Hernán Rodríguez Castelo

Escritor, historiador de la literatura y crítico de arte

 


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Un siglo de libros

un libro completo

Creación

Literatura infantil y juvenil

Historia de la literatura ecuatoriana

Crítica de arte


 

EL SIGLO XX

UN  SIGLO  DE  LIBROS

Y DE CINE Y DE ARTES VISUALES Y MUSICALES


1900 a 1925

1926 a 1950

1951 a 1975

1976 a 1999


 INTRODUCCION

 

Abreviaturas y guía de manejo

LIBRO DE LIBROS

     Este es un libro de libros. Es una ancha y honda mirada hacia los libros leídos y admirados o, al menos, reconocidos como indispensables en su hora y circunstancia, durante todo un siglo, buena parte del cual nos hemos pasado leyendo. Es, más que de investigador, teórico, historiador de la literatura o crítico, un libro de lector. Bueno, si de crítico, en todo caso de lector: el crítico no es sino un lector, que ha hecho de la lectura, a más de pasión y fiesta, oficio y técnica, lo cual no se contrapone ni a esa pasión ni a esa fiesta.

     Y, digámoslo de una vez: este libro viene a saldar mi deuda con los libros, a los que debo una enorme gran parte de las horas más deleitosas, incitantes, iluminadas, graves y hondas de mi existencia. Apenas hace falta decir que ello ha acontecido, salvo ilustres excepciones de libros de ciencia y de cultura, con los grandes libros de literatura. De allí que este siglo de libros es, fundamentalmente, un siglo de libros de literatura.

     Pero, pareja con mi pasión por los libros ha corrido mi pasión por el cine. Y el recuento ha dado espacio a esos filmes que, con su peculiar lenguaje y en el intenso tiempo que dura una película, me deslumbraron o fascinaron con su alta carga de belleza, emoción, sentidos y visión del mundo.

     Y la pintura. No puedo imaginarme mi siglo de libros y cine sin las artes visuales. He ejercido por décadas el oficio de crítico de arte, he escrito libros y monografías sobre arte y artistas, he vivido y vivo rodeado de obras de arte y me he rendido a las seducciones de un arte que en el siglo ha ido abriendo caminos a la sensibilidad contemporánea, renovando inagotablemente sus poderes para enfrentarnos  por igual con lo más ominoso y sombrío que con lo iluminado y bello.

     “En cuanto al racismo, yo no sé. Yo no estaba allí. Solo sé lo que vi en las películas y leí en libros sobre negros”, dice el joven negro en ese estupendo filme documental que es Las siete vidas de Quincy Jones. Nació cuando lucha, drama, tragedia y triunfo de la negritud norteamericana se habían cumplido. Aquello pertenecía ya a la memoria colectiva.  Esa memoria -lo dijo- estaba en películas y libros.

     De infinidad de temas y conflictos y aventuras y hazañas y frustraciones y crímenes y reivindicaciones del siglo que hemos clausurado pudieran decir lo mismo millones de jóvenes y, conforme el acontecimiento se sume en el neblinoso y evanescente pasado, hasta adultos sobrevivientes.

     El balance del siglo XX -de lo mejor del siglo: no de sus aberraciones y desates de insania que llegaron a simas de horror y estupidez en las cámaras de gas nazis para asesinar miles y miles de judíos o las bombas atómicas yanquis sobre Hiroshima y Nagasaki- se ha de hacer de libros y filmes y de arte visual y musical. Y, si cambianos el orden del joven negro -filmes y libros-, es porque creemos -y este libro de libros y filmes lo mostrará- que el registro del libro ha sido en el siglo más extenso, más rico, más complejo y, por ello mismo, más hondo que el del cine y cualquiera de las otras artes. La pintura muestra, en cambio, las cosas de modo más inmediato y plástico; la música, de modo más sutil e insinuante, y el cine, con la especial fascinación debida a esa suma de poderes significantes que le dan las artes visuales, musicales y literarias conjugadas.

 

DESDE UN MIRADOR LATINOAMERICANO

     Una panorámica como la que vamos a desplegar ante el lector ha de hacerse siempre desde un mirador, y dependen de la ubicación de ese mirador los horizontes a que se extienda la observación, así como el conjunto de los planos más cercanos y más distantes.

     Estos horizontes del libro de un siglo -y las artes- se han visto desde un mirador latinoamericano. Ello importa occidental, americano y del español. Obras orientales no traducidas y peor si en absoluto desconocidas para los públicos occidentales e hispanoamericanos nunca han podido verse desde este mirador y no configuran este horizonte.

     La panorámica se pretendía universal: apuntó a obras de importancia o interés universal. Pero, al ser el mirador latinoamericano, el horizonte se pobló de obras de América Latina, la mayor parte de las cuales no alcanzaban esa dimensión. Se buscó, entonces, conciliar esa falta de importancia mundial con la presencia en ámbitos más estrechos, creando un nuevo espacio de recuento: libros de importancia o interés para el mundo latinoamericano.

     Por supuesto que cuando una obra latinoamericana nos pareció alzarse en el horizonte del libro del siglo con dimensión mundial se la registró en la primera parte. Lleva junto a sí la sigla AL -que marca su origen latinoamericano-, seguida de la abreviatura del país al que pertenece.

     Hemos excluido de este tratamiento la sección “Literatura infantil y juvenil”. La razón para hacerlo es muy compleja. Hay obras latinoamericanas -sobre todo en la segunda mitad del siglo- que, sin la menor duda, ocupan lugar destacado en el concierto mundial; pero hay muchas otras que, teniendo mérito más que suficiente para ello, por falta de difusión y otras razones en absoluto literarias, no han cobrado resonancia mundial. ¿Qué hacer con ellas?, hemos cavilado. La cosa se ofrecía riesgosa de injusticias. Dejamos, pues, todas las obras de literatura infantil y juvenil hechas en América Latina en la parte de las obras latinoamericanas, pensando siempre en dar una explicación como la que aquí hacemos.

 

EL MARCO

     El marco para la aparición de los libros y creaciones artísticas de nuestra panorámica es el acontecer y el vivir mismo de los pueblos en que esas manifestaciones supremas de lo humano se dan. Y es la historia la encargada de llevar el registro de tales aconteceres, de buscarles sentido y organizarlos en conjuntos significantes.

     Debíamos, creímos, comenzar cada año por el recuento histórico que diese a literatura y artes su marco. Lo hemos hecho del modo más rápido, en visiones a vuelo de pájaro, reduciéndonos a sucesos decisivos. La vida que florecía en torno a esos sucesos -en las más variadas relaciones con ellos- se le escapaba a la historia: quedaba registrada de modo fiel y hondo en el arte; en especial en la literatura.

     Aquí también el registro histórico es doble: el mundial y el latinoamericano. Por aquello ya dicho de la ubicación latinoamericana de nuestro mirador.

     Cosa ardua elegir un puñado de hechos para dibujar un año, si se piensa que los diarios -acuciosos registradores, día a día, del acontecer mundial- dan cuenta en cada edición de decenas de acontecimientos, algunos al parecer dignos de la mayor atención.

     Selección de tanta exclusividad solo fue posible por la distancia. La distancia actúa como cedazo de trama estrecha que deja fuera la paja de lo de menor peso histórico.

     Pero esa criba se ajusta a criterios. Puede, en efecto, hacerse con especial atención a lo político, a lo social, a lo económico, a lo cultural. Prescindiendo de cualquier criterio riguroso y sistemático, nuestra selección ha sido de hechos y de esos hechos que, a juicio del buen sentido general, cuentan como claves de la peripecia del mundo en el siglo.

     Quedaron fuera los hechos fundamentales en los ámbitos privilegiados del libro, las artes visuales y musicales y los filmes porque ellos eran el objeto de nuestras indagaciones y valoraciones. Con lo que sí completamos tan somero marco histórico de cada año fue con las noticias salientes del mundo de la ciencia y la técnica -que tanto han pesado en el vivir y convivir de los humanos en todos los tiempos, y más en este siglo, que fue el del automóvil, la aviación comercial, la televisión universal, la computadora, satélites y redes de comunicación, grandes avances de la medicina, la bomba atómica y otras sofisticadas aberraciones letales y el viaje a la Luna y las estaciones orbitales.

 

LA NOVELA

     Comienza la lista de los libros de cada año por la novela. No implica ello privilegiar las novelas sobre obras de otros géneros literarios y aun obras marginales a la literatura. Sin embargo, bastará una revisión generalísima de estas cien listas para confirmar el lugar privilegiado que en el mundo del libro en este siglo  ha cobrado  la novela.

     Vindicaba Eco -llegado al género desde una brillante trayectoria de semiólogo- para la novela su “poder de captar, crear y expresar la totalidad del cosmos”. La novela no requiere de referente alguno exterior para tener validez como tal totalidad, y así todo lo de fuera puede pasar y perder vigencia y la novela seguir intacta.

     Pero esto ocurre también con la lírica y el teatro.Y para nuestras listas novela, lírica y teatro ocupan el mismo lugar de privilegio. Por algo son los tres grandes géneros de la poesía, que dijo ese gran definidor y sistematizador -el mayor que haya tenido el mundo ocidental- que fue Aristóteles: poesía épica, poesía lírica y poesía dramática.

     Con todo, la novela tiene sobre lírica y teatro ciertos privilegios que le vienen de los días en que era épica formal: para el mundo griego la Ilíada significaba más que cualquier obra lírica o dramática. Débense esas prerrogativas de epopeya y novela -la épica moderna- a la amplitud de los espacios humanos a que el contar se extiende, lo cual le da especiales posibilidades de configurar cosmovisiones. A ello se añade que la novela es de acceso más divertido que la lírica y que no necesita de una puesta en escena como el teatro. Nunca en el siglo poema alguno o pieza teatral alguna llegó a públicos tan amplios como ciertas novelas -por supuesto, no siempre las mejores-, ni -y esto sí es culturalmente decisivo- nunca obras de lírica o teatro pesaron tanto en la sensibilidad y visión del mundo como las más importantes novelas del siglo.

     En fin, pareció que se debía comenzar por la novela, y así se hizo.

     La parte de la novela tiene una peculiaridad: está dividida en dos, marcadas como l y 2. En l se han puesto las novelas que hicieron un significativo aporte al género -en cada caso se dice cuál-. En 2 están novelas que, sin haber hecho tal aporte, cuentan entre las obras mayores de la literatura del siglo o, por lo menos, se ofrecen como las de interés más sólido. (El puro interés, a menudo bastardo o bastardeado y debido a razones coyunturales o, en los últimos tiempos, manipulado por eficaces técnicas de mercadeo, no cuenta para nuestras listas. El “bestseller” apenas tiene lugar aquí). En suma, las que, de los miles y miles aparecidas cada año, se salvaron del general e implacable naufragio.

     Importa advertir que el estar en l o en 2 no siempre marca diferencias de calidad. Hay en 2 novelas que pueden ser, en más de un aspecto, de mayor entidad o calidad que alguna de l. Sin embargo, por regla general, diría que, de no haberse publicado tal novela, el género mismo, aun perdiendo un texto de memorable calidad, no había sufrido detención en su avance en procura de esos nuevos ámbitos de narrativa y modos de calar en lo humano que mantienen a la novela abierta, nueva, incitante.

 

LLAMARA LA ATENCION EN CUENTO Y LIRICA

     Llamará la atención en cuento el parvo número de obras registradas. No me atrevería a decir si ello se debe a que realmente son pocos los libros de cuento realmente grandes, imprescindibles, o si yo mismo soy un muy mal lector de libros de cuentos. Me ocurre, en efecto, que en ciertos de estos libros leo un cuento magnífico, y el segundo ya me resulta menos notable, y el tercero, menos satisfactorio, y el cuarto se me hace prescindible y el quinto me exige un esfuerzo enorme...

     Que no se debe la escasez a este ser mal lector de cuentos -y apasionado lector de novelas y seducido lector de lírica y deslumbrado lector de teatro- lo mostraría, creo, el que sean tan pocos los autores de la literatura moderna y contemporánea que se han ganado un lugar de privilegio con solo cuentos. Poe, Maupassant, Katherine Mansfield, O´Henry, Bret Harte, Lovecraft, Bradbury, Borges (aunque es también un admirable lírico)... En América Latina Horacio Quiroga -cuya fama debe más a sus cuentos que a sus novelas-, José de la Cuadra...

     En lírica acaso llame la atención los contados libros que llevan comentario. En general, la política fue reducir los comentarios -de novela, teatro, lírica- a un mínimo, porque aun así este libro amenazaba cobrar ese volumen que aterra a editores e intimida al lector medio. En el caso de la lírica, el simple haber dado lugar a un libro en listas tan cortas es de por sí comentario: trátase, le decimos al lector, de obra de enorme importancia, con ese peso en la sensibilidad y cosmovisión del tiempo que las grandes obras líricas tienen. Las aquí mencionadas son obras eminentes entre decenas y decenas que se quedaron fuera. El porqué  y cómo son así de excelentes e importantes es cosa que críticos e historiadores literarios dilucidan en trabajos a menudo largos, laboriosos -de mayor complejidad en casos que la obra lírica misma-, tan diversos como los principios de poética y métodos de análisis literario que manejan. En cuanto a tratar de ilustrar el libro lírico con algún resumen de su contenido nos pareció, a más de prosaico e irrelevante, casi irreverente hacia la lírica, recinto sacro en que solo se llega al mensaje en la fórmula verbal de extraño poder significante, intocable, intraducible -¡cuántas veces y con cuánta razón la Academia sueca, al otorgar el Nobel a un poeta, insistió en que la grandeza de sus textos solo estaba patente a quienes los leían en la propia lengua en que se escribieron!

     En suma, que poner el libro lírico en esa lista -en muchos años brevísima- equivale a decir: esto es poesía. Y es el mayor encomio que de tal libro pudiera hacerse.

     Con todo, en el espacio algo más extenso que damos al Nobel de cada año hemos comentado la obra de muchos de los mayores líricos del siglo.

 

LA PROSA

     Dedicamos un apartado a la prosa -distinguimos novela de prosa, aunque es obvio que la novela está escrita en prosa-. Entiéndese prosa artística. Esa prosa que, más allá de trasmitir contenidos, tiene valor literario, calidades que trasmiten esos contenidos del modo más intenso, visceral y fascinante, propio de la literatura. El concepto ni es nuevo ni, menos, propio. Cuando no existía novela, porque la épica era poesía -en Grecia, en la hora del nacimiento de los géneros-, junto a las obras de Homero y Hesíodo; de Sófocles, Esquilo y Eurípides; de Safo, Píndaro y los otros líricos, contaban, para todo aquello para lo que cuenta la literatura, las de Platón, Demóstenes y Esquines, Herodoto, Tucídides y Jenofonte.

     En el siglo XX, muy pronto reconoce ese papel que pueden cobrar obras de prosa expositiva el premio Nobel concedido al autor de esa Historia de Roma que apasiona más que muchas novelas, el gran Mommsen.

     La categoría literaria me parece indiscutible e indispensable -¿quién podría negarles a Platero y yo de Juan Ramón Jiménez,  El coloso de Marusi de Henry Miller o Tierra de los hombres de Antoine de Saint-Exupery su condición de literatura, de alta y bella, de penetrante literatura?-. Otra cosa es que el dar con esas obras en que la pura prosa alcanza altas cotas de plenitud expresiva sea arduo. Añaden dificultad a la empresa de búsqueda lo abierto y falto de fronteras del territorio en que la prosa se mueve.

 

LIBROS DE IMPORTANCIA

     Un buen lector de literatura es un buen lector sin más. Y es espíritu alerta a otros territorios del libro. Le interesan y seducen y apasionan libros que, sin ser novelas ni lírica o teatro, ni obras de prosa especialmente artística, abren horizontes a veces deslumbradores a lo humano, sacuden conciencias, ilustran o perturban radicalmente ideas vigentes -piénsese, por dar un solo nombre, uno de los más ilustres del siglo, en libros de Freud como La interpretación de los sueños o El malestar de la cultura.

     A tales libros se dedica el apartado final, bajo el título -acaso no tan feliz- de OBRAS NO LITERARIAS DE IMPORTANCIA. El membrete es cosa de menor monta. Lo que importa es pensar que se trata de momentos de plenitud intelectual, de hitos decisivos para la inteligencia y conquista del mundo, y que se escribieron sin intención ni voluntad artística. Tal falta de intención y voluntad, al menos predominante, es lo único que implica ese “no literarias”, porque en no pocos casos esos libros lucen finas calidades expresivas. A tal punto que se da con libros que bien pudieran -y debieran- constar en los dos apartados: como prosa artística y como obras de importancia universal.

     En cuanto a esa importancia y a esas obras importantes, hay que advertir que esta selección se hace desde un peculiar mirador, y que, por más que parezca muy amplio el horizonte de la búsqueda, los libros en esta parte señalados son los que el autor de esta selección ha podido en el curso de su inquieta existencia estudiar o leer.

 

EL CINE

     Y la penúltima palabra preliminar para el cine.

     Al dibujar el horizonte de cultura del siglo, junto a los libros debía estar el cine. El cine es el arte del siglo. La única forma de arte que añadió a los que recibieron su forma y alcanzaron plenitud en el mundo griego el hombre contemporáneo.

     El cine, en sus horas embrionarias, apenas participó de la literatura; pero creció y se extendió del ingenuo cortometraje, o humorístico o semidocumental, a piezas de envergadura y cobró mucho de narración y teatro. Se aproximó a la novela -cuando no la utilizó- en urdir argumentos y narrarlos, en caracterizar personajes y ponerlos a dialogar. Y se situó en las vecindades del teatro a la hora de montar escenarios; sacar a escena personajes; tensar conflictos dramáticos; construir dramas, tragedias o comedias, y, por supuesto, utilizar el diálogo como instrumento privilegiado para llevar la acción y construir y desarrollar personajes.

     Esta estrecha vecindad entre el cine y la literatura ha dado lugar a innumerables formas de relación, entre las cuales la más importante parece la versión cinematográfica de obras literarias.

     Tan frecuente y a veces tan sugestivo pasar de las fonteras de la letra a las de la imagen ha conducido a un uso generalmente impertinente y a menudo desorientador: hay quienes parecerían tener como  la suprema recomendación de una obra literaria que haya sido llevada al cine. Y, claro, como que les pica la lengua para mencionarlo. Nuestro rechazo a la aberración se manifiesta en que nunca hemos caído en ello.

     ¿Qué puede significar para una gran novela policial -una de esas obras maestras que revolucionaron el género, sacándolo de sus elegantes laberintos intelectuales a la sordidez de la sociedad contemporánea-, como The big sleep (El largo adiós) de Raymond Chandler, que se haya convertido en una gran película de la mano de Howard Hawks -en l946, con Humpery Bogart y Lauren Bacall-, y que haya vuelto a filmarse, sin la grandeza de ese clásico, en la película de Michael Winner, en el 78? Ni lo uno ni lo otro cuentan en absoluto para el libro y sus buenos lectores. Otra cosa es que un lector apasionado de Chandler disfrutará de un modo especial del filme de Hawks y tendrá más claves para entenderlo.

     Cuando una obra literaria es grande, es, ante todo, literatura. Y en este siglo, acaso para evitar promiscuidades fronterizas, las obras mayores de la literatura se han situado en terrenos donde la imagen hecha -el cine trabaja con imágenes hechas; el lector hace sus propias imágenes- resulta absolutamente  impotente frente a las imágenes que el lector -cada lector- hace a partir de la palabra; de una palabra ireemplazable.

     ¿Cabe en algún espíritu crítico imaginar siquiera una versión fílmica de Los campesinos, En busca del tiempo perdido -toda la obra; no, como se ha hecho, un pequeñìsimo episodio-, Ulises, Las olas, El hombre sin atributos, La muerte de Virgilio, José y sus hermanos (la cuatrilogía), Doctor Faustus, Gran sertón veredas, Paradiso o Cien años de soledad?

     Obras menos vastas en su construcción de mundos o menos encaprichadas en su sondeo de las posibilidades expresivas y artísticas del lenguaje, pero de gran belleza y especial hondura, han tentado a grandes maestros del cine y han dado ser a filmes memorables. Entre decenas de títulos, se me vienen El gran Meaulnes, El diario de un cura rural de Bresson, El joven Törless de Schlöndorf, Muerte en Venecia de Visconti y Odisea del espacio 2001 de Kubrick. Señalar, en casos así de ilustres, la gran obra de que partió el filme puede ser relevante para el filme; no para el libro. Son casos en que hemos creído que valía la pena mencionar el libro, sin que ello signifique negar en absoluto la autonomía de la obra de arte que es la película.

     Y por supuesto asistimos al fenomeno de obras mediocres -que no tienen lugar en nuestras listas- que se transforman en películas que sí lo tienen. Dos mediocres novelas de Stephen King -que no pasa de ser un fenómeno de consumismo- dan el argumento, personajes y hasta construcción para El resplandor de Stanley Kubrick y Carrie de Brian de Palma. Mantenidos argumento, personajes y construcción, lo que era utilitaria  realización literaria se convierte en brillante realización de imágenes.

     Caso diferente es el de escritores que hacen guiones para filmes y esos textos son obras de importancia literaria. Así Jacques Prevert, con los guiones de Le jour se leve y Les enfants du paradis;  los admirables guiones de Harold Pinter para El sirviente y El mensajero de Losey o el de Yuri Naguibin para Dersu Uzala de Akira Kurosawa. Y hay hasta el escritor que salta las fronteras entre la literatura y el cine, como el Passolini de Teorema y Mamma Roma.

     Pero nuestra labor -por razones en este prólogo  más de una vez apuntadas- no se extiende a análisis de esta laya: es de recuento crítico y criba estricta. En el cine lo que el lector hallará serán las menciones de los filmes memorables de cada año -los más importantes del siglo con algún brevísimo comentario- y acaso algún hecho decisivo para el desarrollo de este arte, que constituye uno de los fenómenos culturales más fascinantes del siglo. Como fanático del cine, que ha vivido a caza de esos grandes filmes que alguna vez debían verse, estos apartados dedicados al cine, a más de piezas esenciales de esta panorámica del arte del siglo, son homenaje entrañable a esas películas que me deslumbraron desde la mágica penumbra de las salas de cine -y, desde hace algún tiempo, también frente a la pantalla de televisión- y pertenecen a mi patrimonio de humanidad y belleza. Sin duda cada cinéfilo aportará algún nuevo título; pero de los que están aquí apenas se sentirá tentado a retirar ninguno.

 

LA ULTIMA DECADA

     Las listas de la última década han de verse como incompletas. Falta aún información que procesar y libros que leer. En medio del impresionante desate de información que sumerge al mundo -un nuevo millón de páginas entran cada día a la red-, las noticias de los libros realmente grandes, importantes al menos, son escasas, dispersas y en muchas y extensas áreas inexistentes. Y lo que llega a nuestras librerías rara vez  va más allá de los “bestsellers” o los libros de moda. No cabe duda: no son estos buenos tiempos para el libro realmente grande. Ni el Ulises ni La muerte de Virgilio -por dar dos casos ilustres, entre tantos otros que pudieran traerse-habrían tenido editor en los superficiales y precipitados tiempos que vivimos, y, de tenerlo, la nueva de su publicación apenas habría rebasado diminutos círculos herméticos.

 

A COMPLETARLO        

     Pocas veces como en este libro tendrá razón de ser la invitación a que el lector lo complete. Para cada gran lector o amante del cine y las otras artes habrá sin duda algún libro, obra de arte -visual o músical-o  filme que le dejó huella, que permanece en su memoria como recuerdo de horas deleitosas, acaso fascinantes; que siente que lo marcó, le abrió nuevos horizontes de pensamiento o aguzó de algún modo su sensibilidad para lo humano, y que, por alguna de las muchas razones que cabe pensar para ello, no está en nuestras listas. En especial, por lo dicho en el párrafo anterior, si es de la última década. Debería incluirlo. Al hacerlo convertirá  este libro en su siglo de libros. Y de artes. Y de cine.(Y al dar este libro en el flexible medio de internet, pediríamos a ese lector hacernos llegar  ese título que echó de menos en estos listados).

 

 

Alangasí, en el Valle de los Chillos, 2000.

AGRADECIMIENTOS

Para la sección LITERATURA INFANTIL, en la parte latinoamericana, debo agradecer al gran especialista Antonio Orlando Rodríguez, querido amigo cuyas apreciaciones críticas comparto plenamente, por sus listados concienzudos y de amplio horizonte; especialmente las publicadas en Puertas a la lectura, San José, Costa Rica, Unesco, 1993.

Me ha sido de especial utilidad para compulsar listas latinoamericanas el Panorama histórico-literario de nuestra América. T. I 1900-1943; T. II 1944-1970, La Habana, Casa de las Américas, 1982.

Para la novela latinoamericana de 1967 a esta parte, estoy en deuda con las publicaciones del Centro de Estudios Latinoamericanos “Rómulo Gallegos”, Premio Internacional de Novela “Rómulo Gallegos”, que me han sido facilitadas por mediación de mi querido antiguo alumno y permanente amigo, el embajador Marcelo Fernández de Córdoba, y de la Universidad de Comillas, España.

Mis lecturas deben mucho a las bibliotecas de la Facultad de Filosofía “San Gregorio”, Quito, y de la Universidad de Comillas, España.

Un agradecimiento especial a librerías de París, Madrid, Buenos Aires, Sao Paulo, La Paz (Amigos del Libro), Bogotá y Medellín, Santiago de Chile, Lima, Asunción. Y en Quito a Libri Mundi, Científica (la de Enma Chiriboga), Española, Cima, Mister Book. A las largas horas pasadas en ellas debo el haber ido completando mi biblioteca de los libros del siglo. En Quito también, sobre todo para la última década, a la biblioteca del Centro Cultural Benjamín Carrión.Y para revistas de ciencia, a la biblioteca de la Universidad Católica de Quito.

Y a Círculo de Lectores, cuyas revistas de España, Francia y Portugal me pusieron en la pista de numerosos libros. Y a Círculo de Lectores, Ecuador, que con noticias y libros ha retribuido mis tareas de asesor literario.  

 


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