo IV lo llamó a Berlín de antídoto para el “veneno del panteísmo hegeliano”. Y buscó entonces conciliar con el idealismo la religión, acercándose a Plotino y a Boehme. Un primer Schelling había sugerido la identidad de espíritu y materia. Hegel rompería con esa concepción de su amigo para adoptar el movimiento triádico fichteano como camino que le conduciría del Espíritu a la materia.

           

            De todo este intenso momento del pensamiento universal -uno de los más intensos de la historia- lo que más pesaría en el pensar futuro sería lo hegeliano. Pero, curiosamente, no por sí mismo, sino por una manera de asumirlo que constituyó la más radical subversión que cabía imaginar.

           

            El sistema de Hegel -una de las más exactas y complejas arquitecturas filosófico-teológicas que haya urdido hombre alguno, solo comparable a la Suma Teológica de Tomás de Aquino[13] -,  parte de la razón absoluta, como Idea, y la sigue en su desenvolvimiento -necesario, dialéctico- hasta su realización en la totalidad de la realidad. La naturaleza es ese Logos que se ha extraviado. “¿Cómo es que Dios se resuelve hacia algo absolutamente heterogéneo? La Idea divina es precisamente esto: resolverse a poner desde sí esta otra cosa y a recuperarla luego para su subjetividad y espíritu”. Y viene el desarrollo del espíritu, a través de las etapas de espíritu subjetivo, espíritu objetivo y espíritu absoluto -cuyas formas son arte, religión y filosofía-. El espíritu pensante se determina a sí mismo como ente lógico e ideal, como extrañamiento en la naturaleza -en el espacio y tiempo- y como espíritu que llega a sí mismo y al saber de sí mismo -desarrollo espiritual-histórico independiente de espacio y tiempo-. Todo esto se anunció y como programó en la Fenomenología del Espíritu, y ese saber absoluto -meta de la Fenomenología- se desarrolló como  Lógica -ciencia de la idea absoluta-, Filosofía de la naturaleza -ciencia de la idea fuera de sí- y Filosofía del Espíritu -ciencia de la idea en su ser-para-sí.

           

            El filosofar de Hegel, al contrario de lo que suele repetirse como cosa indiscutible, estuvo siempre imbricado con la vida y la circunstancia histórica (“Pensar la vida: he aquí la tarea”, es fórmula que presidió la tarea del filósofo). A ello debió algunos de sus más sugestivos logros, al igual que muchas de sus más lamentables  arbitrariedades conceptuales. He aquí uno de los tantos casos de la dialéctica aplicada al acontecer histórico o derivada de él, seguramente con menor fortuna. Antiguo Régimen y Revolución -dijo Hegel- pueden ser tratados como “conceptos del entendimiento” contrapuestos, y así son unilaterales y falsos. Deben ser vistos como necesitados de una síntesis que niegue sus “negatividades” y conserve lo que tienen de positivo. La superación de la antítesis Antiguo Régimen-Revolución Francesa fue Napoleón. En esto, claro está, contó más la experiencia y la reflexión sobre acontecimientos, más o menos justa, que exigencias de la argumentación.

           

            Ya en las aulas hegelianas, en más de una forma, se habían dibujado una derecha -tan conservadora como el maestro[14]- y una izquierda. Los pensadores más independientes de esa izquierda, Feuerbach y Marx, piensan que más ajustado a la realidad que deducir -por procesos lógicos- la naturaleza a partir del espíritu -de uno u otro modo panteísticamente- es explicar el espíritu a partir de la naturaleza. Proclaman poner el sistema hegeliano cabeza abajo. De la gigantesca edificación del maestro toman el método dialéctico y el pensar histórico. Para Engels el mérito del filósofo era que “por primera vez presentó todo el mundo natural, histórico y espiritual en forma de proceso, es decir, de continuo movimiento, cambio, transformación y desarrollo, y trató de encontrar la relación interna de este movimiento y desarrollo”[15].

           

            La Contribución a la crítica de la filosofía de Hegel (1839) de Feuerbach marcó el rompimiento con el idealismo hegeliano, y en 1841 su Esencia del Cristianismo estaba ya en pleno materialismo. Ese pensamiento se radicalizaría aun más en La esencia de la religión, en 1845, ambicioso y hondo empeño para explicar la religión sin Dios, a partir de necesidades y apetencias del hombre. Ni Dios (primera etapa), ni el demiurgo (segunda), sino el hombre. El hombre uno, sin separación de alma y cuerpo. (Marx insistiría más tarde en el hombre como ser histórico-social). Para Engels esta obra hizo saltar el sistema de Hegel en añicos. “Solo habiendo vivido la fuerza liberadora de este libro podemos formarnos una idea de ella”, escribió en su Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía alemana. Y para Marx, Feuerbach “reemplazó la anterior embriaguez especulativa por una filosofía sensata”.

           

           

Para Hegel, en el seno de la realidad, como principio fundamental de dinamismo, está la negación. “La contradicción es la raíz de todo movimiento y toda vida”. Lo propio de la razón científica es calar hasta esa contradicción engendradora de algo nuevo, por el proceso dialéctico de tesis-antítesis-síntesis. Para Hegel ese proceso de avance dialéctico parte de la idea, el Espíritu. La historia son las tres fases de desarrollo del Espíritu absoluto hasta su forma más elevada, el hombre y sus más altas realizaciones. “En Hegel la dialéctica está cabeza abajo. Hay que colocarla de pie para, por debajo de la envoltura mística, descubrir su núcleo racional”, postula Marx (Así lo escribió en El capital), y ve en el proletariado la negación del orden existente y en su lucha por el socialismo, la síntesis. Marx pensó tener en la dialéctica hegeliana el instrumento para explicar todos los cambios que se habían dado en la historia -en el pensamiento, el derecho, la religión, las instituciones sociales-. Y halla que en cada paso de la evolución no es necesario postular espíritu alguno, que todo dependía de las condiciones materiales de existencia y ellas,  de las fuerzas productivas. Al finalizar este período se habrían echado los cimientos, con materiales hegelianos usados al revés, del movimiento político y social que iba a marcar como ningún otro el final del siglo XIX y casi todo el  XX.

           

            Y hay aún otro gran filósofo en la Alemania del tiempo. Opacado en los medios universitarios por la presencia imponente de Hegel, pesaría largamente en una dirección distinta. Es Schopenhauer, cuya obra capital, Welt als Wille und Vorstellung (El mundo como voluntad y representación) apareció en 1819 (con un segundo volumen que la completa, en 1844).

            También Schopenhauer parte de Kant. Para él el “noumenon” kantiano es voluntad. El todo es una voluntad ciega. Con los sentidos y el entendimiento solo podemos conocer fenómenos del mundo; lo vivimos con la voluntad. La voluntad es el núcleo de cada individuo y, analógicamente, del todo. La voluntad del hombre es ciega. Un perpetuo desear. Una voluntad que carece de sentido. También el mundo. El individuo, sin cuándo ni dónde absolutos, es un presente que es un continuo caer en el pasado. Mas, a pesar de esto, todo quiere vivir. Es el impulso a la vida. Pero, asegurada esta vida, el individuo no sabe qué hacer, quiere huir de una vida que es aburrimiento. Todo se sume en un perpetuo ciclo trágico.

           

            Para Schopenhauer, Leibnitz es absurdo con  su iluso optimismo; Hegel, gratuito en su evolución glorificadora de la historia. El radical pesimismo schopenhaueriano -la forma más radicalmente elaborada del sentimiento romántico- sintonizaría más con la cosmovisión del hombre que viviría el siglo y medio siguiente en Europa -en especial, el trágico siglo XX.

           

            Iba a evolucionar después Schopenhauer y, por influjo hindú, propugnaría que la multiplicidad en que se manifiesta la voluntad en el espacio y el tiempo debía volver a la unidad primitiva. Vio en el arte una vía para ello. El arte llega a las ideas -otra vez en la filosofía de esta hora el peso de Platón-. El arte arranca  la idea del torrente cósmico. “En la Música nos habla la voluntad del mundo”.

                                  

            Pero la fuga por el arte dura poco. La salvación la da la ética. La ética de la compasión, que nos abre a los demás. El filósofo ve en los demás el camino al Uno, como el maestro Ehrkard[16].

           

            Otro gran filósofo que se une al conjunto de reflexiones de la filosofía alemana del tiempo empeñada en convertirlo todo en ciencia de la razón es Schleiermacher. El emplazó sus baterías hacia la religión. La religión, asentó en su punto de partida, no puede ni demostrarse ni impugnarse teóricamente. Consiste en una identidad de lo finito e infinito en el sentimiento. La razón, reflexionando sobre este sentimiento, formula, con ayuda de los conceptos, diversas doctrinas y así nacen los dogmas de las diversas religiones. Estos dogmas pueden ser falsos; la religión, no. Y, como Dios es infinito, la religión, que es presencia suya en nuestro sentimiento, es infinita, y se manifiesta de infinitas formas: son las religiones positivas, que tienen igual valor, aunque la más perfecta sea la cristiana.

           

            Entre 1821 y 1822 Schleiermacher publicó Der Christliche Glaube (La fe cristiana). La concepción hegeliana del avance dialéctico de la historia en síntesis siempre tensas de contradicciones (antítesis) de las que brotan nuevas síntesis había sido un reto incitante para interprertar la persona de Jesús. Jesús no podía ser sino una “tesis”, que sería contradicha por una “antítesis”.

           

            El de Jesús -y el cristianismo- fue uno de los temas en que más se interesó la izquierda hegeliana. En 1835 aparece la Leben Jesu (Vida de Jesús) de David-Federico Straus -con un segundo volumen al año siguiente-, que sería la obra de mayor influencia de esta corriente y uno de los factores desencadenantes de la escisión en izquierda y derecha en el hegelianismo. Trabajando con categorías hegelianas, Straus despliega en la construcción de sus hipótesis una riqueza de ingenio de que carecieron generalmente sus sucesores, y apoya las ideas más atrevidas en textos cuyo sentido literal establece, sagazmente en ocasiones. De conformidad con el esquema hegeliano, su Jesús de Nazareth es pálido e irreal y no interesante sino como símbolo del verdadero Cristo, que es la humanidad. La vida de Jesús son concepciones ideales traducidas en términos de historia o vestidas con ropajes místicos. Inicia así Straus una corriente que conocería larga vida, la “desmitologización” del Nuevo Testamento.

           

            Más radical que la Vida de Jesús fue Wesen des Christentums (La esencia del Cristianismo) de Ludwig Feuerbach -ya mencionada párrafos arriba-. Feuerbach consuma en religión la revolución copernicana del hegelianismo que Marx haría en otro campo. Abandona el punto de partida hegeliano del absoluto, como algo sin sentido, y lo reduce todo a lo humano. “La conciencia de Dios es la autoconciencia del hombre, y el conocimiento de Dios, el autoconocimiento del hombre”, escribe en Wesen (Cita de la segunda edición, la de 1849), y resume: “El misterio de la teología es la antropología”, y la gran tarea para el hombre moderno es la transformación y disolución de la teología en antropología. El hombre proyecta fuera de sí su esencia humana, la llama Dios y la adora. De allí la tarea propuesta, que acabará por lograr la “reducción de la suprahumana, sobrenatural y antirracional esencia de Dios a la natural, inmanente e innata esencia del hombre”.

           

            Y en esa misma hora  que marca para décadas la exegesis liberal, Bruno Bauer, teólogo hegeliano de la derecha, que había atacado la Vida de Jesús y objetado a Hegel su panteísmo, llega, bajo la influencia de Marx y materialistas franceses, hasta a negar el núcleo histórico de los Evangelios y la existencia misma de Jesús de Nazareth. El Cristianismo era encarnación irracional y fantástica de la “autoconciencia”, que él ponía en lugar del Espíritu absoluto de Hegel. Su Kritik der Synoptiken (Crítica de los sinópticos) (1841-1842) -que motivó que le fuese retirada la autorización para enseñar- puso los fundamentos de la crítica de las fuentes históricas, que él mismo había manejado ya en su Crítica de la Historia Evangélica de San Juan, un año antes.

 

 

LA FILOSOFÍA FRANCESA

 

            A principios de siglo en la Universidad francesa las cátedras de filosofía se mueven entre eclecticismo y espiritualismo. La figura del espiritualismo es Maine de Biran (1766-1824), que separó espíritu y materia (Nuevas consideraciones  sobre las relaciones, entre lo físico y lo moral). Cabeza visible del eclecticismo era Victor Cousin (1792-1867), con una filosofía de conciliación de Kant con Descartes, Leibnitz y hasta Locke, buena para no alarmar la sensibilidad francesa.

           

            Más vigoroso fue otro movimiento que nace en este período y se impone ampliamente después de la revolución de 1848: el Positivismo. Su fundador, Augusto Compte (1798-1857), por años secretario de Saint-Simon, publica, entre 1830 y 1842, su Curso de filosofía positiva. La ciencia, sostiene en él, ha de renunciar a penetrar en la esencia de las cosas; debe limitarse, modesta y seriamente, a describir lo exterior de los fenómenos, a cómo ellos se producen. Piensa fuera del ámbito de la filosofía el concepto de causa: la ciencia trabaja con leyes. “El estudio de los fenómenos -escribió en El espíritu de la filosofía positiva-, en vez de llegar a convertirse en absoluto, debe permanecer siempre como un estudio relativo que depende de nuestra organización y de nuestra situación”. Y asombra cuanto de este espíritu lúcidamente pragmático iría presidiendo cada vez más el mundo de las ciencias hasta rematar en postulados como el principio de indeterminación de Heisemberg, en el siglo siguiente.

           

            Compte presentaba el método positivo como tercera fase del desarrollo de la mente humana, superados los estadios teológico -que aspiraba al conocimiento absoluto y lo buscaba por fuerzas sobrenaturales- y metafísico -que reemplazaba las fuerzas sobrenaturales por esencias metafísicas.

           

            En lo social, Compte propuso una nueva disciplina y hasta la bautizó: Sociología. Dividió su concepción social en una estática -el estado de equilibrio del organismo de la sociedad humana- y una dinámica -la transformación social-. Esa evolución debía tener “el amor como principio, el orden como base y el progreso como fin” -sintetizó en su Resumen general del positivismo-. El renacimiento moral era el fundamento del progreso humano.

 

 

LA FILOSOFÍA SOCIAL

 

            Fuera de Alemania, la filosofía deserta de las especulaciones idealistas de Fichte, Hegel y Schopenhauer para reflexionar sobre los grandes conflictos de la sociedad de su hora.

           

            Ya a comienzos de siglo aparecen pensadores de esta laya en la Francia de la Revolución: Saint-Simon y Fourier, y en Inglaterra, el país donde el capitalismo había madurado y, por ello mismo, las contradicciones que planteaba como sistema social eran más flagrantes, Owen. Todos ellos -y algunos otros menores- son los “socialistas utópicos”, que partían del reconocimiento del estado de injusticia social que había consagrado el régimen burgués.

           

            Saint-Simon, nacido en la nobleza, fue partidario de la Revolución y, defensor de la igualdad y libertad, pidió a la Asamblea la supresión de los privilegios de los nobles. A la hora de la reacción se convirtió en cabeza del socialismo utópico. Entre 1817 y 1818 aparecieron cuatro tomos de trabajos suyos con el título de La industria, o consideraciones políticas, morales y filosóficas en interés de cuantos se dedican a un trabajo útil e independiente. Siguieron obras como Sobre el sistema industrial (1821-1822), Catecismo de los industriales (1825) y Nuevo cristianismo (1821) -importa advertir para hacerse una idea exacta de personaje que tanto pesó en su tiempo que fue todo un pensador; para Engels, fue, con Goethe, “el cerebro más universal de su tiempo”, y en verdad lució, como Goethe, un talento abierto a anchos horizontes, que lo mismo trabajó en ciencias que en filosofía.

           

            Cada siglo tiene su carácter -proclamaba Saint-Simon- y pensaba que el suyo era un tiempo de gran progreso, relacionado con la aparición del capitalismo; pero este, creía, es transitorio. Y condenaba al capitalismo y aspiraba a un régimen mejor, el socialismo, una sociedad en que “trabajarán todos los hombres”. En ella debería haber una organización planificada de la producción, con la dirección  a cargo de los hombres de ciencia y los industriales -los artistas podrían incorporarse-. Sostenía que no cabía más libertad que la que podía proceder de una buena organización del trabajo. Rechazó soluciones espiritualistas a los problemas sociales e inauguró la interpretación económica y materialista de la historia social.

           

            Fourier, en cambio, era hijo de comerciante y, arruinado este, conoció la miseria. Tras varias obras, en 1829, hizo la exposición más completa de sus ideas en Nuevo mundo económico y societario, o descubrimiento del trabajo atractivo y transformador de la naturaleza distribuido en series según las pasiones.

           

            Cartesiano, proclama que la nueva teoría social solo puede edificarse sobre la duda universal, que cuestione radicalmente todos los inveterados prejuicios de la civilización. Y acusa a los “ilustrados” del siglo anterior de no haber tenido esa actitud crítica frente al régimen social.

           

            La contemplación de las calamidades de su tiempo -en que había desembocado una evolución más discordante que armónica- le ha inspirado la necesidad de una “nueva ciencia”, el socialismo utópico. Un vicioso sistema industrial ha entrado en crisis; ha producido un “mundo al revés”, un “mecanismo que funciona en sentido contrario”. Ante tal desorden opone al capitalismo un “régimen societario”, en que el trabajo vuelva a ser fuente de placer al hacer cada cual aquello a lo que está inclinado y puede realizar. Fourier lo asienta todo sobre el bonheur, concebido como el juego armónico de pasiones y medios de satisfacerlas: “Le bonheur ... consiste à avoir beaucoup de passions et beaucoup de moyens de les satisfaire” (“El placer consiste en tener muchas pasiones y muchos medios de satisfacerlas”). El falansterio -plasmación inmediata de estas ideas- se basaría en un trabajo armónico al impulso de las tres “pasiones distributivas”: innovación, emulación y entusiasmo. Y la distribución de ganancias se haría con arreglo a tres variables: capital, trabajo y talento.

           

            A estas empresas intelectuales en busca de una sociedad mejor, deben añadirse, en Francia, Quést-ce que la proprieté (1840) de Proudhon y Organization du travail de Luis Blanc (1840).

           

            Owen, que dirigió a los veinte años una fábrica textil y trató de mejorar las condiciones de vida de sus obreros, comprendió al cabo de esa experiencia que la filantropía no bastaba para cambiar un orden social injusto, en el que los trabajadores producían incomparablemente más riquezas que antes de las máquinas y, sin embargo, vivían una existencia infinitamente más miserable. Tras años de reflexión publica, en 1830, Lecciones sobre un estado completamente nuevo de la sociedad, y, en 1849, La revolución en la conciencia y la actividad práctica del género humano, o el paso futuro de la sinrazón a la razón.

           

            Owen apunta a resolver las contradicciones engendradas por la revolución industrial. Enfoca su crítica contra los soportes de la sociedad capitalista: la propiedad privada, fuente de desigualdades; la división del trabajo, que deforma al obrero, y la competencia, que ciega y endurece. No reniega de la revolución industrial, a la que le reconoce haber transformado las fuerzas productivas como nunca antes, pero busca salvar las diferencias entre capitalistas y obreros que ella crea y agrava. Y propuso como solución el socialismo -sus partidarios fueron los primeros en usar la palabra-, un régimen en que los medios de producción se socializaran. Y decidió pasar a la acción: organizar colonias que hiciesen realidad esos ideales socialistas.

           

            Con todo este pensamiento social en el ambiente francés e inglés, llegaría desde los campamentos hegelianos y equipado con el poderoso instrumento de la dialéctica, Marx para dar un andamiaje conceptual más radical y sistemático a toda esa inquietud e ideas vigentes. A Marx y Engels, el Congreso de la Liga de Comunistas (1847) -la antigua Liga de los Justos, cambiada a esta otra faz precisamente por insinuación de Marx- encarga redactar el programa de la Liga, y ese programa se traduce en los estatutos. El primero establecía: “El objeto de la Liga es el derrocamiento de la burguesía, la elevación del proletariado a clase dominante, la supresión de la antigua sociedad, que descansa sobre la dominación de clase y la instauración de una sociedad nueva sin clases y sin propiedad privada”. Se anunciaba así la substancia del Marxismo. Acabado el Congreso, Marx y Engels volvieron a Bruselas y redactaron el manifiesto para que se imprimiese en Londres. Apenas había salido de las prensas cuando estalló en París la Revolución de 1848.

           

            Para los autores del Manifiesto, el conflicto entre proletarios y capitalistas no era  sino una fase de larga lucha entre clases sociales. La historia iluminaba esa lucha: cómo una clase lograba la riqueza y luego el poder, solo para ser derribada por otra, y así en movimiento sujeto a ineluctables leyes -las de la dialéctica hegeliana-.. En tiempos recientes la lucha de clases había sido entre los aristócratas terratenientes y los capitalistas de la clase media. En la actualidad la revolución industrial había aumentado la riqueza y el poder político de los capitalistas a costa de los terratenientes. Pero se había presentado entonces en escena la clase opositora de esa clase capitalista, la clase proletaria, que acabaría por destruir a la capitalista. Para ello ese proletariado debía cobrar “conciencia de clase”, y la obligación de los “comunistas científicos” -muy diferentes de los “socialistas utópicos”- era ayudar a los proletarios a cobrar esa conciencia e incitarlos a la “lucha de clases”. Terminaba el Manifiesto con el reclamo revolucionario: “Los proletarios no tienen que perder más que cadenas, y tienen un mundo que ganar. ¡Proletarios de todos los países, uníos!”

           

            El Manifiesto Comunista despertó escaso interés en esta hora y apenas si tuvo respuesta. Lo uno y lo otro ocurriría a partir de 1870 -en 1867 publicaría Marx  el primer tomo de su gran obra teórica: El Capital.

 

 

NACIMIENTO DE LA ECONOMÍA POLÍTICA

 

            Mientras en Francia nacía la Sociología, el pensamiento social inglés, más pragmático y distanciado de los fervores socialistas de la hora, se empeña en penetrar lo que ve en la base de toda esa conmoción social, la economía. En 1818, el banquero David Ricardo publica la obra capital de la economía (después de Inquiry into the nature and causes of the wealth of nations de Adam Smith, que era de 1776): Principles of political economy and taxation, teoría de la renta, el dinero y el valor en forma de conceptos generales y principios abstractos.

           

            John Stuart Mill, amigo y discípulo de Ricardo y pensador adscrito al Positivismo, autor de un Sistema de lógica deductiva e inductiva (1843), teoriza derivando la vida económica del egoísmo en Principles of Political economy with some of their applications to social philosophy, en 1848.

            Estas elucubraciones fríamente económicas se templaban con un gran influjo, que venía de muy atrás, del XVIII - aunque el filósofo muere en 1832-, el de Jeremy Bentham, quien dedicó su tarea intelectual a reformar los abusos del derecho inglés y humanizar instituciones deshumanizadas, desde un principio utilitario -como buen inglés-, pero altruista: la felicidad máxima para el mayor número posible. La “Escuela de los utilitaristas” propugnaría la transformación racional de la sociedad sobre un principio de utilidad, y su influjo se extendería hasta la América Latina. Para Marx, Bentham era oráculo a la par sensato y pedante, melancólico y charlatán, de la sensatez burguesa del XIV y, en último término, “genio de la estupidez burguesa”.

 

 

UN FILÓSOFO RUSO

 

            En el extremo de Europa, un filósofo responde a las inquietudes del pensamiento de este primer medio siglo: Vissarion  Grigorievich Belinski (1811-1848).

           

            Muy joven, miembro de la Sección de Letras de la Universidad de Moscú, eleva su voz contra la servidumbre. La condena en su drama Dimitri Kalinin (1830). Nace a la filosofía bajo el signo de la Ilustración y se aproxima luego al idealismo alemán de Hegel, Schelling y Feuerbach. Le seduce la idea de la naturaleza sujeta a proceso de perpetuo cambio con desarrollo progresivo entendido como proceso complejo y contradictorio, pero originador siempre de formas nuevas, con avance dialéctico hegeliano. “Todo lo vivo -veía- se diferencia de lo muerto en que, en su esencia misma, encierra el principio de contradicción”. Y ese desarrollo alcanza a lo social y también al conocimiento de la verdad, que se desarrolla -sostenía- históricamente. En lo social, las transformaciones -hacia el socialismo- no se lograrían “por las frases dulces y entusiastas de una Gironda ideal y de alma sentimental, sino por los terroristas, por una espada de doble filo, como es la palabra y obra de los Robespierre y Sait-Just”. El último Belinski rechazaba airadamente las conclusiones reaccionarias de Hegel, que veía como culminación del proceso de la historia el régimen prusiano.

           

            En 1847 Belinski escribe una célebre Carta a Gogol, en que somete a demoledora crítica el régimen autocrático ruso basado en la servidumbre y reivindica el papel de la literatura para luchar por la liberación del pueblo. Exalta al pueblo ruso como garante del destino histórico de Rusia por su sentido común e inteligencia.

 

 

EL PENSAMIENTO EN ESTADOS UNIDOS

 

            Y al norte del Nuevo Mundo, en Estados Unidos de América, el capitalismo se expandía como en ninguna otra parte del orbe. Llegaban un poco tarde las grandes innovaciones de la técnica -solo en 1828 se tiende la primera línea férrea, entre Baltimore y Washington-,. pero, llegadas, crecían con ritmo frenético: para 1861 la red ferroviaria alcanzaba 48.000 kilómetros.

           

            El pensamiento de los pocos teóricos de sociedad tan dada a lo económico y material buscaba legitimar el estado social. Carey en su Pasado, presente y futuro, de 1848, veía en el capital y salario y en la propiedad agraria fuentes de armonía y no de antagonismos. Y para Kriegue -director del “Wolkstribune”, de fachada socialista- los intereses de la burguesía y el proletariado eran los mismos.

           

            A turbar tamañas ingenuidades llegaron las ideas de los socialistas utópicos. Adeptos de Owen, Fourier y Saint-Simon crearon  comunas cooperativas: “Nueva Armonía”, “Brook-farm”, “Icaria”. El propio Owen pasó a Estados Unidos y organizó una “cooperativa socialista”.

           

            Pero ese régimen tenía un enorme lastre -y lacra- en la esclavitud, y gentes más críticas y de ideas sociales avanzadas se convierten en fermento para el abolicionismo, que vencería en guerra declarada en los años 1861-1865.

           

            Un pensamiento original importante provino de otros círculos y otras inquietudes. Nació en el seno de un curiosísimo Club, que se llamó a sí mismo “trascendental”, creado en Boston por jóvenes afectos a filosofar. Hubo allí de todo -“barbudos representantes de todas las sectas”, que se  dijo en un libro de Emerson-, pero dominó un pensamiento antieclesiástico -“el púlpito emite en nuestro tiempo un tono sordo y equivocado”, proclamaba Emerson, que había sido predicador-, pero también antimaterialista, más moral que científico, más ecléctico que sistemático. De tal foco de fervores intelectuales brota, en 1835, Naturaleza de Ralph Waldo Emerson. Fue ese más un canto a la naturaleza que un empeño filosófico de penetrar en sus secretos y desembocó casi naturalmente en lo más romántico de las concepciones schellegelianas de exaltación de lo espiritual y en el misticismo de Swedenborg.

           

            Emerson redondeó su pensamiento en dos entregas de Ensayos (1841 y 1844), Hombres representativos (1850) y La conducta en la vida (1860). De un vaivén de concepciones, que arranca de Platón y pasa por variadas estaciones, lo que queda de este pensamiento disperso y libre es ético: la moral como base del ser. Una moral que fraguó en ascetismo natural y en rechazo de la voracidad de riquezas de los hombres de negocios; que exaltó el modesto trabajo de los hombres sencillos. Para el pensador, el mayor bien era la libertad, y el camino hacia ella, la autoperfección moral.

           

            Otro miembro del Club Trascendental que realmente trascendió por su pensamiento fue Henry David Thoreau (1817-1862). Pesó con su obra Walden o la vida en el bosque, de 1854. Partió de la idea emersoniana de la autoperfección moral como camino a la libertad y renovó la protesta contra una sociedad fundada en el afán de lucro y el egoísmo. Una sociedad así -proclamó- es incapaz de hacer la felicidad del hombre. Contra esa sociedad propuso luchar con armas ajenas a ella: pasivas. Negarse a pagar impuestos, a ir fielmente a la iglesia. Y entregarse a la contemplación de la naturaleza. El mismo lo hizo retirándose a una cabaña a orillas del pantano de Walden. Esa experiencia sería recogida en su gran libro.

           

            No hay, en suma, clima para la filosofía en Estados Unidos. Y las .ciencias progresaron vigiladas celosamente por una religión que se había constituido en ángel guardián del establecimiento. Nataniel Bowdid tradujo la Mecánica celeste de Laplace -editó su traducción entre 1829 y 1839- y se malquistó con las gentes de iglesia. Años más tarde, las ideas de Darwin provocarían verdaderos procesos inquisitoriales.

 

 

HACIA LA NUEVA HISTORIA

 

            No es Hegel quien moviliza grandes olas de inquietud intelectual europea del período hacia la historiografía. Es el tiempo el que incita a reflexionar sobre el acontecer histórico para iluminarlo -el tiempo torna histórico el pensamiento lo mismo de Hegel que de Marx-. Porque en los años que comienzan con la Revolución Francesa, como en ningún otro período del largo trayecto del viejo continente, la historia irrumpe por todos los rincones de la vida europea y compromete a todos los estratos sociales. De una humanidad inmersa en el tumultuoso acontecer histórico, era natural que quienes habían trepado a miradores de alguna altitud y gozasen de alguna holgura para instalarse en ellos, tratasen de entender desde su presente qué era lo que había pasado y estaba pasando. Y al descubrir en su otear horizontes que aquel había sido un tiempo en que casi todos los valores tradicionales y convencionales habían sido sacudidos desde sus mismos cimientos, su reflexión histórica se vio animada por aires de de novedad y el trabajo se hizo en un clima de libertad desconocido hasta esa hora de radicales transformaciones sociales, conquistadas precisamente en nombre de la libertad y bajo sus banderas.

           

            Ya hemos asistido al interés de la izquierda hegeliana por reinterpretar la historia de Jesús y desvelar los orígenes del cristianismo. Del ya nombrado Schleiermacher se deriva la Escuela Histórica de la Religión -en que militarán Hermann, Gunkel, Bosset, Weis.

 

            En Francia, los historiadores son liberales y su tarea no puede entenderse sino dentro del marco de la Revolución de 1789, consagrada por la Carta de 1840 y vencedora de la reacción ultrarrealista en 1830. Llegan a la historia para, de un modo u otro, defender el nuevo estado social, con hegemonia de la burguesía y libertad. Y son racionalistas, herederos de Voltaire. Y, arrastrados en el vórtice de acontecimientos que se encadenaban implacablemente, son deterministas. Las cosas -dijo por ahí Guizot- sucedieron como debían suceder. Naturaleza y circunstancias lo imponían.

           

            El ecléctico Cousin inicia en 1828 un célebre curso de historia de la Filosofía, influenciado por Hegel. Esas lecciones, a las que asiste Thierry, dan comienzo a la época clásica de la historiografía francesa, que se inaugura, en 1829, con la Introduction à l´histoire de la philosophie y la Histoire générale de la philosophie jusqu´à la fin du XVII siècle.

           

            Francois Guizot (1787-1874), el mayor de estos historiadores de la nueva escuela francesa, ve la historia próxima y reciente de Francia como la guerra del tercer estado contra los dos estamentos privilegiados, el clero y la nobleza. La Revolución fue el desenlace de esa guerra. Y, en general -concluye-, la historia toda de Francia ha estado presidida por la lucha de clases -con ropajes de partidos-. Y en cuanto a la historia inglesa halla que depende de lo económico y últimamente de la riqueza industrial. Esos son los hilos conductores de su Historia de la revolución inglesa (1826, 1854-1856). En su Historia de la civilización europea (1828) y otras obras tempranas había sostenido que el espíritu protestante había tomado forma política y se había convertido en reivindicación de la libertad.

 

            Adolphe Thiers (1797-1877), que escribió en 1823 una Historia de la Revolución francesa puramente política -asambleas y partidos; poquísimo de vida económica, luchas sociales, evolución de las ideas-, apartado del gobierno, inició en 1855 una Historia del Consulado y del Imperio, que continuó a partir de 1855, en que a lo político y lo militar, añadió la historia de las finanzas, pero, sin atender a las ideas y vida social, acabó en una historia de Napoleón.

           

            Agustín Thierry (1795-1856), político y periodista, adepto cuando mozo de Saint-Simon, centró su interés en ese nuevo actor del juego social que era el tercer estado: Ensayos sobre el tercer estado (1853). Thierry se interesó, el primero, en  las transformaciones artísticas y literarias.

           

            Francois Mignet (1796-1884) hace una Historia de la revolución francesa (1824), en que trata de explicarla por la lucha de clases.

 

            También Jules Michelet (1798-1874) es historiador liberal y racionalista, y es el mayor hededero de Voltaire: quiere hacer, como él, la historia total: no solo la política, también de la religión, la ciencia, el arte, la filosofía, y le hereda su voluntad de filosofar en la historia y hasta la pasión que llega a lo polémico. Atento a  las mayores corrientes del pensamiento europeo y, en particular, a la filosofía idealista alemana y a Vico, y romántico, y gran escritor, publicó en 1847 un primer volumen de su Historia de la Revolución francesa, y, suspendido en sus funciones en el Colegio de Fancia (1851) por republicano y expulsado de los archivos nacionales, la terminó retirado en el campo en 1853. Y allí trabajo su Historia de Francia, que fue la primera que puso en el centro, como real protagonista, al pueblo de Francia -aunque, como se le ha reprochado, con razón, no descendió hasta la vida misma de ese pueblo, con su diversidad, su vida cotidiana, sus condiciones económicas y sociales.

           

            Contrasta con estas panorámicas más críticas el pensamiento -soberbiamente escrito- de Thomas Carlyle (1795-1881), para quien “la historia del mundo es la biografía de sus grandes hombres”. A esos grandes hombres dedicó su obra más famosa: Los héroes. El culto a los héroes y lo heroico en la historia (1841), que cerró con un poderoso Cromwell y un desvaído Napoleón.

           

            Pero el desconcertante y enigmático Carlyle también descifró, con soberbia agudeza, las causas de grandes acontecimientos y se dejó arrebatar por los vientos de la tumultuosa historia del tiempo para alzarse contra la tiranía de los estuardos. Y su filosofía de la historia profetizaba hallarse la humanidad en el paso de la segunda civilización -Cristiandad y Edad Media- a la tercera -los tiempos modernos.

 

            Se impone completar este sumario mapa de los historiadores en este momento decisivo para la historiografía moderna con el conde de Tocqueville y sus dos obras más importantes: La democracia en América (1835-1840) y El Antiguo Régimen y la Revolución (1856). En la primera, Tocqueville analiza las fuerzas que mueven la historia: para explicar las instituciones democráticas de Estados Unidos de América parte de las condiciones geográficas, que retaban a la iniciativa de los particulares; de allí siguió a la situación social, y de allí a lo político y lo moral. Llegó al “espíritu de la nación”, haciendo historia con mayor ampllitud y profundidad que los historiadores que le precedieron. La segunda obra, corta, apretada, sin relato alguno, es el análisis filosófico más penetrante de la revolución. Solo le faltó la perspectiva revolucionaria de las masas populares.

           

            Por fin, el nacionalismo -otro rasgo caracterizador del tiempo-, que despertaba interés apasionado por los pasados nacionales, también animó tareas historiográficas. Por muchas partes se pusieron en marcha grandes empresas de recuperación de las historias medievales, desde sus fuentes. En 1800, el Parlamento inglés designó una “Comisión de Archivos” para compilar “crónicas y memoriales de Gran Bretaña e Irlanda en la Edad Media”. En 1826 aparecía el primer volumen de los Monumenta Germaniae. Y Francia iniciaba en 1834 la Collection de documents inédits. Las historias por venir serían cada vez más documentadas y eruditas.

 

 

LA CIENCIA RECLAMA UNA FILOSOFÍA

 

            El vértigo de la cada vez más pujante revolución industrial hinchó las velas de numerosas empresas científicas que, casi todas, miraban por el rabillo del ojo a posibles aplicaciones utilitarias -y en su raíz estaban impulsadas por las necesidades de la producción capitalista y la gran industria. Química y Física se desarrollan en paralelo con la revolución industrial, a caza de logros de aplicación directa a la industria. Pero ello sucede en muchos otros terrenos de la ciencia.

           

            Se trabaja sobre formas de energía: su transformación: Faraday; la ley de su conservación: Carnot, Mayer, Helmholtz; sobre la mecánica: Gauss, los hermanos Weber, Mach, Hertz; en termodinámica: Fourier, Dulang, Carnot, Mayer; en electrodinámica: Ampère, Ohm, Poison; dan una visión nueva de los fenómenos eléctricos Faraday, Hertz (Maxwel continuaría las investigaciones hasta su muerte, en 1879); en Química, se fijan analíticamente los elementos: Davy, Berzelius; Wöler obtiene, en 1839, en laboratorio un producto que solo se producía en procesos animales, la úrea; surge la espectroscopia: Bunsen, Kirchhoff, y la electrólisis: Clasius  y Arrhenius; otros avances decisivos en Química son los de Liebig; en Fisiología, los de Johannes Muller; en Matemática y Física, los de Gauss[17] . Y abrió nuevos horizontes a la Geografía ese gran viajero por América que fue Alexander von Humboldt.

           

            Todo este fervor científico pesa en el pensamiento filosófico: las ciencias eran el camino al saber riguroso, sólido, confirmable. Ello se convirtió en era axioma que animaba todo un vasto movimiento antirromántico en las tareas especulativas de la hora. Ya sabemos que este espíritu cuajó en el Positivismo, que sería el movimiento que dominaría la filosofía europea desde el final del período que nos ocupa y llegaría a adquirir el status de concepción del mundo casi hegemónica.

           

            En dar a los nuevos descubrimientos científicos su trastienda filosófica jugó papel destacado el inglés Johh Dalton (1766-1844), cuyo Nuevo sistema de la filosofía química apareció de 1805 a 1810. Para él las partículas elementales indivisibles eran los átomos y de sus combinaciones brotaban los elementos químicos. Esto seguramente no era del todo nuevo; su real aporte, en consonancia con el espíritu científico del tiempo, fue comprobar la concepción  del átomo, ya antigua, con datos experimentales del análisis químico y, al descubrir en los átomos propiedades químicas -como el peso atómico y la capacidad de establecer relaciones combinatorias-, superar el anterior atomismo, que era mecanicista.

           

            El logro, en 1824-1828, de Friedrich Wöler, por síntesis de inorgánicos, de una composición orgánica, la úrea pareció borrar ese abismo que la filosofía, desde la Escolástica hasta Kant, tenía abierto entre naturaleza inorgánica y orgánica. Claro que los “vitalistas” objetaron que la úrea era un residuo muerto y no un organismo vivo.

           

            Las ciencias naturales lograban la fundamental conquista de la célula.  En 1837, el biólogo checo J. Purkine “comunicaba” a la comunidad científica el descubrimiento de las células nerviosa y ganglionares del cerebro. Mostraría que la célula no es un espacio vacío cubierto por una membrana, sino que tenía una substancia primaria, el protoplasma. Funda la histología científica y abre nuevos horizontes a la interpretación de lo que es la vida. Un año más tarde, Schleiden descubre la célula vegetal; y al año siguiente, Theodor Schwann anuncia que también en el organismo animal la célula es el principal constituyente y que unas mismas leyes presiden el desarrollo de las células vegetales y animales; en 1843 Koelliker prueba que el huevo es una célula desarrollable. Y la bacteriología nace a mitad del siglo, cuando Davaine descubre el bacillus anthracis.

           

            Los nuevos conocimientos sobre los fenómenos eléctricos abrieron camino a nuevas hipótesis sobre su naturaleza e iluminaron las relaciones entre los fenómenos térmicos y mecánicos. Sadi Carnot publica en 1824 Reflexiones sobre la potencia motriz del fuego y sobre las máquinas capaces de desarrollar esa potencia. Se daba de baja uno de esos viejos fluidos imponderables, el “calórico”.

           

            Una revolución aun mayor iba a operarse en la filosofía de los seres vivos. En 1809, Jean Baptiste Lamarck (1744-1829) publica su Filosofía zoológica. En ella rechazaba el fijismo de Linneo, para quien las especies eran invariables. Lamarck, aun sin los datos que proporcionarían más tarde la paleontología y la embriología, afirmó que las especies eran mutables, que había un proceso evolutivo. Y señaló ya causas de esa evolución, como el medio ambiente. “Las circunstancias externas -afirmó- influyen sobre la forma y la organización de los animales”. Es lo que Darwin confirmaría medio siglo más tarde -sin duda cuando hacía el viaje en que maduraría su hipótesis, en el Beagle, de 1831 a 1836, conocía la obra de Lamarck-. Y en otra intuición genial entrevió que los organismos poseen una tendencia interna que los empuja a un fin y que puede generar órganos nuevos.

           

            Charles Lyell (1797-1875) llevó el concepto de evolución a la historia de la Tierra en su Fundamentos de la Geología (1830-1833). Pero para él “la Tierra no se desarrolla en una dirección determinada, sino de modo casual e inconexo”.

           

            En el campo de la Física, Faraday (1791-111867), en trabajos de 1830, demuestra que el magnetismo se transforma en energía y viceversa y resuelve “el problema de la identidad de la naturaleza de las electricidades”.

 

            Estos comienzos de siglo abrían los caminos para la interpretación del mundo en términos de materia y energía y como un universal proceso de evolución.

 

 

LA HORA DEL GUSTO BURGUÉS

 

            Este tiempo, que, de un modo u otro, gira en torno a la Revolución Francesa y los primeros empeños europeos por digerir tan violento sacudón a instituciones sobre las que se había edificado la sociedad del viejo mundo y sus proyecciones hacia el resto del mundo [18], es, en cultura y arte, período de transición. Los períodos de transición son especialmente fascinantes porque en ellos todo se siente en trance de alumbrar otras maneras de ser -frente a otros en los que domina lo instalado; es decir, ya más o menos quietos-, y son decisivos porque de la dirección que tome ese tránsito dependerá lo por venir. Son horas de optar, de poner proa hacia tal o cual deriva, apartándose de otras posibles.

           

            En arte estos convulsos años son de intenso tránsito hacia formas nuevas ya anunciadas y hasta adelantadas significativamente en la segunda mitad del siglo XVIII. En síntesis simplista cabría decir que se consuma el paso -al que he dedicado espacio en el capítulo I de mi Literatura en la Audiencia de Quito, el siglo XVIII- de lo cortesano y aristocrático -el Barroco y Rococó- a lo burgués. Por una vertiente el naturalismo -Rousseau, Richardson- y por otra el racionalismo y clasicismo -Lessing, Winkelman- asedian el arte  cortesano y propugnan un arte de la naturaleza y del hombre común. Al finalizar el siglo, la transformación se ha dado. La burguesía, en Inglaterra primero y después en toda Europa, ha conquistado gran parte del poder económico y pugna por hacerse del cultural.

           

            Sintomático es el paso de los aristocratizantes y cerrados “salones” del XVIII francés a los “cénacles” del tiempo romántico, más abiertos y puramente literarios. Y algo más, decisivo: al haberse roto la uniformidad de gusto, plasmada en una retórica generalmente acatada, ha nacido la discusión y los “cénacles” se animan de intensas y esclarecedoras discusiones, a las que se añade, como salsa que lo sazona todo, la política. El “cénacle” reunido en torno a Victor Hugo en Notre-Dame-des-Champs convoca a Dumas, Musset y Balzac, Vigni, Deschamps y Saint-Beuve, junto a pintores como Delacroix, Deveria y Boulanger y el escultor David d´Angers. Y el cenáculo se torna aun más liberal en torno a Théophile Gautier y Nerval. Y nacen los centros de bohemia. Y, al volverse la Restauración más conservadora y represiva, apoyada por una burguesía arribista, contra esa burguesía se volvieron los odios de los artistas  y creció el desprecio del ideal burgués de vida convencional y domesticada, traducido en un gusto que los artistas más críticos juzgaban detestable. “A los ojos de los burgueses -escribió Stendhal en La cartuja de Parma- la caricatura cumple las veces de belleza”. De esa repulsa a la mediocre y utilitaria existencia burguesa surgiría el ideal de “el arte por el arte”. Eso es, en su momento más auténtico, con Gauthier, Stendhal y Merimée. Solo más tarde el rechazo a lo burgués daría en renuncia a la actividad social y política y encerramiento en torres de marfil. Esa fue otra manera de vivir “el arte por el arte”.

           

            Ilustra ese paso de lo aristocrático a lo burgués, de modo especialmente sugestivo, Mozart cuando rompe con la dependencia de un patrono, el Arzobispo de Salzburgo, y crea para públicos cada vez más universales y cada vez más burgueses. (Por supuesto, el tránsito, en la enjundia misma de la música, sería del barroco cortesano y eclesiástico a maneras románticas).

           

            Y en los dominios del libro, lo que advirtiéramos ya en la panorámica del siglo XVIII, alcanza dimensiones espectaculares: el acceso del burgués al libro revoluciona lo que era ya naciente industria. Entre 1817 y 1824 solo Touquet, el famoso editor, vendió, de un solo autor, un millón setecientos mil volúmenes. Y, por supuesto, no se trataba de alguna obra cortesana o religiosa: era Voltaire. Es decir, de la Ilustración, que cobraba nueva vigencia con la burguesía -la reacción romántica contra la Ilustración se nutrirá precisamente de esta renovada presencia-. El ideal del burgués no es ya el gentilhombre sino el hombre ilustrado a lo Voltaire, alto ejemplar de burgués, sin que importen su hábitos de cortesano advenedizo y oportunista.

           

            Ese creciente público burgués imponía modos de circular y contenidos que congeniasen con tales modos al libro. Se multiplican las novelas por entregas -los folletines- y los mayores periódicos se disputan los títulos de mayor atracción popular. La Presse entrega obras de Balzac, una por año, entre 1837 y 1847. Le Siècle alcanza un éxito enorme con Los tres mosqueteros de Dumas. El Journal de Débat se acerca a ese éxito con otro clásico del folletón burgués, entre sentimental y bizarro, dramático y edificante, rico de tipos desde los bajos fondos de la delincuencia parisina hasta la más refinada aristocracia, Los misterios de París de Eugenio Sue. También en este campo se consuma en el tiempo una transición: a la literatura como producto de consumo masivo y, por ello, materia de industria y comercio. Los periódicos venden por sus folletines y tratan de apropiarse, con ofertas tentadoras, de los autores de éxito. El Constitutionnel paga a Eugenio Sue cien mil francos por su El judío errante. Han cambiado radicalmente las estructuras de la producción literaria: ha desaparecido el mecenazgo; ahora el único “mecenas” es el editor; un “mecenas” filisteo, que no hace sino invertir y, como buen negociante, lo hace con preciso cálculo de las utilidades futuras.

           

            En el teatro, el burgués reclama presencia y voz en la escena. Se impone el drama burgués. Hasta esta hora de dominio de la sensibilidad y el gusto de una nueva clase parecía connatural que los seres sobre los que se abatía el destino ciego, demiurgo de lo trágico, fuesen grandes -reyes, nobles, guerreros-. Apenas si la comedia había atendido al burgués mediano -eso fue Moliere-. Ahora están los tiempos maduros como para que Lessing denuncie el carácter clasista de la tragedia clásica. La Revolución fue la última tragedia al antiguo estilo, y cortadas las cabezas empelucadas que cortó -algunas de soberbia altivez, como de tragedia clásica, hasta en la guillotina- quedaban las tablas listas para la nueva clase.

           

            Pero hubo algo más profundo en la transformación que el período consuma. Porque volverán a escena héroes trágicos -los que convoca Schiller- pero habrá cambiado el ser mismo de lo trágico: ya no los arrolla un Hado ciego e incomprensible, sino una necesidad histórica. Y lo que alienta en esos héroes no es ya un severo hieratismo clásico sino el aliento romántico. Lo que ocurre  con el teatro alemán de este tiempo de giro hacia lo romántico puede resumirse -en su manifestación más ilustre- en el paso de Schiller de su clásico Don Carlos al romántico Guilermo Tell -que es de 1804-. Los bandidos, muy temprano, de 1781, fue el anuncio adelantado del héroe romántico y se convirtió en verdadero manifiesto de sentimientos románticos, que le valió al poeta dramaturgo persecución, cárcel y destierro.

           

            Importa repetirlo: en esto, como en todos los hechos de literatura y arte, no hay corte, salto radical. El drama burgués ha tenido ya un importante teórico en el XVIII: Diderot -con sus De la poésie dramatique y Entretiens sur le Fils naturel- apostaba a  un naturalismo condicionado fuertemente por factores sociales y anunciaba héroes degradados sin nada de destinos trágicos. Todo sujeto a leyes naturales. Un drama doméstico. Todo esto se cumple en el tiempo en que nos hemos situado. Fruto aunque un poco tardío de la Revolución serían el vaudeville  y el melodrama. Eso que buscaba el burgués que llenaba las salas: diversión y emociones con lo reconocible de su cotidianidad. El arte dramático deja de habitar la corte -donde tenía que hacerlo cortesanamente- y se ha pasado con su atrezzo a la ciudad -que es el reino de la burguesía.

           

            La novela, que era ya desde hacía mucho una épica desmontada de heroicas cabalgaduras para andanzas del hombre medio -así vistiese sedas cortesanas-, asume definitivamente su condición de épica burguesa. Furetiere había llamado, en un temprano 1666, a su novela Roman bourgeois, y a la novela cortesana la ha purgado de preciosismo, en el siglo XVIII, la picaresca -el Gil Blas lo mismo que El diablo cojuelo-. Personajes sin más heroicidad que arreglárselas del modo más ingenioso para sobrevivir a los riesgos de cada día. Ya no interesan reyes ni príncipes de destinos singulares -buscarán refugio en los cuentos de hadas, que los Grimm recogen en el tiempo-. Interesa el hombre común y su vida ordinaria. Filón al parecer tan mediocre beneficiará en monumental galería de ordinarieces Balzac en su Comedia humana. Y también lo interior -que seducirá especialmente a la novela romántica- anclará en lo cotidiano: sin nada de altas y yertas moralidades, propias de clases o grupos ilustres; la psicología -gran aporte del XVIII- ahondará en vidas individuales extraídas del montón de la vida social. Estas nuevas maneras de interiorización de lo novelesco llegarán hasta la novela autobiográfica, punto más alto del paso de afuera hacia adentro y de la instalación del sujeto narrante en el objeto, como objeto narrado. Goethe proclamará que sus obras no son sino “fragmentos de una gran confesión” y su Werther será el triunfo del más desenfadado subjetivismo. Con ello la relación autor-público -mucho más viva ahora- romperá últimos restos de linderos y hará del lector confidente.

 

 

EL ALIENTO ROMÁNTICO

 

            En el período la burguesía se apodera de los grandes instrumentos de la cultura: es la que lee los libros, llena los teatros, ve los cuadros y los adquiere. Pero el arte está agitado por un aliento poderoso que traspasará aun sus más burguesas manifestaciones. Es lo romántico.

           

            La tensión entre lo romántico y lo burgués produce las más sugestivas paradojas del período. La primera y una de las más interesantes se da en Inglaterra. Es en Inglaterra donde en el XVIII la burguesía conquista gran parte del poder económico y ha pugnado por hacerse con el político, a impulsos de una revolución industrial en incontenible avance, que instaura definitivamente el capitalismo. Y es en esa Inglaterra donde aparece el primer romanticismo, mientras en la Francia revolucionaria -y la Revolución fue una manera política de romanticismo- se prolongaba largamente la tradición clásica del antiguo régimen. Con inalterable empaque clásico pintaba David ese gesto de desmelenado romanticismo que fue la coronación de Napoleón, arrebatando la corona de manos del Papa para ceñírsela él mismo.

           

            En Inglaterra el  romanticismo había ido creciendo obscura y vitalmente, y al alborear el XIX estaba maduro. Esa madurez se reveló estupendamente en 1798 en las Baladas líricas de Coleridge y Wordsworth. De los fríos y solemnes asuntos neoclásicos se había pasado a sentimientos místicos -Coleridge- y asuntos de la Naturaleza al parecer simples -Wordsworth-. Desde ese comienzo iluminado y fundador los dos poetas se lanzaron a un romanticismo libre y poderoso. “The ancien mariner” y “Kubla Khan” de Coleridge y pinturas de la naturaleza de tanta plenitud como “The prelude” y “The excursion” de Wordsworth. Vendrían, ya en pleno romanticismo europeo -acicateado por la ceñuda reacción conservadora orquestada por Metternich-, Shelley, Byron y Keats; Shelley y Byron románticos hasta en sus motivos. El héroe y las pasiones románticas -las más ilustres, el amor a la libertad y la rebeldía contra la tiranía- corren del Prometeo encadenado (1818-19) de Shelley al Don Juan (1819-24) de Byron -que fundió sátira de la sociedad inglesa con epopeya tensa de ironías-. Y Byron iría más lejos: hasta convertir su vida en el más entusiasta poema romántico y morir luchando en favor del nacionalismo griego.

           

            Todavía más tenso de contradicciones y enredado en paradojas es el otro nacimiento temprano y vigoroso del Romanticismo, el alemán del Sturm und drang, estallido juvenil que para alguno (Korff) fue en lo espiritual lo que en el campo político-social sería la Revolución Francesa.

           

            El Sturm und drang anuncia el Romanticismo muy tempranamente: el Ugolino de von Gerstenberg, en 1768; los trabajos de juventud de Herder; el Leonore  de Bürger, en 1774. El movimiento fue juvenilmente romántico con su “optimismo de la naturaleza” (Wilpert) y su proclamación de la Naturaleza como gran maestra de una vida plenamente humana y el gran demiurgo del arte; con su arremetida contra tabús sociales y cualquier forma de tiranía; con la vuelta a formas primitivas y populares de poesía (Las Volkslieder -Canciones populares- de Herder) y a la obra de los bardos antiguos (Gedicht eines Skalden -Poema de un escaldo- de Gerstenberg); por la primacía dada a emoción y pasión sobre razón y racionalismo -para Herder la lírica debía ser expresión vivencial y Haman profesó contagiosa atracción hacia lo irracional, impregnado de profunda religiosidad, al tiempo que rechazaba cualquier teoría, como lo más nocivo en arte- y por un sentimentalismo que corre a la par con el culto a la fuerza. Ya sin teorías ni preceptos, la gran norma del arte debía ser el genio. “El arte característico es el del genio creador” -proclamaba Goethe, y Haman en su Hechos memorables de Sócrates para los momentos de aburrimiento del público por un amante del aburrimiento (1759) decía que Homero desconocía las reglas del arte y Shakespeare los principios críticos; pero tenían el genio. Dejadas a un lado preceptivas y toda suerte de prescripciones limitantes quedaba como única norma y guía la naturaleza. La naturaleza debía inspirar al artista. Toda ella y no solo la tenida por bella. Esta renovada pasión por la naturaleza se tradujo en nuevos y dinámicos conceptos del hombre y la naturaleza misma. Y se los halló como en ningún otro en el genio más libre y rico de humanidad, Shakespeare. “El torrente de aquel genio se apoderó de él, arrastrándole a océanos sin límites, en cuya inmensidad no tardó en perderse”, escribió de su héroe Goethe en ese libro de suma de búsquedas formativas de un espíritu romántico que es su Wilhelm Meister, y poco más adelante, en ese mismo libro III de la primera parte de la  novela: “No recuerdo que un libro, un hombre, una circunstancia cualquiera de la vida, haya producido en mí impresión tan intensa como la de esas obras preciosas (...) ¡Si parecen la obra de un genio celestial que se ha dignado acercarse a los hombres para enseñarles de la manera más dulce a conocerse entre sí! No son poemas. Cree uno ver abierto ante sus ojos el libro inmenso del destino, a través del cual ruge el huracán de la vida más agitada volviendo violentamente las hojas”. De allí un verdadero culto al gran dramaturgo inglés. Shakespeare y el teatro isabelino “no tuvieron miedo alguno a desnudar totalmente la naturaleza” -proclamaba Lenz, y toda la hondura de ese desnudar la naturaleza humana brilló en.los apasionados análisis del Hamlet que hace el Wilhelm goethiano: “Creía estudiarle bien aprendiendo de memoria los pasajes principales, los monólogos y las situaciones donde la energía del alma, la elevación de pensamiento y la pasión se desbordan, donde el corazón conmovido se exhala en frases patéticas. Creía penetrarme del espíritu del papel abismándome en el piélago de una melancolía profunda, e intentando perseguir, bajo esta impresión, mi modelo por entre el piélago de sus extravagancias e irregularidades” (Primera parte, libro IV, III).

           

            Los jóvenes del Sturm und Drang, seducidos por lo irracional, rechazaron la Ilustración e impulsaron a la intelectualidad alemana hacia un espiritualismo despreciador de la realidad empírica, sin entender que racionalismo y empirismo eran aliados naturales de una clase media progresista (como lo ha señalado Hauser en su Historia social de la literatura y el arte). Es decir que el movimiento, de raíz burguesa, hirió en su raíz lo burgués, y un movimiento de recio aire revolucionario acabó sirviendo a los conservadorismos que iban a sofocar la Revolución. La paradoja se convierte en Goethe en simple abjuración. De su adscripción temprana al Sturm und Drang, juvenilmente romántica -que floreció en esa obra emblemática  del movimiento que es el Werther-, pasaría a ser grave fiscal de todo misticismo y un enamorado del orden, para quien el arte se convierte en empeño por “preservarse del poder destructor del conjunto”. En el invernadero cortesano de Weimar profesará un intelectualismo aristocrático, aunque sin renunciar a su vocación de artista burgués como hombre de oficio. Y, aunque llegaría a denunciar el Romanticismo como enfermedad, toda su soberbia existencia estaría marcada por el juvenil ideal romántico del genio como titán rebelde, creador sobrehumano, señor de sabidurías misteriosas, liberado de exigencias limitantes de la razón, la teoría y los convencionalismos. Goethe se yergue como la más alta y compleja paradoja de este período  presidido por las perplejidades de las horas de transición. Pero a Goethe hay que volver. Sobre todo a su Fausto.

 

 

EN LA FRANCIA DE LA REVOLUCIÓN

 

            De las que el lugar común tiene por frialdades alemanas soplan hacia Europa, cálidos, los primeros vientos románticos. “Sepa Ud. -escribía Herder en calenturiento ejercicio adivinatorio- que, cuanto más salvaje -o sea, cuanto más vivaz y más libre en su acción- es un pueblo ... tanto más salvajes, o sea tanto más vivaces, libres, sensibles y líricamente efectivas deben ser sus canciones, ¡si es que estas existen!”[19]  Y no menos apasionados y briosos los vientos románticos que al continente llegaban de la sesuda y calculadora Inglaterra.

           

            En cambio, en la Francia revolucionaria el Romanticismo surge lento y tarde -acaso la primera novedad importante del romanticismo poético francés sean las quejumbrosas y sentimentales, y aún demasiado clásicas en la forma, Meditaciones poéticas de Lamartine, que son de 1820-. Esto se ofrece tanto más extraño cuanto que el pensador que impulsó la vida europea hacia lo romántico fue Rousseau, el exaltado profeta de la Naturaleza, la libertad y el pueblo. Y el gesto romántico fundamental que inaugura el XIX, la gran Revolución, no fue sino la ejecución virulenta y radical de ese principio fundador de todo romanticismo político de que la soberanía radica en el pueblo.

           

            El arte de la Revolución no fue romántico, pero la Revolución abrió el camino hacia el Romanticismo. Ese camino ancho era la libertad. No ya solo la libertad del genio, que habían proclamado el prerromanticismo inglés y el Sturm und Drang alemán: ahora la de todo artista. La expresión individual no tiene que sujetarse a reglas; el arte deja de ser un ejercicio normado por una sociedad que impone principios y gustos. Desde el Romanticismo será la expresión del hombre solitario, propia y única.

           

            El drama latente en la misma entraña de un Romanticismo que rompía con la autoridad se vivió en el seno de la Francia revolucionaria. Allí la gran amenaza para la ruptura del orden establecido se dibujó como la caída en lo sin orden alguno, que en política sería anarquía. En artes, el rechazo a árbitros del gusto -cortes y cortesanías, con sus voceros, los preceptistas a lo Boileau- podía dar en otra suerte de anarquía; ese “buen gusto” había sido, aunque a menudo artificial y limitante, norma que preservaba de desequilibrios y excesos. Ahora, ¿cuáles debían ser cauces y límites para esa poesía como “quelque chose d´enorme et sauvage” que había exaltado Diderot en su De la poèsie dramatique?

           

            Pero el arte ha mostrado hasta en las horas del mayor desenfreno y la más radical iconoclastia apego a ciertos rigores y sujeción a direcciones y requerimientos. No exteriores e impuestos, sino como el sometimiento del árbol a las posibilidades de su misma naturaleza de tal árbol. Y en este nuevo ordenamiento -que los teóricos bien podrían recoger en una nueva retórica- se llega a fenómenos tan altamente sugestivos como el menosprecio de la simplicidad y claridad de los planteos novelescos y el casi caótico ser y actuar de los “héroes” en las novelas de Stendhal, lo uno y lo otro sabiamente intencionados.

           

            Y también en Francia el Romanticismo tiene un cariz de reacción contra la Ilustración, su fe en la razón y su optimismo racional. El Terror y los horrores y desolación de las guerras napoleónicas asestaron duros golpes a esa fe y optimismo, y, por uno de esos movimientos pendulares de la sensibilidad histórica, se fue de la razón al sentimiento y la pasión, y se iría de la serenidad clásica a formas más dramáticas y hasta convulsas de expresión de lo humano.

           

            Y la Revolución tiene otro importante rubro de aportes a la concepción contemporánea del arte. Con ella se proclama nítidamente que el arte no es “mero adorno de la estructura social” sino “una parte de sus fundamentos”. No es pasatiempo de una aristocracia ociosa o sibarita, sino incitación a la construcción de la sociedad, exaltación de valores revolucionarios. Así lo proclamaría Francois Benoit en L´Art francais sous la Révolution el l´Empire, en 1897.

           

            El peso de la Francia revolucionaria en la deriva del gusto y la sensibilidad literaria y artística europea hacia el Romanticismo tiene una hora de clara divisoria del período: 1830. El comienzo de la monarquía de Julio. “¡De ahora en adelante gobernarán los banqueros!”, denunciaba Lafitte. Esa era la nueva aristocracia: los grandes banqueros. Y las masas ya sabían cuál era el adversario al que debían disputarle el poder. El socialismo -decía Hegel- comenzaba su evolución de utopía a ciencia.

           

            Y entonces en Francia los escritores dan el paso largo a la política -gesto netamente romántico inaugurado con brioso aire de aventura por lord Byron- y se meten de lleno en el acontecer político -Lamartine es elegido diputado en 1833 y participa en el gobierno provisional de la República en 1848, año en que Victor Hugo es diputado-. De 1830 a 1848, una politización creciente de la vida se traducirá en la tendencia política de la literatura. Realizarán ya por completo este nuevo tipo de hombre de letras inmerso en el tráfago político escritores de la Monarquía de Julio: Guizot, Thiers, Michelet.

           

            Pero la lucha más importante tenía que librarse en terreno de las artes. “El día de hoy existe el antiguo régimen literario como el antiguo régimen político. El siglo pasado pesa enteramente sobre el actual” -denunciaba Victor Hugo en el famoso Prefacio del Cromwell.

           

            Estrenó Victor Hugo esa pieza en 1827, sin éxito, y se presentó con ella en pleno ejercicio de romanticismo: el tema histórico, el empaque del héroe y todo un juego de nuevas libertades. Fue, con todo,  el Hernani, dos años más tarde, el gran gesto de su profesión romántica. El estreno acabó en una verdadera batalla y los tumultos acompañaron las cuarenta y cinco representaciones en el Teatro Francés.

           

            Pero lo decisivo -que daba su contenido a gestos y prácticas- era un texto teórico: el prólogo del Cromwell, verdadero manifiesto del arte romántico, de enorme influjo en toda una promoción de jóvenes artistas necesitados de poéticas. “Este prólogo brillaba ante nuestros ojos como las Tablas de la Ley en el Sinaí”, confesaría Gautier.Vale la pena seguir, aunque sea sumariamente, ese pensamiento anunciador de la gran novedad[20].

           

            La especie ha crecido -dice Victor Hugo en juvenil ejercicio de filosofía de la historia- como un humano. La niñez fue la edad primitiva, en plena maravilla y su arte es el himno, la plegaria. El poema de estos tiempos primitivos es el Génesis. En la adolescencia nacen los reinos y las guerras. La religión toma forma, los ritos regulan la plegaria, el dogma viene a encuadrar el culto. La poesía se vuelve épica: Homero. Y la historia es epopeya: “Herodoto es un Homero”. Y lo es la tragedia: “Lo que cantaban los rapsodas, los actores lo declamaban; eso es todo”. ¿Y qué es el coro sino “el poeta completando su epopeya”? Y llega el Cristianismo, la religión verdadera, y con él un sentimiento nuevo: la melancolía.

           

            He aquí un sesgo absolutamente romántico. Fundiendo tiempos -con irresponsable brío juvenil- se relacionan con esta nueva edad -cristiana- los “acontecimientos encaminados a arruinar la antigua Europa, y reedificar” allí una religión nueva y sociedad nueva. Y una nueva poesía. El cristianismo trae a la poesía la verdad. En lo bello existe lo feo, lo grotesco, como el revés de lo sublime -detrás de esta nueva imagen de lo bello estaba ese genio al que los románticos rendían culto, Shakespeare, con su rica complejidad rayana en toda suerte de paradojas-. Surge una forma nueva: lo grotesco, la comedia. Y el grotesco lleva a Hugo a lo que le parece la gran novedad del arte moderno: “De la unión fecunda del tipo grotesco con el tipo sublime nace el genio moderno”. Llega a afirmar: “Lo grotesco es, según nosotros, la fuente más rica que la naturaleza puede abrir al arte”. Y ese hallazgo lo vuelve al Dante y Rubens. Y a la Edad Media -que tanto seducía a los románticos-. Lo grotesco salta el umbral de la poesía moderna con los “tres Homeros bufones: Ariosto, en Italia; Cervantes, en España; Rabelais, en Francia”. El equilibrio y la fusión llegan con el drama: Shakespeare. “El drama es la poesía completa”. Enarbolando la figura grande del dramaturgo isabelino destroza la doctrina de las unidades -barrotes de una jaula- y vapulea a todos esos preceptistas mediocres que han cercado y hasta mutilado a los grandes creadores. Invita a arrollar teorías, poéticas y sistemas. Libertad para la naturaleza. Pero a lo grande. “Lo común es el defecto de los poeta cortos de vista y de aliento exiguo”. Y propugna el verso como dique poderoso contra la irrupción de lo común.

 

 

LA NOVELA EN TRANSICIÓN

 

            “La poesía de nuestro tiempo es el drama” -proclama el Victor Hugo del Prefacio del Cromwell. Y se equivoca: la poesía de su tiempo no era el drama; era la novela. Porque eran tiempos situados en el agitado unirse en un mismo gran caudal de corrientes románticas con el incontenible fluir burgués.

           

            La novela venía siendo el género del tiempo desde atrás. Cabe decir que desde Richardson con los antihéroes de su Pamela (1740) y Clarissa (1748), domésticas, sumidas en la condición burguesa, sin relieve alguno de esos que buscaría el prerromanticismo, pero con una carga de sensiblerías y sentimentalismo amoroso digna del peor gusto romántico -para Walpole estas novelas eran sosas historias de desgracias-. El cuadro temprano se completó con un anti-Richardson: Fielding ridiculizó Pamela en su Joseph Andrews, y Clarissa, en su magistral Tom Jones, que volvió la novela a su cauce grande de épica anti-épica -abierto por el Quijote-, compleja de vida, sabrosa de humor, cotidiana en personajes y sucesos, pero sutil e intensa en los modos de hacer de ese cotidiano empresa novelesca.

           

            Con piezas a lo Pamela y Clarissa, dignas precursoras de la mediocridad lacrimosa de las actuales telenovelas, contrastó, ya desde finales del XVIII, el gusto prerromántico por lo bizarro, que cristalizó en novelas góticas con voluptuosidad por lo tenebroso y macabro. Las mayores creaciones desbordarían los límites del género cargando sus tenebrosas historias de sentidos. En 1897 Bram Stoker creará, en territorios de lo bizarro, su alucinante Drácula, pero ya en 1817, Mary Wollstone-Craft Shelley -el apellido del gran poeta romántico, que fuera su esposo y de quien editara póstumamente sus obras- logra, entre lo maravilloso y lo mórbido, entre el horror y expansiones líricas, su El doctor Frankenstein, que rebasa los territorios de lo macabro para dar en los del mito, una versión en la era de las ciencias del mito de Prometeo. Otras novelas buscaban en lo histórico escenarios para el horror, al estilo de El castillo de Otranto.

           

            Y precisamente en los dominios ingleses de la novela de terror seudohistórica aparece la figura innovadora que inaugura el XIX de la novela: Walter Scott. Inicia la novela naturalista romántica, con enorme éxito y vasta influencia. Devuelve el prestigio de literatura a una novela que, cómplice de públicos fáciles, había caído en fácil sensacionalismo y efectismos de baja ley. Walter Scott toma materiales históricos y funda la novela histórica, restituyendo a aconteceres del pasado vida -que el novelista torna intensa- y dándoles densidad social. Y es tan novelista que, por más que sea él mismo conservador declarado, logra dar de la sociedad una visión progresista -lo destacó con justeza Lukács-; fue el “ardid del arte”, que dijo Engels.

           

            Y Victor Hugo aportaría a esta nueva novela histórica su Nuestra Señora de París, con un pie en lo medieval y otro en ese grotesco que había exaltado en el Prefacio del Cromwell, y el gran fresco de Los miserables.

           

            Lo histórico personal anima la semiautobiográfica Adolfo, que publica Benjamín Constant en plena era napoleónica (1807). Y las dos novelas de Mme. de Staël -madre superiora del Círculo de Coppet, ese salón que fue crisol filosófico y literario de la ideología romántica europea-, Delphine (1802) y Corinne (1807),  tienen fuerte sustrato autobiográfico. Y las cartas del Oberman, del hosco y solitario Étienne Pivert de Sénancour (1770-1846), que al comienzo de la novela tenían un destinatario acababan por reducirse a fragmentos de un diario íntimo.

           

            Y la novela histórica logra otra cumbre en Italia: I promessi sposi (Los novios) (1827), de Manzoni, historia de amor y lucha contra los abusos de los grandes en un tiempo revivido con realismo sobrio y rico.

           

            Otra veta romántica de novela fue la aventura. Insufló nuevo brío narrativo y rica carga de humanidad a los folletones franceses al uso Alejandro Dumas, el de Los tres mosqueteros y toda la serie que continuó con las peripecias de los cuatro inseparables espadachines.

           

            La aventura es uno de los dos mayores aportes románticos a la narrativa moderna. Cooper, el norteamericano, arranca en plena aventura en su Pilot -en 1823-, al que siguieron sus Pioneers y los celebrados Leather-stocking tales, sobre los indios del gran país, hasta culminar en la famosísima El último de los mohicanos.

           

            Y hay una manera de aventura que, ya más de una vez anunciada, cobra su madurez en el clima romántico del tiempo, fundiendo el brío romántico de la aventura con las racionalidades de la detectio: la novela policíaca o detectivesca (cuando se inventa esa curiosa especie que es el detective). De Poe, que en 1841 publica su The Murders in the Rue Morgue, a The Woman in White de Wilkie Collins, en 1860 -cerrando el período de nuestra panorámica-, corre esta hora de maduración de este producto que fue -y siempre lo sería- netamente inglés. La dama de blanco comenzó a aparecer el mismo día -29 de noviembre de 1859-, como folletón, en Inglaterra, en la revista de Dickens All the Year Round, y en los Estados Unidos en el Harper´s Magazine, y conoció uno de los mayores éxitos que hubiese tenido folletón alguno (Gladstone anuló importante compromiso para leer uno de los episodios). Con técnica innovadora -narración que avanza a través de varios narradores testimoniales- y personajes memorables -en especial Marion Halcombe y ese villano gordo, sibarita, lúcido y fríamente inescrupuloso que es el italiano conde Fosco-, es el delito que se quiere desvelar y los pasos por los que se avanza hacia ese desvelamiento lo que sostiene tenso el interés a través de sus casi ochocientas páginas[21].

           

            El otro gran aporte romántico a la narrativa de este período decisivo para la novela moderna y contemporánea es lo fantástico. Este es el tiempo en que con matriz romántica tensa de extrañezas y sombrías maravillas se funda el cuento moderno. Es la gran empresa de Hoffman, en Alemania, y Edgar Allan Poe, en Estados Unidos de Norteamérica. El alucinante Hoffman no rebasa el primer tramo del período -muere en 1822-; las Historias extraordinarias de Poe, sí -acabaron de publicarse en el 65.

           

            Pero son otros dos novelistas los que dan a la novela su giro de timón certero en esta hora de transiciones decisivas, y su peso en el arte de narrar moderno será fuerte y largo. Y, sintomáticamente, los dos aparecen en Francia: Stendhal (1783-1842) y Balzac (1799-1850). Los dos, poniendo distancia con las más calenturientas exaltaciones románticas -a Stendhal las novelas de terror le parecían un galimatías-, son piezas claves en la fundación del realismo -que en ellos muestra que puede ser más romántico que el propio romanticismo-. En Stendhal, demasiado lúcido y calculador de medios y efectos como para entregarse sin más a los fervores románticos, los excesos de sus héroes, lo folletinesco de sus tramas y lo desconcertante de su visión de lo humano enraízan en limos románticos. Y Balzac, aunque se ofrece adscrito a un prosaísmo burgués muy poco romántico, se rinde a una fascinación por París que delata entre sus nutrientes esas obscuras savias románticas que alimentan Los misterios de París de Sue.

           

            Balzac hace una larga, morosa y apasionada crónica de la sociedad francesa de 1816 a 1848; es decir, desde que la aristocracia restauró su poder, traicionada, al menos en lo formal, la Revolución. Amigo de la buena sociedad, la Iglesia y el trono, burgués convicto él mismo, muestra, por sus poderes de novelista, esa “buena sociedad” como condenada a la extinción y, precisamente por pintar esa sociedad burguesa y monárquica desde dentro, que era donde habitaba muy a su sabor, su crítica es más certera y su ironía más amarga. Fue el mayor triunfo del realismo en el arte. Y fue manifestación de eso que Hegel llamó “la astucia de la razón”, que consiste en hacer que se muevan en favor de ella las pasiones de los hombres. Y hubo otra victoria desconcertante: escribía para un público burgués, el más bajo, el afecto a folletines, a efectismo y colorines, y por ello su estilo luce a menudo  falto de gusto, confuso, enfático; pero esas negaciones estéticas fueron compensadas con una vida bullente, y esos mismos defectos se convirtieron en significantes de esa enorme crónica de un tiempo que fueron las noventa y siete novelas de su enorme Comedia humana.

           

            También Stendhal es el cronista de su tiempo desde un mirador burgués. Pero, menos amplio en la extensión de su horizonte social, es más agudo en su diagnóstico de tipos claves para entender lo que en esa hora pasaba en esa Europa que aún no salía de su asombro por lo que habían sido la gran Revolución y Napoleón. Cala en el burgués en lucha por ganarse un puesto en la sociedad desde su marginación y desarraigo -eso es el Julian Sorel de Rojo y negro-; persigue, con fino dejo burlesco, los empeños del aristócrata aburguesado por ponerse a tono con lo heroico de la hora napoleónica -el Fabricio de La cartuja de Parma y su ilusoria participación en Waterloo-. Y también Stendhal, a pesar de cierta admiración -nunca desprovista de ironía- por los excesos casi románticos de sus héroes -¿anti-héroes?-, los pone bajo la lupa de implacable crítica social. Y establece ese efecto de distanciamiento que será fundamental para el divorcio de la novela realista de la romántica. Ese distanciamiento permitirá que el realismo de Stendhal se aproveche de la alta carga de tensión romántica de sus materiales novelescos -los excesos del héroe de Rojo y negro; el aire de aventura con brío folletinesco que no pide favor ni a lo más vibrante de Dumas o Sue y la exaltada historia de amor con dejos melodramáticos de La cartuja de Parma, el culto al individualismo y el pesimismo-. Pero en la alquimia del novelar, a todos esos materiales, este gran revolucionario del género impone su marca: la complejidad, que se convierte en la manera más directa de calar en las complejidades y antinomias de la conciencia del hombre moderno. Y lo hace con una lucidez siempre alerta. Más allá de su aire de románticas historias de amor la Cartuja es un verdadero laboratorio para seguir los sutiles movimientos de la pasión amorosa -que fue siempre el asunto que más intrigó al novelista-, y los espléndidos cuadros de la vida de esa corte diminuta de Parma, gracias a breves y sonreídos comentarios personales, incitan al lector a no perder la dimensión de crítica social en su lectura. “En una obra literaria -escribió Stendhal en su novela-, la política es,  como un pistoletazo en medio de un concierto, cosa grosera, pero a la cual no se puede negar atención”.

           

            “Con Stendhal y Balzac -ha escrito Hauser, el historiador mayor de lo social en la novela del período- la novela social se convierte en la novela moderna por excelencia”[22].

           

            Pero hay el aporte inglés a esa afirmación del realismo novelesco, que es el gesto decisivo de este período de transición. Resulta enormemente sugestivo hallar empaque realista en caracterización y análisis de las pasiones en las novelas de intenso clima romántico que escribieron en una reclusión como de monasterio y la desolada atmósfera de las landas de Yorkshire las hermanas Bronte, Charlotte (1816-1855) Jane Eyre y Emily (1818-1846) la apasionada y fascinante Cumbres borrascosas -las dos novelas de 1847-. El romanticismo se había templado de serenidades y la pasión se había visto forzada a correr subterránea -por ello menos a la vista y más eficaz- en una novela magistral en sus análisis de atracciones y recelos de una pareja de representantes de dos clases de una sociedad hecha de prejuicios: Orgullo y prejuicio  de Jane Austen. Y la gravedad británica rescata también pasiones para otros análisis en un rico marco social, en novela a la que ni el humor salva de ser desolado cuadro de la vida mundana inglesa: La feria de las vanidades (1848) de Thackeray.

           

            Caso aparte, que resume, de modo entre pintoresco y ejemplar, el espíritu del tiempo romántico es el de George Eliot -nacida Mary Ann Evans-, cuya extensa peripecia vital -1819-1880- discure por amplio registro de cuantos retos podían ofrecer a la mujer las nuevas libertades. Figura brillante en los círculos literarios de Londres, traductora de filósofos alemanes, directora de la Revista de Westminster, ufana en provocativos atuendos masculinos y olímpica despreciadora de todas las hipocresías de las sociedades conservadoras del tiempo -sus casi legendarios amoríos con artistas y escritores no eran sino una manera de provocar a los círculos sociales en los que se movía-, ejercitó sus talentos de narradora, más bien tardíamente, en novelas de hermosa pintura de la campiña inglesa y finos análisis de personajes comunes: El molino junto al Floss, Silas Marner (1857-1861) y Middlemarch (1872).

           

            Y la revolución industrial inglesa tiene su novelista, gran animador en esta marcha del género hacia el realismo: Charles Dickens. Magistral en el manejo de lo cómico -que se afirmaba como vacuna antirromántica de la nueva novela- en su Papeles del Club Pickwick (1836-1837), inaugura variados registros de realismo, todos con fuerte carga romántica de pasion y emoción para desnudar crueldades de una sociedad entregada al frenesí del nuevo capitalismo y seguir -compasivamente- a héroes inermes o a personajes enfrentados a la realidad social. Sus grandes novelas constituyen uno de los testimonios más ricos de humanidad y tensos de vida de todo este período: Las aventuras de Oliver Twist (1838), Las aventuras de Nicolas Nickleby (1838-1839), Vida y aventuras de Martin Chuzzlewit (1843) -de dura crítica del materialismo norteamericano- y, sobre todo, su casi autobiográfica David Coperfield (1849). Pero hay mucho más en el extenso e intenso horizonte novelesco de Dickens, como la poesía de lo cotidiano de El grillo del hogar, el brioso aire de aventura histórica de Historia de dos ciudades (1859) -en tiempos de la Revolución Francesa- y la presencia de lo espectral -esos fantasmas tan ingleses- en un nostálgico clima navideño en esa pequeña obra maestra, de grave lección moral, que es su Canción de navidad.

           

            Y Rusia también aporta a la gran transformación de lo novelesco en el período. A la culminación del romanticismo ruso con Eugenio Oneguin (1823-1833), novela en verso, y la crónica dramática Boris Godunov (1831) de Pushkin, el poeta nacional, siguen las grandes fechas del paso al realismo: Lermontov hiere con fino estoque de ironía el romanticismo de su antihéroe en Un héroe de nuestro tiempo (1840) y, maduro ya el clima para el realismo, Gogol escribe su magistral Las almas muertas (1842), deliciosa por un humor crítico desenfadado que arruga todos los engolamientos clásicos y burla cualquier espectativa romántica. Insistiría en esa burla realista de seudohéroes Goncharov con su Oblomov (1858).

           

            Fijado el período en los años 1800-1860, se impone cerrarlo con una novela que significa el triunfo definitivo del realismo en la novela, por su lúcida voluntad antirromántica y antimelodramática y por esa morosa, impiadosa y casi sádica disección del fracaso de las ensoñaciones románticas de la heroína ahogadas por el prosaísmo de la sociedad burguesa: Madame Bovary (1857) de Gustave Flaubert. Y con obras tempranas que anunciaban la presencia en el horizonte de la novela del XIX de su figura cumbre, que llevaría esa novela ya seducida por la interioridad a los más hondos abismos del espíritu humano: Dostoievski, que publica en 1846 Las pobres gentes y en 1862 Recuerdos de la casa de los muertos.

           

            ¡Qué soberbio horizonte el de la novela del período! Lo certero de las direcciones asumidas, lo sustancioso de los nuevos materiales y el dominio de los territorios en que la novela iba a apropiarse de todas las fascinantes perplejidades de vidas individuales inmersas en la perturbadora complejidad de una vida social a la que la Revolución había puesto en marcha acelerada hacia la modernidad, no deja duda de que la novela fue el gran género del tiempo y que iba a serlo largamente, no obstante ese papel privilegiado que, al menos para círculos selectos, mantendría la lírica, intensa y abierta a lo nuevo en período de tan sostenida convulsión transformadora.

 

 

LA LÍRICA ROMÁNTICA

 

            En contraposición a la novela -que vivía, lo hemos visto, uno de los más largos pasos en su evolución hacia el realismo-, la lírica del período fue romántica. Un poderoso hálito romántico la traspasa y toda suerte de exaltaciones la engrandecen y, a la vez, limitan.

           

            El héroe y las pasiones románticas y la rebeldía contra lo establecido y las tiranías corren del Prometeo encadenado (1818-1819) de Shelley al Don Juan (1819-1824) de Byron. La actitud romántica es de febril entrega a la vida y la obra, fundidas en un solo apasionado movimiento afectivo. Tiempla esa actitud primaria, proclive al exceso subjetivista, la ironía. La ironía es, básicamente, distanciamiento. El Don Juan fue epopeya apasionada, de exasperado subjetivismo, pero templó esos desates la ironía. Inaugura la sátira de la sociedad en el corazón mismo del torrente emotivo.

           

            Y esa ironía logró estupendos aciertos de humor cáustico en otro gran lírico, Heine -que, educado en el clima afrancesado de las guerras napoleónicas, en la Renania, se instaló en París en 1831-. Su extenso poema Atta Troll (1843), un oso que danza sin gracia, es una sátira de Alemania. Pero el Heine lírico de los Lieder, de fino e intenso romanticismo, prefirió para sus juegos irónicos -deliciosos, mordaces, penetrantes- la prosa: sus agudísimas observaciones de Imágenes de viaje.

           

            Y en Rusia, el mayor lírico romántico, Puchkin, acataba el magisterio de Voltaire en su Ruslán y Ludmila (1820), irónico y heroico-cómico.

           

            Con la lírica romántica la naturaleza se instala con todos sus poderes en la poesía.El misterio de los bosques y el encanto de las soledades, la belleza de luna, estrellas, flores y aves seducen desde los versos de Ludwig Tieck, y la noche fascinó mística y panteísticamente al Novalis de los Himnos de la noche.

           

            En Inglaterra, en la región de los lagos del noroeste, viven juntos y junto a la naturaleza los “lakistas”: Wordsworth, Coleridge, Southey, y la naturaleza marca de variados y extraños modos su obra. La de Wordsworth tiene mucho de meditación en ese que los románticos veían como impresionante templo entre pagano y teísta.

           

            A las claridades clásicas y los brillantes retorcimientos barrocos los líricos románticos prefieren lo obscuro. En la naturaleza se sumen en lo obscuro, hasta dar en sus misterios, que gustan sentirlos sombríos; la historia reciente -por más que tantos héroes y hazañas se dieron en ese tiempo agitado por grandes luchas sociales y batallas como nunca se habían visto- les parece falta de enigma y atmósfera, y se vuelven a la leyenda, a materiales que llegaban del medievo sin más iluminaciones que sombrías livideces -los Schlegel habían inaugurado los tiempos prerrománticos con sus estudios medievales-. El suebo Uhland buscó en la leyenda materia para muchas de las Canciones, Baladas y Romanzas (1815), que lo hicieron popular. Heine recuperó el romanticismo de leyendas medievales. Tegner -el mayor romántico de Suecia- nutrió de leyendas escandinavas su obra maestra, La saga de Frithiof (1825) y en un clima medieval flotan las Baladas de Victor Hugo.

           

            En ese clima de fascinación por lo irracional y misterioso, el espíritu de los poetas, antes naturalista, racionalista y crítico, se vuelve a lo religioso. El adelantado del romanticismo francés, Chateaubriand, hacía la apología del Catolicismo en su Genio del Cristianismo (1802), impensable en los tiempos dominados por Voltaire y la Enciclopedia. Y volvería a estas exaltaciones de lo religioso en Los mártires (1809), vigoroso poema en prosa.

           

            La historia del presente era, sin embargo, demasiado poderosa en el tiempo como para que los ardientes espíritus románticos no se arrojasen a nadar en sus turbulencias. En 1821 muere el héroe -o anti-héroe o villano- que había trastornado la rancia historia europea de cortes, ciudades y campos de batalla, y Manzoni le dedica su oda El cinco de mayo. El poema, el mejor de cuantos inspiró la desaparición de Napoleón, fue un acontecimiento europeo y Goethe la tradujo al alemán. Pero era solo el punto culminante de toda una producción histórica en una hora en que los acontecimientos no toleraban que nadie se quedase al margen de la torrentosa corriente de la historia. Y una variante de esa voluntad de hacer historia fue en poesía el nacionalismo. Ruckert canta en sus Sonetos acorazados (1814) la guerra alemana de liberación y el ruso Jukowski dirige la Epístola al Zar victorioso, en 1813. Y en la América hispana, un poeta dedica su mayor poema a cantar las hazañas del héroe de la independencia: Olmedo y su Canto a Bolívar, que será objeto de especial atención en la parte V de la Historia general y  crítica de la literatura ecuatoriana, que esta panorámica introduce.

 

            Frente a la historia y la naturaleza, el poeta romántico se siente un visionario -profeta, en el sentido más enjundioso del término-. “Soy el eco sonoro de mi siglo”, había dicho Victor Hugo. Pero el Moisés de Alfred de Vigny es mucho más: baja del Sinaí con dos haces de luz -signo del iluminado y marcado- sobre su frente.

           

            Pero hay en esta hora lírica algo que desborda todos estos asuntos y posturas: el yo. Por primera vez en la ya larga peripecia literaria del mundo el yo del poeta se pone en el centro de la obra y con tal peso gravitacional que atrae todo hacia sí y de sí lo irradia. A tal punto que la persona del poeta y su aventura vital se confunden y la andanza del poeta-héroe llega a desplazar de la atención y memoria del lector a la obra. Eso es lord Byron desde La peregrinación de Childe Harold (1812-1817), que sigue al héroe -el propio yo del poeta- en su viaje por España, Italia, Grecia, el Rin y Suiza, hasta el Don Juan, que es, en rigor, canto del poeta a sí mismo con héroes que son réplicas sin suerte del propio Byron. El último poema del romántico Lord fue su gesto heroico de luchar y morir por una causa nacional, en Grecia.

           

            Y Shelley, cuando pinta cuadros de la realidad, no hace sino transparentar el yo, con sus ideas generosas, su cálida emoción ante la naturaleza, su exquisita sensibilidad para la belleza y su simpatía para con la humanidad, que es con lo que damos en cada uno de sus perfectos y armoniosos poemas.

           

            Y las Memorias de ultratumba (1848) de Chateubriand fueron, ya casi sin pretexto alguno, en todo, hasta en la pintura grande de ruinas, desiertos y selvas vírgenes, autobiografía.

           

            Desnudamientos de un yo religioso, meditabundo y algo triste fueron las Meditaciones poéticas de Lamartine, y canto a sus sueños, sus dolores y pesimista desesperación son los Canti , los únicos poemas que Leopardi publicó en vida, poco antes de morir, en 1836.

           

            En lo formal, ese subjetivismo desmelenado y esa irrupción del propio yo sobre la obra se tradujeron a menudo -no en los mayores líricos- en arbitrariedades, excentricidades, sentimientos crudos y a flor de piel, improvisación y fragmentarismo. Contra ello se alzaría la figura poderosa, de árbitro, de Goethe.Y en Francia, a partir de 1850, la reacción contra subjetivismo y abundancia romántica sería un empeño de rigor en la expresión y contención en los sentimientos, que alumbraría, para 1865, el Parnasianismo. Todo eso ocurre ya en los Esmaltes y camafeos (1852) de Théophile Gautier, llegado hasta allá desde un romanticismo fantasioso y pintoresco.

           

            Pero es otra obra la que inaugura, al final del período, el gran cambio de rumbo de la lírica desde lo romántico hacia la poesía moderna: Las flores del mal  de Charles Baudelaire (1821-1867), que salió a la venta el 25 de junio de 1857 -dedicada “au poète impeccable, au perfait magicien des Lettres francaises” Théophile Gautier- y pronto se vio rodeada de farisaico escándalo que culminó en la condena por la justicia  de seis poemas. Las flores del mal clausuran las poéticas románticas al instalar la poesía en un nuevo realismo; pero, a la vez, llevan a su punto más alto los más penetrantes postulados del Romanticismo. En lo bello existe lo feo, lo grotesco -había sentado Victor Hugo en el programático Prefacio del Cromwell, y había proclamado que “De la unión fecunda del tipo grotesco con el tipo sublime nace el genio moderno”. Toda aquella fecunda intuición no se había cumplido en lírica hasta la aparición de este libro decisivo. En los poemas baudelerianos por primera vez la poesía toma su materia de lo al parecer feo y hasta  sórdido, pero para hacer esas calas que son atributo propio de la lírica y llegar a esencias que revelan claves de lo humano. Y esas claves, que cristalizan a menudo en punzantes símbolos, nos enfrentan a una desolada condición humana. No son ya los dolores y nostalgias “literarias” en que se complacía la poesía romántica: se ha ahondado hasta la roca dura de lo esencial del existente humano. De allí lo que le dijera al poeta el viejo Hugo, desde su trono de vate oficial consagrado: “Ha creado usted un estremecimiento nuevo”. 

 

 

LOS DOS GENIOS DEL PERÍODO: GOETHE

 

            Un horizonte de este primer largo tramo del período, por rápido que sea, queda incompleto si no se dibuja en él una figura descomunal, que aparece dislocada de corrientes y tendencias dominantes, pero influyente, decisiva desde su olímpica individualidad: Goethe.

           

            En su Götz von Berlichingen Goethe consagró la admiración del Sturm und Drang por el drama shakespiriano. De allí, con giro de neto cariz romántico, pasó del héroe viril y fuerte, al sentimental y débil en Die Leiden des jungen Werthers (Las tribulaciones del joven Werther) -solo un año más tarde-. Tras un paréntesis de rendimiento a seducciones clásicas -la hora de su viaje por Italia y las Elegías romanas (1790-1795)- volvió a las perplejidades subjetivas de raíz romántica en su  Wilhelm Meisters Lehrjahre (Literalmente Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister) -cuyo primer fragmento apareció en 1796, aunque en esta obra, como en su Fausto, trabajaría toda su vida: a los ocho libros de los Años de aprendizaje seguiría, entre 1821 y 1829, la segunda parte, con los tres de los Wanderjahre (Años de viaje), para completar esa vasta suma de búsquedas, experiencias y hallazgos formativos de que el gran hombre vivió siempre obsedido-. Para la hora de la Revolución estaba -junto con Schiller- en el invernadero cortesano de Weimar, esa Atenas rococó que giraba en torno del liberal Carlos Augusto -donde la audiencia ordinaria del poeta eran media docena de nobles y curiales-. Allí, desempeñando las más diversas funciones burocráticas hasta convertirse en Primer Ministro del liliputiense reino, trabaja su obra maestra, el Fausto en una primer parte, que se publica en 1807. Entretanto avizoraba desde alto y hierático mirador las andanzas europeas por el campo de la política y los de batalla, de esas huestes que avanzaban con las ideas de la Revolución en sus mochilas y enarbolando el tricolor republicano.  Asiste después a la reacción monárquica -que nunca pudo aspirar a restaurar el simple estado de cosas anterior al cataclismo- y el sordo leudar de nuevas inquietudes transformadoras, curioso clima para la morosa maduración de una segunda parte de su obra magna, que se compone de 1825 a 1832. Demolidos en ese tiempo de incontenible deriva hacia radicales novedades tantos fundamentos de lo que había sido Europa, este genio -una de las figuras que en arte y cultura dominan el tiempo- tentó cantar la totalidad del grande y trágico destino humano a través de un juego hondo y denso de símbolos. Y dio a la humanidad -al menos en su forma definitiva- uno de sus tipos fundamentales. Don Quijote, el anterior, fue el del caminar del hombre por la superficie terrestre -con la inmensa planicie de la Mancha como escenario simbólico de toda andanza humana-. Fausto, el nuevo, tiene ante sí abismos demoníacos y es rescatado de ellos por coros angélicos que llegan para arrebatar su espíritu inmortal a lo alto.

           

            El paso, largo, de la primera parte del Fausto a la segunda, es de género, espíritu, aliento y voluntad de enfrentar lo humano. El primer Fausto es teatro; el segundo, juego fantástico y simbólico, que del teatro solo conserva la forma exterior; el primer Fausto arde de pasiones y entusiasmos -románticos-; el segundo es construcción de ideas; el primero se hizo con espíritu y aliento personales, subjetivos; el segundo quiso levantarse a reflexión de valor universal, según la concepción goethiana de literatura universal, y tuvo la voluntad de abarcarlo todo, en empresa descomunal, conclusiva de una existencia que fue siempre de reflexión honda sobre lo humano, y de lograr la síntesis de esos extremos que por décadas lo desgarraron: el espíritu germánico -manera peculiar de lo humano- y el mundo griego -expresión de ideal belleza y lograda plenitud.

           

            Presenta Goethe su Fausto -el suyo, porque el mito venía de muy atrás- como el siervo del Señor. Para Mefistófeles, lo impulsa “el hervor a lo lejos” y “pide a los cielos sus más bellos astros y a la tierra todo placer supremo” (I, II, en el Cielo). Reconoce el Señor que lo sirve de modo errado pero “pronto -ofrece- le conduciré yo a la claridad”. Y hay una apuesta entre el bien y el mal sobre la suerte de ese humano. El contraste de este planteo con el Fausto de Marlowe, dominado por la predestinación protestante, significa un paso decisivo hacia el hombre moderno. Los empeños del hombre fáustico por dominar el mundo ya no están irremediablemente condenados. Y el paso del hombre medieval al moderno y postmoderno es el paso de magia a pura humanidad. Hacia el final del acto V, Fausto, acosado por la Zozobra, se duele: “Si pudiera apartar de mi camino la magia”. Quiere volver al ideal de naturaleza, caminar “su día terrenal” “sin preocuparse de arrumacos de espíritus”[23].

           

            El Fausto goethiano es epopeya de liberaciones -no en vano crece y madura en esos tiempos convulsos por los vientos de libertad que había desencadenado la Revolución-. “Dejémonos de fábulas. Dejémonos de dioses antiguos” (III, III). Deshechas fábulas y supersticiones, quedan lo solar - “los sacros rayos de vida del sol”, que dice Proteo (II, II)-, eros -“reine, pues, Eros, que a todo dio principio (II, IV)- y la mujer. Toda la escena I del acto III está llena de la belleza -trágica belleza- de Helena, la mujer con su poder de seducción universal; la belleza, ante la cual todo parece opaco y vacuo. Fausto y Helena tienen un hijo, Euforión. Euforión encarna el amor a lo difícil y riesgoso y, al  querer volar, nuevo Icaro, muere. Se hunde en un “reino hondo, obscuro”, y el lamento y canto fúnebre tienen notas que evocan a lord Byron, ese Euforión de los tiempos románticos. El héroe romántico muere, y de Helena a Fausto solo le quedan vestiduras transformadas en halo que lo eleva: el don poético o la poesía misma. Tras abismos infernales y desenfrenos del caprípedo Dionisos, el hombre moderno halla la acción. “Todo es la acción; nada la gloria” (IV, I). Un frenesí de acción arrolla las serenas existencias de los viejos Filemón y Baucis, símbolos de arcaicas virtudes. Y llega la hora del supremo balance. “No tiene otra cosa -resume Fausto su haber- que ambicionar y hacer cosas y volver a desear”. La muerte lo sorprende ciego, en plena tarea de robar tierras al mar para que las habite una humanidad feliz. Y es salvado: ese es el fallo de la apuesta del Prólogo. Construir salva. Fausto ha sido salvado porque, como cantan los coros angélicos, puede brindársele salvación al que lucha con denuedo y se afana en la vida. “Al que procura siempre esforzarse, a ese podemos salvarlo”[24].

           

            Este el hilo conductor principal, la línea maestra de la rica y compleja arquitectura. Pero el Fausto II no es obra que lo subordine todo a una sola línea. Es vasta suma de inquietudes de todo orden -estético, filosófico y hasta político, económico y científico-, que parte de la vida cortesana, donde Mefistófeles, en papel de bufón, opone a las lamentaciones de Ministros y mariscal del Emperador todas las riquezas que puede sacar de la tierra a la luz del día -“el poder de la Naturaleza y el genio del hombre” (I, II)- y Fausto trata de ennoblecer -con poesía- las vacuas diversiones cortesanas y se carga de penetrantes reflexiones mefistofélicas y fáusticas un carnavalesco juego de figuras que llegan de antiguas mitologías, sobre todo clásicas, en un clima de desenfadado romanticismo -la “espeluznante fiesta de esta noche”, que se dice (II, III)-, clima anunciado por la noche de Walpurgis de la primera parte -que fue intermedio, al gusto del tiempo y con modelo romántico, al estilo de El gato con botas de Tieck.

           

            En medio de esa suma de inquietudes, reflejo de un tiempo que, como los de las grandes transiciones, es de balance, acopio de lo válido y establecimiento del nuevo proyecto humano, surge Fausto como emblema del hombre occidental, ese que Spengler llamó “hombre fáustico” por su afán de tenerlo todo y su indoblegable aspiración a dominar el mundo y la materia. El hombre que, ya sin magia, con sus solas fuerzas, había empezado esa empresa prometedora de las mayores maravillas materiales y mundanas que era la revolución industrial.

 

 

OTRO ARTE, OTRO GENIO

 

            Otro genio que domina las artes del período es Beethoven. La única empresa comparable al Fausto de Goethe -y la riquísima totalidad de sus decisivas empresas literarias- son las nueve sinfonías de Beethoven -y el conjunto de su obra, aun más decisiva que la goethiana.

           

            En la música acaso más que en arte alguna se consuma el tránsito de barroco y neoclásico a las formas nuevas de la modernidad, a través de la transición romántica. Ya en vida de Bach la nueva generación se había burlado de su forma fugada, emocionalmente homogénea y discreta y formalmente secuencial. Ahora, al calor del nuevo sentimiento que lo agita todo por todos lados, se busca una forma dramatizada, propia para apasionar a esos públicos que habían visto como la Revolución sacudía hasta sus cimientos el antiguo régimen y habían vivido en todo lo que tenían de carga de pasión y de heroísmo y grandeza y miseria y horror las guerras napoleónicas.

 

            En pleno fervor napoleónico -1803-1804-, acogiendo insinuaciones de Bernardotte, compone el genio de Bonn su Tercera Sinfonía -“Sinfonía Grande intitolata Bonaparte”-, que cantaba al nuevo héroe de la historia, al que Beethoven veía como quien iba a transformar los fervores libertarios de la revolución popular en un orden político republicano europeo. En ejemplar gesto romántico, al conocer que Napoleón se había proclamado emperador, el compositor tachó la dedicatoria y desgarró la página en que ella estaba. “¡No es más que un hombre vulgar! -cuenta Ries[25] que había exclamado-, ¡Sólo satisfará su ambición y como tantos otros hollará los derechos del hombre para ser un tirano!”[26].

           

            ¡Cuánto hay en esta sinfonía, titulada por su autor “Sinfonía Heroica”, que hace de la música expresión nueva y poderosa de emociones y pasiones! Síncopas anhelantes, tensos diálogos entre los grupos instrumentales, bruscas interrupciones del tutti de la orquesta sobre dinámicas frase del grupos, disloques rítmicos, y todo agitado por brío heroico o traspasado de grave emoción!

           

            La marcha fúnebre fue cortejo funerario que va de lo desolador y sombrío a lo grave. Expresó con impresionante belleza y hondura el asombro humano ante esa muerte que había asolado los campos de Europa. Y el retornar insistente al tema inicial deja la impresión de un dolor que volvía una y otra vez hasta ser abrumador.

           

            A ese vibrante y desolador canto a cuanto de heroico y trágico tenían los tiempos siguió -interrumpida por la tierna efusión de la Cuarta, escrita de un solo vuelo- la composición, apasionada, intensa, de la Quinta Sinfonía -que se estrenó, junto con la Sexta, en Viena, el 22 de diciembre de 1808-. De la emoción histórica con sus vaivenes de lo heroico a lo fúnebre, de lo vibrante a lo nostálgico, todo agitado por ritmos y tempos que respondían al devenir de los acontecimientos, se pasa al enfrentamiento con lo más dramático del destino individual. ¿Por qué la Sinfonía abrió el impetuoso allegro inicial con esas cuatro notas -que vuelven una y otra vez insistentes, obsesivas-?, preguntó Schindler al compositor. Y él le respondió: “So pocht das Schicksal an die Pforte” (“Así llama el Destino a la puerta”). Esa llamada está en la base del primer movimiento con sus apariciones y desapariciones, fraguando en ritmos agitados y breves remansos nostálgicos, explosiones de rebelde pasión, pasajes dialogados y ecos extraños, hasta el turbulento final.

           

            Sigue el andante que esa casi enfermiza sensibilidad romántica que fue Hoffmann lo sintió “dulce como una voz del más puro espíritu, que colma el corazón de consuelo y esperanza”. Cabría añadir la tristeza y los aires casi marciales que parecerían combatirla. Y la pureza de esos temas que cantan clarinetes y fagotes, y violas y violoncelos o flauta, clarinete y fagot.

           

            El tema inicial del allegro en forma de scherzo que es el tercer movimiento surge de perturbadoras profundidades -dadas en la gravedad de las cuerdas-. Es el tiempo de indecisiones y esperas sobre las que estalla brioso fortísimo que avanza hasta un pasaje fugado y diálogos expectantes de varios grupos orquestales y la preparación del vibrante final con la repetición, tristísima, del scherzo.

           

            Sin cortes estalla el allegro con un tema triunfal, y pronto ocurre el scherzo, de tono melancólico. Y lo vibrante y casi marcial, con algo de glorioso, arrebata el final.

           

            Berlioz sintió la sinfonía como algo que emparentaba extrañamente con el final del Fausto: “Es el canto gigantesco de victoria en que el alma del músico, libre ya de los sufrimientos terrenales, se lanza radiante a los cielos”.

           

            Pero la expresión suprema del triunfo de lo humano sobre el destino y la gran exaltación de la vida iba a ser otra gran sinfonía, que Beethoven escribe entre 1816 y 1824, la última de sus sinfonías, la Novena.

           

            Un primer movimiento se abre como esperanzada búsqueda, y la búsqueda avanza por anhelantes juegos sonoros y rítmicos. El ritmo se aviva en el segundo movimiento -Molto vivace - Presto - Molto vivace-, incansable en su avance pautado por golpes de timbales. Hasta un canto que recuerda lo más luminoso de la Sexta Sinfonía, la Pastoral.

           

            Siguió el Adagio molto e cantabile de forma lied, de contenida emoción y ritmo que da en andantes moderados o pasajes lentos que crean un clima de casi impaciente expectativa.

           

            Hasta que irrumpe el último movimiento con gran fanfarria instrumental cortada por dramático recitativo de violoncelos y contrabajos; se interrumpe el recitativo con el recuerdo de temas de los movimientos anteriores, siempre cortado por el recitativo de los bajos, y las maderas abocetan el tema  del “Himno a la alegría” muy en lo profundo. Desde allí crece en los bajos y se enriquece en diálogos instrumentales hasta un tutti brioso. Y entonces el barítono invita a la alegría y el coro lo secunda. Y el himno adquiere ricas sonoridades con voces solistas, respuestas del coro y vibrantes acompañamientos instrumentales. Pausa y un Andante maestoso y el canto del tenor más vibrante y la orquesta que parece competir en ese exaltado alzarse a lo alto, pero debe remansarse, y el himno estalla finalmente en jubiloso crescendo. Unos pocos compases guían a voces e instrumentos en graves invocaciones finales a la alegría, casi religiosas, pero solo para volver al ritmo exaltado. Y entonces sí la orquesta se lanza, junto a las voces, para culminar dionisíacamente este gran canto a la victoria final de lo humano.

           

            Pero Beethoven no compuso sólo sus nueve sinfonías. Esas obras fueron momentos cumbres de su relación con la sociedad del tiempo; pero su revolución del arte musical avanzó en amplios frentes en jornadas de menor vuelo instrumental pero ricas de admirables logros. Y su arte fue en esas entregas madurando soberbiamente. Así en la larga serie de sonatas para piano que en las últimas -ya solo disfrutadas a cabalidad por melómanos refinados y lúcidos e interpretadas por verdaderos virtuosos- logra en el teclado efectos de sonoridades orquestales, brillantes y hondos.

           

            La recepción de las grandes obras de Beethoven fue tan apasionada como su composición. Hoffmann, que había logrado en el cuento las piezas románticas más intensas y casi alucinantes, saludaba así al genio de Bonn: “La música de Beethoven nos abre el imperio de lo colosal e inmenso”. Los críticos tenderían a purgarse de ese peso de emociones y de tan total rendimiento al sentimiento, refugiándose en análisis formales del lenguaje, la estructura y los medios sonoros; pero las gentes románticas se sumían gustosas en ese cosmos fascinante y sentían, aunque seguramente no tan exaltadamente como el autor de los Cuentos fantásticos, que “lampos ardientes traspasan la noche profunda de este imperio y percibimos las sombras de los gigantes que se elevan y se bajan, nos envuelven más y más y aniquilan todo en nosotros, y no solamente el dolor del infinito deseo en el cual el placer que aparece aquí y allá en notas de alegría, pronto se ensombrece y desaparece, dejándonos solamente en aquel dolor que se consume de amor, de esperanza, de alegría, y, sin destruirnos, quiere hacernos explotar el pecho en un acorde unánime de todas las pasiones”.

           

            Eran los sentimientos del burgués medio y bajo que ha ido perdiendo desde mediados del siglo anterior el optimismo y ha anclado en nostalgias -por la naturaleza, por el pasado histórico, por una sociedad feliz- y temores. El arte de Bethoven se instalaba en esas nostalgias y tristezas y miedos, para ahondar en ellos y purgarlos y elevarlos. Lo que hizo Goethe en el final de su Fausto aunque ello nos sepa, tras todas las frustraciones vividas por el héroe, a un Deus ex machina.

 

 

OTRO GENIAL INNOVADOR

 

            Pero tan fascinante período histórico tiene más de arte musical. Está, ¡no faltaba más!, Chopin, que lleva a plenitud rítmica y sonora varias líneas de romanticismo. y están Karl von Weber, que se inspiró en la tradición y el folclor alemanes (“El cazador furtivo”, 1821); Franz Schubert, virtuoso del piano, cuya forma musical preferida fue el lied nacional, y Glimka (1804-1857), que trae al horizonte sonoro del tiempo música rusa de raíz folclórica.

           

            Lo que sucede en el arte visual es altamente sugestivo.

           

            El clasicismo francés del período revolucionario coincidía con el romanticismo en conferir a la vida que nutría el arte una dimensión trágica heroica. Esos extremos, al parecer irreconciliables, explican lo mismo al Géricault de “La balsa de la Medusa” que a Delacroix, el pintor de la historia.

           

            Delacroix, en su Journal, muestra poca simpatía por Hugo y Musset; confiesa que Gautier le repele y que Balzac lo pone nervioso, y Beethoven le parece “demasiado romántico” -sospecho que ese era un modo de decir que lo turbaba y aplastaba-. Admira, no obstante, al más romántico de los románticos, Chopin, el de los scherzos, los preludios y los nocturnos; pero también el Chopin heroico de las polonesas y el nacional de las mazurcas.

           

            Tampoco David, el gran pintor que domina el período napoleónico, es simplemente clásico: también en su interior laten tensiones. Se inscribe en un clasicismo de rechazo a lo cortesano del rococó; su clasicismo, el del período revolucionario, es de sólida raíz  burguesa, plasma el ideal republicano de la burguesía progresista; lo hace en la matriz del mundo grecorromano como una manera de saltar por encima de lo monárquico y clerical. “El juramento de los Horacios”, de 1785, significa el primer triunfo de este nuevo estilo monumental y heroico. Pero esa matriz clásica se violenta en escenas de subido romanticismo como “El juramento del juego de pelota” o “El asesinato de Marat”, mientras él mismo era arrastrado por el vórtice revolucionario y votaba la ejecución del Rey o profesaba el más ferviente jacobinismo.

           

            Ingres (1780-1867), el seguidor más ilustre de David, se mantuvo en pleno clasicismo, seducido por la mitología grecorromana, y condescendiendo con lo revolucionario mitigado, como los propios tiempos posnapoleónicos.

           

            El clasicismo del período revolucionario resulta el fenómeno más curioso del período. Como que la Revolución buscaba purgar hasta los cursis refinamientos cortesanos y veía en el arte clásico de Winckelman en el Panteón y la Place de la Concorde algo más severo. Y el propio Napoleón, que tantas cosas impuso a su arrollador paso por la historia, sentía cierta fascinación por lo romano, que se tradujo desde las águilas imperiales hasta los muebles “estilo imperio”. A Fontaine, autor de la clásica Malmaison y del arco del carrousel, lo designó “primer arquitecto de Francia”. Y admiraba al clásico Houdon, escultor mayor del tiempo. Y la Francia imperial alentaba otro clasicismo: el del italiano Canova y el danés Thorwaldsen.

           

            Cuando el triunfo de la reacción, el clasicismo se afirmó sobre todo en el retrato de celebridades y poderosos. El inglés Lawrence recorría el continente retratando a los políticos más reaccionarios. Los retratistas clásicos  dotaban a sus retratados de una serenidad y nobleza que a menudo distaban de poseer.

           

            Rompió ese convencionalismo herido de falsedad en su raíz un genial innovador del arte. Goya hizo del retrato visión personalísima y crítica del personaje. Presentó a cortesanos fatuos y llegó al alarde, inconcebible antes de estos tiempos que sometieron a implacable revisión todos los valores al uso, de pintar a la familia real española como un conjunto de estólidos cretinos. Y a la mujer la pintó con el erotismo intenso del desnudo. Su Maja fue el retrato más revolucionario que hubiese hecho artista alguno hasta entonces.

           

            Pero Goya innovó mucho más. Innovó la visión de lo histórico. Lejos de la hierática monumentalidad grecorromana de las solemnes telas de Delacroix y David, hizo crónica desgarrada, espeluznante de los horrores de la guerra, y sumió el más alto gesto del heroísmo popular en dramático juego de luces y sombras en su impresionante tela de los fusilamientos de mayo.

           

            Y hacia el final de su apasionada existencia anunció los nuevos caminos del arte, que solo en el siglo XX se afirmarían como estilo y escuela, en el Expresionismo. Con elementales y sabios efectos visuales evocó sombríos aquelarres y gesticulantes esperpentos. El esperpento sería la expresión más inmisericordemente penetrante de una España a la que solo había rescatado de vacuidades, pintoresquismo y espejismos la heroica resistencia popular a las tropas napoleónicas.

 

            El alma ibérica no tenía holgura para detenerse en el paisaje. El austero de la meseta la intimidaba y los bucólicos de vegas y ribazos le debían parecer femeniles. El nuevo y apasionado interés por la naturaleza, tan propio del Romanticismo, halló sus intérpretes visuales en Inglaterra: el paisaje de Constable y Turner hacía en el arte visual lo que Wordsworth en lírica. Turner fue más lejos. Sin importar los motivos paisajísticos -más o menos románticos- logró en sus formas y colores, en sus ritmos y atmósferas, esa libertad en que el Romanticismo, en esencia, consistía. Sus acuarelas son torbellinos atmosféricos de luces, colores y nebulosidades que calaban en lo más hondo y obscuro de la naturaleza.

 

 

IBEROAMÉRICA: EL PENSAMIENTO

 

            También en Iberoamérica el período que nos ocupa, que fue, lo hemos visto, de revolucionaria transformación política, es, al menos en los casos más alertas, de decisivas transiciones en pensamiento y literatura.

           

            Salen de la espesa crisálida escolástica e inauguran primeros aleteos de pensamiento americano, apoyado en las ciencia y abierto a más anchos horizontes -aunque sin aproximarse siquiera a los más altos y hondos con que hemos dado en nuestra panorámica del tiempo-, en Colombia, Camilo Torres -que avisoraba la importancia de América para la economía mundial-, Francisco Antonio Zea, José de Caldas -autor del “ilustrado” Semanario de la Nueva Granada (1808-1809)-, Antonio Nariño -que tradujo la Declaración de los Derechos del hombre- y el pedagogo José Félix Restrepo; en Perú, Manuel Lorenzo de Vidaurre -autor de las Cartas americanas políticas y morales (1823)-; en Cuba, Tomás Romay; en Chile, Juan Egaña. Todos ellos -y el quiteño Espejo, desaparecido prematuramente[27] - son más bien los últimos del siglo XVIII, pero abren el XIX -que es lo propio de las transiciones-. Del “fin del siglo que acabó, llamado el de las luces”, hablaría el mexicano José Mariano Acosta Enríquez, curioso personaje que tentó algo como novela en su pintoresco Sueño de sueños -viaje americano alegórico con Cervantes, Quevedo y Torres Villarroel.

           

            El momento en que ese tránsito nos hace sentir ya en los nuevos tiempos es el del proceso de independencia, que se inaugura con ese gran Congreso de voces americanas libres y altivas, impensable solo unos años atrás, que son las Cortes de Cádiz -en las que habremos de detenernos en el curso de nuestra historia literaria del período en el Ecuador por el papel protagónico que en ellas le cupo al quiteño Mejía-, y con los levantamientos insurreccionales que, como reguero de pólvora, recorren la América hispana en los años 1809 y 1810. Con esos sucesos definitorios entra en el horizonte de la inquietud americana esa concreción de los ideales libertarios de la Revolución que es el liberalismo -la gran conquista del siglo XIX- y esa voluntad de progreso material que impulsaron en la Europa de la revolución industrial ciencia, técnica y pensamiento filosófico y social.

           

            Importa atender a  que esa apertura a libertades y liberalismo que fue el eco en América de la Revolución Francesa y la gesta napoleónica europea se truncó abruptamente con la reacción absolutista que siguió a la derrota de los ejércitos franceses. Volvió la Inquisición, y mucho del pensamiento y la creación literaria americana debió recatarse en la clandestinidad.

           

            Ilustra tales avatares el caso de quien inaugura la novela en la literatura latinoamericana, el mexicano José Joaquín Fernández de Lizardi. De espíritu liberal, en la hora de la apertura escribió prosas en que defendía la razón y la libertad frente a las caducas instituciones censoras de la Corona, encabezadas por la ominosa Inquisición. Con la reacción, la censura prohibió esos artículos, y a ello precisamente debemos su novela El periquillo sarniento, publicada en 1816 -en tres volúmenes; el cuarto fue prohibido y sólo apareció póstumo-. En la trayectoria de su pícaro, generosa de toda suerte de reflexiones y comentarios, se volcó el impaciente reformador que era este pensador mexicano.

           

            En el período se pasa de las impaciencias revolucionarias alumbradoras de la América libre con que esos patriotas soñaban a la hora de la construcción, cuando, liberada ya América y con todos sus países autónomos, se impuso construir el nuevo orden. La figura cumbre de estos empeños constructores fue Andrés Bello, a partir de 1829, por el período clave de 1829 a 1865 -año de su muerte-. Los años de 1810 a 1829 habían sido de soledad y desierto, de fecundas meditaciones e infatigables lecturas, en Londres, a donde había ido como asesor de Bolívar y López Meléndez, delegados de la junta revolucionaria de Caracas, y allá lo dejó Bolívar. Chile se lo trae a América tras esos largos años de destierro londinense y en Santiago cumple su enorme obra de construcción de la nueva América en ámbitos decisivos. A Bello se impone volver porque, además, es figura literaria clave del período.

           

            El pensamiento iberoamericano del período está marcado profundamente por la Revolución Francesa. Los espíritus más cultos, curiosos e inquietos seguían, en un primer momento desde la clandestinidad, los acontecimientos franceses. Y, al llegar el oleaje revolucionario francés a España, se produce ese acontecimiento decisivo para la maduración de ese pensamiento y, más aún, para su autovaloración que son las Cortes de Cádiz, donde intelectuales de América hacen oír sus voces, que se muestran maduras y altivas. Con las guerras de emancipación ese pensamiento va a cobrar nueva personalidad y mayor conciencia nacional. La campaña de Bolívar y su acción política estaban animadas por un pensamiento lúcido y vigoroso.

           

            Y surgen empresas de pensamiento que echan a andar por caminos distintos de los escolásticos dominantes en el período hispánico.

           

            En Cuba, Félix Varela y Morales (1787-1853), que, por defender la independencia de la isla y haber presentado un proyecto en Cortes, fue condenado a muerte por Fernando VII y debió emigrar a los Estados Unidos, donde murió, introduce el estudio de la filosofía moderna, con énfasis en Descartes. En teoría del conocimiento parte de las cosas concretas y singulares y rechaza el apriorismo kantiano (Ensayo sobre la doctrina kantiana). En psicología defendía que las funciones vitales no dependen del alma sino son producidas por el organismo vivo. El hombre siente con el cuerpo, no con el alma. En política sostenía que la libertad es el principio del bien social, y en Derecho, seguía la teoría del derecho natural.

           

            Y en la misma Cuba, José de la Luz y Caballero (1800-1862), insigne viajero por América y Europa, proclamaba que el conocimiento filosófico debía arrancar por las ciencias: “Empezar por la física o, en general, por las ciencias naturales es empezar por el principio. Antes de ser ideólogo, el hombre ha de ser naturalista”. De los filósofos europeos, seguía a Locke. Conoció de primera mano la filosofía de Kant y Hegel, y rechazó las dos. Y combatió el escepticismo de Cousin, entonces de moda en Cuba.

           

            En Argentina se destaca el pensamiento de Esteban Echeverría (1805-1851). Para él “la filosofía es la razón; estudia las leyes necesarias que gobiernan el mundo físico y moral y también el universo”, y extiende su ámbito a “toda clase de manifestaciones de la vida”. En el conocimiento, se le impone que el hombre no es sino una máquina cuyo funcionamiento es determinado por los sentidos. En sociología, piensa que la sociedad está sujeta a un proceso de desarrollo, y para el mecanismo evolutivo sigue a Saint-Simon y su fin de la explotación de los trabajadores y la miseria del proletariado. Y, atento a la realidad nacional, urgía la necesidad de alcanzar la prosperidad por el desarrollo de la industria. Esa riqueza debía aprovecharse en democracia. Y en Argentina -pensaba- sería imposible llegar a democracia sin revolución. Revolución era “la sustitución completa del viejo régimen social o la transformación completa del régimen interno y externo de la sociedad”[28].

           

            En Colombia, José Eusebio Caro estudia el utilitarismo cuando universitario en San Bartolomé; pero en 1840 lo impugna en Sobre el principio utilitario enseñado como teoría usual en nuestros colegios y sobre la relación que hay entre la doctrina y las costumbres.

           

            Y en Bello pesa también Bentham y su utilitarismo -en su período londinense, Bello descifró sus manuscritos por encargo de James Mill-; pero también acogió ideas de Stuart Mill. Ya fuera de los límites que nos hemos impuesto, en 1881, póstuma -Bello había muerto en 1865- se publicó su Filosofía del entendimiento. En ella se mostraría conocedor libre y crítico de Kant y los filósofos ingleses, y, según Menéndez Pelayo, “audaz disidente de la escuela escocesa”. Para Bello, el gran constructor, “el objeto de la Filosofía es el conocimiento del espíritu humano y la acertada dirección de sus actos”. Al primer gran asunto dedicó su Filosofía del entendimiento, en que estudió la Psicología Mental y la Lógica; pensó tratar la segunda en una Filosofía Moral, compuesta de Psicología Moral y Etica. Nunca llegó a escribirla.

           

            Y en el período comienza a madurar el pensamiento de Juan Bautista Alberdi (1810-1884), en Argentina. Lee a Locke, Condillac, Holbach, Helvecio; emigrado en Montevideo, se aproxima a las ideas de Saint-Simon. Para cuando es derribada la dictadura de Rosas, Alberdi se convierte en el ideólogo del movimiento que guiará la marcha de la gran nación en una dirección influida por las teorías de Adam Smith y el Positivismo.

           

            Y, en general, en toda América, incluido el Brasil, se extienden y cobran peso Empirismo y Positivismo. Pasada la divisoria del medio siglo, el Positivismo se convertirá en una de las doctrinas filosóficas más aceptadas. Esa corriente y otras de alguna novedad en Iberoamérica buscaban ganarle espacios a la vieja escolástica y dar su armazón ideológica a la lucha contra los restos del feudalismo y al impulso al desarrollo económico y progreso material de la sociedad. El pensamiento tenderá de modo particular a interesarse en problemas sociales y destacará el papel que le corresponde a la instrucción en el camino hacia el progreso.

 

 

LA LITERATURA

 

            La literatura iberoamericana del período recibe influjos europeos -síntoma del cosmopolitismo propiciado por unas fronteras abiertas hacia el mundo al romperse la dependencia excluviva de lo hispano-. De Chateaubriand se contagiarán el sentimentalismo de Paul et Virginia, el primitivismo y lo idílico de Atala, la melancolía de Rene. Este influjo se haría sentir más conforme los gustos derivasen hacia el romanticismo. Se lee y se traduce a Victor Hugo -Bello lo tradujo-. De lo inglés cuentan Walter Scott, Byron, Young, Ossian. La influencia de Lord Byron es marcada en Echeverría -que regresa de Europa en 1830-. Y Bello traduce a Byron. De Alemania, atrae Schiller y se siente el peso de Goethe -el Goethe del Werther, de modo especial.

           

            Y se mira también a España. A Espronceda, primero; a Zorrilla y Larra, después. En Cuba, dijo Menéndez Pelayo, “por muchos años ha dominado un zorrillismo reprensible”[29]. Y en la línea neoclásica es perceptible la presencia de los poetas del XVIII: Gaspar de Jovellanos, Meléndez Valdés, Nicasio Alvarez Cienfuegos, Manuel José Quintana y Nicasio Gallego.

           

            Pero todo esto, importante y todo para valorar la producción, en especial lírica, del período, cuenta menos. Mucho más importante es el americanismo que se afirma en la literatura del tiempo. Obrada -o en trance de lograrse- la independencia política, los empeños de los escritores con mayor fuste intelectual se orientaron a la independencia del pensamiento y a hallar la “expresión de América”.

           

            Arrancan tan decisivas empresas en torno a los primeros veintes y acaso deba ponerse la fecha inicial en 1823, en que Bello escribe su Alocución a la poesía, en vísperas de la consumación de la gesta libertaria en Junín y Ayacucho. “Tiempo es -decía a la musa- que dejes ya la culta Europa”, y se daba a una apasionada exaltación de lo americano, tierras y gentes. Anhelo y profecía era su sueño de “algún Marón americano” -por Publio Virgilio Marón, el cantor de otra tierra (Geórgicas) y sus gestas (Eneida).

           

            Y el hondureño José Cecilio del Valle proclamaba por el mismo tiempo: “La América será desde hoy mi ocupación exclusiva. América de día cuando escriba; América de noche cuando piense. El estudio más digno de un americano es América”[30].

           

            El período  es, en Iberoamérica también, de transición. Y, en lo literario, la transición es hacia el romanticismo. Trátase, al menos en un largo primer tramo, de anuncios y realizaciones  inaugurales que muchos estudiosos califican de prerromanticismo. En casos como el ecuatoriano -en que nos detendremos largamente en la siguiente parte de nuestra Historia general y crítica de la literatura ecuatoriana- el romanticismo marcará claramente el período siguiente -con aceptaciones y rechazos, pero todo en torno a lo romántico-, y en este apenas se anuncia lo       romántico en las letras, pues en la vida por supuesto que por todo este continente enfervorizado con la libertad se siente un irresistible hálito romántico. Como anotó certeramente Arturo Torres Rioseco, “Todo favorecía al Romanticismo. Los hechos políticos y la anarquía, formaban héroes byronianos, la pasión tropical se alimentaba de romanticismo”[31].

           

            El primer romántico decidido e importante se manifiesta en Argentina, después de haber bebido tragos largos de byronianismo y otras maneras de romanticismo en Europa: Esteban Echeverría (1805-1851), con Elvira o la novia del plata (1832) y La cautiva (1837).

           

            Caro en Colombia y Heredia en Cuba, sin renunciar a lo clásico, sientan bases para lo romántico.

 

            Lo romántico se anuncia y comienza a realizarse en la exaltación de la libertad -esas desmesuras románticas que alientan en la entraña misma del gran epinicio neoclásico que es el Canto a Bolívar de Olmedo- y alardes de enfervorizado patriotismo; en el gusto por la historia y, en especial, por historias locales; en la fascinación por el pasado nacional indígena, por vidas y hechos y mundo de aztecas, mayas o incas; en la atención que se da a costumbres y tradiciones locales y en como se saborea lo propio; en la emoción ante la tierra -con La cautiva salta a la literatura americana la pampa- y, por supuesto, como primer motor de todo, en el sentimiento vivo, libre, apasionado con que se viven y dicen las cosas.

           

            En lo formal, en los comienzos del siglo se prefiere una versificación amplia y libre -la holgura de la silva, el verso suelto, el romance endecasílabo-, que propiciaba en lírica una emancipación como la que en todo orden estrenaba América. Esa falta de medidas, contención y rigores derivó demasiado frecuentemente en amplificación casi oratoria y hasta en garrulería. Se movió esta lírica entre lo noble y lo solemne, en un extremo, y lo pomposo e hinchado, en el otro. Y todo lo que nació demasiado fácilmente fue fácilmente barrido por el tiempo, ante cuyo oleaje solo se sostiene lo sólido y de peso.

 

 

LA LÍRICA

 

            Un primer pelotón de poetas madura en medio del fragor de las guerras de la independencia, y su poesía está animada por las exaltadas pasiones de la hora. Algunos de esos vates luchan en esas campañas desde muy temprano y no falta quien entrega su vida por la causa. Son figuras heroicas a menudo mucho más interesantes por sus vidas que por los versos que en circunstancias tales apenas pudieron granar y madurar.

 

            El arequipeño Mariano Melgar (1790-1815) se incorporó al movimiento rebelde del Cusco que en 1841 encabezó el indio Mateo García Pumaccahua, estuvo entre los insurrectos de Arequipa y fue ejecutado en 1815. Fervoroso por las cosas de América recogió e imitó yaravíes indios, y, sentimental, anticipó el Romanticismo. De su parva obra acaso lo mejor sean sus elegías para Silvia.

 

            El rioplatense -nacido en Montevideo- Bartolomé Hidalgo (1788-1822), combatiente de las luchas de la independencia -desde que en 1806 aparece enlistado en el Batallón de Partidarios de Montevideo y en 1811 el Triunvirato de Buenos Aires lo declara “Benemérito de la Patria”-. Poeta americano, autor de poesías gauchescas en metro octosilábico y romances de sabor popular. Todo ese sabor y gracia puestos al servicio de su pasión libertaria americana permanecen vivos en el “DIALOGO PATRIOTICO INTERESANTE entre Jacinto Chano, capataz de una estancia en las islas del Tordillo, y el gaucho de la Guardia del Monte”. En la misma onda está la Relación que hace el mismo gaucho al mismo Chano de las fiestas de Mayo de Buenos Aires de 1822.

 

            Juan Cruz Varela (1794-1839), nacido en Buenos Aires y formado en Córdoba, tiene un primer período heroico de enfervorizadas poesías patrióticas -que comienza en 1818-. Canta a los pioneros de mayo del 10,

 

                                   Los grandes héroes de la Patria mía,

                                   los ilustres varones,

                                   que el primer grito levantar osaron

                                   e impusieron a todas las naciones,

                                   cuando en Mayo de diez hasta el abismo

                                   se hundiera el trono vil del despotismo.

 

            Esas serían siempre sus grandes constantes: cantar la libertad y execrar la tiranía -cantará, entre otras libertades, la de imprenta.

 

            Participa después activamente en política, unido con entusiasmo a la gestión de su amigo Rivadavia. Y hace poesía política, que culmina con sus invectivas contra Rosas y la exaltación de “El 25 de Mayo de 1832 en Buenos Aires”. Para esas etapas finales se sitúa en las vecindades de Quintana y Cienfuegos.

 

            No menos enfervorizado por la causa de la libertad y entregado a quehaceres políticos es el santafesino José Fernández Madrid, que presidió el Triunvirato de 1816, fue desterrado a España y tras el triunfo de Bolívar fue nombrado agente en Francia y Ministro Plenipotenciario en Inglaterra, donde murió. Dejó el poeta odas de feroz diatriba antiespañola y un canto elegíaco a la prisión y muerte de Atahualpa. Su obra poética interesó a Olmedo y Bello. El guayaquileño hallaba mérito a sus versos pero les reprochaba falta de lima. Y es que los poetas de este bloque o no tenían o no se daban holgura para ese trabajo más concienzudo de escritura.

            Eso vino en un después que más que cronológico -coexisten unos y otros poetas y poemas- es de clima espiritual y tensión lírica. En ese después aparecen las tres grandes cumbres poéticas del período, que son Andrés Bello, con la Alocución a la poesía y A la agricultura; José Joaquín de Olmedo, con el Canto a Bolívar y Al vencedor de Miñarica, y José María Heredia con En el Teocali de Cholula y Niágara.

 

 

BELLO

 

            Los dos grandes poemas de Bello son un canto general a América, a sus gestas y a su naturaleza. Ya la Alocución a la poesía se presentó como “fragmentos de un poema titulado América”. Acaso el gran poema nunca se completó. Al menos la Alocución nunca se decidió Bello a completarla y más bien más tarde hizo otro poema. Los dos poemas constituyen sus “Silvas americanas”.

 

            Abrió el poeta su Alocución conminando a la “Divina Poesía” a dejar la “culta Europa”, “que la nativa rustiquez desama” y volar al gran escenario del Nuevo Mundo. Aquello sería un volver a “la infancia de la gente humana”. En Europa, “región de luz y de miseria”, la Filosofía ha usurpado a la poesía el culto. Y esa Europa sin poesía le merece al americano juicio durísimo. La llega a ver al borde de “la antigua noche de barbarie y crimen”. Pide a la poesía ir adonde la tierra “viste aún su pintoresco traje”. Y pasa en su canto a hacer el elogio de ciudades y regiones de esta nueva tierra, remontándose alguna vez hasta héroes primitivos y teogonías. Y anuncia el tiempo en que “algún marón americano” cantará mieses y rebaños. Pero la América que canta es una tierra sumida en los horrores de la guerra, pródiga en gestas libertarias. El poeta evoca de una en una ciudades y sus mártires, exaltando una libertad ensangrentada pero “cada vez más brava / más indomable”. Especialmente noble y bello el elogio de Miranda. Y de Bolívar, que cierra tan glorioso desfile, confía que no le compete  enumerar sus victorias pues su grata patria a más docta pluma había confiado el encargo. Introduce así el Canto a Bolívar de Olmedo, que Bello sabía estaba terminándose, si no terminado.

 

            A los tres años de la Alocución vio la luz el poema La agricultura en la zona tórrida. Se abrió el canto con saludo a la fecunda zona de vario clima, y, con el apóstrofe anafórico de Tú, se exaltaron los ricos productos de la feraz zona. La caña, la almendra, los nopales y su carmín, el vino de la agave, el café (“arbusto sabeo”), la palma, el ananás, la yuca con su blanco pan, la patata, el algodón y su “vellón de nieve”, el maíz “jefe altanero / de la espigada tribu”. En el banano extiéndese el elogio a varios versos: el más bello presente del ecuador feliz que rinde premio opimo con escasa industria. Contrasta tanta fertilidad de la zona con su indolente habitador, e invita, con ecos de Virgilio y Horacio, a volver al campo, sobre todo a aquellos a quienes fortuna hizo señores “de tan dichosa tierra” y la han abandonado a manos mercenarias para sumirse en el “ciego tumulto” “de míseras ciudades”, en banderías, lujos y vicios. De allí, ¿saldrá la juventud “orgullo de la patria, y esperanza”? Culminó esta invitación a volver a las virtudes campesinas con versos que recogen las nostalgias de Horacio en célebre oda [32].

 

                                   No así trató la triunfadora Roma

                                   las artes de la paz y de la guerra,

                                   antes fió las riendas del estado

                                   a la mano robusta

                                   que tostó el sol y encalleció el arado.

 

            Canta Bello, el constructor, nostálgico, esa “casta viril de rústicos soldados, enseñada / a remover las glebas con sabélica azada” del latino [33].

 

            Insiste larga y apasionadamente en el motivo clave de exaltar “la suerte campesina”, el aura de la montaña, donde está lo verdadero. La vuelta al campo logrará cerrar las “hondas heridas de la guerra”. E imagina, con viva hipotiposis, la febril vuelta de las gentes a la faena agrícola. Y a Dios le ruega que propicie ese trabajo para que su libertad “bendecida de ti se arraigue y medre”. Le pide enviar al ángel de la paz a esas erizadas soledades que antes fueron campos cultivados, florecientes ciudades. La gran exortación final es a la paz que aliente al soldado, convertido en ciudadano, a volver a la faena en la nave, el taller, el cortijo. A esas jóvenes naciones, de cabezas orladas de “tempranos laureles” conmina

 

                                   honrad el campo, honrad la simple vida

                                   del labrador y su frugal llaneza.

 

            Eso asegurará morada a la libertad y la ley. Eso dará nueva fama a los hijos de los vencedores en los Andes, Boyacá, Maipo, Junín y Apurima.

 

            Leído el poema se ve qué poca razón tienen los que lo leyeron como pintura detallista de la naturaleza americana -llegando a invocar el influjo de Humboldt!-. No: es un poema político en su última enjundia: la pintura opulenta -lírica, en modo alguno naturalista- de la feracidad de la zona ecuatorial no es sino introducción ufana al mensaje central que se dice repetidas veces, con alta pasión de constructor: lo único que reconstruirá esta América destrozada por las guerras es la vuelta al campo, a las fecundas tareas agrícolas y nobles virtudes campesinas. Eso fue lo que cantó este nuevo Marón, así como el latino, Publio Virgilio Marón, que con sus Geórgicas invitó a los latinos enviciados por el guerrear y sus fáciles botines a volver al agro.

 

            “La poesía agrícola de Bello -escribió Menéndez Pelayo- nació, como la de Virgilio, del amor simultáneo a la naturaleza y a los grandes poetas de otros tiempos; en su varia y complicadísima urdimbre han entrado hilos de innumerables telas y, sin embargo, el color de la trama parece uno”[34] .

 

            El color parece uno y es americano. Este es el punto neurálgico para el entendimiento y valoración de estos poemas, sobre todo del segundo, que se diría realización del gran proyecto -poético- enunciado en la Alocución: que la poesía venga a América. La matriz formal es clásica; pero contenidos y pasión fueron americanos, y se tradujeron formalmente en léxico, pinturas, ritmos. Funcionó aquí eso del vino nuevo en odres viejos. Porque esos odres eran fuertes y probados, buenos para añejar vinos nuevos. Bello, humanista de ferviente admiración por la herencia literaria griega y latina y buen catador de lo mejor de las literaturas europeas del tiempo -inglesa, francesa, española- no cree que la novedad deba extenderse a fraguar nuevas matrices estróficas -ninguna de esas literaturas europeas trabajaba sobre matrices por completo nuevas-. No cree que la novedad deba -ni pueda- llegar a la forma. La primera y esencial forma de todo pensamiento y sentimiento, que es el lenguaje, era española, y Bello rechazó -por ilusos- empeños de independencia idiomática -sin importarle que ello le valiese ser tachado de reaccionario-. La versificación que asumió fue una probada, enraizada en el pasado clásico, y la asumió con esas libertades que permite el seguro oficio. La novedad vendría de la materia de los cantos y, sobre todo, de la alta pasión americana con que el exilado -han de recordarse las fechas de los cantos: 1823 y 1826, y el año del regreso de Bello a América: 1830- vivía en su poesía las noticias e imágenes de su América y exortaba a los americanos a la nueva felicidad y grandeza.

 

            Produjo poca poesía Bello y nada comparable a las “Silvas americanas”: “El incendio de la Compañía”, “canto elegíaco”, en 1841; “El proscrito”, poema baironiano, que no pasó del canto quinto. Y algunas traducciones de Victor Hugo, entra las que se destaca la de “La oración por todos”, que por sus libertades más parece una imitación, y con tal denominación se publicó en El crepúsculo de Santiago de Chile, en 1843.

 

 

HEREDIA

 

            Contrasta con la alta pasión revestida de clásicas sonoridades de Bello la pasión romántica de Heredia.

 

            José María Heredia, nacido en Santiago de Cuba en 1803, viaja tempranamente con su padre -funcionario judicial español- por Florida, Santo Domingo y Venezuela. En 1817 se instala en La Habana, e inicia, al tiempo que estudios de Leyes, su carrera literaria por los inevitables poemas amorosos y en teatro con piezas como Eduardo IV, o el usurpador demente (1819). Lee fervorosamente Chateaubriand, se siente atraído por Cienfuegos, el excesivo y desmesurado don Nicasio Alvarez Cienfuegos, contemplador apasionado de la naturaleza (“La primavera”). Tras breve paso por México, regresa a Cuba y se convierte en revolucionario, a la vez que prueba fortuna por todos lados. “El torbellino revolucionario -cuenta el propio poeta- me ha hecho recorrer en poco tiempo una vasta carrera, y con más o menos fortuna he sido abogado, soldado,viajero, profesor de lenguas, diplomático, magistrado, historiador y poeta, a los veinticinco años”. Los niveles alcanzados por esa juvenil pasión revolucionaria quedan a la vista en estos versos tremendos:

 

                        De traidores y viles tiranos

                        Respetamos clementes la vida

                        Cuando un poco de sangre vertida

                        Libertad nos brindaba y honor.

 

            Era 1823, un año después de la oda A los habitantes de Anahuac, de incitación directa y fuerte contra Iturbide: “¡Oh mejicanos! / ¿Cómo sufrís tan oprobioso yugo?”, “Jurad en los altares de la Patria / ser libres o morir”.

 

            Este patriotismo era del más exaltado aliento romántico. Pero sus grandes poemas buscaron otros cauces.

           

                                                En el Teocalli de Cholula -compuesto en 1820, fecha tempranísima para algo romántico en español[35]- es un espléndido canto a la puesta del sol en la tierra que habitaban los aztecas, tierra que pinta con emocionado énfasis. Tras el sereno y luminoso ocaso cubre al poeta la sombra del Popocatepetl. Y entonces desciende sobre él “un largo sueño / de glorias engolfadas y perdidas / en la profunda noche de los tiempos”.

 

            La primera imagen es grande pero sombría: los reyes aztecas, déspotas salvajes, en medio del estupor del pueblo esclavo, presiden sangrientos sacrificios. Dan el clima a la cruel ceremonia orgullo, vil superstición y tiranía. Resume en la estrofa penúltima todo ese horror con cuadro plástico y patético y en la última se vuelve a la pirámide para decirle que más vale que yazca yerma “y la superstición a quien serviste / en el abismo del infierno duerma”. Y le pide ser lección saludable a los nietos futuros. “Sé ejemplo ignominioso / de la demencia y del furor humano” -dicen los dos últimos versos.

 

            El poema, a contracorriente de la naciente tendencia a glorificar el pasado indígena, es el sacudimiento de horror ante el menosprecio de la vida por razones de culto. Es, por contraste, un canto a la vida y a la libertad.

 

            Cuatro años más tarde hizo Niágara, exaltación de lo descomunal de la naturaleza americana y apasionada confesión de las meditaciones que el prodigio natural le inspiraba.

 

            Los primeros versos nos presentan al poeta con el “alma estremecida y agitada”, ardiente de inspiración, en luz tras largo tiempo de tinieblas. Ello ha obrado el Niágara con su “sublime terror”. Apenas cabía introducción más romántica a un poema. Y la materia es de las que más sedujeron a los románticos -la naturaleza en lo descomunal- y seduciría a los románticos americanos -la naturaleza virgen, misteriosa, inmensa de América-. Y, frente al “torrente prodigioso” de trueno aterrador y circundado de tinieblas, el poeta se confiesa digno de contemplarlo, precisamente por su espíritu romántico: “ansié por lo terrífico y sublime”.

 

            Sigue la espléndida pintura de la catarata en su “férvida corriente”, mil olas, espuma y fragor, iris y nube de vapores. Pero no es la fría y distanciada pintura que impondría el Parnasianismo: ese correr y abalanzarse se ven “como el destino irresistible y ciego” y el alma se confunde “en vagos pensamientos”. La nostalgia le recuerda las palmas que nacen del sol “en las llanuras de mi ardiente patria”. Acá nada delicado y muelle y por eso “el alma libre, generosa, fuerte” “el mezquino deleite menosprecia”. De allí, con la invocación “¡Dios, Dios de la verdad!”, se vuelve contra monstruos que, blasfemando su nombre, sembraron “error y fanatismo impío” e inundaron los campos de sangre y llanto. Y execra también de “mentidos filósofos” que osaban ultrajarlo. Son dos casos de esa miseria humana que ha empujado al poeta a buscar a Dios en “sublime soledad”. Y ahora siente su “profunda voz”. También los exaltados sentimientos religiosos eran rasgo romántico. De toda esa grandeza, la del formidable fenómeno de la naturaleza y de su Autor, de ese correr incansable “como el largo torrente de los siglos”, se vuelve a su juventud agostada por dolor, soledad y desamor. Ello le sume en nostalgia de una mujer que lo amase. Pero él está “desterrado, / sin patria, sin amores”. La estrofa final es el gesto del “débil cantor” que quiere durar. Que esos versos lleven a algún viajero a “dar un suspiro a la memoria mía”, y él, al escuchar los ecos de su fama, “alce en las nubes la radiosa frente”.

 

            El revolucionario, perseguido, debió huir a los Estados Unidos en ese 1823. Entonces visitó las cataratas del Niágara. En 1824, en una carta, dio la clave del hermoso y hondo poema: “Me parecía ver en aquel torrente la imagen de mis pasiones y de las borrascas de mi vida”[36]. Apenas cabe pensar más intensa confesión de romanticismo.

 

            Esas dos memorables piezas y un puñado más fueron los grandes poemas de Heredia. Aquellos que compuso sobrecogido por la grandeza de la naturaleza; sumido en nostalgias de la patria lejana, tibia y solar; arrebatado por exaltadas pasiones contra tiranías y ciegas aberraciones de humanos. Lo que escribió lejos del calor de estas altas pasiones le salió -en severas palabras de Martí- “como poesía de juez, difícil y perezosa”[37].

 

 

BATRES Y CARO

 

            En una segunda fila de poetas hallamos dos importantes figuras: el guatemalteco José Batres Montúfar y el colombiano José Eusebio Caro.

 

            Batres se sitúa de lleno en el período: nacido en 1809 vivió hasta 1844. De él dijo Menéndez Pelayo que “ni a Heredia, ni a Bello, ni a Olmedo, se les hace injuria con poner cerca de sus nombres” el del guatemalteco[38].

 

            Poeta de acentos románticos, se rindió a la seducción de la naturaleza, selva y desiertos (“esos desiertos callados y obscuros”), naturaleza que sintió románticamente (“Parece el desierto coloso dormido”); pero debe su fama a tres cuentos en versos alegres y picantes que tituló, acaso lúdicamente, Tradiciones de Guatemala. En esas historias contadas en octavas reales, picarescas, entre irónicas y sarcásticas, se rió de la hipocresía reinante en su entorno social, a la vez que abría ventanas hacia vida y usos de esas gentes -sin que falten breves pero intencionadas alusiones a la política del tiempo, que Batres ve como lances de una comedia de enredos-. “Don Pablo” pinta al buen ciudadano de chocolate, devociones y el resto “rascándose la panza”, y a Pablo, el “héroe”, cuyo amorío con la esposa de uno de esos apoltronados burgueses frustra una doña Luisa que exige “castigo suficiente” para el adúltero. Don Pablo, recluido en un convento, recibe sombría admonición de un fraile que lo enfrenta a desnuda calavera:

 

                        -Esta que miras calavera  agora,

                        Pablo, mujer fue un tiempo muy hermosa.

 

            Pero el alegre mujeriego se aplica así el tan usado expediente para provocar contemptus mundi:

 

                        -Con que ha dispuesto la fortuna avara

                        hacer de tanto hechizo y embeleso

                        que a los otros la carne les tocara

                        ¡Y a mí tan solo me tocara el hueso!

 

            Y la risa irónica, casi burlesca, se extrema en tragicómico final con la cornisa caída en terremoto, que mata al joven Pablo y a otros muertos un poco grotescos.

 

            “Las falsas apariencias” es otra historia a lo Bocaccio: el marido halla a la esposa en el lecho con un caballero, y los dos reclaman que no es lo que parece. La pelea entre el el marido y el amante acaba en la cojera de aquel. Las reflexiones finales del marido cornudo son sostenido juego de hilarantes equívocos, desde el burlesco comienzo:

 

                        No digo yo que siempre que estén juntos

                        un mozo y una joven en un lecho

                        se ocupen solo en discutir asuntos

                        de historia, de moral o de derecho.

 

            En la tercera “tradición”, “El reloj”, el caballero, para no verse sorprendido en plena aventura con la mujer casada por el celoso marido, se esconde bajo la cama, y allí le repica un reloj de sonería, pieza curiosa, única en la ciudad, que se ha negado a vender por más que tantos lo solicitasen. En trance tan apurado, no halla más arbitrio que poner el artefacto en manos de la esposa y ello lo entrega al marido ponderando haberlo adquirido por solo doscientos pesos. Y en el diálogo, la pícara dama se complace en rimar gruesos “cariños” que endilga al marido enfurecido: “cabeza de chorlito”, bestia, idiota, animal. “Eres Cornelio mío, un animal”.

 

            Y la dama para acabar de consumar la burla y el engaño cede a los requerimientos del marido ... con el amante bajo la cama.

 

            A la mañana siguiente todos conocían el suceso y acuciosos preguntaban a Cornelio la hora y ponderaban las virtudes del reloj...

 

            Estos fueron los deliciosos poemas de picaresca criolla que merecieron a Pepe Batres -así lo llamaban en su Guatemala- el elogio de Rubén Darío, de “príncipe de los conteurs en verso”.

 

            José Eusebio Caro (1817-1853) cae también de lleno en el período que nos ocupa. Había leído este colombiano cultísimo a los líricos ingleses y especialmente a Byron, pero su expresión es personalísima, innovadora en técnicas versificatorias[39]. Si se lo tachó alguna vez de rudo, áspero e inarmónico, debióse ello precisamente a innovaciones del sistema prosódico vigente -dactílico-, que le pareció demasiado fácil. En su poesía ha podido hablarse de “verso de estricto corte, de ajustada medida, de tan calculado ritmo” que lo acerca a la exactitud matemática[40].

 

            Poeta que, acaso por ello, podía parecer de corteza “áspera y dura” -que dijo Menéndez Pelayo-, era ardiente en su entraña. Su poema “La libertad y el socialismo”, de tema árido, estuvo animado por la alta pasión del republicano contra la tiranía de José Hilario López -y es poema de la última madurez de Caro: 1851-. El intenso sentimiento del poeta presagiaba por esas tierras tan afectas a lo clásico el romanticismo y lo iniciaba. Las cuarenta y cinco estrofas de Lara son completamente románticas, por sus pasiones violentas y trágicas y el nostálgico fondo paisajista. El mayor crítico  español de la poesía del tiempo admiró “la extraña y selvática grandeza de la poesía de Caro”[41]. Pero la nota que Caro aporta al coro lírico del tiempo es de peso de pensamiento. La suya es una poesía densa de ideas. Un poeta filósofo tituló Rafael Maya el ensayo que le dedicó en 1945. De sus largas y fervorosas lecturas de clásicos le quedó esa “gravidez intelectual”, que dijo Maya, y Pombo sentenció: “El siempre piensa y dice. Tosco o bello cada verso de Caro es una idea”.

 

            Y hay otra voz que, aunque reclamada por España -pues allá logró madurez y fama- es, por raíces y comienzos -y por otras obscuras razones-, americana, cubana: Gertrudis Gómez de Avellaneda.

 

            La poetisa -nacida en 1814; en España desde 1836- es buena representante de esta condición de tránsito que para la primera parte del período hemos destacado una y otra vez. Educada en las frialdades neoclásicas de Menéndez Valdés y la altisonante elocuencia de Quintana, por sus altas y fogosas pasiones, que lo mismo la exaltaban a deliquios de gozo que la sumían en simas de melancolía, fue romántica por los años 40, los de los primeros versos, y no perdió ese aliento por más que la abrumasen exigencias académicas -que se delatan en el pulimiento a que sometió sus obras de edición en edición (1841, 1850, 1869-71) buscando perfección formal-. La fuente de ese calor romántico, como lo señaló Valera en famoso estudio crítico, fue el amor, pasión que llegó casi a hundirse en abismos de desesperación y de allí saltó a lo religioso, sin parar hasta el misticismo de los años finales. Pero eso, como se ha dicho ya, en España. La Avellaneda hizo, además de su lírica, teatro, entre la tragedia clásica y el drama romántico: Alfonso Muni (1841), con un tercer acto arrollado por misterio y terror; Saul; Baltasar (1858), que la crítica comparada ha aproximado al Sardanápalo de Lord Byron. Y escribió una novela, Sab (1841), amasada de recuerdos cubanos, con la esclavitud por tema.

 

            Los otros poetas del período oscilan entre el neoclasicismo al que los inclinaban estudios y lecturas españolas y el romanticismo que flotaba en el ambiente e incitaba cada vez más. Así el colombiano José María Gruesso (17779-1835), romántico por la seducción de  Young y Cadalso -los apasionados poemas amorosos a Filis-, pero formalmente neoclásico. Y, en la misma Colombia, donde tanto pesaba el humanismo con sus sólidas raíces neoclásicas, Luis Vargas Tejada (1802-1829), romántico en la vida de revolucionario total y clásico en parte de su obra. Y, sin salir de Colombia, Julio Arboleda (1817-1862), romántico en su poema épico Gonzalo de Oyón -leyenda de asunto colonial, en el Valle del Cauca-, que nunca se acabó por la muerte trágica de su autor. Romántico se ofrece Arboleda por la efusión autobiográfica, el misterioso escenario, el paisaje y la naturaleza plasmados en cuadros de gran belleza -comparte con Bello y Echeverría la gloria de haber introducido el paisaje nativo en la literatura americana.

 

            En México José Joaquín Pesado (1801-1861) es neoclásico, descriptivo, buen traductor -lo mismo de poesía nahuatl que de Manzoni y Lamartine-. Pero es prerromántico Ignacio Rodríguez Galván (1816-1842), autor de La profecía de Guatimoc.

 

            En Cuba José Jacinto Milanés y Fuentes (1814-1863) pulsó cuerdas románticas en los años que precedieron a su locura -1835 a 1843-, y escribió teatro, en la línea tan romántica de la vuelta al teatro del siglo de oro español: El conde Alarcos (1838).          

            Puerto Rico aporta al cuadro del período El Gíbaro (1849) de Manuel A. Alonso, versos -y prosas- de raíz popular que rescatan costumbres y lengua de la jibaría.

 

            En Argentina se yergue una voz neoclásica que por su altura se acerca a los grandes del período: Juan Cruz Varela (1794-1839), de quien ya nos hemos ocupado y solo resta añadir que escribió, además, tragedias -Dido, 1823; Argia, 1824- y un sainete -A río revuelto, ganancia de pescadores.

 

 

LOS BRASILEÑOS

 

            Brasil recibía el influjo europeo -romántico- a través de Portugal. Pero sus poetas más abiertos a las novedades del viejo mundo leían  a Byron y Lamartine, y esos grandes románticos los sacaban un tanto de su formación clásica. Los primeros síntomas prerrománticos aparecen en José Bonifacio de Andrada e Silva, en Almeida Garret y Ferdinad Denis. Pero es José Domingos Gonçalves de Magalhaes (1811-1882), que imprimió sus primeras poesías en Río de Janeiro en 1832 y sus Suspiros poéticos, en París, en 1836, el primero en darse a la novedad romántica, como experiencia total del poeta, ser privilegiado, y el descubrimiento de la naturaleza como templo misterioso de un nuevo culto poético. Otros  acentuarían el subjetivismo y el predominio de la fantasía, y, sobre todo, esa libertad que tanto había exaltado Victor Hugo

 

            Pero el mayor poeta brasileño del período es Antonio Gonçalves Dias (1823-1864). Profesor de Derecho en Coimbra y de latín e historia patria en el Colegio Pedro II, autor de teatro y de estudios etnográficos y lingüísticos, debe su gloria mayor a su poesía, rica de asuntos y segura de procedimientos expresivos, aventura romántica que conjuga libertad con seguro dominio del lenguaje - “reduzindo à linguagem harmoniosa e cadente o pensamento que me vem de improviso”, como dijera él mismo en el prólogo a la primera edición de sus Primeiros Cantos-. La suya es una poesía rica de cauces: sentido religioso panteísta frente a la naturaleza, experiencia sentimental amorosa casi autobiográfica, indianismo, ideas y visiones de raíz medieval.

 

 

LA NOVELA

 

            En novela el tránsito hacia lo romántico se da en dos novelas que aparecen, muy vecinas en las fechas, traspuesta la mitad del período.

 

            Novela de tránsito es La novia del hereje (1840) del argentino Vicente Fidel López (1815-1903). Ese temprano derivar hacia el Romanticismo se razonó con gran lucidez teórica en una Carta-prólogo escrita a más de cuatro décadas de la novela. Allí se da cuenta del peso de la historia para un novelar romántico. En la novela misma anunciaron ese romanticismo que se venteaba en el aire el tono y la atmósfera; las figuras históricas y los personajes de ficción; idilios, pasiones e intrigas; los cuadros costumbristas.

           

            Y en 1839 había aparecido una primera parte de Cecilia Valdez o la loma del Angel del cubano Cirilo Villaverde (1812-1894), románticamente folletinesca, tremendista en su trama amorosa -los amores entre la mulata Cecilia y el señorito Leonardo, que no saben que son hermanos-. (Una edición definitiva de la novela debería esperar hasta 1882).

 

            Caso especialmente sugestivo es el del ya nombrado Esteban Echeverría (1805-1851), que se nutre en Francia de lecturas románticas -Lamartine, Dumas, Hugo y los románticos alemanes- y trasplanta ese romanticismo en Elvira o la novia del Plata -de 1823- y hace que la joven literatura rioplatense abra los ojos a lo local -paisaje, costumbres, historia- con La Cautiva. La gente joven de esa inquieta hora argentina saludó el poema como fundador de “la literatura nacional” -más tarde, en torno al acatado magisterio de su autor, se constituiría la Joven Argentina, grupo caracterizador de toda una generación-. Pero Echeverría era mucho más prosista que poeta y en la prosa produjo la primera obra maestra realmente argentina: el cuento largo El matadero (1838).

 

            El cuento arranca en pleno espíritu romántico -el gran leimotivo de la lucha contra la tiranía- y por su tono exaltado es romántico hasta el final; pero la morosidad de las sórdidas pinturas -sobre todo del matadero-, el brío de las escenas tumultuosas y lo bizarro de otras y el diálogo enraizado en hablas populares, sincopado y recio, lo hacen precursor del más vigoroso realismo americano y hasta del expresionismo.

 

            El cuento todo es una gran metáfora: el matadero -sórdido y sangriento-, metáfora de la dictadura de Rosas, y está traspasado de crítica desde los volterianos comentarios a la prohibición eclesiástica de la carne en cuaresma y la burla de los predicadores que echaban la culpa de las lluvias torrenciales a los “unitarios impíos” -todo con cáustico humor negro-. Tiene esa crítica de la sevicia de los federales su clímax en la tortura y muerte del joven unitario perpetrada por los del matadero, “foco de la federación”.

 

            El clima romántico y todas las pasiones que a su calor medraban dan las primeras obras maestras netamente -acaso, mejor, apasionadamente- americanas que cierran el período. Una fue -lo acabamos de ver El matadero-; otra, la mayor del tiempo, es el Facundo de Sarmiento (1811-1888), titulada Civilización y barbarie: vida de Juan Facundo Quiroga, que apareció en 1845. Novela o ensayo o evocación histórica -a Sarmiento encasillamientos preceptivos y retóricos le traían sin cuidado-, lo que sea, se ha escrito a impulsos de una gran pasión y de una poderosa y rica voluntad literaria. Lo que explica la estupenda creación es la fascinación -netamente romántica- por el héroe bárbaro.

 

            En el escenario de la pampa argentina -agudamente interpretada-, la vida turbulenta y bárbara del “Tigre de los Llanos” se convierte, a pesar del autor, por fuerza de la creación literaria, en epopeya de la barbarie. Estupendos cuadros de la vida gaucha -montoneras y campañas-, personajes vigorosos y análisis hondos del alma argentina son las claves de la obra maestra.

 

            La tormentosa historia argentina, con actores de cuño romántico, que alcanza su clímax en la brutal dictadura de Rosas, nutrió tres decisivas empresas de aliento romántico que, por fuerza de sus poderes narrativos, abrieron anchos caminos al realismo americano. Dos de ellas son, claro, El matadero y Facundo. La tercera es Amalia de José Mármol (1817-1871), que se hizo entre 1851 y 1855.

 

            Mármol escribió sus primeros versos en el calabozo al que lo había echado la dictadura de Rosas y sus Cantos del peregrino proclamaron, desde el título y el epígrafe, su admiración por ese brioso espécimen de romanticismo que fue el Childe Harold´s Pilgrimage de Byron. Pero su novela estaría en el punto de giro de romanticismo a realismo.

 

            Amalia pagó tributo al romanticismo ambiente en su condición de folletín de aventuras truculentas y el sentimental romance que florece en el corazón de toda esa truculencia; pero el brío narrativo -de raíz romántica, sin duda- desbordó esa condición y logró una novela política que por su efecto de distanciamiento puede leerse como novela histórica (para serlo rigurosamente faltaba real distancia de los sucesos, en buena parte casi autobiográficos). Una historia de persecución política -Belgrano, sobreviviente de una degollina perpetrada por la “Mazorca”, fuerza represiva del dictador- se entrelaza con otra de amor -entre Belgrano y Amalia, que lo ha acogido y esconde-, y acaba con el asesinato del perseguido. “Con  algo menos de discursos y digresiones -he escrito[42] -, con algo más de rigor en la composición y de exigencia en el estilo, con menos sentimentalismo, habría sido una obra maestra. Pero es una obra que interesa y apasiona todavía. Y lo es porque respira pasión. La pasión política alienta en pasajes de tenso dramatismo y en cuadros sombríos casi alucinantes”. Y destaqué personajes, hasta la muy interesante comparsa. “Todas esas figuras presentadas sin mayor consistencia ni sutileza psicológica, pero con vigor”. “Todo, en suma, forma parte del apasionado alegato político que envuelve y traspasa la romántica historia de amor”.

 

            Pero la figura mayor de la novela americana en la primera parte del período es el ya nombrado José Joaquín Fernández de Lizardi -bautizado en la ciudad de México en 1776 y muerto allí mismo en 1827-, que inició en 1816 la edición de El Periquillo Sarniento, novela a la que siguieron Noches tristes y día alegre (1818), La Quijotita y su prima (1819) y Don Catrín de la Fachenda (que vio la luz en 1832,  póstuma, pero se había terminado para 1825).

 

            El Periquillo Sarniento es, en rigor, la primera novela de América. Pedro Sarmiento -pintoresco personaje a quien apodaron “Periquillo Sarniento” por los verdes y amarillos chillones de su traje y su cara granujienta-, sintiendo próximo su fin deja escritos para sus hijos “los nada raros sucesos de mi vida”, como lección “para que os sepáis guardar y precaver de muchos de los peligros que amenazan y aun lastiman al hombre, en el discurso de sus días”. El hilo del relato será esa autobiografía y le permitirá hilvanar toda suerte de comentarios sobre educación, costumbres y gobierno -y allí es el incansable publicista crítico que fue Lizardi  quien habla-. Pero la historia avanza y va completando un gran fresco de la vida mexicana en convento, universidad, cárcel, prostíbulo, hospital y buque, cada ambiente y medio con un peculiar lenguaje, que va del vulgarismo al latinajo. Esa vida que es coto de caza reservado a la novela y en que aquí por primera vez se incursionó.

 

            Noches tristes y día alegre le pareció a Agusín Yáñez “una de las más expresivas introducciones del romanticismo hispanoamericano en su doble aspecto indígena y de trasplantación”[43]. Y si La Quijotita y su prima no pudo alzar vuelo novelístico de tanto lastre moralizante como tuvo, Don Catrín de la Fachenda volvió al brío narrativo del Periquillo y fue aun más picante en su crítica socarrona de los “catrines” -fingidores de apariencias-, militares y más fauna de mundanerías fatuas.

 

            Manifestación del gusto romántico por el sabor local y por lo pintoresco y hasta bizarro -que en El matadero se realizó estupendamente y tuvo logros sabrosos de crítica social en El Periquillo Sarniento-, son los cuadros de costumbres que empiezan a darse por todos lados, en una vasta y varia empresa americana de descubrimiento de lo propio. Los de Jotabeche (José Joquín Vallejo, 1811-1858), en Chile; Los San Lunes de Fidel del mexicano Guillermo Prieto; en Venezuela, Daniel Mendoza (1823-1867), con memorable pintura del campesino que visita la ciudad, y los Cuadros de costumbres de Salomé Jil, en Guatemala. Y la misma primera novela de Manuel Payno (1810-1894), El fistol del diablo (1845-1846), tiene mucho de sostenido cuadro de costumbres.

 

            Otro cauce romántico para relato y novela era lo histórico. Corrió por él muy tempranamente, en 1826, Jicoténcal, seguramente de autor mexicano; pero empeños sostenidos solo se dieron a partir de 1845. Siéntese en toda esa producción -menor, sin cosa que exija mención- la fiebre del folletín francés a lo Dumas, Victor Hugo o Eugenio Sue. En México el género hizo fortuna y nutrió las arcas de astutas casas editoriales.

 

            Pero en esta hora la novela romántica más interesante llega del Brasil. Joaquim Manuel de Macedo (1820-1882), poeta y dramaturgo, a más -caso típico del tiempo- de catedrático, diputado y periodista, marca una fecha clave en la novela brasileña con A Moreninha (1844), a la que siguieron, en serie de fecundidad y facilidad asombrosas, O Moço Loiro (1845), Os Dois Amores (1848), Rosa (1849), Vicentina (1853), O Forasteiro (1856) y los cuentos de Os Romances da Semana (1861) -la serie seguiría más allá del período al  que atendemos-. Folletinescas en sus peripecias, pobres de estilo y mediocres de ideas, son sabrosas por su realismo familiar e interesantes por sus tipos humanos, lo uno y lo otro fruto de fina observación.

 

            En 1857 apareció O Guarani. Su autor, José Martiniano de Alencar (1829-1877), quería hacer vida novelesca una vigorosa poética: un amplio programa de literatura nacional basada en tradiciones indígenas y en la pintura de la propia naturaleza, todo ello aquilatado por una exigente conciencia estética. A partir de allí, hasta el 64, Alencar publicaría sus novelas más célebres: A viuvinha (1860), Lucíola (1862), la primera parte de As minas de prata (1862), Diva (1864)... Escritor seguro y rico, Alencar convoca, en un marco natural pintado con gran economía, a personajes agudamente captados, al tiempo que desnuda vida individual y social. El empeño analítico alcanza puntos muy altos en Lucíola y Senhora (1875); la visión de la sociedad, en O Gaúcho (1870) y O Sertanejo  (1875).

           

            Y se apartó del romanticismo en boga Manuel Antonio de Almeida (1831-1861) con su única novela, aparecida como folletín periodístico entre 1852 y 1853,  Memórias de um Sargento de Milicias, de humorismo fresco -con dejos de ironía-, estilo coloquial y realismo que recuerda la vieja picaresca. 

 

 

EL TEATRO

 

            En una América liberada de la tutela española aumentan las representaciones teatrales. Se ven las tablas como púlpito moderno para prédicas morales y políticas. “Yo considero el teatro únicamente como una escuela pública -proclamaba el prócer chileno Camilo Henríquez-. La musa dramática es un gran instrumento en manos de la política”. Y, como lo ha señalado Anderson Imbert, “el teatro, en el Río de la Plata, era entonces “Una escuela práctica de moral”[44]. Púlpito laico, escuela y barricada. El granadino Luis Vargas Tejada, de breve e intensa vida (1802-1829), escribe dos monólogos contra Bolívar: Catón en Utica y La madre de Pausanias. Ha de recordarse que fue uno de los conspiradores del 28 y murió, acaso asesinado, cuando huía a Venezuela.

 

            La forma sigue siendo neoclásica, pero los temas y los personajes son americanos: Lautaro de Camilo Henríquez, Tupac Amaru de Luis Ambrosio Morante, Atala y Guatimoc de José Fernández Madrid, Xicontencatl de José María Moreno, Sugamuxi de Luis Vargas Tejada.

 

            En el primer tramo del período, de anuncios y primeros estremecimientos románticos, el teatro fue uno de los espacios más románticos de la joven literatura nueva de América. Primer fruto de romanticismo influido por Victor Hugo es Pedro de Castilla, escrito en Cuba en 1836 por el dominicano Javier Foxá (1816-c. 1865). Romántico es el drama en verso El Conde de Alarcos (1838) del cubano José Jacinto Milanés y Fuentes. Y es romántico el odio a los tiranos que Juan Cruz Varela disfrazó con galas de antigüedad clásica en su Argia. Y en México fue teatro romántico en verso el Herman o la vuelta del cruzado (1842) de Fernando Calderón (1809-1845), que en la comedia A ninguna de las tres criticó excesos románticos.

 

            Ya al voltear la mitad del período se siente que el teatro busca cauces más realistas. Lo hace en  teatro satírico el peruano Felipe Pardo y Aliaga (1806-1868), recalcitrante monárquico, en La jeta (1834). Y Manuel Ascensio Segura (1805-1871) funda el teatro criollo peruano con piezas como El sargento Canuto (1839). Y en Brasil, Luis Carlos Martins Penna (1815-1848) lleva a escena sabrosos cuadros de vida cotidiana.

 

            Pero el aliento romántico sopla en la escena y busca cauces como lo histórico, aunque sin mayores logros. Muy poco feliz, por ejemplo, el drama histórico del mexicano Ignacio Ramírez (1818-1879).

 

 

LA PROSA

 

            Hubo teatro en el período, pero este es renglón en el que el saldo para la literatura americana resulta escuálido. Es mucho más sólido y rico en la prosa. Este fue tiempo en que rotos diques y aduanas florecieron publicaciones de toda índole, ofreciendo espacios antes impensables a la crítica social más cáustica y a las más ingeniosas formas de ironía y burla, todo lo cual aportó nuevas y a menudo deliciosas calidades a la expresión literaria en prosa de agudos gacetilleros y briosos polemistas.

 

            Cabe recordar un par de fechas muy tempranas decisivas para esta nueva prosa: en 1806 Miranda introduce en Caracas una imprenta ambulante, la primera en Venezuela, para imprimir esas proclamas que quemaría el verdugo. Y las Cortes de Cádiz, que fueron estupenda tribuna hispanoamericana para briosos oradores -entre los que se destacó más que cualquier otro americano el quiteño Mejía Lequerica, a quien dedicaremos capítulo especial en nuestra Historia de la Literatura Ecuatoriana-, decretaron en 1811 la libertad de imprenta.

 

            El bullir de imprentas que siguió a la temprana de Miranda y un inusitado multiplicarse de gacetillas que propició el decreto de las Cortes dieron tribuna a escritores impacientes de propósitos patrióticos. En las páginas del Diario de México publica Andrés Quintana hasta sus versos revolucionarios. Y en muchas partes -Cuba, por ejemplo- esa libertad decretada por la gran asamblea gaditana abrió camino a la poesía popular, con coplas y décimas de desenfadado ingenio.

 

            De esa recién estrenada libertad se aprovechó Fernández de Lizardi para propagar ideas liberales. Saludó la abolición de la Inquisición, propugnó una reforma social que suprimiese privilegios, denunció la ignorancia popular y responsabilizó de ella a la Iglesia.

 

            Triunfó, como lo hemos repasado ya, la reacción absolutista en España y volvió la Inquisición. Los artículos de Lizardi fueron censurados. Habría que esperar la independencia para poder escribir otra vez con libertad. Y, sin libertad, la prosa creció raquítica.

 

            Debía madurar la nueva prosa americana, y estas maduraciones se toman su tiempo -tiempo que a veces se mide por generaciones-. En el período siguiente nos aguardan prosistas de otra talla, con Montalvo a la cabeza. Pero en esta hora, que en prosa es más de afirmación que de transiciones, hay ya figuras fundacionales. La mayor, sin duda, Bello.

 

            Bello ejerce un magisterio americano cada vez más acatado -en Chile se llegó a hablar  de una verdadera dictadura intelectual, paralela a la política de Portales- y lo ejerce por sus escritos. En julio de 1826 imprime, en Londres, con García del Río, el Prospecto de una de sus dos grandes revistas panhispánicas, el Repertorio Americano, y allí, aunque sin firma, ni falta que hacía, está ya su prosa de cauce ancho, tono sereno, recatada pasión, rigor extremo y generoso contenido. Esa prosa que, al decir de Menéndez Pelayo, “no es brillante ni muy trabajada, pero es modelo de sensatez, de cordura y de caudalosa doctrina”[45].

 

            Ya en Chile, afirmado Portales como poderoso Ministro, puso a Bello al frente de la sección de noticias extranjeras y de la de Letras y Ciencias de El Araucano, y le dio así su primera tribuna americana. Más tarde, la tribuna grande fue la Universidad, desde cuando, en la apertura oficial de la Universidad de Chile -otra gran empresa de Bello-, el 17 de septiembre de 1843, el discurso inaugural fue estupendo manifiesto sobre lo que debía ser la Universidad en esta América nueva, en laborioso trance de construirse.

 

            Vendrían después las grandes obras doctrinales: Principios de Derecho Internacional, la Gramática de la lengua castellana dedicada al uso de los americanos -escrita en exacta y castiza prosa-, la Filosofía del entendimiento. ¡Cuánto se podría sorprender de prosa artística en obras tan económicas, rigurosas y serias! Como en la Filosofía, eso del universo físico como “un gran vacío poblado de apariencias vanas”. Bello, el poeta  y el prosista, fue ese varón memorable, educador de toda la América española, “comparable -como escribió bellamente Menéndez Pelayo- a aquellos patriarcas de los pueblos primitivos, que el mito clásico nos presenta, a la vez filósofos y poetas, atrayendo a los hombres con el halago de la armonía, para reducirlos a cultura y vida social, al mismo tiempo que levantaban los muros de las ciudades y escribían en tablas imperecederas los sagrados preceptos de la ley”[46].

 

            El movimiento de la independencia americana fue empresa intelectual antes, durante y después de las guerras libertarias y nadie lo muestra con más peso de ideas y más fuerza expresiva que el mayor actor de la gesta, Bolívar.

 

            Bolívar fue hombre de letras. Arganil, enemigo declarado del prócer, llegó a decir: “Bolívar, dedicado a cultivar la literatura hubiera podido destronar a todos los oradores y poetas de su tiempo”. Pero, en medio del tráfago de las campañas, fue orador y escritor de rica vena y variado registro. “Habla elocuentemente de todas las materias” y “escribe de un modo que hace impresión, pero su estilo está viciado por una afectación de grandeza que desagrada” -fue el juicio que estampó Miller en sus Memorias. En el estilo de Bolívar hallamos la imagen -de desmesura a veces rayana en hipérbole- sirviendo a altas y decisivas ideas; antítesis y paradojas, que traslucían la complejidad de un pensamiento enfrentado a situaciones tensas de contradicciones; frases lapidarias que condensaban ideas largamente sentidas y variados modos de intensificación de la prosa, usados con seguro instinto, en especial cuando esa prosa estaba agitada por la cólera, que va de la cáustica ironía a la burla y la palabra dura. Esto dice a Santander del Congreso de Panamá y Venezuela, en carta de julio de 1826:

 

                        Vírgenes y santos, ángeles y querubines serán los ciudadanos de este nuevo paraíso. ¡Bravo! ¡bravísimo! Pues que marchen esas legiones de Milton a parar el trote de la insurrección de Páez, y que, puesto que con los principios y no con los hombres se gobierna, para nada necesitan ni de Ud. ni de mí. A este punto he querido yo llegar de esta célebre tragedia, repetida mil veces en los siglos y siempre nueva para los ciegos y estúpidos que no sienten hasta que no están heridos ¡Qué conductores![47].

 

            Echeverría, que en El matadero intensificó con tanta fuerza su prosa para la denuncia política, escribió también lúcidos ensayos filosóficos y fue inteligente prosista de ideas en las Palabras simbólicas, conocidas después como El dogma socialista.

 

            Pero la figura mayor de la prosa por esos lares es Sarmiento. Ya se ha dicho que su Facundo no es, en rigor, novela -al menos para lo que en ese tiempo cabía tener por tal-, y tiene mucho de ensayo. En lo uno y lo otro el gran argentino se muestra formidable prosista. Lució otras finas calidades de prosa en Viajes (1845-1847), el libro que siguió al Facundo: cartas imaginativas, penetrantes de observación -paisajes y costumbres de Francia, España, Africa, Italia, Estados Unidos-, chispeantes de humor, ricas de imágenes y metáforas.Vendrían después otras dos obras de intencionada escritura y las consabidas calidades: Recuerdos de provincia (1850) y Mi defensa (1850).

 

            Y en Argentina, de entre el bullir de escritores que floreció en la hora que siguió a la Joven Argentina y la Asociación de Mayo -fundada en 1838 en torno a Echeverría-, hay que destacar a Bartolomé Mitre (1821-1906), que, aunque tentó la poesía de asunto criollista en Santos Vega (1938), se afirmó como gran historiador. Pero hay que mencionar también las Memorias del general José María Paz y los artículos de costumbres Juan Bautista Alberdi, firmados por Figarillo -en clara alusión a Larra-, a la vez que sus Cartas quillotanas de virulenta polémica contra Sarmiento.

 

            Por otros lados se destaca la prosa del hondureño José Cecilio del Valle (1780-1834), buen pintor de la naturaleza, y del colombiano Francisco Antonio Ulloa (nacido en 1783).

 

            Signo de esos tiempos de fervores libertarios y recuperación de lo nacional fueron importantes empresas históricas que, cuando estuvieron servidas por los poderes de la prosa -como en el caso ya dicho de Mitre-, cuajaron en importantes obras literarias que inauguraron uno de los renglones más ricos de la literatura del XIX. Asistimos al nacimiento de las primeras grandes historias nacionales de nuevo cuño: Historia de la República Argentina de Vicente Fidel López y el Resumen de la historia de Venezuela de Baralt (tres volúmenes que vieron la luz en París entre 1841 y 1843). Y la Biografía de José Félix Ribas del venezolano Juan Vicente González (1811-1866), de apasionada escritura que fragua en recias estampas históricas, inicia larga serie decimonónica de textos que, un poco detrás del Facundo, hacen pie en un motivo histórico para despegar hacia alturas de ensayo, polémica, diatriba y otras vigorosas maneras de prosa literaria.

 

            Sea la última figura de esta elemental galería de prosistas un personaje que con sus viajes por toda América, sus empresas de publicista, sus polémicas por uno y otro lado y sus escritos de la más diversa índole y notables calidades domina la última parte del período: el guatemalteco Antonio José de Irisarri (1786-1868).

 

            Entre 1846 y 1847 publica, como folletón en el periódico bogotano El Cristiano errante, una novela política del mismo nombre. Autobiográfica, picaresca, costumbrista. En 1863 edita, en Nueva York, otra novela política: Historia del perínclito Epaminondas del Cauca. Pero el genio del inquieto escritor era el del polemista: mordaz, cáustico, satírico. Escribió unas Poesías satíricas y burlescas (1867), que perduran por eso, por sátira y burla. Y sus fábulas son sátiras. Vivió escribiendo -en periódicos propios y ajenos- y peleándose, literariamente, con medio mundo. A Quito llegó este ilustre trotamundos americano en 1844 y fundó el periódico La Concordia que utilizó para favorecer la causa del general Flores. Siempre al servicio del generoso mecenas imprimió en Bogotá, en 1846, su Historia crítica del asesinato cometido en la persona del Gran Mariscal de Ayacucho. Y ocupa destacado lugar en la literatura ecuatoriana del tiempo la agria, pero erudita y brillante, polémica que sostuvo con otro gran polemista, el fraile cuencano Vicente Solano.

 

            Y, claro, en tales empresas de andarse a las greñas en toda suerte de materias y con todas las armas que cultura y literatura podían ofrecer a quijotes y camorristas[48], Irisarri no es una isla. Es ingente la falange de periodistas, articulistas y gacetilleros que nutren un increíble bullir de periódicos y gacetas y revistillas de toda facha y empaque -algunas nacidas solo para ofrecer tribuna a una de esas a veces tan apasionadas y agrias disputas-. En tales espacios la prosa polémica americana comienza a cobrar en este período enorme peso e incitantes calidades -que madurarían en varios sentidos en los períodos siguientes, hasta dar en alardes de tanto poder literario como Las Catilinarias de Montalvo-. “El diario es -proclamaba Sarmiento en 1841- la voz que resuena siempre, la palabra viva y mordaz, el pregón alto y sonoro”[49]. Y del diario separábanse, como hijuelas, libelo y pasquín. Que, cuando estaban inspirados por visiones lúcidas y sentimientos generosos, al tiempo que quemaban, iluminaban y sacudían rutinas e inercias. En 1844, el chileno Francisco Bilbao (1823-1865) irrumpe con el violento libelo La sociedad chilena, que, al decir de Henríquez Ureña, “cayó como una bomba sobre la modorra mental de las familias privilegiadas y la empingorotada cerrazón de los políticos gobernantes”[50]. A mucho de todo esto habremos de acercarnos, para el caso ecuatoriano, en nuestra Historia literaria.

 

            Y como introducción al tiempo ecuatoriano del período y su literatura esto, que siempre resulta corto, parece casi demasiado.

 


 

[1]  En Escritores representativos de América, Segunda Serie, I, Madrid, Gredos, 1963, p. 39

[2]  Enrique Anderson Imbert, Historia de la literatura hispanoamericana. I. La Colonia. Cien años de República, México, Fondo de Cultura Económica, 1967 (6a. ed.)

[3]  Poesía de la independencia, Compilación, Prólogo, Notas y Cronología de Emilio Carilla. Biblioteca Ayacucho 59, Caracas, 1979

[4]  Pedro Henríquez Ureña, Las corrientes literarias en la América Hispánica, 2a. ed. México, Fondo de Cultura Económica, 1954.

[5]  “Períodos” y “Generaciones” en la historiografía literaria hispanoamericana (En Cuadernos Americanos, México, 1948, VII, N. 3)

[6]  José Juan Arrom, Esquema generacional de las letras hispanoamericanas, en Thesaurus, Bogotá, Instituto Caro y Cuervo, 1961, XVI, n. 3.

[7]  Véase, por ejemplo, Hernán Rodríguez Castelo, Literatura ecuatoriana 1830-1890, Otavalo, Instituto Otavaleño de Antropología, 1980

[8] Vicente Rocafuerte, A la Nación, Quito, Tipografía de la Escuela de Artes y Oficios, 1908, p.249

[9] Detrás de declaración al parecer tan respetuosa de la autodeterminación de los países de Iberoamérica estaban miras claramente expansionistas. Ya en 1786 Jefferson había sentado la línea maestra de ese expansionismo: “Nuestra Confederación ha de verse como el nido desde el cual se poblará la América entera, tanto la del Norte como la del Sur. Mas cuidémonos de creer que a este gran continente interesa expulsar desde luego a los españoles. De momento aquellos países se encuentran en las mejores manos, que sólo temo resulten débiles en demasía para mantenerlos sujetos hasta el momento en que nuestra población crezca lo necesario para arrebatárselos parte por parte”. Cit. en José Fuentes Mares, Génesis del expansionismo norteamericano, México, El Colegio de México, 1980, p. 15.

[10]  Benedetto Croce, Historia de Europa en el siglo XIX, Buenos Aires, Ediciones Imán, 1950. El capítulo VI.

[11]  Max Beer, Historia general del socialismo y de las luchas sociales, Santiago de Chile, Ediciones Ercilla, 1935, p.385

[12] El tema de las relaciones del filósofo con su época interesó muy tempranamente: Hegel und Seine Zeit, de R. Haym, apareció en Berlín en 1857

[13] Resulta enormemente sugestivo reparar en que la síntesis que Hegel buscó en su sistema es la de los viejos escolásticos: el ser absoluto y el ser participado relacionados por la analogía.

[14] Hegel fue adversario de la lucha revolucionaria contra el sistema semifeudal alemán. Para él, “el espíritu universal de nuestro tiempo ha ordenado ir adelante”. El sistema -pensaba- se perfeccionaría “como el sol siempre adelante” (Carta de 1816)

[15] Anti-Dühring, México, 1945, Pp. 31-32. Y Lukacs diría que el paso adelante dado por Hegel consistía “en elevar a conciencia la historicidad y la socialidad de la dialéctica”. Georg Lukacs, El asalto a la razón, Barcelona, Grijalvo, 1976, P. 212

[16] Johannes Eckhart (hacia 1260-1327), uno de los grandes místicos de su tiempo. Centró su trabajo intelectual en lograr una explicación metafísica del misticismo. En unión con su discípulo John Tauler, otro gran místico, publicó El libro del consuelo divino. En 1942, F. Aubier nos completó la imagen de la obra del gran místico con su M. Eckhart, traités et sermons.

[17] Puede ampliarse este fascinante horizonte en recuentos como el de Moulton y Chifferes, Autobiografía de la ciencia, México, Fondo de Cultura Económica, 1947.

[18] A los excesos de la Revolución siguió en Europa un tiempo de rechazo a lo francés. Sintomático de ese sentimiento es el libro De l´Allemagne de Mme. de Stäel, cuya primera edición fue recogida y destruida en 1810 por orden de Napoleón, en el que predicaba la rebelión intelectual contra Francia y proclamaba que solo en Alemania podían hallarse pensamientos nuevos y profundos sentimientos.

[19] Escribiendo a un corresponsal sobre Ossián. En Extracto de un intercambio epistolar sobre Osián y las canciones de los pueblos antiguos. Texto reproducido fragmentariamente en La rebelión de los jóvenes escritores alemanes en el siglo XVIII. Textos críticos del Sturm und Drang, selección, prólogo y notas de Ilse T. M. de Brugger, Buenos Aires, Nova, 1976, p. 104

[20] Manejamos el Prefacio del “Cromwell”, el manifiesto romántico, traducción de Hernán Peirotti, Buenos Aires, Editorial y Librería Goncourt, 1979

[21]  Edición en español respetuosa del original es la de Ediciones B, Barcelona, 1998, en traducción  de Miguel Martínez Lage.

[22] Arnold Hauser, Historia social de la literatura y el arte, Madrid, Guadarrama, 1964, II, 263

[23] Citamos por la traducción de Rafael Cansinos Assens, Barcelona, Círculo de Lectores, 1982. Citamos acto y escena.

[24] Esta es la fórmula decisiva de la salvación, que dicen los ángeles que llevan a lo alto la parte inmortal de Fausto. Los versos del original -que Goethe subrayó, como dejándonos una pista de la importancia que les daba, son así: “Wer immer strebend sich bemüht / Den können wir erlösen”. En su enjundia está ese “strebend” que puede significar tanto -y, por lo mismo, cada sentido resulta radicalmente inepto-: esforzarse, aspirar, tratar, aferrarse, buscar. Cansinos Assens traduce: “Siempre a aquel que con denuedo / lucha y se afana en la vida / salvación brindar podemos”, lo cual, más que traducción, resulta glosa

[25] Ferdinad Ries (1784-1838), amigo de juventud de Beethoven, autor , con F, G. Wegeler, de las Biographische Notizen über Ludwig van Beethoven, Coblenza, 1838.

[26] El decisivo episodio de la tachadura de la dedicatoria y desgarramiento de la página, que tan bien se ajustan al espíritu de fervoroso republicanismo de Beethoven y a su genio violento, en la Biographie von Ludwig van Beethoven de Anton Schindler, íntimo amigo del compositor en los últimos años de su vida y su primer biógrafo importante. Lo hemos manejado en la reimpresión de Kalischer, Berlín, 1909.

[27] A quien hemos dedicado dos capítulos en los volúmenes correspondientes al siglo XVIII de nuestra Historia general y crítica de la literatura ecuatoriana.

[28] Cf.Obras completas de Esteban Echeverría, Buenos Aires, Ediciones Antonio Zamora, 1951.

[29] Marcelino Menéndez Pelayo, Historia de la poesía hispano-americana, Obras completas, XVII, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Santander, MCMXLVIII, p. 284

[30] José Cecilio del Valle, Soñaba el Abad de San Pedro y yo también sé soñar, México, Secretaría de Educación Pública, 1943, p. 13

[31] Arturo Torres Rioseco, La gran literatura iberoamericana, Buenos Aires, Emecé, 1945, p. 65

[32] Odas, libro 3, oda 6.

[33] En traducción de Aurelio Espinosa Pólit, en Lírica horaciana, Quito, Editorial Clásica, 1953

[34] Marcelino Menéndez Pelayo, Antología de poetas hispano-americanos,vol I, p. CXLIII

[35] Marcelino Menéndez Pelayo, Antología de poetas hispano-americanos,vol I, p. CXLIII

[36] Para Torres Rioseco es “el primer poema romántico en lengua española”.

[37] En Carbonell, La prosa en Cuba, vol. V, p. 21

[38] En Discurso del 20 de noviembre de 1889

[39] Puede vérselo en detalle en José Luis Martín, La poesía de José Eusebio Caro, Bogotá, Instituto Caro y Cuervo, 1966

[40] Carlos Arturo Caparroso, Dos ciclos de lirismo colombiano, Bogotá, Instituto Caro y Cuervo, 1961

[41] Menéndez Pelayo, Historia de la poesía hispano-americana, I, 448

[42] En El camino del lector, Quito, Banco Central del Ecuador, 1988, t. II, p. 496

[43] Prólogo a la edición de la obra en México, D.F., Mensaje, 1943

[44] Enrique Anderson Imbert, Historia de la literatura hispanoamericana, México, Fondo de Cultura Económica,  1967 (6a. ed), I, 200

[45] Menéndez Pelayo, en la ya citada Historia de la poesía hispano-americana, I, 354

[46] En el prólogo “Venezuela”, que dedicó a Bello, Madrid, 1911, p. 58

[47] Véase todo esto analizado más en detalle en mi Habla y estilo de Bolívar, Quito, Su Librería, 1981

[48] Alguna vez habría que hacer -si no se ha hecho ya- un repertorio de las grandes polémicas del tiempo. Ocuparía allí lugar destacado la apasionada disputa de los desterrados argentinos de la tiranía de Rosas, fervorosos de romanticismo y nacionalismo, llegados al Chile dominado por la figura de Bello, con los discípulos del maestro.

[49] Obras, Santiago de Chile, 1887, p. 112

[50] Pedro Henríquez Ureña, Las corrientes literarias en la América Hispana, México, Fondo de Cultura Económica, 1954 (2a. ed. en español), p. 129


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